Suceso

Era mediodía, el tercer día que pasaba en aquel lugar. El pequeño pueblo de Banten estaba más concurrido que de costumbre.

Thobari recién había salido de la escuela, y sólo pensaba en lo que lo esperaba al llegar a su casa… Y todo fue tal como lo imaginó.

El resto de la tarde lo pasó en un pequeño recinto, no muy lejos de su casa, junto a su abuelo y la familia Rokujo. Incluso el pequeño Miharu estaba emocionado por practicar las artes marciales. Se había puesto una cinta blanca atada en su cabeza e imitaba las poses de su madre. Thobari no pudo evitar ser distraído por el niño reiteradas veces, lo que provocó que su abuelo se enfadara y le diera coscorrones en la cabeza y, una vez finalizada la sesión de entrenamiento, Thobari terminó persiguiendo a Miharu, quien se reía atrevidamente de él por todos los chichones que su abuelo le dejaba.

-¡Después de esto no te reirás más! –desafió el joven haciéndole cosquillas al niño, que parecía desarmarse de la risa.

-¡Jajajaja! ¡Ya basta! –reía Miharu. -¡Ya basta, hermano Thobari!

-¿Hermano? –Thobari enseguida se detuvo, perplejo.

-¡Miharu-kun! –llamó Asahi. –Ven y toma un poco de agua, que hace bastante calor. Tú también, Thobari-kun.

Miharu se levantó y fue corriendo hacia su madre. Thobari lentamente se reincorporó, pensando en las palabras del pequeño, y lo miró con una amplia sonrisa en el rostro. No estaba seguro de cómo fue que él y Miharu entablaron una relación tan estrecha e invisible en tan poco tiempo pero, de lo que sí estaba seguro, era de que esa relación los mantendría atados de por vida, de alguna u otra forma.

Y así pasaron las dos primeras semanas de estadía. Todos los días, excepto los domingos, Black y Thobari entrenaban con la familia Rokujo. El joven Thobari comenzó a sentirse atraído por ese arte y empezó a leer pergaminos por cuenta propia, aprendiendo algunas técnicas básicas como prender fuego objetos o desaparecer.

Eventualmente, Miharu se unía a sus largas noches en vela en la biblioteca portátil de su abuelo, ya que el pequeño disfrutaba quedarse a dormir con su "hermano", y no eran raras las ocasiones en que ambos terminaban tendidos en el suelo, durmiendo uno junto al otro, dejando que la vela se consumiera.

Después de cada entrenamiento, las familias se turnaban para ir a cenar a alguna de las casas. Thobari se encargaba de la mayoría de las cenas en su casa, deleitando a los Rokujo con exclusivas recetas irlandesas. Y cuando tocaba en la casa de la familia, Miharu trataba de imitar a su madre, sobretodo con el okomiyaki.

-¡Este okonomiyaki está más delicioso que nunca! –agasajó Black con tono burlón. -¿Lo preparaste tú, Asahi-san?

-¡Yo lo hice, abuelo Black! –exclamó Miharu con enojo. Todos rieron menos el pequeño, que no entendía qué le causaba tanta gracia a los adultos.

Esa noche fue particularmente fría. Thobari se quedó a dormir en la casa de los Rokujo, mientras que su abuelo regresó a su casa.

-Chicos, el baño está listo –dijo Akatsuki asomándose a la habitación de Miharu, que tenía la luz apagada. Estirados en el suelo había dos futones y, más adelante, en el marco del gran ventanal, estaban Thobari y Miharu, envueltos en sábanas, viendo el cielo estrellado.

-Enseguida vamos, papá –susurró Miharu como si quisiese evitar cualquier ruido que pudiera despertar al sol y apagar las estrellas. Akatsuki sonrió y se retiró sigilosamente de la habitación.

Luego de unos minutos, Thobari y Miharu se desenvolvieron de las mantas y fueron rápidamente hacia el baño, donde pasaron largo rato jugando.

-¿Cuánto tiempo van a seguir ahí? –preguntó Asahi al pasar por la puerta del baño luego de media hora. Espero una respuesta, pero nadie contestó. Vaciló unos instantes hasta que alguien abrió la puerta corrediza. Allí estaban parados Thobari y Miharu, con sólo una toalla húmeda atada en sus cinturas, ambos temblando de frío.

-Miharu arrojó las toallas secas al agua –lo acusó Thobari.

-¡No es cierto! ¡Tú fuiste quien me empujó y las tiró! –contestó Miharu enfadado.

-No digas mentiras, Miharu –le replicó Thobari.

-¿Y por qué no me avisaron antes? –preguntó Asahi preocupada. –Así les traía toallas secas. Par de ingenuos –dijo con una pequeña sonrisa dibujada en su rostro. Miharu y Thobari bajaron la cabeza, avergonzados y, a la vez, sorprendidos de que la madre no los regañara.

Al cabo de unos instantes, Asahi les llevó toallas secas y los envolvió a ambos, dándoles un gran abrazo. Miharu respondió con el mismo gesto, mientras que Thobari se limitó a sonrojar, hecho que ya no podía intentar ocultar.

Más tarde ambos chicos regresaron a la habitación, dispuestos a dormir luego de un día tan agotador. Cada uno se recostó sobre su futón, Thobari con los brazos en su nuca y Miharu con los dedos entrecruzados sobre su panza. El silencio reinaba en la casa. Akatsuki y Asahi también habían ido a dormir. Thobari contempló el techo durante unos minutos que le parecieron eternos y luego se volteó a ver a Miharu, quien yacía completamente dormido, con su pacífico semblante. El joven se levantó, arropó al pequeño y volvió a acostarse. Cerró los ojos y de pronto sintió una brisa helada que entraba por la puerta que conectaba la habitación con el resto de la casa. Se levantó nuevamente para cerrar la puerta, pero notó que un brillo azulado provenía de la habitación de Asahi y Akatsuki. Sentía curiosidad, pero le parecía imprudente ir a ver qué sucedía, así que cerró lentamente la puerta y se detuvo al escuchar un grito. Se sobresaltó y no dudó en ir a ver qué ocurría. Corrió hacia la habitación de la pareja y no dio crédito a los que sus ojos veían. La figura de Asahi se encontraba tendida en el suelo, cubierta parcialmente por miles de caracteres japoneses y emanaba un aura color azul. A su lado se encontraba Akatsuki, quien tenía un corte profundo en su brazo derecho. Al percatarse de su presencia, Akatsuki corrió hacia la puerta, echó una fugaz y violenta mirada al joven, quien estaba sumamente confundido, y la cerró con fuerza, haciendo que el ruido retumbara por toda la casa. Thobari, desconcertado, retrocedió unos pasos y se dejó caer contra la pared. No entendía lo ha había visto, tenía miedo de lo que pudiera estar pasando en esa habitación y, por unos instantes, sintió que la adrenalina corría por sus venas a una velocidad incontrolable y tuvo el impulso de abrir la puerta, pero se contuvo y volvió corriendo, espantado, a la habitación de Miharu, quien parecía no haberse enterado de nada de lo ocurrido. Agitado, volvió a acostarse en su futón y se envolvió con las mantas, deseando que todo lo que vio haya sido una pesadilla y que, cuando despertase, todo estaría bien.