Título: La venganza del Mortífago y la Serpiente

Resumen: Nadie sabe qué ha pasado con él o cómo ha desaparecido. El mundo mágico está decidido a encontrarlo a cualquier costo… pero otros están también dispuestos a retenerlo por el mismo precio.

En el momento en el que Harry Potter abre sus ojos, no reconoce el lugar donde está, ni recuerda cómo ha llegado a ese sitio. Cuando escucha unos pasos acercarse, la voz que los acompaña le es inconfundible. Y entonces, por primera vez en su vida, le teme a él.

Clasificación: No menores de 18 años.

Género: Acción/Angustia/Drama/Misterio/Romance/Suspenso.

Advertencias: Lemon/Sadomasoquismo/Tortura/Violencia/Voyerismo.

Disclaimer: Harry Potter, sus personajes y cualquier mención a su mundo pertenecen a J.K. Rowling y algunos más a los que les doy crédito pero que no recuerdo ahora. Este fanfiction es escrito por insana diversión, una pizca de maldad y ganas de hacer sufrir a quienes leen, pero fuera de eso, escribo sin fines de lucro, jajajaja. Aún sigo esperando mi carta de Hogwarts, donde además de nombrarme capitana de Quidditch, me regalen los derechos de Harry Potter.

Más advertencias: Éste es un relato que narra relaciones homosexuales y contiene escenas de alto contenido sexual o violento que podrían ser consideradas como ofensivas para algunas mentes. Si no te sientes a gusto con el tema, ruego abandones este fanfiction. Dicho está, sobre aviso no hay engaño.


LA VENGANZA DEL MORTÍFAGO Y LA SERPIENTE

Por:

PukitChan

Capítulo 3. Incomprensión.

20 de diciembre del 2003

Los murmullos de las continuas pláticas, las campanillas al sonar cada vez que una puerta se abría, incluso las risas lejanas donde los Weasley tenían su tienda de artículos de bromas, se habían vuelto sonidos tan normales en Diagon Alley que ahora era prácticamente imposible el no asociarlos con el lugar. Sin embargo, para alguien cuya presencia era constante ahí, aquellos sonidos se volvían mudos. Quizá fue por esa razón que Neville Longbottom levantó enseguida la vista cuando, pese a todas las interferencias sonoras, escuchó la voz de un hombre con el que casi nunca interactuó pero que conocía del colegio.

—Boot —dijo a modo de saludo, deteniendo sus pasos. El aludido aceleró los suyos para alcanzar al profesor de Herbología de Hogwarts, quien sólo se limitó a frotar sus manos, maldiciendo internamente el haber olvidado sus guantes en el invernadero número tres del castillo.

—Hola, Longbottom —saludó Terry, animando a seguir la marcha dado que era obvio que ambos se dirigían al mismo lugar.

—¿Eres tú quién está a cargo de la investigación? —preguntó Neville, frunciendo el ceño.

—No en su totalidad —comentó pausado. Luego, como si no quisiera hablar más al respecto, añadió: —Si lo que Hannah encontró es lo que esperamos, puede que la investigación avance con mayor rapidez.

—Ya pasó una semana… ¿cómo es que no la encontraron antes?

—Tal vez porque a nadie se le ocurrió que Potter pudiera perderla.

El silencio se mantuvo durante el resto del trayecto aunque no fue algo incómodo pues los dos tenían sus propios asuntos en los cuáles pensar. Al detenerse, más por inercia que por real atención, Terry observó impresionado una vez más, cómo, el Caldero Chorreante que había sido durante tanto tiempo la entrada a Diagon Alley, ahora estaba destruido por la mitad, cerrado por tres aurores que custodiaban ferozmente el lugar.

—¡Neville! —aunque no fuera su nombre, Terry volteó ante el llamado. La mujer que se acercaba a ellos era rubia y tenía las mejillas arreboladas. Parecía no sólo preocupada sino también tensa, como alguien que hubiera estado guardando un secreto horrible durante más tiempo del que podía soportar.

