Hola chicos! Aquí esta el capitulo 3! Disfrutad leyendolo tanto como yo escribiendolo!
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Pareja: Sparlithyia (Spartacus/Ilithyia)
Parejas secundarias: Craevia (Crixus/Naevia) − Spura (Spartacus/Sura flashbacks) − Galitta (Gannicus/Melitta flashbacks) − Ligeros toques de SparMira y Nagron.
Estado: Proceso.
Advertencias: lemon, lenguaje malsonante (insultos), violencia, lenguaje antiguo típico de la serie… Vamos, Spartacus en estado puro!
Disclaimer: Spartacus y su historia y personajes no me pertenece, si asi fuera, Gannicus estaría secuestrado en mi cama XD
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Capitulo 3
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"Luz de un nuevo Día"
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Dolor, pánico, aire, mucho dolor. El dolor era atroz.
Ilithyia ya no sabía nada más que el dolor. Había perdido la noción del tiempo. Ya no sabía cuantas horas hacía desde que Spartacus la había traído en brazos desde lo profundo del bosque hasta el campamento; solo sabía que en cuanto habían llegado alguien la había cogido de entre los brazos de Spartacus y la había metido en una tienda hecha con pieles de animal atadas a unas ramas, y allí había estado desde entonces. Se encontraba tumbada sobre unas pieles suaves, y alguien que no alcanzó a distinguir le sujetaba la mano con fuerza, mientras el sudor la empapaba igual que si hubiera estado corriendo bajo la lluvia, con sus rizos manchados de barro revueltos ahora pegados a su cuello, pegajosos… pero nada podía importarla menos en ese momento. A su otro lado había otra mujer, quien si su vista no la engañaba se trataba de Naevia, y frente a ella, auxiliándola, una anciana que la ayudaba a traer a esa criatura al mundo.
Pero Dioses, como le estaba costando… ni en sus pesadillas imaginó que esto pudiera ser así; tan horrible, tan doloroso, tan seco y cruel, solo quería que todo terminara.
Las mujeres a su alrededor iban y venían, llevando trapos manchados de sangre y cambiándolos por trapos húmedos con agua helada para poner en su frente y ayudarla a soportar el duro parto. Ilithyia jadeaba y gritaba mientras aferraba las manos de Naevia y Vibia, que era la otra chica a su lado; con fuerza y desesperación. Su respiración era rápida y agitada, y las lágrimas estaban en sus ojos resbalando por su rostro confundidas con el sudor que perlaba su piel. Algo no iba bien, ella lo sabía, algo malo estaba pasando…
La anciana que atendía su parto la miraba con el ceño fruncido por la preocupación, dando ordenes a las pocas mujeres que había a su alrededor, llamando a una para que se acercara y la sustituyera. Después se acercó hasta Vibia y Naevia y les susurró algo al oído con la intención de que una agitada Ilithyia no lo oyera, aunque tampoco lo hubiera logrado, distraída por sus dolores como estaba.
−Ayudadla con palabras de alivio –murmuró tajantemente la mujer –debo hablar con Spartacus…
Naevia la miró asintiendo con preocupación.
Ilithyia no era santo de su devoción, ni siquiera le caía bien; pero el niño que portaba no tenía culpa ninguna de los pecados de su madre, y por lo tanto ella le ayudaría a venir sano y salvo a este mundo. Estaba aclaro que algo no estaba yendo bien, y solo le hizo falta mirar a la anciana mujer para saberlo; la preocupación se reflejaba en las arrugas de su rostro y ella intentaba ocultarlo con silencio y expresiones austeras; pero Naevia sabía que las viejas sabían mucho más de lo que decían y eran más sabias que ellas, que no eran más que unas jóvenes inexpertas.
Una vez que se hubo asegurado de que las jóvenes atenderían apropiadamente a la mujer romana, la anciana salió de la tienda con paso firme en dirección a los árboles, donde Spartacus estaba dando vueltas andando de un lado para otro acompañado por sus hombres más cercanos, Agron y Crixus.
Cuando la anciana mujer llegó al claro donde se encontraban, vio que el líder de la rebelión parecía nervioso, no, no lo parecía, lo estaba; estaba aterrorizado mas bien. Gannicus estaba sentado en el suelo un poco más lejos, apoyado con la espalada en un árbol comiendo un trozo de pierna de venado tranquilamente, ajeno a la preocupación que atenazaba a su compañero; y junto a Spartacus, Crixus estaba de brazos cruzados mostrando una expresión severa y dura, con la mirada perdida en la lejanía. A su lado, Agron también mantenía el rostro serio, negando mientras miraba a Spartacus y fruncía el ceño para mirar a la tienda con resignación, tal parecía.
La mujer anduvo los pasos de distancia que la separaban de ellos, deteniéndose al ver que Spartacus se volvía hacia ella y caminaba con rapidez para ponerse a su altura, mostrando ansiedad al hablar.
− ¿Y bien? –inquirió él, impaciente − ¿Qué ha pasado?
Ella le miró con seriedad y tardó unos segundos en responder que a él se le hicieron eternos, casi llegando al punto de preguntar de nuevo.
−Debo hablar con sinceridad, joven –dijo la mujer cruzando las manos sobre su vientre.
−Hazlo –ordenó Spartacus asintiendo, esperando.
−El parto ha llegado demasiado pronto –dijo la anciana haciendo una pausa antes de continuar –ella no estaba preparada…
Spartacus la miró con agitación y sorpresa, poniendo ambas manos sobre los hombros de la anciana mujer, que le miró aun con seriedad, comprendiendo que el Campeón de Capua estaba procesando que seguramente la mujer romana y el hijo que portaba iban a morir en ese parto que los Dioses no habían bendecido. Él apretó su agarre, haciendo que su expresión se endureciera antes de encontrar las palabras para seguir entero y no desatar sus emociones.
− ¿Y mi hijo? –preguntó él finalmente.
La anciana apartó la mirada antes de atreverse a responder.
