Hola, lectoras. Voy mal de tiempo y no he podido contestar vuestros comentarios, pero os los agradezco de corazón. Gracias también a mi beta Ebrume y a Nury mi prelectora, y a Marta por echar un último vistazo. Sin más, os dejo este capítulo. Recordad que son siete en total. Ya vamos casi por la mitad. Tomadlo como lo que es, un fic de humor. Que un vampiro se ponga protector solar no es serio, ¿no? Ah, y no tengáis prejuicios, estos vampiros tienen un remoto parecido con los de Crepúsculo, pero Edward no lee la mente.

¡A leer!

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Capítulo 3

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Edward corrió a través de la oscuridad de las calles de Seattle. Besar a Bella había sido la mejor experiencia de su vida, pero tenía que ser cauto. Estaba sediento, y no quería caer en la tentación de morderla. Empezaba a preocuparle el impulso de transformarla en vampira antes de tiempo. Cuando un humano era transformado contra su voluntad quedaba resentido y furioso por mucho tiempo, a veces para siempre. Los sentimientos de los vampiros eran más intensos que los de los humanos, y más duraderos. Y un vampiro obligado a serlo era un monstruo de pesadilla.

No, no era el momento.

Se detuvo y olfateó a su alrededor, cualquier hombre sano y fuerte le serviría para saciarse y calmar su inquietud. Salvo emergencias,como la de su despertar, siempre había preferido que fueran los humanos los que se le acercaran y se sirvieran en bandeja. Detuvo su carrera y adoptó un paso calmado.

Sonrió para sí al sentir que le tocaban en el hombro. Justo a tiempo.

—Oye, ¿tienes fuego?

Se giró lentamente hasta enfrentar a los dos jóvenes. Uno de ellos llevaba un cigarro y otro una navaja. Sonrió: su tipo favorito de alimento. Evaluó la cantidad de sangre que podría extraer de cada uno hasta dejarlos inconscientes y tragó saliva. La garganta le ardía de pura necesidad.

—Fumar es malo para la salud —dijo mientras los cogía a ambos por el cuello.

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Una semana. Había pasado casi una semana desde que había besado a Bella, y ella todavía no se había puesto en contacto con él.

—Maldición —masculló entre dientes mientras fregaba los platos. No se consideraba un maniático remilgado, pero Eric necesitaba una de dos: servicio doméstico o un par de clases sobre cómo mantener limpia una casa.

—¿Otra vez limpiando? Necesitas sexo, tío —oyó que decía a sus espaldas.

—Y tú no lo tendrás si sigues viviendo como un cerdo, tío —dijo mirándole por encima del hombro—. Ninguna mujer en su sano juicio se acercaría a esta pocilga.

—Si lo dices por Bella, olvídala. Ya te dije que no esperaras nada de ella.

Edward torció el gesto y apretó tanto la cacerola que estaba fregando que quebró el mango. Si por lo menos pudiera conseguir la ayuda de Alice. Presentía que su familia no estaba muy lejos de él.

—Eh, ¿qué has hecho? Era de las mejores que tenía, me la regaló mi madre —protestó el joven.

—Ya te la pagaré —dijo el vampiro, malhumorado. Se quitó el ridículo delantal y se dio la vuelta—. Me gustaría localizar a una amiga —dijo tras unos instantes—. ¿Hay una guía de teléfonos internacional o algo similar?

Eric le dirigió aquella mirada de «qué rarito eres».

—¿Has probado con Facebook?

Edward parpadeó. Claro. Facebook. Mierda, ¿cómo podía ser tan tonto?

—¡Gracias, Eric! —exclamó de camino al despacho donde estaba el ordenador.

La búsqueda fue rápida. Edward había decidido buscar a Carlisle Cullen en lugar de a Alice, sabiendo que era un nombre menos corriente.

—Aquí estás. —Edward supo que aquel era su padre. Había puesto como foto de perfil el emblema de los Cullen. Una señal clara para él, tan clara que se volvió a insultar por no haberlo pensado antes. De inmediato le mandó un mensaje privado.

