Salut! Ça va? ... Está bien *pesadumbre* ¡Lo siento! Siento mucho tardar tanto en actualizar; parece que esté convirtiéndose en una práctica habitual en mis actualizaciones ir encabezadas por una disculpa... pero es que me siento muy mal por haceros esperar, de verdad. Espero que podáis perdonarme, darme unas palmaditas en la cabeza y decir 'ea, ea, no pasa nada' *risas*. Resulta que después del concierto tuve un alarde de inspiración por la vida y me busqué un trabajo como profesora particular, así que entre eso y los estudios me cuesta un poco más mantener esto en boga (aunque juro y perjuro que no pienso abandonar mis historias, aunque vayan lentas).

Y ahora ya sin decir nada más, os dejo con el capítulo (me enrollo como las persianas) *risas*.

Disclaimer: Hetalia y sus personajes son propiedad de Hidekaz Himaruya. La idea de esta historia salió sólo de mí.


La Foule

Capítulo Tercero

El silencio, que se había hecho con la estancia debido a la atención que ambos varones prestaban al sonido que venía de una habitación cercana, fue finalmente interrumpido por el español:

—Ella está fingiendo —aseguró en un susurro casi tapándose la boca con la mano, como confesándoselo a su acompañante a escondidas.

—¡Deslenguado! —espetó Francis entre risas, haciendo que el humo del tabaco escapara de su boca de manera irregular.

—¿Deslenguado yo? ¡Sólo digo la verdad! —contestó Antonio con ambas palmas extendidas hacia el cielo. El francés, ágil, no se resistió ante el impulso de lanzarle un cojín a la cara— ¡Eh! ¡Cuidado con eso, que me encantan! A ver si los vas a tirar por la ventana...

—Ya has visto que no, ha ido directo al blanco.

—¡Anda! Mira quién es el descarado ahora...

—Que yo me convierta en algo no hará que tú dejes de serlo, caballero—sonrió—. En la impudicia hay espacio para más de uno. Para millones diría yo... Pero mira, me alegro de que te gusten los cojines.

Antonio sonrió, más con los ojos que con la boca, ante esa última frase. Aún sentado en la mecedora, tomó el cojín que le había golpeado en la cara y que había quedado sobre sus piernas y lo estrujó entre sus brazos, enterrándose después en él con una risa. Olía tan bien; era cómodo, suave y agradable, y lo mullido de su interior le divertía de la manera más estúpida. Levantó la mirada para ver al francés, aún éste con la vista puesta en él. Elevóse entonces su ceja izquierda y su risa se volvió maliciosa.

—Lo cierto es que sí, me encantan —dijo suspicaz—. Aunque en realidad los hayas comprado para estar tú más cómodo apoyado en el cabecero, monsieur, que se cree usted que se me puede engañar a mí tan fácil —bromeó.

El francés dio una larga calada a su cigarro, dejando escapar después el humo lentamente y con los ojos cerrados mientras parecía meditar una respuesta.

Touché —aceptó al final abriendo un ojo y siendo incapaz ya de disimular la sonrisa.

—¡Pero serás...! ¡Canalla!

Lanzó el español el cojín con todas sus ganas hacia Francis, quien rápidamente se cubrió con el brazo haciendo al proyectil caer al suelo como a una distancia intermedia entre ambos. La tensión repentina hizo cesar las risas; cuando ojos verdes y azules se cruzaron, los dos se lanzaron corriendo a por él.

Llegó primero Antonio; saltó sobre la cama una vez obtenida su arma, sentándose sobre el galo y golpeándole con ella repetidas veces para poder resarcirse, mientras el otro se recostaba cada vez más tratando en el proceso de agarrarle las manos para hacerse con el monopolio de los almohadones.

—¡Ya sabía yo! —golpeó Antonio entre risas.

—¡Eh!

—¡Que algo había ahí tras ese regalo!

—¡Oye! —trataba de aguantar, riendo él mismo ante lo absurdo de la situación. Ni con sus hijas había tenido batallas tan campales, y eso que eran reinas guerreras de las peleas de almohadas.

