III. Hiedra – Resistencia & Fe.

«Koko wa buatsui kōri no man'naka… Itsukara ka tozashita kokoro no kara…

Kitai o tsumekomu-atsu ga ranhansha… Kodō ga onore ni toitadasu…»

Blizzard, Daichi Miura.

Diciembre de 2024.

Sigfrid se sentía achispado, cierto, pero todavía estaba en sus cinco sentidos.

—¡Tres hurras por Londres!

La exclamación de Brunhild no le sorprendió, menos cuando alzaba en alto su tercer tarro de la noche. Eso sí, le preocupaba que no tolerara tanto alcohol como decía, debido a su estatura.

—¡Hurra, hurra! —soltó Astrid, también levantando su tarro. Ella estaba igual de sedienta que su parabatai, solo eso explicaría que también llevara tres bebidas—. ¡Vamos, Fridden, sigues!

Él se encogió de hombros y levantó su tarro, que solo era el primero.

—¡Hurra!

Las otras dos, al oírlo, se desternillaron de risa, antes de dar largos tragos a sus tarros.

Oslo tenía sus calles cubiertas de una delgada capa de nieve y los vientos eran helados, pero los habitantes de la ciudad consideraban aquello como «benigno» dentro de los parámetros de la estación. Pronto sería invierno oficialmente, pero desde hacía unos días, el clima ya lo había anunciado con fuerza.

Cerca del Ayuntamiento, el local subterráneo más conocido era el Nobel's, abierto casi todas las noches y que también fungía como posada para viajeros y desamparados. Esa noche, sin embargo, pintaba para ser una de lo más normal, al menos dentro de sus parámetros, con los parroquianos más fieles charlando aquí y allá, apenas fijándose en el trío de cazadores de sombras que, apoderándose de una esquina, lucían como si fueran a acabar con las reservas de cerveza del local.

—¿No deberíamos bajar la voz? —sugirió Sigfrid, no muy convencido.

—¿Para qué? —inquirió Brunhild a su vez, sonriendo a más no poder.

—¡Estamos celebrando, Fridden, no seas aguafiestas! —pidió Astrid, colgándose de uno de los brazos del aludido—. ¡Al fin el aprendizaje! Perdón por haber nacido después.

A continuación, Astrid tuvo un ataque de risa, del cual tardó en recuperarse porque Brunhild la secundó de la nada.

Sigfrid miró con cierta benevolencia a las dos. De verdad se tomaban en serio el celebrar.

Desde hacía un tiempo, habían decidido que harían el año de aprendizaje en cuanto fueran mayores de edad, solo que se demoraría un poco más de lo que deseaban: mientras que los mellizos Sølvtorden cumplían años en febrero, Astrid lo hacía hasta diciembre. En ese momento, de hecho, faltaban poco menos de dos semanas para que la joven Trueblood tuviera dieciocho oficialmente, pero en el Mundo de las Sombras no importaba que una cazadora de sombras de su edad quisiera emborracharse hasta desfallecer, al menos si llevaba compañía responsable y pagara sin falta sus cuentas.

Otro tema era el hacer una reunión tan pequeña, solo siendo ellos tres. Sigfrid debía admitir que, de un tiempo a la fecha, el resto de cazadores de sombras de su edad no solía hablarles o invitarlos a algún lado, pero no habría sospechado de motivos concretos hasta que llegaron a sus oídos maliciosos rumores respecto a la conducta de Astrid en la Academia, o de qué tan mala consideraban la elección de parabatai de Brunhild. A más de uno tuvo que silenciar Sigfrid con miradas heladas, palabras duras e incluso, el ademán de usar un cuchillo serafín encendido en ciertas partes anatómicas sensibles. Por lo general, a Sigfrid no le agradaban las confrontaciones cuyo origen eran chismorreos venenosos, pero en aquellas ocasiones apenas pudo contener parte de su ira, porque supo que, al final, no ganaría gran cosa.

Dejó de lado esa línea de pensamiento, pues lo llevaba a preguntarse qué habría hecho si los rumores hubieran hablado de su persona y temiendo lo peor.

—¡Otra, por favor!

Sigfrid abrió los ojos de par en par.

—Astrid, ¿no crees que ha sido suficiente? —inquirió.

—¡Ya casi soy mayor de edad, Fridden! ¡Y nos vamos a Londres! ¡Todo un año en Londres lejos de cierta gente, tú me entiendes! ¿No es fantástico?

—Londres será fantástico, Astrid, pero si sigues bebiendo…

—¡Eh, yo quiero otra también! —pidió Brunhild en voz muy alta.

—Hildie, por favor, dile a Astrid…

—¡Tú quisiste venir! —cortó Bruhild, dedicándole a su hermano un gesto burlón, sonriendo a más no poder—. Dijiste que beberías tanto como nosotras.

—No, dije que bebería con ustedes, eso es diferente.

—¡Es que no tolera tanto alcohol! —aseguró Astrid de la nada, haciéndole señas a una joven mujer de larga melena color azul cobalto, que le guiñó un ojo antes de indicarle por gestos que no tardaba en atenderla—. ¡Eh, miren! ¡Siggi está guapa hoy!

—¿Qué tienes tú con el azul? —quiso saber Brunhild, haciendo un puchero—. ¿Solo por eso te gusta Siggi?

—¡Oh, vamos, es guapa!

—Ya lo sé, pero…

—Y no es que me guste en serio, Hildie. Aunque para una noche o dos, está bien.

—No hables tan a la ligera de esas cosas, Astrid —pidió Sigfrid, resignado a que la charla de esa noche no tuviera mucho sentido.

—¡No lo digo a la ligera! ¡Sé de lo que hablo!

—¡Por el Ángel! —dejó escapar Brunhild, anonadada, antes de taparse la boca por un segundo y después, para alivio de Sigfrid, bajó la voz y espetó—. ¿Te acostaste con Siggi?

—No llegamos a tanto, solo hablamos y nos besamos. ¡Pero por el Ángel, qué besos…!

—Creí que ya no ibas a besar chicas —señaló Sigfrid, confundido.

—¡Eso! ¡Ya no ibas a besar chicas! —confirmó Brunhild, frunciendo el ceño.

—Por una temporada —aclaró Astrid, fingiendo una solemnidad fuera de lugar en aquel sitio—. No iba a besar chicas por una temporada. Eso no significa que no quisiera. Hay muchas chicas guapas en el mundo, no tenía que privarme de ellas por una sola.

—No quise decir… Sí, podías volver a salir con quien quisieras, pero…

—Ya, te entiendo, Fridden. De todas formas, Siggi no es una buena opción como novia, aunque hubiera querido salir con ella. Quiere estar con todo el que le gusta. Literalmente, no bromeo. No quiere compromisos. Así que lo dejamos en un par de noches de besos y ya.

—¿Y ya? ¿No se enfadó contigo? —quiso saber Brunhild.

—No, pero creo que espera que nos besemos otra vez. O algo más. No quiero saber.

