3. La princesa de la torre: Megara prynce

Abrí los ojos lentamente, después de tener un sueño en blanco y negro, donde iba vestida como Holly Golightly y veía el mundo a través de los espejos lluviosos de una limusina negra y reluciente. En el sueño, el coche paraba y un misterioso chico se montaba a mi lado, no obstante me desperté antes de ver su rostro. Tan solo pude rememorar que sus ojos tenían un extraño brillo con una oscuridad atrayente que me hipnotizó y me incitaba a pecar, dejarme llevar por mis más oscuros pensamientos, prometiéndome oscuridad en medio de las estrellas.

Me removía lentamente entre las sabanas de seda blancas que destacaban entre la inmensa oscuridad que dejaba la noche sin luna sin dejar de pensar en ello. Tenía una extraña sensación en el estomago, la boca seca y las piernas entumecidas. Me estaba volviendo completamente loca. Poco a poco, dejé de lado el sueño que, me había cautivado más de lo que me gustaría y me zambullí de lleno en la ignominiosa realidad que me tenía atrapada como una telaraña asfixiante. Parpadeé repetidas veces y al fin, enfoqué lo que se disponía a mí alrededor, recordándome la funesta realidad que el destino me había preparado como una broma amarga y del mal gusto. Lo que mis ojos vieron, no era nada nuevo para mí. Era exactamente lo mismo que llevaba viendo las últimas dos horripilantes semanas. Las mismas cuatro paredes pintadas de color crema que me mantenían prisionera lejos de mi vida y la sociedad. La habitación parecía estar sacada de la época de Jane Austen, cortinas horrendas, cuadros súper feos, un armario donde nada más que había camisones de satén y unos sillones que parecían del siglo XV, si hasta los peines que tenía en el tocador eran de mármol y llevaban décadas pasados de moda.

Me levanté de entre los doseles de la enorme cama de en medio de la habitación, sintiéndome la princesa retenida en lo alto de la torre a la que todos quieren poseer y comencé a deambular por la habitación escuchando el viento azotar contra los cristales de las ventanas. El exterior se presentaba frío, la lluvia caía del cielo con fuerza acompañada de grandes truenos y relámpagos. Era una noche tan poderosa como yo, desencadenando una sinfonía que me recordó a los acordes que se desparramaban de entre las teclas de mi piano. En ese momento, estaba segura de que si hubiera tenido mi preciado piano negro de cola, mis dedos hubieran volcado toda su frustración danzando como pequeñas hadas oscuras manchando de negro las teclas en una melodía furiosa y estridente que hubiera hecho llorar al mismísimo Chopin.

Finalmente, caminé frente al tocador, meneando mi camisón de satén verde oscuro, deslizándome como una sigilosa serpiente que esperaba paciente el momento oportuno para soltar todo su veneno y escapar de la monstruosa araña que la tenía atrapada. Una inestable vela solitaria bailoteaba débilmente trazando llamas de soledad, manteniendo iluminada la estancia, desdibujando mi poderosa figura entre tinieblas en la pared. Me la quedé observando y sentí que en ese estado se hallaba mi interior. Intermitente, inestable, manchado por una incertidumbre que se evaporaba como una sombra que quería ceñirse sobre mi corazón.

Alcé la cabeza y me vi a mí misma devolviéndome la mirada en el espejo que me ofrecía el tocador. Mis ojos no habían perdido su brillo determinado, pero sí que estaban salpicados de una incredulidad abrumadora. Megara Prynce prisionera en lo más alto de una torre. ¿Cómo no se iban a dar cuenta de qué yo había desaparecido?

Era una ridiculez.

Cuando todos aseguraban que era la princesa de Slytherin o, incluso, la del mundo mágico se referían a eso, que era la autoridad. No había nadie que no conociera mi nombre, en cada parte del mundo, mi familia era reconocida y no había ninguno de nosotros que no destacara por sus propios atributos. Tengo que reconocer que sí, que mi vida era tal y como la de un cuento de princesas: vestidos, diamantes, bailes de ensueño, zapatos de cristal, elogios que se resbalaban de entre la boca de todos… incluso tenía una madre estúpida que se asemejaba a las estiradas madrastras de los cuentos, pero ahora... ¿una súpervillana me había encerrado en lo alto de una kilométrica y aislada torre?

