Capítulo 2: Nosotros sabemos (We know better)
Cuentan que hace mucho tiempo, el llanto de un recién nacido sonaba estruendoso por todos los rincones del reino del hielo. El pequeño no cesaba de llorar, ni su madre ni su padre, ni abuelos ni matronas podían calmar sus lágrimas, hasta que el pequeño príncipe, quien casualmente paseaba por aquella zona del castillo, se asomó a la cuna del recién nacido. Cuando éste asomó su níveo rostro, el bebé se calmó, mirando atento a los ojos azules que le devolvían la mirada. El principito sonrió confuso ante aquello, y el infante lanzó una risa tintineante.
Quería tomarlo en brazos, pero tuvo miedo de ello. Nadie le había dejado nunca tocar a otra persona, pues decían que llevaba el hielo en las manos. Por eso siempre cubría sus manos con unos guantes de color azul claro de tela sedosa. Pero cuando vio al bebé recién nacido el príncipe sintió por primera vez una gran calidez en su pecho. Éste siguió riendo ante su mirada, y entonces el pequeño príncipe invocó un copo de nieve. Las risas alegres de la criatura se mezclaron con las suyas, y los padres del pequeño se asomaron, conmocionados. Llenos de gratitud para con el príncipe le rogaron que volviera cuantas veces quisiera, algo fácil pues eran parte del servicio del palacio, pero no era común que nadie se involucrase con el príncipe. Pero la verdad era que, en cuanto éste se marchaba, el bebé volvía a llorar y solo dormir o el pecho de su madre calmaba sus sollozos.
Así pues, el rey permitió que su hijo se acercase a aquella habitación cuantas veces lo necesitasen, y poco a poco, tiempo al tiempo, junto a la madre del bebé, criaron a una criatura sana. Los cabellos del infante eran del color del oro, así como sus ojos eran como gotas de agua estancadas, verdosas, turquelinas. Reía con la ternura e inocencia de aquellos que no tenían maldad en el mundo, y crecía sano. Y así, el príncipe, que siempre se había criado aislado, tuvo su primer amigo. Se criaron como hermanos, aunque no lo eran, y se querían muchísimo.
El infante adoraba los juegos de magia que el príncipe hacia, invocando nieve y copos, congelando el té de los adultos y creando puentes para cruzar largos escalones o toboganes de hielo para jugar con maderas y trineos improvisados. Crecían alegres y juntos. -Cuando yo sea rey -decía el principito- Tú serás mi segundo al mando, y siempre estaremos juntos. -y le sonreía dulcemente os reían. A pesar de ello, en el palacio no había un ambiente amistoso. Los mayores siempre hablaban de cosas tristes, y el más pequeño escuchó de sus padres una terrible profecía: Un día, un rey les gobernaria, un rey con poderes y un corazón de hielo. Y ese día, todos se volverían de hielo también, llevando al reino al desastre. El pequeño se negaba a aceptar que su querido príncipe fuera el monstruo que todos decían que era. Para él sus poderes eran un milagro, un regalo precioso, no una mala profecía. -Esto es para ti.-le dijo con mucho amor, colocando en su cabellera blanca una hermosa corona de rosas azules. También le trenzó el cabello, pues era algo que amaba hacer. El príncipe parecía afectado por las críticas, pues cada vez jugaban menos, y cada vez estaba más triste. Sin pretenderlo, entre sus juegos congeló a unos pequeños pájaros, que se rompieron en pedazos al caer al suelo. Aquello hizo que los lugareños tuvieran más miedo del príncipe. Éste sólo tenía quince años.
El día en que el pequeño cumplía cinco años, algo terrible ocurrió. Una turbe asustada y enfurecida atacó al príncipe mientras ambos niños jugaban, y sus poderes se salieron de control, congelando a todos los que allí había, incluidos los padres del pequeño. Al niño le cayó un rayo del hielo del principe en plena frente, haciéndole perder el conocimiento, y aquello le llenó de pesar. Acudió al abuelo del muchacho, pero primero besó su frente con sus labios helados, lanzando un conjuro: cuando éste despertase, no le recordaría. Ni a él, ni sus poderes, ni sus juegos. Así, el príncipe perdió a la única persona que había querido. Viendo cómo el abuelo marchaba del castillo con el pequeño, alejándose hacia la inmensidad, gritó, roto de dolor, pero no lloró, pues su corazón se había congelado. Un enorme haz de hielo y una feroz tormenta envolvieron todo el castillo, y todos los que allí quedaban, incluido su abuelo, todo ser vivo en el reino, se convirtieron en estatuas de hielo.
Consciente de lo que había hecho, se alejó, aterrado de sí mismo, destrozado, sin saber bien cómo controlarlo. El frío se había apoderado de él, y poco a poco, mientras el tiempo iba pasando, dejó de importarle. Se acostumbró a la soledad y a la muerte que el hielo conllevaba. Observó su reflejo en el cristalizado suelo del castillo a su regreso: Su piel, blanca como la nieve, cubierta de pieles de zorro ártico, y larga cabellera blanca también, recogida en una trenza coronada por las rosas. Sus ojos fríos como el cristal. Con desdén se desató el cabello, que le cayó por el rostro y el cuerpo como cascadas de nieve suave, como un alud. Congeladas, las rosas azules de su cabello se enmarcaron de cristales de hielo formando lo que sería una corona soberbia.
No se podría decir que odiaba al mundo. Simplemente todo se tornó indiferencia. Y así pasó el tiempo. Pero nunca pudo olvidar aquella cálida risa.