−El niño probablemente no sobreviva al alumbramiento –respondió la mujer –si los Dioses son propicios tal vez logremos que ella consiga sacarlo de su cuerpo y el niño viva, al costo de la vida de la madre…
Spartacus bajó la cabeza, tensando la mandíbula y haciendo mas intenso su agarre a los hombros de la mujer por un instante antes de soltarla, hablando aún con la cabeza baja y su mirada escondida, con voz dura y emociones contenidas, como si tuviera una tormenta de ira dentro de si mismo a punto de desatarse y solo su perseverancia mantuviera a la bestia que había en él atada.
− ¿No hay nada que podamos hacer por salvarla? –dudó él –no deseo ver a mi hijo privado de los brazos de su madre.
La anciana le miró pensativamente durante unos instantes antes de responder.
−Lo más sabio sería que eligierais por la vida de uno de los dos –respondió ella seriamente –arriesgarse a salvar a ambos podría costar un precio demasiado alto y ambos podrían reunirse con los Dioses, no es…
− ¡Al infierno los Dioses! –exclamó Spartacus, interrumpiéndola.
La mujer retrocedió sorprendida por el repentino cambio del hombre frente a ella, que la miraba furioso como una fiera enjaulada, y ella no podía hacer nada para calmar sus emociones; puesto que ni los Dioses mismos tenían la capacidad de salvar a aquellos que habían sido reclamados para la otra vida…
Agron y Crixus miraban la escena en silencio, tensos, sin querer intervenir y ganarse la ira de su amigo sobre ellos, puesto que ambos sabían lo que pensaba el Tracio sobre ese asunto; y el como ese niño y el recuerdo de su esposa eran esa debilidad en él que era mejor respetar antes de hacer algo de lo que se arrepintieran luego. Gannicus se mantuvo alejado, pero ahora si tenía la atención fija en la escena que se estaba desarrollando a su lado, manteniéndose igualmente en silencio.
Sin embargo Spartacus no aceptaba la opción de dejar morir a Ilithyia y con ello quizá la vida de ese niño, que no era sino un regalo de los Dioses por haberle quitado a Sura de sus brazos, dándole la opción de otra vida; así que haría lo que fuera para salvarlos, aunque tuviera que desafiar a los mismos Dioses para lograrlo.
− ¡Responde a mi pregunta! –gritó él, asustándola.
Ella se detuvo bruscamente, tragando saliva antes de responder.
−Cálmate joven… hay una manera –dijo ella volviendo a recuperar la calma –pero necesitare vuestra ayuda si deseas llevarla a cabo…
Spartacus asintió con rapidez, ansioso por la nueva posibilidad que se abría camino dándole esperanzas.
−Pon voz a tu petición y vela cumplida –dijo Spartacus con premura − ¡rápido mujer, habla!
Ella asintió haciendo un gesto con la cabeza indicándoles que la siguieran, comenzando a andar en dirección hacia el campamento de nuevo; seguida de cerca por Spartacus, Crixus y Agron, que la seguían sin entender de qué iba todo aquello ni que pretendía hacer la mujer para salvar a Ilithyia.
La anciana les guió hasta la tienda y abrió las pieles para que pudieran entrar, pasando ella en último lugar, dejando las pieles abiertas para poder salir con rapidez. Cuando entraron, Vibia y Naevia los miraron sorprendidas, y la ultima cruzó una mirada interrogante con Crixus, que se encogió de hombros negando con la cabeza sin saber que hacían allí tampoco. Es más, a Agron incluso le resultaba incomodo estar en la misma tienda en la que había una mujer dando a luz; pero ni Crixus ni el mismo dijeron nada esperando a ver que pasaba, que planeaba la anciana, por qué motivo les necesitaba.
Spartacus se volvió hacia ella respirando agitadamente debido a la carrera por el bosque, ya que habían venido a paso rápido.
− ¿Qué hacemos? –inquirió el Tracio.
La anciana hizo un gesto con la mano a Agron y Crixus para que se acercaran, y ellos lo hicieron avanzando hasta donde ella se encontraba sin saber que se les pediría, pero sin cuestionarlo.
−Tú coge a la chica por los hombros –indicó la mujer a Spartacus, que la miró interrogante –tú, Galo, cógela por la cintura, y tu, Germano, por las piernas… ¡vamos!
Los tres obedecieron la petición tomando entre todos en brazos a Ilithyia, que gritó de dolor al ser alzada del suelo, aferrándose a los brazos de Spartacus clavando sus uñas en ellos, haciendo marcas de sangre que a él no le importaron lo más mínimo. Cuando estuvo bien sujeta entre los fuertes brazos de los tres hombres, la mujer habló.
−Seguidme ahora –dijo la anciana –y cuidad de no moverla con brusquedad… causaría mas dolor en ella.
Los tres asintieron y comenzaron a salir de la tienda con lentitud, intentando no mover demasiado a Ilithyia, que estaba medio inconsciente, respirando con desigualdad y jadeando de vez en cuando por el dolor, que había hecho que el poco color de su rostro hubiera desaparecido.
− ¿Cuál es el propósito de esto? –dudo Agron, que caminaba de espaldas con las piernas de Ilithyia sujetas una en cada mano por debajo de las rodillas, abiertas y rodeándolo.
La mujer no respondió en seguida, pues estaba indicando a Naevia y Vibia que cosas tenían que cargar, los jarrones de agua caliente y los paños limpios en su mayoría.
−Debemos llevarla hasta el río –respondió la anciana con rapidez –en estas ocasiones donde la mujer no tiene fuerza para parir al niño por si misma, el agua ayuda a sacarlo…
− ¿Eso no lo ahogaría? –dudo él.
−No si somos raudos –respondió ella y añadió –debéis apresurar el paso, los Dioses se impacientan en tomar su vida…
Y con esas palabras los tres comenzaron a andar más rápido con cuidado de no moverla demasiado. Caminaron por el campamento ganándose las miradas sorprendidas de todos los que estaban alrededor de ellos cuando pasaban, preguntándose que hacían con ella; pero ellos los ignoraron siguiendo su camino a través del bosque, caminando durante unos largos minutos que se les hicieron eternos debido a la necesidad de evitar ramas, piedras y demás obstáculos para no dañarla.
