Disclaimer: David Shore quiere ser nuestro testigo de bodas, pero Bryan no está tan seguro apenas. Me dice que ya le ve lo suficiente en el trabajo y que decida yo nomás. Como sea, yo no pondría peros, porque él al fin y al cabo es el creador de House, MD, y tods por acá le debemos mucho n.n
Me gustaría dedicar este capítulo n/n. Sobretodo porque siento que se lo debo, ya ;) Es un trocito tonto, pero me hacía ilusión que lo supieran…sobretodo también, porque caigo en la cuenta de que nunca respondí a los reviews de Muérdago y Técnicas de persuasión, "I'm sorry V.V" así que, ya que fue en donde empecé a publicar y a torturarlos psicológicamente :) esto va con ilusión a Ravenwood85, Camila, RiMi, Naty, Edysev, Shair, Ginny Scully y KaAn por partida doble, porque me apoyaron y porque se lo merecen :D
Y a cierta Hameron que me debe un Huddy, huh-huh, aunque ahorita no recuerde el nombre…Auryl se hace la sueca :P Nhaaa, mi linda niña Gaia, sí, para ti ;) Órale, no podías faltar, por supuesto, n.n por ser mi acosadora personal y no dejarme respirar (ya sabes que me tendrás también al acecho ni modo en cuanto publiques algo también nomás :)) Ya sabes que puedes plagiarme todo y más, ¿si? xDD
Gala, lindísima, aquí va un regalito un trocito atrasado de cumpleaños n/n Ya sabes lo muchísimo que agradezco y valoro tu sincera opinión y esos ánimos, ¿si cielo? Y cuánto me gustan tus fics, y, por mucho que te de vergüenza "Auryl saca la lengua" te lo seguiré repitiendo hasta el día en que House decida retirarse…que eres única escribiendo, la Queen of Huddy-fanfic y Angi, Ninfa y tú sois las verdaderas estrellas de las Huddles :P
A Angi porque es tan natural y tan…Huddy :DD Ya sé que te debo un review de What I live for, linda, ahorita nada más postear esto allá iré, pero te adalentaré que ¡Te quiero y te odio a pinches partes iguales! xDD
Ninfa y Xuanny… porque espero que María se recupere pronto :D Y porque su ilusión y sus ganas son contagiosas, y los avatares de Xuanny siempre me sacan una risa ;) Aquí tienen su castigo por ser tan lindas, una adolescente hormonal y sensiblona xDD:P
Hilda, dni, Vic, ReWilson, Palm, Cristy, PennyLane…y prole ;) Es decir, toda esa gente del Housepital a la que no terminaría de nombrar, por esta cálida acogida cuando llevo apenas 3 semanas siendo paciente ;)
Y, por supuesto… también a toda esa pequeñita gente que lo lee peeeero no deja reviews ¬¬' I'm looking you…xDD Nah, lo cierto es que comprendo, la pereza y todas esas cosas…Pero que sepan que son crueles :'( Voy a empezar a hacer mi lista negra particular, ustedes quedan avisados xD
Aclaración: Ustedes, miembros del Housepital, ya saben mi sana obsesión por el OT3 HousexCuddyxWilson, ¿cierto? No en plan romántico, sino esa relación tan especial y única que los une... ¿si? Esto no es un fic OT3 (a pesar de que estoy trabajando en uno n/n), pero dejo caer algunas ideas mías sobre ellos…sólo lo básico, como en el cap 1 :P Y a pesar de todo lo que pueda parecer…esto no es un Wilddy, ni modo ;) Un pequeñito regalito temporal a los miembros del Club Wilddy, (Huddles y Huddys, no me maten, recuerden que aún debo muchas secuelas xDD)
Oh,
y sí. Una cosita más.
Tenía (tengo)
fiebre y estaba aburrida cuando escribí este capítulo.
n.n'' Y andaba apenas algo desesperada porque ya había
escrito y descartado cuatro borradores completitos. No sé si
el catarro será algo que suba la inspiración O.o pero
el caso es que por fin quedé a gusto, apenas lo justo como
para atreverme a postearlo. Por eso necesito reviews para confirmar
si ha merecido la pena este sufrimiento
Así
que si notan algo raro, extraño, alucinógeno,
incoherente…acháquenlo a la fiebre :P
Y es cortito. Pero
intenso ;)
El Matrimonio Médico
II El testigo
-Creo
que ella tiene derecho a conocer toda la historia.
