Inaccrochable
Disclaimer: Haikyuu! pertenece a Furudate Haruichi
Anteriormente: Akaashi envía un libro a Tsukishima antes que lo necesitara y en una nota le advierte que no piense tanto en las frases resaltadas, pero en sus hojas no se aprecia ninguna raya. En una visitaba a Kageyama en el hospital donde está ingresado, Tsukishima descubre frases resaltadas en un libro que Hinata ha traído a Kageyama.
III
Podría decirse que Kageyama se encontraba bien de salud y la recuperación seguía buen curso. Confiaba en la fisioterapia, en la medicación, y las enfermeras lo mimaban. El médico que lo trataba le aseguró que podría volver a jugar vóley a nivel competitivo, siempre y cuando siguiera el estricto programa de recuperación que proponía la clínica, y para Kageyama eso fue suficiente para mantener su optimismo. No reparó en los posibles peros. Sin embargo, nada indicaba que lo darían de alta antes de las vacaciones de verano.
Tsukishima se agachó para recoger el libro de Kageyama y le dio un rápido vistazo a la página abierta antes de devolverlo a su bolsa.
—¿No deberías usar un cinturón lumbar para tu lesión? —preguntó.
—Ehh… —Kageyama pasó las manos por su cuerpo, su mirada barrió la habitación—. Yamaguchi, pásame esa cosa que cuelga de la perilla del baño… por favor.
La cosa era el cinturón lumbar. Yachi-san, quién aún no se habituaba a que los chicos del club de vóley se cambiaran de ropa estando ella presente, se tapó los ojos con las manos cuando Kageyama se levantó la camiseta y Yamaguchi le ayudó a ajustarse el cinturón. Tsukishima aprovechó el movimiento para anotar las frases resaltadas del libro de Kageyama en su teléfono.
Decía la primera:
«"No quiero morir sin antes haberte visto a la cabeza del Rokuon-ji"»
Y la segunda:
«Estas palabras me llenaron de asco y de malestar durante muchos días».
Dos oraciones continuas. La primera, un diálogo. La segunda, la impresión sobre el diálogo.
No había transcurrido mucho tiempo cuando Hinata apareció en la habitación. Se disculpó por su actitud, pero siguió en un estado taciturno poco común en él. Yamaguchi le pidió a Kageyama que les hablara de sus días en la clínica, y también que les explicara a qué acontecía su nuevo bronceado. Fue una tarde amena y sin mayores incidentes, pero a Tsukishima, igual que a Hinata, le costó ser parte de ella.
No podía negar que le hubo aliviado constatar que Kageyama se veía saludable, y aunque la actitud de Hinata le intrigaba, las frases resaltadas ocupaban toda su mente. Al llegar a casa escribió dichas frases en dos papeles distintos, con su típica letra apretada y poco legible, y las clavó en la pizarra de corcho, junto a las dos notas de Akaashi. ¿Qué querría decir todo esto? Retrocedió unos pasos para tener un mejor panorama de su pizarra, pero con ello solo pudo constatar que necesitaba unas gafas con nuevo aumento.
Kageyama, al igual que Hinata, debía leer Kinkaku-ji. Tsukishima no conocía la obra de Mishima, pero estaba al tanto de la historia de Kinkaku-ji. En parte por cultura general, y en parte porque su hermano Akiteru tuvo que leerlo en preparatoria. Por algún motivo Akiteru creyó que sería buena idea leerle el libro a su hermano un día que la gripe lo dejó postrado en cama. Kinkaku-ji no es la historia favorita de Tsukishima. «Kinkaku-ji» es el nombre informal con el que se conoce al «Rokuon-ji», un templo de Kioto incendiado en 1949 por uno de sus sacerdotes budistas. Era una historia basada en un hecho real, pero Tsukishima solo se quedó con que odiaba a Akiteru por hablarle de templos que sucumbían al fuego cuando él mismo ardía en casi 40 grados.
—Es una fiebre alta —concluyó Akiteru examinando la marca del termómetro. Continuó la lectura como si nada.
En su momento realmente lo odió. Con los años, Tsukishima era capaz de reconocer cierta clase de ternura en los desatinos de Akiteru. Sin embargo, no era conveniente que Akiteru estuviese al tanto de su cambio de perspectiva. De momento, intentaba hablar solo lo justo y necesario con su hermano.
—«"No quiero morir sin haberte visto a la cabeza de Rukoun-ji"» —leyó en voz alta—. «Estas palabras me llenaron de asco y malestar durante muchos días». No tiene sentido.
