Capítulo 2
Entonces, con un estallido de lágrimas, la joven corrió directamente hacia él, rodeó con los brazos el cuello de Ulises y le cubrió de besos la frente y las mejillas antes de hablar.
—Heme aquí, vos lograsteis conquistar mi corazón, inflexible como es.
En el corazón de Ulises surgió otro deseo aparte del de lamentarse; y lloró, estrechando entre sus brazos a su querida y fiel esposa.
Nami Hartwell interrumpió su lectura y emitió un largo suspiro de satisfacción. El sonido resonó en el silencio en la biblioteca de Cocoyashi´s House, a donde había escapado horas antes en busca de una buena lectura.
En opinión de Nami un buen libro requería una inolvidable historia de amor… y Homero cumplía las expectativas. Oh, Ulises, pensó ella con ternura, pasando una página amarillenta de aquel ejemplar con cubierta de piel mientras se enjugaba una lágrima. Veinte años después, por fin de vuelta en los brazos de su amor. Un reencuentro merecido donde los haya. De los mejores libros que había leído.
Interrumpió su lectura y recostó la cabeza sobre el mullido respaldo del sillón, suspirando. Inhaló el rico aroma de sus queridos y bien cuidados volúmenes antiguos mientras imaginaba que era la protagonista de aquella historia en particular… Una esposa amada, el objeto de una búsqueda heroica, la mujer cuyo amor había inspirado a su marido a luchar contra el cíclope, a resistir a las sirenas, a conquistar lo que fuera necesario para alcanzar una sola meta: regresar a su lado. ¿Cómo sería ser como ella, una mujer cuya belleza sin par fuera recompensada por el amor del más importante héroe de su tiempo? ¿Cómo sería recibir al único hombre que posee tu corazón? ¿Y cómo sería en la cama? Una pícara sonrisa curvó los labios de Nami cuando aquel atrevido pensamiento atravesó su mente.
Oh, Ulises, desde luego. Se rió por lo bajo. Si el resto del mundo supiera que lady Nami Hartwell, la correcta e intachable solterona tenía esos entretenidos, arraigados y, sin duda, impropios pensamientos sobre héroes de papel…
Suspiró de nuevo, recriminándose, para sus adentros con vehemencia.
Era consciente de que era una tontería soñar con hombres que solo habitaban en las páginas de los libros. Aquel era un hábito terrible, y ella llevaba haciéndolo demasiado tiempo. Había comenzado la primera vez que leyó Romeo y Julieta, cuando tenía doce años, y había seguido haciéndolo con pequeños y grandes personajes —desde Beowulf o Hamlet hasta Tristán y otros protagonistas más sombríos de novelas góticas, sin importar la calidad que destilaran esas páginas—; las fantasías de Nami sobre ídolos de papel eran absolutamente democráticas.
Cerró los ojos y se imaginó muy lejos de esa estancia de techo alto llena de innumerables libros y documentos pertenecientes a la larga lista de condes de su familia. Soñó que era Penélope en vez de la hermana solterona del conde Cocoyashi y que estaba tan profundamente enamorada de Ulises que había despreciado a todos los demás pretendientes. Conjuró mentalmente a su héroe. Ella estaba sentada ante un telar; él, en el umbral de la puerta. Era fácil imaginar su aspecto físico, pues había tenido el mismo una y otra vez durante la última década. Alto, de complexión imponente, fibroso, con un pelo espeso y oscuro que impulsaba a todas las mujeres a acariciarlo y unos ojos negros como la mismisima noche. La mandíbula firme, pero con un hoyuelo que solo aparecía cuando sonreía. ¡Y qué sonrisa…!, prometía picardía y placer a partes iguales. Sí… Todos sus héroes estaban destinados a tener el mismo aspecto que el único hombre con el que había soñado: Monkey D. Luffy, marqués de Raftel. Cualquiera pensaría que tras 6 años debería haber prescindido de su fantasía, pero parecía que tenía inclinación por aquel granuja a pesar de sí misma y que estaba condenada a pasarse el resto de su vida imaginándoselo como su Marco Antonio particular, siendo ella Cleopatra. Soltó una carcajada ante el símil. Habría que estar realmente loco para comparar a lady Nami Hartwell con Cleopatra. Para empezar, Nami jamás había dejado incapacitado a un hombre con su belleza, algo en lo que Cleopatra había sido toda una experta. Cleopatra no había tenido su pelo naranja y sus vulgares ojos castaños. La soberana de Egipto tampoco había sido descrita como rellenita. Y no era capaz de imaginarse que Cleopatra se hubiera quedado sin bailar en ninguna de las veladas sociales. Además, estaba segura de que la insigne emperatriz jamás se había puesto una cofia de encaje. Desafortunadamente, no podía decir ninguna de esas cosas cuando se refería a sí misma. Pero, en este momento, era Penélope, y Luffy, el arrebatador Ulises, que había fijado su cama marital a un olivo que él mismo había sembrado. Se ruborizó cuando la fantasía continuó y él se acercó a ella y a esa cama legendaria, quitándose lentamente la túnica y dejando al descubierto un pecho bronceado por los años pasados bajo el sol del mar Egeo, un torso que podría estar tallado en mármol. Cuando él llegó hasta ella y la rodeó con sus brazos, imaginó que la envolvía aquel calor masculino que le hacía sentirse pequeña con su tamaño. Él había pasado años esperando ese momento… y ella también. Él le deslizó las manos por la piel, creando un rastro de fuego allí donde la tocaba, y Nami imaginó que se recostaba sobre ella para besarla. Podía sentir su cuerpo apretándose contra el suyo, sus manos en la cara, sus labios firmes y sensuales obligándola a separar los de ella poco a poco hasta reclamar su boca en un beso abrasador. Entonces, él comenzaba a susurrarle palabras de amor al oído, frases que ella apenas lograba entender.
