Capítulo 2
SALVO para Quinn, fue como quitarle un caramelo a un niño. Quinn había ganado la tercera partida y Rachel alargó las manos para recoger las fichas.
—Ha sido divertido, pero esta noche tengo que pasar por los establos otra vez.
—No —replicó Jack—. Estaba empezando a aprender.
—Yo también —siguió Bridget—. Casi gano la segunda partida.
—¿Tienes miedo de volver a perder? —la desafió Quinn.
El estómago le dio un vuelco al ver su expresión.
—En absoluto —contestó Rachel—. De verdad, tengo que pasar por los establos. Si os ha gustado el juego, os dejó mis fichas para que podáis practicar.
—Sí, por favor —murmuró Andreina.
Rachel sonrió a la inteligente princesa que estaba dispuesta a dominar el juego.
—Si volvemos a jugar, estoy segura de que me daríais una paliza. —Me encantaría… —comentó Jack con una mirada insinuante.
—Jack —intervino Quinn con el ceño fruncido—, la señorita Berry es nuestra invitada y se merece respeto.
—Efectivamente —confirmó Rachel—. Los mayores siempre merecen respeto.
—Si tú eres mayor… —dijo Jack entre risas.
—Jack —repitió Quinn aunque con un tono ligeramente burlón.
—Gracias a todos otra vez. Cenar con vosotros ha sido un… honor —Rachel sonrió—. Buenas noches y felices sueños —añadió Rachel dándose la vuelta para marcharse.
—¿Felices sueños? —repitió Andreina.
—Es una expresión —le explicó Rachel—. Deseo que tengas felices sueños.
—Es precioso —comentó Bridget—. Que tú también tengas felices sueños.
—Gracias —Rachel notó que Quinn la miraba fijamente y notó un estremecimiento—. Alteza… —se despidió antes de marcharse. La cena familiar había salido mejor que de costumbre gracias a Rachel, pensó Quinn mientras iba de un lado a otro de sus aposentos. Le había hecho gracia cómo se había defendido cuando se metió con ella. El sonido de su acento texano era como un brandy muy suave sobre sus terminaciones nerviosas. Su juego había evitado las pequeñas y habituales trifulcas y había permitido que se lo pasaran bien juntos. Se ocuparía de que volviera a asistir.
Miró el reloj y se acordó de que temprano por la mañana tenía una reunión con dignatarios rusos. Le vendría bien acostarse, pero estaba demasiado inquieta.
Últimamente, estaba más inquieta de lo habitual y machacarse con sus ejercicios cotidianos no le había servido de nada. Los consejeros estaban acuciándolo con un asunto que eludía como a la peste. Sin embargo, sabía que tenían razón. No podía demorarlo indefinidamente. Miró por las puertas correderas, vio las nubes que pasaban por delante de la luna y percibió el olor de la lluvia inminente. El ambiente estaba sombrío, como ella.
Tuvo un impulso y lo meditó treinta segundos. Había aprendido que tenía que reflexionar antes de dejarse llevar por un impulso. Ése lo ayudaría a dormir y a tranquilizar el espíritu. Se cambió de ropa y llamó a Georg, su guardia personal.
—Voy a montar a Black.
—Sí, Alteza. ¿Queréis que me ocupe de que lo ensillen antes de que vayáis a los establos?
—No hace falta. Yo lo haré —contestó Quinn.
—Que disfrutéis, Sta.
—Gracias.
Quinn llegó a los establos y la oyó hablando con Black antes de mirar en su cajón. Black asentía con la cabeza como si estuviera entendiendo todo lo que ella decía.
—Entonces, ¿qué te parece una cabra? —preguntó ella—. Creo que te llevarías mejor con ella que con otro caballo.
—¿Una cabra? —preguntó Quinn.
Rachel se dio la vuelta bruscamente por la sorpresa y se colocó bien el sombrero texano negro.
—Black haría papilla al pobre animal —añadió ella.
—Es posible que no —replicó ella acariciando al caballo—. Los caballos no son animales solitarios por naturaleza.
Está muy inquieto. Creo que un animal de compañía podría ayudarlo a serenarse.
Quinn acarició al animal.
—Lo pensaré —concedió ella deseando que una cabra también solucionara su inquietud—. ¿Lo has montado esta tarde?