Vaya... ¿Qué sería lo siguiente? ¿Un hermoso príncipe me salvaría?

Si lo pensaba detenidamente, sonaba romántico, y eso me encantaba, pero lo siento, (no en realidad no lo siento) yo soy una princesa que pensaba acabar con los dragones ella misma y con todo lo que se le cruzase en el camino, fuera blanco, negro o gris. No me hacía falta ningún principito de ojos bonitos que viniera a salvarme para luego colgarse una medallita de oro. Oh no, eso no pasaría. Yo sola me valía y me bastaba. Solo tenía que encontrar el momento oportuno.

Estiré mi mano mientras los pensamientos bailaban por mi cabeza y comencé a juguetear con la llama de la vela que amenazaba con desparramarse. La intensidad bajaba o subía al ritmo de mis pensamientos. Si todavía esa estúpida mujer pensaba que nadie se iba a dar cuenta de mi desaparición, es que vivía en una cueva. Estábamos hablando de Megara Prynce. Los titulares de la prensa tenían que estar al rojo vivo y la "pobrecita" de Viejaskeeter, tenía que estar tirándose hasta de los pelos del bigote, ¿de qué demonios iba a hablar si no era de mi?

Balanceando la llama, crucé mis piernas una encima de la otra, sofisticada y recatada, como siempre me había enseñado mi madre.

Mi madre.

Mi familia.

De repente su rostro invadió por completo mi mente, sus andares, su pose exquisita e inhumana. La cosmopolita, Froilana Prynce, que siempre tenía las palabras adecuadas para los demás y ponzoñosas contestaciones bañadas en dulces segundas intenciones para su hija. ¿Dónde estaba? ¿Por qué aún no había venido a buscarme? ¿Y dónde estaba mi padre? ¿El poderoso Lancelot Prynce? ¿Quién resolvía la mayoría de los problemas? ¿Es qué su hija desaparecida no era un problema aún mayor?

Les echaba de menos.

Mordí mi lengua con asqueo y me levanté dirigiéndome al espejo blanco y pulcro de pie que reclamaba mi belleza absoluta. Cuando me vi reflejada, sentí que me habían arrebatado mi corona, pero solo era un estúpido sentimiento que me abordaba. Las inseguridades que amenazaban con destruirte, incluso yo las tenía. Quizás ese era mi mayor dragón. Acabaría con él también, puestos a acabar con las cosas horribles, daba igual una más que menos. Volví a dirigirme al (feo) tocador, cogí mi diadema y me la coloqué frente al espejo.

Divina.

Era la nieve, el viento y el hielo.

Tenía que tenerlo claro, nadie podría conmigo, ni esa mujer ni mi cautiverio. Si Holly Golightly había podido afrontar todos sus demonios y conseguir finalmente hacer lo que quería, yo era capaz de mucho más. Era Megara Prynce. Era muy difícil ser yo, pero saldría de esta. En un arranque de amor propio (que me sobraba) atusé mi larga cabellera castaña y me sonreí a mí misma. Solo era cuestión de esperar el momento adecuado. El mundo era mío, solo mío, y habría que esperar. La venganza se servía en un plato bien frío y aún la cosa estaba ardiendo.

Todos deberían verme en ese momento, porque a pesar de estar encerrada en una torre en medio de un acantilado rodeada tan solo por agua, me sentía más poderosa que nunca.

Llevaba mi corona y pensaba gobernar todo el mundo. Iba a hacer que uno a uno se inclinara ante mí. Uno por uno... Su silencio cuando se lo ordenará sería mi sonido favorito y la primera iba a ser ella, la persona que se había atrevido a ponerle un dedo encima a Megara Prynce. Estaba que desprendía fuego y literalmente lo hacía, las cortinas ardían a mí espalda (las estaba haciendo un favor), resaltando mi supremacía y divinidad. Fuera seguía lloviendo, pero con mi poder poco a poco fue convirtiéndose en un diluvio. La situación solo provocaba que mi odio creciera y mis ganas de ganar se volvieran inmensas.

Nunca perdería.

¿Se creía que tenía el poder?

No, yo tenía el poder. Podía ir de cero a cien en un segundo. Y así lo hice. Todo cesó al instante.

Pero mi rabia no, oh, eso creció.

