¡HOLA A TODOS!

¡Me tardé mil años! (o menos, creo… jajaja) Qué coraje. Me quedé sin compu dos semanas y casi enloquezco (¿más?) por no poder escribir. Ya me he acostumbrado bastante al ordenador D:

Pero no hablemos de mí… Hablemos de ustedes. ¿Están bien? ¿Qué tanto han hecho?

Lamento la demora. Sé que más de una estuvo mordiéndose la uñas…

¡Un enfrentamiento dará inicio!

Pero antes, déjenme contestar reviews… X3

Yolandachiku: Gracias otra vez por visitarme en DA. Espero que estés preparada para el enfrentamiento… ¡Gracias por comentar!

Cuatecatl88: ¡Qué fue lo que tu mente fabricó! Quiero saberlo D: Pues sí, Agi es una suertudota. Aunque quién sabe si ella piense igual… Lo que sí sé es que en esta batalla están en juego más que el orgullo de macho de estos dos. Pero no cuento más. ¡Gracias por seguir leyendo! (Yo también puedo parecer repetidora, pero…) ¡Todas tus palabras son un gran impulso para mí!

Hitomi Shion Yo: Jajaja, no creo poder hacer un libro de esta historia… Si acaso un capítulo más. Pero es bueno saber que te ha gustado tanto para eso. Dime qué te parece este capie, ¿sí? ¡Arigatooou!

Mugetsu-chan xd: ¡Pelea, pelea! ¿Lista para la acción? ¡Qué alegría saber que te ha gustado esta historia! Eso me hace feliz… Pero no adelantaré nada. Agasha está en una gran encrucijada. ¿Tú con quién te quedarías? Espero tu respuesta y cualquier comentario. ¡Gracias por leer!

Ariel de Piscis: ¡Eeey! Qué bueno recibir una crítica de una de las fans más prodigiosas del pececillo. Sinceramente, soy tan mala para escribir a Minos como lo soy con este otro. Como ambos ya tienen un "canon" más establecido, agregar cualquier cosa a su personalidad puede ser un OOC conciso. Quien me divierte en serio es Agasha, ella está casi "limpia" de Teshirogi. Trataré de mejorar al Señor Piscis, pero según mi parecer, él no es un muchacho 100% seriedad. Creo que su mayor problema es hablar con las personas, es un antisocial tratando de encajar otra vez en el mundo donde está. Lo bueno que este fic es más comedia que otra cosa xD (?) Gracias por leer y dejarme tu opinión, soy feliz ;3;

Kleine Marionette: Yo no hice nada. Agradece a Minos por ser tan payaso y soberbio, si no fuera por él, no podríamos tener este fic xD Como dije, la que tiene un verdadero problema aquí es Agasha. Osea, si yo estuviera en su lugar me aventaba de un puente. Tener a dos tipos como esos detrás de ti… ¡no sé si envidiarla o ir a pedirle consejos! Jajaja! Gracias por seguir de cerca esta historia!

Sayuri Moon: ¡Qué va! ¡Gracias a ti! Me alegra saber que la espera ha valido la pena. Sí, ardemos de envidia… es decir, de intriga por lo que sucederá. Tranquila, creo que Alba tendrá su protagonismo también. Pero me temo que este fic sólo tendrá cuatro capítulos (se ha agregado otro). La lucha inicia y estos tres tienen un buen dilema entre manos. Me adulas con tus palabras, la espera terminó, disfruta el Update :D

Hikari-Moonlight: Espero que la escuela esté de maravilla (como si eso pudiera pasar en la escuela xD) La hora de que estos dos pillos se enfrenten ha llegado. Prepárate para revivir la guerra santa. Gracias por comentar… y por tu portada *aún no lo supera* ;w;

Bien, bien… Como lo supuse. Esta historia tendrá un capítulo más.

Pero mientras viene el final, deléitense con la batalla(?)…

"Cuentas qué saldar"

"El amor hace pasar el tiempo; el tiempo hace pasar el amor"

Proverbio italiano

-Capítulo 3: Por demorar tanto-

El paso del tiempo se modificó.

Como si alguna fuerza mística hubiese conspirado, los sucesos, ante sus ojos prosiguieron de una forma pausada y tediosa. Pero no hubo nada en lo que centrara más su atención que en eso.

