Estoy completamente convencida de que querréis matarme, lo sé y lo acepto. Pero quisiera pedir antes disculpas por tardar en este capítulo, creí que podría acabarlo en dos semanas, tenía todo pensado, pero con la universidad me ha sido imposible subirlo antes del mes; por ello creo que a partir de ahora subiré los capítulos mensualmente, sé que no son muy largos pero intento que sean lo más fieles y completos posibles. Nuevamente siento la disculpa y espero que os guste, este capítulo esta centrado en Altaïr ya que el anterior tuvo más partes de María.

Entierro

Octubre de 1191 d.C.

Altaïr mantenía la cabeza agachada, esperando hasta estar seguro de que la persona que estaba a su lado se encontraba completamente dormida. Abrió ligeramente los ojos mientras escuchaba la serena y acompasada respiración de María, muy diferente a la entrecortada que había oído anteriormente. Había tenido que aparentar estar dormido después de que ella despertase de aquella pesadilla que estaba seguro que había tenido.

«No hay misericordia para los pecadores», eso había sido lo que ella había dicho nada más despertarse, después de comprobar que él se encontraba dormido.

A decir verdad, él tenía un sueño muy ligero. Ante cualquier mínimo sonido abría los ojos de inmediato, al menos cuando se encontraba en un lugar que podría continuar siendo hostil. En Masyaf era el único sitio donde podía alcanzar un sueño tranquilo.

Lo que lo había despertado eran los ligeros y afligidos gemidos que María había estado emitiendo mientras se removía encima de la colcha. La luz de luna no alcanzaba a iluminarla completamente, pero lograba observar a la perfección su compungido rostro cargado de dolor, como si estuviera sufriendo dentro de su pesadilla. Podía ver el sudor recorriéndole la frente mientras leves temblores recorrían su cuerpo. Debía de ser una pesadilla bastante horrible. ¿Así era como se veía él cuando soñaba con la muerte de Ahmad? ¿Tendría en su rostro también plasmado aquella mueca de sufrimiento? No lo sabía, ni quería hacerlo la verdad. Pero no podía evitar hacerse esas preguntas.

Al ver a María así actuó más por un acto reflejo que por una necesidad real. Estiró la mano hasta tocar los finos cabellos de ella que se encontraban empapados en sudor, mientras susurraba con voz baja que se tranquilizara. Era lo único que se le había ocurrido hacer, lo único que recordaba que alguien hubiera hecho alguna vez por él cuando aún era un niño. Su padre lo solía calmar de esa forma.

Inicialmente creyó que sus palabras habían resultado útiles, ya que los temblores de María pararon y en su rostro ya no se vislumbraba ningún rastro de dolor. Sonrió ligeramente mientras apartaba la mano dejándola en su posición inicial. Un leve calor se expandió por su pecho, sintiéndose bastante contento de haber podido calmarla de su pesadilla, pero aquella satisfacción duró poco. Un grito desgarrador llenó la habitación mientras María daba un bote en la cama incorporándose nuevamente con la respiración acelerada.

Había preferido fingir estar dormido, hacerle creer a ella que no había visto nada. Debía ser muy vergonzoso para alguien con tal carácter como el suyo que alguien como él viera aquel completo descontrol de sus emociones por culpa de una pesadilla. Por eso se encontraba ahora mirándola, analizando las palabras que había dicho en voz alta e intentando entender el por qué de esta. No era la primera vez que las tenía, cuando estuvieron en Limassol también las tuvo.

«¿Acaso tú no las tienes?», fue lo que le preguntó cuando se lo hizo saber.

Claro que tenía pesadillas, pero no sobre sus víctimas. La muerte de Ahmad, de Adha, de su padre… Siempre era sobre las personas que no había podido salvar, jamás sobre las muertes que él había proporcionado. Si tuviera una pesadilla por cada una de sus víctimas jamás podría conciliar el sueño, pero por suerte nunca le había ocurrido tal cosa.

«No hay misericordia para los pecadores», recordó, pensando en a qué se referían sus palabras.

