03.

En el hospital psiquiátrico, el caníbal Kyung Gyeong Yi yacía sentado en su cama fuertemente amarrado en su camisa de fuerza contando la historia de su vida a Ji Hoo...

Ji Hoo torció la boca hacia un lado, fascinado e intrigado al mismo tiempo.

—¿Nunca has tenido ese fuerte deseo de comer algo en especial y no te quedas tranquilo hasta comerlo?

—Sí.

—Simplemente eso.

—Eran tu esposa y tu hijo.

—Pero sabían igual a los demás — Gyeong Yi frunció un poco las cejas—, ¿sabes? Incluso entre diferentes razas y nacionalidades, el sabor de la carne humana es el mismo; parecido al cerdo pero más fuerte... —sonrió—. Es por eso que no me preocupaba en escoger.

Ji Hoo lo miró con profundo interés; al haberle preguntado sobre su esposa y su hijo, Gyeong Yi no entendió que él se refería a que debería tener un lazo emocional con ellos, sino que pensó que se refería a tendrían un sabor diferente; lo hacía entender mucho acerca de su ausencia total de empatía y lo hacía entender más acerca del líder yakuza.

—Pero ya hablamos mucho de mí —le dijo serenamente—; hablemos de ti, ¿cuándo empezarás a colocar las piezas en el tablero?

—Estoy en eso.

—Vas a matarte —espetó el caníbal. Ji Hoo le sonrió en respuesta—, encuentro algo injusto que yo esté amarrado en una camisa de fuerza y tú no.

—No voy a matarme —negó brevemente agitando el cabello—, no hasta traerte al amigo que te prometí.

—Los que se meten con los yakuza mueren —continuó el caníbal—. Es una lástima, me habría gustado morderte —y le enseñó los dientes.

—Regresaré y traeré conmigo al líder —Ji Hoo sonrió sin inmutarse— para que no estés tan solo. Y voy a comparar su encefalograma con el tuyo; probaré que tú y él tienen exactamente la misma malformación cerebral.

—Con razón el Doctor Huang está fascinado contigo. Tu investigación de campo es tan interesante como extrema; estás dispuesto a matarte por comprobar una hipótesis —exhaló mirándolo de pies a cabeza— ¿En serio todo eso será por una tesis?

—No —Ji Hoo le dirigió los ojos—. Es personal.

—Bueno, eso sí es cautivador. Pareces un joven muy tranquilo y amable, ¿qué negocios tienes con la mafia? —le preguntó mirándolo con intensidad. Ji Hoo no respondió aunque parecía estar formulando alguna clase de respuesta en su cabeza.

Y, sorpresivamente, Kyung Gyeong Yi se lanzó hacia él con la clara intención de morderlo en el cuello; Ji Hoo reaccionó, atravesó su propio brazo en defensa y gimió dolorosamente cuando los dientes de su paciente se enterraron con fuerza y salvajismo en su piel.

Ambos cayeron al suelo y Ji Hoo forcejeaba con su mano libre para tratar de sacarse de encima al otro, quien, a pesar de estar atado en la camisa de fuerza, no necesitaba más que su dentadura para dominar la batalla y entre más le empujaba la cabeza intentando desprendérselo, más fuertemente clavaba sus incisivos.

Para Ji Hoo fue una eternidad el tiempo que lo tuvo prendado aunque realmente fueron unos pocos segundos, luchó por sacárselo de encima, sin embargo, lo único que consiguió fue que le desgarraran primero la ropa y luego la piel.

La puerta electrónica se abrió y un guardia entró intempestivamente, tomó al enfermo de las correas de su camisa, lo levantó y lo arrojó en su cama.

El doctor Huang entró inmediatamente y cayó de rodillas al lado de Ji Hoo.

—¿Estás bien, Ji Hoo? —preguntó preocupado tomándolo del brazo para examinar el daño mientras el guardia sometía al sonriente enfermo en su cama y ajustaba sus correas.

Ji Hoo jalaba aire con dificultad y su mano temblaba inevitablemente mientras la manga de su bata blanca se teñía rápidamente del rojo de su propia sangre.

—Ji Hoo, levántate —dijo el doctor ayudándolo a ponerse torpemente de pie—. Vamos, tienes que salir de aquí...

—Estoy bien... —masculló pasmado por la risa de su atacante adornada con su sangre y llevándose la mano al cuello; imaginar lo que pudo haber pasado si él le hubiera alcanzado el cuello lo consternaba más que la herida que de hecho tenía en el brazo.

El doctor Huang lo sacó de allí mientras otro guardia entraba en la habitación para ayudar a controlar al paciente. Un par de minutos después, Ji Hoo estaba sentado en una oficina y su mentor limpiaba con alcohol el desgarro.

—Lo siento —se disculpó el doctor—; tenía mucho que no hacía algo así, había estado muy tranquilo... —Ji Hoo no contestó, su mente estaba demasiado impresionada para hilar alguna frase— debía haber sabido que volvería a intentar algo así tarde o temprano. Lo siento...

