Capítulo 3 – La joven del agua


El amanecer de aquel caluroso 31 de Julio llegó demasiado deprisa para todos aquellos que en el número 4 de Privet Drive intentaban descansar. Hermione Granger abrió los ojos resoplando con furia: desde que se había desvelado un par de horas antes del alba a causa de los jadeos asustados de Ron en el otro cuarto, que Harry parecía no haber oído, no había vuelto a pegar ojo. Tanto de aquella habitación en la que dormía ahora tan plácidamente el chico Weasley, como de la de los tíos de su amigo, llegaban unos descomunales ronquidos que lograban exasperarla.

Por ello, y aprovechando que no tenía ninguna otra ocupación, decidió sacar sus últimas adquisiciones bibliográficas para echarles una ojeada y poder ser de ayuda más tarde, cuándo emprendieran la mudanza. Minutos más tarde, bostezando con vehemente rabia, saltó de la cama y avanzó hacia el pequeño escritorio perdido entre la multitud de pertenencias del primo de Harry: realmente, encontraba aquella habitación tan incómoda como desagradable, pero no era una persona dada a las frivolidades y, por ello, ponía su atención en asuntos más importantes para ser capaz de fingir más dignamente que no le importaba.

Sin embargo, había cambiado. No sólo sus dientes habían encogido, o su cabello se dejaba peinar adecuadamente por vez primera en mucho tiempo sino que, en general, su aspecto de rata de biblioteca había remitido considerablemente. En realidad, como descubrió al mirarse al espejo ante el que pasó sin poder evitarlo, estaba más pálida y delgada de lo habitual; pero de forma genérica se felicitaba en secreto por ser capaz de evitar que la falta de sueño o el estrés continuo generado por el terror a ser atacados, causaran males mayores…nadie diría que había sido petrificada, que había visitado San Mungo en varias ocasiones o que se había enfrentado a los mismísimos mortífagos a pesar de su juventud. Y, además, estaba aquello…

Era un dulce secreto: algo que le hacía sentirse indeciblemente orgullosa y mitigaba en gran medida la decepción del cierre permanente de Hogwarts. Algo que aún estaba descubriendo pero que sentía ya susurrar bajo su piel con cada latido, estremecer su alma con cada exhalación. Un tenue rubor tiñó sus mejillas sólo con pensarlo y un escalofrío le recorrió la espalda mientras se miraba de arriba abajo buscando algún indicio que lo delatara. Pero no: su cuerpo continuaba aparentemente igual que siempre; sin embargo, sabía mejor que nadie todavía que la figura que se ocultaba bajo la bata rosa, bajo el pijama blanco con motivos azules y las zapatillas de pelo que Crookshanks gustaba de destrozar, no era la de una niña.

Quizá debería haberlo tenido más presente: quizá debería haber pensado más en eso y no tomarse sus propios triunfos tan a la ligera cuándo decidió que no haría ningún mal a nadie si se daba una rápida ducha antes de que los demás despertaran. En principio, silenciosa como una sombra, disfrutó indeciblemente de la tibieza del líquido que corría por su piel denuda mientras se acumulaba poco a poco en el plato de ducha, formando un apenas perceptible oleaje que cosquilleaba en torno a sus pies barriendo los márgenes del receptáculo.

Embriagada de los aromas del gel y del champú, no sintió la presencia del intruso que pasaba junto a la puerta abierta, más allá de las opacas cortinas de ducha tras las que se creía tan felizmente a salvo.


Harry Potter tuvo aquella mañana un despertar diferente: un poderoso chillido desgarró con violencia las brumas de su ensoñación y le produjo escozor en los ojos al obligarle a abrirlos tan raudamente. Sin pensar en lo que hacía, tomó su varita mágica y salió corriendo al pasillo, completamente despejado y listo para enfrentar algún horror enviado por su peor enemigo.

Mientras reconocía ambos lados del largo galería, Ron salió tras él, también alzando su varita y con aspecto de no haber dormido nada en toda la noche; con una mirada pálida y asustada, lo interrogó, pero entonces a ambos se les ocurrió la misma idea y el terror hizo presa en ambos de manera simultánea: Hermione.

Al otro lado de la estancia, resplandeció un destello a la entrada del cuarto de baño y hacia allí corrieron los dos amigos con las varitas alzadas ante ellos mientras la puerta del cuarto de baño se cerraba a cal y canto. Duddley estaba en la pared exactamente opuesta, sentado en el suelo con una mirada estúpida en el rostro y nada parecía más anormal que el montón de agua enjabonada que salía de debajo de la puerta. Todo se había quedado en silencio y la calma comenzaba a regresar aunque los Dursley se asomaban desde la puerta de su habitación para ver qué ocurría y para intentar llamar a su hijo, que no parecía ver ni oí nada.

