Todos los personajes pertenecen a Hidekaz Himaruya, sin ánimos de lucro.


Capítulo III

Era el ahora o nunca para los dos. El hecho de que Dinamarca estuviera ocupado con su gran amigo de borracheras, la Orden Teutónica, era una oportunidad que no podía ser desaprovechada. Una vez que se aseguraron de que aquel estaba demasiado ocupado en ello, salieron corriendo por el castillo. El sueco había escondido las mochilas en un lugar cerca de una ventana, de tal modo, que ambos no parecerían muy sospechosos al correr por el lugar.

Tino miraba de vez en cuando para asegurarse de que no eran seguidos. Solamente los guardias del lugar los miraban con cierta curiosidad, pero pensaron que estaban jugando a algo o quizás estaban realizando algún encargado para el dueño y señor del sitio, así que no los detuvieron en ningún momento.

De repente entraron a un pasillo y el sueco abrió la puerta de un armario. Un rato atrás había escondido las mochilas allí, ya que nadie revisaría ese sector en particular y además, estaba bastante cerca del sitio por donde se encontraban. Mientras que el más alto se dedicaba a sacar una soga de entre sus cosas, el finés vigilaba que nadie pasara por allí. Comenzaba a ponerse ansioso, ya que temía que alguien viniera a preguntar sobre lo que estaban haciendo en aquel lugar.

Se suponía que debían estar en las cocinas, preparando la cena para Mathias y Gilbert. Sin embargo, estaban en el armario donde se hallaban los trapeadores y otros productos relacionados con la limpieza se encontraban. Tino intentaba escuchar cada ruido o sonido que proviniese del pasillo. Sabía muy bien que después de esta oportunidad, no habría otra y mucho menos, si el danés se enteraba de sus planes.

—¿Falta mucho, Su? —le preguntó algo nervioso el rubio.

Apenas terminó de hacer su pregunta, Berwald se puso de pie. Llevaría consigo las pertenencias de ambos, puesto que pensó que en el caso de que fueran capturados, podría echarse la culpa entera a sí mismo y evitarle problemas a Tino. Había pensado en cada detalle del escape, ya que no quería dejar ningún cabo suelto.

Tras arreglar todo el equipaje, se lo puso en la espalda y asintió con la cabeza, para indicarle a Tino de que ya estaba listo para ir al siguiente punto. Habían decidido que sería mejor escapar por una ventana y correr tan rápido como pudieran hacia los bosques. Por supuesto, era algo riesgoso pero peor sería salir descaradamente por las puertas del lugar. Así que, al menos en caso de que cayeran, podrían aterrizar sobre el césped. Claro que esperaban que eso no llegara a suceder.

—¿Estás listo, Tino? —le preguntó el sueco. Sabía que debían ir con mucho cuidado hasta encontrar la ventana por donde éste había planeado escapar. El problema, además de los guardias del danés, eran los del invitado. No debían levantar ninguna sospecha y con una mochila como la que llevaba Berwald, era bastante difícil disimular sus planes.

El finés asintió y una vez que volvió a revisar que no había moros en la costa, salió hacia el pasillo. Debían caminar de la manera más normal posible. Por más apurados que estuvieran, el correr por aquel estrecho lugar llamaría demasiado la atención. Por supuesto, era complicado mantener la calma debido a lo que estaban haciendo, pero debían hacer ese esfuerzo si es que pretendían alcanzar el éxito.

Llegaron a una escalera, que conducía a una de las torres, donde estaba la ventana por donde iban a descender. Dado que la misma daba a unos bosques, sería fácil escapar una vez que consiguieran bajar de allí. Pero la teoría normalmente resulta ser mucho más fácil que la práctica.

Suecia se detuvo y miró a Finlandia de frente. A pesar de que todavía debían subir esos escalones, el primero quería cerciorase nuevamente sobre la decisión del finés.

—¿Estás seguro de esto? —No quería que en pleno viaje cambiara de parecer. Aunque realmente quería que estuviera a su lado, no quería que fuera castigado en caso de que fueran atrapados. Prefería asumir toda la culpa para que Tino no tuviese problemas con Mathias.

—Por supuesto que sí, Su —comentó con una gran sonrisa en su rostro —Me iré contigo a donde sea —añadió sin darse cuenta de la profundidad que esas palabras llegaban al sueco. Simplemente las dijo porque pensó que sería apropiado para el momento y por lo que le había preguntó.