El doctor Huang se levantó la manga derecha de su bata y camisa dejando ver a Ji Hoo la cicatriz de una clara mordida.

—No pude escribir por un mes —le susurró—; sé lo que estás sintiendo.

0o0o0

Pasó un largo rato. Ji Hoo estaba sentado en la sala de espera del ala principal del hospital, frotaba sus dedos cuidadosamente sobre su antebrazo ahora vendado al que traspasaba un poco de sangre; curiosamente durante el ataque no había sentido tanto dolor, pero ahora era profundo y punzante. Cerraba y abría el puño repetidamente mientras apretaba los dientes por la molestia que le causaba.

Su cabeza se enfriaba poco a poco y el shock se transformó en fastidio; sabía bien que algo así le podía pasar en cualquier instante y aún así lo tomó desprevenido. Si no podía ni siquiera controlar a un demente en camisa de fuerza, ¿cómo iba a enfrentar a un fuertemente armado líder yakuza con secuaces a su alrededor?

—Ji Hoo —lo llamó Jan Di, él se sobresaltó al no esperar que ella se apareciera— ¿Estás bien?

—Jan Di... —murmuró mirándola con confusión, pero alegrándose internamente de tenerla allí— ¿Qué haces aquí?

—Tu profesor me llamó y me pidió que viniera a recogerte, seguramente porque yo era la última persona en tu historial de llamadas—contestó dando pasos hacia él y sentándose a su lado—, me dijo lo que pasó.

—Oh... —él entrecerró los ojos sin recordar en qué momento el doctor Huang había tomado su celular para llamar a Jan Di. Tomó aire y sonrió recuperando el porte— Estoy bien —afirmó con una sonrisa un tanto forzada—. Qué bueno que estás aquí, gracias por venir...

Ella le sonrió de vuelta con más preocupación que alegría.

—¿Tienes hambre? —Jan Di se esforzó por sonar animada— Vayamos por comida italiana, ¿qué te parece?

Ji Hoo no contestó con palabras pero asintió con un semblante más o menos feliz, ambos se levantaron y caminaron rumbo a la salida y luego hacia el estacionamiento. Jan Di le contaba acerca de un restaurante italiano al que solía ir con Ga Eul años atrás, cuando ambas iban al mismo instituto, y le preocupaba que ya no existiera pues no se había pasado por allí en muy largo tiempo.

Luego de parlotear un ratito buscó más temas de conversación. Él no había hablado más que unos cuantos monosílabos hasta ese punto, no era tan extraño tratándose de él, pero aún así la inquietaba un poquito.

Ji Hoo había comprado un nuevo auto apenas el año anterior, un BMW Gran Coupe blanco, por su puesto, por razones más emocionales que prácticas, no se había deshecho del Mini Cooper que ya no hacía más que causar problemas. Al llegar él, cada quien se colocó de un lado del vehículo para abrir sus respectivas puertas.

—¿Cómo estas? ¿quieres que maneje? —se ofreció Jan Di consciente de que su brazo debía dolerle bastante.

—No, gracias —contestó amablemente presionando el mando que liberaba los seguros —estoy bien.

—Estoy ansiosa por el Congreso en Busan —ahora, Jan Di sonrió mas genuinamente, abriendo la puerta del copiloto, sin insistir más en el asunto de manejar—, hace tanto que no estamos tú y yo solos que...

—Jan Di —la interrumpió—, lo siento, mi investigación va muy bien aquí en el psiquiátrico y no quisiera perder el ritmo dejándolo unos días. Lo que quiero decir es que no voy a ir al Congreso...

Ella no pudo evitar ni su decepción ni su molestia y rápidamente replicó.

—¡Pero...! ¿De qué estás hablando? ¡Hemos planeado esto desde el año pasado!

—Jan Di —dijo en tono de que no planeaba reconsiderar nada—, no insistas.

Con un gruñido, ella se metió al coche, cerró y abrochó su cinturón de seguridad. Se cruzó de brazos y resopló justo cuando él se colocaba en su asiento.

El Congreso Médico al que quería ir, y para el que sólo faltaban un par de días, era el más importante de Asia, aunque había ponentes de todos los continentes. Duraba una semana y se realizaba cada dos años, su sede se rotaba entre Corea, China, Japón, Taiwán, Vietnam y Tailandia y esta vez le tocaba a Busan. Jan Di había estado muy entusiasmada pues siempre había querido ir y ahora que por fin sería en su propio país, era perfecto.

—Si tú no vas entonces yo tampoco —remilgó girando su rostro hacia su ventanilla.

—Jan Di, no seas así —él encendió el motor—; tienes muchas ganas.

—¿Y qué hay de ti? —resopló— ¿Por qué tu caníbal es más importante? Planeamos esto desde hace mucho

Ji Hoo negó con la cabeza poniendo en marcha el coche.