—No te entiendo, Astrid.

—Es que no sabes la diferencia, Fridden, amigo. Nunca te ha gustado alguien, ¿verdad? Hablo de gustar, gustar.

—¿Cómo? ¿Hay más de un tipo de gustar? —Brunhild miró por turnos a los otros dos, claramente despistada.

—Para ti no, Hildie. Todavía no comprendo qué le viste a Steen, la verdad.

—Es divertido y muy bueno conmigo, Astrid, así que cuidado con lo que dices.

—Y tú ten más cuidado con tu voz. ¡Por el Ángel! ¿No se supone que nadie sabe?

—¿Qué somos nosotros dos, paredes del Nobel's?

Cuando Sigfrid dijo eso, miró el tarro en su mano, ya vacío, antes de soltar un bufido y buscar con la mirada a Siggi u otra mesera. ¿Dónde se habían metido?

—Les traje tres tarros más, ¿está bien?

—¡Gracias, Siggi! Eres la mejor.

—¿En serio? Podrías comprobarlo, Astrid.

—¡No, déjalo! Gracias por todo.

Siggi asintió y sonrió de forma seductora antes de retirarse, pero algo en sus gestos le indicó a Sigfrid que, para ella al menos, todo era un juego.

Menos mal que Astrid se había dado cuenta por sí misma.

—¡Miren, estos son jumbo! —Brunhild parecía tan feliz como una niña con un juguete nuevo—. ¿Cuántos creen que podamos beber?

—Ustedes dos, no muchos —aseguró Sigfrid, acercándose uno de los tarros.

—¿Por qué no? —Astrid sonaba ofendida.

—Han bebido más que yo de los normales, es todo.

—A ver, ¿a cuántos tarros normales equivale un jumbo?

—¿Cómo voy a saberlo, Astrid? Eres la que bebe más seguido de los tres.

—¡Pero no soy una alcohólica!

—¡Henrik! ¡Eh, Henrik!

—¿Para qué lo llamas, Hildie? ¿No querrás besuquearte con él delante de nosotros?

—¿Qué? ¡No, no! ¡Henrik!

En ese momento, se acercó un castaño imponente de brillantes ojos azules. Sigfrid lo miró con cierta atención cuando notó que arrugaba la frente al fijarse en las bebidas de las chicas, que ya iban por la mitad.

—¿Necesitan algo? —inquirió el recién llegado.

—¡Hola, Henrik! —saludó Brunhild, con una de sus más radiantes sonrisas, causando que el nombrado sonriera, pero solo un poco—. Oye, ¿a cuántos tarros normales equivale un jumbo?

—Aproximadamente a uno y medio. Poco más, poco menos. ¿Por qué?

—Fridden dice que puede beberse más que nosotras, ¿puedes creerlo?

—Ustedes ya llevan bastantes, así que tal vez sea cierto.

—¡Le está dando la razón a Fridden! —se burló Astrid, dejando su tarro en la mesa con inusitada fuerza—. Cuidado, Hildie, porque cuando dos hombres como estos están de acuerdo en algo, se ponen muy pesados.

—¿Sí? —Brunhild se vio desconcertada por un segundo, antes de sacudir la cabeza y mirar de nuevo a Henrik—. Mira, me encanta que te lleves bien con Fridden, pero de verdad, ¿crees que nos ganaría bebiendo estos tarros?

—Hildie, no quiero beber hasta vomitar, si a eso te refieres.

—Nosotras tampoco.

—No parece —Sigfrid le dedicó una mirada de censura a los tarros de las chicas, ya vacíos, antes de suspirar—. Una cosa: dejen de beber ambas una hora, solo una hora, mientras pido otro tarro. Para emparejar un poco las cosas. Luego de eso, si siguen queriendo ver quién bebe más…

—¡Hecho! —Astrid y Brunhild adelantaron las diestras al mismo tiempo, eufóricas.

Sigfrid elevó los ojos al cielo, antes de estrecharles las manos por turnos, con una sonrisa de resignación. Junto a la mesa, cruzado de brazos, Henrik meneó la cabeza.

—Espero que no te arrepientas, Sølvtorden —dijo.

—Ya veremos. Por favor, Steen, un tarro jumbo para mí y empieza a contar esa hora.

Henrik asintió, con aspecto de estarse divirtiendo ante semejante escena, antes de retirarse.

Sigfrid no era de beber en exceso, pero esa noche realmente estaba contento, rodeado de su hermana melliza y su mejor amiga, en un sitio donde los tres eran más o menos bienvenidos; además, el año que pasarían en Londres cada vez estaba más cerca de empezar.

¿Acaso algo podía salir mal?

—&—

Sigfrid debería haber aprendido que, por lo general, cuando piensas que algo no podía salir mal, era todo lo contrario.

—Buenos días, ¿ya estás en tus cinco sentidos?

La voz… La reconocía, pero ¿qué estaría haciendo en su habitación?

—Antes de que entres en pánico, te aviso que no estás en el Instituto.

Eso lo explicaba. Momento, ¿qué…?

Sacudiendo levemente la cabeza, Sigfrid la alzó de la almohada y miró a su alrededor.

Era un dormitorio sencillo y sin señas de pertenecerle a nadie. Las paredes, los escasos muebles de madera… Si no estaba equivocado, se hallaba en una de las habitaciones del Nobel's para sus ocasionales huéspedes.

¿Qué rayos había pasado? Dejó caer la cabeza en la almohada, sin tener una respuesta.

—Ustedes sí que van por todo cuando se divierten. Las chicas están en la siguiente puerta, puedes pasar a verlas después. ¿Necesitas algo?

—Yo… Despertar, supongo.

—Vaya, sí que eres práctico todo el tiempo. Ya me lo habían dicho.

—¿Fue Hildie?

—Quizá. Traeré café, tómate tu tiempo.

Poco después, oyó la puerta al abrirse y cerrarse, lo mismo que pasos pesados alejándose.

Sigfrid procuró no pensar en la noche que las chicas y él habían tenido, pero al cabo de unos minutos, no pudo evitarlo. No le agradaba tener la mente en blanco.

Llamaron a la puerta antes de que se asomara la castaña cabeza de Henrik Steen, sosteniendo una bandeja con una taza de contenido humeante. En cuanto entró, cerró tras de sí con el pie y fue a dejar la taza en la mesita de noche.

—Las chicas no han despertado —informó—. Fui a dejarles el café primero.

—¿A qué hora nos trajeron arriba?

—Cuando cerramos, pasadas de las tres. No me pareció prudente que intentaras conducir.

—Gracias. La verdad, intento acordarme de todo, pero…

—No te culpo. Los tres bebieron bastante, al final se estaban corriendo las apuestas a su alrededor. Por cierto, Astrid perdió, fue la primera en dejarlo. Recuérdame decírselo.

—¿Por qué molestas tanto a Astrid?

