Disclaimer | Ni Kuroshitsuji, ni sus personajes me pertenecen son propiedad de Yana Toboso. Y aunque desearía que Sebastian fuese mío, pertenece enteramente a Ciel.
Advertencias | Slash. Shota.
Nota | ¡Hola, chicas! Con ustedes, un nuevo capítulo, disfrutadlo. Nos leemos abajo. ^.^
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PARTIDA DE AJEDREZ
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"El joven amo es sin duda talentoso, cuando se trata de competir con otros." —Sebastian sobre Ciel. —Cap. 14—
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Capítulo III
"Apertura"
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Rayos de luna llegan hasta los dedos de Sebastian, quien acaricia al pequeño cachorro de gato que duerme apacible sobre su vientre, otros felinos caminan por la habitación y algunos, ronronean acostados a lado de Sebastian.
El demonio mira el techo de su habitación, evaluando la hora a cada cambio de luz producido. Espera paciente por 'el amanecer', para salir de su habitación, cumpliendo a cabalidad la orden de Ciel, y pensando a su vez, que muchos de los preparativos para llevar la casa este día, están inevitablemente retrasados.
Y aun ello, no puede eclipsar su ligera excitación por medirse intelectualmente con Ciel.
Ese niño no lloraría, no se lamentaría, ni se quejaría como lo haría alguien de su edad al perder.
Un pequeño principito que gobernaba su reino de oscuridad, con el temple y carácter de Ciel, no lo haría y esa era la razón de su ferviente deseo de doblegarle…
Porque perder, nunca figuraría en los planes de Ciel.
La meditación de Sebastian termina abruptamente, cuando percibe que la luz que ingresa por la ventana, se decolora de un intenso azul añil a un frío blanco, amaneciendo.
Se levanta de la cama y recoge con cuidado, amorosamente, a cada uno de sus pequeños felinos. Los gatos maúllan, clavan sus pequeñas garritas en su pulcro traje, y Sebastian se siente derretir.
Los gatos son criaturas misteriosas, les das cariño, y te rasguñan.
Por eso le gustan mucho, porque jamás ha llegado a entenderlos de verdad.
Cierra su habitación, asegurando a los gatos, para precipitarse luego a la cocina y empezar a preparar con eficiencia el desayuno, y sobretodo, usar su demoniaca rapidez, ahora que no pesa sobre él, ninguna orden de Ciel.
Los sirvientes aparecen de uno en uno, los más torpes primero, para su pesar.
Mey-Rin ingresa al lugar a trompicones, intentando no solo mantener el equilibrio, sino los lentes en su lugar, le sigue Finny, quien aletargado por la somnolencia tararea débilmente una extraña cancioncilla. Tras el jardinero, ingresa Bard, adormilado y de mal humor.
Sebastian les ordena sus tareas, mientras prepara el Earl Grey con sumo cuidado.
Tender la ropa para Mey-Rin, recordándole cuan finos son los trajes del amo, para que evite dejarlos caer.
Podar el césped para Finny, quien le lloriquea, pidiéndole le permita abonar de nuevo las flores del amo.
Y sacar víveres de la despensa para Bard, a quien en realidad no le importa lo dicho, porque dormitar le es más importante.
Tras terminar de impartir sus órdenes, Sebastian con simulada paciencia, los saca de la cocina, para que cumplan sus deberes. Luego revisa su reloj, y se decide a servir al fin, el desayuno de Ciel.
Entonces una voz extraña, se dirige a él.
—Buenos días, Black. Llegó correspondencia para Smile.
Snake se para en el quicio de la puerta de la cocina, con el traje ligeramente desarreglado por el recorrido de las víboras sobre su cuerpo.
—Dice Oscar.
Sebastian desliza sus ojos rojos, sobre la correspondencia que tiene el mensajero en sus manos.
Presiente estar de nuevo, ante un largo día.
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Ciel busca despertar de su somnolencia cuando escucha llegar a Sebastian a su habitación. Pero es una misión complicada, considerando el placer que le produce estar envuelto entre la tibieza de las sabanas de algodón.