Narrador primera persona. Quien contaba la historia debía ser el protagonista: el budista chiflado. Alguien, no sabía quién, deseaba ver al budista chiflado como líder del templo, pero al chiflado le molestaba aquella idea.
Quizá porque el budista se sabía psicópata e intuía el peligro que conllevaba el estar en una posición de liderazgo. O quizá simplemente le desagradaba la persona que pronunció aquella frase. Podía tratarse, como suele suceder en muchos casos, de una madre que exteriorizó sus frustraciones en su hijo.
Clic, clic; los engranajes de Tsukishima comenzaron a girar.
También podía tratarse de un amigo-rival quien quería ejercer una presión innecesaria.
Una prometida sin neuronas y arribista.
Una prometida al borde de la muerte.
Incluso podía tratarse de un individuo aleatorio, la típica amiga de la madre o la vecina chismosa, y por ser aleatorio es que su opinión en el tema era irritante y molestaba.
Los engranajes seguían girando.
O quizá el disgusto recaía en el modo en que fue pronunciada la oración. ¿Escondería ingenuidad? ¿Simpleza? ¿Sarcasmo? O… ¿una obligación, quizá?
Los engranajes activaron ciertos sectores del cerebro que trajeron recuerdos inesperados, y la voz de Akaashi, gangosa y aletargada pero segura, retumbó en sus oídos.
—¿Cómo llevas la capitanía?
Una posición de liderazgo es una obligación.
Tsukishima pasó su mirada a la primera nota de Akaashi.
«Ábrelo cuando me lo pidas —Akaashi K.»
Y luego a la segunda. El final era lo que más le intrigaba.
«No pienses demasiado en la frase resaltada —Akaashi K.»
¿Qué tanto creía en coincidencias?
No entendía bien cuál era la broma que querían gastarle, pero debía reconocer que tenía mérito. Alguien se puso en contacto con Takeda para saber qué libro les correspondía leer y luego enviarlo por correspondencia junto a una nota intrigante; se preocupó que Tsukishima no consiguiera el libro en biblioteca, y que recibiera una llamada antes de conseguirse una copia por otros medios, en la cual Akaashi no solo le afirmaba que ya le envió dicho libro, sino que le preguntaba como llevaba una capitanía que no se le había otorgado. Aún.
Y pudo terminar ahí pero continuó. Continuó con Kageyama dejando caer una copia de Kinkaetcétera-ji comprada por Hinata en una tienda de segunda mano, y que esta se deslizara al suelo y se abriera justo, justo, en una página con dos frases resaltadas.
Frases que, descontextualizadas, daban la impresión que se referían al desagrado de asumir una posición de liderazgo.
No era difícil lograr que un libro se abriera en una página determinada. Bastaba con forzar el empastado con un objeto ancho, o doblando las páginas. Pero, ¿por qué Akaashi sabría cuáles eran las frases resaltadas en el libro de Kageyama? A menos que las hayan resaltado a propósito. Aquello implicaba que casi todos sus compañeros de vóley de segundo estaban involucrados en la broma. Al menos Hinata quien compró el libro, Kageyama quien lo dejó caer, y…
Yamaguchi no, ¿cierto?
—Qué patético —murmuró. Estaba haciendo justo lo que no debía hacer: darle más importancia de la necesaria. Desclavó todas las notas y las guardó en el primer cajón de su escritorio, salvo la última de Akaashi.
¿Por qué habría de ignorar las frases resaltadas?
¿Debía ignorar la frase en sí?
¿O el buscarle un significado?
Chaqueó la lengua, molesto. Demasiadas preguntas retóricas.
.
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El profesor Takeda era un profesor considerado que ordenaba las evaluaciones por apellido, no por ranking de notas. Al entregarle su evaluación, cerró un ojo en señal de enhorabuena. Pero Tsukishima no podía sentirse satisfecho con aquel resultado: no había conseguido la calificación perfecta.
—Fuiste la mejor nota del salón de todas maneras —observó Yamaguchi—. No te exijas tanto.
A Tsukishima no le dio tiempo a replicar. La delegada de la clase se inmiscuía en la conversación y llevaba consigo su evaluación. Esa mujer odiosa quería comparar respuestas.
—¿Por qué no le preguntas a Takeda-sensei directamente? —gruñó Tsukishima sin medirse.
—Lo que Tsukki quiere decir es que él no sabe por qué sus respuestas son correctas ya que contestó todo al azar.
