Acababan de dar las dos de la mañana cuando John Watson abrió con cuidado la puerta del 221-B. La cerró sin hacer ruido y se detuvo en el umbral, atento a cualquier sonido. La señora Hudson estaba fuera en esos momentos, visitando a su hermana, y Watson no alcanzó a oír nada que sugiriera que Holmes estuviese aún despierto. Bostezó y subió cojeando sigilosamente las escaleras. Entró en la sala de estar sin hacer ruido, colgó el abrigo y apoyó el bastón contra la pared. La estancia estaba oscura como la boca de un lobo y fue tanteando los muebles a su alrededor hasta alcanzar el sofá, donde se acomodó, recordando las palabras de Holmes e intentando guardar el mayor silencio posible. El cansancio tiraba de su consciencia, pero lo hizo a un lado. Había esperado que el aire fresco lo despejara un poco, pero, por el contrario, lo había adormecido aún más. Lo cierto era que se había dedicado a corretear por ahí lleno de rabia durante la primera hora lejos de Baker Street, y el frío aire de diciembre no había dejado de atormentar su pierna, su hombro y ahora también su pecho. Sin embargo, tres horas después estaba muerto de sueño; todas sus emociones se habían disuelto, dejándole vacío y hueco, y con el pecho, el hombro y la pierna doloridos.

Ahora, mientras yacía en el sofá, pensando una vez más en qué podía hacer para mantener sus sentidos alerta, no pudo evitar reflexionar sobre las palabras de Holmes. ¿Se estaba comportando como un cobarde ante sus pesadillas? Sabía que eso no era lo que Holmes había dicho, pero aun así le hizo pensar que tal vez se las estaba tomando demasiado en serio. Después de todo, sólo eran sueños, y los sueños no podían hacer daño, ¿verdad?

Sólo que éste sí. Ver el rostro del joven Collins cada noche había vuelto a despertar a los demonios que él luchaba por mantener dormidos, y de pronto estuvo recordando a todos los hombres que no había podido salvar en la India. Y eso dolía, saber que ni entonces ni ahora hubo nada que pudiera hacer para salvar aquellas vidas inocentes. ¿Por qué a él se le había permitido vivir, y no a ellos? ¿Qué tenía él que no tuvieran todos aquellos otros soldados valientes para que se le hubiera permitido volver a casa con sólo un arañazo en el hombro como muestra de todo el sufrimiento y el dolor que había causado? Holmes tenía razón. Era un cobarde. No merecía vivir. Holmes no lo merecía a él, un médico tullido y un viudo deprimido. ¡Ni siquiera había podido salvar a su propia esposa! ¿Qué decía eso de su capacidad como médico? Novecientos sesenta y nueve soldados, británicos e indios, habían muerto en la batalla de Maiwand, y unos ciento setenta y siete habían resultado heridos. Había hecho lo que había podido, pero no había sido ni remotamente suficiente.

Se dio la vuelta en el sofá, dejando escapar un suspiro entrecortado mientras apretaba la cara contra los suaves cojines. Le dolía todo, física y emocionalmente, así que cerró los ojos y dio la bienvenida a los demonios que acosaban sus sueños.

XXX

Sherlock Holmes se sentó en la cama con la cabeza entre las manos, mesándose el cabello. Él también experimentaba los efectos del insomnio. Había oído entrar a Watson, y la única razón de que le hubiera oído era porque estaba aguardando su llegada. Sin duda Watson se había tomado en serio sus crueles palabras e intentaba guardar más silencio que de costumbre, aunque el ruido que solía hacer habitualmente nunca hubiese sido un problema para Holmes.

Holmes se levantó de la cama con sigilo y entró en la sala de estar. Estaba decidido a disculparse con su amigo, lo escuchara o no. Pero se detuvo al ver a Watson yaciendo en el sofá, aparentemente dormido. Holmes frunció el ceño. Watson no se dormiría si podía evitarlo. Las noches anteriores lo había oído pasear en su habitación, intentando, obviamente, permanecer despierto.

Holmes se acercó al doctor y estudió su rostro. El dolor crispaba sus rasgos y, ahora que lo veía de cerca, Holmes se percató, pese a la oscuridad, de que Watson estaba temblando y de que se agitaba ligeramente. Era evidente que intentaba combatir lo que le causaba ese desasosiego. Holmes se dio cuenta de que Watson estaba a punto de llegar al clímax de su pesadilla por la forma en la que apretaba los puños y movía la cabeza, agitándose cada vez más.

