Ni Digimon, ni sus personajes son de mi propiedad, sólo los uso para entretener a los lectores de ésta página. ¿Entiendes? Akiyoshi… te envidio tremendamente.

.The Spell.

Por Mizh-n-Rozh.

.Pedazos de Muñeca.

Cuarenta minutos de una caminata se hicieron más relajados en compañía de los amigos, llegaron sin retrasos al restaurante Tsuki donde Mimi y Sora trabajaban como camareras, o al menos ese era el trabajo fijo de Sora. Mimi, por otra parte, era cajera algunos días y hoy le correspondía como tal.

Ambas debían cambiar su uniforme lo cual era un poco vergonzoso para Sora y no tanto para Mimi, salir delante de sus amigos vestida de esa manera: un vestido largo y algo ajustado en la cintura y la cadera, muchos vuelos en la falda color blanco y marrón, con algunos toques rosados, muy femeninos y el armador dándole volumen a su figura; el cabello lo llevaba medio recogido con una coleta de perlas y un maquillaje muy natural con las mejillas coloradas, además de hacerla parecer una muñequita de porcelana, destacaba la figura que había tomado con el pasar de los años. La pelirroja salió del vestidor nerviosa y hermosa, adorable y temblorosa, mordiéndose el labio inferior por los nervios, probando el brillo de sandía que ahora bañaba sus labios rosados.

–Mira hermano, ahí está Sora –Hikari dio un brinco de la impresión y apuntó hacia la chica que se acercaba a ellos como gelatina pero con el vestido de damita hasta las rodillas parecía más bien que danzaba para su publico atónito.

–¿Eh? ¿Dónde? ¿Qué dices? –Taichi estaba en la nebulosa, viajando a Júpiter mirando un mapa de Saturno, mientras hablaba telepáticamente con un marciano verde parecido al que se asomaba por las fosas nasales de Sora al medio día, movía la cabeza a todos los lados buscando a la pelirroja con insistencia; lo que en realidad buscaba era una chica con pantalones de jeans y un delantal con el nombre del lugar.

–Mírala, esa chica que viene allí en frente –insistía Kari con emoción, y dándole un jalón al chico que estaba a su lado, él estaba aún más distraído que el mismo Taichi pero no parecía pensar en comida, sino en algo muy lejano a la pequeña Yagami- Cody ¿verdad que es ella?

–Sí, esa es Sora.

"Hola chicos ¿Cómo están?" No, eso se escucha muy tonto; que tal "¡Buenas tardes jóvenes!" No demasiado formal, parecería una ancianita, ¡¡Sora pero qué cosas piensas no seas tonta!! Se decía la joven a sí misma. Dando un paso, y luego el otro, paso, paso, y paso… suspiró cerrando los ojos y así obtuvo el ánimo y el entusiasmo necesario para poner a funcionar su aparato fonador y el auditivo al mismo tiempo.

Aunque su mano temblara con pulso de maraquero.

–Les… sirvo a-algo –fue lo único que sus nervios le permitieron decir, la chica apenas sostenía su pequeña libreta y con la otra mano un bolígrafo de muchos colores, el rubor que se había aplicado hace un momento comenzaba a intensificarse y sus ojos no miraban a ningún rostro sino al bolígrafo inmóvil, esperando la orden de sus amigos.

–¡¡Sorita, te ves muy linda!! –dijo Davis mirándola de arriba hacía abajo, examinándola con la mirada, acompañado de un silbido como piropo que la transformó a la persona más tímida que imaginaron. No conocían esa fase de Sora, la Sora que temblaba con todo y le tenía miedo a un espejo.

–Daisuke ¿podrías respetar a Sora? –le regañó Tk con un golpe a puño cerrado en el hombro, no tenía intensiones de que molestaran a su casi hermana, porque para Takeru, Sora era una de las mujeres más importantes en su vida.

–Bueno yo… es que…

La mirada siempre clavada en el suelo, sin querer mirarle los ojos azules que la pondrían aún peor. No estaba molesta con él, sino consigo misma por ser débil, porque estaba a punto de darse cuenta y de arruinarse lo que había creado sola los últimos años. Porque los sentimientos y el autocontrol se estaban uno incrementando y otro desvaneciendo.

–Somos nosotros tus amigos, compartimos miles de cosas juntos todos los días ¿por qué debería darte vergüenza mostrarte con un vestido? Además que te queda muy bien, de verdad te ves muy linda y más adorable de lo que ya eres Sorita –la voz de Yamato retumbó en su corazón como pajarillos en la mañana dándole los buenos días a la princesa; él la miraba fijamente a los ojos cobrizos, esos ojos la paralizaban, la enloquecían, le encantaban. Sabía que la estaba mirado, porque sus ojos siempre fueron más pesados que los de los demás, siempre resaltaban de entre la multitud, siempre fueron necesarios como una droga.

Pero ella no deseaba mirarlos, ahora no.

¿Es un halago? ¿Yamato hizo eso? ¿Pero por qué? Anda Ishida deja de confundirme… déjate de juegos que yo no soy de metal pensó Sora en esos pocos segundos en los que hubo silencio, todos miraban a todos, preguntándose seguramente lo mismo que Sora.

–Bueno, bueno, yo quiero pedir una pizza con peperóni y mucho jamón, una bebida gaseosa y una hamburguesa con queso derretido, muchísimo queso derretido –Daisuke se levantó de su silla bruscamente con energía chocando con la mesa derramando un vaso de agua, el líquido recorrió el camino que el destino le dio hasta llegar a la esquina final de la mesa de madera empapándole la entrepierna a Tk.

–¡¡Daisuke Motomiya, mira lo que haz hecho!! –gritó Takeru eufórico de la vergüenza y la ira.

–Takeru, no sabía que eras tan cochino.

Todos comenzaron a carcajearse por el incidente, Takeru intentaba secarse con una servilleta el líquido que parecía más bien una grosería, a todo eso sumándole la gente que pasaba por ahí mirándolos con rareza, de seguro preguntando cómo no los habían expulsado por el escándalo.

–Tk el baño está al final de este pasillo y cruzas a la izquierda –Sora evitaba reírse delante del rubio menor sin embargo era inevitable, sumándole la risa escandalosa y retumbarte de Taichi que parecía hacerla de mala intención.

Tk se levantó con rostro de bestia con destino al baño de caballeros, maldiciendo a Davis en su interior mientras él lo disfrutaba al máximo, no era que se odiaran pero eran tan buenos amigos que las bromas pesadas siempre estaban de por medio en la relación hombre-hombre.

–Entonces ¿Qué quieren para comer? Les recomiendo el tiramisú, está exquisito.

–Sí –asistieron todos al unísono.

–Pero yo quiero mi pie de limón –exigió Tai con una mirada de advertencia muy graciosa.