Era cierto que los cristianos tenían una serie de mandamientos que no debían de infringir, aunque jamás pensó que María pudiera ser una persona temerosa de Dios. No parecía ser del tipo convencional de mujer en ninguno de los sentidos, por lo que no entendía el propósito de esa frase. Preguntarle sobre la pesadilla únicamente provocaría que ella reviviese a viejos fantasmas del pasado, por lo que sería mejor ignorar el hecho en sí y no volver a nombrarlo jamás.

Inspiró hondamente moviéndose ligeramente para colocarse en una posición algo más cómoda notando el fétido aroma de la muerte proveniente del piso inferior. La puerta estaba cerrada y estaba seguro de que no había una sola ventana que no estuviera abierta en el piso inferior, pero aún así aquel pernicioso olor parecía no querer abandonar aquel lugar. Al decirle Cyrus lo del entierro de Alexander pensó en qué debía de haber con la cabeza de Barnabas. Tenía concederle también sepultura, era lo mínimo que podía ofrecerle a los restos de aquel pobre hombre, aunque no fuera completamente.

«Un cuerpo sin cabeza…» pensó mientras fruncía el ceño.

Seguro que la familia de Barnabas agradecería que le devolvieran la cabeza, pero se estaba deteriorando rápidamente y el hedor del siguiente día sería aún peor que el de ahora. Nadie en su sano juicio transportaría la cabeza de un muerto en semejante estado de descomposición, lo más sensato sería enterrarla en un buen lugar y avisar luego a sus familiares.

«Un lugar de descanso» su rostro se contrajo levemente al recordar la tumba de su padre.

Umar había sido enterrado sin su cabeza, los hombres de Salah Al'din se la habían llevado, celebrando la muerte del Asesino. Él no la había visto mientras se la llevaban, ni siquiera fue testigo de la decapitación, pero a veces el imaginarlo era muchísimo peor que el haberlo visto. Lo que escuchó aquel día siempre lo perseguiría. Un suave corte, rápido y certero que seccionó de un único golpe el tronco del cuerpo. Si prestaba atención incluso podía oír el golpe seco del cuerpo caer contra el suelo.

«Fue una buena muerte. Rápida y sin dolor», siempre se decía eso. Su padre no había sufrido, él mismo se había entregado para salvar a su compañero, aunque había sido una muerte en vano ya que a las pocas semanas Ahmad se cortó el cuello delante suya.

Pocas veces había ido a la tumba de su padre. Se encontraba en un montículo, cerca del acantilado donde crecían unas frondosas zarzas de espino. En sus primeros años como fedayín al investigar en Acre o Damasco al ver las cabezas de los traidores, ladrones o violadores adornando sus murallas siempre se preguntó donde había acabado la cabeza de su padre. Si los sarracenos habían tenido el corazón suficiente para darle sepultura o únicamente habían esperado a que se descompusiera lo suficiente para tirarla en algún lugar yerno y lejano.

Con los años esos pensamientos se alejaron de su mente; Umar había sido un Asesino excepcional antes que un padre, pero debido a que su madre murió al nacer él apenas había sentido lo que era una familia. La Hermandad era lo más parecido que tenía a una.

—Adha… —susurró, cerrando los ojos.

Hacía unos años había sido un iluso, teniendo la absurda idea de que podía escapar de todo, que podía dejar de lado lo que era y empezar de cero al lado de ella. Una fantasía que se había desmoronado al ver los velados orbes oscuros de Adha evocados hacia el cielo, mientras una horrible mueca de terror se mantenía fresco en su pétreo rostro. Quiso pensar que era posible tener una vida tranquila, ser un hombre normal que cuidara de su familia. Pero un Asesino no podía ser ambas cosas a la vez. O al menos eso le habían enseñado.

Ladeó la cabeza abriendo los ojos mientras observaba el ligero subibaja del pecho de María, que lograba mantener perfectamente su respiración acompasaba. Con ella le pasaba algo parecido. Le gustaba estar a su lado, sus continuos cambios de humor, sus disputas, su extraña forma de ser… Era fascinante. Como un hermoso paisaje que no hacía más que expandirse frente suya mostrando aún cosas más bellas de las que había visto inicialmente. Quería permanecer con ella todo el tiempo que pudiera.

Se la quedó mirando durante largo tiempo para luego volver a la posición inicial y disponerse a dormir. Habría tiempo de conocerla, de estar con ella. Iban a viajar juntos, al menos tenía cinco largos días de travesía en los que podría saber algo más de María antes de llegar a Acre. Pensar que iba a ocurrir después de que llegasen a tierra era algo que prefería evitar.