—¡Nami!- Se levantó de golpe del sillón haciendo caer el libro, sobresaltada por aquel estruendo que provenía del otro lado de la puerta. Se llevó la mano a la garganta con el corazón desbocado y deseó para sus adentros que quienquiera que fuera se largara y la dejara disfrutar de su ensueño. El pensamiento fue fugaz y se disolvió mientras emitía un suspiro. Nami Hartwell jamás hacía nada que no fuera impecablemente correcto. Nunca dejaría de responder cuando la llamaran, por mucho que le gustase hacerlo. La puerta de la biblioteca se abrió de repente y entró su hermana, pletórica de energía y excitación.
—¡Nami! ¡Aquí estás! ¡Llevo horas buscándote! - Nami miró la ansiosa y brillante cara de su hermana y no pudo evitar sonreír. Koala siempre había sido una hechicera fuerza de la naturaleza, constantemente en ebullición, y a quien adoraba todo el mundo en cuanto la conocía. Con dieciocho años era la incomparable de la temporada, la debutante que había obtenido todas las atenciones de la sociedad, que había terminado por apodarla el Ángel Cocoyashi. Al verla ahora iluminada por los rayos del sol que entraban en la biblioteca, envuelta en etéreo chifón de color dorado, con aquella dulce sonrisa y los bucles rubios perfectamente peinados, Nami entendía perfectamente por qué la sociedad londinense adoraba a su hermana. Era difícil no hacerlo. Incluso aunque tal perfección podía dejar en evidencia a una hermana mayor mucho menos perfecta.
—¿Para qué me necesitas, Koala? —dijo Nami con una provocadora sonrisa—. ¡Creo que te las has arreglado bastante bien tú sola!
Un profundo rubor se extendió por el delicado cutis de porcelana de Koala, algo que Nami habría envidiado por su recato y uniformidad si ella misma no llevase padeciendo tales sonrojos durante toda su vida.
—¡Nami! ¡No me lo puedo creer! ¡Llevo todo el día pellizcándome! —Koala atravesó corriendo la estancia y se dejó caer en el sillón de cuero frente a su hermana—. ¡Se me ha declarado! —continuó en un tono deslumbrado y soñador—. ¿Te lo puedes creer? ¿No es maravilloso? - Él era, en este caso, Sabo Talbott, sexto duque de Rivington y el soltero más codiciado de toda Gran Bretaña. Joven, guapo, rico y con título, al duque le había bastado con mirar una sola vez a Koala en uno de los bailes de pretemporada, para caer rendido a sus pies. Tras un cortejo incesante, Rivington había acudido a Cocoyashi´s House esa misma mañana para pedir su mano. Nami apenas había logrado contener su diversión ante el nerviosismo del duque; a pesar de su título y riqueza, la respuesta de Koala le producía gran ansiedad, pero eso solo hacía que Nami lo apreciara todavía en mayor medida.
—Claro que me lo creo, querida —se rió—. Cuando ha llegado le brillaban los ojos como estrellas… Un brillo muy parecido al que lucen los tuyos en este momento. —Koala inclinó la cabeza con timidez mientras Nami continuaba—. Tienes que contármelo todo, ¿cómo se siente una después de haber atrapado a un hombre que la ama tantísimo? ¡Y un duque nada menos!
—¡Oh, Nami! no me importa nada el título de Sabo, ¡solo él! ¿A que es el hombre más maravilloso de la tierra?
—¡Y un duque nada menos! —Las dos jóvenes se giraron con sorpresa ante aquellas palabras, pronunciadas en un tono de excitación apenas contenida desde la puerta de la biblioteca. Nami suspiró al recordar qué la había llevado a esconderse allí a primera hora de la mañana. Su madre.
—¡Callie! ¿Has oído la maravillosa noticia? - Preguntándose para sus adentros cuántas veces más tendría que responder a esa cuestión a lo largo del día, Nami abrió la boca para contestar. Sin embargo no fue lo suficientemente rápida. —¡Rivington se ha enamorado profundamente de Koala! ¿Te imaginas? ¡Un duque enamorado de nuestra Koala!
Una vez más, Nami se dispuso a contestar, pero no llegó a hacerlo.
—¡Hay tanto que hacer! ¡Tenemos que planificar la boda! ¡Organizar el baile y la cena de compromiso! ¡Diseñar los menús! ¡Enviar las invitaciones! Eso por no mencionar el vestido de novia. ¡Y el ajuar! ¡Oh, Koala! -Mientras una dicha absoluta inundaba la cara de la condesa viuda, la de Koala adquiría una expresión de profundo terror. Nami contuvo una sonrisa y se dispuso a rescatar a su hermana.
—Mamá, Rivington se ha declarado esta mañana. ¿No crees que deberíamos dejar que Koala disfrutara un poco de esta ocasión tan trascendental? —En su tono se percibió una cierta jocosidad cuando continuó, lanzándole a su hermana una mirada cómplice—. ¿Quizá un par de días?
Fue como si no hubiera dicho nada. La condesa viuda siguió hablando, en un tono cada vez más alto y agudo. —¡Y tú, Nami! ¡Tendremos que elegir con mucho cuidado el vestido que llevarás!
¡Oh, no! La condesa viuda era hábil para muchas cosas, pero elegir la ropa que le quedara bien a su hija mayor no era una de ellas. Si Nami no lograba distraer a su madre pronto, estaría destinada a asistir a la boda de su hermana embutida en una monstruosidad con plumas y turbante a juego.
—Pienso que deberíamos centrarnos primero en otras cosas, ¿no crees, mamá? ¿Por qué no organizas esta noche una cena informal para celebrarlo? —Se interrumpió y esperó durante un momento para ver si su madre picaba el anzuelo.