Henrik esbozó una sonrisa de lado, un gesto que, según Sigfrid, debía ser parte de la razón de que su hermana lo encontrara atractivo.

—Es divertido ver cómo intenta morderse la lengua al contestarme, más delante de Brunnie.

Sigfrid asintió distraídamente, antes de moverse para poder sentarse y fruncir el ceño.

—¿«Brunnie»? —masculló.

Inesperadamente, Henrik carraspeó y desvió la vista, visiblemente avergonzado.

—Eso… Ella dijo que estaba bien si yo… Sé que «Hildie» lo usan ustedes, así que…

—Steen, ¿por qué sales con mi hermana?

Henrik frunció el ceño, claramente ofendido por semejante pregunta.

—Pensé que no te importaba —señaló, cuando se decidió a hablar.

—No me importa en el buen sentido, si es que eso existe —aclaró Sigfrid, estirando la mano para sujetar la taza de café, pero no se la llevó a los labios—. Me refiero a que, si ella dice que está bien contigo, le creo y no me entrometo. Solo que me intriga tu punto de vista del asunto.

—¿A qué te refieres en concreto?

—¿Está bien para ti estar con ella así, como lo hacen?

—Ella me preguntó lo mismo cuando acepté que saliéramos.

Sigfrid no se esperaba aquello, no conociendo a su hermana, que en asuntos del corazón era más bien inexperta y un poco inocente.

—Es extraño hablar de esto contigo —admitió Henrik, tomando asiento en una silla y colocando la bandeja en su regazo—. No me lo esperaba.

—¿Por qué no? Me preocupo por Hildie, es mi hermana.

—Es por tu carácter, creo. Sueles ser tan reservado, que imaginé que cualquier cosa que quisieras saber, se la preguntarías a ella.

—Para ser sincero, lo poco que he sabido me lo ha dicho Astrid.

—Entiendo. Volviendo a tu pregunta, está bien para mí, mientras ella así lo quiera.

—¿En serio? No cualquiera lo haría.

—Lo sé, pero ella… Brunnie vale la pena. No quiero arruinar nada presionándola.

Sigfrid frunció el ceño, dio un sorbo a su café y a continuación, afirmó.

—Sigo sin poder creerme que ella te pidiera salir.

—Fue una historia curiosa, en realidad, pero no creo que deba ser yo quien te la cuente.

—¿Por qué no?

—Brunnie tiene la idea de que te sienta un poco mal que ella tenga novio y tú no.

—¿Qué?

—Lo que oyes. Cuando me lo dijo, tuve la ocurrencia de reírme, pero ella hablaba en serio. Luego me explicó que, en realidad, lo que quizá te sienta mal es que no tengas a nadie todavía.

—No es como que vaya buscando a alguien cada vez que estoy fuera del Instituto.

—Tal vez, pero… ¿Seguro que no recuerdas nada de anoche?

Sigfrid miró por un momento la taza que sostenía, intentando rememorar algo de lo ocurrido. Veía el Nobel's, un montón de tarros vacíos, Astrid y Brunhild riendo a más no poder, pero…

—No mucho. ¿Por qué?

Henrik carraspeó y le echó una mirada rápida antes de desviar los ojos de nuevo.

—¿Hice algo malo? —quiso saber Sigfrid, preocupado, al tiempo que dejaba la taza en la mesita de noche—. Si hay que pagar algún daño…

—Los daños de anoche no los causaron ustedes, así que Siggi se encargará de cobrarlos a quienes corresponda. Por otro lado, si las chicas recuerdan… ¿Qué estoy diciendo? Ellas deben estar más perdidas que tú. En fin, antes de que te enteres por otro lado, tengo que advertirte: Lars Stenvej puede que esté enfadado contigo.

—¿Lars? ¿Por qué?

Antes que Henrik pudiera responder, el sonido de un celular hizo que Sigfrid mirara en todas direcciones, hasta que se puso a tantear en la cama, hallando su aparato con una luz verde parpadeando. Al revisar de qué se trataba, se encontró con un mensaje de texto que le dio todas las respuestas que necesitaba.

—¿Qué pasa? Te has puesto pálido.

—Yo… Creo que tendré que hablar con Lars. Gracias por la advertencia, Steen. Ya sabía yo que eras un buen tipo.

—¿De verdad?

Sigfrid asintió, poniéndose las botas de combate, colocadas al pie de la cama. A continuación, se levantó lentamente y se guardó el celular en un bolsillo.

—De verdad. Si no, habría hecho de todo para que Hildie no saliera contigo.

Henrik le dedicó una sonrisa de alivio antes de abandonar el dormitorio.

Considerando lo que venía, era de lo poco bueno que esperaba sacar aquella mañana.

—&—

El Instituto de Oslo estaba ubicado muy cerca de las ruinas mundanas de la Catedral de San Hallvard. Era por eso que, en ocasiones, los cazadores de sombras que vivían allí eran vistos casi como ermitaños, cuando era todo lo contrario, al menos en el caso de sus jóvenes.

—¿Crees que vayan a regañarnos demasiado?

Brunhild lucía algo pálida esa mañana, recargada en una de las ventanillas traseras del auto. En el asiento del copiloto, Astrid había reclinado un poco el respaldo para quedar de cara al techo, aunque sus lentes oscuros demostraban que no toleraba mucho la luz en ese momento.

—¿Cómo es que la runa no funciona? —quiso saber Astrid, haciendo una mueca.

—Con todo lo que bebieron, tardará un rato en hacer efecto —indicó Sigfrid, dando una vuelta cuidadosamente a la derecha—. ¿Se acabaron el café?

—Sí, estaba delicioso —Brunhild se enderezó y lo miró a través del retrovisor con el ceño fruncido—. ¿Es verdad que le preguntaste a Henrik por nosotros?

—¡Ya te habías tardado, Fridden! —soltó Astrid, sonriendo con sarcasmo.

—Sí, lo hice.

—¿Por qué?

—Curiosidad. No habría preguntado si Steen no hubiera mencionado el apodo que te da.

—¿Steen te puso un apodo? —Astrid se torció en su asiento para mirar a su parabatai con la boca abierta, antes de poder reclamar—. ¡Eso no me lo contaste!

—Es algo nuestro y quería guardármelo —Brunhild hizo un puchero que hizo reír a los otros dos—. ¿De verdad fue solo eso, Fridden? ¿No saliste con un discurso? Algo como «mi hermana solo está saliendo contigo por diversión, porque siendo tú un mundano, no llegarán a más.»

—¡Fridden nunca haría eso! —se exaltó Astrid, antes de hacer una mueca de dolor y regresar a su posición, parcialmente recostada.

—Lo habría dicho si no creyera que Steen va en serio, Hildie. ¿Qué clase de hermano sería si no dejo que hagas tu vida?

—A veces eres demasiado responsable.

—Responsable, sí, pero no un imbécil insensible.

Brunhild asintió, en señal de comprensión, aunque Sigfrid alcanzó a verle los ojos aguados y los labios temblorosos.