Hannah Longbottom de inmediato pasó sus brazos por el cuello de su esposo, siendo respondida con la misma devoción. Con justa razón, pensó Terry, aquella antigua compañera debía estar asustada: perdió a su madre durante la Segunda Guerra Mágica y, sin duda, sus peores temores revivieron con el ataque al Caldero Chorreante.

—Estoy aquí… —susurró Neville, intentando tranquilizarla. Ella pareció serenarse y recostó la cabeza en el pecho del otro. Aunque incómodo, Terry decidió que debería intervenir dado que no podían seguir perdiendo el tiempo.

—Señora Longbottom, disculpe —ella no se movió de su posición, pero la mirada que Neville le dio al auror bastó para que se animara a continuar—. Necesito ver el objeto que ha encontrado.

Lentamente Hannah se separó de Neville y asintió. Desapareció unos minutos de la vista de ambos hombres antes de reaparecer con un pañuelo blanco que cubría un objeto largo y delgado. Al acercarse, Terry desdobló el pañuelo y observó una varita de color claro, sucia, pero sin duda bella de un modo elegante, hablando en comparación con otras que el auror había visto.

—Sí, es de él —reconoció de inmediato Neville—. Es la varita de Harry.

Boot asintió, tomándola junto con el pañuelo. Él mismo lo sabía pues no por nada era el compañero de Harry con los aurores. Aun así, era obvio que no bastaría con el testimonio de ellos, que poco confiable podía llegar a ser ante otros; necesitaba ir con Ollivander.

—Gracias. —Al envolver una vez más la varita, le dedicó a la pareja una sonrisa tan estudiada, que Neville sólo atinó a encogerse de hombros.

—También queremos encontrar a Harry.

«Bravo» pensó Terry, irritado, mientras se echaba a andar una vez más por la calle «Una razón más para querer renunciar al trabajo si fallara la investigación.»

Su rutina de trabajo en caso de secuestros le había llevado a toda una serie de investigaciones, visitas e interrogaciones en las que todos parecían suplicar por el bien de Potter, confiando en que lo encontraría pero, ¿qué pasaría con Terry si no lo hallaba? ¿O peor, si Harry aparecía muerto? Todo el peso caería sobre sus hombros y definitivamente su reputación se iría a la mierda; sin embargo, ahora ya era demasiado tarde como para renunciar al caso. Maldita fuera la hora en el que no sólo se le había asignado sino que el había aceptado fervientemente aquella misión. Era peor que cometer un suicidio: si Potter aparecía, la fama de Terry ascendería velozmente pero si no… estaría cavando ahora mismo su propia tumba.

Ansioso, sobó el puente de su nariz intentando apartar de su mente todos aquellos pensamientos tan negativos y egoístas. Se concentró entonces en la escurridiza música navideña que parecía seguirlo desde que entró a Diagon Alley, y terminó decidiendo que, en definitiva, aquél no era su día. Lo último que necesitaba que le recordaran es que probablemente terminaría llevándole más malas noticias a la familia de Potter un día antes de Navidad.

—Vamos, basta —se reprochó, sobándose la sien con su mano libre. Buscó con la mirada el conocido local de varitas: después de la guerra se requirió con urgencia la presencia de este negocio y el señor Garrick Ollivander no pudo hacer más que atender a las peticiones que le hacían continuamente. Al localizarlo, Terry continuó su caminata, dejando a un lado su reproche mental para concentrarse una vez más en su labor. Le tranquilizó de inmediato entrar al negocio que, a pesar de su abrumador aspecto, transmitía una calidez que añoraría cualquiera que estuviera bajo el frío invernal de afuera.

Escuchó enseguida unos pasos que salían a recibirle: Ollivander parecía más viejo y más canoso, pero aún conservaba ese resplandor inquietante en la mirada. No le sonrió, pero de inmediato le llamó por su apellido y recitó acertadamente la descripción de su varita.

—Buenas tardes, señor Ollivander —saludó Terry, luego del monólogo del hombre.

—¿En qué puedo ayudarle, señor Boot? —cuestionó, acercándose a él—. Porque presiento que esta no es sólo una visita cordial.