Caminó a toda prisa. Sus manos se lanzaron hacia la figura levantándose también. No lo dejó defenderse, no le permitió nada.

Aferró el hombro más cercano y lo alzó. Apenas le dejó un momento en el aire, liberando a la casta y pura niña. Cerró el puño y lo aplastó con toda su furia en el rostro contrario. Se posó sobre él y lo asió de nuevo de las ropas.

—¡Maldito seas, Minos de Grifo! —chocó los dientes cuando lo escuchó reír.

Un puñetazo más se aseguró de borrar la divertida mueca. Su otro puño se cerró para hacer brotar más sangre. La garra que lo frenó, lo haló hacia delante. Sintió la respiración pausada cuando los labios hinchados hablaron.

—Yo también me alegro de volverte a ver, Piscis…

El cosmos manó rápidamente, expulsado desde la mano del juez contra su pecho.

Albafika sintió el ardor demasiado tarde; salió disparado con fuerza. Por suerte, fue recibido por el piso y no por el vacío que se abría a cortos pasos. Se levantó, ocultando el dolor, al oírlo acercándose. Unió las cejas a su sonrisa maliciosa. Tronó sus falanges a la par del chasquido del otro al estirar el cuello.

Ya era hora de arreglar las cosas. Tiempo de saldar cuentas anteriores…

Y tenía una buena razón para excusar su ira.

—¡Basta ya!

El motivo de su pleito se interpuso entre ellos.

Agasha bajó la cara con vergüenza al encontrarse con los ojos azules. Albafika se sintió confundido ante la expresión culpable, de cierta forma suplicante.

—Señor Albafika… —se mordió los labios—. Por favor… yo…

—¡Vaya terquedad! —la interrumpieron.

Minos la sorprendió desde la espalda. La encerró entre sus brazos, pegándola a él. —Cariño, sabes que no me gusta que me interrumpan… —la ciñó con más fuerza.

Los intentos por liberarse fueron inútiles. El candor iluminó las mejillas femeninas, nerviosa, enojada…

—¿Qué estás haciendo? ¡Quítate de encima!

Trató de alejarse. Minos apretó su mano en la frentecilla, obligándola a ofrecer su cuello. Lamió la suave piel, riendo.

—No decías eso la otra noche… —ofreció una mirada al frente. Sus labios se curvearon más al obtener el efecto deseado.

La soltó por fin cuando sintió el bólido venir hacia él. Esquivó la primera rosa, pero el siguiente puño logró acertarle directo en la cara. La espina de una rosa carmesí le rompió las ropas y la piel del pecho. Soltó una carcajada.

—¡Así me gusta, Piscis!

Se arrojó al suelo para esquivar las agujas mortales. No había imaginado nunca que sin sapuris las cosas serían tan condenadamente difíciles. Y divertidas…

Saltó antes de que lo atravesaran con otra rosa. El piso se abrió en un grotesco agujero en su lugar. Se irguió lentamente, encantado con el veneno llameando en su pecho, dispersándose más y más al resto de sus miembros. Lanzó sus hilos, ni siquiera se sorprendió de verlo esquivarlos con simpleza. Lo obligó a darle la espalda con una emboscada más. Encerró su cuello en una llave apretada. Le dejó forcejear un instante, retrocediendo pasos a una dirección desconocida. Apretó más.

—¿Qué te pasa, caballero? —jugueteó con sus cabellos—. ¿Te frustra saber que alguien le quitó el polen a tu amada flor? ¿O tu rabia se debe a que fui precisamente yo quien lo hizo?

Rio a su gruñido.

—¡Cuidado!

La vocecita lo alarmó. Pero Albafika no dio más tregua, obligándolo a retroceder. El piso desapareció en el siguiente paso. Minos trató de hacerlos volver; la gravedad fue más fuerte. Perplejos más que asustados, fueron absorbidos por el precipicio, oyendo un grito aterrado que disminuía mientras caían.

La caída los separó, nada tuvo sentido hasta que el dolor recibió cada espalda…

. . .

Albafika despertó. Cuando abrió los ojos supo que no los había mantenido cerrados por mucho tiempo.