Holmes alargó una mano, inseguro, y tocó el hombro bueno de Watson, sacudiéndolo con suavidad. Watson murmuró en voz baja e intentó apartar la mano de Holmes.

—Watson —susurró Holmes—. Despierte. Es sólo un sueño.

Sacudió más fuerte a su amigo, y Watson dio un respingo y se retorció para librarse del contacto de Holmes.

—De eso nada —dijo Holmes mientras Watson continuaba agitándose—. ¡Watson!

Su exclamación hizo que Watson diera un brinco al tiempo que abría los ojos de golpe y agarraba la muñeca de Holmes. Se incorporó bruscamente y miró a su alrededor, enloquecido, jadeando sin aliento. Cuando sus ojos se adaptaron a la oscuridad, reparó en Holmes y lo soltó de inmediato, apartando la vista. Finalmente, volvió a tumbarse en el sofá y cerró los ojos.

—¿Qué quiere, Holmes? —preguntó, dando la espalda al detective—. ¿No le dejo dormir? ¿Me ha despertado para decirme que me vaya?

Sus palabras estaban llenas de veneno.

Holmes hizo una mueca y apoyó una mano en el hombro de Watson. El doctor dio un respingo, pero no intentó sacudírsela.

—No, mi querido Watson —dijo con voz queda—. Yo… yo quería disculparme.

Watson se volvió bruscamente hacia Holmes.

—¿Qué? —preguntó. Lo último que esperaba era una disculpa.

Holmes respiró hondo.

—Lo siento. Nunca debí decirle esas cosas. Fueron mezquinas y crueles y no sentía ninguna de ellas. Fue muy grosero por mi parte burlarme de usted y le prometo que nunca, jamás, volveré a hacerlo.

Los rasgos de Watson se suavizaron.

—Yo también lo siento. No debí gritarle. Estoy seguro de que tenía sus razones para no hablarme de Silverstone, y yo estaba demasiado ocupado autocompadeciéndome para asumir que había asuntos más importantes que atender. Lo hecho, hecho está. ¿Lo dejamos?

Holmes sonrió y Watson le devolvió la sonrisa antes de reemplazarla por un bostezo.

—Aunque me temo —murmuró Watson mientras sus párpados intentaban cerrarse— que tendrá que volver a la cama enseguida. El aspecto que tiene a las dos y media de la madrugada no le sienta nada bien, y temo que su imagen quede implantada en mi memoria si permanece aquí más tiempo.

Holmes soltó una risita y echó a andar hacia su habitación. Entonces, otra idea cruzó su mente. Se detuvo en el umbral y miró a Watson.

—No se culpe —le dijo.

Se había dado cuenta de que Watson lo miraba mientras dejaba la sala, y comprendió que, una vez más, el doctor había decidido no dormir más esa noche. Ahora, al ver a su amigo con la vista clavada en el techo, Holmes supo que no se equivocaba.

Watson ni se movió ni respondió. Continuó mirando al techo.

Holmes volvió a acercarse a él.

—Quiero decir que no fue culpa suya.

Watson volvió a darse la vuelta en el sofá.

—Déjelo, Holmes. No quiero hablar de eso.

—Escúcheme, Watson. Usted es el mejor médico del país, y no había nada que pudiera hacer para salvar a ese muchacho.

—Pues debería haberlo habido —murmuró Watson.

—Pero no lo había —insistió Holmes—. ¿Me está escuchando? Bien. La bala le alcanzó el corazón, Watson. Todos sabíamos que no sobreviviría, diantres, hasta Collins lo sabía. Pero fue usted el que intentó evitar lo inevitable y lo tranquilizó cuando le entró el pánico. Dudo que yo, Clarky o Anstruther hubiéramos tenido el valor de sentarnos junto a un moribundo y seguir hablándole hasta el último momento. Usted tiene un gran corazón, Watson, y ninguna persona podrá nunca arrebatárselo. ¿Me escucha? ¿Watson?

Holmes se inclinó sobre su amigo. Sus párpados estaban firmemente cerrados y su respiración se había vuelto más regular. Puso los ojos en blanco.

—Me alegra ver que se me tiene en cuenta —murmuró.

Pero sabía que Watson lo habría escuchado.

Entró en su dormitorio y se dejó caer sobre la colcha. Cerró los ojos e intentó dormir para escapar de la ansiedad que le provocaba lo que aún estaba por pasar.