Advertencias: Se menciona la muerte de algunos personajes, nada serio….Ah! y un poco de Non-con, o Dub-con, XD, véanlo como prefieran…No se si advertir sobre Lemon, porque, realmente no hay nada muy explicito ._., pero igual vayan con cuidado x3
=CAPITULO 3=
La batalla se alargo por mucho. Sin embargo, ya había salido un obvio ganador.
Aun así, Kanon no se rendía, seguía luchando con sus últimas fuerzas. Y el llanto en el cosmos de Athena, aumentaba con cada minuto que duraba la batalla.
Provocando que los propios ojos de Saga, se vieran anegado por lágrimas, que logró mantener bajo control, observando todo desde la distancia, sintiendo a la desesperación crecer en su ser. Temía por la vida de Kanon, pero también temía por la vida de los jóvenes que luchaban por Athena. No quería que ninguna se perdiera, pero, la decisión la debía tomar el mismo Kanon.
No pudo resistir más, y acudió a la conexión única que compartía con su hermano, apelando a su sangre para convencer a aquel, de desistir en su tonta lucha contra la diosa Athena. Esperando hacerlo entrar en razón.
"¡Detente, Kanon!", suplicó Saga, trasmitiendo la preocupación que tenía por su gemelo, queriendo mostrarle la realidad que el menor tanto se esforzaba por negar. "Esta guerra, es una que ya perdió Ares, ¿no lo entiendes?"
"¡Saga! ¡Tú más que nadie deberías conocer lo que siento!", expresó Kanon con molestia, amenazando con abandonar aquella platica, sabiéndose distraído. No paso desapercibido para el mayor, el hecho de que, Kanon reconocía en cierta medida, la difícil situación.
"Lo se", respondió el gemelo, tratando de impregnar sus pensamientos con convicción y amor hacia el otro, dejando entrever, su miedo a perderlo. "Por eso mismo, debes detenerte. ¡Eres el caballero de Géminis, tu deber es proteger a Athena, no dañarla! ¡Muéstrale a Ares lo que realmente vales!"
A Saga le hubiera gustado decirle más a su hermano. Decirle lo mucho que lo quería. Que no estaba resentido por lo que él había hecho. Por el daño que los dos habían hecho. Sin embargo, Ares se lo impidió, al ser atacado por el cosmos de este, llenándolo de agonía.
"¡Saga!", fue lo último que escuchó de su hermano, antes de verse aislado, sobrepasado por el cosmos del dios, que no dudaba en dejar sentir su ira, ante la insolencia cometida por el caballero de Géminis.
"No te permito que interrumpas antes de tiempo, Saga", dijo el pelinegro, por medio de su cosmos, liberando al gemelo de su tortura, cayendo agotado al piso, respirando agitadamente, aun agobiado por el dolor que lo había invadido instantes atrás.. "Si lo vuelves a hacer, me veré en la necesidad de castigarte antes de tiempo…y así, créeme que no serás capaz de ver como tu amado Santuario cae por fin bajo mi poder", esa pequeña tortura, sólo había sido una promesa, y una advertencia, si se le ocurría empeorar más las cosas, a favor de la diosa virgen.
El peliazul, no se atrevió a contestar. No quería enfrentarlo todavía. Debía vigilar a sus hermanos. Aun así, no dejaba de sentir impotencia, al saber que no podía intervenir a favor de su diosa, y por ende, en protección de los caballeros dorados.
No podía hacer mucho.
Como siempre.
Se lo comprobó cierto, la repentina ausencia del cosmos de su hermano. Su mente gritando por la falta de su otra mitad, mientras su corazón se negaba a aceptar la soledad que comenzaba a invadirle. Su dolor físico, se mezclo con uno peor, un dolor que venía desde lo profundo de su alma. Algunas lágrimas sobrepasaron a su deseo de lucir fuerte, aun así, se prometió que no lloraría. Aun no lo haría. No por ello, dejaba de doler menos.
Se obligo a concentrarse en los fieles guerreros de Athena que atravesaban Géminis sin dificultad, recordándose que aun había cosas que hacer.
Pero la verdad que llegó a él, le impedía concentrarse del todo.
Porque, al final, habían sido pocas las vidas que había logrado salvar.
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La indignación de los jóvenes caballeros de oro era palpable en el aire.
Sin embargo, ninguno se atrevía a decir nada. Contradecir a Aioros, equivalía a contradecir a la diosa. Una falta que ninguno quería cometer.
Saga ni siquiera se atrevía a respirar de manera muy notoria. Temía que aquello mostrara su verdadero sentir, y el conocimiento que poseía con respecto a la situación actual.
Lo que el Patriarca se encontraba haciendo, era fácilmente tachable de locura. Ares lo sabía. Pero necesitaba probar los límites de su poder. Aun así, para ese entonces, debería saber que su mentira era tan profunda, que su poder ya no encontraría resistencia.
Los jóvenes caballeros dorados habían pasado tanto tiempo fuera del Santuario, que les sería imposible diferenciar como eran las cosas cuando Shion era Patriarca, y con la situación actual, con Aioros como Patriarca. Y los únicos que recordaban las diferencias, guardaban silencio, ya fuera porque no estaban presentes, o porque no les convenía.
"Entonces, mandaremos a un grupo de 6 caballeros de bronce a enfrentar la situación en la isla de Patmos", sentenció Aioros, dando por terminada la junta, levantándose de su asiento para asegurar que ninguna queja saliera después.
Eso no evitó que algunos no dudarán en expresar su inconformidad, después de su partida.