Al despuntar el alba la luz entró plenamente por la ventana al no haber ningún impedimento que parase su camino. María abrió perezosamente los ojos mientras comenzaba a estirarse desigualmente encima de la cama y lanzaba un largo bostezo llevándose las manos a los ojos. Parpadeó varias veces moviéndose hasta algún lugar donde no le diese el haz completamente, fijándose en el cuarto en el que se encontraba, como intentando recordar cómo había llegado ahí la noche anterior.

—Buenos días —escuchó decir a su derecha sobresaltándola ligeramente.

Sentado a más o menos un metro del inicio de la cama estaba Altaïr, con las rodillas flexionadas mientras una laxa mano descansaba encima de ellas. Tenía la cabeza gacha, pero pudo observar una pseudo sonrisa por el pequeño sobresalto que había tenido al oír su voz. María frunció ligeramente el ceño y se movió para encararse con él.

—¿Es que acaso tú no duermes? —preguntó haciendo una mueca de disgusto.

—Tengo un sueño bastante ligero —respondió con franqueza.

—¿Sabes? Los primeros días de mi cautiverio llegué a la conclusión de que eras mitad búho, por eso no dormías por las noches —tal declaración hizo que Altaïr soltase una carcajada ante la absurda conjetura de la mujer—. Pero supongo que esa razón es bastante más lógica que la mía —admitió.

—No sé que he hecho para que creas que soy mitad búho, pero te aseguro que es una de las cosas más extrañas que han dicho sobre mí —repuso levantándose del suelo.

—Lo dudo —contestó con gesto socarrón. Estaba convencida de que sus palabras no eran las más raras que él había oído.

Ser un Asesino debía de acostumbrarte a que la gente confabulase cualquier clase de historia irreal sobre ti, pero lo de que era mitad búho era algo demasiado vago como para que no le hubiesen dicho nada peor. Vio como Altaïr se acercaba a la puerta de la habitación y la abría ligeramente, dejando que el olor que débilmente había estado taponando el trozo de madera entrase de lleno, haciendo que ella se llevase la mano la nariz para impedir seguir respirando aquel pestilente aroma.

—¡Oh, mierda! —exclamó María, levantándose también para ir directamente a la ventana y poder respirar algo de aire fresco—. ¡Me había olvidado por completo de esa jodida cabeza! ¡Qué asco!

Altaïr lanzó un suspiro y empezó a bajar por la escalera dejando a María sola en la habitación. Debido a haber dejado las ventanas abiertas el sol se había empezado a colar directamente por ellas, haciendo que un haz de luz diese de lleno justamente en la bolsa que contenía la cabeza donde ya unas perniciosas moscas empezaban a dar vueltas a sabiendas de que había un banquete para ellas ahí dentro. Como había supuesto, el hedor era incluso peor que el día anterior, pero nada que ver con las fosas comunes que tenía Acre. Ahí no era uno, sino decenas de cadáveres los que se encontraban apilados a la espera de ser enterrados sino dignamente al menos bajo una capa bastante gruesa de tierra que impidiese olerlos.

Cogió el saco y lo cerró, observando cómo este había empezado a rezumar una especie de líquido que no quiso saber lo que era en ese momento. Debía de presentarse adecuadamente al funeral de Alexander, además de encontrar algún pequeño nicho donde dar sepultura también a la cabeza de Barnabas. Escuchó los lentos pasos de María por las escaleras, por lo que giró la cabeza viéndola aparecer con el rostro algo cenizo mientras intentaba respirar aquel emponzoñado aire lo menos posible.

—¿Dónde vas a llevarte la cabeza? —preguntó rápidamente.

—Al funeral de Alexander —respondió—. Intentaré hacer que la entierren aunque no sea su cuerpo completo. Creo que la familia lo agradecerá —María hizo una mueca.

—La familia seguro, pero los que asistan al funeral de Alexander te apuesto que no —se llevó las manos a la nariz—. No creo que les agrade que vaya alguien que literalmente huele a muerto a despedirse de él.

