Antes de leer.

¡Muchas gracias por sus reviews! En efecto, han adivinado casi todas las parejas que habrá en este fanfic, pero les faltaron dos más. Las más populares según la wiki del fandom de South Park. Es obvio por qué no he escrito nada de ellos, pero en este capítulo les doy un pequeñito adelanto. Este fanfic será largo, muy largo. Siempre me ha gustado escribir historias así. Desarrollo lento, pero de calidad~ (Ajá). Aún falta saber muchas cosas. La gente no se enamora de la noche a la mañana, y más los chicos que son algo difíciles.

Espero que les guste este capítulo. El inicio es algo sacado de una imagen que vi en tumblr que me conmovió hasta la médula. Tenía que escribirlo, de lo triste que era.

¡Gracias por su atención!


Kenny despertó sobresaltado en su cama, con surcos de lágrimas en las mejillas.

Había estado en el infierno y se había topado con el Chef. Casi nunca habían coincidido en ese lugar y Kenny había estado muy emocionado, feliz por el encuentro. Por alguna extraña razón, su aspecto no era el de un muchacho de diecisiete años, sino el de un niño de nueve. El Chef, con su voz profunda y cautivadora, pero suave, le contó que los extrañaba. A él y a sus amigos. A todos los que habían ido a la escuela primaria. A todos en South Park, inclusive a las personas que alguna vez le habían hecho algún mal. Kenny no pudo hacer otra cosa más que sentirse infinitamente triste.

-¡Pero no es para que te pongas así!- había dicho el mayor, sintiéndose apenado-. Me hace muy feliz verte. Me siento en casa.

El chico sintió una terrible opresión en el pecho, incapaz de responder.

-No pienses mal de mí. No te deseo algún daño- siguió hablando el otro, dándole ligeras palmadas cariñosas en la cabeza- Pero si mueres pronto, ojalá nos encontremos de nuevo.

Kenny iba a responderle, con los ojos rebosantes de lágrimas, cuando despertó. No había podido decir ni una palabra. Estaba a punto de echarse a llorar como un bebé cuando alguien tocó a su puerta mientras lo llamaba. Era su hermana.

La chica abrió la puerta. Iba vestida con la ropa mejor conservada y limpia que tenía: una falda rosa y una blusa blanca de Hello Kitty que tenia estampada la figura de la gatita en el pecho. Su cabello estaba sujeto en dos coletas, adornadas por moños rosas. Era como ver la versión morena de Marjorine.

-Apúrate, Kenny, que vamos a llegar tarde-

-¿Qué...?- preguntó extrañado. Estaba confundido por lo del sueño- ¿Ya es hora de ir a la escuela?-

-Claro que no. Ya son casi las cinco. Debemos ir a la casa de los Scotch...-

-¿QUÉ? ¡¿Ya es miércoles? Pero si debería ser martes en la mañana- empezó a balbucear, cayendo de la cama bruscamente y llevándose un golpe en la quijada. Karen soltó un bufido.
-Ayer te la pasaste durmiendo todo el día. Butters me contó lo de tu amable "petición"- explicó, con un tono de molestia- Así que mueve el trasero y lávate la cara. Nos vamos en diez minutos

-¿Desde cuándo lo llamas por su apodo?- preguntó, mirándola desde el piso.

-Ayer vino a casa un rato, a verte. Como seguías dormido habló conmigo un rato- contestó, pareciendo un poco incómoda. Cuando Karen usaba ese tono al pronunciar "dormido", significaba que seguía muerto y aún no había resucitado- ¡Que te muevas, Kenny! O me voy sin ti- finalizó, saliendo del cuarto- ¡Tienes cinco minutos!-

Kenny se puso de pie, buscando sus botas. Corrió a lavarse la cara y ponerse "presentable". Minutos después ya iba con Karen en dirección a la casa de los Scotch. Le hubiera gustado encontrarse con sus amigos para contarle que había visto al Chef, pero no se topó con ninguno en el trayecto a la casa de Butters. Hubiera estado feliz de contarle inclusive a Cartman.

Cuando tocaron a la puerta, la señora Scotch fue quien les abrió.