¿La razón?

Podéis verla vosotros mismos a continuación.

La puerta se combó lentamente abriendo paso a la mujer que me había secuestrado, la que quería arrebatarme mi mundo y estaba dejando todo mi interior en punzantes ruinas. Me quedé quieta, con mi típica pose de cuando decía a las chicas del colegio que unos leggins no eran considerados pantalones, pero quizás ese era mi error.

Ella no era una chica de colegio, era una señora peligrosa.

Me la quedé observando mientras reptaba en mi dirección pausadamente. No se deslizaba como una serpiente escurridiza, sino todo lo contrario. Sus pasos eran felinos, fuertes e intimidatorios y aún así, parecía que no tocaba el suelo subida encima de esos altos tacones que le hacían mucho más imponente. Su sola presencia apestaba a tinieblas y lóbregas intenciones. Tenía el cabello negro, no, mucho más oscuro que el negro, más sombrío que la oscuridad y se deslizaba liso y brillante por ambos lados de su rostro. Sus ojos refulgían con un brillo renegrido y emanaba ocultos misterios y deseos que, combinaba con una pretenciosa sonrisa teñida de color carmesí.

Su sola presencia me sacaba de quicio.

Mientras la vigilaba, una parte de mí se sentía amenazada, como si de un momento a otro fuera a abalanzarse para hacerme caer en una insoportable pesadilla llena de terrores y sufrimientos, aún así, la otra parte de mi cuerpo, lo tomaba como un desafío. No dejaría que nadie nunca quisiera sentirse superior a mí. Nunca iba a vivir con la cabeza agachada, todos agacharían la cabeza cuando yo pasara. Cada parte de mi cuerpo reaccionaba a la defensiva. No pensaba dejar que oliera mi miedo, a pesar de que amenazara con atraparme y devorarme.

—Buenas noches, querida... —dijo por fin con una voz poderosa, se podía ver sus dientes blancos y perfectos acompañados de una leve cicatriz muy particular situada en el labio superior —. Espero que mi invitada preferida se encuentre a gusto en su habitación, ya que vas a pasar mucho tiempo aquí...

Su sarcasmo me hizo temblar de la rabia, pero al juego del gato y el ratón, sabíamos jugar las dos. Y no pensaba ser el ratón asustadizo. Alcé el mentón y vi como sus ojos brillaron al ver que no me amedrentaba. A ella también le gustaba jugar tanto como a mí.

—¿A esta pocilga le llamas habitación? He visto trapos de gente con mal gusto que hacen menos daño a la vista que estas cortinas —dije, luego hice un puchero al ver las cenizas que quedaban por cortinas—. Oh, vaya, ya no están.

—Igual de repelente que tu madre… —murmuró, con sorna y comenzó a avanzar hacia mí, deslizándose como una bailarina de la oscuridad—. ¿No te alegras de verme, princesita? —me preguntó luego estirando sus comisuras.

—La verdad es que no, encanto —contesté, toqueteándome el pelo, como si no me importara que estuviera allí. Aunque en mi interior sentía que mis instintos primarios querían salir y abalanzarme a su cuello, pero como la serpiente astuta que era, me amoldé a mi papel. Al fin y al cabo, ese era el pan de cada día en mi vida; amoldarme a cada tipo de situación, vivir la vida como si fuera un teatro y, cuando por fin estuviera a solas y bajase el telón, quitarme la máscara y desquebrajarme en mil pedazos. Cuando tus enemigos querían destruirte, lo importante era no dejarles ver tus debilidades, así que, comencé a actuar, formando una sonrisa falsa en la cara.

—Una pena que sea a la persona que verás más en mucho tiempo... —me dijo, terminándose por acercar a mí y acariciando mi cara con una falsa dulzura—. Has elegido un día perfecto para demostrar el poder que emanas... Hoy tendrás una visita especial...

Como había dicho antes, podía ir de cero a cien y eso fue lo que ocurrió. Mis labios se arrugaron con irritación. ¿Estaba de coña? A mí nadie me tocaba sin mi permiso, era algo que no aguantaba, pero me mantuve firme, sin apartar mi mirada de sus ojos oscuros mientras que dejaba que el poder emanara de mi interior. Quería demostrarle quien era, con quien estaba queriendo jugar a un juego que no pensaba dejarle ganar. Esta vez no fueron las cortinas, sino los cristales del torreón que reventaron con fuerza mientras yo apretaba mis puñ prismas de cristal, salpicaron en todas direcciones, la lluvia del exterior, se internó dentro, rociando el suelo repleto de cristales. Los vientos fríos, azotaban nuestros cabellos poderosamente mientras manteníamos un duelo de miradas desafiantes.