Ilithyia no se quejó demasiado dadas las circunstancias y no se inmutó cuando los hombres se detuvieron unos minutos después, ya frente al río, el mismo río que había sido donde habían estado lavando la ropa Vibia y ella esa misma mañana, ajenas a que todo eso sucedería. Cuando todos estuvieron allí, incluidas Naevia y Vibia con los jarrones y las telas limpias, la anciana les indicó que se apartaran, y lentamente se introdujo en el río, que en esa zona no era muy profundo; donde la corriente era débil y suave, no se la llevaría.
La vieja se metió hasta que el agua la cubrió por la cintura, volviéndose después hacia los hombres, que la miraron expectantes.
−Galo, tu pues soltarla –dijo ella a Crixus, que asintió y soltó a Ilithyia, sentándose junto a Naevia –vosotros dos, venid aquí… ¡y por Júpiter no la soltéis!
Spartacus y Agron asintieron, entrando lentamente en el agua con Ilithyia aun en brazos, quien al sentir el agua helada de la noche sobre su piel gritó despertando de su semi inconsciencia súbitamente, queriendo morirse allí mismo. Justo en ese momento una contracción la golpeó de nuevo, haciéndola gritar más fuerte y ser consciente de la realidad de su situación más que nunca, por lo que la anciana se apresuró o no habría nada que salvar allí.
−Puedes soltarla –dijo la anciana a Agron, que asintió, haciéndolo.
Al retroceder y soltarla Agron liberando sus piernas, Ilithyia soltó otro grito y más lagrimas escaparon de sus ojos, quedando ella de pie en el río. Agron salió del agua, sentándose en la orilla junto a Crixus, que lo miraba todo con cara de horror al imaginar que quizá Naevia tuviera que pasar por tal sufrimiento algún día si los Dioses los bendecían con un hijo… Ilithyia entonces sintió que las fuerzas la abandonaban y se dobló, dejándose solo sujeta por los brazos de Spartacus, cosa que la anciana aprobó con un asentimiento de cabeza.
−Húndela en el agua hasta que quede de rodillas –indicó la mujer.
Spartacus asintió, haciéndolo, y hundió a Ilithyia hasta que ella quedó en cuclillas y cubierta de agua hasta el cuello al igual que él mismo, que era su apoyo para impedir que cayera hacia atrás y se ahogara por su falta de fuerzas para sostenerse sola. La anciana entonces metió ambas manos en el agua, tocando a Ilithyia entre las piernas para ver la situación, y lo que vio no le gustó, pensó Spartacus al ver su cara.
−Júpiter… ha perdido demasiada sangre… –murmuró la anciana –aquí ya no sirve la fuerza, tendré que ayudarla…
Ilithyia sintió una nueva contracción y gritó de dolor cuando la sensación la recorrió como una puñalada, momento que la anciana aprovechó para hablarla y hacer que le escuchara, mientras hacía algo bajo el agua que Spartacus no podía ver desde donde estaba.
− ¡Empuja ahora niña! –ordenó la anciana.
Ella lo oyó e hizo un esfuerzo, empujando todo lo que su cuerpo le permitía, arañando a Spartacus en un intento por sacar energías, logrando avanzar en el parto.
− ¡De nuevo! –exclamó la mujer − ¡los Dioses tendrán que esperar si empujas otra vez! ¡vamos niña vamos!
Y como si supiera que la vida de su hijo dependía de ese último esfuerzo, Ilithyia dio un empujón más fuerte, sacando nuevas lagrimas de sus ojos, esfuerzo que obtuvo los resultados deseados. Pronto el agua se llenó de sangre, cosa que alarmó a Spartacus al ver que todo se tenía de escarlata, claro indicador de que algo había ido mal. Sin embargo tras unos momentos la anciana sacó los brazos del agua y en ellos había un pequeño bebe, que en cuanto salió al aire puro y frío de la noche comenzó a llorar, gritando, rebosante de vida.
Y así, en medio de un río en el bosque, casi rozando el alba, el hijo de Spartacus e Ilithyia vio la luz de un nuevo día.
La luz del amanecer se filtró entre las pálidas cortinas del amplio ventanal del balcón de la villa.
La suave brisa de la mañana era fresca, y se respiraba un ambiente tranquilo en Capua, donde los pájaros comenzaban a cantar en los árboles de los patios de las casas y volar hacia el norte, tal como la Domina de cierto Ludus pudo comprobar por si misma desde su cama, recostada como se encontraba sobre los fuertes y bronceados brazos del Cónsul de Roma; uno que todos habían dado por muerto, pero gracias a la gracia de los Dioses después del ataque de Spartacus había sobrevivido… cayendo ahora entre sus brazos.
Pluvius Varinius.
Lucrecia acarició la suave piel del fuerte pecho bajo ella delicadamente con una mano sin querer despertar al hombre, ajeno a sus atenciones, profundamente dormido.
La de nuevo Domina de la villa alzó la mirada para observarle, y aún ahora que se había acostumbrado a la visión del hombre en su cama, no podía dejar de horrorizarla. Varinius había sobrevivido a aquel desafortunado ataque al Templo del Vesubio, si, e incluso a lo que vino después; pero con grandes costos por su parte. La mitad de su rostro estaba horriblemente desfigurado, quemado por el fuego y el azufre que la piedra que le había golpeado le había ocasionado, dejándole con un aspecto monstruosamente dantesco, contrastando con la otra mitad de su cara, tan hermosa y varonil como siempre; con sus profundos ojos azules brillando inteligentes y deseosos de venganza.
El como se habían encontrado y como había llegado a meter a ese hombre entre sus piernas era algo que jamás hubiera sospechado, algo necesario en los tiempos que vivía y que sabía que su amado Quinto perdonaría desde la otra vida, sabiendo que todo esto estaba haciéndolo por él, para vengar su cruel e injusta muerte y cumplir su venganza en su nombre y el del hijo que perdieron a manos de ese bastardo de Crixus, cuya cabeza vería separada de su cuerpo tras arrancarle el corazón del pecho con sus propias manos… juró venganza, y la tendría al precio que fuera; aunque tuviera que convertirse en la amada y fiel esposa de ese monstruo que dormía bajo ella, ajeno a los planes de la mujer que daba aliento a sus pensamientos mas oscuros.
Lucrecia depositó un suave beso en el hombro de Varinius, que se removió ligeramente en sus sueños antes de suspirar y seguir durmiendo, así que ella se puso en pie caminando hasta la ventana, dejando que la fresca brisa bañara su piel, recordando como había llegado a todo eso.