«Soy Edward. ¿Dónde estáis?».

La respuesta no tardó ni un minuto, llenando a Edward de alegría. Había encontrado a su familia.

«¡Edward! ¡Ya tardabas!».

—Esta es Alice. —No podía ser de otra manera. Casi la estaba oyendo gritar donde fuera que estuviera.

«Estamos en Miami».

«¿En Florida, el estado soleado?». Soltó una carcajada mientras le venía la absurda imagen de toda su familia tumbada al sol, cada uno con una copa de sangre adornada con una sombrillita.

«Sí, gracias al maravilloso invento de los filtros solares. Dame tu número y te llamo ¿Tendrás uno, no? Porque si no me volverías a decepcionar. ¡Has tardado mucho en buscar en Facebook! Y eso que eres el que tiene más recursos de todos nosotros».

Edward suspiró mientras le pasaba su móvil, pensando lo poco que le servían con Bella aquellos supuestos recursos. Esperaba que Alice pudiera ayudarle.

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—¿Que le dijiste qué? —le interrumpió su hermana cuando le estaba explicando su última cita con Bella.

—Lo que has oído —dijo Edward con fastidio. Bastante tonto se había sentido pronunciando aquellas palabras como para tener que repetirlas. Llevaban más de dos horas al teléfono hablando y poniéndose al día y Edward le había contado todo lo que había pasado con Bella. Alice había dado su aprobación… hasta el momento.

—He oído: «Quiero respirar el aliento de tus gemidos mientras te llevo al placer». ¿En serio? Edward, con todos mis respetos, parece que pienses con la polla.

—¡Alice! Tu lenguaje vulgar no ayuda.

—Perdona. Solo quiero hacerte comprender tu error.

—Tus capacidades pedagógicas dejan mucho que desear.

—Bien, voy a plantearlo de otra manera. Dices que parece que está asustada y vas le sueltas esa bomba. ¿No te das cuenta de que no sabe qué le está pasando? El instinto entre un vampiro y su futura pareja es una fuerza capaz de trastornar al más racional. Y en esta época todo se intenta racionalizar, aunque muchas veces fracasen en el intento. Debe de estar pensando que se está volviendo loca.

Edward apretó los labios. Se había dejado llevar por el momento y no había hecho caso de las abundantes señales que le estaba mandando Bella. El hecho de no haberse dado cuenta hasta ahora resultaba mortificante.

—Edward, ¿sigues ahí?

—Sí.

—Escucha, los humanos que están destinados a ser vampiros se sienten como Bella, jamás han experimentado el amor y no creen en él. Tienes que despertar su pasión sin acojonarla.

—Alice, te has vuelto una malhablada. ¿Pero qué les pasa a las mujeres de esta época?

—No seas antiguo. Cuando os toque follar vas a agradecer que ella sea una mujer moderna. Será todo mucho más bonito. Sin dolor, sin problemas añadidos.

—¿Quieres decir que ella ya tendrá experiencia?

—¿Tú eres tonto o solo te presentas al casting? ¿No habías leído suficientes novelas románticas actuales? Pues claro que tendrá experiencia. Deberías superar esos prejuicios machistas pasados de moda. Qué asco.

Edward casi podía ver su gesto indignado.

—Eh, frena, no es que valore en sí mismo el hecho de que sea virgen. Eso me da igual. Pero habría sido bonito ser el primero y el último. Punto.

—¿Tú te estás oyendo? Confórmate con ser el mejor. Además, serás el primero y el último en su corazón, de eso puedes estar seguro.

Él soltó el aliento lentamente. Su hermana tenía razón. Aún estaba anclado en el pasado pero, caray, ¡sólo llevaba en este siglo unos días! No se le podía reprochar. Jamás se había sentido tan torpe relacionándose con una mujer.

—¿Qué crees que puedo hacer?

