II

D'Eon de Beaumont, hábil espadachín y recién nombrado caballero, practicaba esgrima en el jardín de su casa, en la comuna de Fontainebleau, a 55.5 kilómetros de París.

Hijo de nobles, y siendo hermano de Lía de Beaumont, el joven D'Eon gozaba de los privilegios de un Barón. Sin embargo, el muchacho, de rubios y largos cabellos, ojos azules como el cielo y facciones bien parecidas, siempre había preferido vivir en la modestia, alejado de las estrictas costumbres de la corte.

Pero eso no era impedimento para serle fiel al Roi y estar a la disposición de Francia siempre que fuera requerido. Así pues, D'Eon de Beaumont tenía un alto sentido de lealtad hacía la monarquía.

Agitado y sudoroso, el muchacho retrocedió, alejándose de su contrincante, indicándole con esto que necesitaba un respiro.

—Cada día mejoras el uso de la espada, D'Eon. Eso me hace sentir orgulloso —. Comentó su instructor, respetado y noble caballero dedicado a entrenar a las nuevas generaciones.

—Sin embargo, aún tengo mucho que aprender, maestro Teillagory. Algún día quisiera llegar a ser tan bueno como mi hermana —respondió el muchacho, clavando su espada en el pasto.

—Tu hermana Lía —el hombre soltó un suspiro —mi mejor alumna. Tan hermosa como una flor pero tan letal como una viuda negra.

En ese instante, una joven sirvienta se acercó a ambos hombres, interrumpiendo la conversación.

—Caballero D'Eon, disculpe que lo moleste.

— ¿Qué ocurre, Apolline?

—Mensajeros del palacio han venido a verle.

Contrariado, el joven dirigió una mirada a su maestro, pero no le dio tiempo de comentar nada, pues en ese instante, los hombres ya estaban ingresando hasta donde él se encontraba.

La joven sirvienta hizo una reverencia y se alejó del lugar, dejando al grupo de hombres tratar sus asuntos.

Bonjour —saludó el rubio.

Chevalier D'Eon, traemos un mensaje de Versailles. Es de su hermana, Mademoisselle Lía de Beaumont —. Dijo solemne uno de los mensajeros.

— ¿De qué trata? ¿Mi hermana está bien? —demandó, preocupado.

—La señorita Lía solicita su presencia cuanto antes en Versailles para tratar asuntos de gran importancia para Francia, Chevalier.

—Ya veo —…respondió D'Eon.

Monsieur Teillagory, mademoisselle Lía también le solicita, y ha sido una fortuna para nosotros encontrarlo aquí —. Dijo otro de los mensajeros.

Al oír aquello, el hombre frunció el ceño y bajó la cabeza, en señal afirmativa. Porque si algo tenía François Teillagory era honor y gran lealtad hacia la corte francesa, sirviendo a ella desde tiempos de Luis XIII, padre del monarca actual, y si ahora, Su Majestad, el Gran Luis XIV lo necesitaba, ahí estaría, a su servicio, sin importar que rozara los sesenta años.

—Pues verdaderamente han corrido con suerte, caballeros. Si mi presencia es solicitada en la corte, ahí estaré, gustoso, con mi espada dispuesta al servicio del rey —. Respondió el hombre.

—Muy bien. Ordenaré que se comience a preparar mi equipaje y estaremos ahí cuanto antes —. Comentó el rubio.

Los mensajeros hicieron una reverencia, retirándose del lugar, bajo la atenta mirada de D'Eon y Teillagory.

—Si mi hermana nos convocó a ambos, es porque realmente algo importante está sucediendo.

—Parece que Francia nos necesita.

— ¿Esto tendrá que ver con el Secreto del Rey, maestro?

—La única manera de averiguarlo, es preguntándoselo a directamente a Lía, y si es así, tenemos que averiguar por qué fue tu hermana y no Sire quien nos ha convocado.

Los hombres se miraron.

—Vayamos pues, al esplendor de la corte de Versailles y averiguemos qué está sucediendo.

Y dándole una pequeña palmada en el brazo, D'Eon de Beaumont emprendió el camino hacia su casa, seguido de Teillagory.