Lucrecia se encontraba en la villa, dando vueltas por la habitación agitada e inquieta, orando a los Dioses para que Ilithyia encontrara la manera de llegar hasta los rebeldes y salvara su vida, ya que ella no había hecho tales esfuerzos para ver su preciosa recompensa en forma de amado niño muerto por la estupidez e incompetencia de su madre.
Desde que Thessela y Amana, las esclavas personales de Ilithyia habían sido crucificadas por las ordenes de Claudio, Lucrecia solo tenía una sirvienta esclava personal en la villa, una mujer mayor que había comprado en el mercado hacía dos lunas, ya que no se fiaba más de la sangre caliente de las esclavas jóvenes, bastante tuvo que soportar con la traición de Naevia; por lo que cuando el ataque al Vesubio fracasó y todos los legionarios y hombres de Glaber, guardias y demás gente que había llenado la casa de vida en esas semanas desapareció, todos se fueron dejándola sola.
Una soledad que la angustiaba y hacía que su deseo de venganza aumentara, añorando a Quinto a cada paso que daba y a cada respiración que tomaba.
Así se encontraba, sola y agitada esa tarde, con la esclava en la cocina preparando las viandas para la cena cuando sucedió algo que iba a cambiar su vida; los Dioses bendiciéndola de nuevo con regalos merecidos por sus sacrificios y oraciones, entregándola en bandeja de plata el instrumento de su venganza.
Las puertas de la villa se abrieron bruscamente, sorprendiéndola, y por ellas entro una figura ensangrentada andando medio muerta, que cayó de bruces sobre las baldosas de piedra de la entrada, cubierta por una capa escarlata y con una mano caída, adelantada y manchada de sangre y tierra mostrando un anillo en su dedo índice que ella reconoció en el acto; era el sello de un Cónsul de Roma, por lo que la ensangrentada y malherida figura que yacía medio muerta en su entrada no era sino… él.
Lucrecia corrió hasta donde estaba tirado, cayendo de rodillas a su lado, y con gran esfuerzo debido al peso de la armadura y de la propia figura, desmayada, logro darle la vuelta con un ultimo tirón, quedando él tendido sobre sus rodillas, mirando ella ahora de frente esa cara, horrorizada. Era Varinius, de eso no había ninguna duda, reconoció su dorado y rubio cabello manchado de cenizas y tierra, y su rostro… ¡oh Dioses! su rostro…
Su antaño varonil y hermoso rostro estaba quemado y sangrando, con la piel derretida y la carne despellejada, dejándole media cara destrozada. Lucrecia se preguntó que había podido causarle tales heridas, y mucho mas inquietante todavía, como es que había sobrevivido a tal cosa, así que se levantó posando a Varinius en el suelo con sumo cuidado, tomando un jarro con agua que había en una mesa de la sala en el centro de la villa se acercó a él corriendo y le echó el agua sobre la cara para aliviarle el dolor y despertarlo de su inconsciencia y agonía.
Varinius despertó gritando, llevándose ambas manos a la cara, pero Lucrecia se las sujetó antes de que llegara a tocarse la terrible herida, deteniéndolo con fuerza entre sus brazos. El hombre la miró con el rostro cruzado de dolor, casi incapaz de hablar más que para gritar; por lo que fue ella quien habló, intentando sacarle las respuestas que tanto deseaba.
−Por las pollas de los Dioses… Pluvius… –murmuró ella agitadamente, aun sujetando sus manos las de él − ¿Qué es lo que te ha sucedido?
Él encontró su voz ronca y a duras penas, pero logro responder.
−Glaber… Glaber –dijo él.
Lucrecia lo entendió, asintiendo horrorizada.
− ¿Claudio? –dijo ella incrédula − ¿él ha sido quien te ha hecho esto?
Varinius asintió, confirmando lo que Lucrecia ya se temía.
Glaber había intentado terminar con la vida de Varinius para librarse del estorbo que este suponía en su vida y la de Ilithyia, y en su camino a un puesto superior en el senado… Sin embargo Lucrecia no entendía nada. Habían pasado muchos días desde que la noticia de la caída del templo de los rebeldes había llegado a Capua, luego ¿Dónde habían estado en ese tiempo Varinius, Glaber y todas sus legiones? ¿Por qué Varinius llevaba un anillo de Cónsul si en su salida hacia el Vesubio ostentaba el cargo de Pretor, tal como Claudio? y sobre todo… ¿Qué es lo que había pasado con el cruel asesino?
− ¿Dónde está, Pluvius? –inquirió Lucrecia con premura − ¿Qué ha sido del hombre?
−Muerto… –susurró Varinius.
Lucrecia le miró atónita, sin creer lo que oía.
−¿Claudio esta muerto? –repitió ella por su había oído mal.
Varinius asintió, y esta vez Lucrecia no encontró las fuerzas para preguntar, ya que se había quedado de piedra, no entendía nada… así que él habló, con esfuerzo, pero lo logró, sacándola de sus dudas.
−Cuando atacamos el Vesubio… –comenzó Varinius bajo la atenta mirada de Lucrecia −Spartacus y sus rebeldes… lucharon y huyeron… Glaber y yo fuimos heridos también, pero escapamos… −Lucrecia asintió, y el continuó −regresamos a Roma… la mitad de nuestros hombres… muertos…
Lucrecia asintió comprendiendo poco a poco lo que podía haber pasado, dándole un poco de agua para calmar su dolor y que continuara.
−…el senado me nombro Cónsul –dijo Varinius con gran esfuerzo –después… nos ordenaron volver y terminar con esta… guerra… al precio que fuera –ella asintió, escuchando –pero cuando veníamos hacia Capua… fuimos atacados por… los hombres de Spartacus…
−Y fueron ellos quienes os obligaron a usar las armas –finalizó Lucrecia.
−Glaber… uso las catapultas –asintió levemente Varinius –quería… destruir a ese Tracio… pero terminó volviéndose en mi contra, atacó a mis hombres… los rebeldes, ellos… fuimos aplastados… Glaber… fue asesinado…
Ella le miraba horrorizada por el terrible testimonio, maldiciendo la hora en que su esposo compró a ese puto Tracio condenándolos a todos… al menos el hombre había hecho una buena acción librándolos para siempre de Glaber, pues Lucrecia dio por hecho que había sido Spartacus quien le había matado.
