—3. Desayunos, viajes y cafés —
— Martes (06:30 am)
— Departamento de Taro
El entrenamiento semanal comenzaba a las 8, las instalaciones del campo se ponían a disposición a partir de las 7. La enfermería y el gimnasio estarían a su servicio. Con algo de apuro, el tiempo alcanzaría para sus fines y con algo de suerte, podría encontrar un momento de sobra en el apretado horario.
Taro, miró por tercera ocasión el reloj, se había duchado y también había desayunado, se había metido en el pants del PSG y su mochila estaba lista. Zapatillas de fútbol, cartera, ropa de civil, agua, llaves y —sin falta alguna— su balón. Alistado, dejó el apartamento y arrojó la maleta en el asiento trasero cuando hubo abordado su auto, arrancando, fijo rumbo a su primer destino.
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— (7:20 am)
— Campo de entrenamiento del PSG. Enfermería.
Jaqueline había llegado temprano al campo, deseosa de tomar un tiempo para ordenar el consultorio. Dado que el doctor Rosy había tenido tiempo de retirarse para su tratamiento médico, el lugar había perdido el toque del hombre y se hallaba gris. Considerablemente amplio (librero de 5 repisas, archivero de metal, escritorio, dos camillas, estante médico y equipo, incluyendo visor de RX), el consultorio mostraba varios libros y los documentos de los jugadores, pero el toque personal seguía ausente. Con cuidado, la italiana rellenó los espacios tanto con libros, como con bolígrafos de colores y formas diversas. Anexó pequeñas macetas de árboles bonsái y jarrones con claveles. Añadió una cajilla con utensilios de higiene personal y fragancia de lavanda. Inclusive colocó una o dos fotografías de su familia, que residía en Italia. Sus padres; Adele y Paolo y sus hermanos mayores, Estefan y Lucían.
Al paso de treinta minutos el lugar lucía mucho más femenino y acorde a ella. La práctica de los jugadores comenzarían en poco tiempo y ella debía atender a los siguientes 5 miembros que presentarían su examen médico. Acababa de tomar asiento cuando llamaron a la puerta, sorprendida, invitó al recién llegado a pasar y se sorprendió de encontrarse con Misaki:
— Buenos días— saludó el castaño con una sonrisa. Jaqueline correspondió.
— Buenos días. Siéntate…— le ofreció— ¿No pasas frío?— preguntó, pues Taro solo llevaba encima la sudadera del pants.
— ¿Eres friolenta?
— Algo, no mucho— aseguró ella. Taro negó el frío y aseguró que de hacerlo, corriendo lo olvidaría.
— ¿De dónde eres, eh?— le cuestionó él— Parisina, claro que no—
— Bueno, tú tampoco…— bromeó ella.
— No, soy japonés. De la prefectura de Shizuoka. Aunque he vivido por casi todo el país. Llegué a Francia hace 7 años, cuando tenía 19. Aunque ya había vivido una vez antes justo aquí, en París— le relató con total confianza y naturalidad. Jaqueline se sorprendió de conocer de repente una parte tan personal. Taro había vivido en muchos sitios y llegado muy joven a la nación galesa.
— ¿Qué haces tan lejos de Japón?— le preguntó, curiosa.
— Papá es pintor, así que viaja mucho. Cuando niño, le ofrecieron un trabajo aquí y yo me negué a no seguirle. Me gusta París, me gusta el idioma y sin duda, me gusta su comida. Tiempo después, cuando me ofrecieron el fichaje al equipo, no lo dudé mucho. Bueno, no mucho luego del Mundial Juvenil— aseguró el castaño— Ahora tú, ¿dé dónde vienes?—
— Soy italiana. De Venecia, más concretamente— al instante, Taro advirtió una similitud de caracteres entre los dos. Jaqueline, no era dada a la confianza inmediata, pero sin duda cuando la cogía, era una chica agradable, dulce y carismática.
— ¿Y qué haces lejos de las góndolas y el spaghetti?— bromeó.
— Llegué hace un año, el doctor Rosy me recibió por recomendación y me gustó mucho estar aquí. También me gustó la comida, pero sí, extraño el spaghetti— rió ella con dulzura, encantando al japonés.
— Entonces ¿eres buena médico?
— No lo sé, supongo que un poco. Me gusta mi carrera— aceptó ella, sonrojada.
