Capítulo 3. Intrusa


Se sentía una intrusa en ese lugar. Y se sentía una intrusa dentro de si misma. ¿Acaso fue en ese momento cuando él le hizo su declaración adolescente de amor que ella se perdió? Ella cree en el destino, en la vida, en que hay una razón para todo. ¿Sería entonces predestinado para ella este dolor suyo? Suyo y de nadie más. Ya no tenía con quien compartirlo.

Desesperada, sin encontrar las fuerzas para sacar su frustración y su tristeza, para gritar, patalear, golpear, ni siquiera para llorar, se recostó en el piso y pego su mejilla en el mármol frío del piso. Se aferró con sus dedos al piso, como si intentará arrancar pedazos de mármol, y dio dos sollozos silenciosos, secos, pues sólo para eso tenía fuerzas.

Se aferraba al piso, sí, pero también se aferraba a una idea. Su cuerpo estuvo, alguna vez, recostado en ese piso, calentando ese piso. Alguna vez estuvo ahí. Alguna vez existió. Necesitaba algo, y en ese lugar ella lo estaba encontrando. Buscaba una razón para el dolor. Necesitaba una razón para el dolor. Necesitaba saber que todo no era un sueño, que no estaba muerta. Qué el amor sí existe, o existió.

Se encogió y, abrazada a sus piernas en posición fetal, cerró los ojos con fuerza. Quería cerrar los ojos a la vida. Quería vivir en los recuerdos.

No.

Quería vivir junto a él, amarlo y que él la amase. Pero él no estaba vivo.

Ella vivía, intacta, aunque estaba rota; respiraba, aunque estaba moribunda.