Ahora lo entendía todo, y realmente amaba a los Dioses por darle sus bendiciones… Quinto se regocijaría desde la otra vida.
−Calma tu espíritu –dijo Lucrecia suavemente –veremos tu fuerza recuperada; enviare un mensaje a Roma avisando de que vives… ellos te enviaran más hombres, y tendremos venganza.
Varinius asintió lentamente antes de desmayarse de nuevo y caer entre sus piernas, sin darse cuenta de la sonrisa malvada que Lucrecia tenía en la cara.
Lucrecia estaba tan sumida en sus recuerdos que no se dio cuenta de que el hombre había despertado y estaba a su espalda hasta que sintió unos fuertes brazos rodeándola, abrazándola desde atrás y tras apartar suavemente su largo cabello castaño acercó el rostro a su piel, depositando un beso en su espalda. Lucrecia no se movió, aún con la mirada perdida en la lejanía, en ese amanecer que brillaba rosa y naranja en el horizonte, sin saber que les traería el mañana.
−La cama esta fría sin la mujer que la calienta a mi lado –dijo Varinius suavemente, continuando con sus besos − ¿Qué te aleja del sueño?
−Pensamientos oscuros que agitan mi alma y turban mi espíritu –respondió Lucrecia con sinceridad.
Varinius lo entendió, apoyando la cabeza sobre el hombro de ella, estrechándola con más fuerza.
− ¿Ilithyia? –aventuró él, sabiendo que eso era.
Lucrecia asintió confirmándolo, volviéndose finalmente hacia él revelando una expresión sinceramente preocupada.
−Han pasado ya las lunas que faltaban para que su hijo viniera a este mundo –confesó Lucrecia agitada −temo por su vida…
Varinius sonrió, acariciando su mejilla con una mano mientras sujetaba su cintura con la otra.
−Aleja esos pensamientos –dijo él con tranquilidad y confianza –las legiones han llegado, cuando encontremos a esos asesinos la traeremos de vuelta y la veras de nuevo en tus brazos.
Lucrecia deposito un beso suave en los labios del hombre, aferrándose a el y susurrando con voz melodiosa en su oído.
−Cuando la tengamos a salvo entre estos muros –dijo ella –vere la cabeza de ese puto Tracio en tus manos…
−Y en mi espada la sangre del maldito Galo –añadió él.
Ella asintió con vehemencia y una sonrisa complacida antes de besarle con voracidad, enardecida por sus palabras. Varinius rió roncamente lamiendo el cuello de ella antes de marcarla con un nuevo beso.
−Rozaremos la gloria cuando vayamos a Roma… –dijo Lucrecia continuando con el beso, entre sus labios.
−Tus palabras encienden mis deseos –dijo él entre sus labios, rozando su lengua –y elevan mi polla…
Lucrecia ahogó una risa, rozando sus caderas, abrazándolo con fuerza.
−Entonces convierte tus palabras en hechos –murmuró ella roncamente con deseo –y álzanos hasta los putos cielos.
Y obedeciendo a sus palabras Varinius la tumbó sobre el alfeizar de la ventana, arrojando la sabana que la cubría, y los unió en un nuevo beso ardiente mientras entraba en ella y culminaba la mutua alianza.
El bosque estaba tranquilo.
El sol brillaba pálido entre las montañas, saliendo poco a poco de su escondite, trayéndoles la luz de un nuevo día, claro y fresco con hermosos rosas, azules y naranjas en uno de los amaneceres mas tranquilos que Spartacus recordaba haber vivido desde que toda esa rebelión había comenzado, trayéndole un suspiro de paz a su atormentada alma, que ahora encontraba un remanso de tranquilidad por fin.
Se encontraba sentado en soledad, en medio de la nada, entre los árboles alejados del campamento, donde todos dormían tranquilamente antes de comenzar la marcha del día hacia las montañas. Pero no estaba solo… no. Sobre sus piernas, envuelto en una tela suave y una piel de pelo suave estaba tendido su hijo recién nacido. Spartacus aun no podía creerlo. Ahí estaba, bajo sus ojos, entre sus brazos… su hijo. Su hijo. Era mucho mas de lo que podía soportar, le superaba; las emociones hacían presa de él ahogándolo en recuerdos del pasado sin saber que tenía que hacer ahora, ni como podría vivir con sus decisiones… pero ya no había marcha atrás, el niño estaba ahí con él como una bendición de los Dioses por lo que había sufrido, por la vida que había perdido.
Observó al pequeño, que tenía los ojos abiertos y le miraba.
El pequeño tenía la piel pálida y cremosa, sonrosada en las mejillas, y apenas había cabello en su cabeza, pero el poco que había era claro; un suave castaño clarito sobre su adorable cabecita. A pesar de que hacía unas pocas horas que había nacido el niño ya podía mantener los ojos abiertos durante unos minutos largos, y Spartacus observó abrumado que eran de un azul intenso, tal como los suyos, tal como los de Ilithyia, tal como los de Sura… le agitó el pensamiento, haciendo que algunas lagrimas quisieran acudir rebeldes hasta sus ojos, negándose a caer todavía.
El hombre suspiró llevándose una mano al rostro, cubriéndolo con ella, sumiéndose en sus recuerdos.
Las risas llenaban el aire en medio de aquel prado solitario cubierto de hojas verdes y amarillas y hierva alta, donde dos personas giraban intentando quedar una sobre la otra sin rendirse.
La primavera era una época verdaderamente hermosa en Tracia, sobre todo cuando la nieve se fundía y los árboles frutales daban sus primeras flores, llenando el aire de partículas blancas que flotaban por doquier inundando el aire y haciendo que nuevas hojas crecieran mientras las viejas caían; dibujando un paisaje salvajemente hermoso, verde, azul, rosa y amarillo, un regalo de los Dioses… Dioses en los que él no creía, pero que su amada prometida tanto defendía.
