Atención: Los personajes, la magia, de Rowling. El rato de inspiración, mío.

Notas del fic: Bueno, en este episodio aparece uno de mis personajes favoritos, de invención propia, que con el tiempo también espero que sea el vuestro.

Notas de la autora: Queridos lectores, tengo ganas de vacaciones. Por cierto, ¿hay alguien por aquí de Perú? Visitaré el país el 20 de agosto. Bueno, si tenéis recomendaciones sobre qué ver y dónde ir, estaré encantada de escucharos. Y sin más, al lío. Dedico este capítulo a mi querida Innis por sus valiosos reviews. Espero recibir muchos más.

Resumen: Tras la derrota de Voldemort, Snape, con el permiso de Aberforth, ha escondido a Draco en la taberna Cabeza de Puerco. Encapuchado, sin poder mostrarse y con su marca oscura, no puede hacer magia para no ser detectado. En el episodio anterior tuvo un encuentro fortuito con Lupin, Tonks y el famoso Harry Potter. ¿Cómo los unirá el destino?

POR AMOR A UN MORTÍFAGO

FanFiker_FanFinal

PARTE I: CABEZA DE PUERCO

CAPÍTULO 3: DIKKI, LA ELFINA IMPERTINENTE.

Otro día más en el espantoso antro Cabeza de Puerco, otro amanecer cubierto de nieve. Draco se duchó, se vistió, y se recuperó de las pesadillas que lo habían envuelto esa noche. En el camino hacia el bar, se encontró con Prat.

—Eh, Malfoy. Me ha dicho Aberforth que fuiste a San Mungo ayer. ¿Cómo está tu madre?

"Ni que le importara", pensó, pero sintió necesidad de responderlo.

—No ha mejorado. Sigue en coma.

—Oh, venga, anímate. Hay mucha gente en San Mungo que ha despertado del coma, tienen buenos sanadores. No hubiera durado mucho en un hospital muggle, pero aquí son buenos, de verdad. Mi padre también estuvo allí mucho tiempo, pero se recuperó.

Algo fastidiado de tener que oír las experiencias de otras personas, comentó, de un modo algo robótico:

—Pues mi abuelo murió. Allí. Viruela de dragón.

Prat decidió no hacer más comentarios —el chico Malfoy se irritaba fácilmente— y bajó al almacén.

Muy pronto el trabajo absorbió todas sus preocupaciones. Trabajando y soportando las burlas del resto de personal a través de su máscara, Draco no pensaba tanto en su situación personal. Se preguntó si estaba sacándole algo positivo a su dura vida en ese lugar tan apestoso.

—¿Qué dice la prensa, chico? –preguntó Ross cuando Draco recogía los vasos de algunas mesas.

—Yo qué sé, ¿no ves que estoy ocupado? Tú podrías leerla, ¿no?

—¡No me hables así o la próxima vez convertiré tu cara en la de un elfo!

—Piérdete, mestizo asqueroso –murmuró Malfoy sin hacerle caso.

Varias personas entraron al bar. Draco siguió con la mirada a cada una de ellas, y, cuando vio bajar de forma trabajosa las escaleras al que cubría la retaguardia, lo agarró impulsivamente de su pequeño vestido, sacándolo fuera.

Un aire intenso lo golpeó. La criatura que llevaba pateó a una y a otra dirección en el aire.

—Será mejor que no entres aquí –ordenó Malfoy dejando al elfo en el suelo.

Contempló su vestimenta: llevaba un vestido verde con bolsillos y graciosos pendientes en sus enormes orejas.

—Señor, estoy de misión, no me interrumpa, por favor.

—Irónico –rió Malfoy viendo entrar otra vez a la elfina por la puerta.

La criatura fue elevada por segunda vez y puesta en la fría nieve.

—Señor, ¿no me ha escuchado? Estoy de misión.

Draco arrastró a la elfina hacia la pared del local para no ser vistos y se agachó junto a ella.

—¿Cuál es tu nombre?

—Dikki, señor.

—Di… Dikki, muy bien. No vas a entrar en ese sitio porque hay un señor, uno muy gordo y feo, que asesina a los elfos.

Dikki abrió los ojos y dio varios pasos atrás, aterrada.

—No es que me importe tu destino, pero no quiero sangre en la taberna porque me tocará limpiarla a mí, ¿entiendes? Tampoco me gustan mucho los elfos, en casa les solía echar crucios porque eran unos inútiles.

—¿Usted ha tenido alguna vez? –dijo Dikki, aparentemente tranquila.

