EPISODIO 03 – APRENDIENDO EN EL TRABAJO
De nuevo, a varios kilómetros de Ayuda Mundial, Sebastián huía de la base en la que había estado cautivo. Estaba acompañado de sus rescatistas, un par de viejos conocidos de los que no se habría imaginado que acudirían en su ayuda.
- ¡Sigue adelante Sebastián! ¡Alfredo y yo los distraeremos!
- ¡Tomen eso pedazos de mie**a!
El comando especial Samuel, junto a su fiel compañero Alfredo cubrían a Sebastián con fuego de cobertura, dándole el tiempo suficiente para llegar al jeep. El soldado Simmons se dio cuenta de ello.
- ¡Está huyendo al Puma, Grif! - dijo - ¡Debemos detenerlo!
- Simmons, ya quedamos en que se llama Warthog – respondió Grif - ¿Es necesario que vuelvas con ese chiste?
- ¡Solo cállate y dispara!
Sebastián había llegado al jeep, al lado del puesto de copiloto. Poco después los dos comandos militares se le unieron.
- ¿Cómo sabías que estaba aquí Samuel? - preguntó Sebastián, sorprendido por la presencia del hermano de su peor compañía: Oscar.
- En realidad, fue pura casualidad – contestó – A Alfredo y a mi nos ordenaron investigar el área por la supuesta actividad de "Freelancers". Pero en vista de las circunstancias, creo que son solo un montón de idiotas los que pueblan este lugar.
- Oh sí, ya me di cuenta de- Oh mierda... ¡AGACHATE!
Un misil pasó sobre las cabezas de ambos. Samuel respondió con varios disparos a la base.
- ¡Wow! - exclamó Alfredo - ¡Esos pen**jos son lo máximo! ¡Jujuju! ¡Atacándonos con un misil por la espalda! ¡Que genial!
- Creo que sería mejor que nos fuéramos – sugirió Samuel.
Al mismo tiempo, en la base roja, Sarge llevaba un lanzacohetes en el hombro mientras veía como los comandos escapaban con el rehén.
- ¡Maldita sea Donut! ¡Se están escapando! ¿Cómo pudo pasar esto?
- Le dije que ese lanzacohetes chino no era de buena calidad señor – respondió Donut
- Chinos hijos de puta... - tiró el lanzacohetes al suelo - ¡Donut! ¡Llama a los otros! ¡Llegó la hora de hacer un asalto directo a los azules!
De vuelta en Ayuda Mundial...
- Ya le dije señor, que lo que tiene que hacer es encender un fósforo. ¿Es tan difícil de entender?
- ¡Señor operador, creo que el símbolo de la llama y la calavera que vi en la entrada me dicen que no debo hacerlo!
- ¡No le hagas caso! - respondió Oscar, despreocupado – Eso es solo propaganda subliminal que promueve la paranoia. No hay cuidado.
- En serio Oscar, creo que él tiene razón ¿No sería mejor que use una linterna o algo así?
Oscar miró a Tanya, quien se encontraba a su lado mientras atendía la llamada
- ¡Silencio Tanya! ¡Esta es mi llamada, no la tuya! - se dirigió al cliente – Ejem... como decía, ¡Use un fósforo y podrá hallar la fuga de gas! A menos que sea tan cobarde que-
- ¿Cobarde? ¡Nadie me llama cobarde! - se podía oír el ruido de una caja de fósforos - ¡Voy a encontrar la fuga y el jefe me felicitará por-
El ruido de una explosión, seguida por una interferencia supuso el fin de la llamada. Tanya se llevó una mano al rostro:
- Te lo dije...
- Mira el lado bueno – dijo Oscar alegre – Al menos encontró la fuga.
- Oscar, ¿Esta es la forma en la que tratas a tus clientes? No me extraña que el Jefe te odie tanto...
- Cuando te toque trabajar en serio y lidiar con tiburones mutantes, me entenderás.
- ¿Tiburones mutantes? ¿De que estas-
- ¿Que hay Roberto? - intervino Rebeca, quien entró en la oficina - ¿Como vas con tu trabajo?
- ¡Mi nombre es Oscar!
- ¿Quién es ella? - preguntó Tanya
Rebeca miró a Tanya.
- ¡Oh! Debes ser la chica nueva. - estrechó su mano – Soy Rebeca, la supervisora de Ignacio
- ¡OSCAR!
- ¿Por que lo llama así? - preguntó nuevamente Tanya
- Lo hago a propósito todo el tiempo.
- Hmm, entiendo.
- ¿Y cómo te llamas? ¿Y por que hablas con acento alemán? O ruso... o lo que sea
- Siempre me dicen eso todo el tiempo... - la chica de casco vinotinto miró al suelo por unos segundos en señal de exasperación – Me llamo Tanya, y vengo de Königsgorod,
- Oh que bien, ¿Y Horacio ha intentado hacer algo contigo? ¿Como poner en práctica sus libros de literatura japonesa?
Oscar intervino molesto.
- ¡OYE! ¡Para empezar, no hemos hecho más que trabajar! Bueno, solo atendimos una llamada... ¡Pero eso cuenta!
- Aja. - afirmó Rebeca con sarcasmo
- Y en segundo lugar, por muy buena que esté, yo jamás saldría con una pequeña como esta!
Tanya miró a su preparador.
- Oscar... ¿Me acabas de llamar pequeña?
- Bueno, supongo que la armadura te hace ver más alta, pero según tu carnet, el que midas 1,63 metros siendo una europea creo que-
Antes que pudiera reaccionar, Oscar fue golpeado a gran velocidad contra la pared, agrietándola. Cuando se dio cuenta de lo que ocurría, una mano metálica apretaba su cuello a través de la armadura, levantándolo del suelo. La mano emitía un brillo blanco del interior y soltaba trazas de vapor, seguidas por ruidos que recordaban a los engranajes de un reloj. Oscar, quien apenas podía respirar, luchaba por quitar la mano de Tanya de encima, sin éxito.
- Oscar, "cyka blyat"... Hay cosas que si tolero y hay otras que no... - decía Tanya – El que me llames enana por la raza de mi padre, no me molesta. ¡Pero si haces cualquier referencia a mi estatura, te amarraré a la parte delantera de un tren colgando de tus gónadas!
Oscar no podía hablar bien, pero pudo escucharse un leve "Si, ya entendí", por lo que Tanya lo soltó, dejándolo caer al suelo. Rebeca, quien había visto la escena sin mover siquiera un dedo, expresó su asombro con entusiasmo:
- ¡Vaya! Eres fuerte Tanya ¿Cómo lo hiciste?
- Guantes de vapor... - respondió la joven europea, con un tono más aliviado tras haberse desahogado – Yo los inventé y los incorporé al traje.
- No se oye nada mal. - se dirigió a Oscar – Oye Oscar, sé que es tu responsabilidad, pero ¿No te importaría si me llevo a Tanya por un momento para que conozca las oficinas?
Oscar no podía responder, estaba aturdido y débil por la falta de aire, posiblemente la presión del ahorcamiento le dañó la tráquea y aún no recuperaba su estado original, por lo que no pudo soltar mas que un ruido indescriptible de su garganta.
- Mmm... no creo que le importe. - concluyó Rebeca - Vamos Tanya, te enseñaré el comedor.
Las dos chicas se iban yendo, conversando sobre el funcionamiento de los guantes. Oscar seguía en el suelo, mareado y débil.
- No... debo... llamarla... pequeña...