No obstante, en medio del vendaval, ella reemplazó su mirada por un gesto desenfadado y comenzó a reírse. ¿Qué demonios hacía? ¿Estaba demente?

—No es conmigo con la que tienes que estar enfadada… —bisbiseaba despacio, paladeando sus palabras. Disfrutaba de cada ponzoñosa silaba que salía por sus labios sangrientos—, sino con tu familia que al parecer es incapaz de darme lo que busco...

Me quedé en un silencio sepulcral y estuve segura al cien por ciento que mi mascara se escurrió al suelo mostrando mi rostro salpicado y bañado en una absoluta decepción. ¿Sabían dónde estaba? ¿Y no habían hecho el esfuerzo de rescatarme? Era la primera noticia que tenía sobre mi familia. En este tiempo no había visto a nadie más, tan solo estábamos esa mujer, yo y la sombra que amenazaba día tras día con devorarme hasta los huesos y con la que peleaba a cada segundo para nunca dejar de brillar. Nunca pasaría, jamás dejaría que me consumieran porque yo brillaba más que las estrellas, pero... ¿Era más importante lo que fuera que buscaba esa arpía que yo? Por un momento, consiguió plantar una semilla de inquina y resentimiento de mi parte a mi familia. Yo les adoraba, pero en ese momento nada más que quería replicarles, maldecirles y gritarles hasta quedarme afónica. Necesitaba una explicación en ese mismo momento, aunque… pensándolo en frío y un poco mejor, quizás no hiciera falta. Si algo dominaba bien, era la manipulación, y aunque en cuestión de segundos ella había conseguido engendrar el rencor y resentimiento en mi interior, tampoco podía fiarme al completo de una persona que me tenía encerrada. Diría cualquier cosa para conseguir lo que quería. Tenía que ser cautelosa y dejar el rencor hacia las personas que quería a un lado para hacerle frente al verdadero problema: ella.

—Oh, lo siento, creía que lo sabías —prosiguió, sacándome de mi letargo, al ver que seguía en silencio.

Me había descuidado, pero no volvería a pillarme con la guardia baja. La sonrisa que estaba desdibujando en sus labios, estaba acabando con la poca paciencia que tenía.

—Hay muchas cosas que no sé, estoy segura... —contesté, apartando su mano de mi cara con asco y alzando el mentón orgullosa, lanzando las ondulaciones de mi melena hacía atrás—. Y por supuesto, hay muchas más que si sé... Creo que podría acabar contigo ahora mismo sin tener mi varita.

Y justo cuando iba a levantar mi mano en su dirección, ella fue capaz de retenérmela con tan solo un agarre, ensanchando aún más su sonrisa. Tenía ganas de llorar de la rabia, de pegar patadas al suelo, de salir corriendo de allí. Toda esa rabia frustrada, se convirtió en una mueca de odio inmenso. No podía controlarme más.

Estaba llegando a mi límite.

—Suéltame —escupí con rabia, haciendo fuerza, pero sus manos eran más fuertes que las mías. Sin soltarme, me atrajo hasta ella y junto su rostro casi delante del mío. Ya no sonreía, su semblante también se había deformado. Casi y solo por un momento, pude ver tristeza entre toda esa masa de rencor y resentimiento.

A ella también se le había caído la máscara.

—Escúchame, princesita... Si crees que tu madre es malvada es que aún no me conoces. Porque recuerda siempre esto, tú eres una princesa, la estirada de tu madre una reina, pero yo soy la reina malvada que acabará con toda tu falsa e hipócrita familia —concluyó, y pude escuchar el odio y el rencor por mi familia y por mí en sus palabras, borrando todo rastro de tristeza.