"¡Esto es inaudito!", se quejó Milo de Escorpio, mientras se acercaba a un grupo de caballeros dorados, formado por Camus, Aioria y Aldebarán.
"Mandar a un grupo tan reducido de caballeros de bronce, a enfrentar un grupo indeterminado de bersekers de Ares es suicidio", apoyó Aldebarán, ganando asentimientos de cabeza de parte de sus compañeros.
"No importa que tan débil se crea al enemigo, nunca esta de más, mandar a alguien experimentado al campo de batalla", agregó el siempre elocuente Camus. No lo hacia por subestimar a un caballero de bronce. Sin embargo, siempre ayudaba al autoestima de los guerreros, sobre todo si van en grupos, llevar a alguien de un rango más alto.
Ninguno se atrevió a agregar más. Sabían que estaba mal. Sabían que estaban mandando a una posible muerte a sus compañeros, sin embargo, la culpa los embargaba, porque, antes que nada, sabían que ninguno de ellos había hecho algo para evitarlo.
Saga los observó de lejos, siendo aun capaz de escuchar su platica. Sus maestros los habían entrenado bien. Cada uno de ellos reflejaban en su cosmos, todo lo que un verdadero caballero de Athena debía ser. Recordándole lo que él no era.
Un par de ojos, tan parecido a los de Aioros, se fijaron en los suyos, sacándolo de sus cavilaciones y removiendo recuerdos en Saga, que se le figuraban lejanos, y como si pertenecieran a alguien más.
El grupo de guerreros no tardo en desintegrarse, sin embargo, Saga y Aioria permanecieron clavados en su lugar, esperando a que el otro actuara.
Al final, fue Aioria quien se acercó al mayor, un tanto intimidado por la nostalgia que mostraba la mirada contraria, viéndolo a él, pero a la vez, viendo, quizás, un recuerdo del pasado.
"¿Puedo hablar contigo, Saga?", preguntó tímido, el caballero de Leo, recibiendo un asentimiento de parte del gemelo, quien guió el camino, dirigiéndose al área que el Géminis usaba para realizar su trabajo.
Era una modesta habitación, que contaba con una gran ventana, un escritorio sencillo de madera, su superficie llena de papeles, pergaminos y plumas, dos sillas, y una cama individual en el rincón más apartado. Era obvio que Saga había pasado más de una noche allí, sin embargo, no había algo que mostrara a quien pertenecía el lugar.
Después que los dos se sentaron, Saga observó al otro, dándole la pauta para expresarse.
"¿De verdad no sabemos de cuantos bersekers se trata?", a Aioria le parecía extraño no contar con aquella vital información. Todo parecía muy sospechoso.
No era la primera vez que aparecía una misión como esta. Y pocas habían tenido resultados buenos para la orden. Actualmente, el numero de armaduras disponibles, superaba al numero de caballeros capaces de tomar aprendices. Tal parecía que Athena trataba de destruir a la orden misma.
Leo sabía que aquello era una blasfemia. El sólo pensar que Athena pudiese actuar así, lo hacia sentir un verdadero gusano. Aun así, una parte de si, no dejaba de dudar, ante los hechos que se estaban suscitando. Necesitaba que alguien le explicara, y le mostrara su error. Aioria quería que alguien le asegurará que todo estaba bien. Y, sino podía conseguir aquello de su hermano, esperaba que, el Géminis se apiadará de él.
Saga se permitió estudiar a Aioria por unos momentos antes de responder. Aquel se le figuraba tanto al viejo Aioros, que por si él fuera, lo tendría en aquel lugar todo el día, sólo para recordar que hubo un tiempo en que el Sagitario también se preocupaba por otros, y mostraba bondad en sus ojos. Un tiempo en que el castaño se preocupaba por la orden de Athena y no trataba de destruirla.
"Recuerda, no es Aioros… Aioros jamás haría eso", se tuvo que recordar Saga, arrepintiéndose de su línea de pensamientos, para después regresar a la realidad.
"El mensajero que el Santuario envió, fue incapaz de averiguar el numero del enemigo", explicó Saga. Sin embargo, él tenía acceso a otra fuente de información: la mente que se encontraba orquestando aquella terrible destrucción. "Pero, yo tampoco creo que un grupo de caballeros de bronce baste para enfrentar esta situación"
"¿Entonces, por qué permites que mi hermano actué así?", preguntó desconcertado el joven, dejando ver la ingenuidad de su edad, y la verdadera preocupación que sentía por su hermano.
"Athena misma dio la orden", se escuchó mintiendo Saga, y al momento, sintió como si una daga se clavara en su alma. Un pecado más. Y aun así, le pareció irónico con que facilidad podía mentir. Sólo debía extender su mentira, y cambiarlo en algo que pudiera usar a favor de sus compañeros.
"Ella es joven, e inexperta…Sin duda será una gran diosa…Y nosotros, somos sus soldado. Un soldado debe obedecer sin chistar", explicó Saga. La mirada de Aioria se entristeció de inmediato. El se había acercado al peliazul, esperando encontrar palabras más alentadoras, sin embargo, aquello lo había hecho sentir como si no tuviera voz ni voto en aquel lugar. "…Aun así, en ocasiones, un soldado, también debe saber cuando tiene que desobedecer una orden…", agregó Saga, logrando sorprender al joven que tenía delante de él.
"Entonces…"
"Aioria, quiero que vayas con el grupo de caballeros de bronce…", el enemigo no sería problema para un caballero de oro. Aioria estaría bien. "Yo responderé por ti delante de Athena…pero no permitas que otra vida sea sacrificada"
El castaño lo observó desconcertado. Por momentos, le pareció que había algo más, algo oscuro, detrás de la ultima petición de Saga. Pero decidió que no era el tiempo adecuado para pensar en ello. Después le preguntaría al gemelo. Por ahora, le tomaría la palabra.