~o~

La princesa Serena estaba sentada sobre un sofá, en la antesala de Té, esperando.

Desde muy temprano, se le había informado que Mademoisselle Lía de Beaumont sería su nueva institutriz, y que tenía que estar a la hora convenida en dicho salón para comenzar, como ella suponía, su formación como futura reina de Francia.

La princesa moría de aburrimiento, pues detestaba aquellas reglas y responsabilidades que tenía que seguir y asumir; ella no quería atarse al trono, como lo estaba su padre.

Buscó entre sus ropas, sacando aquella extraña joya que tenía desde su más tierna infancia y que siempre portaba con recelo, por orden de su padre, alrededor de su cuello y escondido de las curiosas miradas.

Tomó la joya entre sus dedos, un diamante en forma de gota tal vez, pensó ella, y lo sostuvo a la altura de sus ojos.

Aun recordaba a la perfección cuando, en su sexto cumpleaños, su padre irrumpió en su habitación, sorprendiéndola.

La pequeña princesita saltó de emoción al verle ahí, no como el gran rey, sino como el hombre que la adoraba por sobre todas las cosas.

Luis abrazó a su pequeña hija, acariciando sus rubios cabellos para después, dirigirla frente al espejo.

Fue entonces cuando sacó, de entre sus vestiduras, una hermosa caja de terciopelo, y al abrirlo, la hermosa joya brilló como nunca antes había visto brillar alguna otra.

Luis lo colocó alrededor de su cuello, diciéndole que aquél hermoso ejemplar había pertenecido a su madre y ahora, sería de ella, pero también recordaba a la perfección la advertencia que le diera como parte de aquél valioso obsequio:

—"Nunca permitas que la obscuridad toque el cristal. Él debe brillar con la luz de la luna, luz que tú le mostrarás. Nadie debe saber que lo posees porque llegado el momento, él será quien ilumine tu camino y tú deberás protegerlo…"

Serena soltó un suspiro al evocar las palabras de su padre, palabras que aún seguía sin entender. Sin embargo, había cumplido en no mencionarle a nadie que ella poseía aquel extraño objeto.

La rubia se dirigió a la ventana, mirando a través de ella hacia el patio, viendo como los jardineros reales iban y venían bajo el brillante solo de abril.

— "Él debe brillar con la luz de la luna, luz que tú le mostraras…"—repitió, aprisionándolo contra su pecho —Me gustaría saber a qué te referías con todo eso, padre, y qué es lo que se supone que haga.

En ese momento, la puerta se abrió, dando paso a Lía de Beaumont.

Rápidamente, Serena guardó en su vestido el cristal y se volvió hacia la recién llegada.

Bonjour, Alteza.

—Buenos días, Lía —Serena giró la cabeza en dirección a la joven que acompañaba a la castaña — ¿Ana?

—Buenos días, Alteza —la muchacha hizo una reverencia.

—Pero, creí que Ana era…

—Ahora es mi dama de compañía, Princesa —la interrumpió Lía. —Usted ya tiene a Mademoisselle Mina y yo necesitaba a alguien de confianza, ahora que seré la encargada de…

—De enseñarme los modales de buena Delfina, lo sé —la rubia rodó los ojos.

—No, Alteza, para eso está Madame de Clignancourt.

—No entiendo…

—Princesa, lo que yo vengo a enseñarle, no son buenos modales, sino cómo proteger Francia y cómo usar el Cristal de Plata.

~o~

Luis XIV se encontraba en su despacho, atendiendo asuntos reales.

— ¡Buenos días Bontemps! ¡Hoy hace un espléndido clima! —saludó alegremente el rey.

—Buenos días, Sire. Veo que hoy está de muy buen humor —. Saludó el hombre.

—Tengo suficientes motivos. A estas horas, nuestra querida Lía debe estar con mi hija y mi adorada Serena ya debe estar enterándose de la verdad.

—Verdad que puede ser algo dura para la princesa, Majestad.

—Serena tiene mi sangre, debe ser fuerte. Y creo que deberíamos ir a la antesala de Té, donde se encuentra ahora. Puede que necesite respuestas que Lía no pueda darle.