—No. Solo lo he visitado porque tuve la sensación de que a lo mejor querías montarlo esta noche. Ella agradeció su perspicacia.
—La cena en familia puede ser como una carrera de obstáculos, pero me parece necesaria.
—Estoy de acuerdo. ¿Alguna vez has estado cerca de tus hermanos? —Es una buena pregunta —contestó ella mientras entraba en el cajón y Black se acercaba inmediatamente a ella—. Tuvimos distintos cometidos, distintas niñeras y hasta distintos consejeros. Franny y yo tuvimos una formación parecida y creo que por eso nos llevamos tan bien. Entonces, Amelia tuvo los problemas de abuso con ciertas sustancias y la prioridad fue que nadie cayera en lo mismo. Franny era el aglutinante entre todos nosotros y cuando se marchó fue un golpe muy fuerte.
—Seguro que sigues apenada —comentó Rachel mirándolo con una mano en la cadera.
—Apenada, pero resignada.
—Y ahora tienes que lidiar con Bridget —siguió ella—. Mi tía diría que debería ser una vivencia de afianzamiento de la personalidad para los dos.
—¿Es la misma tía que llama «Su Altitud» a Franny?
—La única e irrepetible Hildie —contestó Rachel con una leve sonrisa —. Es la mejor.
—Y la echas de menos.
Rachel miró hacia otro lado y luego levantó la barbilla.
—Seguramente, más de lo que me había imaginado, pero estoy demasiado ocupada como para dedicarle tiempo a la añoranza. Hablando de tiempo, no debería retenerte. Tu amigo está preparado —dijo Rachel señalando al caballo con la cabeza.
Ella se dio cuenta de que la había despachada y no le gustó. Se sintió dominada por una serie de sentimientos extraños. Compasión por Rachel, curiosidad y algo más que no supo definir.
—¿Quieres acompañarme?
—¿Acompañarte? —preguntó ella con incredulidad.
—Puedes montar uno de los otros caballos. Será un paseo corto porque el tiempo está amenazante. Si te sientes capaz —añadió ella desafiándola intencionadamente.
—Me siento capaz —replicó ella—. Llevaré a Gus y nos encontraremos ahora mismo.
Poco después volvió a encontrarse con Black y ella.
—¿Adónde vamos? —preguntó ella acariciando el cuello de Gus.
—A la playa —contestó Quinn.
Aunque estaba oscuro, ella pudo ver que a Rachel se le iluminaba la cara.
—No he ido allí todavía. No he salido de los senderos que hay en los terrenos del palacio.
—No volverás a hacerlo cuando hayas ido a la playa —replicó ella poniéndose al trote.
Llevó a Rachel por un sendero sinuoso que transcurría por un bosque muy denso. Antes, el servicio de seguridad quería acompañarla y a ella siempre le había parecido una intromisión insoportable. Siempre había sabido que nunca podría disponer plenamente de su vida, pero necesitaba algunos momentos para poder respirar. Nunca había invitado a nadie a esos paseos nocturnos, pero esa noche había captado en Rachel la misma claustrofobia y soledad que la acuciaban muchas veces. Las de ella se debían a tener que adaptarse a vivir en una isla y a la añoranza de su casa. Un paseo por la playa podría aliviarla un rato, como le pasaba a Quinn.
Paró el caballo cuando llegaron al claro desde donde se veía la playa.
—Es preciosa —dijo ella en voz baja pero cargada de admiración. —Lo es. Quería avisarte de que la cuesta es un poco empinada. Black podría encontrar el camino con los ojos cerrados, pero Gus puede necesitar más tiempo.
—No importa.
Como había dicho Quinn, Black bajó en un abrir y cerrar de ojos y en cuanto llegó al terreno llano, con la playa a unos metros, empezó a tensar las riendas ante lo que se avecinaba.
—Paciencia —le pidió Quinn—. Ella llegará enseguida. Quinn se dio la vuelta al oír los cascos de Gus creyendo que se pararía, pero Rachel la azuzó y pasó de largo.