—Hubiese preferido que fuese así —murmuró el auror, desdoblando una vez más el pañuelo que envolvía aquella varita ajena. La acercó al señor Ollivander, cuyos ojos brillaron pese a los tensos que estaban sus labios—. ¿Usted podría reconocer a quién le pertenecía esta varita?

—Desde luego, desde luego —murmuró tomándola entre sus manos. Recorrió el largo de ésta y se enfrascó en un análisis tan breve como profundo, que Boot no pudo hacer otra cosa más que esperar a que los murmullos cesaran y finalmente Ollivander se decidiera a dar su veredicto—. Acebo y pluma de fénix, veintiocho centímetros, bonita y flexible —al terminar, observó fijamente al auror y se la entregó—. Pertenece, por supuesto, a Harry Potter.

Terry no supo si alegrarse o desear arrojarse de la torre de Astronomía por aquella sólida afirmación: perfecto, tenían la varita, ahora sólo les faltaba encontrar a Potter, quien al parecer estaba completamente indefenso. ¿Qué habría pasado para que Harry se viera obligado a soltar su varita…?


~∞•∞~

El suave tic-tac de algún reloj lejano mantenía su mente distraída: según calculaba ya tenía más de cinco días en ese lugar, atado y vendado a una cama que parecía tener mucho tiempo de no ser usada. Seguía preguntándose qué era lo que deseaban sus captores, porque, lejos de los golpes que habían propinado a su cuerpo, no habían hecho nada más allá con él. Inclusive los hombres procuraban cuidarlo, le suministraban tres comidas al día, habían aliviado algunas heridas que tuvo durante el ataque y hasta se habían tomado la molestia de cerrar y vendar el corte sangrante de su pierna izquierda. Sí, seguían dándole a beber el agua que reprimía su magia, además de otra poción que Harry no acaba de reconocer… pero, bueno, no era lo que precisamente esperaba de un secuestro.

«Es el colmo, Harry» se regañó «Te preocupa que te traten bien.»

Un sonido familiar se logró colar hasta sus oídos: eran unas campanadas. Harry sabía que cuando eso ocurría, había llegado la hora de su merienda. Efectivamente, luego de unos pocos segundos, unos pasos y el molesto sonido de la puerta chillando al abrirse, se hicieron presentes.

—Maldición —murmuró una voz—, si alguien no arregla esa estúpida puerta, la derrumbaré de una patada yo mismo.

Harry no dijo nada, se limitó a escuchar la voz del hombre: era suave, joven más bien, y tenía un tono que el moreno recordaba vagamente. Era diferente a la de sus otros captores —porque a esas alturas, Harry ya sabía que había más de un implicado—, ya que esta voz le dejaba una sensación familiar y hasta cálida que siempre lo descolocaba.

—Hola —saludó el desconocido, casi con entusiasmo, acercándose a la cama—. Es la hora de la comida, lo sabes, ¿verdad? Ahora pórtate bien y te soltaré una mano para que puedas comer.

Harry levantó por inercia su rostro, pese a que estaba vendado. ¿Lo soltaría? No lo habían hecho antes más que para ayudarle a acercarse al baño y moverlo de posición de vez en cuando. Y aunque al inicio estar atado había sido algo desesperante, luego de tres días luchando, Harry desistió: las cuerdas que ataban sus manos y pies tenían tan complicados nudos que sólo podían hacerse mediante un encantamiento poderoso.

—¿De… verdad? —pronunció al fin, aunque cauteloso.

—Sí, pero no intentes nada. De cualquier manera no funcionaría ya que sin tu magia y sólo con un brazo, enfrentarse a alguien que tiene todo su cuerpo libre y está armado, no es precisamente el mejor plan, ¿no crees?

Harry guardó silencio, pero asintió. Sintió unas manos delgadas surcar su cabeza y desatar la venda de sus ojos; como era de esperar, al verse libre para parpadear, una imagen borrosa y distorsionada se presentó ante él. Harry empezaba a sospechar que cada día su visión empeoraba pues estaba seguro que a esa distancia, posiblemente hubiera reconocido a alguien. Luego escuchó cómo dejaban los platos de alimentos en el mueble que estaba a un lado, antes de sentir un golpecito en su mano derecha, misma que inesperadamente cayó con fuerza sobre la cama: su mano estaba libre aunque lastimada.