—¡Qué idea tan maravillosa! - Nami suspiró para sus adentros, satisfecha por haber desviado su atención con tanta rapidez. —¡Debería hacerla! Solo asistiría la familia, por supuesto, porque el anuncio oficial se hará en el baile de compromiso, pero creo que celebrar una cena informal esta noche es lo más adecuado. ¡Oh! ¡Hay un montón de cosas que hacer! ¡Debo enviar las invitaciones y hablar con la cocinera! —La condesa viuda se volvió y corrió hacia la puerta, llena de excitación. En el umbral, se detuvo en seco y se volvió bruscamente. Incapaz de contener su alegría, con la cara roja y la respiración jadeante, exclamó—: ¡Oh, Koala ! —Y, dicho eso, se marchó. En el silencio que siguió a la partida de su madre, Koaka continuó sentada, aturdida por la escena que acababa de tener lugar. Callie no pudo evitar sonreír.
—No habrás pensado que iba a ser fácil, ¿verdad, Ko? Después de todo, mamá lleva treinta y dos años esperando para organizar una boda, justo desde que Zoro nació. Y ahora, gracias a ti, verá cumplido su sueño.
—No creo que pueda sobrevivir a esto —dijo Koala, meneando la cabeza, todavía aturdida—. ¿Quién era esa mujer?
—Una madre con una boda en perspectiva.
—Santo Dios ¿Cuánto tiempo crees que se comportará así?
—No estoy segura, pero supongo que casi toda la temporada.
—¿¡Toda la temporada!? ¿No hay manera de evitarlo?
—Hay una… —Nami se interrumpió para dar un efecto dramático a sus palabras. Koala no pudo contener su impaciencia.
—¿Cuál?
—¿Crees que Rivington se fugaría contigo a Gretna Green?
Koala gimió por lo bajo mientras Callie estallaba en carcajadas. Aquella iba a ser una temporada extraordinariamente entretenida. Aquella iba a ser la temporada más horrible de su vida.
Nami se mantuvo inmóvil en una esquina de la salita donde, después de la cena y de los rituales de los cigarros durante la sobremesa para los hombres y los cotilleos para las mujeres, se reunió toda la familia para cubrir a Koala y a su duque de los mejores deseos. Docenas de velas derramaban sobre la estancia un tenue brillo e iluminaban a los asistentes, trasformando el espacio en un escenario íntimo. Por lo general Nami adoraba los acontecimientos que se desarrollaban en aquella sala, pues eran ocasiones felices que la inundaban de entrañables recuerdos.
Sin embargo, aquella noche no estaba ocurriendo así. Ahora, lamentaba el momento en que se le había ocurrido sugerir una cena íntima e informal. Esta noche, los antepasados que la observaban desde los retratos que cubrían las paredes parecían burlarse de ella. Nami se tragó un suspiro y forzó una sonrisa cuando tía Lola se acercó a ella con una expresión radiante. Sabía exactamente lo que iba a decirle y también sabía que era inevitable.
—¿No es maravilloso? ¡Qué feliz pareja! ¡Qué buen enlace!
—En efecto, tía —canturreó Nami, girando la cabeza para mirar al futuro matrimonio. Había descubierto a lo largo de la velada que observar lo felices que parecían Koaka y Sabo Rivington hacía que le resultara más fácil soportar ese tipo de conversación. Solo un poco más fácil—. Es un placer ver a Koala tan contenta.
La anciana apoyó una de sus arrugadas manos en el brazo de Nami. Ahora es cuando se lanza al ataque, pensó la joven para sus adentros, apretando los dientes.
—¡Estoy segura de que tu madre estará encantada de tener por fin una boda que planear! —cacareó la mujer con diversión—. Después de todo, si solo os tuviéramos en cuenta a ti y a Zoro, no habría garantía de que lo llegara a hacer algún día.
Nami forzó una risita mientras miraba desesperada a su alrededor en busca de socorro, daba igual de dónde proviniera si con ello conseguía librarse de una lista interminable de impertinentes y maleducados parientes.
En las tres horas transcurridas desde que los invitados habían llegado para la cena, había mantenido la misma conversación con una docena de personas distintas. La cena en sí había resultado especialmente dura, puesto que había estado sentada entre la testaruda abuela de Sabo y un primo particularmente cruel; ambos parecían creer que su estado de soltería era un tema muy interesante. Ella misma estaba empezando a considerar que no había una sola persona en ninguna de las dos familias que poseyera una pizca de tacto. ¿Pensarían realmente que no le ofendía que le recordaran de manera tan insistente que era una solterona polvorienta que se había quedado para vestir santos? Parecía que no. No viendo manera de deshacerse de su tía en un futuro cercano, le hizo gestos con la mano al lacayo que pasaba con una bandeja llena de copas de jerez. Cogió una y se volvió hacia la anciana.
—¿Puedo ofrecerte una, tía Lola?
—¡Santo Dios, no! No soporto ese brebaje. —Había una nota de indignación en su tono—. ¿Sabes, Nami? Beber en sociedad puede conseguir que se manche tu reputación.
—¿De veras? Bueno, creo que esta noche no debo preocuparme por eso, ¿no estás de acuerdo?