—Estoy en medio de la investigación de mi tesis, no quiero dejarlo así.

—Tu tesis, sí claro —murmuró entre dientes.

—¿Qué dijiste?

—Nada —suspiró— ¿Estás totalmente seguro y decidido a no ir?

—Absolutamente —sentenció mirando fijamente el camino.

Jan Di apretó los dientes, lo escudriñó brevemente, suponiendo que su cambio de planes no se debía a su investigación en el hospital sino a que Woo Bin había encontrado a aquellos hermanos. Finalmente, luego de unos segundos de enfado, cedió.

—De acuerdo —giró su cabeza hacia el paisaje—, eres tú el que se lo pierde.

Ji Hoo solo asintió.

0o0o0

Al día siguiente, en su despacho en penumbras por estar a tan pocos minutos de la noche, Madam Kang estaba sentada en su escritorio, bien recargada en el respaldo de su silla, meciéndose levemente de un lado a otro. Frente a ella, Joon Pyo estaba de pie.

—Voy a llevar a Ji Hoo a Europa, mamá; él va a investigar el pasado de su familia.

—Investigar el pasado de su familia —repitió arqueando una ceja con incredulidad—, ¿eso fue lo que dijo? ¿Y qué hay de ti? No haces esto por ayudar a Ji Hoo, lo haces porque quieres vengarte.

—Vengarme y ayudar a Ji Hoo no son mutuamente excluyentes.

—¿Y qué harás? —la señora tomó su copa de vino blanco y lo agitó— Nunca piensas cuando estás enojado —dio un sorbo—; esa cualidad la heredaste de mí.

—No podemos permitir que viva libre... —refunfuñó cruzando los brazos— Ni siquiera deberíamos permitir que viva...

—¿Qué te hace pensar que voy a apoyarte?

—Eres igual a mí, mamá —Joon Pyo la miró levantarse y dirigirse a la ventana—, no estás menos enojada que yo al saber que el abogado Bo durante quince años te vio la cara de estúpida.

Ella agrió su gesto, profundamente irritada ante el recuerdo de todas las veces que puso su confianza en el abogado Bo.

—Durante más de veinte años vigilé a Masaaki en prisión —crujió ella con la vista perdida entre las luces de la ciudad—, estuve atenta a sus apelaciones, temiendo el día en que el maldito se liberara porque sabía que podría venir detrás de ti —se giró para quedar de frente a su hijo—. ¿Ahora quieres que permita que seas tú el que vaya tras él?

—Sé que si tú hubieras sabido que él había salido de prisión las cosas habrían sido diferentes.

—Te habría atado para que no te acercaras a él. Pero en algo tienes razón, el estúpido de Bo se burló de nosotros demasiado tiempo —apretó sus dedos con tal fuerza que la delgada copa se reventó —¡maldita sea! —maldijo con furia arrojando los cristales al suelo y miró entre la oscuridad su mano mojada de vino y sangrando levemente.

—¿Estas bien?

—Claro que no —tomó una profunda y furiosa bocanada de aire— ¿qué es lo que quieres que haga?

—Sólo que me cubras. Di a todos que me he marchado de viaje de negocios.

—¿Cuándo regresarás?

—No sé.

Madam Kang tomó un pañuelo y limpió su mano.

—No puedo cubrirte mucho tiempo, mucho menos con los rumores de que el Grupo Shinhwa está financiado una guerra de mafias... los ociosos están al tanto de todos nuestros movimientos.

—Lo sé.

—Sólo porque me muero por verlos encerrados, me las arreglaré con el Grupo. Ten mucho cuidado y retrocede si es demasiado peligroso.

—Estaré bien, mamá —Joon Pyo sonrió—; nadie se burla de nuestra familia y se queda tan tranquilo.

0o0o0

En su consultorio, Jan Di dejó caer su cabeza entre sus antebrazos cruzados sobre la mesa y apretó los dientes enojada, luego volvió a incorporarse y tomó entre sus manos la única foto de su boda falsa con Ji Hoo que quedaba, esa en la que ella lo besaba en la mejilla; estaba quemada por las orillas y tenía varias manchas negras. Lo que Ji Hoo había escrito tiempo atrás en ella se había borrado con el fuego.

Admiró con tristeza la imagen, parecía tan lejana ya. Le causaba muchos sentimientos encontrados; le encantaba por un lado y realmente quería algún día una foto así, pero real. Por otro lado, le recordaba el tiempo que estuvo encerrada. Suspiró dejándola a un lado y girando su rostro hacia la ventana, de alguna manera se seguía sintiendo encerrada e impotente.

—Jan Di.

—Oh —se sobresaltó un poquito— ¡abuelo!

—¿Qué haces, muchacha? —rió adentrándose— Pensé que ya te habrías ido a casa. Debes descansar que el viaje a Busan de mañana será algo largo.