—Joven amo, ya es hora de despertarse.
Solo al escuchar la voz del demonio, recuerda por qué le resulta tan complicado el abrir los ojos, la razón por la que el sueño huyo en un determinado periodo de la noche.
La competencia.
Él y Sebastian se batirían en un duelo mental este mismo día.
Consigue sentarse sobre la cama con aquella idea, cubre su rostro con delicadeza evitando la luz, la rutina se normaliza, sus acciones y el discurso de Sebastian sobre el exquisito desayuno, es el mismo de todos los días, hasta que…
¡Por un demonio!
Le pica la nariz, el aire huye de su garganta y ocurre, pone una cara graciosa y deja escapar un sonoro estornudo.
En cuanto sus ojos se abren, mira a Sebastian, quien con una mal disimulada mueca de burla en el rostro —ante su cara que reconoce es graciosa cuando estornuda— continua diciéndole de que se trata el té.
Lo desea con más fuerza que nunca, ferviente y en gran medida, vencerle, hacerle sacar brillo a sus zapatos con aquella lengua ponzoñosa.
Demonio bastardo.
—Quita esa expresión de idiota.
Ordena Ciel a su mayordomo, al tiempo que este coloca sobre sus piernas la bandeja con el desayuno.
—Y luego que discutamos en el despacho tu jueguito, ven a cambiar las sabanas. Por cómo me produce esas ganas de estornudar, parecería que aquí durmió un gato.
Si solo Ciel supiera que tan cierto es aquella afirmación.
Pero Sebastian no confesará nada, eso es evidente.
—Me temo, que no podremos discutir en breve sobre la resolución de mi juego, joven amo.
Ciel le mira detenidamente, buscando el truco… seguramente quiere pedir una prórroga. Había que ver, además de ser un mayordomo bastardo, también era un incompetente. Pero su respuesta es no, bajaran de su habitación derecho al despacho, para dar a conocer las estrategias, y ante todo, coronarse como el vencedor.
—Llegó correspondencia.
Le explica Sebastian, al ver su ceño fruncido, en clara disconformidad, extendiéndole con una de sus manos enguantadas una bandeja pequeña en la que reposa un sobre.
Ciel toma el sobre, hallando en él, la marca distintiva de Funtom Company. Su ceño se frunce más, ante un molesto presentimiento.
Aunque debería estar acostumbrado, él lleva a cargo la vida de un adulto, no está para niñerías y juegos, aún si son tan sofisticados como el de Sebastian.
Pero es joven, demasiado, aún le pesa la entremezcla de su recién descubierta adolescencia y su casi perdida infancia y es eso lo que se muestra en su expresión. Un resignado abatimiento.
—Prepárame un traje de calle. Iremos a Londres.
Le ordena Ciel a Sebastian con voz estricta, al terminar de leer la carta, a la que deja a un lado, ignorándola con hastío mientras comienza a comer.
—Yes, my lord.
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Se dirigen al carruaje estacionado a la puerta de la mansión. Ciel vestido en un fino traje color azul y su capa, camina delante de Sebastian, quien cubierto con el sofisticado abrigo negro de siempre, sigue a su amo como si se tratara de su sombra.
Sebastian se adelanta unos pasos a Ciel, para abrir la puerta del carruaje, y es cuando observa la malhumorada expresión en el rostro de su amo, y discretamente se sorprende un poco de saber cuan frustrante le resulta no poder definir el juego.
Se reprende de inmediato.
Algo así no debería impresionarle, considerando lo competitivo que es Ciel.
Le extiende su mano al conde para ayudarlo a subir el carruaje, apretando de repente, con delicadeza entre sus grandes dedos la pequeña mano de Ciel, ganándose una mirada profunda y confusa del noble.
Le sonríe gentilmente.
—Si el amo está ansioso, podemos discutir las estrategias en nuestra visita a Londres.
Explica con voz amable.
Ciel entorna los ojos, antes de interrumpir el contacto visual con su mayordomo.