Sora puso sus ojos en blanco y asistió con una media sonrisa- Bueno… tiramisú y tu pedazo de pie. En seguida regreso.

La muñeca de porcelana dio unos cuantos pasos, victoriosa y tranquila porque pudo enfrentarse a las miradas de sus amigos, había lograda enfrentarse a sí misma y a sus temores. Estaba ganando puntos a su favor. Pero algo la detuvo, sintió su mano cálida sosteniéndole la muñeca firmemente sin hacerle daño, la respiración de él iba normal pero la de ella estaba fuera de lo común. Todo daba vueltas.

Respiró hondo y se volteó con la cabeza baja, mirándole el pantalón caqui del instituto al que los dos iban, los zapatos marrones, y la parte baja de la camisa blanca; pero no a los ojos mar taladrándola profundamente.

–Sora, yo… necesito saberlo –su voz era más ronca que de costumbre, estaba serio y decidido, la pelirroja se había volteado de nuevo dándole la espalda queriendo quitarse la mano abrasadora, esa mano que decía: soy tu dueño y debes obedecer. Eso quería Sora.

–¿Qué cosa? –respondió con un hilo de voz.

–Ya sabes… Sora es que, no puedo quedarme con la duda, yo… no quiero que nadie te haga llorar ¿me entiendes? Me preocupas…

–Sí –asistió ella quitándole la mano con suavidad para así quedar libre, una parte de ella se sentía renacida como si respirara aire de nuevo pero otra se maldecía porque era suya, ella era de él: fue de él por ese instante- te entiendo, pero yo… ya te dije que es una tontería.

–No te creo.

–Pues no me creas, yo digo la verdad.

–Entonces, dilo mirándome a los ojos –Yamato le cogió la muñeca de nuevo y con agresividad la volteó obligándola a mirarla de frente, la tomó de la barbilla con delicadeza como si con cada roce la pudiese romper y le alzó la vista para que las miradas quedaran al mismo nivel- dime que fue una tontería.

Luego de la explosión en el aula no le había visto los zafiros resplandecientes. No se atrevía a hacerlo de nuevo, tenía miedo de perderse en ese mar, en su mirada de hielo y congelarse, en su cielo… volar y caer, estrellarse o no… ya no dependía de Sora.

Él se daría cuenta que le mentía, de que la Sora que conocía era una mentira pues de todos modos hacía ya muchísimo tiempo que se conocían y sólo aquel día fue ella misma, o al menos eso pensaba. La Sora que en verdad existía.

.

Aquella tarde el cielo azul se había transformado en naranja, como una metamorfosis que trae algo más bello para deleitar, la noche con sus estrellas, la luna que parecía sonriente, era perfecta, eso creía el Yamato de apenas 11 años.

El chico estaba sentado en una banquilla muy alejada de la calle, al fondo del parque, ahí como derrotado, como si su madre lo hubiese reprendido. El rostro deprimente se había tatuado permanentemente durante el atardecer helado, pensativo y sereno. En frente de él no pasaba nadie, aunque podía oír a los autos y ver las luces de los que pasaban, pero para él no había nadie.

Sumergido en su mundo, no se dio cuenta cuando alguien se sentó a su lado y que tenía esa misma expresión de él, deprimido y pensativo.

–Supongo que muchos tenemos malos días.

El rubio se espabiló y pudo observar de donde provenían esas palabras, una niña de su misma edad se sentó a su lado estaba sucia, llena de arena y un tanto sudada pero lo que más llamaba la atención era su pierna, traía un vendaje.

–Algo así –respondió él- pero no son iguales.

–Por supuesto. Eso no lo discuto.

Entonces ella levantó la vista, suspiró y musitó algo como "ya es muy tarde" o al menos eso oyó el chico, acto seguido se levantó del banco y decidió dar el paso sin mucho éxito, ya que cayó al suelo luego de cinco cortos pasos.

–Oye niña, no pensarás caminar sola y con ese pie así ¿verdad?

–¿Y por que no lo haría? No tiene nada de importante es sólo un golpe que me di por tonta –respondió ella con una sonrisa de despreocupación para ablandar el asunto.

–Aun así, no debería dejar ir a una niña sola. Puedo acompañarte si así lo quieres. –dijo el rubio colocándose en frente de ella extendiéndole la mano y una sonrisa de media luna, ternura era lo único que decía su cara y el tatuaje se había disuelto con el ácido de la nobleza.

–Hablas mucho –ella rió dulcemente- soy Sora Takenouchi, y por mí no hay problema en que quieras acompañarme –ella le tomo la mano que segundos antes le había ofrecido y con esfuerzo se levantó del suelo.

–Me llamó Yamato Ishida, entonces dime por donde vives.

El resto fue historia, una caminata bastante lenta por la herida de la chica, Sora cojeaba al caminar y debía detenerse de ratos para descansar. Hubo risas sinceras hasta estar bastante cerca de casa, Sora pensó que era un niño tonto que intentaba pasarse de galán para conseguir otra cosa, tomando en cuenta que tenía once añitos; ella así lo pensaba porque su mejor amigo tenía ese tipo de actitud, quitarle caramelos con sonrisas a las niñas. Él, Yamato, la veía como una niña lanzada que quería dárselas de valiente caminando con un esguince por toda la ciudad y completamente sola.

–¿Por qué estabas sentado ahí, tan solo? –preguntó de pronto la chica, intentando no sonar fuerte sino más bien una curiosidad inocente.

–Problemas con mi familia, mi padre y yo… no nos llevamos muy bien, después de todo no es su culpa. –le respondió de manera muy breve, por encima se notaba que hablar del tema no era algo que le gustase o que quisiera explicar justo ahora- Y tú que me dices, ¿por qué estabas así?

–Digamos que lo mismo que tú, mi madre y yo no llevamos una buena relación, somos tan diferentes… no comprende lo que quiero en la vida, ni lo acepta, sólo quiere cambiarme y que sea como ella quiere que sea.

–Pero…

–Y si estoy así es porque fui a un juego sin su permiso, tropecé y caí muy mal –ella suspiró y mirando al cielo como buscando algo entre las estrellas que ya se habían formado en el firmamento- perdimos y seguí decidir practicando, con todo y esguince, así que aquí estoy como una loca sucia.

–Lo de loca podría creértelo -dijo el chico como en broma, él también miraba al cielo, buscando lo mismo que ella veía; Sora le había notado un rostro triste y se notaban sus intenciones de hacerla sonreír por simple bondad.

–No sé qué me paso hoy, por favor no pienses que soy una chica de ese tipo. –dijo casi suplicando.

–Tranquila, en tu rostro se nota que eres muy amable. –Yamato se recostó en la pared del edificio donde vivía la pelirroja sin despegarle la vista al cielo, ahora fue Sora quien lo siguió y ambos se quedaron embobados mirando cada estrella como si fuera la última.