Luego me soltó, me arrebató la diadema que descansaba en mi cabeza y sin remordimientos la partió frente a mí. Me quedé estática sin saber donde refugiarme. No tenía donde guarecerme del puñal que el mundo me llevaba clavando estas dos semanas. En donde encerrarme hasta que dejara de llover y no le tuviera miedo a los estruendos. Verla partirse lentamente en dos, fue como si rompieran una parte de mi cuerpo. Me sentía una rosa blanca cubierta de sangre a la que querían podar para aprovecharse de su exquisita e inigualable belleza. Verla como sonreía al verme, me enrabietó aún más. Si hubiera sido frente a otra persona, hubiera montado una escena digna de un drama, pero me tragué mi enfado a duras penas y la observé colocándose su vestido de color granate y mientras seguía sonriendo con recochineo.

Oscuridad, eso era lo que reinaba en mi corazón. Esa espesa, agobiante y solitaria oscuridad provocaba que cada noche me abordasen pensamientos poco ortodoxos por la cabeza. ¿Qué ella era la reina malvada? No sabía con quien estaba jugando.

Lo único que quería en ese momento, era vendetta.

Pero el destino me tenía algo totalmente distinto a lo que yo quería.

—Ahora… demuestra a las personas que acaban de llegar lo educada que te ha enseñado a ser tu padre... —volvió a hablar la mujer con sorna, paladeando y bañando sus palabras en veneno.

La puerta se volvió a abrir de par en par, y ahí fue cuando pude ver quiénes eran los invitados tan especiales a los que se había referido antes.

—Qué sorpresa... El vampiro más famoso de Gran Bretaña está frente a mí... —dije con una falsa fascinación, sonriendo con sagacidad, mientras me abría paso hasta él para posicionarme justo enfrente. No le tenía miedo, sabía que sería incapaz de hacerme nada. No podía parar, sentía que el demonio que llevaba dentro se adueñaba de mi cuerpo y yo, le deje sin ningún tipo de oposición—. Seguro que Marcellius... nos echa mucho de menos a ambos... ¿no crees? —bisbiseé serpenteante. Sentí como si mi saliva se volviera más pesada, agridulce y áspera, dejando escapar todo el veneno que había acumulado para él—. ¿Lo has dejado con tu familia solito? ¿Esa que tanto le odia por no llevar vuestra sangre? No sé si podrá sobrevivir sin nosotros, Lord Labonair...

El rápidamente a la defensiva me mostró sus afilados colmillos, mi piel se erizó bajo el satén que revestía mi cuerpo, no obstante, ver que mis palabras me ofrecían justo lo que quería hizo que la sonrisa que lucía al principio se ensanchará más. No pensaba tragarme el cuento de que pensaba atacarme.

—Detente, Georges —ordenó ella y él inmediatamente cerró la boca.

Pero que vampirito más obediente.

Patético.

—Tranquila, Reina Malvada, solo quería asustarme... —dije, sin quitar la vista de él—, pero bueno, por si acaso no es así...

Alcé mi mano frente a él, y rápidamente los huesos de sus piernas comenzaron a crujir haciendo que callera de rodillas ante mí. Me di la vuelta y miré con altanería a la culpable de todo lo que me estaba sucediendo. Sabía que mi movimiento podía salirme caro, pero como ya había repetido no pensaba dejar que me vieran asustada.

—Has dicho que me comporte como una princesa, así que lo mínimo es que empiece por arrodillarse ante mí y me muestre el respeto que me merezco.

Ella no dijo nada, tan solo sonrió de una manera que me encrespó la piel como si fuera un gato que se sentía amenazado. De fondo, se podía escuchar los quejidos insoportables de Lord Labonair por levantarse. Era un dramático, a mi me habían roto la diadema y no había dicho nada. A continuación miré a la señora rubia que estaba al lado de Lord Labonair. Había permanecido todo el tiempo callada, observándonos en silencio. Yo no había pasado por alto su presencia. Era toda una señora. Su cabello repeinado y rubio, estaba moldeado alrededor de su rostro con ondulaciones, cubierto con un sombrero que le atribuía serenidad y un aura indescifrable, acompañado de su traje de chaqueta y pantalón. Sus ojos no eran oscuros, sino claros como un susurrante océano, dejándote ver claramente que sus deseos se componían exactamente de lo que ella quería que vieras, de una toxina extravagantemente impúdica.

—¿Y usted quién es? —pregunté imperativa, antes de darle opción a decirme nada.

