Ok amigos! Capítulo dos con todo el amor! :D


Capítulo dos: lágrimas.

Un mes y una semana después, el programa era un total éxito. Phoebe ya había grabado cuatro y el rating estaba por los aires, por lo que ahora, había estado viajando toda la semana de un lugar a otro y volviendo a San Francisco para hacer el show e irse otra vez para seguir con el tour, todo por Jason. Él había firmado un contrato y no le había dicho hasta el día en que tenía que estar en Nevada a las cuatro de la tarde y eran la una. Habían viajado en su jet, mientras ella había estado gritando durante todo el camino hasta llegar al primer Steve's pages de ese estado antes de visitar unos más en el mismo lugar. Al día siguiente, visitaron otro estado, y otro, y otro...Estaba cansada, porque tenía que usar su tiempo libre para escribir su columna, su columna diaria, y enviársela por correo a Elisse. Estaba enojada con él por haber tomado una decisión así, a pesar de que éste le hubiera dicho que lo había planeado como una sorpresa y no como una forma de controlarla.

Ahora, ella estaba tratando de relajarse y descansar un poco, pero estaba tan cansada que no podía dormir y solamente quería irse de Houston, Texas y del apartamento que Jason tenía ahí. Ese lugar la enfermaba, le hacía necesitar apoyo y a su familia...y no la tenía, y posiblemente, no la tendría nunca más y ese sentimiento era el peor sentimiento del mundo.

― Hola hermosa ―dijo Jason, besándola en los labios cuando entró al cuarto.

Ella no respondió, solamente cambió el canal en un intento de ignorarlo, y finalmente, apagó la telvisión.

― Buenas noches ―respondió amargamente, cerrando sus ojos y poniendo un brazo bajo su almohada para apoyar su cabeza.

― Oye, no hagas esto...―le pidió acostándose a su lado, besándole el cuello suavemente y rodeando su cintura con sus brazos― te extraño amor...―agregó, tratando de subirle el pijama para deslizar una de sus manos hasta su muslo.

Phoebe apretó la mandíbula, furiosa, y detuvo su mano con la suya antes de sentarse en la casa completamente irritada, ¡Era suficiente!, ¡Suficiente!

― Y yo extraño dormir, comer y San Francisco ―le gritó tirando las sábanas para atrás, parándose rápidamente.

― ¿Cuántas veces te tengo que decir que lo siento? ―preguntó, aburrido de su actitud, restregándose el rostro y sentándose en el borde de la cama.

― Solo déjame dormir, ¿De acuerdo? ―demandó con los brazos cruzados― estoy cansada y tengo una jaqueca horrible desde el almuerzo pero no he podido descansar porque tenía que firmar autógrafos.

― Ok, como quieras ―dijo poniéndose de pie y caminando hasta la puerta, pasando cerca de ella, deteniéndose para decir algo más― solamente quería hacer algo lindo por ti ―dijo refiriéndose a todo el asunto del tour.

Phoebe abrió la boca incrédula y ahora, no podía evitar sentirse histérica y ofendida, ¿Algo lindo por ella?, ¡Estaba abusando de ella! ¿Hacerla trabajar durante horas sin parar, era algo lindo?, ¿Eso era amor?, ¿Cuál era su maldito problema?

― ¡Necesitas preguntarme ese tipo de cosas Jason! ―gritó finalmente, agitando sus manos en el aire, abriendo sus ojos― estaba bien con la columna todos los fines de semana, ¡Pero no! Tú decidiste que era mejor todos los días y pasó de ser entretenido, a estresante. Después, decidiste que era mucho mejor un show de televisión y por supuesto, ¡No me preguntaste, y me dijiste dos semanas antes!, ¡Dos malditas semanas antes de que el show partiera y después bam! ―continuó haciendo un gesto con las manos, haciendo un sonido de explosión― decidiste que era una buena idea pasearme de ciudad en su ciudad como tu perra mascota, sí, muy lindo Jason ―reclamó dándole la espalda y sentándose en la cama de nuevo, mirándolo con cara de "vete y hazlo ahora".