Pronto la amistad fue surgiendo como la transformación de la tarde en noche, como el agua en vapor: lenta pero segura.

La amistad crecía, comenzaron a verse muchas más veces y jugaban fútbol cada tantos días, Yamato entró en la secundaria con ella y Taichi (el mejor amigo de ésta) juntos, formaron el trío inseparable; con el pasar de los años todo fue tomando otro significado para Sora, un significado sin significado, un imposible. El amor de Yamato.

.-.-.-.-.

–Por favor, no sigas con esto Yamato. –Sora le apartó la mano como si fuese de cristal y se esfumó con el viento, sus sentimientos cada vez se hacían más evidentes y no quería que pasara eso, porque entonces la negación seria inevitable, la amistad se mancharía y debía olvidarlo cosa que a ella ni le gustaba pensar, pero se estaría engañando a sí misma y a todo el mundo; corrió hasta el baño de damas mientras Takeru salía del de caballeros y éste apenas la notó.

No mentí Yamato, esto que siento por ti realmente es una tontería y nunca me comprenderás se dijo a sí misma, se incorporó y salió renovada, ya no habrán más lágrimas, no más. Las lágrimas frente a Matt era incumplir la ley, estaba terminantemente prohibido ser débil de nuevo y menos por él.

El amor de Ishida merecía demostraciones, más para ella que para él. Era la prueba final, porque el día fatídico estaba llegando al final pero también al principio.

El día pasó rápido entre risas, burlas, fotografías… recuerdos impresos y tatuados en sus corazones y mentes; Sora no pasó tanto tiempo con ellos como hubiese deseado, estaba comprometida a atender a los demás clientes, sin embargo la mirada rubí de la pelirroja volteaba, sin intensión, innumerables veces todo el día hacia Yamato.

Le fascinaba su risa, estaba segura que no había una más melódica y varonil que esa… cada carcajada la enloquecía; sus arranques de enojo, por cómo fruncía el ceño y le daba golpes a Taichi, su sonrojo… su vergüenza y los hoyuelos en sus mejillas cuando regalaba una media sonrisa que se formaba en sus labios, deseaba con todas sus fuerzas saber el por qué de sus reacciones y reírse ella también.

Pero ella le negó comprenderla, le negó tocarla y preocuparse por ella. Él también tenía derecho ¿no?.

El sol comenzaba a dormirse y lo últimos rayitos de luz que tocaron la ventana les anuncio la triste verdad, la luna iniciaba su aventura asomando la mitad de su rostro: el día había terminado. Todos comenzaron a retirarse del restaurante dividiéndose en grupos: Miyako y Cody fueron los primeros en marcharse, seguidos de Taichi, Yamato y Tk, por último Daisuke y Ken cada uno por un camino distinto.

Dos sombras totalmente distintas en estatura caminaban juntas por la acera de concreto gris en la avenida, las luces de los carros pasaban a altas velocidades haciéndolos parecer fantasmas oscuros, profetas de oscuridad deambulando por la carretera sin rumbo fijo, pero ellos, Miyako y Cody, tenian como destino sus casas poco confortables. Durante el camino se escuchaban comentarios de un nuevo curry, una nueva vecina en el piso 14, y otros tantos comentarios que en realidad eran dichas por Miyako, e ignoradas por el más pequeño, Iori sólo emitía onomatopeyas para asistir y negar algo.

–Cody ¿qué te pasa? –Miyako detuvo su caminar elegante y posó sus manos en la cintura como señorita molesta, siempre que hablaba con Iori de lo que fuera, aunque no le interesara, solía mostrar interés falso que complacía a la pelilila… hoy en cambio, prefirió dárselas de malo y demostrar lo poquito que le importaba.

–¿A mí?

–Pues sí, ¡a quien más le estoy hablando! Duh.

–Oh… nada Miya, sólo estoy un poco cansado, anoche no dormí muy bien por eso desperté tarde y no logré llevar la planta a tiempo y ya te sabes la historia –contó cada palabra como un escupitajo, vomitando cada una con fastidio y el estrés desbordándose por sus labios.

–Eso lo sé, pero me refiero a que no dices nada ¿en qué estás pensando?.

–Nada en especial Miya –Cody le sonrío forzado, parecía más bien que lo hacía para quitársela de encima que por hacerla sentir tranquila; Miyako no dejaba de mirarlo con detenimiento, examinando cada fracción de su rostro.

Sin embargo los chicos no estaban solos, una sombra se divisaba detrás de ellos, a lo lejos pero a lo pronto. La grande y el pequeño continuaron caminando en silencio bajo el manto de la noche, la sombra que se escondía muy cerca en la penumbra se convirtió en mano, en un cuerpo, estiró su brazo entero tomando el hombro Cody por sorpresa, dándole el susto de su vida a los dos.

–Entonces pequeño ¿cuando cumplirás tu parte del trato?

Cody volteó con el corazón en la mano y los ojos bien abiertos, temblaba y temía. La voz del acusante y el depredador era como la del mismo demonio, ronca y siniestra, sumándole el rostro lleno de sal y vinagre, de pronto, Iori acomodó su postura y se desencadeno del hombre que lo sostenía sin mucho fuerza.

–Acordamos no hablar de esto en lugares así, cumple tu trato también.

–Oh, lo siento, es que se lo ocultas a tu amiguita.

Miyako miraba el acto asustada, ese sujeto era realmente un personaje, vestía ropas negras como el cielo nocturno de Odaiba con un abrigo enorme marrón también oscuro, un sombrero de a la talla y los lentes negros que le daban el aire misterioso acompañaban el atuendo que hacía temblar a la chica.

–Miyako… –Cody hablaba con un tono muy serio, jamás, en los años que se conocían lo había oído así de serio- vete a tu casa.

Esa perdió significado, no parecía una amenaza ni una sugerencia, era una orden. Iori tenía el mando desde el punto de vista de Miyako ¿qué podía hacer? No mucho en verdad…

–Pero Cody…

–¿Estás sorda Miyako? ¡¡Que te largues!!

Miyako no supo cómo entre tanta gritería se decidió y asistió corriendo asustada al otro extremo de la acera. Estaban muy alejados, de esquina a esquina, apenas podía ver la figura baja de Cody que resalaba con camisa verde, pero al hombre le había perdido la vista, ya estaba fuera de su alcance y su mayor miedo (y la razón de que se quedara escondida) era que le hiciera algún daño al chico. Por ahora no estaba segura de nada, sólo restaba esperar y afinar la vista y el oído.

–La he asustado ¿eso esta bien Iori? –preguntó el hombre sin apartarle la vista, Cody no lo miraba, su cabeza daba vueltas alrededor de la carretera revisando si alguien estaba cerca..

–Supongo que no, pero ya qué.