—No, supongo que tu reputación no corre ningún riesgo, Nami. —Tía Lola le dio una palmadita en el brazo con inconsciente condescendencia—. Qué tragedia lo tuyo, ¿verdad? ¿Quién lo iba a decir? Nunca hubiera supuesto que te quedarías soltera con una dote como la tuya.- La insinuación de que ella solo habría logrado casarse gracias a su dote hizo que se estremeciera de furia. Antes de que pudiera responder, la anciana continuó hablando: —Y ahora, a tu edad, debemos perder ya las esperanzas. Es realmente imposible imaginar que alguien pida tu mano. A menos, claro está, que se trate de un anciano caballero en busca de compañía mientras espera que llegue su final. Sí, quizá esa sea la solución. Una imagen atravesó como un relámpago la mente de Nami, una agradable fantasía en la que tía Lola se encontraba sumergida en una bañera de vino dulce. Concentrándose en su ensueño, depositó cuidadosamente la copa en la bandeja y se volvió hacia la anciana, que seguía conjeturando sobre su soltería. —Por supuesto, tu figura no ayuda nada, Nami. Después de todo, hace ya tiempo que pasaron los días en los que estaban de moda las mujeres con curvas. Nami permaneció callada. No era posible que aquella odiosa mujer hubiera dicho lo que ella acababa de escuchar. —¿Has considerado seguir una dieta a base de huevos cocidos y col? He oído que funciona a las mil maravillas. A lo mejor entonces parecerías más… menos sana. —Siguió cacareando , que ya comenzaba a divertirse y parecía haber olvidado cualquier tipo de educación—. ¡Quizá entonces podríamos encontrar un marido para ti!
Nami tenía que escapar antes de infligir serios daños a un anciano miembro de su familia o de volverse loca. Se disculpó sin mirar a tía Lola a los ojos, pues no podía garantizar no decirle nada espantoso a aquella horrible mujer.
—Perdona, tía, pero tengo que ir a… a la cocina. —No le importó que la excusa no tuviera sentido debido a que hacía mucho rato que había terminado la cena; sencillamente, tenía que escapar de allí. Conteniendo las lágrimas, Nami huyó al cercano estudio de su hermano, donde tenía la certeza de que no la molestarían invitados indeseables. Se guió por la luz de la luna que entraba por el enorme ventanal que ocupaba una pared del estudio y se acercó al aparador, donde cogió una copa y una botella de jerez antes de dirigirse al sillón situado en una esquina de lo que durante mucho tiempo había sido el santuario de los hombres de la familia Cocoyashi. Esta noche tendrá que servir para los propósitos de una , pensó, soltando un hondo suspiro mientras se servía un jerez y dejaba la pesada licorera de cristal en el suelo. Luego pasó las piernas por el brazo del sillón y se arrellanó en el asiento.
—¿Por qué suspiras así, hermanita?
Nami dio un leve respingo y giró la cabeza hacia el imponente escritorio de caoba que dominaba la estancia. Observó la oscura figura que se ocultaba detrás y sonrió ampliamente en medio de la penumbra.
—Me has asustado.
—Sí, bueno, perdona que no me disculpe, pero esta es mi guarida, no la tuya. — Zoro Hartwell, conde de Cocoyashi, se levantó y atravesó la estancia para sentarse en otro sillón frente a Callie—. Espero que tengas una buena razón para estar aquí o tendré que chivarme.
—¿Ah, sí? Sería interesante ver cómo logras revelar mi huida sin que se den cuenta de la tuya — bromeó.
—Cierto. —Zoro sonrió, mostrando sus dientes blancos—. Bueno, entonces puedes quedarte.
—Gracias. —Hizo un brindis con su copa—. Eres todo corazón.
Zoro hizo girar el whisky en su propio vaso mientras Nami bebía antes de relajarse en el sillón, cerrando los ojos y disfrutando de aquel apacible silencio.
—Bueno, ¿qué te ha traído aquí? —dijo él finalmente.
—Lola—respondió Namisin abrir los ojos.
—¿Qué ha hecho ahora esa vieja urraca? —¡Benedick! —¿Acaso vas a decirme que no has pensado nunca que se parece muchísimo a un ave de esa clase?
—Pensarlo es una cosa y decirlo en voz alta otra distinta. - Zoro se rió. —Eres demasiado educada para tu bien. ¿Qué es lo que te ha dicho nuestra estimada y reverenciada tía para hacerte huir a un cuarto oscuro? -Ella suspiró y rellenó la copa.
—No ha hecho nada que no hayan hecho los demás miembros de las dos familias, solo que ella ha sido más grosera.
—Ah, ha hablado del matrimonio.
—Lo cierto es que me ha dicho… —Hizo una pausa, respiró hondo—. No, no le daré el placer de repetirlo.
—Puedo suponerlo.
—No, Zoro, no puedes. —Bebió un sorbo de jerez—. Maldición, si hubiera sabido cómo sería la soltería, me habría casado con el primero que se me declaró.
—El primer hombre que se te declaró fue un vicario idiota.
—No deberías hablar mal del clero.
Zoro emitió un bufido y dio un buen trago a su whisky.
—Bueno. Me habría casado con el segundo que se declaró. Law era muy atractivo.
—Nami, si no lo hubieras rechazado tú, lo habría hecho papá. Era un jugador empedernido y un bebedor infatigable. Recuerda que murió en un garito de juego, por el amor de Dios.
—Ah, pero entonces sería viuda. Nadie se mete con las viudas.
—Sí, bueno, no estoy muy seguro de eso, pero si prefieres pensar así… —Zoro hizo una pausa —. ¿De verdad desearías haberte casado con uno de ellos?
Nami dio otro sorbo, paladeando el licor con la lengua un buen rato mientras consideraba la pregunta.
—No, no me habría casado con ninguno de los que me lo pidieron —aseguró—. No me gustaría ser considerada solo una posesión de algún hombre horrible que hubiera contraído matrimonio conmigo por dinero o por estar relacionado con el conde de Cocoyashi… Pero no me habría negado a un matrimonio por amor.
Zoro se rió entre dientes. —Sí, bien, un matrimonio por amor es algo completamente diferente, pero no ocurre todos los días.