Sus hijas. El recuerdo de las dos niñas que había llegado tan fugazmente a su mente borró de golpe la sonrisa de su rostro, causándole malestar. El arquetipo de familia feliz del que formaba parte era cada vez más una farsa. Quizás, pensó por un momento, la farsa había sido siempre estar allí metido y era el tiempo que pasaba con el español en el que conseguía vivir algo real. Aún seguía sin comprender por qué acababa regresando a ese lugar, pasare el tiempo que pasare, a encontrarse con ese hombre tan extraño y diferente, pese a que con el paso del tiempo había algo que tenía cada vez más claro: cuando estaba allí se divertía, disfrutaba de su tiempo y del placer de que todo lo demás no importase nada, siendo él de verdad, el que decía cuanto pensaba y hacía cuanto le venía en gana. Cuando faltaba, no.

—¡Muere!

Un golpe rotundo en plena cara le hizo volver del río de desesperanza en el que se había sumido. Antonio le había dado un cojinazo sin contemplación alguna, y le miraba ahora con esos ojos verdes que jamás se quitaba de la cabeza.

El moreno esperó una reacción; no le había pasado desapercibido el cambio en la expresión del francés a un semblante tan doloroso. Había optado por lo que le pareció la opción más sencilla, que no era otra que sacarle de los malos pensamientos distrayéndole con una acción de lo más intrascendente y nimia. Como no parecía surtir efecto tan rápido como hubiera querido, decidió acelerar el proceso.

—¡Muere otra vez! —volvió a golpear— ¡Muere varias veces!

Tal linchamiento no pudo más que hacer reaccionar al rubio, quien tuvo que poner ya todo su empeño en arrebatarle el dichoso cojín al español. Éste lo agarraba como si fuere agua en el desierto, pero finalmente, haciendo acopio de todas sus fuerzas, consiguió arrebatárselo y agarrarle de las muñecas para que se estuviese quieto. No pudo aguantar la risa; por el amor de Dios, era como estar peleando con un niño de dos años.

—Y ahora, ¿qué harás? —inquirió con superioridad Francis sabiendo que tenía atrapado a su acosador—¿Qué harás, eh? Te tengo.

El corazón del moreno se hinchió de calma al ver a Francis reír, reír de verdad y seguirle el juego sin siquiera ser consciente, de seguro, de que lo estaba haciendo. Sin hacer esfuerzos por liberar sus manos, se inclinó para acercarse a aquel hombre que le caía tan particularmente bien.

—Pues claro que me tienes —susurró sin dejar de mirarle a los ojos, sintiendo a su aliento entrar en su boca—. Siempre me tienes, hasta cuando no estás. No existe nada más salvo tú y yo: y yo soy tuyo indefectiblemente, caballero.

Tras asomar fugazmente a sus ojos una sonrisa franca durante un tiempo tal vez efímero, el francés unió sus labios a los de Antonio. Soltó entonces sus muñecas, entrelazando los dedos de una de sus manos con las del moreno mientras la otra se deslizaba hacia arriba hasta enredarse en ese enmarañado cabello castaño. Sintió cómo el español rodeaba su cintura con las piernas, hasta que finalmente una de sus manos lo abrazó.

Las uñas se clavaron en su espalda atrayéndolo apasionadamente.

Por culpa de las sonrisas, sus dientes chocaban al besarse.

El lazo con el que Francis se ataba el pelo desapareció en algún momento, quizás antes o quizás después de que las camisas se precipitaran hacia el suelo.

Acaso por las perlas de sudor, las grandes manos de ambos patinaban rápidamente recorriendo sus cuerpos de espaldas arqueadas, de pieles ardientes, de gemidos agonizantes atascados en gargantas.

El cigarro, apoyado sobre el cenicero, fue consumiéndose mientras, al ritmo de los golpes del cabecero contra la pared, era testigo de cómo pasaba aquella mañana del apenas recién estrenado verano.

—¡AAAAAAAAAAAAH!

Un vaso cayó y se rompió; Antonio se dejó caer sobre la cama de golpe con el último grito de placer. Francis levantó la cabeza en busca de oxígeno, aún de rodillas sobre el colchón, con la sábana molestamente enrollada en la pierna. El pecho del de ojos verdes subía y bajaba rápido, a destiempo, escuchándose su jadear entrecortado aún alto en la habitación. Cuando imbuido en ese aura el francés dejó que el peso de su cabeza venciese y las miradas de ambos se encontraron, una sonrisa tonta afloró a sus labios. Con esa misma sonrisa en los ojos, Antonio extendió los brazos para recibir a su invitado en ellos; Francis, sin darle muchas vueltas, se dejó abrazar. Finalmente y tras un rato, quedó tumbado a su lado, aún con el brazo del español tras el cuello.