—Hay mucho escándalo sobre tu secuestro —comentó el hombre mientras hechizaba a un plato hondo lleno de sopa para que flotara cerca de Harry y así pudiera comer. Entorpecido, no sólo por la vista sino también por no haber usado su mano en varios días, al moreno le costó comer correctamente, pero su captor, informándole los detalles, no le daba importancia—. Aunque no van a encontrar nada, por mucho que investiguen.

—Lo llevan planeando desde hace mucho tiempo… —soltó Harry repentinamente.

—Sí… más del que imaginas.

—¿Por… qué?

Cayó el silencio. El moreno siguió comiendo lentamente mientras escuchaba la respiración ajena agitarse: era claro que lo había hecho enojar, pero no pudo reprimirse. El deseo de saber por qué lo tenían ahí, sin nada más que alimentarlo y de vez en cuando golpearlo, le recordaba un poco a su estancia con la familia Dursley. Inclusive sus captores lo alimentaban mejor.

—No te impacientes, después de todo, lo acabarás sabiendo. —Las manos del hombre se volvieron a mover para darle a Harry el vaso de agua, antes de inclinarse para quitar cuidadosamente la venda de su pierna, ya que la herida finalmente había sanado.

—¿Puedo saber al menos cuánto tiempo planean tenerme aquí?

—El necesario —respondió el hombre, enrollando la venda y recogiendo el plato. Pasó un minuto antes de que volviera a hablar—… a él le hubiera gustado tener esto.

—¿Quién…? —cuestionó Potter, percibiendo cómo depositaba en su mano el frasco de la poción desconocida. Sin molestarse en replicar, el moreno la bebió: quizá así obtendría más información.

—Esto —repitió. Clavó su mirada en los ojos verdes de Potter que se cerraron bruscamente ante lo que acababa de tomar. No pudo evitar sonreír burlonamente ante esa expresión—. Oh, vamos, no te estamos envenenando… incluso nos vas a agradecer después de esto. Por cierto, ya que tendremos que comunicarnos constantemente, llámame Dilan.

Harry no entendía cómo podría agradecerle a Dilan el haber sido secuestrado.

~∞•∞~


Sus temblorosos dedos se deslizaron con suavidad sobre el cristal transparente que permitía la visión de cientos de frascos transparentes, todos etiquetados, pero al parecer desordenados; o quizá ordenados de un modo que para su dueño hubiese sido conveniente.

Ginny mordió su labio inferior, deslizando la pequeña puerta de cristal para tomar algún frasco al azar. Al tomarlo entre sus manos, sonrió con tristeza cuando leyó la etiqueta: «Propuesta.» ¿Sería acaso cuando Harry le había propuesto matrimonio? Desvió su mirada hacía el pensadero que reposaba unos metros más allá. Podría volver a ver a Harry, sus momentos más felices…

Apretó con tanta fuerza el frasco, que era un milagro el hecho que éste aún no se hubiera roto bajo esa presión. Ginny se reprochó aquella conducta. ¡¿Qué diablos le pasaba?! No necesitaba ver sus recuerdos del pasado porque definitivamente Harry y ella volverían a crear muchos más. ¡No tenía que recurrir a ello, porque él no estaba muerto y volvería! Volvería… como siempre lo hacía.

—Ginny. —La voz femenina que la llamó le hizo voltear. Los ojos de la pelirroja estaban hinchados, señal clara de que recientemente lloró pese a que se negaba hacerlo una y otra vez. Suspiró y reconoció en la entrada de la habitación privada a su cuñada y amiga, Hermione.

—Hola —saludó Ginny, limpiándose los ojos con la manga de su ropa y esbozando una sonrisa—. ¿Llegaste hace mucho? —preguntó, ladeando el rostro.