—¿Qué haces tú aquí, abuelo? Yo era la que pensaba que ya no estabas.

—Hay cosas que quería revisar —él jaló una silla, arrastrándola para quedar junto a ella y se sentó— ¿estás bien?

—Estoy preocupada, abuelo —confesó—. No quiero que Ji Hoo busque a Masaaki... ¿Sabes que lo encontraron?

—Lo sé —contestó el hombre igualmente cansado—, y no puedo culparlo; yo mismo perseguí a Masaaki y no me detuve hasta que estuvo en la cárcel.

Jan Di lo miró con los ojos llenos de desconsuelo.

—¿No le tenías miedo?

—Tenía tanta rabia y tanto odio que no podía pensar en otra cosa; la verdad es que quería matarlo, tuve la oportunidad y no la tomé... y me arrepiento.

La chica bajó la cabeza.

—Me siento débil...

—Es la rabia...

—Sí...

—Han pasado veintitrés años, diez meses y doce días de que él mató a mi hijo... —murmuró ensombreciendo la mirada. Jan Di abrió los ojos sorprendida debido a cómo él aún llevaba una cuenta tan precisa— el agujero en mi pecho jamás se cerrará; un padre jamás debería enterrar a sus hijos. Y la idea de perder a mi nieto también... no lo soportaría...

—Abuelo...

—Pero aún así esto es una guerra —su voz era determinante y severa—; nada me detuvo a mí y nada lo detendrá a él.

Jan Di gimió en agonía y masajeó sus sienes y, tras tomar una profunda bocanada de aire, se levantó.

—Vamos a casa, abuelo.

Él asintió y ambos se levantaron, salieron a la recepción y se encontraron con Dae Hyun revolviendo unos papeles en un archivero.

—Otro que no se ha ido a descansar —murmuró Seok Young—. Se harán viejos tan rápido...

—Nada de eso, doctor Yoon —contestó el muchacho— yo seré joven por siempre.

—¡Já!

—Dae Hyun —le dijo Jan Di—, cómo sabes, me voy al Congreso de Busan...

—No necesito que me lo restriegues otra vez, gracias, pequeña compañerita de prácticas —levantó una ceja—. Qué envidia.

—No te lo estoy restregando —rió a causa de la mueca que él hizo—. Quiero decir... tendrás mucho trabajo, te quedas segundo al mando después del doctor Yoon.

—Creí haber escuchado que Ji Hoo sunbae se quedaría...

Jan Di sonrió con toda falsedad.

—No confíes mucho en que Ji Hoo esté aquí.

—¿Lo convenciste de acompañarte?

—Mmm... —meneó la cabeza— quizá.

—Mientras no vuelva a caerme el techo encima, supongo que todo estará bien.

Jan Di lo miró con ternura; Dae Hyun era un buen amigo y se sentía feliz de trabajar con él, sobre todo después de las semanas que pasó en coma por su culpa, le daba mucho gusto ver que se había recuperado por completo, seguía siendo el mismo de siempre y, afortunadamente, había vuelto a trabajar con ellos. Además, en caso de llegar el momento, sabía que podría confiar en él.

0o0o0

Al día siguiente, Jan Di debía marcharse si quería llegar a la inauguración del Congreso Médico que sería esa misma noche.

Al llegar al estacionamiento de la terminal de autobuses, Ji Hoo sacó del asiento trasero la mochila de viajero de Jan Di y se la echó a la espalda mientras ella descendía lentamente del vehículo sin mucho ánimo. Caminaron juntos unos pasos adentrándose y esquivando a toda la gente apurada que arrastraba maletas y hablaba por su móvil sin fijarse por dónde caminaba ni a quién empotraba.

—Siento que se están deshaciendo de mí —murmuró Jan Di sin mirarlo—; me están mandando a la otra punta del país.

—No digas eso, Jan Di —Ji Hoo caminaba buscando con los ojos el andén correspondiente, tan neutral, distraído y apacible como siempre solía ser—. Tú tenías muchas ganas de ir al Congreso; lo disfrutarás y regresarás con más ganas que nunca de elegir una especialidad y volver a estudiar.

—Sí, supongo que sí —resopló abriendo el folleto con el programa que traía en las manos—. Me interesan mucho las conferencias del Doctor Lee Lang Xiao —sonrió al fin—, ¿recuerdas? sus investigaciones fueron en las que más me apoyé para mi tesis.

—¿Ya lo ves? —él le sonrió con dulzura— Conocerás a un montón de médicos que admiras, además te van a fascinar las nuevas tecnologías para cirugía que se van a presentar; los brazos robóticos y las microcámaras; serás como niña en navidades... Ni siquiera te vas a acordar de mí.

Ella se encogió de hombros, sonriendo con decepción.

—En serio lo siento —se detuvo para mirarla de frente—, te prometo que lo compensaré; sé que no te he puesto mucha atención últimamente con todo lo que estoy haciendo en el psiquiátrico, pero cuando vuelvas podemos hacer algo juntos...