"Gracias", dijo como despedida, para después abandonar la pequeña habitación.
Saga lo vio partir, sus últimas esperanzas puestas en él.
Hasta el momento, el caballero de Géminis había sido incapaz de proteger a sus compañeros de arma. Sólo podía ver como Ares organizaba batalla tras batalla, asegurando siempre la victoria de su ejercito.
Si Athena no lo había escogido a él, entonces, oraría para que otro de sus compañeros fuera él escogido. Se sentía mal por poner aquel peso en los más jóvenes, pero al menos, se aseguraría que la ira del dios no cayera sobre ellos.
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El peliazul fijó sus esmeraldas en el cuarto templo, al que recién llegaban los guerreros de la diosa.
Cerró los ojos, mientras se recordaba que él conocía a todos los jóvenes a los que se enfrentarían los caballeros de bronce.
A algunos los había visto, cuando aun eran muy pequeños, como Aioria, Milo, Shaka y Mu. A otros, los conoció un poco más grandes, como a Aldebarán y Camus. Y otros, habían sido en la edad justa, para considerarlos amigos. Death Mask, Afrodita y Shura entraban en aquella descripción.
Aquellos tres siempre habían visto en Saga y en Aioros, el ejemplo a seguir. Su modelo ideal de caballeros dorados.
¿Qué pensarían si supieran la triste realidad?
Shura estaría decepcionado, y tristeza le suena poco a lo que probablemente sentiría el otro.
Afrodita. No estaba seguro como reaccionaría aquel. Sus ideas sobre justicia distaban mucho de las de Saga, sin embargo, sabía que en el fondo, era un caballero de Athena. Probablemente entendería los motivos del peliazul.
Y Death Mask…Death Mask le había dejado en claro lo que opinaba, tiempo atrás.
Claro esta, no estaba cien por ciento enterado de todos los hechos que habían ocurrido antes de su llegada, pero si le había reclamado una vez a Saga un hecho.
¿Por qué se dejaba manipular tanto por Aioros?
El italiano le había asegurado a Saga, que él era más fuerte que el actual Patriarca. Que la situación debería ser al revés, y que, todos deberían estar obedeciendo las ordenes del gemelo.
En aquel momento, Saga no supo qué contestar. Después, sólo le causo gracia la ingenuidad del otro, impulsada por algún tipo de respeto, que obviamente, sentía por él.
Sin embargo, al pasar el tiempo, aquella pregunta persiguió a Saga por muchos años, hasta el día de hoy.
¿Por qué permitió que Ares lo manipulará tanto?
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Saga se encontraba cansado.
Suponía que debía ser normal, al dirigir un lugar tan grande como era el Santuario de Athena. Más si se tomaba en cuenta que no había nadie más apoyándolo. Realmente, era él quien debía apoyar al Patriarca, pero aquel siempre le dejaba el trabajo al peliazul, o al menos, el trabajo que no le agradaba.
Siempre que pudiera demostrar su poder, allí estaría. Si eran cosas mínimas y problemáticas, como asignar maestros, organizar guardias, vigilar las aldeas aledañas y administrar y repartir los alimentos y demás servicios, el dios se desentendía.
Aunque, había un segundo motivo para su sobrecarga de trabajo en ese día, específicamente.
Y en aquel momento, Saga tenía pensado hacerlo valer. Sin importar que tan cansado estuviera.
"Quiero ver a Aioros", exigió, al entrar a los aposentos del Patriarca.
Ares lo observó divertido desde su trono, mientras disfrutaba de una copa de vino. Sólo llevaba una túnica ligera. El estorboso casco que escondía su identidad, se encontraba descartado en una esquina de la habitación, dejando ver la fisonomía del arquero, manchada por sus ojos carmesí y su cabello azabache.
A esa hora, nadie lo molestaba. Ese era otro trabajo de Saga. Vigilar que su identidad se mantuviera oculta.
"¿No gustas una copa de vino, Saga?", invitó aquel, en falsa amabilidad, antes de tomar otro sorbo de su dorada copa. "Fue un regalo de Acuario, debo admitir que ese chico tiene buen gusto"
El caballero no respondió. Sabía que el pelinegro sólo buscaba desesperarlo, para tener un pretexto y negarle su petición. Así que, sólo se mantuvo firme, su rostro duro, no mostrando ninguna emoción, salvo su determinación por ver cumplida la promesa del otro.
Hacia ya varios meses, en un momento de locura de parte del dios (porque Saga no podía catalogarlo de otra forma, mucho menos, como amabilidad), aquel le había prometido que lo dejaría ver a Aioros, una vez al mes. En cada luna nueva, para ser más especifico.
Y si bien, el otro cumplía su promesa, Saga debía tener cuidado, ya que el caprichoso dios tendía a negar su solicitud, si el peliazul realizaba algo que fuera en contra de sus propósitos. Era su forma de castigar a Saga, pero de una manera mucho más cruel.
"Toma asiento, Saga, no muerdo", dijo sonriente el usurpador, ganando una mirada desdeñosa de parte del peliazul, aunque este trato de ocultarla lo mejor que pudo.
Al Géminis no le gustaban en lo más mínimo las insinuaciones del dios. Ya que, todo lo que Ares hacia era una burla. Le coqueteaba a Saga, como si el gemelo pudiera negarse a sus avances, cuando sabía bien que no era así. Lo trataba con amabilidad, cuando su cuerpo se encargaba de marcar y dañar el de Saga sin piedad. Y le dejaba ver a Aioros, haciéndole creer que aun había esperanza de salvarlo, cuando sabía perfectamente que no era así.
