-Me parece que no se ha creído ni una sola palabra de lo que hemos dicho-Iolaus se había dejado caer de bruces sobre la cama y disfrutaba de la comodidad de la habitación mientras Hércules, sentado en una silla, se quitaba las botas.

-Siempre es difícil de creer para el que no cruza el portal y se encuentra con un mundo al revés.

En la puerta sonaron dos débiles golpes. El semidiós miró a su amigo, que no hizo ningún amago de moverse.

-No te levantes, que ya voy yo- dijo sarcástico.

-Por supuesto- sonrió el cazador.

Al otro lado estaban Xena y Gabrielle.

-¿Ibais a dormir ya?- preguntó la bardo viendo al rubio tumbado plácidamente.

-No, pasad- les invitó Hércules. Iolaus se movió para hacer sitio a Xena mientras Gabrielle se sentaba en la cama del semidiós, quien volvió a su silla y a sus botas.

-¿Qué vamos a hacer?-quiso saber la guerrera.

-Comprar ropa de abrigo-contestó rápidamente la amazona.

-Secundo esa idea- asintió el cazador alegremente.

-¿No vamos a ayudar a esta gente?- comenzó a decir el hijo de Zeus.

-Si nos ponemos enfermos, no seremos de mucha utilidad- razonó su amigo.

-¿Olvidáis que no quieren nuestra ayuda?- a Xena no le había resultado agradable el modo en que Keersh los había mirado, ni cómo se había despedido de ellos, dando a entender que tenía la situación bajo control y tratándolos como si no estuviesen en su sano juicio.

-Pero eso no significa que no lo vayamos a hacer- continuó Hércules con terquedad. La guerrera miró a Iolaus, quien hizo un gesto divertido que significaba algo así como "ponte tú a discutir con él, a mí no me va a hacer caso". Xena continuó.

-Ni siquiera sabemos nada sobre sus dioses, no deberíamos meternos en sus asuntos.

Hércules levantó la vista, alarmado, recordando la última vez que le habían dicho algo similar. Había sido Iolaus aquella vez y, si le hubiese hecho caso, se hubiesen evitado toda aquella serie de acontecimientos trágicos sucedidos en Sumeria. El cazador puso los ojos en blanco adivinando lo que acababa de cruzar la mente de su amigo en ese preciso instante.

-Esto no es asunto de los dioses, al menos no de momento-dijo-, además, puede que averigüemos por qué hemos venido aquí.

-Tal vez Xena tenga razón…

-No, Hércules- se enfadó Iolaus-. Dahak no está aquí.

Reinó un silencio incómodo.

-Vaaamos- continuó el rubio- ¿Y si prometo que no me cruzaré en la trayectoria de ninguna daga?- su intento de animar a sus compañeros no funcionó, más bien sólo consiguió que tres pares de ojos se clavaran en él con furia.- Pues si vais a estar así, yo me voy a ayudar a esa gente- dijo levantándose y dirigiéndose con paso resuelto hacia la puerta. Gabrielle le siguió y lo agarró por el brazo, acariciándolo con suavidad.

-No te enfades. Hemos recordado algo trágico y nos hemos puesto un poco nerviosos, simplemente.

Iolaus miró a la joven y sonrió. Gabrielle sería capaz de convencer a un volcán para que no entrase en erupción y aniquilase a todo un pueblo.

Antes de separarse para dormir, decidieron que al día siguiente irían al mercado y después explorarían por su cuenta. Iolaus y Hércules volvieron a quedarse solos en el dormitorio.

-Iolaus, yo…

-Ya lo sé, ya lo sé… No te preocupes- contestó mientras se inclinaba sobre la vela y soplaba para apagarla. Reinó la oscuridad.- Duerme bien Herc.

-Sí, tú también-balbuceó el semidiós tapándose con las mantas y con un terrible sentimiento de inquietud.


-No pensé que te hubiese enfadado tanto la actitud de Keersh- dijo una Gabrielle arrebujada en su cama.

-Bueno, nos miró como si estuviésemos locos.