—¡Arre! —le animó Rachel para que saliera al galope. Black se quejó con un resoplido mientras Quinn la miraba asombrada. Cabalgaba mejor que cualquier mujer y casi cualquier hombre que hubiese conocido. Se sintió enardecida. Era un placer observarla con el pelo al viento y su cuerpo fundido con el de Gus. Black volvió a tensar las riendas y Quinn lo permitió correr. No tardarían en alcanzarlos. Poco después, Black se puso a la altura de Rachel y Gus. Rachel miró a Quinn y su risa la envolvió junto a la brisa del mar. Su entusiasmo la hizo sonreír. Era una noche oscura que presagiaba tormenta, pero sintió como si el sol hubiese salido entre las nubes. Black aceleró el paso y Gus intentó seguirlo.
—Vamos —le animó ella—. Te toca. ¡A por él! Quinn soltó un poco las riendas y el caballo voló por la playa.
Notó la descarga de adrenalina, se le aceleró el corazón y se sintió libre. La velocidad y el viento le aclararon la cabeza. Eso era lo que le permitía sobrellevar los peores días. A Black también le encantaba. Si le dejaran, el caballo rodearía toda la isla, pero Quinn había hecho un trato con el servicio de seguridad. Daría la vuelta cincuenta metros después. Detuvo al caballo y, al dar la vuelta, Black aminoró el paso como si notara que se acercaba el final del paseo.
Quinn vio a Rachel que montaba por la orilla del mar.
Ante su sorpresa, se bajó de Gus, se quitó las botas y se remangó los vaqueros. Ella se acercó al ver que se metía en el agua.
—Ten cuidado —la avisó—. El fondo cae bruscamente.
No querrás…
Ella dio un paso, se hundió hasta el pecho agarrándose el sombrero y dejó escapar un grito que la asustó.
Desmontó dispuesta a sacarla del agua, pero oyó que ella se reía. Fue un sonido que le recordó el tañido de unas campanas. Mientras salía del mar, se sacó la camisa de los pantalones y se la separó del abdomen sin dejar de reírse.
—Estás empapada. Intenté avisarte.
Ella sacudió una mano para quitarle importancia y la miró a los ojos.
Aunque la noche era oscura, pudo distinguir un brillo jovial en sus ojos. —Solo es agua. No pude resistirme. No he podido salir de los establos y venir al mar desde que estoy aquí. Ha sido demasiado tentador y sabía que Gus no se iría a ningún sitio sin mí.
Era estimulante que no le importara estar empapada. Cualquier otra mujer que ella conocía estaría abochornada y enfurruñada.
—Nunca pretendí que te enclaustraras en los establos.
Puedes tomarte algún tiempo libre.
—No hasta después del desfile —replicó ella—. No quiero que estas criaturas se desmanden cuando están bajo mi responsabilidad. Rachel metió el pie en el estribo y empezó a montarse, pero volvió a bajar al suelo mientras sacudía la cabeza y se levantaba los vaqueros.
—Pesan un poco más de lo normal —murmuró ella.
—Suele pasar cuando están empapados —comentó ella con sorna. —Para ser sincera, si no estuviera con mi jefa, me quitaría los vaqueros hasta que llegara al establo —replicó ella mientras intentaba montarse otra vez.
Cuando se tambaleó, Quinn la empujó del trasero.
—No me gustaría que mi presencia te impidiera estar… cómoda.
Rachel la miró y ella captó un destello sensual en sus ojos.
Rachel sacudió la cabeza como si quisiera aclarársela.
—Me sorprendéis, Alteza. No sabía que fueseis capaz de coquetear con vuestra moza de cuadras.
—Eres mucho más que mi moza de cuadras —dijo ella mientras se montaba en Black.
La había molestado cómo había resaltado la diferencia entre los dos. Ese paseo suponía alejarse de todo y no quería que le recordaran su posición. Dispuesta a aprovechar los últimos momentos del paseo, avanzó a un trote lento. Aun así, no tardaron en llegar a los establos.
Ella se ocupó de Gus y Quinn de Black. Sin embargo, su caballo todavía parecía inquieto cuando Quinn salió del cajón. Rachel se acercó a ella.
—Parece como si necesitara otra galopada —murmuró ella.
Quinn la miró y vio que ella se frotaba los brazos. La camisa seguía mojada y supuso que estaría muy incómoda con los vaqueros. —Sigues mojada y tienes frío. Tienes que volver a tu habitación inmediatamente.
Ella arrugó la frente por la sorpresa y se encogió de hombros. —Estoy bien. Ya he dicho que solo es agua. Estoy planteándome seriamente lo de la cabra para Black.