Diez puntos menos para Yamaguchi. Tsukishima abrió su evaluación en la misma página que tenía abierta la chica, dispuesto a hacer daño. No se dio cuenta en qué momento se formó un corro a su alrededor, conformado por sus compañeros de salón con infinitas dudas. Diez puntos menos para Yamaguchi fue muy poco. Cincuenta puntos menos más un shortcake en compensación. Yamaguchi era el peor amigo, y de todos sus compañeros, Takizawa era un verdadero estúpido.
—¿Es una broma? De ninguna parte se puede inferir que Noda-san tiene fobia al compromiso.
—Pero…
—No se trata de rebuscar la respuesta, Takizawa. Rebuscar una respuesta no te hace más inteligente. Se trata de deducir lo que se puede deducir a partir de los datos que te entregan.
—Eso es muy método científico.
—Pues, para que sepas, Descartes también leía novelas.
A Tsukishima le rodeaban los descerebrados. Por desgracia, él tampoco dedujo bien cuál era el problema de Noda-san. Las preguntas de interpretación siempre habían sido su punto fuerte, por ello el haber errado le dolía el orgullo. En su caso, a diferencia de Takizawa, ocurrió que se dejó llevar por lo que parecía más obvio. Una vez que la delegada se lo explicara, no podía evitar sentirse como otro descerebrado más, lo que lo fastidiaba. Ya llevaba casi toda una semana sintiéndose un estúpido gracias al asunto de los libros, las notas de Akaashi, y las frases resaltadas. ¿Estaría él también juntándose mucho con Hinata y Kageyama? Era culpa de Yamaguchi, sin dudas. Su amigo trataba cada vez más con Hinata, y últimamente también con Nishinoya. La idiotez —como siempre supuso, pero no se había atrevido a comprobar—, se contagiaba. Yamaguchi ya inmune, le pasó la peste a Tsukishima.
—Tsk. —Para llegar a ese tipo de razonamiento, había que ser realmente estúpido.
El corro a su alrededor se disolvió con el toque de la campana y la llegada del maestro. Tsukishima regresó a su asiento, dejando sobre la mesa sus apuntes de matemática y el libro en la página marcada. Un poco de trigonometría para alivianar la cabeza.
Razones trigonométricas, escribió en su cuaderno.
Seguramente, en ese mismo momento, Akaashi estaba escribiendo sobre sus propios folios, con aquella letra tan parecida a la suya.
Se definen seis relaciones trigonométricas para un ángulo agudo.
Tsukishima levantó la cabeza de sus apuntes un segundo. El profesor dibujaba en la pizarra un triángulo rectángulo. Tsukishima volvió la vista a sus apuntes y replicó la figura en su cuaderno. Ocupó un poco más de un par de reglones en dicha tarea. Tenía la costumbre de no soltar el lápiz cuando dibujaba figuras geométricas, y por ello los ángulos solían quedarle redondeados. Un mal hábito, según el profesor de matemáticas. Quizá Akaashi tampoco era de los que levantaban el lápiz. Le gustaría saberlo.
Seno: cateto opuesto / hipotenusa…
Siguió copiando relaciones trigonométricas sin enterarse de qué iba la materia. Akaashi y sus frases resaltadas interrumpían constantemente en sus pensamientos y una parte de él no se esforzaba por detenerlo. Quizá no interpretó bien la pregunta de Noda-san, pero él solía interpretar bien a las personas. De pronto, Akaashi se había vuelto en un desafío para él. Akaashi precisamente, quien no tenía nada de extraordinario.
Al llegar a casa repasaría sus apuntes con la cabeza en frío, y leería lo que ponía el libro de matemáticas. Todos se pueden permitir un día malo. Si nadie se daba cuenta que lo había tenido, es como si no hubiese sucedido.
Pero no pensó que el día malo se arrastraría hasta las prácticas de vóley. El rey proclamado de los idiotas Nishinoya, lo descubrió.
—¡TSUKISHIMA CAMBIA ESA CARA!
—Jamás pensé que llegaría este día —agregó la mano derecha del rey idiota: Tanaka-san—, ¿Tsukishima va todo bien?
Tsukishima los ignoró. Algo que no le gustaba, era que otras personas, especialmente personas que no le eran cercana, fuesen capaz de interpretarlo. Por dentro se sentía derrotado. Tenía que hacer algo al respecto.
.