Miró a los pies de Antonio, apoyados en la pared sobre el cabecero de la cama; se le escapó una pequeña risa mientras a tientas buscaba el tabaco, sin ser consciente de que ése no era el lado ni la orientación de la cama en la que estaba ubicada la mesita de noche sobre la que dejaba sus cosas.

—¿De qué ríes? —preguntó el anfitrión, curioso.

—Nada —negó con la cabeza.

—...

— Nada hombre, nada.

—¿Seguro? Va anda, dime —jadeó en un susurro.

—Me preguntaba... sobre esa manía que pareces tener, siendo que acabamos siempre al revés en la cama. En este tiempo me he dado cuenta de que nunca hemos terminado con la cabeza en la almohada —rió suavemente—. Y, cuando acabas, cuando tu cuerpo deja de arquearse involuntariamente aunque yo ya no esté dentro, siempre estiras los pies y los apoyas en un sitio alto —señaló sentado en la cama, habiéndose erguido para buscar el tan anhelado cigarro.

—¡¿Eh?! ¿Qué dices? —soltó en una carcajada, tapándose la boca mientras levantaba ligeramente la cabeza para mirar a la pared, donde sus piernas acababan.

—Lo haces siempre —encendió el cigarro volviendo a tumbarse, apoyándose sobre su brazo libre de modo que, a esa altura, sus rostro quedase frente al del chico tumbado.

—¡Calla, caramba! —rió— ¿De veras?

—Te lo juro. ¿Por qué te tapas la cara? ¿Que acaso te da vergüenza?

—¡Calla!

Ver a Antonio bajar las piernas de la pared y apoyarlas sobre la almohada tras el último ruego de silencio con el previo rubor intensificado hizo que a Francis se le escapara tal carcajada que de a poco se le cayó el cigarro de la mano.

—¡Qué absurdo! —se mofó con ganas— De verdad, menudo arrebato más infantil. Vergüenzas a estas alturas...

—¡Vale ya! —espetó el moreno queriendo huir— No sabía que nadie se fijara tanto en mis gestos; me da un apuro tremendo ahora... ¡que yo hago muchas tonterías! —enterró su cara entre las manos.

—Cierto, cierto —asintió el buen francés—, las haces.

—¡Francis!

En este punto Antonio tomó un cojín del suelo, de esos que le había regalado Francis la semana pasada, y se lo puso sobre la cara a fin de ocultarse para morir. No entendía el origen de aquella vergüenza tan absurda, como decía el rubio: él sabía muchas de las cosas que hacía, muchas descaradas, algunas quizá condenables, otras como parte de su papel. Era, de hecho, parte de él fijarse en los gestos que hacían las otras personas, a fin de lograr acaso entenderlas mejor. Ver que ese hombre se había fijado en sus acciones más inofensivas e involuntarias, ésas a las que no les ponía atención, hizo, empero, que no pudiera evitar sentirse... nervioso. Sí, un cruce entre vergüenza ante lo expuesto y nervios le apresaba sin pretenderlo el estómago. Mas ese sufrimiento, no sabía por qué, tenía algo de agradable.

El francés sonrió, jugando con el humo del tabaco. Despacio, su cantante extranjero comenzó a asomar tras el cojín. Vistió su cara con una sonrisa pícara a modo de escudo que no lograba ocultar su mirada intrigada, para preguntar:

—¿Y qué más?—quiso retarlo, a fin de echarle atrás— ¿Qué más sabes de mí?