-Buenas tardes- la saludaron amablemente. Lo que recibieron en respuesta fue una fría mirada que los examinó de pies a cabeza.

-Butters, hora de la tutoría- gritó la mujer, haciéndose a un lado para dejarlos pasar, sin regresarles el saludo. Los dejó solos, plantados ahí, en la puerta de la entrada. Se escucharon pasos y alguien bajo por las escaleras. Butters los recibió con una sonrisa tímida, mucho más reconfortante que el gesto grosero que había tenido su madre. Aunque a Kenny lo sorprendía. Por su culpa, Butters casi había perdido un ojo.

-Hola Karen, Kenny. Síganme por favor-. El chico los llevó hasta la mesa del comedor, donde había varios libros apilados en orden.

La hora de la tutoría dio inicio. Para Kenny fue casi como morir lentamente de aburrición. Butters y Karen se enfrascaron en la sesión de estudio, haciéndolo a un lado por completo.

Mientras escuchaba acerca de las hazañas de la reina Isabel I, narrada por Butters, se quedó mirando al muchacho, fijamente. Era bonito, tenía que admitirlo. Había conservado sus rasgos infantiles a pesar de haber cumplido 17 años, y no pareciera que fuera a cambiar con el tiempo. Además, su voz seguía con ese timbre tan suave que provocaba en los demás ternura y un poco de desesperación. Sin embargo, su cuerpo si se había desarrollado. Aunque era complexión delgada y bajito, estaba bien proporcionado. Tenía lo indicado en el lugar correcto. Butters era como un niñito encantador encerrado en el cuerpo de un hombre.

Entonces cayó en cuenta. La aburrición le estaba ocasionando pensamientos maricas. Dio una risotada tan escandalosa, burlando se de sí mismo, que Butters y Karen se le quedaron viendo.

-Perdón- se disculpó, un poco avergonzado. Era un imbécil. No tenía nada que hacer ahí y solo estaba causando problemas. Cómo le hubiera gustado que un meteorito cayera del cielo y lo matara en ese momento.


En una de las pocas boutiques de South Park, una chica se probaba un lindo vestido azul mientras su mejor amiga observaba como le quedaba. El lugar era bonito a pesar de no ser lujoso. Todo estaba lleno de espejos y madera que le daba cierto aire sofisticado.

-Stan debe ser un completo marica si no tiene una erección al verte...-

Wendy soltó una risotada.

-Gracias Bebe, lo tomaré como un cumplido-

La rubia sonrió picaronamente, mientras se acercaba a su amiga.

-Pensé que su amor de niños había quedado en el pasado- comentó, llegando hasta donde estaba su compañera, quien veía con escrutinio cada detalle del vestido que llevaba puesto, frente a un espejo.

-Stan no es más que un buen amigo mío- respondió, como si nada-. No sabes el asco que me causaba verlo vomitar cada vez que sucedía algo romántico entre nosotros. Podía ser un jodido príncipe azul, pero yo no iba a soportar sus fluidos sobre mis vestidos nuevos-

Ambas rieron con ganas, atrayendo miradas curiosas del resto de los clientes de la boutique, que ignoraron por completo.

-Sin embargo has tenido acción con él últimamente ¿Verdad?- insistió la chica, un poco desdeñosa. Wendy rodó los ojos con algo de impaciencia

-Cierra la boca, Bebe. No es así. Tú sí que has "tenido acción" con Kenny y no me ves haciéndote preguntas incómodas al respecto-

La rubia abrió la boca para replicar, entre ofendida y sorprendida, pero Wendy no la dejó formular su protesta por que siguió hablando:

-Además, no sabes la clase de problema que tiene el chio. Me parte el corazón.

Wendy Testaburger no era una chismosa, pero lo que le había contado Stan Marsh era demasiado para su pobre organismo. Era como si el Apocalipsis estuviera a punto de desatarse y ella quisiera contarse lo a todo mundo. La rubia hizo un gesto de impaciencia, dando a entender que quería enterarse también. Wendy la miro, conteniendo un ataque de risa y con un debate interno acerca si debía decirle o no.