Su hermana era bastante fácil de conmover y no le costaba imaginar que estaba más que agradecida con la aceptación del chico con el que salía.

Ahora lo que le intrigaba era otra cosa.

—Hildie, ¿de dónde sacaste que yo podría soltarle un discurso a Steen?

—¿Eh?

—¡Eso! También quiero saber —por fin Astrid se quitó los lentes oscuros, mostrando en sus ojos marrones un destello inequívoco de preocupación.

—Es que pensé… ¿No es lo que diría cualquier otro cazador de sombras si supiera de lo mío con Henrik?

—Lo que quieres decir es que ese discurso lo diría alguien como padre.

La sentencia de Sigfrid enfrió el ambiente más que el clima invernal de ese día. Las chicas intercambiaron miradas, con una repentina expresión de comprensión, antes de mirarlo fijamente.

—Fridden, nosotras…

—Anoche, después de acabar los últimos tarros, creemos que…

—No se preocupen. Steen me puso sobre aviso. En cuanto las deje en el Instituto, voy a solucionar este asunto.

—¿En serio?

—¿No quieres que vayamos contigo?

—No, gracias. Sería un poco raro, ¿no creen?

—¿Por qué? ¡Tenemos que defender tu honor!

La acotación de Astrid sonó tan melodramática, que los mellizos no tardaron en soltar la carcajada. La joven Trueblood siempre procuraba ponerlos de buen humor, sin importar la situación en la que estuvieran metidos. Sigfrid suponía que esa forma de ser de su amiga era, en parte, por el hecho de tener hermanos pequeños. Por eso despreciaba la tiranía de la Ley al hacer que alguien como Astrid viviera lejos de su familia, solo porque ella había aceptado las Marcas.

—Puedo defender solo mi honor, gracias por el apoyo, chicas.

—¿Nos vas a contar luego cómo te fue?

—Sí, claro. No creo que sea la gran cosa.

—&—

—Debe ser una broma.

Sigfrid suspiró, desviando la vista por un momento hacia el exterior del pequeño café, antes de negar con la cabeza.

—Nunca lo hubiera creído de ti, Sigfrid.

—Nunca me había emborrachado hasta ese grado, Lars. Por eso he venido a dar la cara.

Ante eso, un joven delgado y de abundante pelo negro, arrugó la frente y se cruzó de brazos, fulminándolo con unos ojos grises oscurecidos por el disgusto.

Por la posición del sol, Sigfrid dedujo que ya pasaba del mediodía. Medir el tiempo de aquella manera no era común, pero aprendió a hacerlo porque era algo útil en sus entrenamientos al aire libre, en la parte trasera del Instituto, cuando no podía llevar encima reloj ni teléfono celular. Sin embargo, aquello desviaba ligeramente su atención de lo que estaba tratando con Lars, así que dejó la información solo en su mente, antes de respirar hondo.

—Sé que lo de la borrachera es una excusa, pero es lo único que puedo argumentar para mi proceder, Lars. Estás en tu derecho de enojarte conmigo, pero por favor, te agradecería que no lo hicieras extensivo a otras personas.

—¿Hablas por Brunhild y Astrid? Ellas eran las más ruidosas en ese momento.

—Apenas lo recuerdo, pero no lo dudo. Y sí, me refiero a ellas.

—¿Qué hay de Harald, Heimdall y Barbara? Si lo llegan a saber…

Sigfrid volvió a tomar aire. Presentía a dónde quería llegar el otro.

—De ellos me encargaré yo, no te preocupes. En cuanto a tu familia, si necesitaras…

—¡No, no! A ellos les da lo mismo. Inga quería los detalles, pero le dije que no pensara en tonterías y se concentrara en su examen de runas de la próxima semana.

—Inga es la pequeña de ustedes, ¿cierto? ¿La que recibió su primera runa en octubre?

—Si, ella. ¡Vaya memoria la tuya! Gracias por recordarla.

—De nada. Entonces, ¿estamos en paz, Lars?

—Sí, sí. Es decir, no niego que me habría gustado… —Lars se encogió de hombros, con aspecto de estar avergonzado, antes de carraspear y seguir—. Eres un buen tipo, Sigfrid. Juraría por el Ángel que anoche, muchos habrían querido estar en mis zapatos.

Sigfrid esbozó una sonrisa sarcástica, antes de menear la cabeza.

—No estoy tan seguro, pero gracias por tus palabras. Lo mismo pienso de ti, por cierto.

—Quizá, pero no quieres salir conmigo.

Esta vez, Sigfrid debió negar con cierto pesar.

Hasta hacía un par de años, el rubio se habría zafado de una situación semejante negando cualquier implicación de sus actos de la noche pasada, echando toda la culpa al alcohol ingerido, pero había llegado a la conclusión de que no ganaba nada con ello. En cuanto se percató de sus preferencias, simplemente reflexionó profundamente al respecto y terminó aceptándolas, aunque como bien le dijera a Henrik Steen más temprano, no iba buscando una relación cada vez que salía. Cuando había surgido el tema con su hermana, una de las tantas noches en que podían quedarse hablando hasta quedarse dormidos, se lo había confesado sin darle demasiada importancia, pero Brunhild casi lloró al oírlo, alegando que no defraudaría su confianza y que ella no se lo diría a nadie si él así no lo quería. Sigfrid no tuvo que quebrarse la cabeza para saber la razón tras sus palabras y se limitó a asentir. Hasta la fecha, él mismo se lo había dicho a su madrastra y Brunhild se lo transmitió a su parabatai, pero a nadie más.

Oslo podía ser la capital de un país muy abierto a la diversidad sexual, pero Sigfrid bien sabía que los cazadores de sombras eran, casi literalmente, una nación aparte.

—¿No quieres salir conmigo por…? Harald podría estar en contra, ¿es por eso?

—No. Es decir, no solamente por eso. Mi padre es un factor, pero no el más importante.

—¿Entonces?

—No creo que sea correcto el iniciar una relación basándome solo en un suceso que ni siquiera puedo recordar. Ambos nos merecemos algo mejor que eso.

Tras unos segundos, Lars pudo recuperarse del asombro y sonreír.

—Qué forma de decirme que no te gusto.

—Lars…

—No, está bien. Siempre he admirado lo serio y honesto que eres. Si llego a gustarle a alguien, espero que sea un poco como tú.

Sin esperar respuesta, Lars se puso de pie y le dio un par de palmadas en un hombro, dejando un de billetes en la mesa y la mitad del contenido de su taza de café. Mientras se iba, Sigfrid lo observó con vaguedad, preguntándose por qué no podía gustarle Lars, cuando era verdad que lo consideraba un buen partido. Supuso que la respuesta estaba en eso que Brunhild llamaba «chispa»: era algo más que lo físico lo que te llamaba a estar con una persona, a querer conocerla en todos sus aspectos y a ponerla por sobre cualquier otra.

Increíble, pero quería creer en la perspectiva de su hermana, quien hasta la fecha solo se había enamorado una vez.