Creo…
—Ya está bien de Black por esta noche. Vete a tus aposentos y sécate —dijo Quinn—. Te lo ordeno.
—¿Me lo ordenas? —preguntó ella con los ojos como platos.
Quinn contuvo un improperio. Había sabido desde el principio que Rachel no respondería bien a las órdenes y ella casi nunca imponía su autoridad. ¿Por qué ella lo provocaba tantas veces? Ya no podía echarse atrás.
—Sí.
—Creo que eso no me gusta —replicó ella parpadeando.
—No es muy difícil de entender. Te empeñas en que mis caballos se porten bien porque están bajo tu responsabilidad. Tú, en cierto sentido, estás bajo mi responsabilidad. No quiero que tengas una pulmonía.
—¿Estás comparándome con un caballo?
—No —contestó ella—. Aparte de que Franny me mataría si te pasara algo, yo tampoco lo soportaría.
—Sin embargo, no soy responsabilidad tuya.
—Estás en mi país y, por lo tanto, eres responsabilidad mía. Ella lo miró fijamente durante un buen rato y se estremeció. Ella miró la camisa mojada que se ceñía sobre sus pechos y dejaba traslucir el tentador contorno de sus pezones. Notó una reacción visceral. El instinto lo apremiaba para que le frotara los brazos con las manos y la estrechara contra sí para darle calor. Apretó los puños.
Desde muy pequeña le inculcaron que tenía que contenerse, y más aún cuando comprendió la fama de casanova que tenían su padre y su abuelo. Cuando fue mayor de edad, mucha gente creyó que seguiría los pasos de su padre ya que nunca se ocultó las preferencias de la heredera real. Quinn prefirió otra cosa, prefirió cambiar y mejorar su país. Para eso, tenían que tomarlo en serio.
Sus obligaciones y los pecados de su padre habían mantenido su libido a raya. Sin embargo, en ese momento, tuvo que hacer un esfuerzo para contener las ganas de agarrar entre los brazos a esa impertinente americana y hacerle el amor sobre cualquier superficie plana que encontrara.
—Te acompañaré a tus aposentos —concluyó ella.
—No hace falta, todas las noches voy sola a mis aposentos. —Todas las noches no estás empapada —replicó ella tendiendo la mano—. Vamos.
Ella puso los ojos en blanco, pero le dio la mano.
—¿Nadie te había dicho que llevas todo el asunto de tu Altitud un poco demasiado lejos?
—Nadie menos mis hermanas —contestó Quinn.
Muy pocas veces hacía ese camino y mientras se dirigían hacia los alojamientos de los empleados decidió que necesitaba más luz. —¿Hasta qué hora sueles quedarte en los establos? —le preguntó ella.
—Depende. Suelo llevarme un sándwich para cenar y vuelvo sobre las nueve o las diez.
—Creo que no deberías volver sola todas las noches.
—Dame un respiro. He pasado toda mi vida yendo sola a todos lados. Además, estoy segura de que no le dijiste al otro encargado de las caballerizas que no debería ir solo a sus aposentos.
—No se parecía nada a ti y nunca trabajó hasta tan tarde. Prefiero que las próximas noches te marches antes de que oscurezca. Instalaré luces que se enciendan con el movimiento.
—Ya veremos —replicó ella.
—¿Ya veremos? —repitió ella—. Te he dado una orden muy sensata. —¿De verdad crees que hay delincuentes merodeando por los alrededores del palacio?
—Reconozco que no es probable y, además, el servicio de seguridad es muy bueno, pero nada es perfecto.
Estaría más tranquila si evitas andar sola de noche hasta que haya más luz.
—Entonces, se trata de tu tranquilidad, no de la mía… Esa mujer era una pesadilla.
—Es posible. Tienes que recordar que no eres solo una empleada. También eres amiga de la familia por tu relación con Franny. Protegemos a nuestros amigos —vio que ella contenía un escalofrío y se frotaba los brazos—. No debería retenerte con el frío que hace. Entra y caliéntate. Ella lo miró fugazmente a los ojos y Quinn vio un destello de ardor líquido. Percibió la posibilidad de la pasión y la notó en las entrañas. Ella tomó aliento y separó los labios. Ella se preguntó qué se sentiría al besar esa boca tan discutidora.