—Marcha atrás. No pasa nada. La atracción está ahí, Edward. Es como el paso del tiempo. No puedes evitarlo ni acelerarlo. Tienes que dejarte llevar por la corriente pensando que no estás solo. Estás nadando con ella. Ayúdala.

—De acuerdo. Pero no puedo forzar la situación, le prometí que la próxima cita me la pediría ella.

—Buscaremos cualquier otra excusa para verla. Nada de citas.

—¿Buscaremos?

—¿Crees que ahora que has despertado vamos a dejarte solo? Jasper ya me está reservando plaza en el próximo avión. Papá y Esme están terminando unos cursos para cooperantes y Emmett y Rosalie están de viaje, pero ya se nos unirán para la boda —dijo con una risita.

ºXº

—Ya está bien, Bella Swan. ¡Me tienes hasta el moño con tanta tontería! —La imagen de su compañera de piso con los brazos en jarras en el umbral de su dormitorio casi daba miedo—. Escucha, en este mundo hay gente que tiene problemas, graves problemas, problemas de verdad, no que un tío que está como un queso quiera algo contigo.

—Angy, ya lo hemos hablado. No me conviene —dijo la joven quitándose la almohada de la cara. Ojalá la dejara en paz, pero Angela cuando creía que tenía razón era como un perro con un hueso.

—Repítelo cien veces más si quieres hasta que te convenzas, pero conmigo no lo vas a conseguir. Si viera que te sientes bien con tu decisión —continuó mientras entraba en la habitación, su gesto más calmado— la respetaría. He estado esperando que reaccionaras toda la semana, pero no puedes seguir así. De verdad que no te entiendo. ¿Qué problema hay?

Bella inspiró profundamente, incapaz de poder explicarle a su amiga en palabras la confusión que le creaba la intensidad de sus sentimientos por Edward. Jamás se había enamorado, pensaba que era incapaz de eso y tampoco le molestaba. Su rechazo a ese sentimiento estaba enraizado en ella, como parte de su esencia. Y de pronto aparecía él y la volvía loca. Era como mirar hacia el sol, podía llenarte de calidez pero también dejarte ciega. ¿Durante cuánto tiempo aguantaría sin quemarse? ¿Y qué sería de ella cuando todo aquello hubiera terminado? Porque el amor no duraba, lo había visto con sus padres, y lo veía cada día a su alrededor.

—No creo en esto que siento por él. Es como si estuviera drogada y fuera consciente de estarlo. Siento cosas extrañas, pero me niego a creer que sean auténticas —fue la mejor descripción que pudo encontrar.

—¿Tan malo sería probar si son reales o no?

—¿Me preguntas eso después del ejemplo que acabo de darte? ¿Le dirías eso a alguien que se droga?

Angela soltó un bufido y alzó los brazos en un gesto exasperado.

—Me rindo, Bella. Estás cagada de miedo, y punto. Pero lo que yo veo es que intentas reprimir con tanta fuerza lo que sientes que lo único que haces es amargarte. Sal, quema los barcos y luego construyes otros nuevos. Vive, joder —dijo.

Bella se la quedó mirando, pensando por qué no intentarlo. Pero era como obligar a alguien miedoso a hacer puenting. Suspiró con fuerza. No era lo mismo. Un miedoso no estaría tan profundamente disgustado con la idea de alejarse del puente como ella.

¿Qué le estaba pasando?

—¿Sabes qué vamos a hacer? —dijo por fin levantándose de un salto—. Salgamos. Es sábado por la noche.

—¿Estás segura? —dijo Angela.

—¡Sí! —La voz de Bella le sonó excesivamente chillona—. Lo vamos a pasar genial.

—De acuerdo —dijo su amiga mirándola no muy convencida.

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—¡Buenos días! —dijo Bella. Otra vez aquella maldita voz chillona. ¿Es que estaba en la pubertad o qué?—. ¿Te apetece desayunar?