-También
usted, querido –apuntó César.
-También yo. Aunque aquí sólo oficio como testigo.
(Arturo Pérez-Reverte, La Tabla de Flandes)
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Entró en la cafetería empujando la puerta con las manos enguantadas. Afuera nevaba y tenía las mejillas sonrojadas, pero ella sonreía, con su larguísima melena ondulada al soplo cálido de la entrada y sujetando bajo el brazo su libro favorito. Un superficial vistazo le bastó para reconocer y analizar la compañía multitudinaria que aquella noche acogería el Michigan Café, tan famoso en el campus universitario como las fiestas por las que era célebremente conocida la facultad de Medicina.
Saludó a sus amigos con una sonrisa y una suave negación de cabeza, señalando su librito. "Hoy es martes" vocalizó sin palabras. Ellos la devolvieron la sonrisa, asintiendo, y siguieron charlando en círculo alrededor de una mesita de té. Desembarazándose de la bufanda y del abrigo, se alejó y se sentó en una mesa junto al ventanal, pidiendo por el camino una taza de café caliente. "Como todos los martes". Se relajó sin apenas darse cuenta, adormecida por el ambiente caldeado y por las palabras románticas de Hölderin que parecían desatar los nudos que la unían al estrés universitario, a la adrenalina de los exámenes y al frenetismo incandescente del campus. Suspiró. Hölderin era un genio.
.-Creí que esta noche traerías a Darwin, queridísima Lisa…Ya sabes, un poco de caña de tu biólogo favorito.
Rodó los ojos al acercarse la taza de capuchino a los labios. Y como todos los martes, aquella paz había sido pedir demasiado.
.- ¿Te he dicho alguna vez lo encantador que eres, huh? – sonrió sin mirarle.
.-Nunca, pero yo ya sabía que lo pensabas.
Enarcó una ceja cuando se sentó junto a ella con confiada desfachatez, la sudadera del equipo de Lacrosse aún puesta sobre los hombros, y se adueñó de su café. Lisa no se inmutó, fingiéndose inmersa en la lectura.
.-Algún día me pagarás todas estas noches, Greg.
Él alzó las cejas y parpadeó varias veces.
.-No disimules, Lisa. – a pesar de su testaruda decisión de no alzar la vista (No le des esa satisfacción todavía), Lisa supo que él sonreía. Su voz, su respiración, la proximidad de las graves vibrando en el aire entre ellos. Todo estaba envenenado de él. – Sé que las disfrutas tanto como yo.
Ella pasó de página mirándole por fin a través del filo de la hoja. Un trocito, lo justo como para dejar entrever dos resquicios medio grises, medio verdes, y un mechón de cabello rizado escondiendo los ojos, pero le bastó para confirmarlo. Greg sonreía con descaro desde su taza de café, con la cabeza inclinada en un vago gesto sobre su mano libre y mirándola fijamente con indulgente expresión.
.-Oh. – resolvió, apartando los ojos de la sonrisa desvergonzada y posándolos de nuevo en el libro – Sí, que me roben el café cada martes es una de las metas que perseguía para mi primer año de carrera…
.-Oh, venga. – por el rabillo del ojo, le vio componer un mohín – Este martes te veo tan aburrida…
.-Sólo para ti, Greg. – le sonrió – Aún me debes muchos capuchinos.
.-Aburrida. – murmuró. Después bebió un trago más de café – Siempre saben mejor si no son tuyos, Cuddles. Como esa blusa… ¿te he dicho alguna vez lo monísimos que resultan esos botoncitos desabrochados de ahí…?
Lisa dejó caer el libro con una exclamación de sorpresa cuando Greg alargó los dedos hacia su pecho con la inocencia de un niño fascinado por un juguete maravilloso y reluciente. Ruborizada, le propinó un sonoro (como merecido) cachete a la mano maleducada, y recuperó con brusquedad su bebida.
.- ¡Ouch! ¡Pero si las niñas estaban conformes! – la reprochó, señalando el rápido subir y bajar del pecho, y sonrió satisfecho al ver las mejillas encendidas de indignación y vergüenza. Lisa maldijo su insensatez y el momento en que decidió vestirse de forma tan primaveral bajo el abrigo aquella mañana de marzo.
.-Después de hacer el mismo numerito tres martes seguidos, la cosa pierde su gracia. – replicó, cruzándose de brazos.