—¿Crucios?

Dikki sonrió ampliamente.

—No. Elfos, señor.

—Sí, he tenido muchos.

Dikki ladeó la cabeza, dudosa de hacer la siguiente suposición:

—¿Alguno se llamaba Dobby?

Draco pareció sorprendido.

—Eh… sí. Se llamaba Dobby, pero ya no trabaja para nosotros.

—Lo sé, señor, Dobby es libre, trabajó para Harry Potter. Lo protegió hasta su muerte. ¿Lo conoce, señor?

—Sí, desgraciadamente. Es un maldito gusano al que adoráis vosotros y el resto del mundo.

Dikki pareció contenta. Palmeó las manos.

—¡Qué bien, lo he encontrado!

—¿De qué hablas?

—El señor Draco Malfoy, lo he encontrado. Era difícil reconocerlo con máscara, pero me dieron instrucciones muy precisas —sacó una pequeña nota y leyó—. Es irritante y muy apuesto; desprecia a los seres que no sean como él o tengan sangre pura; el elfo Dobby estuvo a su servicio; habla mal de Harry Potter.

—Lo de apuesto es cierto —el rubio se quedó paralizado y su corazón le advirtió que había hablado demasiado. A un elfo. Error—. ¿Me buscabas a mí?

—Sí, señor Malfoy. Tengo un mensaje para usted.

El corazón del joven Malfoy galopó en su pecho. ¿Y si era un mensaje de Sev?

La elfina sacó un papel y una minúscula pluma de uno de sus bolsillos y garabateó inmediatamente en él. Draco pestañeó. No sabía qué era más extraño, la idea de que un elfo doméstico lo estuviera buscando, o ver a Dikki escribiendo frente a él.

La elfina le entregó la nota y, muy apurada, indicó:

—Ahora debo irme, señor. Lea la nota.

Cuando Dikki entregó la nota, desapareció ante sus ojos.

Draco respiró hondo y se dispuso a leer la descuidada caligrafía.

"Casa de los gritos. Miércoles 22.00 horas"

—Es una cita… ¿pero quién podrá ser? Ese elfo no me ha dicho más, pero dijo que me buscaba… ¿y si lo manda Sev? ¿Y si es su señal? Aunque no sabía que Sev hubiera enseñado a escribir a un elfo doméstico…

Apesadumbrado, miró la hora de la cita. A esa hora el bar estaría atrancado y cerrado. No podría colarse por ningún lado.

Los siguientes días los pasó inspeccionando a fondo el local, en busca de algún lugar por el que pudiera deslizarse. Un sitio cutre, ¿qué problema habría? Pero tras dos noches de observación, Draco desistió. Aquel lugar podría tener de todo; mugre, ratas, aire maloliente… pero no falta de medidas de seguridad.

Y cuando llegó el miércoles por la noche, Malfoy subió al local para encontrar la puerta que daba a los dormitorios, cerrada.

¡Qué fácil hubiera sido poder utilizar "alohomora" y abrirse paso enseguida! Pero, sin magia, Draco debía recurrir a métodos muggle. De su pantalón sacó una horquilla y la introdujo en la cerradura. Tras varios intentos, sonó un clic y la puerta se abrió.

—Rudimentario, pero efectivo –murmuró satisfecho—. Ahora toca la puerta de entrada.

Esto era más complicado y no tardó en reconocerlo. Aparte de la cerradura, una tabla de madera enorme atrancaba la puerta, y él debía levantarla. Usó todo su esfuerzo, sin éxito.

—Mierda… para esto sí necesito magia… y sin magia no es posible abrir nada.

En un segundo intento, la madera se levantó, y al tratar de sujetarla, falló, y se precipitó al suelo, haciendo un ruido terrible. Draco corrió hasta su dormitorio, pero en el camino se topó con Aberforth.

—¿Qué ha ocurrido?

—Mm… no lo sé –mintió Draco—. Iba a avisarle ahora… he oído un ruido muy fuerte.

Aberforth lo miró, suspicaz, y siguió a Draco hasta el bar, seguido de Ross.

—Se ha caído la madera que sujetaba la puerta –observó Ross, vestido con un pantalón lleno de roña y una sudadera usada.

—Yo diría algo más. Alguien ha tratado de abrirla.

Draco permaneció en pie, con el corazón taladrándole la cabeza.

—Quienquiera que haya sido, jamás hubiera podido entrar –dijo Ross sonriente.