Luis se levantó de su asiento, dirigiéndose hacia la puerta, seguido de su fiel consejero.

—Por cierto, Bontemps, ¿sabes si los embajadores de Japón vienen en camino?

—Hemos recibido una carta, Sire. Parece que el emperador envió a un grupo de soldados, los Guerreros de la Estrella, fieles servidores de él, para tratar de los asuntos de alianza.

El rey esbozó una sonrisa.

— ¿Y todavía me preguntas que si estoy de buen humor?

El viejo consejero asintió y salió tras Luis.

~o~

— ¿Qué estás diciendo? ¿Cómo sabes tú sobre el cristal? —Serena retrocedió, llevándose instintivamente la mano al pecho.

—Alteza, usted tiene una gran responsabilidad, no solo como la futura reina de Francia, sino porque usted es la guardiana del Cristal de Plata. Debe aprender a usarlo, porque de eso depende la estabilidad de la monarquía.

— ¡Esa joya fue un regalo de mi padre! Un regalo y nada más. ¿Cómo puede un simple diamante, heredado de mi madre, por cierto, proteger Francia?

— ¡Usted debe aprender a controlar ese cristal, o de lo contrario, todos estaremos perdidos!

En ese instante, una voz interrumpió la acalorada conversación.

—Lía tiene razón, Serena.

Las jóvenes se volvieron hacia la puerta, descubriendo a Luis y a Bontemps. En ese momento, Lía y Ana se postraron ante el rey.

—Padre…

—Ya es hora que sepas la verdad, hija. El poder del Cristal de Plata es muy grande, y debes aprender a controlarlo. Eso, junto a los Salmos Reales, son las reliquias más importantes que todo rey debe proteger, y tú, como Hija de la Luna, tienes el poder para hacerlo.

— ¿Hija de la Luna? —Serena no entendía.

— ¿Nunca te has preguntado por qué tienes esa luna creciente en la frente? —El hombre la señaló.

—Es una marca de nacimiento…

—Es la marca de los Hijos de la Luna, los protectores del Cristal de Plata, aquellos que vivían entre los Parisi, bajo el amparo de Selene.

—Pero eso es solo una leyenda…

— ¡No es solo una leyenda, Serena! —Tronó el rey —Cuando naciste, estuviste a punto de morir junto con tu madre. Ya la había perdido a ella, no podía perderte a ti también. Por eso, pedí la protección de Selene para que te permitiera vivir y ella te tomó como su hija. Es por eso que te marcó.

La princesa procesaba toda aquella información, no pudiendo creer lo que escuchaba.

—Eso significa…

—Eso significa que tuve que recurrir a ese ritual pagano para que vivieras —el semblante de Luis se tornó frio —ahora demuéstrame que no me equivoqué al dejarte vivir y que eres capaz de proteger Francia. ¡Lía!

—Sí, Majestad.

—Ahora que mi hija sabe la verdad, entrénala arduamente. El futuro de mi imperio depende de ustedes —. Y sin decir más, salió de la sala seguido de su fiel consejero.

Serena se encontraba devastada por toda aquella información que acababa de recibir, pues comprendía que con todo aquello, sus días de despreocupación habían terminado.

—Lía —la rubia tenía los ojos llorosos.

—Princesa —la muchacha se acercó, abrazándola —siento mucho que el rey haya sido duro con usted, pero esa es la verdad.

— ¿Qué está pasando?

—Tenemos rumores sobre una conspiración en contra del reinado de su padre, y tal vez eso incluye a Darien de Orléans. Es por eso que su padre ha pedido que despertemos el cristal. Creo que por hoy ha sido mucho para usted, y lo mejor es que descanse.

La castaña le hizo una señal a Ana, la jovencita pelirroja y de tiernas facciones que de ahora en adelante sería la mano derecha de Lía, y ésta inmediatamente sonó una campanilla con la cual llegaron al instante dos mozos.

—Por favor, acompañen a sus habitaciones a la princesa. Necesita descansar.

Los mozos escoltaron a la rubia, quien salió de la habitación en actitud sumisa, seguida de Lía y Ana.