.-No lo creo… te queda muy sexy esa actitud de estrecha. – Se tragó un grito colérico cuando él se inclinó sobre la mesa para nivelar la altura. La sonrisa de gato de Cheshire le provocó un escalofrío, y no pudo evitar un sobresalto de sorpresa cuando unos dedos ágiles se deslizaron en dirección descendente por su brazo, rozando peligrosamente la tela suave de la blusa al estirarse para rodear su muñeca. No se dio cuenta de que había retenido el aire en su boca hasta que la mano se alejó de improvisto y con su libro de poemas en ella.
Genial.
.- ¡Eh! – protestó con voz más aguda y estrangulada de lo que hubiera querido. Carraspeó y frunció los labios – Devuélvemelo.
.-Así que Hölderin… No sabía que te gustaba la poesía, oh Gran Doctora… ni que eras una intelectual de las letras. Aunque – sin hacer caso de las protestas de Lisa ni de sus vanos intentos por recuperar el libro, - que él mantenía eficientemente lejos de su alcance – apoyó un dedo en la barbilla, reflexionando. – recuerdo que la primera vez que te vi aquí estabas leyendo Neruda, y asumí que eras una de esas empolloncitas cuyo máximo deseo sería dejarse la piel en la universidad y seguir con el voto de castidad hasta convertirse en primeras de la clase. – hizo una mueca de dolor – No te ofendas, pero te había catalogado entre ellos cuando te vi entrar con ese abrigo y el libro nada más empezar el curso… Gracias a Dios que esos botones estratégicamente desabrochados me lo negaron, entonces y ahora. – reprimió un estremecimiento de anticipación – De hecho… ¿no es esta misma blusa la de aquella noche? – se inclinó y escudriñó la delantera de Lisa mientras ella soltaba un suspiro de exasperación.
.-Aparta. Y sí, es la misma. – se sonrojó y apretó más los labios. –Devuélvemelo.
.-Sólo si me invitas a un capuchino. Le gustas al camarero; siempre sabe mejor tu café que el mío.
.-Sí…y eso no tendrá nada que ver con que el tuyo no sepa a nada, porque nunca lo pides, ¿verdad? – parpadeó al tiempo que esbozaba una sonrisa tanto melosa como irónica.
.-Bah, bah… - la desestimó con un gesto de la mano izquierda, mientras ojeaba el libro con la derecha – No te molesto tanto si sigues viniendo cada martes.
Supo por el calor en las mejillas que se estaba volviendo a ruborizar. Touché. Y todo había comenzado cinco meses antes con un libro de Neruda, una blusa escotada y un brillante y aburrido estudiante de último curso de Medicina abruptamente atrapados en aquella misma mesa, una noche de martes.
.-Eres insoportable, Greg.
.-Pero me vas a invitar a un café.
Sí, seguramente lo haría. De nuevo. Suspiró con impotencia mientras veía su taza vacía frente a ella, ante la inocente expresión de Greg. Él, sonriente, le extendía su libro dispuesto a devolvérselo.
.-No sé por qué sigo viniendo.
.-Porque te encantan estas discusiones, esta tensión y mis bromas aduladoras a las gemelas. – cuando se inclinó para recoger el libro, la atrajo hacia sí con brusquedad. En total contraste, acarició delicadamente la palma puesta boca arriba de la mano pequeña. – Y porque a pesar de todas tus protestas, sigues viniendo todos los martes para continuar con nuestro pulso sabiendo de antemano que volveré a ganar…y me volverás a invitar a un café que nunca beberé.
No supo en qué momento había cerrado los ojos y entreabierto los labios, pero se dio cuenta cuando se vio obligada a abrirlos por la caricia inesperada – suave, dulce, burlona, orgullosa y cínicamente ligera – de una boca contra la comisura de la suya.
Greg ya se había ido. Aún pudo recoger el guiño victorioso de quien se sabe vencedor que la dedicó antes de desaparecer por la puerta, entre la nieve. Lisa parpadeó. El libro volvía a estar entre sus manos, y en ese momento el camarero regresó a su mesita con una humeante taza roja repleta de capuchino.
.-Él me dijo que lo pusiera en tu cuenta…
Miró fijamente el tazón, ruborizada y con la boca aún semiabierta en un gesto incompleto. Parpadeó de nuevo, y la expresión en sus labios se consolidó. ¡Esto es ridículo! Después soltó una limpia carcajada.