Él se detuvo shockeado, mirando su pecho subir y bajar agitadamente. Su cara estaba un poco sonrojada, sus manos apretadas y su espalda tensa. Estaba a punto de matarlo o de llorar desesperadamante, no sabía qué esperar. Era raro. Ella siempre era tierna, dulce y decía "sí" a todo, pero desde hacía unos meses atrás, era una pequeña bomba y sacarla de sus casillas era realmente fácil, así como hacerla gritar, azotar la puerta o tirarle almohadas.

― ¿Sabes qué?, Mejor me voy al cuarto de invitados, últimamente estás insoportable ―dijo, solamente para ser el de la última palabra.

Jason pasó de largo al salón, murmurando algo que ella no logró oír. Phoebe se dejó caer en la cama, mordió su almohada y golpeó el colchón con sus puños: quería matarlo con sus propias manos. No solía hablarle a Jason de esa manera, esa era la razón por la cual él estaba tan sorprendido sobre su actitud; pero ella no podía, simplemente no podía sonreír, asentir y tener sexo para hacerlo feliz. Su corazón estaba roto y él no estaba ayudando a curar sus heridas. Suspiró pesadamente; necesitaba relajarse. Respiró profundamente, no podía seguir actuando así, tan agresiva. Sus problemas no eran su culpa y él hacía todo para su bien, para el propio también era cierto, pero él era la única cosa que tenía fuera de su mundo real y no podía perderlo...él la sacaba de la realidad y la hacía olvidar todo su dolor por algunas horas. Viajar, trabajar todo el día y dormir, también ayudaban.

Se sentó con las piernas cruzadas y cubrió su cara con sus manos. Enderezo su espalda y sonrió ampliamente, tratando de captar buenas vibras. Se puso de pie, masejeando su cuello con una mano y fue al baño para tomar una ducha. Necesitaba relajarse, poner su mente en blanco...ese lugar, esa ciudad, le traía memorias muy dolorosas...las más horribles que una persona podría tener. Abrió el grifo y se quitó el pijama antes de sentarse en el jacuzzi. Sintió la calidez del agua masajear sus músculos y cerró los ojos...necesitaba dormir, distraerse, pero la única cosa que logró hacer fue llorar. No pudo evitar llorar desesperadamente: odiaba ese lugar, necesitaba volver a casa. Necesitaba escapar, dejar ir su pasado. Gimió y golpeó el agua; el jacuzzi no estaba funcionando para nada. Se puso de pie, tomó una toalla y volvió a su cuarto.

― ¿Dónde puse mis...? ―pensó en voz alta, tratando de encontrar sus zapatillas; no le importaba vestirse como una gran ídolo de la moda, pero al no encontrarlas, optó por ponerse la misma ropa de la mañana y estaba lista para salir.

― ¿A dónde vas? ―preguntó Jason en el salón, sentado en el sofá mirando televisión y bebiendo un martini.

― Necesito aire fresco ―dijo algo tímida y deprimida, sus ojos estaban rojos pero él no se dio cuenta.

― No conoces esta ciudad.

― Estaré bien, un par de cuadras y vuelvo.

― ¿Quieres que te acompañe? ―preguntó amablemente, después de todo, ella era su novia.

― No, gracias. Estoy insoportable, es cierto. Es...es que estoy cansada y un poco estresada, no quise gritarte ―se disculpó, rodando los ojos al notar que él no la estaba mirando al estar mucho más pendiente del partido de fútbol.

― Entiendo. Ten cuidado y lleva tu celular por si acaso. Las llaves están en la mesa ―le dijo, refiriéndose a su auto.

Phoebe salió del departamento y se subió al vehículo, hubiese preferido ir caminando pero el lugar al que quería ir se encontraba muy lejos de ahí. Ellos estaban un barrio alto, para gente rica y ella quería ir a visitar una zona muy pobre. Condujo dos horas, llorando sin parar hasta que finalmente había llegado. Apagó el auto y lo dejó ahí, era posible que al volver éste no estuviera, pero Jason tenía suficiente dinero como para comprar diez más. Caminó lentamente, ese lugar le recordaba cuando no tenía nada material, pero todo lo que necesitaba para vivir. Tenía amor, real, puro.