¿Cómo reaccionaría? Por una vez, se había encontrado con una mujer a la que le daba igual su título. No tenía interés en apaciguarlo y discutiría con ella hasta el infinito, pero le daba la sensación de que también lo deseaba. Más tentado de lo que había estado desde hacía mucho tiempo, se preguntó si Rachel podría tener una aventura con ella. Creía que cumpliría con el requisito de la discreción.
¿Incordiaría mucho cuando acabara la aventura? Todas acababan… Ella cerró los ojos como si intentara contener los sentimientos. Eso la molestó. Quería que se abriera a ella, quería volver a ver el deseo en sus ojos. Ella volvió a tomar aliento, abrió los ojos y se apartó un paso.
—Gracias por el paseo —dijo ella con una voz ronca y sedosa a la vez—. Buenas noches.
La observó entrar en el alojamiento de los empleados y sintió la necesidad de seguirla. La sofocó, naturalmente.
Aunque ella le despertaba algo más que curiosidad, no podía precipitarse con nada. Se jugaba demasiado como para ser impulsiva. A las diez de la mañana del día siguiente, Rachel estaba metiendo a uno de los caballos en su cajón cuando oyó la voz de Bridget.
—Bonjour, mademoiselle Berry. Soy tu salvadora y he venido para ayudarte a escapar de la mazmorra un rato.
Rachel suspiró aunque no podía negar que le divertía. Bridget haría cualquier cosa para librarse de las obligaciones palaciegas. Cerró la puerta del cajón de Gus.
—Bridget, eres un encanto, pero…
—La negativa no está permitida. Tú y yo hemos recibido órdenes de la autoridad.
Rachel se dio la vuelta y parpadeó al verla. El plan era evidente. Bridget llevaba una camisola playera, unas gafas de sol enormes, un sombrero de paja negro y una bolsa de marca.
—¿Órdenes de la autoridad?
—Sí —contestó Bridget—. Quinn ha dicho que necesitas un día libre y me ha encargado que te lleve a la playa. No te atrevas a discutírmelo. No ha sido idea mía, pero es la primera ocasión que tengo de divertirme desde hace un siglo. Si tengo que asistir a otro té benéfico, me pondré a gritar. Además, Quinn tiene razón. Tienes que tomarte un descanso.
Perdóname por ser franca, pero pareces un poco… demacrada. Rachel no supo cómo responder a Bridget. Ella ya había rechazado todas sus objeciones antes de que pudiera expresarlas. —No me creo que nadie en el palacio se queje porque algún empleado trabaja demasiado.
—Rachel, los demás empleados se toman todos los descansos que pueden. Además, tú no eres solo una empleada. Estás aquí por Franny. Las reglas son distintas.
Estoy proponiéndote pasar un día en la playa, no ir la guillotina. Tu reticencia es insultante. ¿Tanto te disgusto?
Rachel se rió por la desesperación.
—No me disgustas. Tengo que cumplir mis obligaciones. Solo faltan unos días para el desfile…
—Y todo va a salir a las mil maravillas. Entretanto, el sol está brillando y la playa nos reclama. Vamos, vamos —la apremió dando unas palmadas—. Tienes traje de baño, ¿verdad?
—Sí, pero…
—No hay peros —replicó Bridget.
—Los Fabray sois duros de pelar.
—Vaya, captó cierto tono de claudicación —comentó Bridget—. No te preocupes por la protección solar. Tengo mucha.
Cuarenta y cinco minutos después, Rachel y Bridget estaban en unas tumbonas de una playa semiprivada donde, como por ensalmo, aparecían unos sirvientes que les llevaban bebidas y aperitivos.
—¿Estás segura de que solo quieres agua? —le preguntó Bridget. —Por ahora… —contestó Rachel con los ojos cerrados y disfrutando del sol y la brisa—. Quinn y tú teníais razón.
Lo necesitaba.
—Claro que yo tenía razón —replicó Bridget eliminando a Quinn—. Nos han preparado un almuerzo. Podremos comerlo dentro de una hora o así. También nos pondrán unas sombrillas. También se me ha ocurrido que no has tenido la ocasión de hacer amigos en Chantaine ni de conocer hombres. Aunque reconozco que la variedad es mucho mejor en Europa que aquí, podría presentarte a alguno que te divirtiera. Podríamos ir a alguno de nuestros clubs nocturnos.
—No es lo que más me gusta —dijo Rachel sin abrir los ojos.