Aun así, se dirigió a la silla que el otro había señalado, tomando asiento y aceptando la copa que le había servido.
"Deberías descansar, te noto cansado", señaló el dios, como si se tratasen de viejos amigos. Nada más alejado de la realidad.
"No. Quiero verlo", se mantuvo firme el gemelo, no apartando su mirada de los rubíes que lo observaban con cierta molestia.
"Vaya…ahora me estas haciendo creer que no trabajas lo suficiente, Saga. Si aun te quedan tantas energías, quizás deba encontrar otra cosa que puedas hacer", amenazó el dios, dejando ver al otro lo poco que le agradaba su actitud.
Saga por momentos temió responder. Si el otro lo despedía, no habría poder humano que lo convenciera para dejarlo ver al Sagitario. Y aquello, ya no lo podría resistir.
Ares lo observo en silencio por unos minutos. Sabía que Saga haría cualquier cosa por ver a su amado. Siempre que Ares tuviera ese cuerpo, el gemelo jamás se negaría a sus dichos.
Por eso, no temió rechazo cuando expreso su siguiente orden.
"Ven aquí"
Saga levantó la vista, sorprendido, antes de que el verde de sus ojos se viera empañado por la angustia. Sin embargo, no se negó. Deposito con cuidado la copa en el piso, antes de avanzar los pocos pasos que lo separaban del dios, para después, hincarse en el piso, donde el otro le había indicado.
"Si te quedan tantas energías, estoy seguro que esto no significara ningún problema", comentó burlón el dios, permitiendo que Saga levantara su túnica. "Entre más rápido me complazcas, más rápido veras a tu amado", agregó, acariciando los añiles cabellos del otro con falsa dulzura, para después agarrarlos con fuerza, y obligar al otro a acercar su rostro a su órgano.
El Géminis cerró los ojos, antes de permitirse ser manipulado por el dios. Sólo esperaba terminar con ello para ver al arquero una vez más.
Pero también sabía que, al final, cualquier deseo que tuviera de ver a Aioros, moriría mientras su vergüenza y auto odio iría en aumento.
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Al final, no fue tan rápido como Ares había prometido, y ahora, dos cuerpos se encontraban mezclándose con las sabanas de la cama del Patriarca.
El cuerpo de Ares arremetiendo con fuerza contra el interior de Saga. Lastimando y marcando el cuerpo de este con sacudidas violentas, rasguñando con saña su espalda, y dando mordidas que repartía por todo el cuerpo del otro. Deseoso de mancillar y provocar el mayor daño posible.
Saga mantenía sus ojos cerrados, negándose a ver la imagen de Aioros, distorsionado por el éxtasis de aquel momento sádico y enfermizo. No deseaba ver su dolor y angustia reflejados en aquellos ojos, tan rojos como la sangre. Mucho menos al saber que, él era la causa del erótico placer, precisamente por la aflicción que el otro le provocaba en esos momentos.
Nada lo tenía preparado para el siguiente movimiento de Ares.
El pelinegro pudo sentir el clímax del momento, como derramaba su semilla en el interior del otro, y como Saga cerraba sus ojos, gracias al dolor que le producían sus ultimas embestidas. El también cerró los suyos, acercando su rostro al cabello del otro, disfrutando del aroma del gemelo. Saga olía a él. Prueba de que el caballero de Athena, era suyo nada más.
La transformación se dio en un solo instante. Pero Saga no se percató, hasta que sintió tensarse al otro, en mudo terror.
Cuando su compañero aparto su cara de su cabello, el peliazul se animo a abrir los ojos, sólo para encontrarse una imagen aun más angustiante que la que momentos antes temía.
La mirada de Aioros estaba llena de terror. Sus ojos verde aceituna derramaban lágrimas sin cesar, reflejando el dolor que el arquero sentía en aquel momento.
Saga lo sintió salir de su cuerpo, provocándole un nuevo gemido de dolor, que pareció acrecentar la angustia del otro.
"Sa…Saga…yo…yo no", no alcanzaba a formular palabras. Temeroso de dañar a Saga aun más. Ni siquiera se atrevía a tocarlo.
"No…por favor", logró decir el gemelo, deseando detener el sentimiento de culpa que iba en aumento en su compañero, antes de permitir que la inconsciencia lo dominara, rindiéndose al cansancio de su cuerpo, y el estrés de su mente, sólo agradeciendo, el poder haber visto aquellos ojos, aunque fuera por poco tiempo.
Aioros lo observo algunos momentos más, ganando al final su necesidad, sobre sus miedos, acercándose al cuerpo de Saga para abrazarlo y sostenerlo en sus brazos. Ignorando el gesto de dolor que el otro produjo ante la fuerza ejercida por sus brazos.
"¡Te odio, te odio!", le gritó a aquel que le había arrebatado su vida, destruyendo cualquier posibilidad que hubiera tenido de ser feliz. Dañando todo aquello, por lo que él, hubiera dado la vida.
Incluso, en los inicios de su relación con Saga, el dios se había atrevido a contaminarla, dejando su huella de destrucción y corrupción sobre ella. Lo que pudo haber sido uno de sus recuerdos más puros, aquel lo había dañado.
"El sentimiento es mutuo", respondió el dios en su cabeza, sintiéndose complacido.
El control era suyo. E incluso, los dos santos de Athena más poderosos, parecían muñecos entre sus hilos, moviéndose a su antojo y voluntad.
Simples mortales, sometidos a la voluntad de un dios. Y todo gracias a su mutua debilidad.