La sesión de estudio duró tres horas. Habían tenido un pequeño intermedio donde Butters les había dado un rico refrigerio (Fruta, sándwiches y soda de naranja) que Karen y Kenny devoraron gustosos. Karen había logrado tener avances con historia, pero el tiempo había terminado antes de que si quiera pudieran entrar con las matemáticas. El señor Scotch les avisó que pasaban de las ocho y Butters todavía necesitaba estudiar por su cuenta, usando un tono autoritario, dando a entender que ya no eran bienvenidos.

-Podríamos usar la biblioteca o vernos en el parque- habló Butters, bastante apenado por el comportamiento inconveniente de su padre, cuando los chicos estaban fuera de su casa- No es necesario que sea aquí...-

-No, está bien Butters- respondió Kenny, comprensivo-Tienes cosas que hacer y lo entendemos. Además eres tú quien está ayudando a mi hermana, lo menos que podemos hacer nosotros es no causarte muchos problemas. El viernes a las cinco esta perfecto y nos veremos aquí-

-Gracias Butters. Nos vemos el viernes- se despidió la chica, con una sonrisa tímida

-Buenas noches, chicos- contestó Butters, sonriendo también y cerrando la puerta.

Los McCormick no habían caminado ni cinco pasos cuando escucharon gritar al padre de Butters que su hijo iba a limpiar toda la casa antes de irse a dormir, por haberse pasado quince minutos del horario establecido para la tutoría. Ambos chicos sintieron una lástima infinita por el pobre de Butters.


Pasaban de las cuatro de la madrugada y Kyle Broflovsky seguía sin poder dormir. Estaba enfermo. Estaba envenenado por dentro. Quería vomitar y sacar todo el "mal" que lo acosaba, pero era irremediable. Su dolencia era meramente psicológica, no física. Llevaba media hora con la cabeza recargada en el retrete cuando se resignó a que eso era inútil y no sacaría nada de su organismo.

Sus sentimientos eran demasiado fuertes para ignorarlos. Las palabras de su mejor amigo seguían taladrándole el cerebro, torturándolo. Él, entre todo el mundo, tenía que haberlo apoyado en ese momento de confusión y no darle la espalda como lo había hecho. Aunque viendo la situación fríamente, era algo lógico. También él había tenido la culpa por haber sido tan grosero.

Estaba sentado en su cama, cuando decidió ver la hora en su celular. Eran las cuatro y media. Estaba a punto de dejarlo de nuevo en la mesita de noche y resignarse a dormir un par de horas cuando una llamada entró. Ni siquiera se dio cuenta de haber contestado. Apretó el botón "aceptar" por puro reflejo. La pantalla indicaba el nombre del emisor: Stan Marsh.

-¿Hola?- contestó, temeroso. Escuchó como alguien murmuraba "Mierda" del otro lado de la línea. Si Stan había decidido llamarle para gastarle una broma de mal gusto, pensó el pelirrojo, sin duda el que le contestara no estaba en sus planes. Pasaron un par de incómodos segundos antes de que el otro chico decidiera hablar.

-Perdón si te desperté. No fue mi intención-. La voz de Stan sonaba cortada, como si hubiera estado llorando o estuviera ebrio.

-No estaba dormido- le contestó. Era extraño hablar así, a la mitad de la madrugada y como si no estuvieran peleados, como si siguieran siendo los súper mejores amigos del mundo. Sabía que algo raro estaba pasando.

-Te quiero, Kyle. Perdóname- le soltó el otro, de repente. Broflovsky estaba a punto de preguntarle si estaba bien cuando escuchó un hipido. Su duda quedó despejada al instante. Stan había estado tomando y estaba borracho, por eso le había marcado. Seguramente no iba a recordar nada horas después, como siempre pasaba, cuando solo podía pensar en lo mucho que le dolía la cabeza por la cruda que tenía.

-Yo también te quiero- le contestó, haciendo una mueca que trataba de ser una sonrisa. Stan Marsh era un imbécil, pero al menos quería tener unos momentos para hablar con él de cualquier cosa, como si siguieran siendo amigos. Sabía que unas horas después ni siquiera voltearía a verlo en los pasillos de la escuela.