—¿Algo como qué? —parpadeó varias veces con duda pero con una expresión más aliviada.

—No sé, quizá podemos irnos unos días de vacaciones a Jeju; después de todo en Busan no habríamos tenido mucho tiempo de hacer algo solos...

—Me encanta la idea —sonrió Jan Di abiertamente—, comenzaba a temer que quisieras más al caníbal que a mí.

Ji Hoo negó con una ligera risa.

—¿Tanto parece qué sólo pienso en él? —cuando Jan Di abrió la boca para contestar, Ji Hoo rápidamente la interrumpió— No respondas.

Ambos rieron por un momento y reanudaron su camino.

—Tengo todo... —murmuró Jan Di más para sí misma que para él, revisando en su bolso unos papeles— boletos de autobús ida y vuelta, la reservación del hotel, mi hoja de inscripción al Congreso, dinero... mmm...

—¿Lista? —al llegar al bus correspondiente, Ji Hoo le pasó la mochila.

—Yo sí —se acomodó los tirantes suspirando—, pero no creo que a mi trasero le hagan gracia las cinco horas de viaje —mordió la punta de su lengua y guiñó un ojo, poniendo un pie en el primer escalón del vehículo—. Te escribiré cuando llegue allá.

—Geum Jan Di.

—¿Eh? —ella se giró otra vez y Ji Hoo atrapó sus labios en un beso que ella correspondió de inmediato.

Jan Di, sobre el escalón, quedaba un par de centímetros más alta que él y con una de sus manos lo tomó de la mejilla mientras saboreaba su beso suave y lento, pero de alguna manera amargo porque no se sentía como un simple hasta luego.

Se separaron lentamente y abrieron los ojos al mismo tiempo.

—Sabes que te amo, ¿verdad? —susurró Ji Hoo mirándola fijamente a los ojos.

—Sí... —apretó un poco sus labios asintiendo, pasando sus dedos por el cabello de él para retirarlo de sus ojos— y sabes que yo te amo a ti, ¿verdad?

Fue el turno de él para sonreírle y asentir. Y se quedaron mirándose por otro largo instante, quizá esperando a que alguno dijera algo más...

—Adiós...

—Adiós...

Y ella terminó de subir, se siguieron con la vista mientras caminaba por el pasillo y encontraba su asiento. Metió la mochila en el portaequipaje sobre ella y se sentó poniendo la palma sobre la ventana. Le guiñó el ojo justo cuando el autobús arrancó y se despidió ondeando la mano.

Ji Hoo observó hasta que la perdió de vista, y aún después, se quedó unos minutos mirando hacia la nada con aire de nostalgia. Quizá debió de haber subido a ese autobús con ella, no perderla de vista ni un instante y seguir fingiendo que no pasaba nada, pero agitó la cabeza y resopló agotado pues ya no quería retrasar más sus planes...

0o0o0

En la noche, Ji Hoo entró en el club nocturno, caminó entre las mesas y se sentó directamente en la barra. Nunca le había gustado demasiado ir a los clubes de la familia de Woo Bin porque la música era demasiado fuerte para él y en general, el ambiente se tornaba muy pesado.

—¡Hola, Ji Hoo! —saludó alegremente la chica de largo cabello y adorable acento japonés detrás de la barra— ¿Qué te sirvo?

—Hola, Maiko —saludó él de vuelta con una sonrisa—. No sé. Lo que sea.

—Mmm... — ella se llevó una mano a la barbilla y lo examinó cerrando un ojo— hoy tienes cara de whisky con hielos.

Él sonrió nuevamente mientras ella se daba la vuelta y tomaba un vaso y una botella de la estantería

—¿Cómo están? —la muchacha abrió el licor y lo vertió—, hace tiempo que no veo a Jan Di.

—Mmm... —Ji Hoo dio un trago— bien.

Mmm... bien —lo imitó ella—. No me convenciste —suspiró—. Woo Bin me contó que encontró a los dementes aquellos —Ji Hoo no contestó aquello, pero la miró dándole la razón—. Qué miedo, ¿no?

—Ya tuve miedo toda mi vida. Estoy listo para lo que venga de ellos.

Maiko sonrió nuevamente mientras acomodaba algunas botellas.

—Sí que son de armas de tomar ustedes —dijo en japonés—, lo único que sé es que la Yakuza siempre está llena de sorpresas no aptas para mentes débiles.

—Dímelo a mí... —masculló Ji Hoo también en japonés— pero no me va a destruir otra vez.

Ella de pronto sintió su celular vibrar en el bolsillo de su pantalón, lo sacó y leyó el mensaje.

—Dice Woo Bin que subas —anunció señalando arriba— está en el primer lounge privado.