Su amiga le echó un vistazo a todo lo que había preparado: un bizcocho, galletas, un litro de zumo, dos huevos fritos, varios trozos de bacon y tortitas. Por si fuera poco había dos cafés de la cafetería de la esquina, una a la que cualquier Starbucks envidiaría su fiel clientela.

—¿A qué hora te has levantado para preparar esto? —Sus ojos estaban muy abiertos—. ¡Si llegamos a casa a las cuatro de la madrugada y son las diez! ¿Has dormido algo?

—Bastante —mintió. No podía dormir, así que se había levantado para hacer algo en lugar de dar vueltas en la cama. Cuando se giró le pareció ver una chispa de preocupación en el rostro de su amiga—. Creo que me he pasado. Pero si sobra ya vendrán nuestros vecinos. Ese par y Eric son mejores que el cubo de reciclaje de la basura orgánica.

—Ahora que dices eso —dijo Angela sentándose a la mesa—. Eric nos ha invitado a su casa esta tarde. Tiene un nuevo juego para la Play y quiere que lo probemos. Creo que es el último de Call of duty, o Assasin´s creed o de Uncharted, yo qué sé, ya me pierdo.

De los cuatro chicos del grupo, Eric era a quien menos veían, porque vivía un poco lejos. En realidad, a quienes veían demasiado era a los vecinos de enfrente, se dijo para sí misma con sarcasmo. A Eric lo veían casi cada semana. Y ella había estado temiendo este momento.

—Eric nos ha invitado —repitió como un eco.

Tragó saliva. Aquello parecía una trampa tendida para que ella cayera de pleno. Aunque hasta ahora no era raro que fueran a casa de Eric el fin de semana; vivía solo y era un piso bastante grande con una buena colección de juegos. Pero… ¿Y Edward? ¿Viviría todavía con Eric? Con un poco de suerte había decidido mudarse de nuevo al lugar fuera del tiempo del que había venido.

—Me lo dijo ayer, iba a decírtelo al entrar en la habitación pero decidí fustigarte y se me olvidó.

—Creo que no iré contigo. -Bella se sentó frente a un plato con una triste tortita a la que le dio un pequeño mordisco. Tras unos segundos de masticar en silencio alzó la mirada y la clavó en los ojos oscuros de su amiga.

—¿Cómo lo pasaste ayer?

Angela ladeó la cabeza y la miró con cariño.

—¿La verdad?

—Siempre.

Mordisqueó una de las tortitas untadas de sirope de chocolate.

—Fue como salir con Ígor, ya sabes, el burro del oso Winnie Pooh...

—Ya sé quién es Ígor —la interrumpió Bella con fastidio—. Pero no me negarás que hice el esfuerzo.

—Lo sé. Y te pido que sigas haciendo el esfuerzo y esta tarde vengas conmigo. Nunca has sido una cobarde -afirmó con dulzura.

Bella comió en silencio mientras sentía como si tiraran de ella dos fuerzas en distintos sentidos. Ansiaba y temía ver a Edward. Y en medio estaba su mente, analizando todo y volviéndola todavía más loca.

Sin embargo, fue esta la que por fin puso orden en el caos de sus emociones. No iba a dejar que su vida se desbaratara por algo que ella jamás había valorado. No iba a dejarse llevar por el puro deseo sexual y tampoco iba a huir. Angela tenía razón.

—Iré contigo. Pero no me dejes a solas con él. —Vale, un poco cobarde sí que era.

—Me voy a pegar a ti como una lapa —prometió.

—Gracias, Angy.

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El sonido de risas masculinas a través de la puerta resultaba extrañamente atemorizador. Bella se riñó a sí misma por su falta de ánimo. Angela aporreó la puerta.

—Eric —Tres golpes—. Eric. —Tres golpes—. Er… —. Su amigo abrió la puerta negando con la cabeza.

—En serio, Angela, dejó de hacer gracia la quinta vez que lo hiciste.

Su amiga se rio.