—No hace falta —responde Ciel, de inmediato y con rigidez—. Respetaremos tu estética y lo discutiremos al volver.
Sebastian sabe que Ciel tiene un carácter que difícilmente se sale de su control, y solo por ello, decide fastidiarle un poco ante una respuesta tan lacónica, total, él es el único que sabe cómo sacarlo de sus casillas.
—El joven amo, no habrá desistido a última hora, ¿verdad?
Ciel se acomoda en el asiento con su sombrero y bastón sobre sus piernas, irritado ahora de verdad, ante la insinuación de Sebastian.
Él, Ciel Phantomhive, no es ningún cobarde.
Retira con brusquedad su mano de la de Sebastian, dirigiéndole una mirada gélida.
—Yo no soy voluble. A diferencia de ti, que pierdes la cabeza al ver un gato.
Sebastian sabe cuánta razón tiene, y solo por ello, le dará una tregua a su amo, al menos, hasta volver de Londres.
—Espero, me excuse, mi Lord.
Replica Sebastian, con la mano en el pecho y una ligera inclinación.
—Déjate ya de tonterías. Es necesario que lleguemos en breve al banco, así que apresúrate y pon en marcha a los caballos. Mi paciencia está en su límite.
Sebastian no puede evitar pensar: ¿Cuándo la paciencia de Ciel, NO está en su límite?
Así que solo cierra la puerta, y ocupa el lugar del cochero por esta ocasión.
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Fue promedio, tres de la tarde cuando Sebastian le trajo de vuelta a la mansión, luego de haber tenido que visitar el banco para transferir el dinero, que serviría para elaborar un nuevo stock de temporada, de juguetes para niñas. Que es lo que el administrador había solicitado en la carta. Valía hacerlo rápido, aprovechar la popularidad de las nuevas muñecas, y mejorar las utilidades de la empresa.
Nada que no supiera manejar alguien tan hábil en los negocios como él.
Aunque es algo más que habilidad. Es natural destreza estratégica, y justo será lo que le permitirá vencer a Sebastian.
Cuando unos toques ligeros se escuchan sobre la puerta de la biblioteca, toma conciencia que ha leído una hoja del libro que sostenía en sus manos, sin haberla leído realmente.
Inexcusable.
Aprieta el libro con fuerza, hasta que sus nudillos se ponen blancos.
Sebastian es solo su peón, no merece ni uno solo de sus pensamientos. Pero le piensa, demasiado. Ese hecho le enfada, aunque intenta que en su rostro infantil no se refleje nada, cuando con toda la fuerza de voluntad que posee, consigue que su tono de voz no sea algo más que un parco murmullo de invitación.
—Adelante.
Sebastian ingresa a la biblioteca, con el té de media tarde y unos cuantos pastelitos para Ciel. Su rostro luce una expresión suave y afable, como siempre.
Ciel no evita pensar que es un hipócrita, para lucir de ese modo permanentemente.
Piensa interrumpirle de hecho, cuando comienza con su clásica explicación sobre el té y la repostería que ha preparado, pero se contiene, siendo consciente que de hacerlo, el demonio no parara de fastidiarlo sutilmente por su ansiedad.
"La impaciencia, no es más que perdida de la templanza"
Ya le había dicho una vez.
No desea escuchar sus discursos filosóficos, ahora.
Dejando su libro a un lado, toma la taza de té y bebe un poco ante el demonio que le observa tranquilo, de pie.
—Siéntate —le ordena a Sebastian, quien con ligera sorpresa accede en el acto, ocupando la otra mitad del sofá.
—Si el joven amo desea, podemos discutir mi juego, ahora.
Inquiere Sebastian, gentil. Ciel casi puede sentir como aquel demonio alevoso saborea la victoria.
—Como si estuviéramos aquí por otra razón —contesta con ironía Ciel, mirando a su mayordomo con el rabillo del ojo izquierdo.
Sebastian solo suspira, mientras se acomoda sobre el sofá, sin retirar la vista del ojo de Ciel.