–Déjame decirte que tienes amigas muy buenas –dijo otra voz con sorna pero su rostro no era visible porque estaba debajo del farol y lo poco que éste iluminaba no alcanzaba su cabeza, ni siquiera el gabán, ni los zapatos, ni su asquerosa alma manchada.

–No hables de más chico –ordenó el más grande sonando serio de nuevo- Iori, espero que cumplas sino las consecuencias serán para ellas. Tranquilo, ya visualicé a las demás; no son mi gran interés.

La garganta de Cody carraspeó y se aclaro, tragó saliva de terror.

–No te preocupes, no fallaré.

–Confió en ti, pequeño.

.

La capa oscura de la noche cubría por completo el restaurante Tsuki, el aire acondicionado le entumecía los brazos a la de ojos cobrizos. Deseaba con fuerzas que se acabara el día, no es que odiara trabajar ahí, por el contrario, amaba estar ahí y se relajaba tremendamente en su estadía mientras se ganaba el sueldo suficiente para costarse sus gustitos, aún así miraba ansiosamente al reloj de pared indicando que faltaba una hora para poder irse. Hikari y ella habían acordado quedarse en su casa y pasar una noche de chicas, después de todo, el trabajo de Sora y las intensas clases de Hikari les dejaban poco tiempo para compartir.

La última media hora pasó lenta, Mimi no dejaba de teclear en la caja registradora y Sora, junto con otras empleadas de su misma edad, corrían de aquí para allá con un letrero enorme en sus cabezas que decía ON y titilaba porque sus baterías se agotaban con cada segundo que pasaba.

Cuando por fin había llegado el último pedido de la noche, las piernas no les daban para más. Era realmente extraño que un lunes, inicio de mes, hubiesen tantos clientes. Dos pedazos de brownies y dos copas de helado con muse de chocolate sobre ellas.

La pelirroja aceleró el paso con la bandeja en manos, sus zapatos de bailarina cafés andaban por sobre el piso ajedreado del restaurante. En un principio sintió un ardor en los ojos, suponiendo que era el cansancio del día agitado, el ardor se intensificó al punto que debió bajar la velocidad en el camino que la guiaba hasta la mesita 09. Comenzó cerrando y abriendo los ojos una y otra vez, se sentía ahogada y desesperada, le habían borrado el sentido primario.

Había una niebla espesa y grisácea que le aturdía la mirada. Las pupilas de sus ojos aún guardaban el negro pero el color de su iris fue descendiendo la tonalidad dejando de lado el rojizo que antes tenían, tomado en su lugar un blanco casi azulado que resultaba espeluznante.

Todo era oscuridad e su mundo.

¿Qué pasa? ¿Por qué… todo está oscuro? No quiero, no más oscuridad. Por favor. No, otra vez no.

A pesar de su vista cien por ciento nula, decidió llevar el pedido hasta la mesa correspondiente, intentando crear un mapa del lugar en su mente. Asistía y se presentaba en el restaurante Tsuki desde hacia ya dos años y el trabajo inicio hace tres meses por lo que pensó que no sería tarea tan difícil recordar dónde estaba cada cosa.

Lo fácil es relativamente difícil de explicar.

Pero toda la maniobra…

No salió bien.

Perdió totalmente el sentido del espacio, del tiempo, olvidó todo aquello que algún día supo, sus sueños cumplidos y los destrozados, sus deseos y su nombre, el de él… todo se volvía un susurro a lo lejano de aquella oscuridad, desprendiéndose del lugar donde sí llegaba la luz, un lugar intocable para Sora. Estaba confundida, atrapada en la más densa noche inmortal, nunca había existido algo tan real y frío como eso: la nada; porque ya nada tenía y todo lo que tenía se acababa, tantas cosas estaban pasado al mismo tiempo y no el tiempo no estaba a su favor para detenerlas.

Lo que estaba pasando ya no podía retrasarse.

El hechizo seguía actuando.

Ocurrió todo muy rápido, las piernas se le flexionaron por inercia y Sora cayó al suelo por lo débil que se sentía, vidrios quebrados como su corazón, platos destrozadas cayendo al suelo y sembrando dolor a su paso; cáscaras de recuerdos, migajas del pasado, cenizas quemándose en el olvido… y la sangre ¡sangre!

En su piel se estaban grabando marcas permanentes, recuerdos del instante que, aunque no podía ver, lo sentía como cuando le desgarran el pellejo y lo bañan en sal vivo. Esa sensación de amargura y decepción en cada cortada, en cada futura costra, futura cicatriz.

La mirada besando el diablo, y él dándole dolor. Todo el dolor que se merecía por mentirosa y cruel, por falsa.

Me están castigando…

Sora se incorporaba poco a poco ayudada de sus manos ahora cristalinas, como las de un muerto; su vestido de muñequita se había manchado con un recuerdo rojo en el pecho y el faldón, las personas miraban perplejas el escenario: una dulce jovencita sacada de Alicia en el país de las Maravillas, en el suelo, cubierta de sangre. Falló en el intento de ponerse de pie y cayó de lado, fulminando su brazo derecho con los vidrios de los vasos rotos.

Y es que me lo merezco…

Nadie la ayudaba, las miradas de aquellos aún asombrados le daban más bien peso en el alma, no era lo suficientemente interesante como para ser ayudada por esos desconocidos y humanos poco ejemplares. Los murmullos de la gente se hicieron oír hasta los oídos de Kari y Mimi, ellas corrieron para ayudarla atravesando los vidrios rotos que se quebraban aún más con el taconeo fuerte y ansiado de la castaña, lo que no sabían ninguna de las dos es que ya todo estaba perdido, y Sora había dejado lo importante enterrado.

Ahora todo estaba en una tumba.

–¡¡Sora!! –gritó Mimi cuando ya estaba lo suficientemente cerca, el corazón de la castaña se aceleró al ver a su amiga toda ensangrentada, haciendo un esfuerzo enorme, era como ver a un ángel dar su último respiro: Increíble. Hikari, por otro lado, le extendió la mano a Sora pero esta no hacía nada, no la tomaba. Ella se vio obligada a tomarla de la muñeca, con cuidado para no lastimarla más y la ayudo a sentarse en la mesa más cercana.

–Sora, tranquila yo… ya estamos aquí, Mimi cuídala, llamaré a emergencias –Kari corrió hacia el fondo, acercándose a un teléfono, marcó al servicio de emergencia y comenzó a dar las indicaciones. Mientras las otras empleadas buscaban materiales para limpiarle las heridas.

–Sora ¿qué te sucedió? –preguntó Mimi mirándola con preocupación mientras limpiaba cuidadosamente las heridas de su rostro, piernas y manos, siendo ayudada por otras chicas- ¡Dios mío Sora esto que pasó no es nada normal!