El extinto cielo rojo estaba donde lo había dejado. Sintió el cuerpo empapado, la corriente del río luchando contra él. Escuchó un quejido, a corta distancia. Miró el cuerpo de su contrincante irguiéndose, la luna iluminando los cabellos plateados.

—Maldición… esto ya no es divertido —Minos crujió la espalda con dolor.

Entonces la ira volvió. Albafika se levantó, ignorando el agotamiento. Si había impuesto fuerza en sus golpes anteriores, no fue nada comparado al nuevo ataque. El rostro quedó dispuesto a su repentino puño.

—¡Soporté todo! —lo aferró de las ropas, apretando los dientes—: Tus malditas bromas, la vergüenza frente a mis camaradas. ¡Sin contar que me asesinaste! Pero esto no, maldito espectro…

Lo regresó al piso.

Hizo sombra sobre él, miró el rostro empapado y el nuevo rastro de sangre corriendo desde la mejilla reventada. Tembló, incontenible, ante la sonrisa, medio cansada.

—Olvida lo que dije… —hablo entre risas—. Esto sí es bastante divertido.

Los dientes del pisciano rechinaron. Llevó su mano hacia un costado, era momento de una Bloody Rose.

Pero su brazo no obedeció. Miró de nuevo a su rival, preocupado por la ceja que se alzó.

Con un solo movimiento de su mano, Minos lo elevó en el aire. Se puso de pie, tambaleando, para mejorar su concentración. Dejó escapar su risa a los fútiles intentos del otro por liberarse.

Suspiró alegre, cansado de tanta diversión. —En serio extrañaba esto.

Comenzó a torcer el primer brazo. Sus ojos se abrieron extasiados ante el grito mal refrenado.

Estaba seguro de que pronto escucharía el deleitante crujido…

—¡No por favor!

El desconcierto surgió otra vez. Desvió la vista a la recién llegada, llena de cansancio por la cuesta de la que seguramente había bajado. Los ojos horrorizados lo turbaron también.

Odió mirarla, odió sentir compasión…

Agasha se acercó débilmente. Se veía perdida entre la escena a cortos pasos y el verdugo ante ella. Se encerró el corazón con las manos. Quizá no notó sus piernas doblarse contra el río. Alzó la cara llena de lágrimas.

—Suéltalo… No lo lastimes. ¡Por favor!

Minos miró el rostro empapado. Aquel brillo era nuevo sobre esas esmeraldas. La mirada se acongojó aún más al encontrarse con él.

"Maldición…"

Y lo supo. No era ninguna broma, ni una trata. Era real.

Apartó la vista, hacia los árboles. Ocultó ambas manos en los bolsillos cuando deshizo su poder.

Agasha se levantó deprisa, corrió torpemente en dirección al caballero.

—¡No te acerques!

Obedeció, con el corazón ceñido de tantas emociones. Aun así, se sintió demasiado aliviada al verlo en una pieza. El dolor del rechazo no importó. Contuvo sus ganas de ayudarle a ponerse de pie, pero la mirada agresiva devolvió su preocupación.

—Apártate, Agasha… —supo que miraba a quien estaba a su espalda.

Negó, tremolando. —Por favor, Señor Albafika… Ya no tiene que luchar…

—¡Apártate!

Se encogió apabullada. ¿Cómo sería recibir una palabra tierna de esa voz airada?

Un deseo jamás cumplido… Al menos no de su parte.

Escuchó pasos antes de levantar otra vez el rostro; el caballero seguía frente a ella, en el mismo y receloso lugar.

Entonces hizo lo impensable. Inhaló hondo antes de fruncirle el ceño, retándolo por primera vez.

—No me apartaré —sus labios tremolaron—. ¿No lo entiende? Esto sólo fue un mal…

La presencia en su espalda la calló. El quedo golpe en su cabeza la dejó sin fuerzas. Cerró los ojos para desvanecerse contra la figura detrás.

—¡Cómo te atreves! —La ira regresaba a Albafika. El rostro le cambió cuando arrojaron a la desmayada en su dirección.

Batallando con la sangre en sus brazos, logró sostenerla antes de que azotara contra el arroyo. La contempló, sana, sin ningún daño más que su inconsciencia. Regresó su gesto ceñudo al frente.

—¿A dónde crees que vas? —le gritó. Pero la mirada vacía le consternó.