—Para eso estamos aquí, darling, para formalizar las presentaciones... —comenzó a decir mientras se paseaba a mi alrededor observándome de arriba abajo. Yo me di la vuelta, al principio puse mis ojos en blanco y luego me quede mirándola otorgándola el permiso para que siguiera hablando. Su voz sonaba suave e incluso podía decir hipnótica y melodiosa—.Todos me conocen como la Madame, una de los componentes de la Hermandad de los Cinco...

—¿Todos? Te equivocas, yo no te conozco —contesté, cincelando una sonrisa más falsa que sus uñas.

—Todos los de mi especie, darling... —susurró y abrió la boca esculpiendo una sonrisa sin ningún tipo de vergüenza, en ese momento pude ver sus colmillos.

—Interesante... —contesté, sintiéndome como si fuera un objeto antes sus ojos—. A mí me conocen como...

—No hace falta que me cuentes quien eres —me cortó, y pude ver cómo le titilaron los ojos con deseo mientras lentamente comenzaba a acercarse a mí— a ti sí que te conocen todos... y todos quieren probarte... pagarían una fortuna por la sangre azul que corre por tus venas, incluso el precio que no quiere pagar tu familia.

Al terminar la frase, alargó la mano y vi sus intenciones de tocar uno de mis mechones de cabello. Instintivamente, di un paso hacia atrás cuando me di cuenta de sus deseos. Repito que no me gustaba que me tocaran sin mi permiso, y mucho menos una vampiresa tarada que quería, por lo que estaba entendiendo, vender mi sangre real. Cuando di el paso hacia atrás, note que chocaba con algo duro, giré la cabeza y me encontré con Lord Labonair, que me miraba por encima de la cabeza, molesto.

Estaba totalmente rodeada.

Me separé dignamente de Lord Labonair a pesar de que me sentía totalmente abrumada y agobiada. Mi corazón latía rápido y necesitaba tranquilizarme, volver a coger las riendas de la situación. Me tenían rodeada en un círculo y me sentía enjaulada como un pájaro en su jaula. Tan solo quería extender las alas y salir volando de allí, pero no sin antes darles su merecido. Ese pensamiento, hizo que me recompusiera.

—Ni si te ocurra tocarme. Iugh —dije, cincelando una mueca de asco y encogiéndome en mí misma. Estaban demasiado cerca, y el mínimo movimiento desembocaría en tener que tocarles yo a ellos.

—Tranquila, darling… a mí solo me gusta la sangre de hombre, pero... —comenzó a bisbisear, sin apartar la vista de mi clavícula.

—Oh, Madame, seguro que nunca has probado a una princesa... —habló finalmente la Reina Malvada. Llevaba demasiado tiempo en silencio, así que su tono sonó aún más ácido de lo que podía haber sonado momentos antes. Estaba incitando a que me comiera.

—La verdad que no, Ursula.

Fue la primera vez que escuché su nombre y era lo que necesitaba para ponerla en mi lista de venganza.

—Georges... Seguro que te has dado cuenta de que es igual que su madre cuando era joven... —volvió a silbar Ursula entre dientes, como el canto de una criatura mortal.

En ese momento miré al Lord Labonair y pude ver como sus ojos brillaban con vientos del pasado. Como poesía de un anhelo grande y fuerte.

—Lo sé, Ursula... —contestó Lord Labonair, mientras sentía como la supuestamente conocida como Madame tocaba mi pelo con fascinación por detrás. Me sentí como el plato más delicioso del restaurante "Le Pré Catelan".

Intenté retirarme, pero la conversación sobre mi familia estaba siendo de lo más repetida en este encuentro, parecía más un interés personal con ellos que económico para salvarme.

—De la mujer que siempre has estado enamorado... —dijo la voz de Ursula—. Deseas probar su sangre, ¿verdad? —le incitaba a comerme y por un momento, dudé en que él se fuera a contener.