—Lo dirás por ti —dijo.

—A Bella tampoco parece que le haga mucha gracia.

La aludida, quieta en el rellano, miraba por el lateral del hombro de Eric como si esperara ver aparecer un asesino en serie, pero fue la primera en atravesar el umbral de la casa. Extendió el brazo, ofreciendo a su amigo una bolsa llena de latas de cerveza.

—Toma. Están frías. ¿Cómo te encuentras? —dijo notándolo un tanto pálido.

—Bien, el médico me ha dicho que tengo un poco de anemia, pero estoy tomando hierro. —Cerró la puerta tras ellas.

Se adentraron en el comedor, donde estaban sus amigos, jugando, charlando, riendo, y los saludaron a todos. Bella se mordió el labio para no preguntar por Edward. Sabía que él estaba allí con tanta seguridad como que ella lo estaba. Percibía a aquel hombre sin necesidad de usar ninguno de sus cinco sentidos. Joder, joder. Lo percibía. ¿Qué era aquello? ¿Y dónde estaba él?

—¿Dónde está tu compañero, Eric? —preguntó al fin.

—Edward está en el balcón, charlando con su…

—¡Alice! —Una joven morena saltó literalmente dentro de su campo visual—. Soy Alice. Encantada de conocerte. Y tú eres…

—Bella —repuso, pensando que aquella chica había tomado tres cafés y un par de Red Bull de más. Parecía a punto de despegar hacia el cielo como un dibujo animado. Como Bugs Bunny con sobredosis de pastel de zanahoria.

Pero era preciosa. Y Edward la había traído a aquella pequeña reunión. Sintió ganas de estrangular a alguien por primera vez en su vida. Después se sintió mal por haber deseado eso, y acto seguido tuvo ganas de irse, ganas que se esfumaron al ver el par de ojos que le quitaban el sueño desde hacía días. Parpadeó como si así pudiera librarse de su influjo pero no lo consiguió. Miró hipnotizada cómo él se acercaba y le sonreía. Su corazón aleteó como un colibrí y sintió una punzada dolorosa atravesándola al ver cómo él tomaba a la maldita y preciosa Alice del brazo.

—Hola, Bella. —Apenas los separaba un palmo—. Iba a presentarte a mi hermana.

Hermana. Hermana. ¡Hermana! La palabra parecía rebotar de lado a lado de su cerebro. De pronto su cuerpo se soltó de las riendas de su autocontrol y abrazó a Edward. Apenas escuchó los silbidos, exclamaciones y risas a su alrededor. Solo sentía la dulce sensación de los brazos de él a su alrededor y las caricias de sus dedos en la nuca. Fue como si su cuerpo entero hubiera estado cubierto por una escayola y ahora se la hubieran quitado. Creía que si él no la sujetaba fuerte podría flotar en el aire.

El resto de la tarde transcurrió veloz, inmersa en una sensación de paz y felicidad, como si estuviera bajo los efectos de alguna droga. No quiso detenerse a analizar nada de eso. Estaba harta de sentirse mal. Prefería disfrutar del momento, sentada en el sofá al lado de Edward. Sus amigos se burlaron de lo mal que estaba jugando a la consola, y no era de extrañar. Sentía el muslo de Edward rozando el suyo, de una forma tan palpable como si no hubiera dos capas de ropa entre ellos, oía su voz suave como una caricia y lo escuchaba reír… ¿Quién podría estar pendiente de un puñetero juego?

¿Cómo sería estar con él?

En aquel momento sus ojos dorados se cruzaron con los de ella y su rubor aumentó, temerosa de que él hubiera visto en su mirada lo que pensaba. Edward le sonrió y la atrapó como cada vez que hacía ese gesto. Se sentía como una oveja ante el león, aunque la oveja debería echar a correr y no babear por el león. Maldita oveja estúpida y babosa, pero feliz.

—Bella, te veo un tanto despistada. Seguro que te vuelvo a ganar a un par de veces más.