El escandinavo se limitó a asentir y comenzó a subir las escaleras. Esperaba que para ésa noche pudieran estar durmiendo bajo los árboles. Tal vez no sería tan cómodo como dormir en camas como hasta ahora estaban acostumbrados, pero estaba dispuesto a renunciar a ellas solamente por conseguir la tan ansiada libertad. No le importaba cuál fuera el precio a pagar, la independencia lo valía completamente.

Mientras tanto, Noruega estaba preparando algunas cosas en la cocina para que el danés y su invitado pudieran disfrutar de la cena. En realidad, no es que le importara demasiado pero no quería escuchar al primero quejarse sobre la comida. Miró por todas partes y se percató de que cierto par estaba faltando al trabajo, cosa que realmente le extrañó.

Bueno, sabía la reticencia del sueco para trabajar en cualquier cosa que Dinamarca necesaria. Sin embargo, le resultaba bastante extraño que Finlandia no estuviera por ahí. Siempre era muy responsable, nunca se quejaba de las labores que le tocaba e intentaba mantener la paz dentro de la casa. Dejó a los cocineros para echar un vistazo por ahí.

—¿Has visto a Su y Fin? —le preguntó a uno de los guardias que estaban parados, resguardando la entrada del comedor. Necesariamente tenían que pasar por allí y ésa era la única persona que en realidad podía disipar su duda.

—Han venido y luego regresado a sus habitaciones —Se limitó a decir mientras que mantenía la mirada firme.

Esto le resultó bastante sospechoso, así que decidió investigar un poco por su cuenta. Cuando planeaba ir detrás de ellos para ver cuáles eran sus verdaderas intenciones o lo que estaban haciendo en aquel momento en el que se suponía que debían estar trabajando, Mathias comenzó a llamarle desde el comedor.

—¡Oye, Nor! —exclamó, mientras que movía los brazos de un lado a otro para que se diera cuenta de su presencia, aunque con el grito que pegó probablemente no era necesario hacer tanto.

Éste respiró profundamente para no perder la paciencia. Estaba seguro o presentía que el danés se había dado cuenta de lo que estaba pasando con el sueco y el finés. Sin embargo, como no era un soplón, no iba a decir algo por su cuenta. Iba a dejar que el tema saliera por su cuenta. Ya hasta podía adivinar cuál sería su reacción.

—¿Qué quieres, Anko? —preguntó de un modo para nada servicial. Miró la mesa y no estaba seguro cuántos barriles de cerveza había mandado traer para convidar a su invitado especial, pero ya podía prever la borrachera que esos dos se iban a mandar y el desastre que al día siguiente tendría que limpiar. Esto no podía ponerse más divertido, pensó.

—Oye, ¿dónde está el idiota de Sve? Quiero que sea él quien personalmente me sirva en la comida —comentó entre risas mientras que se balanceaba desde su silla. Le parecía una excelente manera de humillar un poco al sueco, además de divertirse a costa suya.

—No lo sé —comentó el noruego, encogiéndose de hombros.

—¿Cómo qué no lo sabes? ¡Se supone qué está trabajando en la cocina! —exclamó el danés, sorprendido por la respuesta del otro nórdico. Esperaba que Berwald no pretendiese arruinarle esa noche de diversión. De lo contrario, él mismo se encargaría de darle un castigo del que nunca se iba a olvidar.

—No se apareció en la cocina y tampoco está Finlandia —añadió. Le divertía un poco la manera en que el danés se molestaba. Claro que no estaba muy contento por el hecho de que esos dos se hubieran desvanecido de ésa manera, ya que le dejaban con todo el trabajo, incluyendo soportar las tonterías y caprichos de Mathias.

—¡Pues dile a los guardias que vayan a buscarlos! —exclamó molesto y de inmediato, tomó de un solo sorbo todo el contenido de su jarra de cerveza. No podía creer que fueran tan oportunistas. No se sorprendía del sueco, quien ya venía mostrando señales de querer irse de una vez por todas de su casa, pero le resultaba extraño que Finlandia lo acompañara.

No quería levantarse de su silla, sobre todo teniendo en cuenta de que a su lado estaba Gilbert. Estaba seguro de que el sueco lo estaba haciendo por la única razón de molestarlo y sacarlo de quicio. Sin embargo, iba a demostrarle o al menos intentar, que no iba a dejar de festejar por su culpa.

—No deberías preocuparte, aún si consiguen salir de aquí, sigue siendo tu terreno —Le llenó la jarra al danés —¡Vamos a tomar hasta al amanecer! —propuso el que hacía poco tiempo atrás cambió su nombre de la Orden Teutónica al Reino de Prusia:—¡Kesese! Ya lidiarás con ellos cuando tengas la oportunidad —explicó y le dio una palmada en el hombro.