—Es lo justo, María. Barnabas merece algo de respeto, al menos con lo que queda de su cuerpo —razonó mientras ponía el saco con la cabeza en su lado derecho.

—Lo sé, lo sé —aceptó moviendo lentamente las manos—. Sólo digo que no les va a hacer ni pizca de gracia.

Puede que María tuviera algo de razón en esa parte. Así que lo más prudente sería permanecer alejado del funeral, dejando que amigos y familiares de Alexander se despidieran de él antes de hablar sobre los restos de Barnabas. Salió del almacén observando que el sol apenas se había levantado más de un palmo en el horizonte. Empezó a caminar en dirección al cementerio notando como era seguido por María que se sacudía la ropa como si así el olor que se había impregnado en esta se fuera a ir.

—¿Por qué me sigues? —preguntó extrañado. No había pensado en que María quisiera ir al funeral de Alexander, sobre todo por como la habían tratado los rebeldes de Limassol.

—¿Para ir al funeral? —respondió en tono irónico—. Puede que no lograse estar ahí para salvar a Alexander y tampoco era mi persona favorita en el mundo. Pero como tú dijiste creo que merece al menos algo de respeto, ¿no?

—Oh… —Aunque lograba comprender los motivos por los que quería asistir al funeral aparecer ahí en medio de una horda de rebeldes sedientos de sangre Templaria no haría más que empeorar las cosas—. Entiendo tus motivos, pero no puedes ir —negó.

—¿Hay alguna extraña ley chipriota que me lo impida? Porque a ti no pienso hacerte caso —repuso siguiendo hacia delante intentando estar lo más alejada que podía de la cabeza de Barnabas.

—María, has sido Templaria, por eso no puedes ir —comentó adelantándola—. ¿Cómo crees que se sentirá la familia de Alexander o la resistencia al verte ahí? Querrán matarte.

—¡Pero yo no hice nada! ¡Fue uno de los suyos quién lo traicionó! —bramó exasperada—. Yo quise salvarle, te lo dije.

—¿Qué crees que creerán ellos? ¿Qué uno de los suyos, alguien cercano a ellos los ha traicionado o que una mujer antigua afiliada de los Templarios les está mintiendo para salvar el cuello? —reflexionó intentando hacerla reaccionar.

—Pero… —intentó decir algo pero las palabras de Altaïr tenían demasiado sentido como para negarlo—. Vale, entiendo eso que me quieres decir. Pero entonces ¿qué hago yo? No pienso volver a ese almacén de mala muerte —indicó señalándole.

—Podrías buscar un barco —adujo con rapidez—. No creo que queden muchos en el puerto después de las revueltas de ayer, pero quizás alguno parta hacia Acre.

—Un barco —repitió con una ligera mueca—. Genial, simplemente genial. A volver a embarcarse. —Bufó sonoramente mientras sacaba de su pequeño hatillo un poco de pescado seco—. Está bien. Buscaré un barco, pero no quiero ni una sola queja de lo que encuentre —puntuó—, si yo he tenido que viajar en un barco de piratas tú viajarás en lo que a mí me dé la gana.

Aunque aquello no tenía ninguna lógica, ya que no fue él quien escogió el barco pirata sino Alexander pero aún así asintió consiguiendo hacer que María sonriera ampliamente mientras se daba la vuelta en dirección al puerto. Altaïr se la quedó mirando no sabiendo muy bien que esperarse de esa mujer, sabía que no le gustaba nada la idea de volver a embarcarse ya que parecía odiar el mar, pero sus últimas palabras no vaticinaban nada bueno. Sin embargo, ¿por qué iba a quejarse de lo que encontrara? A él no le importaba viajar con mercenarios, piratas o comerciantes con tal de llegar a Acre, por lo que no debía preocuparse por aquellas infantiles amenazas.

Al perder de vista a María continuó su camino hasta la parte alta de la ciudad, mientras observaba como en la lejanía un grupo de personas empezaban a subir una inclinada cuesta. Un par de mujeres mantenían ocultos sus rostros lanzando pequeños alaridos de dolor, al tiempo que los hombres se mantenían a ambos lados del grupo, como no queriendo que nadie se acercase a ellas. Se mantuvo bastante alejado de ellos intentando tomar ligeras bocanadas de aire limpio, al tener en su cintura la cabeza resultaba imposible no oler aquella fetidez, pero al menos al estar en movimiento y en un lugar abierto resultaba más soportable.