Mademoisselle Lía, ¿no cree que todo esto es muy duro para Su Alteza?

—Seguramente si, Ana, pero es necesario. Y ahora que tú lo sabes, debes mantenerte en absoluta discreción.

— ¡Pero señorita! ¡Usted sabe que siempre he sido fiel! —respondió escandalizada la muchacha.

—Lo sé, chèrie, pero con eso estamos peligrando todos.

En ese momento, un mozo se acercó a Lía.

Mademoisselle de Beaumont, su hermano, le Chevalier D'Eon la está esperando en sus aposentos.

—Gracias Belmont. Voy enseguida.

El muchacho hizo una reverencia y se retiró. La mirada de Ana brilló de felicidad.

— ¿De verdad? ¿D'Eon está aquí?

—Si, Ana —Lía esbozó una sonrisa —y en cuanto termine de tratar de los asuntos por los que ha venido, le diré que te vea en el bassin de Neptuno.

La joven pelirroja hizo una reverencia, despidiéndose de su señora y se dirigió hacia el jardín, ansiosa por ver a su amado.

~o~

Tan pronto llegaron a Versailles, D'Eon y Teillagory fueron conducidos a las habitaciones de Lía, de la manera más discreta posible, aunque en aquella corte, las noticias se regaban como pólvora.

Una vez estuvieron ahí, se les indicó a ambos hombres que aguardaran hasta que la señorita Beaumont estuviera con ellos.

Ninguno de los dos se dio cuenta que tenían compañía.

—Jamás pensé que en algún momento me toparía con el hermano pequeño de Lía —escucharon una voz que se mantenía en las sombras.

Enseguida, D'Eon y Teillagory se pusieron alerta.

— ¿Quién eres? —el rubio tomó la empuñadura de su espada.

—Tranquilo. Estoy de su lado.

El hombre salió del lugar donde se encontraba, caminando hacia los recién llegados.

—Me llamo Durand, y también fui convocado por Lía a esta pequeña reunión secreta.

Al instante, Teillagory lo reconoció. Aunque tenía facciones aún más maduras, éstas seguían siendo igual de varoniles y su cabello castaño atado a una cola baja seguía igual de rebelde que como lo recordaba cuando lo entrenó en sus años de adolescente.

— ¡Durand! —exclamó el hombre, no pudiendo ocultar la alegría que le causaba ver a su antiguo discípulo —no pensé que te volvería a ver.

Maître —respondió el hombre, bajando la cabeza en señal de respeto.

— ¿Ustedes se conocen? ¿Y por qué mi hermana te mandó a llamar?

—Bueno, creo que eso nos lo tendría que responder ella, ¿no lo crees?

En ese momento, Lía entró a la habitación seguida de Robin, interrumpiendo la conversación.

Antes de decir algo, la muchacha corrió a los brazos de su hermano, fundiéndose en un caluroso abrazo.

—Lía —el rubio acarició el rostro de la castaña —pensé que te había sucedido algo. ¿Estás bien? ¿Qué está pasando?

—Si hermano, estoy bien, no te preocupes.

Deshaciéndose del abrazo de su hermano, y recuperando la compostura, la castaña se dirigió hacia Teillagory y Durand.

Maître.

—Un gusto verte de nuevo, querida Lía.

—Durand

—Hola, preciosa flor de Versailles —el castaño le guiñó el ojo en señal de coqueteo, cosa que molestó a Robín.

—Les presento a Robín. Él también está al servicio del rey.

— ¿De cuándo acá el rey ocupa niños? —Durand ladeó la cabeza.

—No soy un niño —se defendió el muchachito, girando la cabeza con molestia.

—Dinos, querida Lía, cuál es el motivo de ésta reunión, que por lo que veo, se debe de mantener bajo total discreción —.Acotó Teillagory.

—Los he mandado a llamar porque ustedes, como caballeros pertenecientes al Secret du Roi, necesito que me ayuden con una misión que Su Majestad me ha encomendado —comenzó a narrar solemne la chica. —Hace unos días, Su Alteza Darien vino a cuestionar a Su Majestad sobre el destino de la Delfina en cuanto al trono. Aunado a eso, el rey ha pedido que la princesa comience su entrenamiento como guardiana y despierte el Cristal de Plata.