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La práctica fue menos agotadora que otros días. Los de segundo esperaron a que Yachi-san terminara sus labores de mánager para reanudar el regreso a sus casas juntos. Se había vuelto una especie de costumbre entre ellos, especialmente desde que Kageyama se accidentara. Hinata lideraba la marcha. Tarareaba una canción que nadie conocía.
En el camino Yamaguchi notó cómo Tsukishima pellizcaba sus dedos. Era una manía que adoptaba cada vez que se decidía a hablar un tema que le era molesto o desagradable. Por el modo en que tenía la mirada clavada en la espalda de Hinata, se dio cuenta que no era con él ni con Yachi-san con quien pensaba cambiar palabras, así que se volteó a Yachi y le preguntó sobre su día. Tsukishima aprovechó que ambos empezaban una conversación para apretar el paso y darle alcance a Hinata.
—¿Puedo hacerte una pregunta? —le dijo.
—¿Qué le pasó a tus dedos?
—Nada. —Tsukishima escondió sus manos tras su espalda—. Es sobre el libro que le entregaste a Kageyama…
—Es su lectura para el verano. Pensé que sería buena idea que adelantara sus deberes.
Hinata explicando lo evidente.
—No me refería a eso. Quería saber… Dónde lo compraste.
—Hay una tienda de libros de segunda mano cerca de mi casa. Yo ya tenía el mío, pero supuse que Kageyama no, y con los gastos de la clínica…
—Ya veo.
—¡Pero Kageyama no es mi amigo!
—No he dicho… ¿A qué viene eso?
—No quiero que te hagas ideas equivocadas, Tsukishima. Kageyama no se merece ningún favor. Pero cuando lo den de alta, va a tener muchas tareas pendientes, y si no se pone al día a tiempo, no logrará jugar en el campeonato de primavera.
Tsukishima lo observó de reojo. Conversar con Hinata era complejo.
—No creo que Kageyama alcance a jugar para el campeonato de primavera.
—¡QUÉ DICES!
—Estoy tratando de ser realista, eso es todo.
—Pero-
—Y te estaba preguntando otra cosa. ¿Sabías que el libro venía con frases resaltadas?
—Querrás decir subrayado.
—No. Subrayar es dibujar una raya bajo una frase. Estas estaban resaltadas.
—¿Resaltadas con resaltadores?
Tsukishima odiaba a Hinata.
—Son libros de segunda mano —continuó Hinata a la defensiva—. Mejor que venga rayado porque te ahorra tiempo de lectura.
—¿No lo habrás rayado tú para ahorrarle tiempo a Kageyama?
—Como si no tuviera nada mejor que hacer. ¿Intentas decir que me preocupo por Kageyama?
—No. No sé exactamente cuál es tu problema con Kageyama y no me interesa.
Acababan de llegar a la tienda de la familia del entrenador Ukai, y el olor a nikuman recién salidos de la olla les abrió el apetito. Los dos rezagados le dieron alcance en ese punto. Yamaguchi entró a la tienda y volvió con una bolsa de papel con nikuman para todos los de segundo, como alguna vez lo hizo Daichi-san.
—¿Qué será de ellos? —preguntó Yachi-san a nadie en particular.
—Sería bueno volver a verlos —dijo Yamaguchi.
Hinata, con la boca llena de comida, comentó algo que nadie entendió. Tsukishima no tenía nada que agregar. Se separaron en la siguiente intersección. Yachi-san y Hinata siguieron por una calle que conducía al área más urbana, y Yamaguchi y Tsukishima por otro camino que se introducía al área residencial. Yamaguchi no se aguantó más.
—¿Qué fue esa conversación con Hinata?
Tsukishima mordió de su nikuman.
—No deberías escuchar conversaciones ajenas, Yamaguchi.
—Y no lo hice, me rezagué con Yachi-san a propósito.
Tsukishima dio otra mordida a su nikuman y luego dobló el papel del envoltorio. Todavía no oscurecía del todo, y se podían ver los manchones rojos en sus dedos. Se había dejado dominar por la situación completamente. No le gustaba ser esa clase de persona.
—¿Cuál es tu opinión de Akaashi-san?
—¿Cuál es mi opinión? —Tsukishima rodó los ojos con impaciencia Esa molesta manía de repetir las preguntas. —. No lo sé. Me parece una persona seria.
—¿Solo eso?
—Uh… ¿es un buen armador?
—No me preguntes a mí. Solo dime lo que opinas de él.