Con un movimiento de cabeza, Ji Hoo le agradeció, se levantó y empezó a abrirse paso entre la gente hasta llegar a las escaleras de caracol de metal que lo llevaban a la planta alta y luego a los pasillos que se dirigían a las zonas privadas, topándose de frente con más de una chica que le sonrió coquetamente.

—¡Hey, bro! —saludó a unos cuantos metros de distancia Woo Bin levantando el brazo. Ji Hoo llegó hasta él y ambos entraron a una sala con largos sillones naranjas y modernos, una barra privada iluminada con luces de neón cuya la pared oeste era completamente un espejo de dos caras desde el que podían ver toda la pista de baile de la planta baja. Las paredes insonorizadas hacían que la música de afuera apenas se escuchara.

Desde un sillón, sentado de forma muy poco elegante, Joon Pyo bufó al mirar a su amigo recién llegado.

—¡Eh, Ji Hoo! ¡Vamos a beber que el mundo se va a acabar! —se rió— Pero antes voy a matarlos —señaló un punto al vacío— ¡Sí que los voy a matar! —y se soltó en una carcajada— Voy a tomar sus cabecitas y las voy a... ¡arghh!.

—¿Cuánto ha bebido? —susurró Ji Hoo a Woo Bin.

—Nada —espetó con uno de sus característicos gestos y ademanes— esto se lo hizo el aire —alzó la voz para dirigirse a Joon Pyo— ¡Ya vale, temerario líder, es hora de que te pongas serio!

Tanto Ji Hoo como Woo Bin se sentaron enfrente de Joon Pyo y este, luego de murmurar que los quería muertos, se acomodó un poco y comenzó a explicar lo que harían.

—Nos vamos mañana, a las nueve de la mañana —sacó su celular y picó varias veces la pantalla—. Nos vamos a ir en mi Learjet, haremos dos paradas para recargar combustible; una en Calcuta y la siguiente en Emiratos Árabes —pasó el móvil a Ji Hoo para que él pudiera ver la ruta del avión—. Aunque yo sé que mi Learjet puede hacer el viaje con una sola parada pero el Capitán no quiere, que según que...

—Joon Pyo, tú haz caso al Capitán —interrumpió Woo Bin fastidiado—. Por algo es el Capitán.

—Y por eso estoy diciéndole a Ji Hoo lo que dijo el Capitán —gruñó de vuelta arrugando un lado de la nariz—. Aish... cómo sea, vamos a llegar a Hamburgo a eso de las dos de la madrugada, hora local, del siguiente día, son ocho horas de diferencia de horario entre Corea y Alemania. De allí, la isla de Spiekeroog nos queda muy cerca ya.

—Tal como lo pediste, Ji Hoo —Woo Bin le pasó un par de hojas impresas con un itinerario—, yo viajaré en avión comercial, mi vuelo llega a Hamburgo unas tres horas antes que ustedes, a las once de la noche de allá.

—Aún no entiendo por qué quieres que viajemos separados —dijo Joon Pyo guardando su teléfono en su saco— ¿crees que nos pase algo en el viaje?

—Espero que no —contestó Ji Hoo tranquilamente mientras sacudía su cabeza—. No pasará nada, nos veremos pasado mañana en Hamburgo.

—¿Por cierto, ya está Jan Di en Busan? —preguntó Woo Bin levantándose y colocándose de pie frente al cristal que le permitía ver a toda la gente del antro.

—Llegó hace un rato.

—¿Le dijiste de esto?

Ji Hoo se quedó callado un instante.

—No necesité decírselo.

Woo Bin negó bufando una risa.

—Supongo que lo sabe —dijo el príncipe Song—, creo que es bastante obvio por qué no te fuiste con ella.

—Supongo que... es obvio —parafraseó Ji Hoo dejando caer su cabeza en el respaldo del sillón.

0o0o0

A las nueve de la mañana del siguiente día, el Learjet 60 del Grupo Shinhwa despegó desde su hangar privado con rumbo hacia su primer parada en la India, sólo la madre de Joon Pyo sabía que no era un viaje de negocios y éste no le dijo ni a Yi Jung ni a Jae Kyung que viajaría, ya lidiaría con ellos después y si corrían con mucha suerte, regresarían muy pronto.

Al alcanzar su máxima altura, las señales de los cinturones de seguridad se apagaron indicando que podían quitárselos y levantarse.

—Espero que sepas lo que haces y no vayas a hacer que nos matemos —se desperezó Joon Pyo—.Y por el amor a todos los dioses del Olimpo no vayas a matar a nadie —gruñó—, no te quiero en estado suicida-depresivo otra vez.

Ji Hoo sólo contestó con una media sonrisa y desabrochó su cinturón de seguridad. Joon Pyo se levantó del asiento y se quitó su saco y su corbata.

—Gracias por acompañarme —dijo Ji Hoo en voz bastante baja. Joon Pyo rió de forma irónica.

—Jamás te dejaría en esta magna estupidez solo —tomó de uno de los amplios asientos una mochila algo desgastada, la abrió y revisó brevemente su contenido, que entre otras cosas, traía municiones de armas.