No respondía, no parpadeaba, no hacía absolutamente nada. Respiraba de manera alarmante, y el alcohol le quemaba la garganta dificultándole más el trabajo a los pulmones.

–¡Sora respóndeme! –Mimi aún intentaba hacerla reaccionar, le gritaba desesperada a la pelirroja, la movía desde los hombros pero nada funcionaba- ¡Sora háblame!.

–Yo… –las palabras le salían con un hilo de voz, aturdida por la sacudida y la falta de oxígeno- yo, me lo merezco.

–Pero Sora ¿como dices esas cosas? ¡No digas esas babosadas, ni que fueras la peor persona del mundo! –alentó otra empleada.

–¡Eres una estúpida! –Mimi lo gritó con todas sus fuerzas retumbando en el restaurante casi vacío, sólo curiosos y chismosos eran los que ahí quedaban. Sora abrió los ojos, ahora blanquecinos y heridos, ahí entonces las otras dos se dieron cuenta de la cruda realidad.

–Yo… No veo nada, Mimi. Estoy ciega.

Mimi no podía creerlo. Estaba reviviendo una pesadilla que creyó haberla enterrado hace tres años; sus ojos se abrieron totalmente y su mirada cambió de ira a angustia. Era como si le abrieran la cicatriz más grande y profunda que alguna vez tuvo. No era la primera vez que a Sora le ocurría, el terror de la chica era volver sentirse inútil, y la sombra de la impotencia se poso encima de ella controlándola, habiéndola abandonado durante un tiempo ahora regresaba más hambrienta de Mimi.

Flash Back – Mimi POV's.

Ésa mañana me había levantado lo suficientemente tarde como que mi humor estuviese aplacado. Caminaba por los pasillos del Instituto y mi siguiente clase era la de Historia la cual veía con un profesor guapísimo pero ¿qué docente no era hermoso ahí? Después de todo, no pasaban de los 30 años.

La gente estaba posada en las escaleras principales, bloqueándome el paso completamente; intenté darles empujones y que me dejaran pasar pero fue inútil. Yo solo quería llegar temprano a mi clase para mirarle el trasero al profesor Cullen ¿era demasiado pedir?

–¡Ay qué molestia!

No me quedó de otra más que tomar atajo por las escaleras de emergencia y rezar para que estuvieran disponibles, parecía una fiera lanzando humo por los oídos pero de lo único que estoy cien por ciento segura es que luego de ése día, aprendí a guardar un poco mis quejidos y darme cuenta que el buceo podía esperar.

Por mucho tiempo.

Llegué muy rápido y al darle el vistazo largo a las escaleras de arriba (porque yo iba al piso de abajo) noté a Sora, cojeando intentando subir al cuarto piso del edificio, se sostenía difícilmente de la barandilla y me fue fácil reconocerla gracias al bolso que llevaba en su espalda, vi como subía el resto de los escalones con esfuerzo, pero al llegar al último el tropezón fue fatal, la vi caer como una muñeca de trapo. En un principio no corrí a ayudarla, por el contrario, lo único que hice fue gritar y Taichi, que casualmente pasaba por ahí, fue el que terminó ayudándola, levantándola del suelo y llevándola a enfermería.

–Mimi… Tai…–nos susurró Sora con debilidad, se encontraba en la camilla cubierta sin mientras Tai estaba sentado al otro lado de la cama, sin mirarnos a ninguno de los dos- No se lo digan a nadie.

–Pero tu mamá debe saberlo Sora, te diste un golpe fuerte en la espalda y ahora tienes una fractura en el pie derecho.

–No, yo estoy bien pero no me refería a eso. No veo nada.

–¿De qué hablas Sora? No entiendo… -yo no quería argumentar nada, me había quedado callada y pensando, buscándole sentido a lo que Sora había dicho.

–Todo está muy nublado, no logro diferenciarlos ni a ti ni a Mimi.Estoy ciega.

La última palabra retumbó en mi mente como una pelota de pin-pon.

¿Sora estaba ciega?

Ninguna de las tres palabras tenían sentido para mi si las acoplaban juntas, aunque eso explicaría porque cayó rodando escaleras abajo, porque cojeaba, porque Taichi la debió cargar hasta enfermería y cerraba los ojos con fuerza mientras la enfermera la examinaba, y porque se aferraba tanto a la chaqueta de Tai.

Él pudo ayudarla y contando que llegó tarde.

Sí hubiese tenido el valor de Taichi, o si Taichi hubiese estado ahí antes. Nada habría pasado. Y es que yo sólo grité como una tonta, porque me sentía inútil, y ahora volvía a serlo; una vez más le fallé.

.-.-.-.-.

Y Tai no estaba, porque aparte de ella, más nadie sabía lo de hace tres años. Y porque por ahora, suponía que sería Hikari quien se encargaría de todo, la voluntad la traicionó y se olvidó de Sora y de sí misma. Se rindió.

–¿Como que estás ciega Sora? –Hikari se había sentado al lado de Sora en la mesa. No entendía para nada lo que había dicho y ahora era Mimi la que estaba en nulo y parecía haber muerto, las dos inexpresivas.

–Simplemente no veo nada Kari, así como lo oyes. –respondió la pelirroja con frialdad y con voz débil.- pero créeme que vivirlo en mucho peor.

–Mimi, ha llegado la ambulancia para Sora será mejor que se den prisa –avisó otra de las empleadas del restaurante, que era un tanto mayor que ellas.

–Gracias Zoe –respondió Hikari leyéndole la identificación con forma de corazón en su pecho. Se levantó de la mesa y tomó a Sora del brazo y a Mimi de la mano- ¿Qué esperas Mimi?

–Kari, por favor llévala tú.

–¿Yo? Pero Mimi… Sora te necesita más a ti.

–Por favor, es que yo no quiero ser inútil de nuevo. –su voz sonaba cansada y depresiva masivamente. Su corazón latía y en cada latido procuraba borrar el pasado.

–Nunca lo fuiste Mimi –interrumpió Sora con el mismo tono de antes- ¿no ves que gracias a ti estoy viva? y ahora tú me estás ayudando a caminar, ¿te parece eso un acto inútil? A mí no Mimi.

–Soo…

–Chicas apresúrense, la ambulancia está esperando –indicó otra que tenía cabello castaño y hasta los hombros, ella les abrió la puerta doble para que Hikari y Sora salieran fácilmente.

–Concuerdo con Sora. Es hora de irnos.

Ahora Hikari tomaba el brazo de Sora y la hacía caminar despacio hasta la puerta principal, Mimi detrás de ella permanecía inmóvil, abrazándose a sí misma mientras la brisa nocturna le congelaba las piernas desnudas.

¿Por qué quedarse ahí? ¿Qué rayos estaba haciendo?

¿Olvidar el pasado? ¿Olvidarse de Sora y de sí misma?