—Ni salir –dijo Aberforth, y Draco apartó la mirada—. Pero no importa, porque esta puerta, aparte de tener un hechizo fortificador, tiene un chivato.

Draco se horrorizó. Había oído hablar de los chivatos en su época de estudiante. Se ponían en los documentos importantes para asegurarse de que quien rompiera las normas, fuera revelado de inmediato. O en los objetos de los demás, para que otros no los cogieran. En Slytherin, los chivatos eran muy populares.

—Como decía… aparte de tener un hechizo fortificador, tiene un chivato. La persona que intenta manipularla sufre… un cambio en su cuerpo. Veamos, si los tres somos inocentes, habría que buscar si alguien ha podido entrar, aunque viendo la madera atravesada caída antes que abierta la puerta, puedo deducir que ha sido alguien de dentro. Bien, hagamos las comprobaciones. Ross, quítate un zapato.

El aludido lo hizo, y no ocurrió nada. Aberforth se deshizo de los dos suyos, y nada pareció anormal.

—Ahora tú, muchacho.

Draco dudó antes de agacharse. ¿Sería delatado? Y si era así, ¿cuál sería su castigo en su cuerpo?

Se desprendió despacio de un zapato y lo dejó en el suelo.

—Ahora el calcetín –dijo Ross.

Draco inspiró fuertemente, se quitó el calcetín y… lo que vio no le gustó nada. Su pie aparecía rojo y hervía como si estuviera cocido.

—Bien, caso resuelto –dijo Aberforth, volviendo a poner la madera atravesada.

—Idiota, ¿qué intentabas hacer, escaparte? –rugió Ross dándole una patada.

—¡Claro que no! –se defendió el chico, notando escocer sus pies.

—¿Y qué querías entonces?

Draco se enfrentó con aquella mirada.

—Dar un paseo. Me encontraba mal.

Las facciones del viejo se contrajeron y en un segundo, lanzó una bofetada, dejando el rostro de Draco ahora sin máscara visiblemente marcado.

—¡No me mientas! ¡Eres un desagradecido! ¡Te ocultamos aquí para que no te encuentre nadie y sólo se te ocurre fugarte! ¿Quieres ir a Azkaban?

—Jefe, sugiero que lo entreguemos a los mortífagos como detractado –dijo Ross muy sonriente, dejando ver sus dientes roídos y partidos.

—¡Pero es cierto! –dijo Draco, con lágrimas en los ojos, furioso de impotencia—. ¡Sólo quería salir un rato!

—¿Por qué no me lo pediste?

—¡Porque es muy tarde y sabía que no me dejaría! –obvió el chico.

Lo habían humillado, y odiaba sentirse humillado por alguien. La humillación no era para un Malfoy. Cualquier sangre sucia, sí, pero no un Malfoy.

—Puede ser, pero ahora nunca lo sabrás.

Draco miró con rabia el reloj mágico de la entrada. Las 22.30. Dudaba que a esa hora lo estuvieran esperando.

—Como castigo, pasarás la noche conmigo –propuso el gordo, henchido de orgullo.

El interior de Draco se deshizo. Si alguien podía ser cruel con él de algún modo, era Ross.

—¡No seas idiota! –rugió Aberforth—. ¡Ya te dije que no te obsesionaras con el chico! –y, volviéndose hacia Draco, dijo—. Tu castigo será el siguiente: ya no te ayudaremos a cubrirte cada vez que salgas a la calle. Si te topas con mortífagos, será problema tuyo. No me gusta que la gente abuse de mi confianza. Este es el primer aviso, Malfoy. Con tres avisos, serás expulsado de Cabeza de Puerco sin miramientos ni arrepentimientos sobre quién te trajo aquí. ¿Entendido?

Draco bajó la cabeza, consciente de su poder de decisión nulo en aquel lugar.

Realmente, el viejo había sido benévolo, y Draco lo sabía. Podría haberle dejado en manos de ese enfermo ex mortífago, y jamás hubiera salido sano de su cama. Por dentro, agradeció que Cabeza de Puerco tuviera a un jefe como Aberforth. Si algo conservaba el mesero, era la misericordia. Como Dumbledore, el hombre que él mismo estuvo a punto de matar con su varita.

Draco no durmió esa noche. ¿Cuándo sería la próxima vez que tuviera una oportunidad como aquélla? Dikki lo visitaría otra vez, seguro. Le parecía extraño, pero el mensaje vendría de Severus. ¿Quién, si no? Así pues, se mantuvo alerta los siguientes días.