Sonrió y luego miró al noruego:—Mañana a la primera hora, iremos a buscarles —comentó y pronto regresó esa alegre sonrisa en su rostro:—¡A festejar! —exclamó y chocó su jarra contra la del prusiano.

Noruego simplemente lo miró con reproche y regresó a su labor. La verdad era que no estaba para nada contento y no le importaba demostrarlo.

Por su lado, Tino y Berwald ya habían llegado a la ventana por donde se suponía que iban a descender. El primero se acercó y se percató de la distancia que tendrían que bajar con la cuerda. Aunque confiaba en las decisiones que tomaba el sueco, realmente le preocupaba lo que pudiera llegar a suceder en el caso de que uno de los cayera. Estaba lejos de ser un simple golpe o moretón.

No obstante, supuso que ésa era la mejor forma de escapar del aquel sitio. Aún no podía creer que estaban tan cerca de salir de allí, de que pronto formarían su propio hogar, lejos de Dinamarca y Noruega. Una cosa era planearla, pero otra era enfrentar la situación de una vez por todas. Suspiró y de inmediato, se concentró en lo que estaba haciendo el escandinavo.

—Voy a bajar primero —propuso. Supuso que sería mucho más seguro y además, en caso de que alguien los atrapara, podría echarse enteramente la culpa y de ése modo, librar al finés de toda responsabilidad. Era lo menos que podía hacer por él, ahora que había decidido ir con él.

—¿No quieres que lo haga yo? Tú tienes mucha carga —comentó ya que evidentemente Suecia iba a bajar con la enorme mochila sobre la espalda.

—No te preocupes —le respondió. Por supuesto que estaba nervioso sobre lo que iba a hacer, pero no podía demostrarlo ya que no quería que Finlandia se preocupara de manera innecesaria.

Una vez que había atado la cuerda por la pata de una mesa que estaba prácticamente pegada contra la pared, puso un pie sobre la ventana. Sin embargo, antes de comenzar a descender, miró al finlandés. Algo en su rostro, tal vez esa expresión que tenía, le daba muchos ánimos para continuar. Tragó saliva y comenzó a bajar, aferrándose bien a la cuerda.

Tino observaba con mucha atención ya que no quería que le sucediera algo al escandinavo. Realmente temía que pudiera tropezarse en algún momento o que sus manos se resbalaran por culpa del sudor. Apenas conseguía mirarlo. Cada segundo que pasaba, le resultaba una eternidad. ¿Cómo era posible que no transcurriera más rápido? Quería que el asunto acabara de una vez por todas, con el sueco sano y salvo.

Evidentemente, por las circunstancias en las que se encontraban, no podían gritar o hacer algo que pudiera atraer la atención hacia ellos. Sin embargo, Berwald dejó escapar un silbido para que Tino le hiciera caso. Pese a que le había costado trabajo, lo había conseguido y ahora estaba a poca distancia de ir hacia los bosques. Aunque, claro, no iba a olvidarse de Tino.

Este volvió a mirar hacia abajo. A pesar de que tenía sus dudas al respecto, no quería desperdiciar más tiempo. Además, podía ver cómo el otro le estaba esperando y se había dicho a sí mismo que no iba a hacer una carga para su amigo. Así que lentamente se puso en el borde de la ventana y empezó a bajar por la cuerda.

Justo en aquel momento, pudo escuchar los gritos de los guardias, lo que puso mucho más nervioso al pobre Tino. Parecía ser que se habían dado cuenta de lo que estaban haciendo. Pero, pese a ello, cuando miró a Berwald, éste le hizo una señal para que lo hiciera lentamente. ¿Cómo se suponía que iba a hacerlo con esos gritos de fondo? Sacudió la cabeza, no era el momento de sentir temor.

Así que, pese a los gritos del fondo que se iban incrementando conforme pasaban los minutos, el muchacho bajó con mucho esfuerzo y cuidado. Cuando finalmente llegó junto al sueco, tuvo que detenerse un rato para respirar profundamente. Miró sus alrededores, no podían esperar más tiempo.

El sueco, sin perder más tiempo y sin pensarlo claramente, le agarró de la mano al finés y comenzó a correr hacia los árboles que se avistaban a unos cincuenta metros de distancia. Sabía que la situación sería así, aunque realmente no pensó que el danés se percataría tan rápido de su ausencia. Pero no era el momento de pensar en ello.

De ése modo, comenzó la cacería.


Siento que hace un millón de años que no actualizo esta historia [?].

¡Muchas gracias por leer!