—Suficiente por hoy…

Reinició la marcha, indiferente. Albafika se adelantó, su cosmos corrió a perseguirlo. ¡No lo dejaría huir!

Minos sintió su advertencia, pero no se mostró preocupado. Se viró apenas para mirarlo otra vez, sonriendo falsamente.

—Te mataré luego, Piscis… —divagó entre los turquesas agresivos y el rostro dormido—. A solas, cuando no haya público, cuando pueda escucharte gritar sin que me interrumpan.

Regresó a su camino, alzó la mano, riendo. —¡Dale gracias a los dioses y disfruta tu compañía!

Desapareció cuando dobló rumbo a la cuesta que lo llevaría a la cumbre del barranco.

Albafika pudo relajarse al fin, después de que la presencia de aquel sujeto se extinguió por completo. Se estremeció por el quedo movimiento contra su pecho. El suspiro en sueños lo regresó a la realidad. Estuvo a punto de soltarla del todo, asustado por tanta cercanía. Maldijo el torpe temblor de sus miembros. Pero tuvo que regresar la inerte figura al piso, donde la recostó.

Se enjugó todo rastro de sangre en brazos y manos. Su camisa se había salvado del derramamiento. Luego volvió a la chica dormida cuando ya no era un peligro, o al menos eso esperaba.

La inspeccionó detalladamente para cerciorarse bien de que no estuviera herida. Los dedos se inquietaron al apretar la cintura para alzarla. La soltó de nuevo. Sentado a pocos centímetros, oyendo las cortas respiraciones, reparó en la sensación tan nueva y desconocida.

Tocar a otro ser humano…

Tocarla a ella…

Era demasiado bueno, tan tentador como impropio.

Reprendió a su mano antes de que volviera a deslizarse sobre los delgados brazos. Se puso de pie, sacudiéndose el cabello, ofuscado.

Dio vueltas alrededor del mismo camino.

Tenía que llevarla a casa o todo el pueblo saldría a buscarla cuando su padre no la encontrara dormida en su cama.

Pero se negaba a llevarla cargando.

Por su cercanía, quizá sería aún peligroso. Por los chismes que podrían propagarse de la escena épica del caballero entrando a la ciudad mientras cargaba a la doncella en brazos.

Las preocupaciones se hicieron más grandes…

¡¿Cómo le explicaría las cosas al viejo florista?!

Se apretó la frente.

Escuchó un quejido y se obligó a mirar de nuevo al piso. Bajó a segura distancia cuando la vio despertar.

—¿Dónde…? —Agasha se sostuvo la cabeza. Abrió los ojos de repente—. ¡¿Qué ocurrió?!

Miró a todas partes, Albafika colocó una mano en su hombro: —Cálmate…

Los asustados ojos se tranquilizaron por un momento. Mas el afán regresó en seguida.

—¿Qué pasó? Señor Albafika… ¿está bien? Y… ¿Dónde está…? ¿Dónde está? —buscó por todo el lugar. Se llevó las manos a la boca—. No puede ser… ¡lo asesinó!

Albafika negó, frunció el ceño. —Se fue, sano y salvo, Agasha. Deja de preocuparte…

Desvió la mirada después de escucharla suspirar aliviada. Sintió a los ojos verdes escudriñándolo, el gesto acongojado regresó.

—Lamento todo esto, señor Alba-…

—Fuiste muy descuidada —atacó. Sabía cuán cruda era su expresión. ¡Pero al diablo! ¡Estaba furioso otra vez! —. ¿En qué estabas pensando?

Ella agachó el rostro. —No quería causar molestias…

—¿Molestias? Agasha, él es un espectro… Es un asesino, es una mala persona.

—¡No lo es! —lo alejó. El arrepentimiento se forjó deprisa—. Es decir… Ya no lo es. Sé que es un tonto y que se comporta un poco irreverente pero… No me ha lastimado, ni siquiera en el bar cuando…

—¡¿Te llevó a un bar?! —Agasha cerró la boca, avergonzada—. ¿Por qué no me sorprende?

Soltó una sonrisa cínica, mientras se levantaba. La chica lo siguió, escuchándolo hablar entre dientes.

—Tú no tienes la culpa… Él es un experto para embaucar mujeres. Descuida, no volverá a acercarse, ni a tocarte.