Sura era una mujer indescifrablemente misteriosa, que le atraía como un rayo de luz a una luciérnaga, haciendo que su corazón latiera lleno de amor por ella…
La amaba desde el primer momento en que sus ojos azules se habían cruzado en su vida, antes incluso de saber su nombre él ya había rendido su corazón y su alma entera a esa mujer, amándola más que al aire que respiraba y que daba vida a sus latidos, y desde que ella había estado en sus brazos no había otro pensamiento en su corazón más que unir su vida a la de ella y formar una familia; dejar la vida de guerra, soltar la espada, limpiarse las manos de sangre y solo vivir por ella, por los hijos que tendrían y la vida que les esperaría. Juntos.
Juntos y felices.
Tal como en ese momento se encontraban, jugando juntos sobre un claro en medio de un bosque cercano a la aldea; estaban revolcándose sobre la hierva, girando por ganar un juego tonto que como casi siempre había sido él quien lo había empezado, tomando el control sobre sus besos antes de que ella le diera la vuelta y girara para quedar encima, como se encontraba ahora, sentada sobre sus piernas, riendo hermosa y bella, feliz y picara, besando su cuello y haciéndole cosquillas con su largo cabello castaño oscuro, haciendo que el mismo riera entre beso y beso.
−Muy bien, has ganado –dijo él con ironía, acariciando su espalda divertido –admito mi derrota…
Sura sonrió incrédula, igualmente divertida.
− ¿El fiero y duro guerrero admitiendo la derrota? –repitió ella, sonriendo –los Dioses me protejan, mi prometido ha perdido su talento…
Él rió, como siempre que ella mencionaba a los Dioses, le parecía algo que Sura jamás lograría hacerle comprender por mucho que lo intentara, y se esforzaba por hacerlo a menudo.
−Los Dioses… –dijo él aún riendo –los Dioses me han hablado y han dicho que merezco una recompensa por mi clemencia y sabiduría…
Ahora fue el turno de Sura de reír con ganas, besándole de nuevo, separándose un momento para acomodarse entre sus piernas, acariciando el pecho de su hombre suavemente con ambas manos, sonriendo dulcemente desde su posición, aun mirándole divertida.
−Asi que los Dioses te han hablado –dijo ella, ahogando el tono de risa en su voz − ¿y te han dado alguna sugerencia amor mío?
−Unas cuantas –admitió él, asintiendo con convicción –algunas que podría compartir contigo aquí mismo…
Tras eso ambos rieron, y ella se agachó para unir sus bocas en un beso, acariciando suavemente sus labios con la legua antes de permitirle que entrara en su boca y la recorriera por completo, volviendo el beso intenso y apasionado. Mientras se devoraban la boca beso a beso Sura desataba con esfuerzo los lazos del subligar de su hombre, y él levantaba la falda del vestido naranja que llevaba ella, introduciendo su polla ya libre de la molesta tela, penetrándola de una sola envestida y alzando las caderas para que ella se moviera sobre él como quisiera.
Solo con ella… solo con ella dejaba que hiciera con su cuerpo lo que quisiera. Solo ella lo llevaba hasta esa locura donde quería existir cada segundo, muriendo de placer con cada envestida… la única…
Finalmente ella cayó rendida sobre él con su semilla inundándola, respirando agotados ambos, pero riendo y entrelazando sus manos entre la hierba, llenos de sueños, amor y esperanzas.
−Sura –llamó él repentinamente, sin tono de diversión ya en su voz.
− ¿Mmnn? –murmuró ella sin moverse, con los ojos cerrados, sonriendo feliz tendida sobre él.
−He hablado con la verdad, mis palabras fueron sinceras –dijo él alzando el rostro de ella con los dedos para que le mirara –es una promesa, cuando estemos casados ya no tendrás que sufrir más por mi ausencia al ir a la batalla, voy a dejarlo, no quiero más esa vida…
Sura le miró llena de ternura y compasión.
−La espada es la única vida que conoces –susurró ella.
Él negó con la cabeza, besándola suavemente en la nariz.
−La dejaría por una vida contigo y nuestros hijos –dijo con voz segura.
− ¿Hijos? –sonrió ella.
−Si, tendremos unos cuantos –asintió él convencido, lleno de altanería –tres o cuatro por lo menos…
Sura rió, y el rió con ella, mirándose ambos con alegría.
Spartacus suspiró cerrando los ojos fuertemente para ahogar las lagrimas que había en ellos, abriéndolos lentamente y mirando al niño que descansaba sobre sus piernas, tragando saliva duramente y tensando la mandíbula al recordar esa vida que le había sido robada, que estaba ya pérdida… excepto por el pequeño bebé. Ahora el niño era su vida, y él le cuidaría y lucharía con todas sus fuerzas para que viviera, por ella que le vería crecer desde la otra vida, velando por ellos.
Si lo que decían era cierto y el amor de una madre por su hijo era tan fuerte como para cambiar a una persona, tal vez ese niño pudiera cambiar el frío corazón de Ilithyia y derretir el hielo que lo envolvía, convirtiéndola en una mujer capaz de amar, de amarle, de ser amada por él… de llenar ese espacio en su corazón.
No había podido amar a Mira por más que había intentado darle los pedazos rotos de su corazón, y ella había sido buena, comprensiva y amorosa con él, demostrando su valía… pero el peso de Sura en su alma era demasiado grande todavía. De hecho solo y únicamente había sentido que ese pensamiento de angustia por haberla perdido se iba cuando había estado con Ilithyia. No sabía que había en esa maldita y malcriada romana, que es lo que tenía esa mujer que hacía que la sangre le hirviera; y no era solo la lujuria que sentía por tenerla, no, no era solo eso… había algo más.
Ella era un monstruo, manipuladora y fría, pero era la madre de su hijo, y la protegería con su vida.
De hecho ya estaba comenzando a subir el sol en el cielo, acercándose a la mañana… tal vez fuera hora de ir a enseñarle a su hijo recién nacido, que ella no había visto todavía.
Ilithyia despertó después de un largo sueño.