—No —convino ella, y los dos permanecieron en silencio. Luego, tras un largo rato de meditación, Nami volvió a intervenir—: Lo cierto es que… lo que realmente me gustaría es ser un hombre.
—¿Perdón?
—¡En serio! Por ejemplo, si te dijera que te vas a pasar los próximos tres meses escuchando comentarios hirientes por culpa de la boda de Koala, ¿qué opinarías?
—Diría ¡qué demonios! y evitaría el tema.
Nami utilizó la copa de jerez para subrayar sus palabras. —¡Exacto! ¡Porque eres un hombre!
—Un hombre que ha tenido éxito evitando una gran cantidad de acontecimientos que lo habrían llevado a cambiar su estado civil.
—Zoro —dijo Nami con franqueza, estirando el cuello—, la única razón por la que has podido evitar esos acontecimientos es porque eres un hombre. Desafortunadamente, yo no juego con las mismas reglas.
—¿Por qué no?
—Porque soy una mujer y no puedo dejar de asistir a los bailes, las cenas, los tés y la modista. ¡Oh, Santo Dios! No sabes lo que es ir a la modista a que te tomen medidas. Voy a tener que volver a sufrir en carne propia todas esas horribles miradas compasivas mientras le confeccionan a Koala su vestido de novia. ¡Oh, Dios mío! —Se cubrió los ojos como para no ver la escena.
—Aun así. No encuentro la razón por la que no puedas eludir todos esos horribles acontecimientos. De acuerdo, tienes que asistir al baile de compromiso, a la boda… pero olvida todo lo demás.
—¡No puedo hacer eso!
—Insisto, ¿por qué no?
—Las mujeres decentes no dejan de acudir a esos acontecimientos, igual que no tienen un amante. ¡Tengo que preocuparme por mi reputación! Ahora fue él quien bufó.
—Vaya disparate, Nami. Tienes veinticuatro años.
—No es muy caballeroso mencionar mi edad. Y sabes de sobra que no me gusta nada que me la recuerdes.
—Pues vas a volver a oírlo. Tienes veinticuatro años, estás soltera y posees, probablemente, la reputación más inmaculada de Londres, sin importar tu sexo y edad. Por el amor de Dios, ¿cuándo fue la última vez que acudiste a algún lugar sin esa cofia de encaje?
Ella le lanzó una mirada airada. —Mi reputación es todo lo que tengo. Eso es lo que estoy tratando de decirte, Zoro. —Se inclinó para servirse otra copa de jerez.
—Por supuesto, tienes razón. Es todo lo que posees ahora, pero podrías tener más. ¿Por qué no arriesgarte y obtenerlo?
—¿Me estás alentando a manchar nuestra buena reputación? —preguntó Nami llena de incredulidad, paralizada, con la licorera en una mano y la copa en la otra. Zoro arqueó una ceja ante la imagen. Nami puso la licorera en el suelo. —¿Te das cuenta de que si hago eso, tú, como conde, sufrirás las consecuencias?
—No te estoy sugiriendo que te eches un amante, Nami. Ni estoy animándote a que provoques una escena. Solo sostengo la opinión de que deberías preocuparte un poco de ti misma en vez de… er, bueno, en vez de hacerlo tanto por tu reputación. Te aseguro que si te saltas esos odiosos acontecimientos que rodean las bodas, no vas a afectar al condado de ninguna manera.
—Claro, y ya que estoy, ¿por qué no beber whisky o fumar puros?
—Exacto, ¿por qué no?
—No hablas en serio.
—Nami, te aseguro que la casa no se nos caerá encima si haces algo de eso. Aunque no sé si realmente lo disfrutarías. —El silencio se extendió entre ellos durante varios minutos antes de que continuara hablando—: ¿Qué más querrías hacer? Ella meditó cuidadosamente la respuesta a esa pregunta. ¿Y si realmente no hubiera repercusiones? ¿Qué le gustaría hacer entonces?
—No lo sé. Jamás me había planteado esa cuestión.
—Bueno, pues plantéatela ahora. ¿Qué harías?
—Todo lo que pudiera. —La respuesta surgió con rapidez sorprendiéndoles a ambos, pero una vez que dijo las palabras, Nami se dio cuenta de que eran ciertas—. No quiero ser conocida por mi impecable comportamiento. Tienes razón. Veinticuatro años de perfección son demasiados. —Se rió al oírse decir eso, y él la imitó.
—Entonces, ¿qué harías?
—Me desharía de la cofia de encaje.
—Qué alarde de atrevimiento —se mofó él—. Venga, Calpurnia, puedes ser más creativa. Recuerda, tus acciones no tendrán repercusiones, dime tres cosas que te gustaría hacer en casa. Ella sonrió, acurrucándose en el sillón y entregándose al juego con entusiasmo.
—Aprender esgrima.
—Vamos bien —la alentó—, ¿qué más?
—¡Asistir a un duelo!
—¿Por qué detenerse ahí? Usa esas recién adquiridas habilidades para participar en uno —le sugirió él. Ella arrugó la nariz.
—Creo que no me gustaría hacerle daño a nadie.
—Ah —dijo Zoro con seriedad—, hemos dado con uno de tus límites.
—Eso parece. Pero creo que me gustaría disparar una pistola, solo que sin apuntar a nadie.
—Hay mucha gente que disfruta de esa actividad en particular —comentó él—. ¿Qué más?
Ella levantó la mirada al techo mientras pensaba. —Aprender a montar a horcajadas.
—¿En serio? Nami asintió con la cabeza. —Sí. La silla de amazona es muy incómoda. Él se rió ante su expresión de desdén. —Lo haría… —La joven se interrumpió cuando otra idea cruzó como un relámpago por su mente. Besar a alguien. Bueno, eso no podía decírselo a su hermano—. Haría todas las cosas que los hombres dais por supuestas. Y más —aseguró—. Por ejemplo, ¡jugaría a las cartas! ¡En un club de caballeros!