—No mucho... Cuando te muerdes el labio es que piensas en comer. Por otro lado, pareces detestar abotonar o desabotonar camisas: por ejemplo, cuando me desvistes, tratas de hacerlo con cuidado a pesar de esa leve torpeza pero, sin embargo, cuando se trata de quitarte tu ropa poco falta para que le saltes todos los botones de cuajo. Siempre, siempre, dejas la ventana abierta, y según parece no te gusta tener sexo en la dirección preestablecida por la cama —rió—. Cuando crees que duermo canturreas canciones en español, o quizá en italiano, escabulléndote si puedes hasta la mecedora de madera azul y, aunque no te acompañes de la guitarra de manera musical, siempre la coges o acaricias. A veces me miras como si me conocieras desde siempre... Acaso tengo la suerte de haberte caído bien —profirió. La mirada que vagaba perdida por ahí mientras enumeraba todos los detalles en los que se había estado fijando en el tiempo que había pasado en esa habitación, en esos días hechos semanas, en esas semanas que pasaban con encuentros cada vez más largos y habituales, se fijó finalmente en Antonio emanando un extraño aura—. ¿La tengo?

—... —algo parecido a una risa de incomprensión brotó de la garganta del moreno, que miraba a su interlocutor estupefacto. Ahora era él, por primera vez, quien parecía transparente a ojos del rubio.

Vengeance —paladeó entonces el francés malvadamente, como si le hubiera leído este último pensamiento.

Quedó el español mirándolo atónito. Venganza, decía; recordó de súbito la confesión que había hecho a instancias del rubio acerca de lo que de él percibía, la mañana que siguió a la primera noche que yacieron juntos. No habíase el francés, en ese tiempo, fiado mucho de lo que él dijere, con lo que no pensó que realmente nada de lo dicho fuese a impactarle hasta el punto de recordarlo hoy. Había vuelto Francis una semana después de aquello, y luego cinco días después. Fue haciendo apariciones más habituales, dedicándose ambos noches enteras y cada vez más asiduamente gran parte de las mañanas e incluso porciones de la tarde. Hablaban de cosas triviales, nada importante que pudiera tener sentido más allá de esas paredes. Sus cuerpos se unían, de tanto en tanto, precipitados el uno sobre el otro so causa de alguna conversación, una mirada, pura casualidad. Una confianza extraña, una familiaridad impensable, nacía entre aquellas paredes viejas, maderas apolilladas y metales chirriantes. Lo cierto es que, pese a todo, hablar con Francis era divertido.

Dio media vuelta en la cama hasta quedar boca abajo mientras desechaba un pensamiento, y estiró el brazo con dificultad a fin de alcanzar la sábana perdida en batalla que ahora descansaba enrollada parcialmente sobre el suelo. La extendió para cubrirse parte del cuerpo, más por la manía de sentir la sábana sobre la piel que por el propio pudor; aprovechó la tan propicia ocasión para lanzarle, aunque prácticamente sin fuerzas, un cojín que había encontrado en el suelo.

—Idiota... —murmuró.

El de ojos azules sonrió sintiendo que su "venganza" había tenido éxito, dejando que el cojín lo golpease y pasase de largo hacia el suelo al otro lado de la cama. Hizo amago de ir a recogerse el pelo; buscó su cinta con la mirada por el piso sin hallarla, y ya cuando prácticamente había desistido en su empresa una mano con una banda celeste apareció ante sus ojos.

—Gracias —pronunció, obteniendo una sonrisa como única respuesta.

Antonio observó al rubio atarse el pelo, a un lado en la parte baja de la cabeza. Se preguntaba a menudo por qué lo hacía, si de ahí siempre terminaba soltándosele poco a poco la mayoría del cabello; quizás tenía que ver con que el cabello se pega increíblemente rápido a la piel cuando acucian tanto el sudor como el calor, o que cuando lo llevaba suelto y se tumbaba sobre él éste le hacía unas cosquillas indescriptibles en la cara. Era, en todo caso, hipnótico ver arreglarse al francés. Lo hacía todo con tanta paciencia, con tanto mimo, que parecía que todo lo que tocaba lo palpase y manipulase con sumo cuidado. Definitivamente -sonrió el moreno para sus adentros- era un tipo con un cierto aire de romanticismo y profundidad inexplicables, encantos que la gente abandona en el inconsciente cauce del tiempo pero que en este hombre se veían, de algún modo, potenciados en su atractivo por la edad y la experiencia que su mirada transmitía. Ciertamente, no había nada del apasionado romanticismo juvenil en aquella relación. No eran el primer amor del otro; no era un inconsciente amor. No había locuras, ni declaraciones fastuosas; no era la primera vez de ninguno en las artes amatorias, tampoco. Era algo diferente, que no sabría explicar. Al fin y al cabo, no debía haber sentimientos por parte de ninguno: sólo era una relación casual construida sobre el dinero.