—Hace dos minutos —respondió Hermione, adentrándose a la habitación y observando todo a su alrededor—. Nunca había entrado aquí…

—Es el refugio de Harry —respondió la pelirroja—. He estado aquí apenas tres veces… ni siquiera a Kreacher se le permite limpiar —se encogió de hombros y miró de soslayo a la otra mujer—. ¿Sucede algo?

Como esperaba, Hermione levantó la mano derecha para acariciarse el brazo contrario, algo que Ginny sabía, hacía cuando no tenía ni la más mínima idea de cómo transmitir una noticia.

—Los aurores han encontrado la varita de Harry y van a realizar el prior incatato para ver si consiguen un poco más de información —Hermione posaba su vista en cualquier otra cosa que no fuesen los ojos de Ginny. ¿Cómo se lo diría? Ella misma estaba en contra de lo que querían hacer esos inútiles—. También… bueno, alguien informó que Harry tiene un pensadero y…

—No —la voz de Ginny fue fría y absoluta. Miró una vez más el frasco que tenía y un jadeó de dolor escapó de sus labios, pero no por eso su entereza cayó. No gritaba, sólo tenía que ser clara—. No, Hermione. No dejaré que los aurores entren a esta habitación, registren y vean los recuerdos de Harry. Esta habitación le ayudó a salir adelante luego de la guerra, essu privacidad.

—Lo sé, Ginny, yo misma estoy en contra…

—¿Pero…?

—Pero… ¿Y si Harry vio en algún momento algo? ¿Y sospechó aunque fuera un poco de alguien?

—¡Él me hubiera dicho si sospechaba algo, Hermione!

La pelirroja giró, regresando el frasco a su sitió, permaneciendo inmóvil. No era cierto. Ginny sabía que si Harry tenía la preocupación de que le hicieran daño, él no se lo hubiera dicho con tal de protegerla. Porque así era el idiota de Harry, siempre dando de más, guardando sus fantasmas internos, temiendo que por su causa hirieran a los demás.

—No, no lo hubiera hecho, Ginny, lo sabes mejor que yo.

—No es justo… —susurró.

~∞•∞~


La furia con la que miraba la escena era tanta que, de haber podido, destrozaría sin compasión aquella varita poderosa. Pero no podía, principalmente porque era una evidencia importante. Además de la varita de Harry Potter.

—No entiendo. ¿Acaso ni siquiera buscó defenderse cuando lo atacaron? —murmuró Turpin Lisa, auror y prometida de Terry. Ella volvió a recordar la imagen difusa que recién había aparecido, buscando una explicación lógica a algo que parecía no tenerla. Colocó un mechón de su cabello detrás de su oreja antes de levantar la vista a su pareja y preguntar—: ¿Lo intentamos una vez más?

Terry sintió que sus músculos que relajaban cuanto sus ojos encontraron la ansiosa mirada que Lisa que, al igual que la suya, estaba cargada de dudas que buscaban desesperadamente una solución. Tenían que verificar aquello y sí todo estaba en lo correcto las investigaciones se volverían aún más complejas y, sobre todo, los cargos contra Weasley podrían pesar más que nunca.

¡Prior Incantato! —masculló Terry tras colocar la punta de su varita contra la de Potter, misma que sostenía Lisa. Una pequeña vibración le dejó en claro que se estaba expulsando el fantasma del último hechizo realizado por Harry. La sombra gris apareció y Lisa se inclinó hacía la imagen que la nube gris formaba en la unión de las varitas.

—No hay duda —dijo ella, decepcionada y ausente—. Es un bauleo… hacer que el equipaje se haga solo. No usó su varita en el ataque del Caldero Chorreante.

Deletrius —susurró el hombre, haciendo que la imagen del hechizo desapareciera en una pequeña nube de humo. Dejó caer sus manos a cada costado del cuerpo, cansado. No podía creerlo. Una pieza más que agregar a ese puto rompecabezas.

—Entonces… ¿tendremos que decir eso…?

—No sólo eso. Cualquier otro auror o sujeto implicado en el caso podría armar toda la situación para hacer parecer culpable a Ronald Weasley…

—Pero… ¡El prior incantato sólo demuestra que Potter no se defendió en el ataque!