Ellos mismos.
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La llama de Cáncer comenzó a menguar.
Las esmeraldas de Saga observaron el evento, al mismo tiempo que sus pulmones olvidaban cumplir con su función, dejándolo corto de aliento en aquel instante.
La batalla en Cáncer también había comenzado a menguar. Un cosmos comenzaba a flaquear.
Y como si el reloj supiese lo que ocurría en aquellos momentos decisivos, la cuarta llama se extinguió, junto con el cosmos de su guardián.
Cáncer había muerto. Los caballeros de Athena respiraron aliviados. El peliazul sentía que el oxigeno del ambiente no le era suficiente para sus angustiados pulmones.
'En la guerra siempre habrá sacrificios', le había dicho Ares, en una ocasión que Saga le reclamo la muerte de sus compañeros. 'Tú como guerrero deberías saberlo'.
Géminis era totalmente consciente de ello. No por eso, era más fácil de asimilar. Menos si aquellas muertes eran innecesarias. Cómo las actuales.
Kanon no debió morir. Death Mask no debió morir. Ni los jóvenes santos que acompañaban a Athena deberían exponer sus vidas contra sus propios compañeros de arma. Si Saga pudiera, cambiaría el lugar con todos ellos, para evitarles el sufrimiento.
Aun así, sabía que, conservar o perder su vida, no significaría nada en la guerra que se había desatado.
En todo caso, el que debería de morir, tendría que ser Ares, para así, poder terminar aquella locura.
Pero eso, tampoco era una opción. Porque, al morir Ares, Aioros también moriría. Y eso, Saga no lo podía permitir. Se sabía débil. Dudaba que pudiera seguir viviendo, si Aioros no se encontraba con él.
El tiempo vivido al lado de Ares, se lo había dejado muy en claro.
Todo era una gran ironía de los dioses
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Saga se sentía insignificante entre la basta oscuridad que cubría su consciencia, regalando un preciado momento de descanso a su espíritu.
En aquel lugar, nadie dependía de él, no había secretos que esconder, ni mentiras que cargar. Sencillamente, no había nada. Y el peliazul se entregó a ella gustoso.
Pero, una sensación que inicio como molestas pulsaciones, y que, comenzó a crecer, conforme su consciencia abandonaba aquella zona, le recordó al peliazul, que, la paz que había sentido, era una falacia, al igual que la vida a la que debía regresar.
El dolor se apodero de sus sentidos en un santiamén, provocándole un angustioso despertar. Sus ojos se abrieron por reflejo, arrepintiéndose de la acción, al ser recibidos por un ambiente demasiado luminoso, contrario a lo que, tan agradablemente, sus pupilas se habían acostumbrado.
Aun así, trató de luchar contra las acciones de su cuerpo, esforzándose por enfocar su mirada, para reconocer sus alrededores, a la vez que trataba del levantarse del lecho donde se encontraba reposando.
Alertado por sus movimientos, una segunda figura se apresuro a acercarse a su lado, fungiendo como sombra para permitir a sus ojos el adaptarse a la luz del ambiente.
Cuando sus esmeraldas se mostraron más alertas, Aioros se atrevió a hablar.
"Deberías descansar, tu cuerpo aún no se recupera", no quería decir más, sin embargo, Saga aun se observaba confundido, y seguía tratando de levantarse de la cama, arriesgándose a abrir las heridas que, por fin, habían dejado de sangrar. "Él…él ordenó que nadie te molestara…deberías aprovechar para recuperarte"
Por su parte, el peliazul sólo tenía un pensamiento en su cabeza en aquel momento. El ver a Aioros había robado cada parte de su razonamiento lógico, siendo su instinto el que dictaminaba sus acciones, diciéndole que tocara al otro, para comprobarlo real, abrazarlo, para memorizar la forma de su cuerpo.
Era lo único que pedía. Pero debió exigirse así mismo, un poco de cordura, analizando las palabras del arquero.
"¿Qué sucedió?", trató de decir, sin embargo, su garganta se sentía como un desierto, dificultándole la acción de comunicarse con el otro. Le dolía mucho, como si hubiera estado gritando por mucho tiempo.
Aun así, no tuvo necesidad de repetirse, el castaño había entendido su pregunta, sin embargo, no mostraba deseos de contestarla. No quería angustiar al otro, haciéndole recordar los hechos vividos. Al final, las confundidas esmeraldas de Saga, terminaron convenciéndolo. La mirada de Aioros se vio ensombrecida por el pesar, no logrando resistir la del otro, viéndose obligado a desviar sus ojos, antes de hablar.
"Ayer…fue más violento de lo normal", no necesitó explicar más, la tensión en los hombros del peliazul, le indico que el otro había entendido.
Ahora, era Saga quien desviaba la mirada. El deseo por tocar a Aioros no había menguado, su alma esperaba sanar su cuerpo con el toque del otro. Pero el Géminis se sabía sucio. No era digno de tocar al castaño. Por eso se limitó a observar sus manos, encontrando diminutos restos de piel y sangre. No sabía si propia, en su patético intento de escapar del dolor que el otro le provocaba, o de las heridas que lograba infligirle al pelinegro, producto de las pocas acciones que realizaba por defenderse de los ataques del impostor.
El resto de su cuerpo también mostraba señales de violencia, dejando muy en claro lo que había pasado.
Saga había acudido al dios, para ver al Sagitario. Sin embargo, el pelinegro había aumentando un nuevo pago al gemelo, que aquel se cobraba con su cuerpo. Mancillando y destruyendo el poco amor que Saga sentía hacia si mismo.