-Tienes que entenderlo, de pronto aparecen cuatro forasteros, vestidos como si hiciese un calor infernal en pleno invierno, diciendo que viene de un lugar al otro lado de un posible portal del que no han oído y contando que uno de ellos es el hijo de un dios al que no conocen… ¿Tú qué pensarías? Es más, tienes que admitir que, cuando Iolaus te contó todo aquello del soberano, te costó convencerte de que no se había dado un golpe en la cabeza y que lo que te decía era verdad.

Xena no pudo evitar sonreír.

-Tienes razón, pero con lo que me contó sobre la Xena de esa otra realidad… ¿cómo iba a creerle?


Cuando salieron de la casa del comerciante de pieles y tejidos, abrigados con gruesas capas, los cuatro héroes se encontraban de mejor humor. El reino no parecía el típico lugar con problemas, dentro de las murallas que lo protegían el ambiente era más bien tranquilo. La niebla se había ido y brillaba un sol que, si bien no daba calor, sí que alegraba los corazones. Las casas se disponían a lo largo de camino. En el extremo este, un árbol centenario cobijaba una pequeña casita de cuya chimenea salía humo. No se parecía a los pueblos a los que estaban acostumbrados, para empezar, no había una plaza central alrededor de la cual se estructuraba todo, lo más parecido estaba al sur, un espacio sin casas donde los niños jugaban y presidida por una gran fuente con una imagen de una mujer que extendía los brazos, protectora. No había mercado, la gente tenía sus negocios en las casas o en los talleres que construían al lado de las mismas.

Un río atravesaba la ciudad en diagonal de noroeste a sureste, proporcionando suficiente agua a los campos de cultivo y las granjas que se agrupaban en la zona sur, donde, además, había una enorme cisterna. En el noroeste, la gente se agolpaba alrededor del molino.

-¿Qué ha ocurrido?- le preguntó Hércules a un niño.

-Se ha derrumbado una parte.

-¿Hay heridos?

-Elianth, el molinero. Se le ha caído encima una piedra enorme. No conseguimos moverla.

-¿Sabes, Herc?- comenzó a decir Iolaus con un brillo malicioso en sus ojos-, empiezo a creer que ejerces algún tipo de efecto en las piedras… cuando andas cerca, siempre cae alguna.

-Ja…ja…- el semidiós se acercó al hombre atrapado con cautela. El aprendiz de curandero estaba allí, examinando al hombre. Parecía que el daño no era muy grave y mover la piedra no causaría un mal mayor. Agarró la losa y miró a Elianth- Si en el momento en que la levante, notas más dolor, avísame- dijo al hombre que le miraba incrédulo. Más de veinte hombres habían tratado, sin éxito, de mover aquella losa ¿acaso pensaba ese loco que la movería él sólo? Keersh regresaba con más refuerzos y no pudo evitar una mueca al ver a los forasteros allí. Justo lo que le faltaba… Sin embargo, no pudo evitar una exclamación de asombro al ver al supuesto hijo de un dios agarrar la piedra y levantarla como si fuese un pedazo de papiro. La apoyó sobre el molino, se limpió las manos en la ropa y ayudó al hombre a levantarse. El aprendiz de curandero aún no había conseguido cerrar su boca cuando se llevó al herido a su cabaña para curarlo. La gente despertó de la sorpresa y comenzó a aplaudir al semidiós, que bajó la vista con modestia.

-Ese es mi amigo- dijo Iolaus dándole unas palmaditas cariñosas en la espalda-. Supongo que ahora empezarán a creerse la historia del hijo de un dios que viene de un mundo lejano, ahora te dirán que eres un enviado de los dioses para salvarlos de lo que quiera que sea que haya que salvarlos y nos meteremos en una aventura de las buenas.


Gracias a los que leen la historia, me haría muy feliz que dejaseis comentarios, sean buenos o malos, para que la historia mejore y sea del gusto de todos.

Especialmente gracias a CellyLS, que, como siempre, me ofrece su apoyo y cariño, sin tí, las historias no serían lo mismo.