—Esa es mi decisión.

Ardieron las esmeraldas, llenas de firmeza. Albafika sintió su corazón llamear del mismo modo. El dejo de incredulidad se hizo evidente en su cara, tomándola de nuevo de ambos hombros.

—Agasha… Él me asesinó en la última guerra, ¿no lo recuerdas?

—Usted también lo hizo —lo confrontó.

—¡Fue para salvar Rodorio! ¡Cumplía mi deber!

—Ya no tiene que cumplirlo, Señor Albafika… —inclinó el rostro. Un lamento se hizo audible, los ojos estaban adolecidos cuando lo miraron—. Sería increíble pensar que esto lo hace por mí y no porque es su deber… Pero usted siempre será el Caballero de Piscis y yo la niña que lo mira de lejos para no sufrir por su sangre. Siempre seremos los mismos, ¿verdad?

Se deshizo de sus manos. Negó con la cabeza, como burlándose de sí misma. Albafika oyó sus pasos alejándose. Giró para escoltarla.

—Puedo regresar sola…

Lo frenó en seco.

Una soledad más imperante invadió a un Albafika aún más indefenso.

Las palabras se acumularon en su garganta. Las disculpas, los intentos por hacerla mirar atrás. El anhelo del tacto que casi lo volvía loco de tanto imaginarlo. Le habían entregado el placer del roce esa noche, sólo para espetarle en la cara que no volvería a sentirlo.

Los papeles cambiaban…

Se sonrió. Se tragó el nudo de las miles de frases nunca dichas. Y la miró irse. Sola, sin él.

Como siempre.

~O~

Tomó su lugar en la barra. Casi reservado para él por sus constantes visitas.

Bebió el whisky frío, aburrido. Escuchó el jaleó tras su espalda, las acostumbradas voces embriagadas, luego las risillas, algunas escandalosas, otras más divertidas.

No fue suficiente. No esta vez…

Los últimos dos días habían cambiado por completo. La mitad de su rostro aún evidenciaba la hinchazón de una riña. Y su sangre seguía bullendo pidiendo más, más, más…

¡¿Qué no era un espectro?! ¡Había nacido para extirpar fuerzas con la suya!

Y ahora lo habían dejado a perderse entre licor y sábanas.

—Vaya injuria…

Necesitaba emociones reales. Retos que lo sacaran de quicio…

—Linda cara, grifo —palmearon su espalda. Ocuparon el lugar al lado.

—Cierra la boca, Aiakos…

Uuh… ¿Te encontré de malas? ¿No vienes aquí para divertirte? —se perdió en el paisaje curvilíneo tras los estantes. Habló medio distraido—: De hecho, vienes demasiado últimamente.

—¿Hay algo mejor qué hacer? —encogió los hombros, Aiakos rio.

—No, creo que no. Y hablando de "mejores cosas", ¿te importa si te dejo solo y triste esta noche?

—Como si me agradara tu compañía. Lárgate y ya.

Soltó otra risotada: —¡Qué amable!

Lo miró marchar, en pos de los mismos blancos que él había vislumbrado. Tragó lo último en su vaso y agachó la cara, desconsolado. No había nuevas presas qué atrapar. Podía dejar a su compañero divirtiéndose con las faldas que él conocía de memoria.

Se deslizó de su lugar. Dejó el pago en la madera y caminó a la puerta. Quizá el pequeño pueblo resguardara algo más interesante…

—Sabía que te encontraría aquí —la voz lo recibió, junto a la helada brisa al salir.

Minos sonrió, la maliciosa personalidad al tope. —¿Mis ojos me engañan? —se acercó—. Pensé que nunca volverías a este preciso lugar.

La mirada azul se contrajo, molesta. —No estoy aquí por mí…

—Ooh, claro… —se tomó el mentón, burlesco—. Vienes a hablar de tu pequeña flor.

—Su nombre es Agasha —lo fulminó.

El juez se llenó de sorna: —Agasha, sí. Deberías escucharla suspirando su propio nombre, te haría estremecer…

Como una hoguera, el cosmos ateniense se encendió. Minos frunció el ceño ante la pequeña chispa. Pero Albafika resopló, harto.