-¡Hermione!- los chicos empezaron a llamarla a gritos pero ella no contestaba.

-¡Aparta!- ordenó Harry, apuntando su varita al lugar que habría llevado la cerradura- ¡Alohomora!

La hoja de madera se desplazó con fuerza y reveló el interior. Durante una fracción de segundo, creyó vislumbrar algo imposible: a su amiga de pie en el centro de la estancia, desnuda y brillando tenuemente como si fuera una veela…pero entonces parpadeó, y comprobó que estaba vestida, aunque la impresión no le dejó reconocer la tela vaquera o el deslumbrante rosa de su camiseta. Volvió a cerrar los ojos por si acaso y tragó saliva:

-¿Estás bien?- logró articular, por fin. Ella lo miró con altivez, agitando perezosamente la varita para recoger y secar el caos que la rodeaba y asintió, antes de salir.

-¿Qué ha ocurrido?- indagó Ron, que no había reparado en su nuevo look: sin duda lo más llamativo era su pelo, que aún estaba húmedo pero Harry estaba casi seguro de que en cuanto se secara no volvería a verlo rizado. Además, había un brillo distinto en sus ojos color miel, que echaron un vistazo al otro lado del pasillo antes de volverse hacia sus amigos- ¿Por qué has gritado?- insistió el pelirrojo. Ella lo miró extrañada y algo molesta, pero él no se percató pues, durante una fracción de segundo, y tan efímera y levemente que luego dudó de la realidad del suceso, se mareó y la vio en medio de una gran charco de agua delante del retrato de la madre de Sirius en Grimmauld Place:

-Yo no he gritado: ha sido tu primo- replicó la muchacha, ante la mirada inquisitiva que el Elegido le lanzó. Pero aquello no parecía resolver suficientes dudas, por lo que decidió explicarse- Al parecer se dirigía a la cocina y oyó el agua…supongo que pensó que eras tú y que podría ahogarte o algo…así que entró sin llamar y… ¿me enfadé un poco?- declaró dubitativa, temiendo que las palabras "le dí una lección pero creo que se asustó mucho y ahora me tiene miedo" desencadenaran una discusión acerca de su incuestionable responsabilidad.

Para su sorpresa, sin embargo, el rostro del adolescente moreno se iluminó con una amplia sonrisa risueña mientras sus ojos verdes encontraban su varita antes de recorrer su rostro, logrando que comenzara a ponerse colorada:

-¿Qué le has hecho?- intercambió una mirada de hilaridad con el pelirrojo sin esperar, realmente, ninguna respuesta. Ella se sintió alagada pero en seguida negó con la cabeza, colorada, y restó importancia al asunto:

-Vamos a desayunar: hay que prepararse…


Minutos más tarde, los tres amigos estaban reunidos en torno a la mesa de la cocina de la casa Dursley disfrutando de un pacífico desayuno mientras el chico Potter abría sus regalos: un Detector de Espíritus y Seres Etéreos Oscuros de parte de Hermione, y un Juego Completo de Bromas Defensivas de Sortilegios Weasley de parte de Ron y su familia. Este último acababa de ponerles al corriente de la perturbación de su descanso, pero Hermione pronto criticó ácidamente sus reticencias a regresar a Grimmauld Place argumentando en contra de las Profecías.

-¡Eh¡Existen algunas auténticas¡Mira a Harry!

-Lo he visto mil veces, gracias- murmuró la chica distraídamente desde detrás de su ejemplar de El Profeta. El joven pelirrojo se inclinó un poco hacia su amigo, que hizo lo mismo para oír su comentario, deliberadamente apenas audible:

-Está molesta por que no hemos estado ni una vez a solas...

El adolescente moreno asintió, con aire de entendido, mientras la joven dejaba violentamente el periódico sobre la mesa y fulminaba al pelirrojo con la mirada antes de levantarse a por los cereales. Mientras tanto, los ojos de Harry habían caído sobre la primera página del diario, en dónde una fotografía móvil en blanco y negro de la Marca Tenebrosa flotaba entre dos colinas, refulgiendo siniestramente para eclipsar las estrellas. Estaba a punto de leer el artículo cuándo escuchó el pequeño golpe de la silla al apoyarse contra el frigorífico y, al levantar la mirada, vislumbró boquiabierto y privado del aliento la atracción que las redondeadas caderas de Hermione ejercían sobre sus ojos mientras se estiraba para alcanzar el paquete de copos de maíz…Ron, que no se había dado cuenta, le arrebató el periódico, pero Harry no pudo despegar la vista de los movimientos hipnóticos de la muchacha.