—¡Vaya, vaya! ¿Terminaste con tu novia, Sigfrid?

El rubio frunció el ceño y para evitar responder, bebió un sorbo de su capuchino. Sin embargo, la otra persona se sentó en la silla que antes ocupara Lars, apoderándose de la taza que éste había dejado.

—No finjas que no sabes de qué hablo, ¿quieres?

—No finjo. Realmente no sé de qué hablas, Riger.

Delante de Sigfrid, se hallaba un joven de revuelto cabello rubio cenizo, quien arqueó una ceja de forma que cualquiera encontraría encantadora, pero siendo su dueño tan desagradable…

A veces se preguntaba si de verdad Riger era un Askeblod, porque su abuelo no era como él en absoluto y esperaba que su madre tampoco lo hubiera sido.

—¿Desde cuándo te relacionas con gente como Lars? —el tono en el que Riger pronunció el nombre de su anterior acompañante, hizo que Sigfrid sintiera cierta repulsión.

—Supongo que desde el mismo instante en que tú te relacionas conmigo.

Riger, en ese momento, lo miró con evidente confusión. Sigfrid, agradeciendo que el otro no pudiera captar frases como aquella a la primera, aprovechó para ponerse de pie, tomando en el proceso el dinero que Lars dejara en la mesa.

—Con tu permiso, tengo cosas más importantes qué hacer. Gracias por la bebida.

—¿Gracias por…? ¿De qué hablas?

Sigfrid esperó hasta darle la espalda para sonreír con cierta picardía, saliendo del sitio lo más pronto posible. Conociendo a Riger, su treta daría resultado.

Cinco minutos después, pasando delante del café en su auto, Sigfrid se permitió unas risas.

Un malhumorado mesero no dejaba ir a Riger mientras agitaba un papel delante de su cara.

—&—

—¡Sigfrid! ¡Quiero hablar contigo!

Las chicas y el nombrado iban entrando al Instituto, recién terminando una sesión de entrenamiento, cuando el llamado los tomó a los tres por sorpresa.

—¿Ahora qué cree que hiciste? —espetó Astrid por lo bajo.

—Ni idea. Iré a ver qué quiere. Las veo en el comedor.

Astrid asintió y se llevó a Brunhild jalándola de un brazo, lo cual Sigfrid agradeció. Si su padre iba a lanzar algún sermón, que fuera solo a uno de ellos.

Harald Sølvtorden era un cazador de sombras «de la vieja escuela», como a veces decía Astrid. Usaba el cabello castaño muy corto y su complexión daba a entender que años atrás, sin misiones de por medio, el entrenamiento físico era su principal ocupación, por lo cual era extraño que acabara formando una familia, o al menos, eso decían algunos de los adultos con los cuales Sigfrid había convivido. Lo poco que algunos estaban dispuestos a recordar de la juventud de Harald, era que se veía genuinamente enamorado de su esposa, pero tras los sucesos de la Guerra Oscura, el Instituto de Oslo no fue lo único que quedó destrozado por todas partes, sino también el corazón de Harald, que poco o nada toleraba el oír nombrar a Freya.

Cuando lo vio avanzar por el pasillo a paso rápido, con los puños a sus costados bien apretados, Sigfrid supo que el asunto no iría bien.

—En nombre del Ángel, ¿qué es lo que pasó contigo?

La brusca frase hizo que el rubio frunciera el ceño, sin comprender.

—Padre, ¿sucedió algo? —se decidió a preguntar.

—¡Al despacho, ahora! Heimdall y Barbara nos están esperando.

A continuación, Harald dio media vuelta y Sigfrid no tuvo más remedio que seguirlo. Si tenía que ver a su madrastra y al director del Instituto, debía ser algo serio.

Sin embargo, al entrar al despacho, la mirada aguada de Barbara le hizo sospechar a Sigfrid que las cosas no eran precisamente de índole oficial.

—Harald… —llamó Barbara.

—¡No empieces, primero hablaré yo!

—Harald, no tienes por qué hablarle así a tu mujer —advirtió Heimdall.

Sigfrid agradeció que el abuelo dijera eso, porque de hacerlo él, su padre lo habría ignorado. Harald, tras echarle un vistazo a Heimdall, inhaló profundamente, pero eso solo pareció darle más ímpetu, porque se giró hacia su hijo con el desagrado bien marcado en la cara.

—¿Me quieres explicar qué es lo que pasó en el Nobel's anoche?

—Lo que pasó en el… Las chicas y yo fuimos a pasar el rato. Les avisamos, ¿no?

—¿Pasar el rato? ¿Le llamas así a lo que hiciste?

A Sigfrid no le gustaba el rumbo que estaba tomando la conversación, no en ese tono. Por el rabillo del ojo, notó que Barbara apretaba los labios, comenzando a lucir más molesta que angustiada. Luego, se percató de que su abuelo arrugaba la frente con cierto disgusto.

—¿Exactamente qué me estás reclamando, padre? Admito que las chicas y yo bebimos de más, pero fuera de eso…

—¿Y tu asqueroso espectáculo con el chico de los Stenvej?

—¿Con Lars? No me acuerdo.

No mentía, pero Sigfrid supo que su padre no aceptaría esa excusa, lo cual se confirmó cuando vio que hacía una mueca muy desagradable.

—¿Acaso eso no eres un cazador de sombras decente? ¿Desde cuándo bebes tanto?

—Padre, nunca había bebido tanto antes.

—Ah, entonces lo que hiciste, fue porque estabas borracho.

—Posiblemente, pero si quisieras aclararme de qué hablas, tal vez podría…

Heimdall carraspeó, llamando así la atención sobre su persona.

—¡No intentes librarlo de esto, Heimdall! —exigió Harald.

—No es eso. Solo es conveniente que él mismo aclare lo sucedido. Sabes bien que Riger es demasiado parlanchín para su propio bien, no sé cómo Freyr ha dejado que se vuelva así…

Bien, pensó Sigfrid con amargura. Ahí estaba la venganza de Riger.

—Oigan, si Riger vino a quejarse por lo del café…

—¿Qué, que lo dejaste con una cuenta que no era suya, sino tuya y de tu pareja, el chico de los Stenvej? ¿Eso es lo que ibas a decir? Porque sabes perfectamente que…

—En primera, todos sabemos que a Riger le gusta dejar en mal a los demás, solo porque puede. En segunda, lo dejé con la cuenta por hacer comentarios inapropiados, si me ordenan que le pague, lo haré. Y en tercera, Lars no es mi pareja, ¿de dónde sacaron eso?

—Lo de anoche, ¿qué fue entonces, un experimento?

—Estuve hoy con Lars para aclarar eso, padre. Estaba un poco ofendido…

—¿Solo un poco?

—Sí, eso me dijo. No creo que mintiera al respecto. Lo hablamos y estamos en paz.

—¿Sabes tú que ese chico no es normal?