Observó como el pequeño grupo se unía a otro más amplio que ya estaba en lo alto de la colina, el llanto de las mujeres era más aclamado y pudo observar que algunos hombres portaban encima de sus hombros una tabla donde encima reposaba un cuerpo cubierto de una fina tela blanca. Aún manteniéndose a una distancia prudente pudo llegar a distinguir a Cyrus entre los hombres que cargaban el cuerpo. El cementerio estaba justo en la parte alta de la ciudad, a las afueras, rodeado olivares.

Prefirió mantenerse alejado, María había tenido razón en advertirle de que no se acercase mucho a aquellas personas, tomarían casi como una burla aquel putrefacto olor que desprendía la cabeza, por lo que se mantuvo cerca de uno de los olivares durante todo el tiempo que duró el entierro. Alexander había sido un buen hombre, quizás no el mejor que había conocido, pero no merecía morir, debería de haber sobrevivido para poder ver su sueño cumplido, el expulsar a los Templarios de Limassol. Él quería que Chipre volviera a ser un lugar libre, y lo había conseguido a costa de su vida.

La ceremonia se le estaba haciendo bastante larga, debía de estar más de media ciudad en aquel pequeño sitio. Los entierros en Masyaf eran íntimos. La pérdida de un hermano era dolorosa, pero todos sabían que algún día llegaría por lo que las muestras de duelo eran mínimas entre ellos, a no ser que fuera la pérdida de una mujer o un hijo.

Vio como Cyrus y los demás hombres que habían cargado el cuerpo de Alexander cogían unas palas para comenzar a tapar la fosa donde lo habían introducido. Tres mujeres continuaron al lado de la tumba mientras el resto de personas iban alejándose poco a poco, algunos en silencio, otros comentando en voz baja diferentes anécdotas. La pérdida de Alexander sería dura para la ciudad, sin embargo con una huída de los Templarios esta tardaría poco en reponerse y comendar de nuevo.

Cuando las únicas personas que quedaban allí eran los que habían cargado el cuerpo y las mujeres decidió acercarse hasta Cyrus que lo recibió con un ligero cabeceo, podía observar como los ojos estaban ligeramente rojos, probablemente de haber estado velando el cuerpo durante toda la noche.

—Creí que ya no vendrías —comentó el joven mirándole de arriba abajo—, algunos empezaban a dudar de tu palabra.

—He estado observando desde la lejanía la ceremonia —respondió señalándose a la cintura—. A Alexander le enviaron la cabeza de Barnabas como advertencia antes de matarlo, por eso no me he acercado a vosotros.

—¿Llevas ahí una…? —No llegó a terminar la frase ya que se llevó rápidamente a la nariz al notar el fétido olor—. Pobre Barnabas, era un buen hombre —musitó dando un par de pasos hacia atrás—. ¿Por qué la has traído?

—No voy a volver a Kyrenia a devolver la cabeza, nadie querrá llevarla allí en este estado —pronunció en voz alta—. Así que pensé en enterrarla aquí y avisar a sus familiares de que al menos recibió digna sepultura.

El muchacho se le quedó mirando, inspeccionando con agudeza el saco que rezumaba una especie de líquido viscoso. Su rostro se contrajo ligeramente asintiendo a la vez que le pasaba una pala que tenía a su lado.

—Será mejor que lo hagas lo antes posible. Haz un agujero bastante profundo si no quieres que los perros lo desentierren —advirtió—. Cerca de algún olivo sería la mejor opción, no hemos preparado una lápida.

—¿Podrías enviar el mensaje a Kyrenia? Hay un hombre allí, Markos, me ayudó mucho y creo que él sabrá informar a la familia de Barnabas de todo lo ocurrido.

—Lo haré.

Después de aquello Cyrus se dio la vuelta para regresar con los hombres y las tres mujeres que aún soltaban ligeros lamentos de dolor de vez en cuanto. Altair se alejó hasta el olivo desde donde había visto la ceremonia, dejó la cabeza en el suelo mientras empezaba a cavar un foso. Al acabar metió la cabeza dentro y comenzó a taparla con porciones de tierra hasta que dejó el suelo completamente uniforme.