—Mi opinión es que se trata de una persona seria. Un poco misteriosa, quizá.
—Misteriosa —esta vez quien repitió fue él.
—¿A qué viene esto?
—Creo que alguien quiere que piense que Akaashi-san… no sé, que es… ah, que tontería, olvídalo.
Yamaguchi interpuso un brazo ante Tsukishima para evitar que le diera largas a la situación subiéndose los cascos. A la luz de la luna, su rostro pecoso se llenó de una decisión nada propia, y más que pedirle, le exigió que le explicase qué ocurría.
—¿Te acuerdas de la llamada que hizo Kuroo? ¿Sobre el spinosaurus?
Le explicó su conversación con Akaashi, el misterioso paquete con el libro de Mishima, y las frases resaltadas en el libro de Kageyama, y sus sospechas de que Bokuto y Kuroo estaban detrás de una broma elaboradísima a la cual no le hallaba el motivo. Yamaguchi escuchó en silencio, y cuando llegaron al punto en que sus caminos se separaban, Yamaguchi continuó a su lado, hasta la residencia Tsukishima.
—Yamaguchi está aquí —avisó a su madre—. Comimos en el camino.
—Solo nikuman —aclaró Yamaguchi. Se ganó una mirada de odio por ello.
Ya en la habitación del rubio, Tsukishima le extendió las notas de Akaashi. Yamaguchi leyó con expresión concentrada.
—Escriben parecido, Akaashi-san y tú. Diría que tu letra es mucho más apretada, pero…
—Ya me di cuenta, ¿puedes concentrarte en lo importante?
—¿Por qué piensas que es una broma?
—Qué otra cosa podría ser.
—Quizá Akaashi-san sí…
—No lo digas.
—Ve el futuro.
—Por qué tienes que decir eso.
Tsukishima se dejó caer de espaldas sobre su cama. Yamaguchi tomó asiento en el borde de esta, tirando del colchón hacia abajo. Desde su posición, Tsukishima se percató de cuánto había crecido Yamaguchi. Su espalda se había ensanchado y había ganado en masa muscular. Su rostro, si bien anguloso, comenzaba a mostrar líneas más maduras. El cabello que se había recortado al iniciar el período escolar, le había crecido rápidamente, y se ondulaba en las puntas, y si no fuera por sus pecas —que con la proximidad del verano se escapaban de su rostro y empezaban a inundar sus hombros y brazos— que le restaban años, podría ser confundido fácilmente con un adulto. De todas maneras, con o sin pecas, ya no lucía como un niño.
Alargó un brazo largo y rozó una de sus mejillas con el índice. Siempre le gustaron las pecas de Yamaguchi.
Yamaguchi ya estaba habituado a ese gesto. Observó a Tsukishima hacia abajo, a sus ojos, y Tsukishima vio cómo se arrugaba su entrecejo.
—Este fin de semana tenemos la primera jornada de entrenamiento con el grupo Fukurodani. Aprovecha el momento para aclarar tus dudas.
—¿Qué se supone que tenga que decir?
—«Hola Akaashi-san, por favor no me escriba más cartas que para eso ya tengo un club de fans».
Tsukishima esbozó una sonrisa. Yamaguchi era un buen colega, y le tenía mucha paciencia. Yamaguchi le propuso jugar videojuegos y Tsukishima aceptó, aunque hubiese preferido estudiar trigonometría. Se les fue la hora en ello, y como ya era tarde, Tsukishima desenrolló el futon de visitas y lo acomodó al lado de su cama.
—Tsukki, ¿has leído algo de Kamen no kokuhau?
Tsukishima negó con la cabeza.
—No. Siempre que lo abro, me distraigo buscando frases resaltadas.
—Es un libro… extraño.
—Siempre te han gustado los libros extraños.
—Pero este es distinto. Es extraño en otro sentido. No es como la Guía del viajero Intergaláctico, por ejemplo.
—¿Es peor? —A Tsukishima no le gustaba la literatura absurda, aunque fuese ciencia ficción.
—Es… no lo sé. Quiero que lo leas Tsukki, y me digas qué piensas, ¿lo harás?
—Siempre te comento mis impresiones de los libros, ¿qué tiene este de especial?
—No, nada, prefiero que lo leas y me lo digas.
Fue demasiado intrigante para Tsukishima. Anotó en su iPhone no olvidar leer la novela, y al día siguiente agarró el libro que no era suyo y lo metió en su mochila.
Gracias por sus rw, favs & follows.