—Francis —llamó en un tono inesperadamente sereno.

—¿Hm?

El rubio, que volvía a tener la mirada en algún lugar del espacio al que se había quedado mirando tras apagar su cigarro, giró para encontrarse por primera vez con lo que resultó ser el rostro dubitativo de Antonio.

—¿Qué te ocurre, hombre? —inquirió entre la curiosidad y la preocupación.

—... La verdad —le costó empezar al moreno, logrando arrancar poco a poco— es que tengo un pequeño problema. Mi camino se acaba de bifurcar en dos diferentes —explicó haciendo gestos con las manos—: uno es la senda de lo que debo hacer y el otro es la senda de lo que quiero hacer...

—Elige el segundo —contestó sin dudarlo un sólo instante el galo, harto del hastío al que sin duda sabía conduce el primero—. Elige el segundo y tira la casa por la ventana —sentenció. Antonio rió con ganas.

—El punto es que el segundo es explícitamente el camino de lo que no debo hacer. Pero es que quiero hacerlo: cada vez se me hace más difícil evitarlo.

—Esa coincidencia de caminos, Antonio, pasa más a menudo de lo que puedas imaginar... De todos modos, a bueno has ido a preguntar. Es como preguntarle al agua si está bien mojarse.

—¿Te enfadarías mucho si me salto las normas de este lugar?

—Ade-... ¿Enfadarme, yo? ¿Por qué?

—Francis, este es un lugar de ocio y disfrute. La gente viene a olvidar su vida, a dejar por un momento los obstáculos y problemas atrás. Por eso, no se puede preguntar a nadie sobre su vida. Pero...

—¿Sí?

Antonio se incorporó ligeramente y acercó su boca al oído del francés.

—...yo quiero más de ti.

Abrió Francis mucho los ojos; un rubor inesperado subió a sus mejillas, sintiéndolo él ridículo en alguien de su edad.

—...¿Y a qué, eso?

—¡No lo sé! —volvió a dejarse caer sobre la cama— Pero es que las preguntas se agolpan en mi garganta. Quiero poder preguntarte cosas sin pensar detalladamente si son permitidas o no, sin tener que pensar en todo lo que está prohibido. Poder preguntarte qué tal tu día, quizás incluso qué fue de ti en el tiempo que no estabas aquí, no lo sé. Poder preguntarte qué es lo que te ocurre cuando te cambia la cara a esa expresión tan vacía.

—... —el rubio le miró algo asombrado, asomando aun así la duda a sus ojos. Había sido ésta para él una salida totalmente inesperada; aún era consciente, sin embargo, de que era perfectamente posible que Antonio se comportase igual con todo el mundo. ¿Hasta qué punto puede uno fiarse de las palabras de un hombre que vive a costa de que la gente desee estar con él? Necesitaría, como poco, un detalle que le hiciese decidir...

—Porque, a ver, seamos sinceros —continuó de repente el cantante—: esto es jodidamente antinatural, y perdóname la expresión. Si sólo hemos de existir los dos en el mundo, si quieres desaparecer, estaría bien hacerlo más allá de este cuarto, de estas cuatro paredes. Si no, en cuanto ponemos un pie fuera todo se va a la mierda.

La sencillez con la que este último parecer fue expresado hizo que, por primera vez desde que se conocieran, Francis no albergara ninguna duda respecto a la sinceridad de Antonio; visto el lenguaje del que hizo uso, probablemente de modo inconsciente, le pareció que no se paraba a pensar lo que decía sino que realmente decía lo que pensaba.

—... —las comisuras se le levantaron ligeramente hacia arriba, mientras fingía estar meditando una decisión que en realidad ya había tomado—. Está bien, pero tendrás que pagarme.

—¿Hm?

—A cambio, yo también haré preguntas.

—... De acuerdo —aceptó finalmente, aparentemente algo a regañadientes.

—Sino no sería justo, Antonio...

—Ya, ya, lo sé. Está bien —se resignó con una sonrisa—: quien algo quiere, algo le cuesta.