Había sido estúpida, ella era la imbécil o más bien, la más confundida. Dejó que los impulsos hicieran de las suyas. Miró al suelo y a los millones de fragmentos de vidrios que le destrozaron el brazo a Sora, y la sangre que aún estaba ahí, hediendo de dolor y quemando el suelo de sufrimiento.

No podía quedarse ahí más tiempo. Salió corriendo detrás de la castaña y la pelirroja y se interpuso en su camino.

–Sora, y está vez… por favor, no lo ocultes –Sora sonrió y dejó escapar una sonrisa iluminadora que tranquilizó a Mimi casi inmediatamente.

–Tranquila, me portaré bien.

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El trío de chicos que se habían ido juntos se encontraban en el departamento de los Yagami, porque estaba mucho más cerca que los otros hogares. El moreno estaba sentado de mala manera en el sofá, con las piernas en el espaldar y la cabeza hacía abajo, totalmente al contrario; Takeru tenía la silla volteada y se sentó de esa forma en ésta, con el espaldar al frente. Yamato era el que mejor se comportaba, sobre un taburete del mesón de la cocina, con las piernas y las manos cruzadas.

–Que no, te digo que la más buenaza es Marlin.

–Pues a mí me parece que tiene cara de mula. –protestó Takeru haciendo cabrear a Taichi

–¡Retráctate Takeru Takaishi! –le gritó el moreno con todas sus fuerzas, y señalándolo como culpable con el dedo índice.

–No lo haré, porque yo digo lo que pienso.

–Entonces yo también, ¡y yo digo que Saya tiene cara de abuela!

–¿No tienes ojos o qué?

–¡Ya deténganse! parecen críos de 10 años –la voz de Yamato sonó como un gruñido. Se pasó las yemas de los dedos por las sienes fastidiado de la estúpida discusión que tenían su amigo y su hermano menor acerca de las profesoras más buenazas y explotadas de todo el instituto.

Desde que salieron del restaurante e iban camino a casa de Tai, los dos comenzaron a hablar de mujeres que conocían, enumerándolas cada una por orden: la que tenía las mejores piernas, el mejor trasero, los mejores senos y la cara más zorra y otras cuantas tonterías más que sólo le causaban estrés al pobre Yamato, y no es que no le interesara, más bien él comprendía por qué hablaban tanto de los cuerpos de las chicas pero el modo tan infantil en que lo decían ambos era lo que lo hartaba.

–Ay Yamato no exageres, hay miles de chicas en la escuela que mueren por ti y tú, como chulo que eres, las ignoras a todas.

Cierto.

La mayoría se moría por él, hasta sus amigas hablaban que Yamato Ishida era todo un Adonis por ser vocalista del grupo Teenage Wolves, el que todas miran, el que todas desean, al que persiguen insaciablemente y al que le exigen más. Yamato siempre aparentaba delante de ellas, por ser educado y caballero y le agradecía a su padre por criarlo de esa manera, pero en el fondo no las soportaba.

–Es que todas son estúpidas, el poco cerebro que tienen es para rellenar el vacío del cráneo.

–¿Todas? –preguntó Taichi con una mirada insistente que sabía poner, la mirada de un ganador, como él decía- ¿estás seguro que todas?

–Sí Tai, to-das. –dividió la palabra en dos sílabas.

–Cuando lo dices to-das sabes que incluyes a nuestras amigas ¿no?

Yamato se tomó un tiempo para pensar en ellas, reflexionando si su afirmación era a) correcta o b) errónea, lo más seguro era la opción b pero igual se arriesgo a meditarlo: Mimi sólo es rara y está de más decir que una chica rosa, amante de los centros comerciales y del dorado; Miyako es… bueno, no estaba exactamente seguro de qué cosa extraña era la pelilila; Hikari, vamos, Hikari era un ángel sólo que a veces muy mandona pero todos tenían personalidades diferente y era muy soportable; y quedaba Sora, ella, según Yamato, era la más normal, aunque últimamente la notara más sentimental que antes. Cómo si alguien la hubiese bañado en cloro y la dejara expuesta al sol, lista para que cuando cualquier idiota llegara a decirle algo se rompiera en mil pedazos.

Pero Yamato no sabía que esa muñeca de porcelana, ya estaba rota.

–Satélite llamando a Ishida, satélite llamando a Ishida; no responde, no responde –dijo Taichi con tono burlón seguido de la onomatopeya de una sirena de alarma.

–¿Ehh? –Matt dejó escapar inconscientemente y bufó de desconcierto mientras la nave aterrizaba en el planeta Tierra, recordando lo que había pensado antes de sacarle asunto a lo de Sora, y no le quedó de otra más que admitirlo- Taichi tienes razón, no todas son así.

Respuesta b: Ganadora.

–Gracias, ahora como me diste la razón prepárate para tu castigo –se acercaba con un rostro de diablillo hacía su mejor amigo, Takeru juró haberle visto los cuernos rojos en la cabeza, pero, para su mala suerte, Yamato se levantó inmediatamente del asiento, que, al no tener respaldo, a milisegundos de ser atacado por Tai este se abalanzó sobre el taburete dando un revuelco y cayendo con la cara besando el suelo.

–Iré a preparar comida, tengo hambre –musitó Yamato con voz calmada estando en camino a la cocina. Sonrió blanquecinamente al ver únicamente los pies de Taichi en el aire y el "te lo mereces" se le cruzó por la cabeza.

–Ok –le respondió Tai en el piso y adolorido, mientras que Takeru explotaba de risa.

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Cuando llegaron al hospital, sólo le pudieron curar las heridas a Sora, la pobre apenas aguantaba el dolor y se mordía el labio con fuerza, con Hikari acompañándola en todo momento. Tuvieron que retirarle todos los fragmentos de vidrios incrustados en la herida antes de que se infectara, lo pedazos eran lo suficientemente grandes como para que la chica los escuchara caer al suelo mientras caminaba al pasillo de emergencias pues se había negado a usar la camilla, y le cerraron la enorme herida del brazo derecho con trece puntos. Le limpiaron profundamente la cortada de la mejilla y lo mismo con la de las manos vendándole ambas partes, las piernas presentaban peores heridas, cada rodilla tenía alrededor de cinco navajazos del destino, por lo menos, y aumentaban en sus pantorrillas tanto así que la panti-media negra se había deshilado completamente y manchado de sangre. El alcohol y el agua oxigenada hervían en ella, haciéndole más daño del que ya tenía, el dolor que pensó que no soportaría.

Además de esto le ordenaron una cita con el oftalmólogo del clínico, para mañana en la mañana. La ambulancia se encargó de dejarlas en la casa de Sora, ya que, tercamente, insistía en caminar y no usar ni silla de ruedas ni camilla. Su vista antes rojiza no pretendía regresar a ese matiz calido, y prefería guardar el frío blanco de la nieve que aún no había llegado a Odaiba.