Cuándo ella saltó ágilmente del taburete y se irguió elegantemente, lo espió por el rabillo del ojo y esbozó una sonrisa satisfecha que al joven se le antojó moderadamente alarmante; sin embargo, antes de que pudiera investigar aquel curioso fenómeno, la conversación siguió su curso:

-Bien, entonces…¿a dónde vamos¿Al valle de Godric¿a Grimmauld Place?- dijo Ron, estremeciéndose visiblemente.

-Deberíamos ir a dónde nos quede más cerca el próximo Horrcrux…-comenzó Harry.

-Que, por supuesto, no tenemos ni idea de dónde está ni de qué puede ser, suponiendo, una vez más, que R.A.B. de hecho destruyera el maldito relicario- terció Hermione, impaciente.

-¿Qué significa eso de "suponiendo que lo destruyera"¡Esa era su intención!- intervino Ron.

-No es tan fácil destruir un alma, ni siquiera un simple fragmento- aclaró ella.

-Has estado leyendo¿eh?- comentó Harry. El rostro de ella se turbó, mortalmente avergonzada, mientras murmuraba en un hilillo de voz:

-Sólo los libros de magia negra tratan el tema de las almas en profundidad así que…

-¡No me lo puedo creer!- saltó el pelirrojo- ¡¿Has estado comprando en el Callejón Nocturn?!

-Mientras buscábamos las cosas de Phlegm… ¡pero esa no es la cuestión!: el caso es que destruir un Horrcrux requiere una enorme cantidad de poder y habilidad. Además, está lo de sus escondrijos y las maldiciones que tengan protegiéndoles…¿Dumbledore no…?- miró a su amigo, vacilante, pues a todos les pesaba en el ánimo el fallecimiento de su director. Harry le había contado mil veces sus recuerdos acerca de todo aquello y estaba particularmente sensible a la idea de tener que repetirlo por enésima vez:

-Ni idea: no mencionó nada más.

-Genial: entonces, lo más sensato…- comenzó ella, tocándose la barbilla con el índice derecho mientras admiraba el fluorescente del techo.

-¿Sería qué?- la incitó el pelirrojo.

-Sería buscar entre las cosas del mismo Dumbledore- susurró. Como temía, los dos chicos la miraron como si se hubiera vuelto loca, el moreno casi asesinándola desde detrás de sus gafas.

-¿Pretendes que volvamos a Hogwarts?

-Sólo digo que él era el que mejor informado estaba¿no¡Algo más tendría que tener en ese Pensadero! Además, es el lugar más seguro para reunir información¡el Ministerio no consentirá que Voldemort- cerró los ojos con exasperación al percibir la mueca de Ron- se apodere del castillo!

-Y tampoco nos dejarán acercarnos a nosotros- sentenció Harry, con la vista perdida en el vacío.

-¿Y qué es lo que sugieres?- demandó ella, exasperada.

Un grito lejano puso fin al silencio, tensándolos de inmediato. El Elegido se levantó de su silla, poniéndose rígido con la mano en la varita: aquello no había sonado como una amenaza inminente, pero estaba claro que debían darse prisa.

-Tenemos que encontrar y destruir un relicario, si es que continúa intacto, una copa, algo de Gryffindor o Ravenclaw y una serpiente asquerosa…no sabemos dónde están, pero creo que en la vieja casa de mis padres podría haber alguno: los dos últimos estaban ocultos en lugares en los que Voldemort hizo algo de lo que se vanagloriaba¿no? Pues creo que el Valle de Godric será un buen lugar para comenzar.

-¿Y si te equivocas?- murmuró Hermione, pálida y con los ojos algo perdidos. Él la miró; no supo qué decir, pero un estruendo lejano puso fin a la discusión: los tres subieron deprisa las escaleras para recoger sus cosas, no demasiado revueltas, y enviarlas a su destino con un hechizo antes de saltar a la negrura del vacío para alejarse muy, muy lejos de aquella región


Humm…jo! Qué mal se me da esto!! En fin, como este capítulo habla mucho de Herm y de…bueno, va especial para Martita (Amidala! Granger): si crees que algo debe cambiarse, sólo dilo y se hará. En fin, espero que los demás no les parezca tan horrible como a mí: por ahora, parece que mi musa ha vuelto a huir…

Pacetone Peverell