Volvería el próximo martes.
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Allí, apoyada contra la pared de cristal de la habitación, se sentía como una intrusa. Hurgando a hurtadillas en viejas heridas que aún dolían, escarbando escondida en los recuerdos que con titánica y sangrante firmeza había enterrado en lo más hondo del olvido. Como una intrusa débil por caer en lo fácil ante el dolor.
Un cristal. Una lámina de vidrio. La parodia de un espejo que reflejaba su gesto intermedio, entre el regusto a limón ácido en el paladar y el estallido de satisfacción amarga envenenando cada orgánulo de cada célula. Pensando que, realmente, no quería esa victoria.
Apenas una hoja transparente era lo que la separaba de los recuerdos. Y parecía tan malditamente difusa.
A
un lado, ella, en el pasillo, inmóvil. Refugiándose
casi inconscientemente en la planta de exuberantes hojas verdes junto
a la entrada y en su bata blanca, cuan escudo que la protegiera de
las miradas mordaces que la habían arrastrado a esa adicción
insana, a esa dependencia que había acabado por regir cada
acto. Estática. Los labios fruncidos, tensos.
Al otro
lado, ellos, los otros dos componentes del puzzle, las dos piezas que
faltaban. ¿O era ella quien se había excluido del
rompecabezas dañino, tóxico, perfecto, que formaban?
Se esforzó por reconstruir la antigua muralla al ver la puerta abrirse con melodramático silencio. Wilson no parecía sorprendido o herido al haberla descubierto espiándolos, como si al fin y al cabo, fuera tan suyo como de ellos el breve momento compartido con House, y fuera la flor llamativa quién tendría que sentirse culpable por incurrirse en la intimidad rota de aquella extraña relación que unía a los tres implicados – esposo, esposa y testigo – con sogas complejas, que se enroscaban en el cuello, y tiraban. De forma irremediable, catastrófica, adictiva, arrasando toda la confianza, familiaridad y cariño entre los tres hasta reducirlos a un común total de interdependencia. Y si uno faltaba, la pirámide fallaba. Se quebraba, y arrastraba a los otros dos hasta un agujero negro de desamparo y desconsuelo.
.-He estado hablando con él. Le explicado la situación. No creo que recuerde nada al despertar, Cuddy, pero, de todas formas… - suspiró. Tenía la voz ronca. – No es justo.
A pesar de todo, aquella vez no se refería ni a la situación, ni a las dos balas del loco que había escapado, ni al hombre que dormía, denso y sin sueños, al otro lado del cristal, al otro lado de su vida. Cuddy lo supo sin necesidad de más palabras.
.-Si tú no hubieras firmado…yo tampoco lo hubiera hecho.
.-Lo sé. Por eso no es justo. – no sonaba como un reproche, y mantenía las manos indulgentemente metidas en los bolsillos de su bata en una inconsciente muestra de abandono, pero en la tranquilidad de la planta privada de la UCI aquella frase estalló como un grito acusador. – Sabías de antemano que no me estabas dando opción.
Es cierto, admitió ella con pesadez. El aire se hizo demasiado espeso a su alrededor, y aspiró una bocanada de oxígeno antes de responder.
.-Lo sabía. Por eso lo hice. – era increíble el daño que podía provocar dos simples frases. Un tono de voz plano, aplastante. – Te necesitaba, Wilson. Los dos lo hacíamos. Y ninguno podíamos elegir… - Estoy aquí, James. Estoy para ti y tú estás para mí. No nos queda otra opción. – Habíamos llegado a un momento en que ya no estaba en nuestras manos el decidir… y dependíamos de esta mentira. De esta farsa. – estaba muy cerca de él, pero no sus cuerpos no se tocaban. A través del maquillaje y de las mejillas secas, Wilson la podía ver perfectamente llorar bajo la piel. Como él. Quería llegar hasta esas lágrimas y regocijarse en ellas. Quería acercarse más, y abrazarla con fuerza hasta que la doliera tanto como a él, y hacerla callar, que se tragara aquellas palabras que le estaban haciendo daño, emocional y casi físicamente, sacando a flote una verdad que no quería oír – Y sabía que no te podrías resistir. No opondrías resistencia. Te dejarías envenenar y arrastrar hasta involucrarte en medio de esta locura. De esta traición. Te venderías como yo…para no dejarme sola. Por eso lo hice. Porque lo sabía. Porque no soportarías perder a la otra pieza del puzzle.