— Algo en común. Yo amo mi carrera— le dijo el japonés, con los ojos brillando de emoción.
— ¿No te aburres? Pateas a diario un balón…— Jaqueline no comprendía del todo el soccer, pues a decir verdad jamás le había prestado demasiada atención, aun cuando sus hermanos lo jugaban.
— Nada aburrido. Desde niño, me fascina el deporte y aparte de todo, es genial para socializar. Los mejores amigos que tengo los hice gracias a un balón. Me apasiona el deporte y me encanta jugarlo con mis amigos, también me agrada viajar para jugar. Eso me anima a seguir, a amarlo más y a soportar a Pierre— el castaño calló de golpe y se sonrojó— ¡Rayos! No vayas a contarle, ¿eh?
— No te apures— rió Jaqueline— Parece un capitán algo altivo y serio
— Que poco le conoces— se mofó el chico— Es serio solo cuando dirige la práctica. Fuera del campo es hostigoso, infantil, mujeriego y ególatra, pero es agradable, gracioso y muy fiel. Capitán aburrido, hombre fastidioso, amigo estupendo. Así es Pierre. Además claro, de qué es un verdadero artista en el sóccer como suelen llamarle los parisinos— le explicó Taro.
— Lo conoces bien. ¿Es uno de los grandes amigos que conociste por el sóccer?
— Exacto. Es mi segundo mejor amigo— le aseveró. El reloj marcó las 8 menos 5 y Taro comenzó a despedirse.
— Nos vemos más tarde— le dijo a la chica— Espero que podamos seguir hablando, me gustaría conocerte mejor...— a punto estaba de llegar a la puerta, cuando la italiana le detuvo.
— ¿A qué viniste en primer lugar? ¿O siempre llegas así de temprano?
— Generalmente, sí. Cuando me retraso, me ponen a correr— recordó él, por lo bajo— Pase a saludar, vi luz en la enfermería y quería saber si eras tú.
— Ya… Puedes venir cuando quieras, Taro- le aseguró la castaña con una sonrisa.
— Gracias. Por cierto, en realidad, espero que te agrade el pavo— sacando de la mochila que llevaba una bolsa de papel, Taro dejó sobre la camilla junto a la puerta un paquete y desapareció. Jaqueline se acercó al poco y descubrió, un emparedado de pavo, una gelatina de limón, un jugo de durazno y una nota.
«Desayuna bien, pretty girl.
Lindo día. T.»
Sonriendo, Jaqueline cerró la bolsa y la dejó en el escritorio, metiendo la nota en su bolsillo. «Mentiroso…» pensó.
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— ¿Has llegado temprano?— preguntó Pierre al advertir a Taro calentando en el campo.
— Ajá. No quería seguir durmiendo— mintió.
— Al menos no tendré que llamarte— se mofó el francés. Antes de la protesta del japonés, Pierre se unió al calentamiento. Al poco, los jugadores fueron llegando y como era costumbre, las vueltas al campo comenzaron a realizarse. En punto de las 8, todo el equipo estaba presente y a las 8 con 30, el entrenador apareció para dar indicaciones. Cinco nuevos jugadores fueron avisados para ir a la enfermería.
De uno en uno, iban y volvían, todos sonrientes y con una maravillosa impresión de Jaqueline. Aquellos que restaban por ir, se hallaban deseosos de que les nombraran. Cuando el tercero de ese día volvió, que no era otro más que Amoro, una sonrisa tonta bailaba en sus labios y era tal su impresión que dejó anotarse incluso 3 goles, todos por pie de Misaki. Al caer el descanso, el cuarto en turno regresó:
— ¿Buena consulta?— preguntó un defensa con una sonrisa.
— Creo que me voy a lesionar para volver a la enfermería. La nueva doctora, es tan linda que mola para pedirle una cita— aseguró el recién llegado. Misaki, escuchó el comentario y rodó los ojos.
— ¿Ya la has ligado?— cuestionó un mediocampista, uniéndose a la charla.
— No que va, es demasiado profesional. Por eso digo, que me lesionaré, para pasar con ella la tarde— respondió el chico. Pierre, que como Taro había escuchado se acercó a sus compañeros:
— Que les quede bien claro, que nadie va a volver esta tarde a la enfermería— les advirtió.
— ¿Por qué no, capitán?— preguntó Amoro, confundido— ¿Acaso usted… pretende…?— sonrió con complicidad. Pierre lo fulminó con la mirada.