Se pasó la mano por la frente para quitarse las gotas de sudor que empezaban a caer mientras que alzaba la cabeza para observar el cielo. El sol ya casi se encontraba arriba del todo, ¿cuánto tiempo había durado el entierro? Esperaba que María no hubiera encontrado un barco y hubiera decidido marcharse sin él. Empezó a caminar cuesta abajo, notando como había muchísima más gente por la ciudad que las anteriores veces que había estado. Era bastante curioso que al haber eliminado la influencia Templaria aquel lugar cobrase vida mágicamente, interiormente se alegró de haber podido ayudar a la Resistencia y al pueblo de Chipre.

Cuando llegó al puerto se encontró con María sentada en un banco de piedra mientras se llevaba a la boca un par de dátiles. Estaba mirando al mar atentamente sin percatarse de nada de su alrededor. Ella inspiró hondamente arrugando el rostro como si algo no estuviera bien, giró la cabeza a la derecha encontrándolo a escasos metros de suya.

—Apestas a muerto —dijo haciendo una mueca mientras tragaba rápidamente lo que tenía en la boca—. Sería mejor que te tirases al agua, al menos la sal taparía ese olor.

El simple pensamiento de tirarse al agua le hizo fruncir el ceño al sarraceno, no sabía nadar, era su vergonzoso secreto del que muy pocos tenían constancia, pero así era. Desde niño la limpieza había sido fundamental, pero jamás había ido con los demás fedayines al lago en las tardes calurosas para refrescarse.

—Era una broma, Altaïr, no pongas esa cara de amargado —rió ligeramente—. Pero no te acerque mucho si no quieres que vomite, acabo de comer —aclaró.

—¿Has encontrado algún barco? —preguntó esperando que la respuesta fuera positiva.

—Sí —sonrió ampliamente—, aquel de allí.

Alzó la mano para señalar a un barco que se encontraba al fondo del puerto, sus velas eran blancas y tenían bordados en la tela un extraño símbolo semejante a una media cruz. Parpadeó observando aquel extraño buque, le recordaba ligeramente a la cruz templaria, pero esta estaba bordada en azul, no en rojo. Se fijó atentamente en quienes estaban dentro del navío pudiendo identificar a un par de monjes que estaban embarcando.

—Es un barco Templario —dijo en voz alta a lo que María sencillamente asintió aún con una espléndida sonrisa.

—Concretamente son Hermanos Hospitalarios de San Antonio, van Acre ya que al parecer hay falta de médicos en el hospital de Naplouse —respondió encogiéndose de hombros—. ¿Va a ser un viaje muy interesante, verdad?

Continuará...

Bueno, sí, este capítulo ha sido básicamente de transición, para mostraros un poco más de Altaïr, que sepáis como se siente con respecto a María o como se siente con respecto a su Orden o su pasado, creo que es bastante importante entender la psicología de los personajes para poder saber cuando hacen o no lo correcto en las historias. Me ha dolido mucho que María saliese tan poco en este capítulo pero era necesario, al menos ya tienen conversaciones más o menos interesantes... Sobre lo de Alexander me he basado más o menos en los entierros multitudinarios que suele haber en Oriente Próximo, no sé si es históricamente correcto pero Alexander era alguien querido por el pueblo, así que espero no haber metido la pata. Sobre los Hermanos Hospitalarios de San Antonio... son de 1095 d.C. así que históricamente es correcto que estén aquí, ya geográficamente no tanto XD.

Mile-chan a tu comentario te responderé por privado, pero muchas gracias por enviármelo. A todos los demás que también me habéis leído ¡muchísimas gracias! Espero que hayáis sido pacientes, de verdad que no quiero dejar esta historia de lado por lo que me sigáis leyendo es muy importante. Gracias a: Chile (sé que eres tú Mile-chan xD), Perú (¡muchísimas gracias!), México (¡gracias a todos!), España (ahora sois menos que en Cautiva, espero que ese número crezca), Venezuela (¡gracias vane!), Estados Unidos (thanks for read me!), Nicaragua (¡gracias!), Argentina (¡gracias por seguirme!), Polonia, Rusia, Malasia y Kazakstan. ¡Gracias a todos y espero veros en la siguiente publicación!