Apoyo

Post Batalla de Yavin

Quería sentirse tan alegre cómo el resto, de verdad lo deseaba, pero la presión en su pecho y el dolor que azotaba su corazón se lo impedían, y aunque sabía que estaba justificada su tristeza, no podía evitar sentirse mal por no participar del festejo por la victoria. La Rebelión había demostrado que podían hacer temblar al Imperio y a pesar de que tendrían que huir de Yavin IV cuanto antes, el Alto Mando había dado permiso a las tropas de celebrar su gran y fructífera batalla.

Luke se encontraba bailando con los Pícaros, todos un poco pasados de copas, y al Capitán Solo lo había perdido de vista desde que había empezado la fiesta, aunque no sabía que tan buena sería su compañía. Chewbacca, el copiloto del Halcón Milenario, charlaba alegremente con algunos de los pocos soldados que podían entenderlo. Sabiendo que nadie notaría su ausencia, huyó hacía una de las terrazas del templo y se sentó en la cornisa, dejando sus pies colgando en la altura, enredados en las telas de su largo vestido.

El cielo estaba cubierto de estrellas, y sus ojos inevitablemente buscaron alguna luz, algún punto en el cielo que le dijera que todo había sido una pesadilla y que su planeta y su vida tal y cómo la conocía seguía allí. Pero solo había un pequeño destello en donde antes estaba Alderaan, su luz restante que tardaría en extinguirse pero que ya era muy tenue y moribunda.

Los ojos se le llenaron de las lágrimas que no había llorado y su corazón se contrajo de una manera en la que literalmente creyó que se le partiría, cómo tantas veces había leído en esos cuentos fantásticos que le contaban de niña sobre princesas que sufrían desamores. Oh, pero ella había sufrido un desamor y esto era mucho peor. Un grito ahogado, cargado de angustia, salió de sus labios desde lo más profundo de sus entrañas y las lágrimas empezaron a rodar por sus mejillas; su cuerpo se sacudió en espasmos de dolor, tanto físico por las torturas que había soportado, cómo emocional, y se hizo un ovillo en el borde del alféizar, pensando que si se caía no le importaría a nadie porque ya no había quien la llorara en la galaxia. Dejó que las emociones de odio y furia la recorrieran; gritó hacia la selva y lanzó insultos e injurias contra el universo, la Fuerza y el destino, que le habían arrebatado todo, creyendo que nadie la oía.

Un capitán corelliano miraba la escena, escondido entre las paredes del templo, y corrió hacia ella por miedo a que cayera o se arrojara intencionalmente al vacío. Sin anunciarse, sin preguntar, rodeó la menuda figura de la Princesa sin planeta y la acunó contra su pecho cómo si eso fuera algo contra todo lo que la joven había pasado. Ella intentó liberarse, golpeándolo en el pecho, pero no consiguió alejarlo y finalmente se rindió, aceptando sin palabras que necesitaba alguien en quien apoyarse.


Quería subir algo antes de volver mañana a mi vida de estudiante con poco tiempo para escribir.