Están en guerra, y Sebastian no está dispuesto a perder.
—Puede empezar usted, joven amo. Considerando que fui yo quien planteó el juego, de ningún modo sería cortés, cederle el segundo turno.
Ciel no tiene miedo de ser el primero, de que el mayordomo sepa su estrategia y la cambie en caso de estar en desventaja. Porque ante todo, y aun en su perversidad, Sebastian tiene muy en alto su sentido de lealtad. Aunque Ciel presiente, que el demonio no es del todo consciente de ello.
—Su majestad ordenó terminar con las apuestas ilegales en los torneos municipales de ajedrez, para poder reanudar el Campeonato Británico de Ajedrez y evitar más perdida de capital. Y eso fue todo, por tanto los métodos a utilizarse o las personas a eliminar resulta algo indiferente. Bajo esos términos hemos trabajado, ¿Cierto?
—En efecto.
Contesta Sebastian relajado, apoyando ligeramente la cabeza sobre el respaldo del sofá. En realidad, está completamente pendiente del discurso de Ciel.
—Bien.
Ciel presiona ligeramente la taza de porcelana entre sus dedos, con un entusiasmo que Sebastian le ha visto pocas veces.
—Mi estrategia eres tú —Ciel encara a Sebastian de frente, quien solo ladea el rostro con una ligera intriga—. He conseguido que el líder me facilitara la dirección y los días, donde se reúnen con los cabecillas de la mafia. Tú iras uno de esos días, y los asesinaras, te desharás de los cuerpos. Y la organización se disolverá a falta de guías.
Brillante.
Sopesa Sebastian en su cabeza en cuanto Ciel expone su estrategia, usa escasos elementos y resuelve el problema en una noche. No esperaba menos de él, y si hablara con franqueza, se hubiera sentido estafado si su amo venía con una chiquillada como la que él piensa presentar.
—Es una solución bastante simple —acota el mayordomo con tranquilidad.
—Menos es más, Sebastian, y lo sabes.
Repone Ciel, orgulloso de su ingenio, mirando a Sebastian que parece coincidir en esa postura con él.
Por esa cara, tiene certeza de que le ha vencido. Ni siquiera tiene ganas de escuchar su estrategia, porque está seguro de que no será tan buena como la de él.
—Anda, di la tuya —le provoca Ciel con una sonrisa engreída.
Sebastian solo le da una significativa mirada. Casi le resulta doloroso tener que decir su estrategia.
Por suerte es un demonio, y el descaro es algo innato en él.
—Mi estrategia coincide con la de mi amo, en cuanto a atraparlos en su refugio —explica Sebastian, con una sonrisa ladeada, encantadora—, pero no sería yo, quien les ponga las manos encima. Lo adecuado para mí, es que lo haga Scotland Yard.
Ciel frunce el ceño, sin comprender porque la policía debe meter las manos en una misión encargada para él.
Pero desde ya, puede ver que ha derrotado a Sebastian.
—Te he vencido Sebastian —le interrumpe Ciel, sin dejar de sonreírle con suficiencia—. Mi estrategia solo requiere de ti, y se efectúa en un periodo más breve. Es más eficaz. Esa era la condición de tu juego, así que te he superado.
Sebastian sonríe más, y alarga su mano hasta acariciar la cabeza de Ciel, quien le mira confuso, ante esa reacción.
—El joven amo, no me dejo terminar —concede Sebastian con amabilidad—. Mi estrategia requiere la participación de Scotland Yard, porque la policía es la única que tiene potestad de confiscar bienes de modo legal. Cuando estos bienes confiscados son subastados, el dinero obtenido por ellos, pasa directo a manos de la corona.
Una alarma se enciende en Ciel, quien siente un frío repentino recorrerle la columna vertebral.
Sebastian, se limita a disfrutar la reacción de su amo. Su sonrisa adquiere un aura de oscuridad.
—Te he vencido Ciel.