No sabía bien que había pasado, pero se encontraba tumbada en unas pieles, y le dolía todo el cuerpo. Tragó saliva lentamente, abriendo los ojos y llevándose una mano inmediatamente a ellos, tapando la luz del sol que la cegaba impidiéndola ver nada. Cuando sus ojos se acostumbraron a la luz pudo comprobar que efectivamente se encontraba en el bosque aún, en el campamento, y que ya no estaba en la tienda donde había sido llevada para traer a su hijo al mundo hacía unas horas, y…
Un momento, su hijo, su pequeño… Ilithyia se llevó ambas manos hacia su vientre, comprobando que estaba plano y el pequeño ya no estaba dentro de ella, ¿Dónde estaba, si no era a su lado?
Un pánico repentino la invadió, agitando su respiración, haciendo que quisiera incorporarse para ir a buscar a su hijo, pero antes de que pudiera levantarse hasta quedar sentada, un pinchazo de dolor la golpeó como un latigazo, haciendo que tuviera que volver a tumbarse, tragando saliva por el dolor repentinamente intenso que estaba sintiendo. Se sintió mareada, y creía que podría vomitar lo que cenó la noche anterior cuando escuchó una voz a su espalda, voz que se le hizo familiar; pensó extrañada.
−No debes moverte todavía –dijo la voz, claramente conocida –has perdido mucha sangre…
Ilithyia giró lentamente la cabeza, encontrándose con que la persona que le había hablado no era otra que Naevia, la chica de piel oscura que era la mujer de Crixus y la antigua esclava personal de Lucrecia.
− ¿Y mi hijo? –murmuró Ilithyia aun sintiendo el dolor en el vientre.
−A salvo –respondió Naevia cargando algo –está con Spartacus.
Ilithyia asintió algo mas tranquila al saber que su bebé estaba a salvo en los brazos de su padre, así que Naevia se acercó a ella portando un cuenco de madera que contenía un liquido humeante por lo que Ilithyia pudo ver, y cuando llegó a su altura se arrodillo a su lado ofreciéndole el cuenco para que bebiera el contenido que había dentro, cosa que la hizo sospechar, mirándola recelosa. La miró con la duda reflejada en sus ojos azules, ganándose un suspiró por parte de Naevia.
−Es infusión de corteza de Sauce –enfatizó la chica ofreciéndole de nuevo el cuenco –la anciana dijo que esto aliviaría tus dolores.
Ilithyia tomó el cuenco entre sus manos, deseando que el dolor se fuera, pero aún desconfiada.
− ¿Por qué me ayudas? –dudó recelosa − ¿acaso no me odias después de lo que pasó en la casa de Batiatus?
Naevia se tensó inmediatamente al oír nombrar el lugar donde había pasado toda su vida, donde tanto había sufrido, tragando saliva antes de responder con molestia.
−Los Dioses saben que he sufrido y he odiado y maldecido esa casa –dijo Naevia mirándola con dureza –pero tus acciones viles y crueles tendrán su recompensa en la otra vida… yo no veré mis manos manchadas con tu sangre, ni al hijo de Spartacus privado del abrazo de su madre.
Ilithyia tragó saliva apretando el cuenco en sus manos, y con ello Naevia se dispuso a levantarse para seguir con sus labores preparando la comida; sin embargo antes de que pudiera alejarse, Ilithyia la detuvo.
−Naevia –llamó la rubia.
Ella se detuvo, interrogante.
−Gratitud… por lo que estas haciendo por mí –dijo Ilithyia, mirándola con sinceridad –no será olvidado.
Naevia no respondió, limitándose a asentir con la cabeza en reconocimiento, poniéndose después en pie y saliendo lentamente de entre los troncos donde Ilithyia estaba tendida.
La joven avanzó por entre los árboles, encontrándose con Crixus a unos pasos de ella, apoyado en uno de los árboles mientras afilaba su Gladius con una piedra plana, alzando la mirada para encontrarse con ella y posando la espada a su lado para ir a besarla. Naevia se dejo abrazar por sus fuertes brazos antes de unir sus labios en un beso suave y tierno, antes de separase y acariciar su mejilla entregándole una pequeña sonrisa, que él devolvió mientras entrelazaba sus manos y se sentaba de nuevo, con ella a su lado, dejando olvidada la espada, aunque manteniendo la piedra en su mano.
Crixus dio una rápida mirada en la dirección en que Ilithyia estaba tumbada, ajena a que estaba siendo observada, bebiendo tranquilamente la infusión de corteza de sauce.
− ¿Recupera las fuerzas? −preguntó él con cierta curiosidad − ¿o deberemos celebrar su partida hacia la otra vida?
Naevia sonrió, indulgente con las palabras sarcásticas y duras del hombre que amaba hacia Ilithyia.
−Lentamente la vida vuelve a ella –respondió Naevia –nunca es fácil recuperarse tras traer a un hijo al mundo… sanará con los días.
Él negó con la cabeza, repentinamente cogiendo de nuevo la Gladius que había dejado a su lado y reanudando la tarea de afilarla, con un gesto irritado en su rostro.
−Sigo creyendo que Spartacus se equivoca con ella –dijo Crixus.
Naevia acarició suavemente el brazo de su hombre, ganándose una mirada distraída por su parte.
−Debemos respetar su decisión, Crixus –dijo Naevia suavemente –él da vida a sus esperanzas teniendo entre sus brazos a ese niño, no le prives de tal dicha…
Crixus asintió, dejando de nuevo la espada para rodearla con sus brazos antes de besarla otra vez, muy suavemente al principio, lleno de ternura y amor antes de volver el beso mas intenso y apasionado, haciendo que ella inclinara el rostro para poder besarle mas profundamente antes de separarse para tomar aire, devolviéndole una sonrisa.
−Algun día los Dioses nos bendecirán con un hijo –dijo Crixus acariciando sus labios con un dedo, antes de rozar suavemente su mejilla –libres y lejos de esta puta tierra.
−Vere tal bendición –respondió Naevia –y la esperaré con alegría…
Crixus acercó su rostro al de ella, besándola de nuevo con un tierno roce, clavando sus ojos negros en los de ella, llenos de amor y esperanza.
−Pronto, mi amor –susurró él –pronto.
Y continuaron besándose lo que pudieron ser unos largos minutos, que a ellos les fueron más cortos que un instante, antes de ser interrumpidos. Una voz les sacó de entre los brazos del otro, separándose lo justo para sentarse acomodados, esperando.