—¿Normal? —Sigfrid dejó escapar una risa amarga, no le sorprendía que su padre dijera esas cosas—. Padre, ¿quién en este mundo es completamente normal? Estoy comprendiendo que no te preocupa mi reputación, o la de Lars, sino la tuya. No quieres que digan de ti algunas de las cosas más crueles que he oído cuando hablan de Arne y Hildegard, ¿verdad?

Nombrar a los padres de Lars, pensó, tal vez no era una jugada muy inteligente, a juzgar por cómo su padre y su abuelo intercambiaban miradas.

—Si tanto quieren saberlo —comenzó, sintiendo que no iban a ninguna parte y que más valía aclarar las cosas de una vez—, no, Lars y yo no estamos saliendo, pero en el remoto caso de que fuera así, se los habría comunicado. No es mi intención tener una relación sentimental a espaldas de nadie, sobre todo porque acabo de confirmar cuál sería su reacción si se enteraran de ella por terceros.

—Sigfrid…

—¿Qué, padre? ¿Qué parte no estás comprendiendo? ¿Lo de no salir con Lars o lo de no tener yo inconveniente en llegar a salir con Lars?

—Fridden… —llamó Barbara, en tono de advertencia.

—No te preocupes, Barb, no es que sea algo malo, ¿verdad? —el rubio se encogió de hombros, antes de dejar caer la bomba—. Padre, sí, besé a un chico, estando completamente borracho, en un bar subterráneo lleno hasta reventar, pero debo aclarar que, en un futuro, quizá se repita una situación similar, aunque no con tanto público y sí en mis cinco sentidos.

—¡Sigfrid! ¿Cómo te atreves a…?

—Te lo estoy dejando en claro ahora, padre, porque no quiero que te tome por sorpresa ningún rumor que llegara a tus oídos, aunque preferiría que esperaras a escuchar mi versión antes de enfadarte. Considerando las circunstancias, el que me vaya todo un año descompone los planes que seguramente tenías para mí, porque podría estar fuera de tu vista siendo tan anormal como ves a Lars.

—¡Muchacho irrespetuoso! ¿Crees que voy a dejarte ir así, sin más? Te prohíbo que…

—Harald, no puedes prohibirle nada —apuntó Barbara con inesperado aplomo, mirando a su esposo como si de pronto, se lo hubieran cambiado por un demonio especialmente horrendo—. Es mayor de edad. Puede irse si quiere e incluso no volver. ¿Realmente quieres eso, que no vuelva, solo porque no es como tú quieres?

—¡Como yo quiero! ¿Acaso lo estás oyendo? ¡Prácticamente me ha echado en cara que es como el chico de los Stenvej!

—Gay, papá. Lars es gay y yo también lo soy. Puedes decirlo, no es una blasfemia ni una grosería, solo un hecho.

—¿Estás…? —Heimdall se había puesto pálido, para preocupación de Sigfrid: el hombre ya no era tan sano como en su juventud—. Sigfrid, si es una broma, no es nada divertida.

El aludido volvió a reírse, esta vez con cierto desaliento. ¿Por qué no estaba sorprendido?

—Abuelo, ¿me crees capaz de bromear con algo semejante? ¿En serio? Empezaré a dudar que me conozcan realmente. Ahora, si lo de Lars es lo único que querían aclarar…

—Te prohíbo terminantemente hacer lo que te venga en gana.

Sigfrid, que había dado media vuelta para irse, respiró hondo antes de mirar a su padre por encima del hombro. No reconocía en aquel hombre furibundo a quien le hablara con una sonrisa melancólica de su madre, ni a quien le enseñara a manejar el mazo y los cuchillos serafines, ni siquiera al que los regañaba, a él y a Brunhild, conteniendo una sonrisa ante sus travesuras.

—El problema, padre, es que no es algo que me da la gana. Esto es lo que soy y si de verdad me quieres, hallarás el modo de aceptarlo.

Antes de escuchar algo más, Sigfrid abandonó el despacho y solo cerrando la puerta tras de sí, se permitió un suspiro lleno de pesar.

Sabía que ese día llegaría, pero no creyó que sería así.

—&—

Después de aquel día, Sigfrid no vivió tranquilo en absoluto.

Lo peor de todo es que no tenía a nadie con quién hablarlo.

Conforme se acercaba el cumpleaños de Astrid y con ello, su partida a Londres, el rubio vio a las chicas ocupándose de sus asuntos, así como entrenando con más ganas en sus maniobras de parabatai, por lo cual las dejaba por su cuenta, a menos que ellas le pidieran ayuda (como cubrir lo que Astrid hizo por su hermanita mundana, eso fue una locura). Barbara, tal como había supuesto, se dividía entre los chicos y sus tareas en el Instituto, que incluían ser la instructora de los niños que estaban por ir a la Academia o recibir enseñanzas más especializadas. Por otro lado, su abuelo no había dado señas de odiarlo, pero percibía cierta frialdad de su parte, creando un muro que Heimdall Askeblod usaría para no tenerse que acercar a él más de la cuenta.

Se planteó un par de veces hablar con Lars al respecto, pero pensó que eso le traería más problemas que soluciones. Era cierto que, por parte de Lars, las cosas seguían igual entre ambos, pero no era tan cínico como para agobiarlo en aquellos días, que trataba por todos los medios de olvidarse del desliz de ambos en el Nobel's.

Quizá el estar a veces tan sumido en la nueva situación, hizo que Sigfrid se pusiera un poco arisco con todos, incluso con las chicas. Había ocasiones en que, queriendo romper aquel ambiente tan tenso, se le escapaban frases irónicas y un tanto arrogantes con quien no correspondía, cuando él no solía hablar así, ni le gustaba hacerlo. Eran contados los casos, pero los suficientes como para darse cuenta que, en su interior, estaba dejando de actuar según lo que se esperaba de él, dejándose llevar por parte de sus revueltos sentimientos, esos a los que pocos prestaban atención.

Lo único que le dolía era que no fuera su propio padre quien quisiera entenderlo.

—¿No deberías estar en el Instituto, Sølvtorden? Mañana es su gran día.

Aquella noche en el Nobel's, las mesas estaban a la mitad de su capacidad, pero el bullicio era el suficiente como para que pocos se fijaran en que Henrik Steen se sentaba a beberse un tarro de su mejor cerveza con un solitario cazador de sombras.

—¿De qué hablas? —quiso saber Sigfrid.

Henrik sonrió suavemente, antes de bajar un poco la voz e indicar.

—Brunnie me lo comentó, que se van mañana.

—Sí, es cierto.

Sigfrid dio entonces otro trago a su tarro. Claro, debió saber que Brunhild se despediría de Henrik diciéndole cuándo partía, aunque él mismo no acababa de creerse que permitiera dicha despedida, considerando las circunstancias.

—Dime que Hildie se fue contenta al día siguiente —pidió de golpe.

Casi rió cuando Henrik se sonrojó exageradamente, moviendo los ojos en todas direcciones para asegurarse de que nadie se diera cuenta.