—Ni lo sueñes, Mike.

—La verdad es que es un poco tarde, algunos deberíamos irnos —dijo Angela dirigiendo una descarada mirada a Ben.

—Sí, sí, estoy cansado. Muy cansado —dijo el joven con mucha convicción—. Angy, ¿te quedas en mi casa? —Ella asintió con una sonrisa y ambos se marcharon juntos.

—Ok, sosos —dijo Mike—. ¿Qué, Bella, aceptas el desafío?

—Si ella no lo acepta lo haré yo —gritó Eric.

—¡Y yo! —exclamó Jake.

—Chicos, soy nueva en la ciudad —intervino Alice. Sus palabras lograron un efecto inmediato y todos se callaron, pendientes de sus palabras—. ¿Creéis que podríais hacerme de guía?

Hubo varias exclamaciones de asentimiento, tantas que parecía haber más hombres en la sala de los que eran. Los tres siguieron a Alice mientras se dirigía hacia la puerta tras haber cogido su chaqueta. Bella se quedó de pie junto a Edward, mirando la escena boquiabierta, hasta que la joven asomó por la puerta y, guiñándoles el ojo a ella y a su hermano, dijo antes de cerrar:

—De nada.

La informática parpadeó mirando hacia la puerta cerrada.

—Ha sido lo más parecido al flautista de Hamelín que he visto en mi vida.

Edward soltó una carcajada.

—Te aseguro que solo se está aprovechando de un puñado de hombres con la libido muy subida.

—Sí, eso encaja totalmente con ellos —dijo ella sonriendo. De pronto se puso seria, plenamente consciente de que estaban solos. Él esperaba, ella no sabía qué, hasta que tras el prolongado silencio comprendió lo que quería.

—Me vas a hacer pedírtelo, ¿no es así? —dijo ella en un susurro.

Él curvó los labios mientras asentía.

—Te di mi palabra y soy muy serio con esas cosas.

—¡Está bien! —Bella reunió ánimos durante un momento y decidió decirlo de sopetón—. ¿Quieres que me quede a tomar un café contigo?

—No me gusta el café. —Cuando ella iba a protestar ofendida, él añadió rápidamente—: Pero puedo prepararte uno y mirar cómo lo tomas, o podemos sentarnos y simplemente charlar —murmuró tendiéndole la mano.

—Está bien. —Sintió un estremecimiento de placer mientras los largos dedos de él se entrelazaban con los suyos. Era como ver los pétalos de una flor cerrarse lentamente. Inspiró profundamente, intentando dominar el vendaval de sentimientos que Edward le inspiraba.

Él tiró con delicadeza hacia el sofá y ambos se sentaron. Bella pensó si volvería a besarla, y su corazón se aceleró.

—Escucha… —comenzó Edward sin soltarle la mano. A ella le distraía aquel contacto tanto como le atraía la suave voz. Se atrevió a mirarle a los ojos, pero él los tenía fijos en sus manos entrelazadas—. Tengo que disculparme por mi comportamiento durante nuestra última velada. No fui precisamente un caballero.

Bella frunció el ceño. Era lo último que esperaba oír.

—Lo que pasó fue cosa de los dos, Edward.

Él la miró con dulzura y negó con la cabeza.

—No sé cómo comportarme en… en estos casos, por más que lea y lea sin parar. Pero creo que te asusté. Es la única explicación que se me ocurre para que no te hayas puesto en contacto conmigo en toda la semana. Esa o que no te gustó que te besara, pero esto ni me lo planteo. Noté tu reacción, Bella —dijo al ver que ella apretaba los labios para no sonreír—. No me llames engreído.

La joven estudió aquel hermoso rostro.

—No me asustó lo que hiciste, sino precisamente mi reacción. Me preocupa. Yo no soy así. Contigo no soy yo.

Edward se mordió el labio inferior antes de hablar, como si dudara de lo que decir.