— ¿Y nosotros qué tenemos que ver en todo esto? —preguntó D'Eon.

—El rey ha ordenado que Mademoisselle Lía entrene a la Delfina y que vigile todos los movimientos del príncipe Darien —intervino Robín —y como podrán observar, la señorita Lía no puede hacer las dos cosas al mismo tiempo.

—Ya. ¿Y el rey le cuenta sus planes a un niño? —acotó Durand, cruzándose de brazos.

Mêrde! ¡Que no soy un niño!

—Basta —ordenó la muchacha —Robín también es parte de esto. Y si los he convocado a ustedes es porque necesito que vigilen los pasos de Darien. Creemos que todo esto tiene que ver con una especie de conspiración contra el trono.

—Bien. Como súbditos leales a Su Majestad, participaremos en esta misión que se nos ha encomendado —. El tono de Teillagory era serio.

—Una cosa más —dijo la castaña —están por llegar unos embajadores del lejano oriente, enviados por el Emperador del Japón para hacer alianzas con Francia. Creo que deberemos ser muy cautelosos con todo este asunto.

—No te preocupes, hermana. El rey puede estar tranquilo, que no lo defraudaremos.

La muchacha esbozó una sonrisa.

—Ahora vayan a presentar sus honores a Su Majestad, que ya los debe estar esperando.

Los tres hombres bajaron la cabeza, dispuestos a retirarse. Antes de irse, Lía tomó suavemente el brazo de su hermano.

— ¿Qué ocurre, Lía?

—Alguien te está esperando en el bassin de Neptuno —le susurró al oído.

~o~

Luis XIV se encontraba en el salón principal, discutiendo asuntos de estado con sus ministros cuando, discretamente, un mozo abrió la puerta, buscando a Bontemps.

El hombre se acercó hacia el muchacho, quien le susurró algo al oído. El hombre le dio unas instrucciones para después acercarse con sigilo a Su Majestad.

—Sire —carraspeó el hombre

— ¿Qué sucede, Bontemps?

Monsieur está aquí.

—Hazlo pasar de inmediato.

A la orden del rey, el viejo consejero dirigió una mirada al mozo, quien bajando la cabeza, salió del lugar. Acto seguido, un heraldo irrumpió en la sala para anunciar al recién llegado.

—Felipe, dit Monsieur, Frère unique du Roi, Duc d'Orléans! —gritó el heraldo.

En medio del asombro de los ministros y una exagerada entrada, hizo acto de presencia el hermano del rey.

Sa Majesté —murmuró el hombre, haciendo una sobreactuada reverencia.

—Querido hermano, me da gusto verte de nuevo en Versailles.

—A mí también me da gusto verte. Aunque veo que ahora, sin mi presencia en palacio, tus "cortesanos" han perdido un poco el sentido de la moda y la elegancia —el amanerado hombre miró con desdén a los ministros.

Luis hizo una señal, ordenando a los hombres retirarse. Una vez solos, el rey encaró a su hermano.

—Me sorprende que hayas dejado tu vida de excesos y lujos en tu precioso palacio de Saint Cloud y te hayas tomado la molestia de venir hasta este lugar que no es digno de tu distinguida presencia —comentó con ironía Luis.

—Deberías sentirte honrado con mi visita, hermano —contestó mordaz Felipe.

— ¿Y a qué debo tan "honrada" visita?

—Voy a ir directo al grano —Monsieur se aclaró la garganta— vengo a pedirte la mano de Su Alteza Real, la Delfina Serena, Hija de Francia, en matrimonio para mi hijo, Darien, Nieto de Francia, futuro Duque de Orléans —el hombre sacó un pañuelo, flexionó una pierna e hizo una reverencia.

— ¿Qué vienes a pedirme qué? —el rey aun no salía de su asombro.

— ¡Por Dios, Luis! Sabes perfectamente que la corona se vería mejor en la cabeza de mi hijo que en tu rubia princesita, quien, por cierto, no tiene derecho a gobernar según las Leyes Sálicas —el tono de Felipe era agrio.