—Oh, oh… ¿Cómo te las arreglarías? Nami lo pensó durante un momento. —Supongo que tendría que hacerme pasar por un hombre. Él negó con la cabeza, divertido.
—Esa fascinación por Shakespeare que tiene mamá al final afectará a nuestras vidas. —Ella soltó una risita tonta mientras él añadía—: Creo que ese sería el límite en esa cuestión. Los condes de Cocoyashi podrían perder sus privilegios en White's si lo hicieras.
—Bueno, por suerte para ti no es mi intención colarme en White's. Ni hacer ninguna de esas cosas. — ¿Era decepción lo que teñía su voz? Una vez más el silencio cayó sobre ambos hermanos mientras los dos se perdían en sus pensamientos. Finalmente, Zoro levantó la copa en un brindis silencioso y se la llevó a los labios. Se detuvo antes de llegar a la boca y le tendió el vaso en una oferta silenciosa. Por un fugaz momento, Nami consideró cogerla, a sabiendas de que la oferta de Zoro no era más que un dedo de whisky en el fondo de la copa. Finalmente negó con la cabeza Zoro se bebió lo que quedaba.
—Lo siento —dijo mientras se levantaba del sillón—, me encantaría saber que has corrido un par de riesgos, hermanita. El comentario, dicho descuidadamente mientras se iba, resonó en los oídos de Nami. De hecho, apenas oyó la seca pregunta que siguió. —¿Crees que estoy a salvo si salgo de aquí? ¿O tendremos que escondernos hasta la boda? Ella negó con la cabeza distraídamente.
—Creo que tú estás a salvo, pero ándate con cuidado —respondió ella.
—¿Vienes conmigo?
—No, gracias. Creo que me quedaré aquí mientras recapacito sobre si me gustaría vivir ciertas aventuras. Él sonrió complacido.
—Excelente. Hazme saber si al final decides zarpar rumbo a Oriente mañana por la mañana. Ella le respondió con una sonrisa.
—Sí, serás el primero en saberlo. Después, Zoro salió, dejando a Namisumida en sus pensamientos. La joven permaneció sentada un buen rato, atenta a los sonidos de la casa —la salida de los invitados, la familia retirándose a sus dormitorios, los sirvientes recogiendo las estancias utilizadas para la velada— mientras en su mente resonaban una y otra vez los comentarios de su hermano y se preguntaba: ¿Y si…? ¿Y si pudiera tener una vida distinta del tedioso y serio aburrimiento que vivía actualmente? ¿Y si pudiera hacer todas las cosas con las que había soñado? ¿Qué se lo impedía en realidad? A lo largo de sus veinticuatro años de existencia, jamás había pensado en sí misma. Su reputación era impecable, pues durante ese tiempo solo se había preocupado de mantener su nombre impoluto. No es que estuviera dispuesta a tirarlo todo por la borda y destruir su reputación. No es que planeara hacer nada que no hiciera un caballero respetable de la sociedad un día cualquiera sin darle la mayor importancia. Si ellos podían hacerlo, ¿por qué ella no? Se llevó las manos a la cabeza y retiró las horquillas que aseguraban la cofia de encaje. Una vez suelta, se la quitó y la larga melena cayó sobre su espalda. Entonces desenredó los mechones con los dedos mientras recapacitaba sobre su vida. ¿Cuándo había comenzado a ponerse esas cofias de encaje? ¿Cuándo había perdido la ilusión de vestirse a la moda? ¿Cuándo se había convertido en la clase de persona que se escondía para escapar de la malicia de tía Loka? Se puso en pie, algo indecisa, y se acercó lentamente a la chimenea mientras estrujaba la cofia entre las manos, sintiéndose poderosa por la intoxicante combinación del jerez y la conversación mantenida con Zoro. Bajó la mirada a las brasas moribundas y sintió como si el siseo de las ascuas se burlara de ella. ¿Qué haría si pudiera cambiarlo todo? Sin darse tiempo para pensarlo, lanzó la cofia al fuego. Durante un buen rato no pasó nada; el trozo de encaje permaneció allí, con su nívea blancura contrastando con los leños oscuros. Entonces comenzó a preguntarse si debería recuperar la prenda, aunque no pudo hacerlo porque empezó a arder.
Contuvo el aliento mientras las llamas anaranjadas engullían el encaje, y le resultó imposible no inclinarse para observar mejor cómo la tela cobraba vida propia, retorciéndose y oscureciéndose hasta que no fue más que una bola de fuego. Cuando el encaje desapareció, Nami comenzó a reírse, sintiéndose renovada y escandalosa… Como si fuera capaz de hacer cualquier cosa que hubiera imaginado. Se giró sobre los talones y atravesó el estudio hacia el escritorio del conde. Se sentó y, tras encender una vela, abrió el cajón de arriba y sacó un papel en blanco. Lo alisó con la mano, observando la superficie color marfil antes de asentir enfáticamente con la cabeza, abrir el tintero de plata y coger una pluma. Sumergió a punta en la tinta negra y pensó en todas las cosas que haría… si tuviera valor. La primera era evidente y, aunque no había querido compartirla antes con Zoro, consideró que debía ser honesta consigo misma y ponerla por escrito. Después de todo, era lo único que realmente lamentaba no haber hecho nunca. Apoyó la pluma en el papel y escribió con determinación y seguridad:
Besar a alguien.