Ahora la nieve helada estaba en su mirada.

–Déjame ayudarte Sora –ella le sonrió preocupada, intentando mantenerse relajada y que la chica no notara su turbación, después de todo, era bastante posible que así fuera porque no veía nada.

Sora asistió y se dejó tomar por el hombro de la castaña, esperaron al ascensor y subieron con lentitud hasta llegar al departamento del piso siete, donde la madre abrió la puerta y se encontró con su hija medio dormida (eso pensó porque tenía los ojos entre cerrados) y llena de vendas en todo el cuerpo. Toshiko las miró asombrada y las hizo pasar inmediatamente.

Minutos luego de haber dejado a Sora en su habitación arropada y empijamada, Hikari le contó la situación en la que estaban y la forma en la que habían ocurrido los hecho, sumándole las indicaciones del médico de guardia, la pelirroja terminó el relato con disculpas y suplicaciones por haberle ocultado su enfermedad. La enfermedad que la invadía de rato en ratos pero hacía tres años que no ocurría en la magnitud tal cual y la palabra 'emergencias' hizo presencia esta noche.

–Muchas gracias Hikari, por cuidar a mi Sora, no sabía que estas cosas le pasaban.

–Ya ve señora, a veces los adolescentes ocultamos las cosas para no complicarles la vida a los padres.

–Pero eso no es bueno Hikari –Toshiko hablaba regañando a la castaña con un tono noble, y le recordó a su madre cuando regañaba a Taichi por llegar tarde; Sora yacía en su habitación durmiendo, o más al menos eso suponían las dos que conversaban en la sala- los padres siempre quieren lo mejor para sus hijos. Además, míralo de ésta forma, si yo lo hubiese sabido todo antes, nada ocurriría.

La chica no contestó sino que se fue directo a la puerta, porque tenía razón y llevarle la contraria a una señora respetable no era lo que deseaba ahora, además la misma ambulancia que las llevó a las dos hasta casa de Sora también dejaría a Kari en la suya, luego de que al conductor le diera vergüenza echarla a la deriva, puesto que la manilla pequeña del reloj ya se pasaba de las 10. Se sentía mal por hacer esperar tanto su generosidad.

–De nuevo, gracias.

–No se preocupe Toshiko, para mí fue un gusto ayudar a Sorita –Hikari sonrío nuevamente pero instantáneamente su expresión cambió a una más triste y dura, como de piedra- pero si le soy sincera, la situación de Sora me preocupa demasiado, además de que todo fue tan rápido.

–Sí, lo sé –asistió la mujer- ahora yo me haré cargo de su cuidado y ya verás como Sora se recuperará.

Hikari hizo una reverencia a la señora Toshiko y ésta cerró la puerta después que la joven saliera. El viento nocturno de la terraza era como un susurro en el rostro de Kari impregnándola de tenue frescura, se sostuvo de la barandilla y miró el cielo con plenitud, las luces de la ciudad le parecieron encantadoras, cerró los ojos y por un momento había olvidado a la ambulancia que la esperaba.

Entiendo que se siente estar así, tú me cuidaste cientos de veces cuando me daban los ataques, ahora es mi turno de estar a tu lado… como buenas amigas que somos. Sora, no vas a caer. Te lo prometo.

Con un rostro de angustia se dio media vuelta y admiró la puerta blanca del departamento, suspiró y tomó las escaleras, al bajar los siete pisos se subió exhausta de nuevo en la ambulancia. Con la mente manchada de sangre del recuerdo de esa misma noche.

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–¡Están riquísimos Yamato! –dijo Taichi con un bollo de chocolate en su boca y otro en la mano, bañado en chocolate derretido- necesito saber como los haces.

–Y tan rápido.

Los tres disfrutaban de unos dulces bollos de chocolate y miel hechos por Ishida, las risas fueron interrumpidas cuando tocaron la puerta con desesperación.

–Voy –alcanzó a decir Taichi, que se acercaba a la entrada aunque aún mordisqueaba los dulces y con el brazo de la camisa se limpiaba el sucio de la boca- ¡¡Hikari!! –pudo decir más extrañado que alegre al abrir la puerta y encontrar a su hermana menos con la carita demacrada de tristeza- ¿Qué haces aquí? ¿No deberías estar en casa de Sora?

–Sí –Hikari fue entrando a su casa a paso lento y con cabeza baja, pensaba como decirle a su hermano que su mejor amiga, la de él, se está quedando ciega, o lo que era peor, ya lo estaba- pero… hermano, hubo un accidente, Sora… bueno…

–¿Qué le ocurrió a Sora? –le preguntó a Hikari asombrado dejando de masticar los bollos y ésta vez con un tono más serio, sus ojos demostraban la extrema de preocupación y la luz de la esperanza que aún estuviese bien, se extinguía con cada segundo que pasaba- ven, vamos a la sala y ahí nos cuentas.

–¿Nos?

–Sí, nos.

Los hermanos Yagami atravesaron el pasillo iluminado, que alumbraba las lágrimas recién nacidas de Hikari, llegaron a la sala y ella notó que en ese lugar se encontraban los dos rubios, Yamato y Takeru que miraban a lo largo como sollozaba la chica y su hermano abrazándola de medio lado, invitándola a sentarse en el sillón crema, específicamente en el medio de los otros dos. Taichi se sentó en frente de ella, sobre la mesita de roble.

–Cuéntanos con calma, no hay presión Kari. –Hikari se sentó luego de Tai, Takeru y Yamato le inyectaron la mirada atentos a lo que tenía que decir.

Ni se imaginaban lo que la realidad les había preparado.

–Yo… -Kari respiro hondo, por un segundo sintió que le faltaba el aire y el valor suficiente para rememorar los hechos al pie de la letra, ahora se le haría más difícil contarlo con los dos rubios en su sala restándole privacidad al asunto, pero tarde o temprano se iban a enterar ¿no? Y era mejor temprano que tarde - Seré breve porque no quiero recordarlo todo.

Yamato le paseo la mano fría por la mejilla recogiendo el charquito de lágrima y regalándole la sonrisa de la seguridad, y Takeru lo imitó en lo último.

–Está bien.

–Sora… tuvo un accidente espantoso, en el trabajo se tropezó y se cortó el brazo, las manos, las rodillas y… tiene alguna que otra herida en el rostro, no muy graves realmente.

Los tres jóvenes miraban con los ojos bien abiertos a la castaña mientras relataba los hechos, ahora, con más que cuidado que antes, tanto así que comenzó a parecer una historia de terror porque la voz de Hikari se confundió con un susurro y los chicos temían que se volviera un pensamiento.