— 1) Nadie vuelve a la enfermería, porque no es un bar, ni un sitio de citas— comenzó a decir en voz alta, para todos los presentes que lo miraron anonadados por sus indicaciones— 2) Si acaso uno va e incomoda a la doctora, lo hago tirar al arco desde el estacionamiento. Y ya verá el que no anote. 3) Para quién guarde dudas: NO. Yo tampoco volveré, la doctora no me interesa más que en lo profesional— sentenció.
— ¿Entonces no puedo invitarla a salir?— cuestionó un defensa por lo bajo, pero Pierre alcanzó a escucharle.
— Hazlo fuera del campo y atente a que te den calabazas— le dijo y se marchó a la banca. Desde dónde estaba, Misaki sonrió para sus adentros. Jaqueline no había llamado la atención de Pierre. Aunque quizás eso, se debía a las reglas de ligue del rubio: 3) Nada de citas con gente del trabajo, rezaba la lista de al menos un palmo de extensión. «Como sea… ¿a ti qué, Misaki?» se dijo.
— Oye, Taro— lo llamó Napoleón— ¿A ti no te ha gustado la doctora? No has dicho nada y mira que fuiste el primero en verle—
— Pues…
— No vayas a mentir. La tía es linda, muy linda. De hecho, quizás sea yo el que le invite esta tarde cuando acabe la jornada— sonrió el rubio. Taro lo observó alejarse y no pudo esconder una sonrisa. «El PSG busca novias. Favor de enviar su solicitud, se aceptan fotografías.» pensó divertido.
:-:-:
— (05:30 PM)
— Aparcamiento.
La jornada había terminado y el campo se hallaba vacío. Por todo el complejo, eran 5 o quizás 6 los jugadores que aún residían ahí y entre ellos, Misaki ocupaba un sitio en su asiento trasero del Porsche que conducía. En la radio, un grupo juvenil, Coldplay, estaba sonando y dada su popularidad, el japonés había aprendido ya, varias de sus letras. Hacía un rato que había pasado a la ducha y se hallaba vestido de civil, disfrutando la música en su espera.
Pasados unos minutos, Jaqueline dejó las instalaciones y se dirigió a la salida del complejo. No llevaba bata blanca y vestía de jeans claros, su abrigo era color crema y la hacía lucir frágil e inocente. El japonés, sonrió y bajó del auto, apagando la radio.
— ¿Sola a casa?— le preguntó, al situarse a su lado. Jaqueline pegó un brinco al advertirle.
— No me asustes, Taro— le pidió— Sí, tomaré un taxi— aseguró con una sonrisa.
— ¿Taxi? ¿No conduces?
— No. No tengo auto y… no sé conducir, Taro. No verdaderamente, tan solo un poco y a baja velocidad— le confesó. El japonés, la miró sorprendido. La negativa que había tenido la castaña la noche del bar, se volvía clara y de repente se riñó por haberla obligado a conducir.
— Lo siento, no debí pedírtelo aquella noche. ¿Puedo llevarte? No es necesario que tomes el taxi— le dijo.
— ¿Por qué parece que te has unido a tus amigos?— bromeó ella
— ¿Cómo?
— Taro, no soy tonta. Sé coquetear, ¿sabes? Y desde que llegué, no han parado de llover los coqueteos.
— Ya. Bueno, ¿qué te digo? Pocas veces se ven chicas tan guapas en estas instalaciones. No niego que me gusta coquetear contigo, pero también puedo asegurar que no busco una cita, quiero conocerte. Ser tu amigo. Si me das una cita, que suerte la mía— le explicó y guiñó un ojo con la inocencia de quién es sincero en sus intenciones.
— Vale. Entonces me rindo. También quiero conocerte y también me gusta flirtear contigo— bromeó— ¿Un café por un viaje?— le ofreció.
— ¿Café?— cuestiono— Creo que intentas pagarme en lugar de hacer un trueque, pero vale. Solo porque no quiero coquetear esta noche— se mofó él. Jaqueline lo acompañó al auto y juntos, dejaron el complejo atrás.
— ¿Me estabas esperando?— le cuestionó Jaqueline, cuando se detuvieron en el primer alto, camino a Starbucks. Taro asintió con la cabeza.