Tenía miedo. La Madame aún seguía deslizando las manos sobre mi pelo, Lord Labonair comenzaba a observarme con deseos de comerme y Ursula… ella tan solo sonreía vilmente, como la mayor súpervillana de un cuento tenebroso. Vociferé un grito de terror sin pensarlo que emanó magia y los empujó hacia atrás alejándoles de mi lado. Mi respiración estaba descontrolada y sentía como el poder se deslizaba por el interior de mi cuerpo. No fueron a parar muy lejos, pero fue lo suficiente como para que me dejaran respirar. El sombrero de la Madame, salió volando por los aires colándose entre los cristales rotos, perdiéndose entre la oscuridad de la noche en la que no cesaba llover. Lord Labonair saltó hacía atrás como si fuera un murciélago negro, sin embargo, Ursula no se movió en absoluto, simplemente su vestido se aireó con fiereza y se comenzó a carcajear, mientras los otros dos se colocaban a su lado.

¿Qué significaba todo esto? ¿Qué quería Ursula de mi padre? ¿Lord Labonair estaba enamorado de mi madre? ¿Cuántas cosas estaban sucediendo que yo no sabía?

—Podéis marcharos ya, —habló de repente Ursula, y yo sentí que me deshinchaba. Quería estar sola y no con esa panda de mamarrachos atosigándome. Además, tenía que reconocer que no me sentía segura—. Creo que ha captado el mensaje de que si su familia no paga pronto su precio, hay mucha gente capaz de hacerlo.

Tanto Lord Labonair con sus restirados andares, como la Madame con sus pasos endiablados, emprendieron la marcha, sin embargo, ella antes de salir se dio la vuelta atusando sus pelos rubios como los de un querubín y me miró para dejarme un claro mensaje.

—Que no se te olvide quien soy, darling... Tarde o temprano serás mía... Y tus amigas también.

Después de aquello, plasmo una sonrisa con deseo en sus labios y se despidió de mí con recochineo. No pensaba dejar que pensara que me asustaba con sus vagas palabras, así que le lancé un beso. Sí, eso hice y vi como ella ensanchó su sonrisa y desfiló hasta la puerta. Cuando les vi desaparecer, miré a Ursula desafiante.

—Dime qué quieres.

—Quiero el mundo entero, pero eso toma su tiempo. Ahora quiero los Cinco Emblemas. Ya tengo uno, pero necesito los otros cuatro.

—Mi familia no tiene dicha reliquia... —contesté altanera, cruzando mis brazos con obviedad.

—Como has dicho antes, hay muchas cosas que no sabes, querida princesita... —siseó con malicia, regando la semilla que comenzaba a echar raíces en mi corazón.

Y tras eso, me echó una última mirada, agrandó aún más su sonrisa gatuna y se deslizó felinamente hasta la puerta, dejándome al fin sola con mis pensamientos, mi soledad y el mar oscuro que amenazaba con tragarme.

Me dejé caer al suelo tan encharcado como mi corazón una vez que dejé de sentirme amenazada, mientras que se rompía la coraza que había trazado a mí alrededor. La lluvia del exterior que cada vez caía con más furia seguía colándose en la habitación salpicándome y calándome hasta los huesos. Mis piernas comenzaron a temblar y silenciosamente se deslizaron lágrimas por mi rostro que se mezclaban con las gotas de lluvia. Estuve un rato desplomada, hasta que me levanté lentamente, me dirigí deslizándome hasta el espejo y volví a dejar que retratara mi eterna belleza. La imagen que me devolvía era justo lo que esperaba. Lo que más odiaba. Una chica que era un continente en ruinas. Ruinas que alimentaban mis deseos vengativos. Una chica que era estrella y vivía en una constante e indestructible oscuridad. Yo que siempre había roto las rutinas, las costumbres y los corazones, yo que todo lo que tocaba, lo inmortalizaba, o lo dejaba llorando, me encontraba en ese estado. Era inadmisible. Mi frente se arrugó y me rechinaron los dientes de pura rabia. No quería ver aquello. Entrecerré los puños y el cristal se desquebrajo rápidamente, deformando mi imagen y reflejando todo el resentimiento que habitaba en mi corazón.

El mundo se dirigía hacia una era oscura, dónde el deseo de la Reina Malvada era la única ley.

Y yo, pensaba hundir todo su reino mientras me reía.

No me hacía falta mi corona para brillar. A la corona le hacía falta yo para tener valor.

De una forma u otra, acabaría con ella hasta dejarla bailando entre un centenar de lenguas llameantes, aunque tuviera que aliarme con el mismísimo infierno.

Era una promesa que me había hecho a mí misma.