Levantó la mirada tan pronto como escribió las palabras. Como si temiera que pudieran descubrirla garabateando algo tan escandaloso. Luego volvió a mirar el papel y ladeó la cabeza. No parecía suficiente ¿verdad? Besar a alguien no parecía captar exactamente la esencia de lo que quería. Se mordisqueó el labio inferior y añadió otra palabra:
Besar a alguien… apasionadamente.
Nami soltó el aire que ni siquiera sabía que contenía. Ahora no puedes detenerte —pensó—, ya has escrito lo más indecente. Las siguientes sentencias salieron con facilidad tras la conversación mantenida con Zoro.
Fumar puros y beber whisky. Montar a horcajadas. Practicar esgrima. Asistir a un duelo. Disparar una pistola. Jugar a las cartas (en un club de caballeros).
Tras aquella oleada de actividad, alzó la cabeza y se recostó en la silla, mirando las palabras que había escrito. Una leve sonrisa curvó sus labios mientras sopesaba cada frase; se imaginó en una de las estancias llenas de humo de White's, jugando a las cartas en otra, practicando esgrima o discutiendo sobre el duelo al que asistiría a la mañana siguiente. La imagen le hizo emitir una risa ahogada. ¡Figúrate! Casi lo dejó así, con aquellos siete deseos que había pensado con tanta rapidez. Pero por encima de todo, aquella lista contenía sus más secretos anhelos, y aún tenía algunos más. Era la oportunidad de ser honesta consigo misma; de escribir las cosas que más desesperadamente le gustaría experimentar. Cosas que jamás había confesado ante nadie, ni siquiera ante sí misma. Con un profundo suspiró volvió a mirar la lista, sabiendo que lo siguiente sería lo más difícil de escribir. —Vamos allá —dijo con voz firme, como si se preparara para entrar en batalla. Y volvió a apoyar la pluma sobre el papel.
Bailar todos los bailes en una fiesta.
Curvó los labios con leve desprecio. Bueno, Nami , eso prueba que no es más que una lista imaginaria. Adoraba bailar. Siempre lo había hecho. Cuando era niña, solía salir sigilosamente de su dormitorio para espiar los bailes que ofrecían sus padres. Encima del salón de baile, giraba y giraba al ritmo de la música mientras se imaginaba con un hermoso vestido de seda que rivalizara con los que formaban remolinos abajo. Bailar era lo que más ansiaba cuando la presentaron en sociedad, pero, según habían pasado los años, las invitaciones habían ido dejando de llegar. No había bailado desde… bueno, desde hacía mucho tiempo. Demasiado tiempo. Allí, en la oscuridad, se permitió admitir que todos esos años esperando invitaciones para bailar en los salones de Londres se habían cobrado su precio. Odiaba ser un florero, pero jamás había sido otra cosa. Y , en los seis años transcurridos desde su debut, se había acomodado hasta tal punto en el rol de testigo de la elegancia social que no podía imaginarse como ejemplo de ella. Por supuesto, jamás había sido un modelo a seguir. Las mujeres que captaban la atención de la sociedad eran hermosas, y Nami era demasiado rellenita, demasiado aburrida para ser considerada hermosa. Parpadeando para contener las lágrimas, escribió la siguiente frase.
Ser considerada hermosa, una sola vez.
Era lo más improbable de la lista… Solo podía recordar una vez, un momento fugaz en su vida, en el que se había acercado vagamente a esa meta. Pero al recordar aquella noche, hacía ya tanto tiempo, cuando el marqués de Raftel le había hecho sentirse hermosa, tuvo la certeza de que él no la había percibido así. No, él solo fue un hombre que hizo lo que pudo para que una jovencita se sintiera mejor consigo misma antes de escapar a una cita nocturna. Sin embargo, en ese momento le había hecho sentirse hermosa. Como una emperatriz. ¡Cómo deseaba volver a ser tan inocente! Por supuesto, no era posible. Solo un entretenimiento absurdo. Con un suspiro, Nami se puso en pie y, tras doblar el papel con mucho cuidado, lo guardó en el interior del corpiño del vestido y cerró el tintero. Sopló la vela y se encaminó silenciosamente a la puerta. Estaba a punto de salir del estudio y dirigirse a su habitación, cuando oyó un ruido allí fuera… un sonido sordo y extraño. Abrió la puerta con sigilo, solo una rendija, y miró con atención el oscuro pasillo, entrecerrando los ojos para aguzar la vista. La penumbra le impedía ver nada, pero supo que no estaba sola. Le llegó una suave risita.
—Estás preciosa esta noche. Perfecta. Sin duda el ángel Cocoyashi.
—Estás obligado a decirlo… debes halagar a tu prometida.
—Mi prometida. —La reverencia con que pronunció esas palabras fue evidente—. Mi futura duquesa… Mi amor… El resto de la frase quedó ahogado por un suspiro femenino, y Nami se llevó la mano a la boca para contener la risa al darse cuenta de que Koala y Sabo se encontraban en el pasillo en penumbra. Se quedó paralizada y agrandó los ojos sin saber qué hacer. ¿Debía cerrar la puerta sigilosamente y esperar a que se fueran para salir? ¿Fingir tropezarse con ellos accidentalmente e interrumpir lo que a todas luces era una cita de amantes? Sus pensamientos quedaron interrumpidos por una exclamación.
—¡No! ¡Nos pillarán!
—¿Y qué? —Las palabras fueron acompañadas por una entrecortada risa masculina. —Supongo que entonces tendrá que casarse conmigo, excelencia. —Nami abrió los ojos como platos ante la sensualidad que rezumaba el tono de su hermana menor. ¿Cuándo se había convertido Koala en una mujer seductora? Sabo gimió en la oscuridad. —Haré cualquier cosa que consiga que te metas en mi cama con más rapidez.