—Sé que le prestaste el auto aquella noche, pero… ¿Por qué no eres un hermano normal?

—No comprendo a qué te refieres.

—Cualquier otro hermano varón pelearía por algo sobre «el honor de su hermanita».

—Suerte que Hildie no es mi hermanita, ¿verdad?

—Espera, ¿qué? —Henrik frunció el ceño, confuso.

—Ella es la mayor, Steen. Por un minuto, más o menos, pero lo es.

—¡No es cierto!

Cuando Sigfrid asintió, Henrik contuvo una carcajada.

—Al menos eso explica por qué se preocupa tanto por ti.

—¿Eso hace?

—¡Claro que sí! Cada vez que te mencionó en los últimos días… Lo siento, quizá no debería haber dicho eso. No es que te esté reclamando…

Sigfrid sacudió la cabeza, dejando en claro que no había problema.

—Es solo que, aunque no sirva de mucho, quiero que sepas que ella no se olvida de ti estando conmigo y nunca le pediría algo así. Sé cuánto le importas y que el sentimiento es mutuo.

—Steen, suenas como si supieras de lo que hablas. ¿Tienes hermanos?

Cuando Henrik negó con la cabeza, Sigfrid frunció el ceño. La expresión del otro era melancólica, del tipo que ponía Astrid al recordar a su familia mundana.

—Ahora ya no —explicó Steen, antes de carraspear y explicarse—. Fue una combinación muy mala de circunstancias la de julio de dos mil once. Mis padres trabajaban en el distrito gubernamental y mi hermana mayor había ido al campamento de Utøya.

Al principio, Sigfrid no comprendió de qué hablaba Henrik y debido a la expresión de éste, temía preguntar, pero luego la luz se hizo en su memoria y se quedó de piedra.

Brunhild y él siempre habían sentido curiosidad por la cultura mundana, por eso había iniciado su amistad con Astrid en cuanto ella llegó al Instituto. Precisamente el primer mes de julio que la joven pasó allí, pidió permiso para salir, pero su abuelo se lo negó cuando ella no especificó a dónde iba ni qué quería hacer. Frustrada y dolida, Astrid iba a salir de todas formas, cuando Brunhild se apuntó a acompañarla y Sigfrid, temiendo por lo que pudiera pasarles, también se unió. No fue sino hasta estar en el centro de la ciudad, que Astrid musitó que iban a un memorial, describiendo de manera nerviosa y apresurada el horrible suceso que había pasado allí, con una terrible explosión, en el cual habían muerto su abuela y uno de sus tíos. Con el paso de los años, Astrid les mostró las noticias mundanas al respecto, donde también se mencionaba un tiroteo en una isla, contra chicos que habían ido de campamento, lo cual solía llenarlo de pena, pensando que los mundanos también tenían demonios contra los cuales combatir.

Era la primera vez que estaba con alguien, aparte de Astrid, directamente relacionado con aquellos eventos y se le hizo un nudo en la garganta.

—Lo lamento mucho —musitó, inclinando la cabeza—. Astrid… Ella nos ha contado de eso.

—Lo sé, Brunnie me lo contó. Creo que por eso nuestra historia es curiosa.

—¿Qué quieres decir?

—¿Nunca te ha contado cómo nos conocimos?

—No, pensé que había sido aquí, una de las veces que no vine con ella.

—No exactamente. Fue en el memorial del centro, el año pasado. Yo había llevado una corona de flores demasiado grande, no veía bien por dónde iba y casi me caigo, de no ser por Brunnie. Se separaron entonces, ¿no?

—Sí, me preocupé porque no respondía los mensajes.

—Estaba conmigo. Dijo que no le importaba ayudarme un rato y pensé que… Bueno, tal vez suene absurdo o insensible, pero por una vez agradecí estar allí, recordando a mis muertos y haciendo el ridículo con aquel arreglo enorme, si con eso había conocido a una chica tan guapa. Lamenté mucho que quizá no volviera a verla, hasta que me fijé en sus manos. Fue solo un destello, pero estaba tan seguro de haber visto su runa del ojo…

—¿La runa de Clarividencia? Pero… Llevábamos un glamour encima, uno fuerte.

—Quizá por eso la vi un momento nada más y luego pensé que había sido mi imaginación. En aquel entonces, apenas llevaba unos meses trabajando aquí, así que sabía lo que significaba que una persona llevara eso en una mano, pero como son pocos los suyos que se mezclan con mundanos, creí que mi Visión se había equivocado por una vez. No iba a pedirle ninguno de sus datos a Brunnie, pensé que no me los daría si lo hacía, pero ella fue muy amable conmigo, así que decidí arriesgarme igual. Ella al principio se sorprendió, ¿has visto cómo abre los ojos cuando algo la toma desprevenida? Era como si nunca un chico le hubiera pedido su número.

—¿En aquel entonces? No, nunca. Hildie es… —Sigfrid hizo una mueca, no muy contento de lo que estaba a punto de decir, pero pensó que Henrik lo comprendería—, según muchos de los nuestros, Hildie no es «adecuada», lo que sea que eso signifique. Temo que esa opinión se acentuara cuando ella y Astrid se hicieron parabatai.

—No entiendo los estándares de los tuyos, francamente.

—Ni siquiera lo intentes. A veces yo mismo no los entiendo.

Henrik dio una cabezada, en señal de comprensión.

—Entonces, ¿así empezaron a salir? ¿Te dio su número y…?

—En realidad, no me lo dio ese día. Pensé que no le gustaba, porque preguntó si no le importaba que ella anotara mi número y mejor esperara su mensaje. Acepté, jurando que aquello sería todo, cuando vio los mensajes de ustedes, me imagino, porque se preocupó y dijo que tenía que irse. Me prestó su teléfono para que guardara mi número en la agenda y vi… Tenía de fondo de pantalla una foto contigo, así que me pregunté qué estaba haciendo, si esa chica ya tenía a alguien, pero enseguida me dije que nada perdía, así que nos despedimos y no supe de ella hasta un par de semanas después, preguntándome si todavía quería que nos viéramos. Respondí que sí antes siquiera de pararme a pensarlo y lo demás es historia.

—Un momento, ¿pensaste por la foto que yo salía con Hildie?

—Sí, lo siento. La vi solo un momento y no noté el parecido entonces. Fue ella la que, en nuestra primera cita, me habló de su familia y me enseñó fotos. Confieso que me sentí aliviado al saber que eras su hermano. Habría sido difícil competir contra alguien como tú.

—¿Competir?

—Las chicas prefieren a los que son como tú, no sé si lo hayas notado. Eres atractivo, centrado y bueno en lo que haces. En aquel entonces, yo no sentía que fuera nada de eso.

—Pero… Steen, ¿qué dices de este lugar? Fuiste tú quien lo convirtió en el sitio subterráneo más popular de Oslo. La gente te aprecia y te respeta. No necesitas competir por una chica.