–Pero ya la atendieron ¿cierto? –Yamato hablaba con un hilo de voz. Dicen, que cuando van a matar a alguien se le ve traslucido y poco normal, y así la había visto esa mañana, más rara que nunca y con el corazón más abierto que en una sala de operación cardiaca.

–Sí, eso ya está solucionado, el mayor problema no es ese sino que… Sora… –Hikari hizo una pequeña pausa y bajó la cabeza de tan sólo recordarlo, aún buscaba la manera de no sonar tan bizarra y cruel, prefirió dejarse llevar y que sus labios pronunciarán lo que debían pronunciar, y que Dios les evitara el mismo sentimiento que ella sentía- Sora está ciega.

–¿Sora ¿ciega? –Yamato fue el primero en reaccionar, Takeru se quedó callado y tieso a su lado, como piedra tallada; y Taichi tenía la cabeza baja y las manos en ella cubriéndose totalmente, había salido peor de lo que esperaba.

–Así es y…

–Es mi culpa –musitó Tai aún con los ojos cerrados apoyado sobre sus rodillas que temblaban de terror- no debí cumplirle el capricho de guardarle ese estúpido secreto.

–¿De qué hablas Taichi?

–De que Sora ya había pasado por esto varias veces pero ella me hizo prometer que no diría nada a nadie, nunca había pasado algo así de grave y ahora otra vez y peor… porque es mi culpa –Taichi acabó por golpear la mesa en la que estaba sentado con todas sus fuerzas, al igual que Mimi, él también sentía una impotencia tremenda, una feroz bestia quería salir de él y comerse a sí mismo por idiota, ¿Por ser buen amigo? ¿Por qué no ser lógico? ¿Por qué con los secretos le hacen daños a otras personas? Ni él mismo se entendía.

–No te eches la culpa hermano, los accidentes pasan –Kari intentaba calmar a su hermano mayor acariciándole el hombro- ya verás, dentro de algunos días Sora volverá a ver.

–Tai, tu hermana tiene razón, ahora es cuando menos debemos estar tristes o molestos, tú conoces a Sora ¿Qué haría si te ve así? Todo desesperado y golpeando cosas, ¿entiendes? Eso no está bien, actuar así.

–¿¡Y que quieres que haga!? ¿Qué celebre? ¿Que vaya a gritar que se cure? ¿Qué coño quieres Yamato? –Tai se había levantado con las manos jalándose el cabello del estrés y la rabia.

–Que te calmes –decía el rubio con un tono relajado, aún así el también estaba preocupado porque ella notaba los dos cuerpos tensados a sus lados- gritando no llegarás a ningún lugar.

–¡Maldita impotencia! ¡Maldita sea! –golpeó la pared con más fuerza con la que azotó a la mesita, el departamento completo pareció temblar, Yamato se mordió los labios.

–Yamato, vámonos –Takeru acababa de asimilar la situación y era el único que aún estaba sentado, pero se levantó inmediatamente al salir del shock- es mejor, así no estorbamos.

–No te preocupes, Tk –le dijo Kari colocando su mano en el hombro del chico- nuestros padres no están y yo dormiré en su habitación además es muy tarde para regresar solos a casa, quédense aquí y no correrán peligro. –Hikari volteó hacia su hermano cubriéndose la cara con la pared lastimada- Y por favor, no golpees cosas, usa esa fuerza para algo mejor hermano.

Takeru le lanzó la mirada a Yamato intentando demostrarle lo terrible que sonaba la idea, pero él lo ignoró y buscó en seguida el teléfono y llamó a casa de ambos. La idea tampoco era excelente, porque el humor de Tai y la mala reacción de Takeru era sólo peones de la mala suerte. Lo que más le preocupaba era la salud de Sora.

Esa noche se quedaron en casa de los Yagami. Hikari tomó la habitación de sus padres y se durmió demasiado tarde, conciliar el sueño no fue pan comido igual para Takeru que se negó a tomar la habitación de Tai, le entregaron una sabana y durmió en el sofá a eso de las dos de la madrugada.

Taichi ocupaba la habitación de Hikari, el cansancio y el dolor de cabeza le obligaron a tomar un Ibuprofeno y caer rendido en el colchón suave de su hermana. Yamato, sí se decidió en tomar la cama de Taichi, pero él, a diferencia de los otros, no durmió nada; a pesar de haberse mostrado como el más maduro y el que aceptó más rápido la noticia del accidente las ansias lo comían por dentro, y en la noche el recuerdo de Sora con ese vestido de princesa le atacó la cabeza y se volvió imborrable e intocable. Quería saber más de ella que nunca antes. Más que el día que se conocieron, más que al medio día cuando lo evitó por completo, porque fue así ¿cierto? Y la vio llorando desprotegida.

Sentía que si cerraba los ojos la imagen de Sora desangrada en su imaginación se le imprimiría en el corazón, fue fuerte y rezó por el bienestar de ella. Ella era su mejor amiga.

Su protegida. Cuando le contaba los secretos.

Su salvación. Cuando le pedía un favor.

Su perdición. Cuando lo molestaba con burlas.

La amistad de aquella noche, cuando tenían once años, seguía creciendo y ahora amenazaba con caer del hilo fino de la maldad. El destino jugaba con su cabeza como su fuerza una pelota de rugby y el corazón de le ponía más oscuro que manzana podrida, envenenada por el hechizo del destino.

Notas de Autora

Bien, ahora sí. ¿Ya ven más o menos a lo que me refería? ¿No? Seamos pacientes. Aún realizo la corrección de los otros capítulos, mis estudios están sofocándome y el tiempo que me queda para escribir no exactamente el que quiero. Suspiro de resignación.

Me gusta éste capitulo porque está bien explicado todo. Y además la explicación del nombre del fic: The Spell, TODOS serán hechizados.

No quise ser tan cruel con Sora pero ya aquí entonces la cosa comienza a depender de los demás. A ver qué tal le va más adelante a la pobre. Y Yamato comienza a entrar en juego, pero calma, que queda mucho de que hablar.

Bien, Amai do, estás en lo cierto. La verdad es que este capítulo lo escribí antes de que naciera "Ángel" La verdad… amo el nombre Tsuki, si tuviera una hija… NO TAMPOCO ASÍ! Pero sí me gusta muchísimo el nombre. La conexión entre un fic y el otro se hará más notoria mientras avanzamos.

En el próximo capitulo, mucho más de Iori, el por qué Takeru se comportó de esa manera, y los sentimientos de Sora. Mucha amistad, adoro el fic. (Qué egocéntrica xDDDD) Mejoró la narración ¿no? Se los dije. Aún guardaré en secreto la enfermedad de Sora, pero quieren si adivinar… Inténtenlo.

Por cierto, hoy es día de las Rosas así que: ¡¡FELIZ DÍA PARA MÍ!! Correcto, correcto: Mi nombre en serio es Rosa!

Saludos.

Rose.