El avión era elegante, con espacio para diez pasajeros, cada par de asientos, frente a frente, compartía una mesa amplia y una pantalla. Contaba también con una pequeña cantina y un refrigerador. De tripulación sólo llevaban al piloto y copiloto.

—Tengo hambre —Joon Pyo abrió uno de los armarios para equipaje— ¿quieres...? —y sin mirar adentro, lanzó su mochila para guardarla allí y con la misma inercia iba a cerrar de nuevo, pero el grito de una mujer hizo que su brazo se detuviera —No es cierto... —murmuró entre dientes, remarcando cada palabra, cerrando los ojos con mueca de dolor. Tomo aire, abrió la puerta y se encontró a Ha Jae Kyung encogida ahí dentro sobándose por el golpe que había recibido con la mochila— ¡Mono! —gritó exasperado— ¡¿Qué demonios crees que haces?!

—Me pegaste al lanzarme tus cosas, ¿por qué no te fijas?

—¡Fuera de ahí! —la tomó del brazo y la levantó para arrastrarla fuera.

—¡Ay, espera! —se quejó— Estoy toda entumida, duele.

—Y a mí me duele la cabeza —la empujó para que cayera sentada en un asiento— ¡¿Por qué rayos estás aquí?! ¡¿Cómo supiste que...?! Aish... eres una pesadilla.

—Quiero ir con ustedes —espetó mirándolo firmemente pero sin levantarse.

—¡No es un juego! —bramó apretando sus sienes con los dedos— Y es un viaje de veinte horas, ¿cuánto tiempo planeabas estar ahí escondida?

—No lo sé —se encogió de hombros— ¿otros cinco minutos?

Joon Pyo resopló girando los ojos.

—¡Hey! —continuó ella— ¿sabes que un avión comercial hace este mismo viaje en doce horas? Realmente pierdes tiempo viajando en...

—¡Y tú me harás perder más tiempo porque ahora tengo que regresarte a tu casa! —la señaló gruñendo y luego dio media vuelta empezando a caminar hacia la cabina —¡Capitán!

—¡No, no, no! —se levantó para perseguirlo y atraparlo del brazo— ¡Joon! ¡Espera! —lo jaloneó hasta hacerlo girarse hacia ella— ¡No hagas dar vuelta!

—Mírame cómo lo hago —sonrió desafiándola— ¡Capi...!

—¡No! —se abalanzó para taparle la boca y forcejearon— ¡Escúchame al menos!

—¿Qué quieres que escuche? —la obligó a sentarse otra vez— Estas no son vacaciones; al contrario, puede ser muy peligroso.

—¡Pero quiero ayudarte!

—No, no quieres. Tu misma dijiste que no me volviera a meter con ellos...

—¡Tienes razón! Yo estaba equivocada, tú estás en lo correcto y puedo ayudarte.

Joon Pyo la miró con la mandíbula tensa, luego miró a Ji Hoo, quien no había pronunciado ni una sola palabra y sólo observaba desde el último asiento. Éste se encogió de hombros.

—Ayudarme ¿cómo? —cedió cautelosamente el heredero de Shinhwa.

—Hasta donde sé, ustedes no hablan alemán y yo sí —se señaló a sí misma—, hace tiempo que no practico —rodó los ojos—; pero aprendí porque entre las siete escuelas primarias por las que tuve que pasar gracias a los viajes de negocios de mis padres, dos de ellas estaban en Alemania y me defiendo bien —abrió sus ojos en su gesto inocente—. No estarán pensando en confiar en el traductor de Google...

De nuevo, Joon Pyo miró a su amigo.

—Tiene razón —dijo Ji Hoo levantándose y caminando hacia ella—, nos será útil alguien que hable alemán.

Jae Kyung sonrió con triunfo.

—Pero ni creas que irás a la casa de Masaaki —sentenció Joon Pyo mirándola enojado—. No te pondré en peligro.

—En cualquier parte del mudo estamos en peligro, así que da igual —rió ella meneando una mano restando importancia. Joon Pyo gruñó más enojado—. Ya me callo, ya me callo —levantó ambas palmas encogiéndose en el asiento.

—Más vale que nos seas útil —relajó su tono de voz—. Tú ganas, no haré que el avión regrese.

—¡Súper! —levantó ambos brazos con triunfo.

—Pero no quiero oírte, así que duérmete o algo —Joon Pyo se agachó sobre el asiento donde la tenía y jaló la palanca que echaba para atrás el respaldo, el cual quedaba casi horizontal, sirviendo perfectamente de cama. Ella gritó cuando se fue de espaldas al perder el apoyo.

De pronto Jae Kyung se levantó y miró todo el espacio, parpadeando con una expresión que parecía asustada.

—¿Dónde...? ¿Dónde está Woo Bin?

—¿Por qué? —Joon Pyo levantó una ceja y se cruzó de brazos.