Sebastian sujeta fuerte los cabellos de la nuca de Ciel, obligando a mirarlo directamente, disfrutando de su derrota y de ese hermoso y profundo ojo de color azul, que aún no sale de su asombro.
Una ligera mueca de dolor aparece en el rostro de Ciel, y su mano se posa sobre la de Sebastian en un pedido mudo de que, deje de halarle los cabellos.
Sebastian solo afloja un poco su agarre, sin ceder realmente.
—Es cierto que mi estrategia requiere de más individuos y más tiempo. Pero al recuperar el dinero que su majestad daba por perdido, de inmediato se vuelve una estrategia más eficaz, al dar un poco más de lo esperado.
Ciel hiperventila, indignado y humillado.
Sebastian había logrado una mejor estrategia solo con supuestos. Y él, aun con una investigación cuidada y a conciencia, había quedado detrás.
Sus uñas se clavan en la mano de Sebastian, y le hala para que le suelte del cabello. El demonio pedante, solo se deja hacer, recuperando su amable postura.
—Debe ser duro para el joven amo, perder en un juego de estrategia —Sebastian se explaya, volviendo al juego de verdad, que consiste en hacer retroceder a Ciel—. Pero basta con una contraorden para que esto sea olvidado.
Ciel es orgulloso, retrocederá. Sebastian tiene la certeza que lo hará, no tolerara perder de ese modo tan humillante.
Sin embargo, Ciel le sonríe.
—Me dirás de una vez que debo hacer —la voz de Ciel es autoritaria—. No creerás en verdad que faltaría a mi palabra, eso no es propio de un caballero inglés, mucho menos de un Phantomhive.
Ciel se pone de pie ante Sebastian, aceptando con dignidad su derrota. Mira al demonio con altivez, mientras este eleva sus ojos recorriendo el cuerpo de Ciel, con un gesto indescifrable en el rostro.
Tan solo sus ojos rojos hablan, expresando una embriaguez que había olvidado, podía sentir hace mucho tiempo.
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Ciel, digno y orgulloso, le es por completo exquisito.
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Muchas le apostasteis a Ciel, creo que la mayoría, pero ya visteis, nuestro pequeño conde, perdió, y está en jaque ante Sebastian —que mala soy xD—.
Ahora, debo hacer algunas aclaraciones:
En primer lugar, algunas de vosotras habéis preguntado, ¿por dónde va esto? ¿El fic es o no un yaoi?
Yo solo puedo decir, que en efecto, lo es, creí que con la advertencia de "Slash", en la parte de arriba sería suficiente, pero ya que se creó duda, lo aclaro, este fic es un yaoi, Ciel y Sebastian llegaran a "algo", aun no decido que tan explícito será todo el asunto, pero ellos cruzaran la línea de amo y sirviente, esa fue siempre mi intención, incluso cuando solo tenía el fic como una idea.
Como punto dos, el fic se llama "Partida de Ajedrez", porque se divide en tres fases, como el mismísimo juego:
— Apertura — Medio juego — Final —.
Hoy, se ha concluido la primera fase: — Apertura, lo que implica que he acabado con el juego de ingenio. A partir de ahora, pasaremos a un juego de resistencia, — Medio juego, que es de todo el fic, mi parte favorita, y apostaría que la de ustedes también lo será.
Así que cuando veáis como título, Medio juego o Final, sabréis que tan avanzado va el fic :)
De nuevo, gracias por todo su apoyo, ver cada vez un nuevo comentario/favorito/alerta, enciende una alegría inmensa en mí, y puedo escribir mucho mejor, ¡Sois las mejores!
Ahora la pizarra de honor para todas, quienes habéis dejado review ^.^
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— LoroLoretta —Shinobu Michelle (¡Gracias! Tu review me emociono hasta las lágrimas T_T) — Sakura Hecate
— SoyUnDinosaurio — SahRa —Jennifer (¡Desgraciada! Casi no posteas).
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Besos, Aredhiel! ;)
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PD. Quienes postearon con anónimo, no olviden revisar sus respuestas en los review ^_^