—Si una pregunta es escabrosa, no hace falta que me la contestes. No tengo intención de interrogarte, sólo...—afirmó con calma, bebiendo un sorbo de agua— me basta con que satisfagas mi curiosidad cuando creas que eso es posible. ¿Te parece?

Antonio le miró un rato, como dudando. Inevitablemente, al cruzarse los ojos de ambos, se le escapaba una sonrisa que a ratos intentaba ocultar arrugando el morro, aunque sin éxito. Finalmente, sin poder aguantarse más, sonrió.

—Trato hecho; ya puedes ser interesante, Francis, ya... —amenazó, temiendo haber sacrificado su intimidad en vano. El aludido soltó una carcajada, agarrando un bollo de la mesa.

—Eso no dependerá de mí juzgarlo; tú te has metido solito en esto...

—¡Ruin! —rió Antonio, estirándose sobre Francis de manera perpendicular a fin de agarrar él también algo de comer de la mesa— Hmm... Los bollos de Emma son los mejores... —ronroneó.

—¿Emma? —preguntó el rubio, estrenando su recién cerrado pacto.

—Sí, sí, Emma. Trabaja en la panadería-pastelería que hay en la esquina; siempre nos trae los bollos, cruasanes y todo lo demás; comerse uno de estos es casi más pecar de lujuria que de gula...

—Exagerado —rió negando con la cabeza el galo—. ¿Y? ¿Qué hay pues en mí que quieras conocer?

—A ver, qué se me ocurre... —rodó el español por la cama, haciendo el tonto— Ya sé: ¿a qué te dedicas?

—...Adivina —decidió jugar Francis, con una sonrisa—. ¿De qué tengo pinta? Si aciertas, el próximo día te traigo un regalo.

—¡Ja, ja! Esto puede ser un tanto... Bueno, bueno, veamos. ¿Poeta? —tentó. El rubio abrió mucho los ojos y se señaló al rostro.

—¿Lo parezco? —inquirió sorprendido.

—¡Mucho! ¿Qué no te lo han dicho nunca?

Non, pas du tout.

—Pues lo pareces. Entonces escritor... ¿Tampoco?

—Tampoco —aseguró.

—Vale, pues cambio. A ver... ¡pintor! ¡Tienes que serlo! Como Picasso, o Max Jac... ¿Jacob?

—Max Jacob, sí —asintió Francis—. Pero no, no soy pintor.

—Como sea. ¡Pero tienes cara de artista! No sé, a ver qué se me ocurre: no tienes cara de científico ni de tecnólogo... ¿Ingeniero?

Non.

—Hm... ¡Pero dame una pista o algo! —exclamó dramáticamente el de ojos verdes— Periodista.

—... Casi, vas bien. Ahí, ahí...

—A ver, generalicemos: ¿voy bien con lo de que tienes cara de artista?

—Podría decirse que sí. Estudié Bellas Artes en la universidad, de hecho.

—¿Sí? Ser universitario tiene que ser genial.

Francis rió socarronamente.

—Sí, lo es, lo es. Una época de locuras para muchos, desde luego, aunque hay que trabajar más de lo que la mayoría imagina.

—¿De verdad? Qué divertido... Pero bueno, sea: entonces te dedicas a alguna disciplina artística, y no es ni la literatura ni la pintura.

—Ajá.

—¿El dibujo?… ¡El cine!... ¿No? ¡¿Qué me queda?! —se desesperó sin llegar a nada, haciendo reír a Francis— Está bien, me rindo.

—Fotógrafo. Soy fotógrafo.

—¡Fotógrafo, mierda! ¡Estaba a punto de decirlo, lo juro! ¡¿Por qué me habré callado?!

—Está bien, está bien —rió—; digamos que cine y periodista cuentan como medio punto. Arte en fotogramas junto a noticias y actualidad podrían decirse que componen gran parte de mi trabajo. Me gusta mucho más la primera parte, aunque desgraciadamente es la segunda la que reporta más dinero.

—¿Y? ¿Qué más da el dinero? Si te gusta más lo primero deberías tirar por ahí—comentó Antonio aún maldiciéndose por su error mientras, en cuclillas, recogía los restos del vaso que se había caído de la mesita hacía ya tanto tiempo que el agua estaba casi seca.