Aioros lo observó en silencio, sabiendo los pensamientos que acudían a Saga en aquel instante. El dolor que reflejaban sus bellas esmeraldas no daban pie a alguna duda. El aura llena de tristeza que rodeaba al otro lo confirmaba.
El castaño se quería acercar al otro, abrazarlo, mentirle, diciéndole que todo acabaría pronto, con tal de borrar esa expresión de profunda angustia, y sustituirla por la tranquilidad que el peliazul había trasmitido, años atrás.
Pero el placer que Ares obtenía incluso con los gestos angustiados del otro, superaba por mucho sus propias emociones, despertando en él ira, desesperación, y una necesidad de seguir lastimando al guardián del tercer templo.
Bufo molesto, alejándose del gemelo, temiendo por su seguridad. No le quería hacer daño. No quería seguir dañando a nadie más.
Él había dejado de ser el mismo, muchos años atrás. Era incapaz de diferenciar entre Ares y él. En ocasiones, incluso dudaba el haber amado alguna vez al guardián de Géminis, o a la misma diosa a la que había jurado lealtad.
No podría seguir resistiendo por mucho tiempo.
"Saga…¿por qué?", volvió a preguntar, como siempre hacia cuando Ares le permitía verdaderos momentos con el otro. "Tú puedes acabar con todo esto…Incluso ahora, sería tan fácil que terminaras este infierno", pero no lo hacia. Nunca lo hacia.
Saga era demasiado egoísta, como para dejar ir a Aioros.
"Si realmente me amaras, me habrías matado desde aquella noche, en que descubriste la verdad". No continuo hablando. Disfruto de las lágrimas que habían comenzado a abandonar los ojos de Saga. La angustia que reflejaba su cosmos. En ocasiones, incluso creía poder escuchar gritar al alma del otro.
La belleza rota que tenía delante de él, le recordaba a Aioros que aun estaba vivo.
Pero la sonrisa que comenzaba a formarse en sus facciones, se congeló al analizar sus acciones.
"Yo…lo siento…No era mi intención decir eso", trató de disculparse, pero el daño había sido hecho.
Saga suspiro, antes de levantarse de la cama y buscar su ropa. Después de vestirse, se dirigió a la salida de la habitación. Tenía muchas cosas que hacer, y aquel era el pretexto perfecto, para huir de la verdad que Aioros le había mostrado. A pesar de eso, sentía la necesidad de decirle al otro, que realmente lo amaba, que aquel sentimiento no era falso. No lo hizo, porque temía la respuesta del Sagitario. Hacia mucho tiempo que ya no sabía que esperar del arquero.
Sin embargo, su salida se vio interrumpida por un par de brazos que le impidieron llegar a su objetivo.
"No te vayas, por favor", el arrepentimiento en la voz del otro, era genuino. La necesidad que su abrazo trasmitía era asfixiante y contagiosa. Trayendo a la mente de Saga, tantos recuerdos y añoranza, que, el peliazul se dejo envolver por ella, permitiéndose el ser dirigido de nueva cuenta a la cama, en ningún momento apartándose del otro. Queriendo, aunque fuera por poco tiempo, olvidar su realidad. Así se recostaron, disfrutando de la compañía del otro. Brindándose falsa seguridad.
Aun así, faltaron muchas palabras por decirse. Muchas explicaciones que dar. Aioros sabía que Saga era egoísta. Pero él también lo era.
Le exigía al otro, una solución, que el mismo podía obtener.
Y Saga lo sabía. Aunque tratara de negarlo, y tomar toda la responsabilidad, una parte de él, se sabía inocente de ciertos cargos. Aioros era injusto con él.
Porque, así como el peliazul había contado con múltiples ocasiones para acabar con la vida del otro. Aioros había gozado de oportunidades para acabar con su propia vida.
Sencillamente, su necesidad mutua era tan grande, que habían caído en un ciclo de enfermiza dependencia.
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La casa de Leo pronto se vio invadida por los santos de bronce. Y con ello, la preocupación regreso a Saga.
No sabía que esperar.
Por un lado, Aioria había sido de gran apoyo para Saga, en defensa de la orden de Athena. Más de una vez, el caballero de la quinta casa había actuado, incluso por iniciativa propia, para cuidar del bien de otros caballeros de menor rango y experiencia.
El peliazul en retribución, había protegido al león con mayor esfuerzo de la ira de Ares. El dios lo veía como una amenaza en su control por el cuerpo de Aioros.
Tal parecía que, el amor del castaño por su hermano, era lo único puro que quedaba en él. Otra razón más, para mantenerlo a salvo del dios.
Por el otro. Aioria era leal a Aioros. Lo amaba, y creía en él. Si el Patriarca decía que Athena estaba a salvo en el Santuario, así debía ser. No había espacio a dudas.
No le extraño que una salvaje batalla iniciara en el quinto templo.
Pero de todos los santos dorados, Aioria era el que menos debía perder su vida en la absurda guerra.
Aioros no lo podría resistir.
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"Los rumores han comenzado a escucharse con más frecuencia", dijo el peliazul, con la seriedad que lo caracterizaba. Tratando de ocultar su verdadero sentir, del demonio que tenía delante de él.
Pero Ares era un experto en ver más allá de la fachada que, tan inútilmente, el gemelo trataba de portar en su presencia. Algo más inquietaba al otro.
"¿Y desde cuándo le prestas atención a simples rumores, Saga?", preguntó genuinamente interesado el pelinegro, disfrutando de la leve tensión del otro, que trataba en vano de disimularla, acomodando los pergaminos que había traído consigo.