—¿Por qué? ¿Qué haces para divertirte?
—Montar a caballo y cuidarlos. Me gusta la playa y leer, jugar a las cartas y al dominó texano…
—Bueno, estoy de acuerdo con el dominó. Todos estamos decididos a que vuelvas a todas las cenas en familia.
—Fantástico —comentó Rachel con ironía—. Me encanta la idea de que toda la familia Fabray se abalance sobre mí. —Tú tienes la culpa —Bridget se rió—. Tú empezaste.
—Creía que esto debería ayudarme a relajarme…
Rachel se concentró en el sonido de las olas. Se advirtió de que no podía acostumbrarse, pero era la felicidad. Se quedó dormida… —¿Está dándole mucho el sol?
La voz la despertó sin sobresaltarla y ella se sentó desorientada. El cuerpo alto y bien marcado de la ateza Quinn proyectaba una sombra alargada.
Rachel se tapó los ojos por el resplandor del sol.
—¿Qué…?
—No, en absoluto. Se ha puesto crema protectora y nos han puesto una sombrilla para protegerla. La pobre debe de estar agotada. Lleva media hora dormida. Quinn, estás haciendo que trabaje demasiado —dijo Bridget.
—No soy yo —se quejó ella—. Ella se empeña en trabajar desde antes del amanecer hasta el atardecer. Al estilo americano.
Rachel tomó una bocanada de aire para despejarse la cabeza e intentó pasar por alto el efecto que Quinn tenía en ella. Se fijó en que llevaba un traje oscuro y el contraste con la arena blanca hizo que pensara en otra cosa. Se preguntó cómo estaría solo con traje de baño… o menos.
—Ya estoy despierta. Podéis hablarme a mí y no sobre mí.
Bridget se rió.
—He intentado convencer a Rachel para que fuéramos a un club nocturno, pero no le interesa. Deberías emplear tu autoridad, Quinn. Ha sido la única manera de convencerla para que me acompañara a la playa.
Estoy segura de que Franny quiere que le presentemos amistades nuevas y amigos varones también.
—Es posible que a Rachel no le interese el tipo de hombres que conocería en un club —replicó Quinn.
—No lo sabrá hasta que lo compruebe. No obstante, estaría encantada de acompañarla a Italia. Tengo elegido el club perfecto para esta noche, he pensado…
—No puede apetecerme menos ir a un club esta noche. Esta pequeña excursión a la playa me ha relajado tanto que me asusta. Aunque hoy estoy hecha una zángana, estoy segura de que esta noche dormiré como un tronco. Debe de ser el aire del mar.
—Me alegro de oírlo —comentó Quinn—. La familia va a cenar temprano con Jack porque se vuelve este fin de semana. Queremos que nos acompañes.
Rachel miró a Bridget, quien adoptó un aire de inocencia con un martini en la mano y el sombrero de paja negro.
—Estoy segura de que preferís pasar la noche en familia. No quiero molestar.
—Insistimos —replicó Quinn usando el plural mayestático. —Se trata del dominó texano, ¿verdad? —preguntó Rachel en tono malhumorado.
—Mis hermanos quieren una revancha —contestó Quinn.
—De acuerdo —concedió Rachel—, pero solo dos partidas.
—Pero eso no permite un desempate —se quejó Bridget.
—Exactamente —confirmó Rachel.
Quinn miró a Rachel a los ojos y le sonrió con una mezcla de desafío y sensualidad. Una mezcla que la estremeció hasta el tuétano.
—Estoy deseando que llegue esta noche —comentó Quinn antes de marcharse.
Rachel volvió a tumbarse entre gruñidos.
—Creía que se trataba de que esto fuese relajante.
—Lo es —replicó Bridget levantando la copa de martini. —¿Cómo voy a relajarme cuando sé que tengo que asistir a una cena familiar donde todos estáis deseando despellejarme?
—La cena será deliciosa. Solo queremos ganarte al dominó. Es una cuestión de honor.
—Buena suerte.
Era de Texas y los texanos peleaban hasta la muerte.
—¿Quieres beber algo?
—No hasta que hayamos terminado la partida.
Gracias por la aceptación por favor déjenme sus reviews
Gracias se les quiere y sigan pasando la dirección para que más lean la historia..
Esta historia es la Adaptación de un Libro, los personajes no me pertenecen bueno que se va a hacer así es la vida