—No hago más que trabajar en esta asquerosa ratonera –dijo, mirando a la puerta de salida en busca de un par de orejas puntiagudas—. Llévame de aquí, Sev.

Algo rozó su trasero, y Draco se dio la vuelta, alertado.

—¿Dónde quieres que te lleve, princesa? –murmuró Ross muy cerca de su cara.

—Apestas, me das asco –dijo Draco apartándose, tapándose la nariz a través de su máscara.

—No creo que seamos muy diferentes… mira –dijo, elevándose la manga izquierda de la túnica—. Bonita, ¿eh?

Draco contempló con profundo rechazo la marca tenebrosa. Él también la tenía, y eso no lo hacía muy diferente del gordo mesero. Se le pusieron los pelos de punta, lo ignoró y, mientras oía sus risas atrás, se preparó la comida y la bebida y se apartó en una mesa. Al rato de estar comiendo, oyó una llamada de Aberforth, y se levantó enseguida para reunirse con él.

—Draco, ¿cómo estás?

El muchacho se sonrojó: era la primera vez que lo llamaba por el nombre. Había querido hablar con él después de lo que pasó hace dos noches, pero con Ross revoloteando constantemente por allí fue imposible.

—Señor, no intentaba fugarme esa noche.

El viejo lo miró, receloso.

—¿Palabra de mortífago? –dijo, sarcástico.

Draco lo ignoró y fue hacia su mesa, no sin ser detenido por él.

—Te creo, chico. Pero es hora de que lo admitas. Eres mortífago, aunque no estés en su lado, como Snape. Pero, al igual que hubo magos y magos, también ha habido mortífagos y mortífagos.

—Ah, claro, yo estoy entre un mortífago y un mago. ¿Cómo se le llama a eso?

—Como tú quieras, Draco. La vida es para que tú la hagas como quieras, ahora que has elegido. Tu padre no quiso pensar más allá, se dejó llevar, y mira cómo ha terminado. Por tu bien, sé buen chico ahora que has madurado, para que tu madre pueda sentirse orgullosa de ti.

Malfoy se tragó las ganas de espetarle palabrotas por haberse atrevido a hablar de su padre pero en lugar de eso se dirigió, algo más aliviado, de vuelta a su mesa, donde su plato estaba a medio acabar. Engullió deprisa, se ayudó a tragar con la cerveza de mantequilla y agarró el periódico.

—¡Eh, chico! –dijo una voz frente a él.

Malfoy se quedó parado mirando una página abierta.

"Rumores sobre el paradero de Harry Potter"

El chico observó obnubilado la foto movible junto al titular. El pelo negro azabache moviéndose con cuidado; sus ojos firmes, su mirada limpia e intensa a la vez.

— Ugh… —dijo Malfoy dejando el periódico a un lado.

—¡Chico, te estoy llamando!

Draco elevó la mirada para encontrarse con Ross.

—¡Qué quieres ahora, maldito! –dijo, furioso.

Ross sonrió ampliamente. Sonrió y sonrió hasta que los dientes postizos se le hicieron evidentes. Cuando Draco no recibió respuesta, volvió a sumergir su mirada en "El Quisquilloso" y aquel titular.

—¿Quieres mirarme otra vez? –insistió Ross acercándose más a él.

—No me da la gana –dijo Malfoy sin mirarlo. ¿A qué venía este imbécil a molestarlo? ¿Es que ni siquiera iba a dejarlo tranquilo?

Al rato, alguien jugaba a frotarse con su pierna. Draco perdió la paciencia, se levantó y agarró a Ross de la camisa sucia y mugrienta.

—Si vuelves a tocarme, te haré sentir la ira de un Malfoy.

El gordo mesero juntó el entrecejo, confuso, un gesto de desilusión en su rostro. Para cuando quiso contestar, Malfoy ya había desaparecido. Abajo, en su cuarto, el muchacho rubio, con el corazón a cien, se quitó la máscara, se arrodilló y miró muy fijamente al espejo.

—Odio este sitio, odio al viejo y al gordo seboso, odio trabajar aquí, odio a los muggles y odio a Potter.

Inspiró, pero no se quedó tranquilo.

—Odio a los mortífagos, odio a Potter.

Mirando su propio reflejo, trató de que ese nombre sonara con repulsión.

—Odio a Potter.

"No lo estás haciendo bien, Draco, suenas muy suave"

—¡Te odio, Potter!

"Ahora está mejor"

—¡Me das asco, muérete Potter!