El dios, en ocasiones, mandaba a llamar al guardián de Géminis, haciéndole trabajar en su presencia, teniendo como excusa, la toma de decisiones que concernían a la organización del Santuario. La verdad era, que, mientras Saga trabajaba, el otro tendía, unas veces, molestar al otro. O pedir informes sobre la situación del Santuario y la orden. Y en las más inquietantes, sólo observaba al Géminis, manteniéndose en silencio, mientras una enigmática sonrisa adornaba sus facciones. Aquellas era las que más despreciaba el gemelo, y por suerte, eran las menos frecuentes, pero no por ello, era fácil para el peliazul, olvidar la sensación de que el otro lo veía como un gran chiste.
Una terrible broma de los dioses.
"Cuando esos rumores vienen de fuentes de alta confiabilidad", contestó el gemelo, ensanchando la sonrisa del ojicarmín.
"Vaya Saga, no sabía que realmente te preocuparas por mí", el tono burlón de Ares, despertó una ira momentánea en Saga, sin embargo, debía controlarse. Tal parecía que, uno de los pasatiempos favoritos de Ares, era el despertar sentimientos negativos en el otro. Disfrutaba ver lo mucho que podía afectar al sensato guerrero.
No le contesto. Ares sabía de sobra que, todas las acciones del gemelo, eran guiadas por el amor que sentía por el arquero. Por ello, abusaba del poder que tenía sobre el santo de Athena.
"Debo ir a revisar el santuario de las amazonas", Saga no tenía pensado seguir aguantando al otro, y aprovecho aquel pendiente que tenía para apartarse de su presencia. Pero sus planes se vieron interrumpidos al dejarse oír la voz de Ares una vez más.
"¿Qué me recomiendas, Saga?", no por nada el otro había tocado el tema. Quería saber los verdaderos motivos del guardián del tercer templo para haber sacado, tan tonto comentario.
"Deja a Aioros interactuar con más personas…al menos déjalo ver a su hermano, así podrías desaparecer los rumores…". La gente en el Santuario comenzaba a dudar de su Patriarca. Saga había pasado a ser visto como el mediador entre ellos, y una figura que se antojaba demasiado inaccesible. Empeorando la situación.
La primera excusa que Saga había inventado, sirvió por un tiempo. Después de todo, la muerte de Shion nunca se resolvió, y aquella trasgresión a la seguridad de tan importante área del Santuario, había ayudado a consolidar la idea de que, Aioros debía desconfiar de todos, para proteger a Athena. No permitiendo que aquella fuera vista por nadie, para mantenerla segura, hasta que lograra despertar todo su poder.
Pero la tiranía de Ares, había logrado sembrar la duda. La desconfianza ahora provenía de los miembros de la orden. Sólo su lealtad a Athena los mantenía apaciguados. Nadie más que Saga y Kanon sabían que la diosa que tanto veneraban no se encontraba en aquel lugar. Por eso mismo, los rumores se habían mantenido como tal. Pero Ares debería ser consciente que, a lo largo de la historia de la orden, ya se habían presentado casos de derrocamientos de Patriarcas, más si se les descubría como traidores a la orden. El pelinegro actuaba demasiado confiado para el gusto de Saga.
La mejor forma de actuar, sería cambiar su imagen, por una más benévola. Pero aquello era más fácil decirlo, que hacerlo.
El dios no tenía reparos en demostrar lo mucho que despreciaba a Athena y a la orden, delante de Saga. Sus intentos por destruirla no podían dejarlo más claro. Pero, si quería continuar la gran mentira, él también debía realizar pequeños sacrificios.
Pero, el gemelo tenía un motivo oculto. Ares lo supo de inmediato. Más a la mención del caballero de Leo.
Aquel crio era una verdadera molestia. Siempre apareciéndose en el salón del Patriarca, exigiendo pasar tiempo con su hermano. Inventando excusas tontas para poder presentarse delante de él.
Haciéndole honor a su signo, y mostrándose como un necio y testarudo de primera.
Pero lo que más detestaba de él, era el hecho de que, le recordaba a Aioros un tiempo en que fue capaz de amar de manera pura y genuina.
"No", fue su simple respuesta. Saga se giró para enfrentarlo, pero supo que el dios no cambiaría de parecer, al comprobar que el otro había apartado sus fieros ojos del gemelo, fingiéndose distraído con unos pergaminos que tenía olvidados en su trono.
La extraña sesión había terminado.
Pero no por ello, Saga dejo de insistir. Y aunque, en más de una ocasión, acarreo terribles consecuencias para él, el peliazul se sabía correcto. Ares mismo lo sabía, aquel conocimiento era el verdadero origen de su ira.
Un día, al dios no le quedo remedio, más que aceptar su derrota. Debía mantener su imperio, y no lo podía perder por una pequeña necedad.
Aun así, Saga no saldría limpio. Se encargaría de hacerlo pagar.
"Hoy es luna nueva", mencionó el dios, después de permanecer por minutos en un extraño silencio.
Saga levantó su vista de los papeles que se encontraba revisando, un tanto desconcertado.
Efectivamente, era luna nueva. Esa noche vería a Aioros. Pero el dios tendía a ignorar ese día, hasta que el mismo Saga lo mencionara. Dándose su importancia. El peliazul temía aquel cambio en la dinámica. Seguramente, no auguraba nada bueno.
"Quizás sea un buen día para que Aioros vea a su querido hermano", soltó el otro, viendo la reacción del gemelo.
Al ver la tensión de sus hombros, y la comprensión en sus ojos, supo que Saga había entendido.
La única pregunta que quedaba, era, qué decisión tomaría el Géminis.