Henrik negó con la cabeza suavemente y Sigfrid sintió que se estaba perdiendo de algo.

—Brunnie no te lo ha contado —dijo, en tono de afirmación.

—¿Contarme qué?

—No siempre me vi como ella lo hacía, como tú y los demás lo hacen ahora.

—¿A qué te refieres?

—Hasta hace unos años, se me consideraba mentalmente incapaz.

—¿Qué? —a Sigfrid el término no le sonaba de nada, pero no le gustó en absoluto.

—No es una historia agradable, así que te daré la versión corta. Cuando era niño y dije ver cosas que para los demás no existían, mi padre creyó que estaba loco y que lo más indicado era darme tratamiento psiquiátrico. ¿Sabes qué es eso?

—Es… Bueno, Astrid lo describió como «curación de la mente», ¿es correcto?

—Esencialmente. Solo que mi padre eligió internarme en un hospital a las afueras. No volví a ver a mi familia desde entonces, por más que fingí que la medicación que me daban me había curado. Después me enteré que mis padres se declararon no aptos para encargarse de mí.

—¿Eso qué significa?

—Legalmente, ya no tenía familia, así que permanecí en el hospital hasta que cumplí quince. Luego, me trasladaron a un hogar temporal que dejé en cuanto cumplí los dieciocho. Tardé meses en convencer al Estado de que no tenía ningún problema, con lo cual me dieron un montón de dinero, como indemnización por todos los años que recibí un tratamiento innecesario, y una buena parte lo usé para cuando pusieron a la venta el Nobel's.

—Eso es… ¿Cómo pudo pasar algo así? —Sigfrid estaba horrorizado.

—Nadie se preocupa por un niño demente. Nunca creían lo que decía y tampoco era considerado útil, pero era lo suficiente estable como para ir a la escuela, así que me esforcé, saqué buenas notas e hice una carrera técnica. Lo malo era que no querían darme trabajo cuando indagaban acerca de mi familia y mis anteriores viviendas. Supe lo que era la Visión un día que, harto de casi todo, entré aquí. Empecé a creer que sí estaba loco, veía cosas raras en todos, hasta que Siggi me atendió y preguntó si era mi primera vez en el lugar. Me indicó que estaría bien, que nadie le haría daño a un mundano y entonces empecé a hacer un montón de preguntas.

—Por el Ángel, Steen, de no ser por… Si la Clave hubiera buscado mejor…

Sigfrid se mordió la lengua. Era evidente que Henrik, en su juventud, habría sido un buen candidato a la Ascensión, pero para eso habrían tenido que encontrarlo y, por lo que contaba, debió vivir tan aislado que nunca llamó la atención de nadie en el Mundo de las Sombras.

—Pude haber ido a su Academia, ¿eso ibas a decir?

—Yo… Sí, lo siento.

—No te disculpes. Es la verdad. Brunnie también me lo dijo.

—Nos habría encantado tenerte de compañero, aunque pelearas con Astrid todo el tiempo.

—¿De verdad? Recuérdame comentárselo a Trueblood, le encantará.

Sigfrid meneó la cabeza, ligeramente divertido, pero pronto la seriedad volvió a él.

—¿No lo odiaste? —inquirió con cierta cautela—. A tu padre, quiero decir.

—Me enojé mucho, no voy a negarlo. Sentía que me había desechado porque era defectuoso. Por mucho tiempo, pensé que no servía para nada. Los niños son sensibles, debes tener cuidado con ellos, sin importar lo diferentes que puedan ser. Yo… Lucho con eso a diario, ¿sabes? Me digo todas las mañanas que no estoy loco, que soy buena persona y que no soy un inútil. Hay días en que apenas funciona, pero ahora tengo a otros que también lo dicen, así que me obligo a creerlo. Brunnie se molesta muchísimo cuando insinúo que no sirvo, ya debes imaginarlo.

—¡Tiene razón! —aseguró Sigfrid en el acto—. Hildie es del tipo de persona que prefiere conocer primero a la gente antes de juzgarla. Tú… A ti te adora, se le nota. Si no fuera así y si tú no fueras bueno con ella, ¿crees que me habría quedado tranquilo cuando me dijo que salía con un mundano? —sacudió la cabeza—. Estrictamente hablando, la Clave se ha abierto más y no prohíbe lo suyo, pero también es un hecho que las parejas fuera de lo común no las ve con buenos ojos. ¡Por el Ángel! Muchos a estas alturas siguen en contra de los homosexuales, te aseguro que no quieres oír lo que dicen de algunos en Alacante, aunque nuestro Emisario sea uno…

—Alacante… Es su ciudad, ¿no? Y el Emisario… Lo he oído nombrar. Es el que hace de enlace entre subterráneos y cazadores de sombras.

—Sí, él. Es un maldito héroe de guerra, pero aún hay gente a la que no le agrada.

—Te afecta directamente, ¿cierto? Por eso te ves tan alterado.

—Lo estoy. ¿Hildie te contó cómo están las cosas en casa? ¿Sobre lo que yo hice?

—Sí. Lamento que no saliera del todo bien.

—Igual yo. A veces pienso en no volver al Instituto cuando acabe el aprendizaje, pero ¿a quién le serviría? Mi vida está aquí y si Hildie y Astrid vuelven, yo también lo haré.

—Brunnie quiere que seas feliz. Lo sabes, ¿verdad? Si no quisieras regresar, por la razón que fuera, ella lo entendería. Lo mismo piensa Trueblood, o al menos eso creo.

—Lo sé, pero… ¿Sonará extraño si digo que ellas son mi ancla? Son… Si no fuera por ellas, hace mucho que me sentiría…

Sigfrid hizo un gesto de mano, intentando abarcar su entorno con vaguedad, no muy seguro de que Henrik lo entendiera. No tenía por qué, solo era el hermano de su novia, pero ¿de verdad era eso? ¿Le habría hablado de su pasado si no lo considerara de confianza?

—Si algo he aprendido, Sølvtorden, es que tu felicidad no debe depender de otros, por mucho que los ames. No digo que olvides a las chicas, mucho menos que las abandones, pero que ellas no determinen todas tus acciones. A la larga, ninguno de los tres será feliz.

—Gracias, Steen. Disculpa por agobiarte.

—No te preocupes. Pensé… Bueno, creí que quizá, ayudaría en algo que supieras que no eres el único que se siente fuera de lugar alguna vez. Digamos que es mi agradecimiento.

—¿Agradecimiento? ¿Por qué?

Henrik le dedicó una sonrisa y Sigfrid, no por primera vez, creyó entender por qué Beunhild quería tanto a ese hombre.

—Eres el amado hermano de Brunnie y me has aceptado. ¿No debería estar agradecido?

Sigfrid asintió y pasó el resto de la noche meditando una nueva idea.

Confiaría en que su vida iba a mejorar, de una forma u otra, aunque fuera lejos de Oslo y de la vida que, hasta la fecha, era lo único que conocía.