Spartacus soltó una risa corta, rascándose la nuca distraídamente con la mano que tenía libre, pues en la otra sujetaba a su hijo.
−Disculpas por la interrupción –dijo él, divertido –solo quería saber si ella esta despierta.
Naevia le sonrió igualmente divertida, asintiendo en confirmación a su pregunta.
Spartacus le devolvió la sonrisa antes de guiñarles un ojo y echar a andar entre los árboles hasta donde Ilithyia estaba recostada, ahora con los ojos cerrados y apoyada contra una roca como almohada, tapándose entera con la suave piel que tenía como manta, tal vez aun sufriendo por el dolor y deseando que el calor ayudara a que se evaporara; por eso no oyó los pasos sigilosos del Campeón de Capua cuando se acercó, pasando una pierna por encima del tronco, quedando de cuclillas frente a ella.
Spartacus la observó, pálida y manchada de suciedad del bosque, acurrucada entre la piel y casi cubierta hasta la cabeza, respirando algo mas tranquila a pesar de que su ceño estaba fruncido por la concentración, formando una arruguilla en su frente; por lo que Spartacus pensó en distraerla… y que mejor manera de librarla de sus decaídos pensamientos que el conocer finalmente a su hijo…
La joven abrió los ojos cuando sintió la mano de alguien sobre su hombro, encontrándose con los profundos ojos azules de Spartacus mirándola.
− ¿Spartacus… qué? –dudó ella, interrogante.
−Has estado a punto de morir –dijo Spartacus, sorprendiéndola –pero al parecer los Dioses no querían tu cabeza todavía…
Ilithyia no respondió, mirándole confundida, sin saber si bromeaba o hablaba con seriedad. ¿De que estaba hablando?
Entonces Spartacus abrió su brazo revelando un revoltijo pequeño de pieles y telas, que Ilithyia adivinó al instante de que se trataba, mostrando una expresión de sorpresa y alegría iluminando su cara, subiendo la mano para intentar quitar la tela molesta que cubría la cabecita del bebe para poder verlo de cerca. Poder ver s su hijo por fin, después de tanta penuria para que llegara a ese mundo… y lo que vio la dejó atónita, nunca lo hubiera esperado.
Esa criatura era la cosa mas hermosa que jamás había visto, con su carita redondita de mejillas pequeñas y rosadas, y sus ojillos cerrados mostrando sus largas y claras pestañas, haciendo que los ojos de Ilithyia se inundaran en lagrimas, su corazón latiendo aceleradamente en su pecho… su hijo…
−He pensado que querrías conocerle –dijo Spartacus tranquilamente.
Ella asintió, y él lo depositó suavemente entre sus brazos, apoyándose en ella para que pudiera incorporarse y usarle como refugio mientras sostenía al pequeño bebé entre sus brazos, mirándole anonadada, con una sonrisa tierna en sus labios y las lagrimas aún resbalando por su cara, rebosante de emoción.
Su voz estaba clara cuando habló, ya no agitada.
−Esta es la cosa mas hermosa que podríamos haber deseado de aquella desgraciada unión –dijo Ilithyia −los Dioses nos recompensan tras el sufrimiento vivido, ¿no lo crees así?
Él negó con la cabeza, sin moverse de su lado.
−Los Dioses no han tenido nada que ver aquí –dijo tranquilamente –este niño es tanto hijo mío como tuyo, la sangre de Tracia corre por sus venas… tus Dioses Romanos no tienen poder sobre él.
Ilithyia acarició la carita del bebe, besándolo suavemente antes de volver su rostro hacia Spartacus, que la miraba conmovido sin saber que por ella podría llegar a sentirse así.
−Te equivocas –contradijo ella –si no hubiera sido por este niño yo me habría quitado la vida, él es la luz con la que ellos me guiaron… mi Lucis…
− ¿Lucis? –repitió Spartacus, confuso.
Ella asintió, mirando de nuevo a su hijo, mostrando más amplia su sonrisa.
−Ese será su nombre –respondió Ilithyia alegremente −Lucis Magnus Albinius… orgulloso heredero de la fortuna de mi padre… será un hombre de valía.
Spartacus asintió, muy de acuerdo.
−Lo será –confirmó él –le entrenaré en el arte de la espada, y llegara a ser un gran guerrero, igual que mi padre y mi abuelo…
De pronto Ilithyia se echó a reír sacándolo de sus sueños, haciendo que la mirara sorprendido, sin entender el repentino motivo de su alegría.
−Tranquliza tu espíritu Tracio –dijo ella –aún queda mucho para tal cosa…
Spartacus se dio cuenta de lo ridículo que había sonado toda su ensoñación futura cuando su hijo apenas tenía ni un día de vida, y con eso se hecho a reír con ella, riendo los dos juntos alegremente mientras el hijo de ambos dormía entre sus brazos, feliz y ajeno a la tormenta que se les venía encima.
Ninguno de ellos lo sabía, cuanto duraría esa paz que en ese momento vivían.
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Hola lectores! Hasta ahí el capitulo 3 ¿Qué tal ha sido?
Ha estado intenso ¿verdad? ¿Lucrecia y Varinius? No estoy loca! y ya veréis lo que tengo planeado en mi cabeza XDD se acerca lo bueno chicos! Mas y mejor la próxima semana!
¿Qué os parece el nombre del Sparty-baby? Ciertamente he investigado mucho sobre los nombres que les pongo a mis personajes (como Vibia o Airlia, a quien pronto conocereis) dandoles un nombre que corresponda a la nacionalidad a la que pertenecen… y el nombre del bebe, Lucis Magnus, literalmente en Latin significa "Gran Luz" que es lo que supone ese hijo para Spartacus e Ilithyia.
A parte, me ha encantado escribir los Flasbacks de Spartacus y Sura, y habra más a lo largo de la historia, no solo de ellos, sino de más personajes, puesto que algunos de mis preferidos estan muertos (Melitta, Varro, Sura, Duro, etc) y no voy a desaprovecharlos, así que no os sorprendais si leeis cosas de estas, ¡me encanta especialmente escribirlas!
Me dejáis un comment con vuestras ideas, criticas y comentarios? El botón es vuestro amigo, Júpiter os lo asegura! XDD