—No vengo aquí a pelear —frenó la energía—. ¿De qué serviría? No harías caso, ni aunque te golpeará un millón de veces… —el otro se carcajeó.

—Tomaré eso como un cumplido.

Guardaron silencio, recibiendo nada más el júbilo al otro lado de la puerta.

—No sé qué haya sucedido —Albafika rompió el mutismo—. O cómo lograste engañar a alguien como Agasha —Minos observó el gesto adusto—. Pero seré claro: Aléjate de ella.

El olor a reto se impregnó en el viento. Minos no pudo sentirse más satisfecho.

—¿O si no qué? —lo examinó jactancioso—. ¿Romperás la tregua que nuestros dioses crearon? Es demasiado riesgo por una simple mujer, ¿no lo crees?

—¡No es una simple mujer! —rugió—. Maldita sea, ¿crees que todas se consiguen para una noche? No me interesa cómo te corrompes en este lugar, no la usarás a ella para tus caprichos. Si tengo que romper las reglas para evitarlo, ten por seguro que no dudaré en hacerlo.

El silencio regresó, ayudando a las dos miradas a escrutarse. La firmeza aguzó en los ojos cobaltos, dignos de un excombatiente. Dignos de un caballero.

Minos sonrió en cambio. Cruzó los brazos, recargando el hombro en la barandilla que sostenía el tejado del recibidor. Enarcó la ceja, mordaz con sus palabras:

—Exiges mucho y ofreces nada…

Albafika olvidó la tensión por la incomprensión.

El juez tuvo que explicarse.

—¿Crees que soy yo quien está buscando a tu intrépida protegida? Ve, ¡Pregúntale! ¡Entérate un poco de tu alrededor! —lo apuntó acusadoramente—. No es conmigo con quien tienes qué hablar, Piscis.

—Es obvio que la cautivaste con alguna de tus…

La fuerte risa lo calló. Minos se apretó los ojos, incrédulo. —¿Esto es en serio? —lo miró atento—. O eres realmente un imbécil para no darte cuenta o eres peor que yo al fingir que no lo sabes…

Albafika parpadeó, confundido. La risa del kyoto creció, pero su mirada se hizo severa al verlo otra vez:

—Tu preciada flor está enamorada de ti, estúpido. ¿Sabes por qué me busca? Porque está buscando en otro las caricias que tú no le das… Deberías agradecerme por cuidar de ella, o quizá ya estaría deleitando los deseos de algún otro —negó con molestia a su expresión incrédula.

—No puede… No puede ser por eso —Albafika se adelantó, más consciente ya—. ¿Piensas deshacerte de tu responsabilidad? Si ella está o no enamorada de mí, no quita nada de tu culpa.

—Tal vez. Pero al menos no soy el único implicado en este caso, ¿huh? —palmeó su hombro al pasar a su lado—. Haznos un favor a los dos, Albafika, y cumple sus expectativas. Hazla feliz y oblígala a que me deje en paz —acercó su rostro al suyo, susurrando insidioso a su oído—. Porque, si no lo haces, juro por mi título que ya no voy a contenerme… La llenaré tanto de mí que no podrá ni recordar tu nombre. Nunca más.

Albafika apretó su muñeca, precipitadamente. Minos no se inmutó. Reinició su sonrisa, divertido.

—Tienes una semana… Después de eso, no seré responsable de nada.

Lo soltó. Se alejó en la oscura noche, alegremente. Lleno de victoria.

Porque sabía, mejor que nadie tal vez, la razón principal por la que el obstinado caballero disuadiría su advertencia.

No se acercaría a ella.

Se escondería en la torpeza del muchacho que teme hablar con otro ser humano.

Obligarlo a cambiar su personalidad desconfiada sólo aumentaría su desequilibrio. Le haría temer más.

Su estúpido instinto de honor y justicia le obligaría a creer que haber demorado tanto le hacía merecedor de la derrota.

Un vasto uso de inteligencia. Métodos de psicología inversa.

La estrategia perfecta…

Porque en una batalla de persuasión, Minos siempre sería el ganador.

~O~

El repiqueteó en su venta aumentó. La primera lluvia del verano prometía traer tormentas más fuertes.

Se estremeció bajo las sábanas. Temió por su padre, orando porque tuviera un buen viaje. Que el camino no fuese demasiado lodoso como para quedar atascado, pero tampoco torrencial. Que la lona de doble tela lo cubriera bien a él y a la carga de flores.