—Creo que eres demasiado joven como para pensar que no hay cosas nuevas por experimentar, y que te conoces por completo.

—No me gusta perder el control —murmuró ella muy bajito con la secreta esperanza de que él no la oyera.

—No lo perderás —asintió él con firmeza—. Yo me encargaré de que no pase.

Pasaron la noche charlando sentados al sofá de la casa de Eric. Fue una experiencia nueva. Bella podía sentir la intensa atracción tirando de ella, pero de alguna forma sabía que él controlaba la situación. Por primera vez en su vida confió y se dejó llevar. Edward era un oyente maravilloso y atendía a cada una de sus palabras como si fueran lo más importante del mundo, pero se dio cuenta de que solo hablaba ella.

—¿Y cómo es despertar al mundo moderno? —le preguntó—. Creo que ya hemos hablado demasiado de mí —dijo al notar su reticencia a contestar.

—Nada del otro mundo, hasta hace poco. —Alargó la mano y rozó su pómulo con las yemas de sus dedos, casi con timidez. Tomó aire como para decir algo más y pareció decidir que no.

—Dímelo.

—¿El qué?

—Lo que no me quieres decir —dijo la joven colocando su mano sobre la de él, sobre su mejilla—. Quiero saberlo. Necesito saberlo. —Se había acercado a él sin darse cuenta y sus caras estaban muy juntas.

Edward negó con la cabeza.

—Tú no crees en eso.

—Hazme creer. —Bella miraba sus labios, que la llamaban en silencio.

—Estoy aquí por ti —dijo él tras un instante de duda—. Es el destino, Bella.

Lo decía tan serio que era como si lo creyera de verdad.

¡Lo creía de verdad!

—No creo en el destino, Edward.

—Pero sí en el instinto, ¿no es cierto?

Ella lo miró de hito en hito, preguntándose a dónde quería llegar.

—Claro que creo en el instinto. El instinto es algo demostrado científicamente, no se trata de creer o no.

—¿Sabes cómo se orientan las aves de noche cuando migran?

—Por las constelaciones, me parece.

—Nadie les ha enseñado eso, ¿verdad? Saben que han de hacerlo. Sienten el impulso y lo siguen. No empiezan a pensar: ¿Qué es esto que me impulsa? ¿Por qué voy a seguirlo? ¿Y cómo puedo yo fiarme de que esas lucecitas en el cielo no me mientan? ¿A que no? —Lo dijo con gesto divertido aunque ella sabía que hablaba en serio.

—Eso sólo sirve para las aves, Edward. Ellas no piensan. Actúan.

Él la miró fijamente.

—¿Y no crees que algunas personas tienen un cierto instinto que las lleva hacia otras? ¿Ni siquiera en la mínima posibilidad de que lo que te digo sea cierto? Y si no, dime ahora y sin pensar: ¿no sientes tú algo parecido? ¿No lo sentiste cuando nos conocimos? —inquirió con suavidad. Esperó su respuesta con anhelo no disimulado.

Bella asintió, todavía reticente.

—¿Pero para qué? —discutió—. Todos los instintos tienen un sentido, la supervivencia de uno mismo o de la propia especie, ¿no? ¿Qué sentido tiene un instinto que te arrastra hacia alguien? Si hasta entonces vivías perfectamente bien sin ese alguien, ¿para qué lo necesitas, además de para complicarte la existencia?

Él la observó sorprendido.

—Para vivir, cariño —dijo acercando sus labios a los de la joven, sus manos sobre las mejillas de Bella—. Para vivir de verdad —enfatizó las dos últimas palabras—. También puedes vivir tomando café descafeinado, edulcorantes artificiales, comida enlatada y relacionándote con tus amigos a través del ordenador, pero no lo haces. O no siempre. Sin embargo, te niegas a ti misma vivir con intensidad. Esto que sentimos es real, es único… no lo niegues. No te lo niegues.

Ella no dijo nada, se preguntaba cómo podía conocerla él tan bien en las pocas horas que habían compartido.