—No, por nada, pensé que iba a acompañarlos.

—Lo veremos después —le dijo Ji Hoo con total tranquilidad acomodándose en su asiento y prendiendo su pantalla.

—Demonios... —masculló Jae Kyung.

—¿Para qué quieres a Woo Bin, mono? —demandó Joon Pyo nuevamente.

—Ya te dije que no es nada.

—No me hagas enojar o te dejaré en Calcuta.

—¿Pararemos en la India? —sus ojos brillaron— ¡Genial! Siempre he querido comprarme un sari, son tan...

La mirada de Joon Pyo la acuchilló sin piedad. Ella apretó los labios y con mímica simuló que cerraba su boca con una cremallera. Él tomó de debajo de su asiento una manta y se la arrojó, luego se sentó frente a Ji Hoo y perdió su vista entre las nubes.

Jae Kyung se recostó y se envolvió en su manta, movió sus ojos hacia Ji Hoo y lo descubrió mirándola con frialdad y desconfianza. Incómoda, se dio la vuelta y le dio la espalda, ¿por qué Woo Bin no estaba con ellos? ¿acaso lo sabían? Negó y suspiró. No, no había manera de que lo supieran, ella fue cuidadosa al infiltrarse en el avión, estaba segura de que nadie se había dado cuenta y aún así no tenían ninguna manera de saberlo...

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En su isla en Alemania, su elegante casa que por fuera tenía una fachada típica de la región, por dentro tenía un estilo muy japonés. Era grande, espaciosa y hermosa, con su propio dōjō. Masaaki Takeru desenfundó su katana de mango con decorados de oro y practicó sus formas impecablemente durante un rato. Ni veintidós años en la cárcel ni los meses de recuperación tras los disparos que había recibido habían logrado disminuir su habilidad con las espadas.

Aquella ocasión, él sonreía ampliamente.

El día estaba cayendo en un hermoso atardecer y Masaaki decidió salir a una de las terrazas para admirarlo. La brisa, las gaviotas y el sonido del mar de fondo creaban una pintoresca y cálida escena. Entonces, una jovencita en kimono de seda amarilla se acercó e hizo una marcadísima reverencia al llegar a él.

—Maestro, la cena está lista y ya lo están esperando.

Masaaki sonrió y dirigió sus pasos hacia el comedor. Los corredores eran largos con pisos de tatami y puertas de papel de arroz. Deslizó el shōji para entrar a la habitación y el aroma de la deliciosa comida lo hizo inhalar complacido justo antes de dirigir su mirada hacia la mujer que lo esperaba sentada sobre sus rodillas junto a la mesa baja.

—Hola, Maestro —dijo Jan Di levantándose y reverenciando.

—Hola, Jan Di —él alzó una ceja y señaló la mesa con su palma—, es un honor. Siéntese. Disfrutemos de la cena; el dangojiru es delicioso.

Jan Di se sentó de nuevo y Masaaki tomó asiento justo enfrente. Fueron servidos inmediatamente.

—Gracias —mustió Jan Di a la joven cuando sirvió su té, lo tomó con delicadeza y le dio un sorbo.

—¿Qué es?—preguntó Masaaki sirviéndose él mismo un vasito de sake.

—¿Eh...? —Jan Di parpadeó confundida.

—¿Qué petición tiene, Jan Di? —explicó con amabilidad—, ¿Qué hace aquí?

—Yo... —Jan Di tragó saliva nerviosa— Yo quiero el libro de la madre de Ji Hoo.

Él bebió y dejó el vaso de sake en la mesa, tomó la botella y se sirvió más. Tomó otro vaso y también lo sirvió, ofreciéndoselo a Jan Di, ella reverenció antes de aceptar la bebida.

—¿El libro de Park Ni Eun? —alzó ambas cejas dando un trago—. No ha alcanzado el derecho de hojear ese libro aún, ¿o acaso me equivoco? —preguntó Masaaki al tiempo que le indicaba a su sirviente retirarse.

—No, aún no —ella desvió los ojos—. Necesito más tiempo.

—Han pasado meses. Quizá usted no es...

—¡Claro que soy yo! —Jan Di levantó un poco la voz y él la miró con un dejo de incredulidad, a lo que ella, rápidamente bajó la mirada— Lo siento, Maestro —suspiró, tomó sus elegantes palillos de plata con el dragón Sui-Riu grabado y revolvió sus fideos—, es que Ji Hoo ha cambiado mucho...

—Y ya no se deja controlar —completó por ella.

—No es así, yo no lo... —comenzó con indignación pero su tono se debilitó— No es mi intención controlarlo...

—Tal vez es simplemente que él ha empezado a sospechar de usted—le sonrió brevemente y ella se encogió de hombros lanzando un bufido irónico— ¿No lo cree?

—No lo sé —murmuró Jan Di cerrando los ojos con tristeza—. Quizá.