— Sí, eso hacía— aseguró. Desde el asiento del copiloto, Jaqueline lo observó arrancar. Sus cabellos caían sobre sus ojos cuál adolescente, su cuerpo tenía el físico de un deportista y aun así su rostro era el de un joven. Sus labios eran delgados, sus ojos chocolate del más dulce. «Es muy guapo…» se dijo.
— ¿Por qué?
— Supongo que no quería dejar pasar la oportunidad de tener tiempo contigo. Ahora, con mucha más razón, porque sé que no tienes carro. ¿No te queda lejos de casa?
— Un poco, por eso el taxi. O bien, puedo andar hasta la parada de bus— explicó ella.
— Es mucho— suspiró Taro— ¿No conduces bien, eh?
— No. Sé muy poco. En Venecia, en realidad, lo que usamos son las góndolas, esas sí que las conduzco— rió la italiana.
— Ya… pues cuando quieras, yo puedo ayudarte a dominarlo. Así, podrías ir y venir en auto y no me darías un susto de muerte un día El campo queda algo retirado y aunque no fueras tú, no me agradaría que alguno de mis amigos anduviera a pie tan lejos de casa— le explicó.
— Que lindo…— suspiró ella. Taro siguió el camino con una sonrisa.
— ¿Te molesta que te esperara?
— No. Para nada— aseveró ella.
— ¿Puedo seguir haciéndolo?
— ¿Acaso eres taxista? Si es por llevarme a casa, no—
— No me molesta, de hecho, es mejor viajar acompañado. Cuando Napoleón o Pierre no llevan auto, viajan conmigo, pero eso ocurre… muy escaza la vez. Puedo llevarte, aunque sea a la estación de bus. Incluso podría verte en algún sitio por la mañana y traerte— le comentó, como quién no quiere la cosa.
— ¿No aceptarás un no, cierto?— sonrió Jaqueline.
— No— rió él.
— A la primera molestia, dejarás de hacerlo. Así sea solo que un día nos retrase un alto y llegues tarde al campo. ¿Vale?
— Capisci…—
Cinco minutos después, ambos descendían del auto para ingresar a la cafetería. Mientras Jaqueline buscaba una mesa, Taro pidió dos expresos y un par de galletas. Alejados del gentío, se sentaron a beber y charlar:
— Vaya interés el que me tienes— le comentó ella.
— ¿Qué te digo? Eres interesante. Desde que te vi en el bar lo noté. Tratarte, solo me lo confirma— le aseguró él con una sonrisa.
— Y bueno… cuéntame Taro ¿qué es eso de que viviste en todo Japón?— el castaño rió antes de responder.
Dos tazas de café después, Jaqueline estaba al tanto de la vida del hijo de un pintor tan famoso que incluso lo había oído mencionar en Italia, supo también que Taro tenía una media hermana a la que adoraba y que pocas veces veía a su madre. El japonés, se puso al tanto de que Jaqueline era la hija menor en un matrimonio de médicos cirujanos. El mayor de sus hermanos, Estefan, era un respetado oncólogo y vivía en Roma, mientras que Lucían, el de en medio, era endocrinólogo.
— Lucían sigue en Venecia, con mis padres— le dijo ella.
— Una familia de médicos— sonrió el castaño— Nadie debe enfermarse en tu casa.
— Bueno fuera, Estefan eran muy enfermizo cuando niño, cada dos por tres visitaba la enfermería del colegio por un nuevo resfriado, pero con el tiempo, su sistema se volvió en realidad muy fuerte— se mofó la chica.
Hacía las 9 de la noche, pagaron la cuenta y dejaron el lugar. Taro, le dio tanto su Facebook como su número a Jaqueline y prometió pasar por ella a su casa a la mañana siguiente. Jaqueline vivía a escasos minutos de dónde él y no le quitaba nada dar un giro.
— Incluso, creo que me queda perfecto para pasar por la repostería. Ya sabrás, me gustan sus emparedados de jalea— comentó el chico. Algo cohibido. Jaqueline rió y cedió al plan del chico.
— Bueno, hasta mañana Jaqueline…— le dijo Taro cuando hubieron llegado al edificio de la chica. La castaña sonrió y negó con la cabeza.
— Dime Jackie, es más corto— besando su mejilla, la italiana bajó del auto e ingresó al edificio, dejando atrás a un Taro con la sonrisa de un bobo grabada en el rostro.
Continuará…
JulietaG.28