Draco se levantó con náuseas. Sabía la causa: había tenido otra de sus pesadillas, sólo que esta vez no era atrapado por mortífagos, ni matado ni torturado por su padre: era violado por Potter.

—¿Qué mierda de sueño es ése? Me siento sucio…

Draco trató de componer su figura, peinó su fino cabello delante del espejo, se lavó la cara cuatro veces, se cambió el vendaje del brazo después de haber frotado la piel con jabón y, sin ningún ánimo se dirigió al bar subiendo las escaleras del sótano. Era muy tarde, no obstante, no le preocupaba cualquier sermón que pudiera recibir.

—Quita la nieve de la entrada, chico –fue todo lo que Aberforth le dijo.

¿Se estaría ablandando? Draco sonrió, podría aprovecharse de eso.

Cogió lo que los muggles llaman rastrillo y comenzó a apartar la nieve de la entrada.

"¿Cuándo dejará de nevar? ¿Cuándo volverá Sev?"

A la vuelta del local, el chico vislumbró una oreja puntiaguda. Cauto, se acercó a ver quién era. Dikki se asomó con cuidado.

—¡Oh, eres tú! –dijo Draco asombrado.

Había pensado que la elfina volvería y no iba a desperdiciar la ocasión de coserle a preguntas.

—Dime, ¿te manda Severus Snape? ¿Quién es tu amo? Dime quién quiere encontrarse conmigo.

La elfina agitó la cabeza a uno y otro lado, y sus pendientes se movieron al unísono.

—No estoy autorizada a dar información. Pero mi ama me pide que por favor se reúna con ella.

—¿Tu ama? ¿Quién es?

La elfina guardó silencio.

—No vas a decírmelo, ¿eh? Estás bien entrenada, hasta sabes escribir y todo. En fin, si eres tan lista, dile a tu ama que la hora que me puso la última vez no fue buena, y que reconsideraría encontrarme con ella sólo si me dice qué planes tiene para conmigo.

—Escriba, señor Malfoy, la hora en la que quiere verla. También el día. No me iré hasta que no me haya dado esa información.

Draco miró a la criatura resentido y algo asombrado.

—Además de pedante eres marimandona. En mi casa no hubieras durado ni un día.

—Señor Malfoy, escriba, por favor.

El chico observó los movimientos y la cara de Dikki.

—No tiene sentido que insista, ¿verdad?

—No, señor.

—Muy bien –Malfoy garabateó un día y una hora concreta. El lugar no le preocupaba, siempre que no necesitara ir muy lejos, así que puso "Casa de los gritos". Los mortífagos no volverían por ahí.

Dikki desapareció de nuevo con la nota en la mano y Draco se concentró en la tarea de apartar lo que quedaba de nieve en la entrada.

—Señor, necesitaría salir el lunes por la tarde.

Draco se hallaba en el almacén de Cabeza de Puerco, frente a un ocupado Aberforth, que iba ordenando la comida en la cámara frigorífica.

—¿Tienes una cita, muchacho?

Draco bajó la cabeza.

—Voy a ir a pasear.

El viejo lo miró, receloso.

—¿Y por qué el lunes? ¿Por qué no vas el domingo?

Draco no se alteró un ápice, tan buen actor resultaba en aparentar cuando fuere.

—¿Me dará permiso para el domingo, señor? Iré a pasear el domingo si usted prefiere. No se lo he pedido porque suele haber más trabajo.

Aberforth escrutó el rostro ahora descubierto del joven Slytherin, en busca de algún signo de sudoración o nerviosismo que hicieran evidente una mentira, pero no halló nada.

—El domingo no podrá ser, como has dicho, ve el lunes. Pero sólo te daré dos horas.

Draco sonrió, triunfante. Perfecto autocontrol Malfoy.

—Gracias. Oh, una cosa más. ¿Tiene antídotos de pociones?

—¿Para qué quieres saber eso?

—Tengo una ligera sospecha de que alguien trató de seducirme con un filtro de amor. Debería emplear a gente más respetable.

Seguidamente, se marchó, dejando al viejo con una cara de sorpresa increíble.

Draco Malfoy salió por la puerta del local más mugriento de Hogsmeade con su propio rostro y su hermoso cabello rubio oculto bajo un gorro de abrigo. Dio grandes zancadas hasta llegar al lugar. No sabía cuánto le demoraría, así que no quiso entretenerse yendo a otros locales. No obstante, si hubiera sabido con quién se encontraría, hubiese ido antes a "Las Tres Escobas". No tuvo que esperar mucho hasta que una bruja se le apareció. Una bruja de su edad, con el pelo rizado hasta mitad de la espalda y una túnica de auror.