—Sí, bueno, eso es algo que sé ahora, una de esas lecciones de la vida que vienen de haber tomado el camino equivocado. Si en su momento hubiese sido consciente...

—Bueno, pues cámbialo ahora —convino el moreno con sencillez, tirando los cristales a la basura. Dejó el de ojos azules de acomodarse los cojines a la espalda para girarse a mirar al orador con los ojos muy abiertos, como si hubiese dicho una locura.

—¿Ahora? Menuda fantasía; ahora ya no hay vuelta atrás.

—No te estoy diciendo que vuelvas —se explicó el otro sentándose a lo indio en la cama, frente a él—. Te estoy diciendo que cambies.

Una suerte de sonrisa triste asomó al rostro del galo.

—Si fuera tan fácil...

—Lo es, lo es, es sólo determinación.

—No, no, no es tan sencillo; la estabilidad económica es necesaria cuando de uno depende la vida de más personas. Tomando ese camino uno encuentra cosas en la vida, y si quiere abandonarlo para cambiarlo por otro tendrá que, probablemente, deshacerse de las cosas que halló en ese camino -si es que ellas no lo abandonan a uno antes.

—Aun así, lo importante sigue siendo la felicidad... Yo creo que si de verdad te gusta y le dedicas pasión y esfuerzo, aunque al principio parezca una locura seguro que al final consigues cambiar de camino y andar por él de manera estable, ¡e incluso a lo grande! Hay que ponerle corazón a las cosas, hombre, y tú deberías saberlo, que para algo eres francés —rió—. Y los franceses sois muy bohemios.

—Anda que, en menuda ensoñación andas tú metido —negó con la cabeza.

—Sólo digo que es mejor tarde que nunca. Y que prefiero sin dudarlo arrepentirme de haber hecho algo que de no haberlo hecho, Francis. Como sea, al margen de este vuelo mental, me encantaría ver alguna de tus fotos. ¿Publicas en algún sitio? ¿Tienes alguna a mano?

—A veces, en los periódicos, por ser el fotógrafo personal de según qué personas. Y no; por desgracia, no tengo ninguna fotografía aquí.

—¡Vaya que eres alguien importante! —se sorprendió Antonio. Francis rió.

—En absoluto, hombre. Sólo una pieza entre bastidores. Sea como sea, tendrás que dejar de preguntar aquí. La privacidad de mis clientes es algo que hay que mantener.

—Claro, claro.

—¿Y? ¿Qué hay de ti?

—¿De mí?

—Sí, hombre. ¿Has sido siempre... músico?

Esta vez fue Antonio quien rió.

—Qué va, qué va. He tenido más empleos de los que puedo contar, creo. Cuando llegué a Francia, de hecho, apenas si sabía tocar dos canciones en la guitarra.

—Cualquiera lo diría, tocas magníficamente ahora.

—¡Gracias! Me esfuerzo mucho. Pero bueno, he sido camarero, carpintero, y también pasé mucho tiempo trabajando en el campo...

Quedaron hablando largo rato, faltando, de hecho, Francis al trabajo. Antonio no dijo nada. A fin de cuentas, él tampoco tenía qué hacer y ese individuo era una presencia inevitablemente agradable. Cuanto más tiempo se quedara, mejor; desaparecía el sentimiento de soledad en presencia del rubio. Se sonreía interiormente en puntos determinados de la conversación, dándose cuenta de que era a todas luces obvio que estaba tratando con un artista. Francis fingió no ser consciente del paso del tiempo. Nunca pasar el día encerrado en una habitación con alguien sin hacer prácticamente nada le habría parecido tan buen plan a ninguno de los dos. Pero, ¡ah!, se estaba tan bien así...

Capítulo Tercero - Fin


Mi objetivo en este capítulo era transmitir cierta sensación de intimidad y confianza; notarse que ha pasado algún tiempo y que se tratan con más familiaridad, pero que aun así se siguen conociendo. Quiero que transmita esa sensación de domingo sin hacer nada, sin más, a gusto en compañía de otra persona. Los sentimientos evolucionan poco a poco... ¿qué os parece a vosotros? ¿Os ha gustado? Espero que haya podido hacer justicia a la espera de cerca de tres meses para la actualización. Un besito muy grande y, como siempre, muchísimas gracias por leer.

Saludos,

Bou.