—¡Precisamente por eso! —exclamó Terry, tenso—. ¡¿Por qué Harry Potter se habría defendido si su captor hubiera sido Weasley?! No sé si fue él, pero…

—Merlín, Terry, ¿en serio crees que Ron fue el culpable? —gimió Lisa, horrorizada por la idea.

—¡No es lo que creo! —gritó, aunque sus palabras no parecían muy convincentes—. Las pruebas, y tú lo sabes, simplemente están señalándolo a él…

~∞•∞~


El silencio que rodeaba el lugar era tal que, con más frecuencia de la que podía aceptar, se preguntaba si de verdad habían estado habitándolo por más de cinco meses. Miró con atención la larga y vieja mesa que se hallaba frente a él, contando de manera inconsciente los asientos vacios mientras su mano removía de manera descuidada la comida que, se suponía, estaba llevando a su cuerpo.

Dilan debía reconocer que el lúgubre lugar parecía concordar muy acertadamente con lo que se realizaba dentro de él. O más bien, lo que ellos hacían sobre esa persona. Sonrió con pesadez, dándose cuenta por enésima vez que él estaba implicado por su propia voluntad en eso, porque aún recordaba perfectamente la tarde de aquel otoño cuando ellos se acercaron a él en el cementerio. De hecho, el recuerdo estaba tan fresco en su mente como las pisadas lejanas que se escuchaban, anunciándole la distancia de los dueños. Mentalmente recitó los segundos y luego del séptimo, sus ojos se centraron en las figuras que entraban a la habitación; eran dos hombres.

Uno de ellos era alto, delgado pero atlético, y tenía una apariencia aristócrata que ni siquiera esas sutiles ojeras debajo de sus ojos podían ocultar. Vestía elegantemente con una ropa que, al parecer, estaba hecha a la medida pues resaltaba cada detalle de su anatomía. Cualquiera que lo mirara por más de tres segundos asociaría de inmediato toda la clase de profesiones importantes, menos la de secuestrador.

El otro era justamente de apariencia contraria. De físico más bien tosco, mirada fría y expresión que emitía desconfianza, parecía más bien un golpeador nato, aunque, y varias veces se había comprobado, era alguien torpe. Sin embargo, contrariando a su apariencia física, la ropa que portaba parecía ser también exclusivamente para su talle y el anillo en su mano gruesa revelaba un linaje que podía rastrearse entre los círculos más selectos de la sociedad.

Después, Dilan se miró a sí mismo: sentando en la mesa mientras trataba de comer, él era el más joven de ellos. Vestía deportivamente y las suelas de su calzado le recordaban que necesitaba cambiarlo. Su cabello era desordenado de un modo atractivo pero corriente, si lo ponía en comparación con el de los otros dos. Y no lo sabía, pero sus ojos claros emitían también más calidez y humanidad de la esperada.

—Qué hay —dijo Dilan finalmente, saludándolos luego del exhaustivo análisis al que los sometió. Ambos le dedicaron una desdeñosa mirada que no pasó desapercibida para él, pero que decidió ignorar porque, después de todo, ellos le estaban ayudando a cumplir sus objetivos. Decidió que la comida fría merecía ahora más su atención.

—¿Le diste de comer? —le preguntó el hombre delgado, quitándose cuidadosamente la bufanda que rodeaba su cuello con gracia, para dejarla encima de la mesa.

—Sí, por supuesto. Hace una hora.

—¿Y las dos pociones? —cuestionó una vez más.

—No soy idiota. Sé perfectamente lo que tengo que hacer —respondió Dilan, levantando su rostro de la mesa para enfrentar la mirada ajena.

—Bueno, permíteme poner eso en duda…

El tercer hombre, que hasta ese momento había permanecido callado e inmóvil, carraspeó disimulando muy mal la sonrisa que aquel comentario le había provocado.

—Oh, el rey de los idiotas es quién se ríe —ironizó Dilan, dejando por la paz el plato lleno de una comida que definitivamente no podría disfrutar por la llegada de los otros dos.

—¡¿Qué…?! ¡Yo no soy…!