La imagen se mantuvo en su cabeza. La calurosa protección de una capa blanca cubriendo las flores, y a ella…

Se abrazó aún más, tratando de conservar el calor. Apretujó los parpados y se mordió los labios. Su rostro se contrajo preocupado.

¡Estúpidas emociones!

Si tan solo tuviera una amiga con la cual desahogarse. Pero la mayoría se había marchado al extranjero o se habían casado ya. ¡Brillante! Ahora podía ser feliz con el honorable título de solterona.

Y deseaba que fuera simplemente así…

El colchón rechinó cuando se sentó. Colocó una mano sobre el dintel junto a su cama. Vagó por las calles solitarias, tras el vidrio escurriendo agua sin parar.

Bufó, totalmente frustrada. Cuánto deseaba salir, escapar para verlo. Prefería mojarse en la lluvia para realizar su única tarea divertida y volver a hablarle; aclarar las cosas.

La planta baja resonó por los gritos de su hermano tomando leche caliente junto a la abuela.

No podía irse. No sin levantar más sospechas.

Su padre le había prohibido salir, era su castigo por haber llegado tarde la otra noche. Y su abuela, a pesar de ser demasiado condescendiente, no levantaría su reprensión. Menos en una tarde como esa.

Se arrojó otra vez, abierta de brazos a la comodidad del colchón. La idea de escapar atravesó su mente. La disolvió rápidamente.

¿Y si volvían a atraparlos…?

Ahora se sintió afligida.

¿No era estúpido que las primeras palabras cara a cara con el caballero de Piscis hubiesen sido tan desagradables?

De pronto, abrió los ojos, como si le hubieran dado un golpe. Se sentó otra vez, a la orilla.

¡¿Acaso había desafiado al Señor Albafika?!

"Tonta… ¡eres una tonta!". Apenas reparó en la verdad. Definitivamente, él ya no volvería a dirigirle la palabra. Ni un saludo, una mirada. ¡Era el fin!

Todo por su culpa.

No. Por culpa de ese espectro engreído. ¿No era obvio que sólo la estaba usando para hacerlo rabiar? Ese idiota había preparado la venganza perfecta, con ella como herramienta.

Lo entendía finalmente…

Le dolió el pecho. Era cruel reconocer la verdad. Y aún más al saber que ni siquiera así su deseo de verlo decrecía.

Resopló, burlándose de sí misma.

Tanto buscar la atención del caballero de Piscis para terminar decepcionándolo de esa manera, quedándose sin nada al final.

Ni caballero, ni espectro.

Sola nada más.

Los deseos de llorar pudieron dominarla libremente ya. Soltó un respingo cuando tocaron la puerta. Tuvo que darse prisa para limpiarse la cara e imitar la mejor cara de serenidad.

Caminó hacia la salida. Llamaron otra vez, antes de llegar.

—¡Ya voy, ya voy! —su abuela a veces era impaciente.

Abrió de un tirón. De haberse podido ver habría conocido el cambio en su expresión.

Su mano en el pestillo cayó flácida a un costado. No apartó los ojos, absortos. Ni siquiera cuando aquel otro par huyó, con torpeza y arrepentimiento.

—Lamento interrumpirte —incluso murmurando seguía siendo firme, solemne, totalmente varonil—. Tu abuela me dejó entrar. Espero no te moleste… —los ojos azules la miraron al fin. La expresión amable, honesta, la misma que la había atrapado para siempre desde esa noche lluviosa.

No pudo negarse a eso… Se quedó totalmente muda.

Albafika inhaló profundo, la dureza desapareció de su mirada.

Casi sonrió. —Tenemos que hablar, Agasha…

~O~

To be continued…

Es aquí cuando digo: hagan sus apuestas…

¿Creen que Albafika venga a hablar de algo más interesante que la lluvia en Rodorio? xD ¿Las artimañas de Minos funcionarán? ¿Agasha elegirá al titiritero u optará por adorar para siempre al Pez?

¿A quién elegirían ustedes…?

GRACIAS POR LEER! El desenlace viene pronto! X3

Les deseo un lindo día y les mando un abrazo enorme! Espero sus comentarios!