Entonces le tocó el turno de reírse a Koala, algo completamente inadecuado. Luego hubo un silencio roto únicamente por suaves susurros de labios y caricias. Nami se quedó boquiabierta. Sí, definitivamente debía cerrar la puerta. Entonces ¿por qué no lo hacía? Porque no era justo. No era justo que su hermanita pequeña —quien la había admirado durante años, quien había recurrido a ella en busca de consejo, guía y amistad durante tanto tiempo— experimentara ese nuevo mundo del amor. Koala había sido su venganza, la incomparable de la temporada, y se había sentido muy orgullosa de ella. Y cuando había captado la atención de Rivington, lo celebró por ella. Y se alegró profundamente. Pero ¿cómo seguir sintiéndose feliz cuando Koalavivía la vida que deseaba para sí misma? Todo estaba cambiando. Koala haría lo que ella no había hecho nunca. Se casaría, tendría hijos y formaría su propia familia para, por fin, envejecer en los brazos de un hombre que la amaba. Y mientras, Nami se quedaría para vestir santos en Cocoyashi House. Hasta que Zoro encuentre una esposa y te releguen al campo. Sola. Nami se tragó las lágrimas, negándose a sentir lástima por sí misma ante la felicidad de Koala. Se movió para cerrar la puerta y dar privacidad a los amantes. Sin embargo, antes de que lo hiciera, oyó jadear a su hrmana.
—No, Sab, no podemos. Mi madre nos mataría si le estropeamos la ocasión de organizar una boda.
Rivington gimió suavemente. —Tiene dos hijos más.
—Sí, pero… —Hubo una pausa y Nami no tuvo que ver a su hermana para leerle los pensamientos. ¿Qué posibilidades había de que alguno de los dos se casara próximamente?
—Zoro se acabará casando —aseguró Sabo, en tono jocoso—. Solo está retrasándolo todo lo posible. —No Zoro quien me preocupa.
—Koala, ya lo hemos discutido innumerables veces. Será bienvenida en Fox Haven.
Nami se quedó boquiabierta ante la mención de la heredad de Rivington. ¿Se referían a ella? ¿A ella? ¿Habían discutido sobre su destino? ¿Como si fuera una niña huérfana a la que hubiera que acoger? Como si fueras una solterona sin perspectivas. Algo que, por supuesto, sí que era. Cerró la boca.
—Será una tía maravillosa —añadió Sabo. Excelente. Ya ha encasquetado sus futuros herederos a la tía solterona.
—Sería una madre maravillosa —suspiró Koala, haciendo que a Nami se le llenaran los ojos de lágrimas. Intentó ignorar el tiempo verbal que había utilizado su hermana mientras Koala añadía—, desearía que pudiera haber tenido lo que tenemos nosotros. Se lo merece tanto… Sabo suspiró.
—En efecto. Pero me temo que solo ella puede cambiar su vida. Si sigue siendo tan… —Hizo una pausa buscando la palabra, y Nami aguzó el oído, inclinándose en un ángulo tan antinatural que estuvo a punto de perder el equilibrio—, pasiva… jamás lo conseguirá. ¿Pasiva? Nami imaginó a Koala mostrando su acuerdo con la cabeza.
—Nami necesita una aventura, pero, por supuesto, no la buscará. Hubo una larga pausa en la que sus palabras —carentes de malicia pero aun así dolorosas— resonaron alrededor de Nami sofocándola con el peso de su significado. Y por un momento, no pudo respirar ni contener las lágrimas. —Quizá te gustaría tener a ti una aventura, hermosa mía. —Rivington había recuperado el tono sensual, y Koal respondió con una incontenible risita nerviosa. Nami cerró la puerta quedamente; no quería oír más.
Ojalá pudiera borrar lo que había escuchado con tanta facilidad. Pasiva. Qué horrible palabra. Qué terrible sensación. Pasiva, corriente y poco aventurera, destinada a una vida aburrida, seria y nada interesante. Contuvo las lágrimas mientras apoyaba la frente contra la fría puerta de caoba y sopesaba las posibilidades reales de cambiar los acontecimientos. Respiró hondo varias veces, intentando tranquilizarse a pesar de que la poderosa combinación de jerez y emociones amenazaba con hacerle sucumbir. No quería ser esa mujer de la que hablaban. No se consideraba así. Pero de alguna manera se había convertido en ella, había perdido de vista sus sueños y, sin darse cuenta, había elegido aquella vida monótona y seria en lugar de otra más aventurera. Y encima, su hermana menor estaba solo a unos metros, a punto de buscarse la ruina social mientras Nami jamás había sido besada. Era suficiente para emborracharse. Por supuesto, esa noche había estado a punto de hacerlo. Era suficiente para que se pusiera manos a la obra. Metió la mano en el corpiño y sacó el papel doblado que había guardado solo unos minutos antes. Jugó con él al tiempo que consideraba su siguiente movimiento. Podía irse a la cama, podía dejarse llevar por las lágrimas y el jerez y, peor todavía, podía pasarse el resto de su vida lamentando su falta de acción sabiendo que los que la rodeaban la consideraban pasiva.
O podía cambiar. Podía realizar lo que había anotado en esa lista. Ahora. Esta misma noche. Se puso un mechón de pelo detrás de la oreja, recordando que se había deshecho de la cofia de encaje. Esa noche comenzaría con uno de los retos anotados. Algo que la podría convertir en la nueva Nami que quería ser. Respiró hondo, abrió la puerta del estudio y salió al oscuro pasillo de Cocoyashi House sin importarle ya si se tropezaba accidentalmente con Koala y Sabo. De hecho, apenas fue consciente de que se habían marchado. De todas maneras, no tenía tiempo para ellos, pensó mientras subía la escalinata de mármol en dirección a su dormitorio. Se tenía que cambiar de ropa. Lady Nami iba a salir.