¿Su egoísmo de tener a Aioros, sería tan grande, como para impedir que el arquero viera a su hermano?, ¿O sacrificaría su propio bienestar por amor al castaño?
"Me voy a mi habitación", dijo de pronto, levantándose perezosamente del trono que ocupaba. Una sonrisa enigmática ocupando sus facciones. Una mirada triunfante brillando en el escarlata de sus ojos.
Cuando el otro abandono la habitación, Saga se permitió descargar su furia con la mesa que ocupaba para escribir.
Lo odiaba con toda su alma. Y en aquel momento, deseaba odiar al arquero con la misma intensidad. Entonces, no tendría reparos en terminar la vida del otro. Así, todo este sufrimiento terminaría. Su alma podría descansar. Una Explosión de Galaxias, lanzada con su máxima potencia, podría pulverizar al otro. O desaparecerlo en la Otra Dimensión, para nunca más ser visto… Sería tan fácil
Pero de inmediato se retracto de sus pensamientos. La tristeza sustituyendo la ira que había sentido.
Deseaba con toda su alma que él fuera el que dejara de existir, para así, acabar con su mísera vida. Estaba tan cansado, el peso que su alma sentía comenzaba a asfixiarlo. Él era el que debía dejar de existir, no Aioros.
Pero no era capaz de dejar al Sagitario solo. Debía resistir por el castaño.
Y debía tomar la mejor decisión para aquel. No importaba que su alma se desangrara por ello.
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La puerta a las habitaciones privadas del Patriarca se abrió lentamente, sólo dejando el mínimo espacio para que el peliazul entrara al lugar.
La sonrisa que observó en el otro, le desconcertó por un momento, antes de permitir que un leve sentimiento de victoria se apoderara de Saga.
"Leo se encuentra esperándolo, Patriarca", expresó el caballero dorado, borrando de inmediato la sonrisa del pelinegro. Ares no esperaba aquel movimiento.
A pesar de todo, no podía decir que realmente conociera a Saga.
"Dile que espere en el salón del Patriarca", respondió el dios, mientras se levantaba de la cama, donde había esperado cómodamente la decisión del otro.
"Así lo haré", respondió el gemelo, dispuesto a abandonar el lugar.
"Y Saga…mañana te quiero aquí a primera hora", 'esto no se quedará así', era la amenaza en la voz de Ares. Poco le podía importar al peliazul. Disfrutaría su victoria, lo más que pudiera. Era lo único que obtendría aquel día.
"Como lo ordene, Patriarca"
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"¿Va a tardar mucho?", la ilusión en la voz de Aioria, era notoria, a pesar de que el Leo, obviamente, trataba de controlarla. Saga sonrió de manera tranquilizadora, infundiéndole confianza al otro.
"Se encontraba descansando, sólo debía ponerse presentable. No tardara", le aseguró al más joven, acompañando sus palabras con una sonrisa que inspiraba seguridad.
Y, como si lo hubiera adivinado, Aioros hizo acto de presencia, entrando apresuradamente por una puerta que se encontraba escondida atrás de unas cortinas. La entrada a las habitaciones patriarcales.
"Aioria", susurró falto de aire el hermano mayor. Sus ojos se observaban cristalinos. La nostalgia que expresaba su cosmos era muy notoria. Sin embargo, se obligó a mostrarse más recatado. Ares le había dado unas cuantas advertencias, y no se atrevería a arruinar aquel momento, por algún desliz de su parte. No pondría en peligro la vida de su querido hermano.
"¡Aioros!", sin embargo, las reacciones que el arquero no se permitió, no dudaron en hacerse presentes en su hermano, quien no lo pensó dos veces para acabar con la distancia que los separaba, abrazando al otro con añoranza.
"Te he extrañado mucho", se atrevió a decir Aioros, correspondiendo el abrazo, deseando, al menos ser sincero con aquel hecho.
"Bueno…¿quién tiene la culpa?", contestó juguetón el otro, antes de mostrar su comprensión hacia la situación del otro. "Eres el Patriarca, entiendo que estés ocupado…aunque, deberías permitirte algunas horas de descanso, tanto trabajo te va a venir afectando"
"Si, tratare de tomarlo en cuenta", respondió Aioros, no muy seguro. Pero decidió cambiar el tema. Cuestionando a su hermano acerca de su vida. Los deberes que cumplía como caballero de Athena.
Aioria respondió a cada pregunta, distrayendo al otro de su tormento, dejándose atrapar por aquel momento de felicidad y libertad.
Ignorando al peliazul que observaba todo desde un alejado rincón, cerca de la puerta.
Sus esmeraldas no podían evitar mostrar la envidia que sentía en aquel momento, al ver como los hermanos interactuaban con tanta alegría. La sonrisa llena de tranquilidad, y el genuino amor que mostraban el verde de los ojos de Aioros.
Era demasiado para el gemelo.
Abandono el lugar, con un terrible sentimiento de dolor y vacío.
Se sentía el mayor de los pecadores, un maldito egoísta. Un verdadero traidor.
Había convertido el sentimiento más puro del mundo, en su mayor pecado. Pero aquello no le importaba, porque se creía correspondido. Eso le bastaba para continuar su terrible realidad.
Pero ahora, todo se mostraba con los verdaderos colores que eran. Aioros no volteo a verlo ni siquiera por error.
Aioros no sintió su mirada, llena de necesidad.
Ni sintió a su cosmos, llamándolo, desesperado por obtener, aunque fuera, una leve sonrisa del otro.
Aioros no lo necesitaba.
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Espero que les haya gustado! Nos leemos en el próximo capi! :3