—Basta —intervino el sujeto delgado caminando por el sitio hasta que sus manos encontraron unos guantes de piel de dragón que no dudó en colocarse. Los otros dos miraron atentos su gesto y, aunque sabían la razón, no pudieron dejar de preguntar.

—¿Planeas verlo en este momento?

La sonrisa que atravesó sus labios ante tal cuestionamiento fue tan fría que cualquiera se hubiese sentido intimidado ante ella.

—Por supuesto. Debemos tratar bien a nuestro invitado.

—Yo sólo quiero de una maldita vez golpearlo cómo debería. ¡Pero estoy cuidándolo y dándole los alimentos! ¡¿Hasta cuándo tendré que hacer esto?! —explotó Dilan sin previo aviso, azotando sus manos contra la mesa. Las palabras, sin embargo, no parecieron alterar demasiado a los otros: uno porque estaba ocupado buscando algo qué comer y el otro porque miraba sus manos enguantadas.

—Hasta que yo decida cuál es el momento perfecto. No tiene caso herir algo que ya está dañado… vamos a sanarlo y cuando lo esté completamente, dediquémonos entonces a arrebatarle lo que nosotros mismos le hemos dado… además, quiero que sus ojos lo vean todo… absolutamente todo.

Después de pronunciar esas palabras, el hombre delgado deslizó la varita hacía su garganta, señalándose. Sus suaves y pálidos labios se abrieron y recitaron un hechizo que modificó su voz, volviéndola incomprensible, extraña y hasta susurrante. Sonrió y giró, saliendo de esa habitación, buscando a su invitado. A Harry Potter, al que había estado deseando atrapar entre sus manos desde hacía mucho tiempo. ¿Para qué? Bueno, podría atribuir miles de causas que le darían la razón en muchos sentidos. Pero incluso ahora, mientras subía las escaleras con paso firme, admitía que se había vuelto más divertido de lo esperado. Las piezas estaban puestas. Él, ella, ellos… incluso esos idiotas de Gryffindor, los aurores y todo aquel que sutilmente se relacionara con Harry Potter. La idea era retorcida y hasta cierto punto perturbadora pero, ¿qué más daba? No era algo que esperaba que otros entendieran. Porque hasta en medio de la incomprensión, los planes salían según lo trazado y si todo salía como debía, el único dañado sería, por supuesto, Potter. O tal vez no. Lo cierto es que no importaba demasiado.

Al parar, cuando finalmente los escalones terminaron, abrió la puerta de la habitación. La imagen que se encontró al pasar le hizo sonreír: Potter, atado, vendado, quizá un poco más descuidado y con una barba de días, le recordaba que después de todo, ese sujeto ahora era un hombre. Un poderoso hombre que en esos momentos, ante sus manos… se encontraba indefenso.

—Llegaste —murmuró la voz cansada de Potter.

—Me esperabas —afirmó, sonriendo—. Claro que sí.


~∞•∞~

Autora al habla:

¡Muchas gracias a Goanago, Kasandra Potter, Gata89, Hane Millefiore, Kurosakiami01, Acantha-27 y Kmy Kusanagi por los reviews!

Cuestiones:

Mi muy estimada escritora, ¿algún día aparecerá slash?

Sí. Algún día. ¡De verdad que sí! Jajajajajajaja.

¿Cuál es la pareja oficial en esta historia?

De hecho, es un Drarry, Harco, bah, cualquiera de sus versiones, a mi me encanta cómo se ven estos de inter o de sukes... ¿cómo, por Merlín, llegaré hasta ahí? ¡Ufff! tendrán que esperar.

Dijiste que no habías inventando ningún personaje. Entonces, ¿qué pasa con Dilan?

Reafirmo mis palabras. ¡No me estoy inventando ningún personaje! A lo mucho, manipulo sus personalidades xD.

¿Quién es el secuestrador de Harry?

¡Ajá, como si lo fuera a andar diciendo por las buenas! XD Tengo a mi villano y lo adoro. Adoro a todos mis villanos (?).

Y eso. ¡Oigan, en unos días es 14 de febrero! ¡Muchas felicidades para quien lo celebre! ^w^