—Hola. Veo que recibiste a mi elfina.

Draco paseó su mirada gris por aquel cuerpo femenino, con profundo estupor, reemplazado por repulsión cuando vio de quién se trataba.

—Granger…

—Oh, qué bien que me recuerdas, así me ahorraré muchos detalles –dijo la joven, con una sonrisa en los labios.

—¿Qué quieres?

—Primero, saber cómo estás, qué haces… no te ves muy bien, pareces delgado –dijo, escrutándolo con descaro.

—¿Desde cuándo te importa?

—Vamos, Malfoy, colabora un poco. Créeme que no he recorrido este largo camino para dejarme insultar por ti.

—Entonces escupe por esa sucia boca y así será más fácil para los dos.

Hermione le dio la espalda y juntó sus manos enguantadas para darse calor.

—Bueno… —se volvió—. Iré al grano. Verás, ahora, soy auror. Pertenezco a un grupo de magos que protegen a quienes están en peligro, esto es, las víctimas de los mortífagos. No se me hace muy raro pensar que tú estés entre ellas.

Draco la miró con sorna.

—¿No has venido hasta aquí para ser insultada y sí para arriesgarte a pedirme que me una a tu sucio grupo?

—No es una obligación, Malfoy. Estamos contactando con aquellos magos que puedan tener problemas porque sus familias estaban en el otro lado para darles protección. La mayoría no luchó en la batalla final, pero tampoco levantó las varitas ante nosotros. ¿No te parece justo que se os dé una nueva oportunidad?

Draco hirvió por dentro. Impulsivamente, separó los pasos que entre él y Granger y la enfrentó a mílimetros de su cara.

—¿Justo? ¡Yo te diré qué es justo! ¡Sería justo que yo estuviera en mi casa, con mi madre y mi padre! ¡Sería justo que todos hubierais muerto y que mis amigos siguieran vivos!

El rostro de Hermione se enfureció.

—Siento lo que ha pasado, pero ¡no sólo tú has perdido a gente querida en la batalla! ¡Todos hemos sido víctimas, Malfoy! Aunque la diferencia sea que quizá yo me alegro de que el señor oscuro haya desaparecido… para siempre.

Draco no respondió, sintió una quemazón en su brazo. Hermione abrió la boca varias veces hasta decidirse a preguntar:

—Dime una cosa, Snape… ¿está contigo?

¿Snape? ¿No se suponía que todo esto era obra suya?

Así que ella no lo había buscado porque su padrino se lo había pedido. Snape no colaboraba con ese grupo, y si eso era así, debía existir alguna razón oculta de que le buscasen tan insistentemente. Quizá buscaban conseguir información de él a través de Malfoy. Van listos. Se maldijo por haber creído que sería rescatado por Sev de aquel antro oscuro y tedioso, todo era… una broma del destino.

—Nunca te diré dónde está.

Hermione no se dio por vencida: examinó el rostro del Slytherin en busca de alguna emoción.

—Si vienes, te llevaré junto a Harry.

Las mejillas de Draco se colorearon de forma imprevista. Furioso, exclamó:

—¿Y por qué querría yo estar con ese idiota?

—Él también se siente solo.

Draco se volvió.

—No me importa. ¡Que se muera! ¡Maldito Potter! No me busques. Diles a tus amigos que no me has visto. No iré a ninguna parte.

Comenzó a nevar cuando el heredero Malfoy abandonó el lugar y llegó sin aliento a "Las Tres Escobas" para tomar algo y reponerse de lo sucedido. ¡La sangre sucia buscándolo para protegerlo! ¿Significaría eso que Snape seguía con los mortífagos? Y si le había preguntado por su paradero, tampoco ellos sabían nada. Podía pensar dos cosas: que lo querían utilizar a él, a Malfoy, para averiguar el paradero de Severus, o que realmente tuvieran buenas intenciones, quisieran ayudarlo por lástima porque Snape había desaparecido… ninguna de las dos opciones se le antojaron buenas, y el muchacho no podía dejar de darle vueltas a todo. Con razón esa elfina era de Hermione. Ella le habría enseñado a escribir y a ser tan cursi.

CONTINUARÁ

Bueno, la cosa se va poniendo emocionante. ¿Se dejará rescatar nuestro tozudo Draco? Algo me dice que tendrán que trabajárselo.

Muchas gracias por leer. Déjame tu opinión si te ha gustado... y si no, también. Buen finde