La cogió impulsivamente por los hombros, y el contacto envió un escalofrío que reptó por ambos cuerpos. Ella se aferró a su pecho y él a sus brazos. Fuego contra fuego. Sin cariño o afecto, pura desesperación en el zarandeo que les sacudió. Agresividad y frenetismo en el abrazo casi letal, labios apretados, barbillas altivas y miradas engarzadas al margen absoluto del resto del mundo. Y ella sonreía. Cruda, vencida, desvalijada, dispuesta ya a todo. Una sonrisa que no era suya.
.-No lo soportarías, James. – su nombre sabía suave en el paladar, como una gota de miel caliente que endulzaba lo violento de la situación, en medio de aquella sonrisa vacía. – No soportarías perdernos a los dos en el mismo día. Porque entonces te perderías a ti mismo.
.-Cuddy. – sentía sus rizos rozarle el cuello, la piel estremecida del pecho, y le costaba respirar. Sus uñas rojas se le hincaban a través de la tela de la camisa en el pecho. – Cállate.
.-No puedo.
.-Lisa. – el jadeo desesperado rompió en la boca de Cuddy. Marcas rojas que aparecerían horas después en los hombros que apretaba, se le clavaban también a través de los párpados cerrados. El roce frío de sus manos subió desde su pecho hasta su cuello y se enredó entre el pelo humedecido por el sudor.
– No hables.
.-No es lo que tú quieres.
Acércate. Un poco más. Bésame en la comisura, un poco nada más, un simple roce. Como hizo él. No hace falta más. Hazme recordar. Hazme olvidar.
.-Aléjate. – casi una súplica le acarició los labios. Le hacía daño en los hombros, en el cuerpo aprisionado. Una única lágrima la cortó la mejilla derecha y se deslizó en su boca. Y entonces ella sustituyó un sollozo por la única verdad. Oscura, triste verdad.
.-No es lo que yo quiero.
No hubo cariño ni afecto, ni bálsamo dulce o disculpa entremezclados en sus salivas. Y en el mismo segundo de fulgor, los dos supieron a la vez que aquella había sido la única manera de terminar de sentenciar su firma, no sobre papeles o documentos matrimoniales, sino sobre ellos mismos. La única manera de redimirse y dejarse intoxicar. Y no recordar lo que habían hecho.
No era igual que él, comprobó Cuddy enseguida. Demasiada violencia – nunca esperada en el suave, en el dulce, en el templado James Wilson – en el roce de lengua contra lengua, manos rudas y ásperas por debajo de la blusa, demasiada culpabilidad estallando que, por primera vez – y aquello la hizo sentirse en una dimensión desconocida –, no era la suya. Y el sabor del resentimiento le amargaba el paladar. No había café. Ni canela.
No lo alargaron. Fue breve, lo suficiente como para hacerles ahogarse en el recuerdo pero no lo bastante como para hacerles olvidar. Y cuando la miró sin saber muy bien qué hacer, Cuddy les ahorró a los dos el tener que dar explicaciones. Se giró y le dio la espalda. Paso a paso. Lento. Cada paso la alejaba de él y la acercaba a la habitación. Y sus ridículas palabras estallaron en el espacio creciente entre ellos. Y parecieron cruelmente acertadas. Estoy aquí, James. Estoy para ti y tú estás para mí. No nos queda otra opción. Quiso llorar.
.-La policía encontrará a quién nos ha hecho esto, Wilson. – le oía llorar. Quería llorar como él, por ella, por ellos. Pero seguía alejándose hacia la pared transparente. – Y cuando lo tenga delante, no importará cuántas balas haya ya encajado… me aseguraré de que se acuerde de qué ha hecho… y de a quién nos lo ha hecho.
Le oyó alejarse. Correr, huir donde no pudiera recordar que había sido él el testigo de aquello. Pero ella no se giró, ni empujó la puerta acristalada que la separaba de House. Del otro implicado. Esposo, esposa y testigo. El espejo le devolvía un reflejo distorsionado, y Cuddy apoyó la mano blanquecina sobre la lágrima etérea de su imagen, al otro lado de la habitación. Casi podía sentir su humedad.
Perdóname.
Por esto. Por todo.
Tienes que regresar…
Aún me debes un café.
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