La besó con dulzura, apoderándose con suavidad de su boca, saboreándola lentamente hasta arrancarle un gemido desesperado que ni ella misma sabía que fuera capaz de emitir.

—No sé cómo comportarme contigo —murmuró él repartiendo sutiles besos por su rostro—. Temo que desaparezcas si te muestro cómo me haces sentir, y temo que si no lo hago te perderé. Tienes que guiarme. ¿Esto que estoy haciendo es... inapropiado?

Bella sonrió.

—Oh, sí, muy inapropiado —exhaló ella. Edward se apartó y la miró a los ojos—. Es broma, es perfecto. Por favor, no me hagas caso. Me encanta tu inapropiadez.

—¿Esa palabra existe? —Arqueó una ceja mirándola con una mezcla de deseo y diversión.

—No, no hay nada que defina esto.

Edward sonrió y se inclinó hacia su cuello, descendiendo hasta llegar a la curva del hombro, rozando apenas la piel con sus labios. Ella respiraba de forma irregular.

—¿Indecente? ¿Pecaminoso? —Chupó con delicadeza al tiempo que la rozaba con los dientes.

—Mucho de todo eso. —Le puso la mano en la nuca y enterró sus dedos en los mechones cobrizos—. Sigue, Edward. No pares o... —fue incapaz de continuar. Le faltaba el aire. Solo ansiaba estar cerca de él.

—¿O qué? —Edward le dibujó una sonrisa sobre la piel, provocándole nuevos escalofríos—. ¿Me estás amenazando? —susurró mientras la alzaba para colocarla en su regazo como si no pesara.

Bella apenas pudo pensar en lo fuerte que él era, perdida en la neblina adictiva de sus caricias. De repente sintió su mano acariciando su espalda bajo el grueso jersey.

—Eres tan suave… tan cálida. ¿Puedo…? —dijo él en voz baja, ronca, al tiempo que sus dedos tanteaban el borde del sujetador.

Bella asintió con la cabeza, que había ladeado para recibir la hambrienta boca de él. La posibilidad de que Eric y sus amigos entraran en aquel momento le importaba bien poco. Estaba totalmente a merced de aquella pasión.

Edward introdujo sus dedos bajo el tejido del sostén con delicadeza. Se sobresaltó al sentir que se acercaba al pezón, que notaba hipersensible.

—¿Te he molestado? —Edward se separó mirándola a los ojos. Había retirado su mano.

—No —repuso Bella respirando rápido—, aunque… quizá deberíamos ir a un sitio más privado.

La cara de él cambió drásticamente, adoptando una expresión seria.

—No quiero comprometer tu reputación.

—Edward… —Lo miró divertida—. No te preocupes por mi reputación. Ya se ha visto... comprometida al abrazarte esta tarde.

Él abrió mucho los ojos. Parecía realmente preocupado.

—Yo… Yo no quería. Lo sien... —Ella le tapó la boca con dos dedos.

—Mi reputación de chica dura, quería decir. —Centró su mirada en aquellos brillantes iris.

—Quizá debería irme. —Parecía confuso, como si de pronto no supiera qué hacer. Era tierno y seductor al mismo tiempo.

—Edward, tú vives aquí. —Se preguntó si sería inexperto—. Has estado con alguna mujer, ¿no?

Él escondió una sonrisa.

—Con unas cuantas, sí.

—Es que… pareces un poco perdido, ¿sabes?

—No sé si me creerás, pero nunca he estado con ninguna que me importase tanto. Y además —se aclaró la garganta—, quizá no te impresionen mis habilidades de alcoba.

Bella soltó una carcajada y se levantó.

—Ven conmigo —esta vez ella fue quien le tendió la mano—, y créeme, si tus… habilidades de alcoba se parecen remotamente a tus besos, creo serán memorables.

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No me matéis por dejarlo aquí, tenía que cortar en algún sitio, y los hay peores ;)