—Tu hijo vino a pedirme lo mismo y le dije que no.

—Si pero ahora he venido yo a hacerlo oficial.

—Y te voy a dar la misma respuesta que le di a él: no.

— ¡Tu hija no puede gobernar! Es mujer, las leyes sálicas lo prohíben, y conociéndote cómo eres de soberbio, nunca dejarías el trono en manos de un extranjero y mi hijo es el tercero en la línea de sucesión —. El hombre estaba irritado.

—Lo que yo haga con mi hija y Francia, son problema mío. Por algo yo soy el rey, y te lo vuelvo a repetir, Felipe, Serena no va a casarse con Darien

Felipe tensó la mandíbula, enojado.

—Bueno, creo que mi visita se ha terminado. No tengo nada que hacer aquí. Siento haberlo molestado, Sire.

Y sin decir más, el hombre se retiró, iracundo.

~ o ~

A fuera del palacio, en el carruaje real, Felipe de Lorena esperaba.

Se entretenía jugando cartas con apuesto mozo, favorito en turno de él y su amante, cuando lo vio acercarse, molesto y a paso rápido. De inmediato supo que las cosas no habían ido bien.

Monsieur subió al carruaje.

—A juzgar por tu aspecto, diría que las cosas no salieron como esperabas, chèri.

—Luis rechazó la petición de mano.

—Se lo hizo a tu hijo, ¿qué te hacía pensar que contigo accedería?

— ¡Porque yo vine a hacerlo oficial! —Felipe tomó de las solapas de la casa a le Chevalier.

—Yo no tengo la culpa que tu hermano te haya dado una negativa —el rubio masculló entre dientes, deshaciéndose del fiero agarre.

—Pero te juro que se va a arrepentir. Esto no se va a quedar así.

Le Chevalier rodeó los hombros de su amante, en señal de apoyo.

—Tranquilo amor. Estoy seguro que todo se resolverá favorablemente para ti y Darien – el rubio depositó un beso en la mejilla del hombre —mejor regresemos a Saint Cloud, donde podremos divertirnos.

Ambos hombres miraron con deseo al joven mozo, quien esbozó una pervertida sonrisa, en señal de complicidad.


Glosario:

Bonjour: Buenos días

Chevalier: Caballero

Mademoisselle: Señorita

Monsieur: Señor

Madame: Señora

Chèri (e): Querido (a)

Bassin: Espejo de agua artificial (no confundir con fuente) el cual puede estar habitado o no por peces y tiene fines estéticos/de jardinería.

Maître: Maestro

Mêrde: Mierda

Secret du Roi: Secreto del Rey

Sa Majesté: Su Majestad.

Notas:

*El Rey se hacía llamar Sire, pero si alguien lo nombraba en tercera persona, se referían a él como Su Majestad (Sa Majesté)

**En la corte francesa, los titulos y apelaciones eran diferentes a otras cortes. Así pues era llamado Monsieur el hermano mayor del rey.

*** Titulos correspondientes oficiales a Felipe de Orléans, hermano de Luis XIV. Así pues era Phillippe, dit Monsieur (llamado "Señor"), Frère unique du Roi (Hermano único del Rey), Duc d'Orléans (Duque de Orleáns).


Que tal Bombones!

Como estan? Espero que esten super bien! Pues aquí les traigo el capítulo dos de este crossover que me encanta y me apasiona porque hablo de la historia de uno de los países más bellos del mundo!

Cómo ven? Ya se unieron D'Eon de Beaumont y los demás para vigilar a Darien, Serena ya sabe la verdad, Felipe fue a pedir la mano de Serena para Darien y pronto llegaran los Caballeros de la Estrella! Apuesto a que saben de quien se trata ;)

Esta vez me metí a investigar más sobre los titulos y apelaciones reales de la corte francesa y estan bastante complicados, pero bueno, extraje los más importantes.

De verdad espero que este fic les esté gustando. En verdad compartanlo porque creo que casi nadie lo lee y está bien chido :(

Los dejo Bombones, no sin antes pasarse por nuestra página de Facebook, donde podrán encontrar más contenido!

Que tengan linda noche! Besos estelares! :*