Se detuvo en una iglesia. No era la misma a la que solía ir antes porque se había quemado años atrás; ahora estaba reconstruida, no era la misma, pero aún sentía un nexo con ese lugar. Entró, eran las diez de la noche.

― Hola, ¿Puedo ayudarte? ―preguntó una de las monjas cerca de la puerta, tan pronto como puso un pie adentro.

Phoebe sonrió tímidamente y asintió, incapaz de hablar. El sentimiento en su pecho, su corazón latiendo aceleradamente no la dejaba concentrarse en nada más que recuerdos y en un mareo mezclado con un nudo en su estómago.

― Quiero...―titubeó, ¿Qué quería ahí?, ¿Qué estaba haciendo ahí? Miró al rededor nerviosamente. No conocía ese lugar, ese no era su lugar. Trató de reconocer algo pero no pudo, incluso la monja era nueva ahí― ¿Puedo hablar con la gente? Yo... ―trató de decir, pero se calló.

― ¿Qué buscas? ―preguntó la mujer con una sonrisa amorosa.

Phoebe sintió el calor y benevolencia de la presencia de esa mujer y de paso, algo de calma, pero seguía confundida. No tenía idea qué estaba buscando o por qué estaba ahí. No, ella lo sabía, de hecho lo hacía pero también sabía que no encontraría nada ahí. Todo estaba perdido.

― No lo sé...solamente, necesito hacer esto ―respondió, y era cierto. Era una necesidad, un sentimiento.

― Pasa ―consintió, a pesar de que no era hora de visitas, charlas o nada más que recepción de refugiados y por la forma en la que estaba vestida, sabía que no era una.

Phoebe la siguió y los tacones de sus zapatos hacían un sonido divertido en la cerámica. Tomó su cartera, tratando de sentirse protegida por ella y vio que el patio estaba vacío: toda la gente estaba en las habitaciones.

― Siéntete libre de visitar lo que quieras.

Phoebe asintió y miró al rededor otra vez, estaba detenida en un pasillo entre dos puertas. La primera le dejaba ver una gran habitación con ancianos. Algunos estaban enfermos, otros simplemente durmiendo o leyendo un libro. Se sintió mal por ello y cambió su mirada a la otra puerta. Reconocía el orden de las cosas, por lo que sabía qué encontraría ahí. Pudo ver otro cuarto grande con literas. Habían niños y adolescentes, todos huérfanos. Los más jóvenes la miraban expectantes, tratando de llamar su atención para ser adoptados o quizás, simplemente abrazados y lo más viejos seguían en sus asuntos: habían perdido toda esperanza de tener una familia. Ella no pudo soportar sus miradas, por lo que caminó más allá y encontró otra habitación.

― Este lugar es más pobre de lo que solía ser ―logró decir, casi temblando.

― Después del fuego lo perdimos todo ―le dijo la monja con desgano― ¿Solías ayudar aquí?

― Solía vivir aquí ―susurró, mirando a la gente en la nueva habitación.

Adentro habían chicas jóvenes, no todas, pero sí la mayoría. Habían literas, y pudo ver que las embarazadas dormían en las camas de abajo y las que ya habían tenido a sus bebés, estaban arriba. Habían cunas y algunos bebés. Tres chicas estaban dando pecho, dos cambiando pañales y cuatro acunando. Las demás estaba descansando o durmiendo. Phoebe se las arregló para firmarse de la pared antes de desmayarse y no pudo evitar recordar su pasado.

― Mami ―gritó una niña pequeña, afirmada por una monja.

― Vas a estar bien mi ángel ―respondió agitando su mano mientras se subía al autobús.

― ¡Mami! ―gritaba la la pequeña, al tiempo en que su madre le enviaba besos desde la ventana del vehículo― ¡Mami!, ¡Mami!

La pequeña niña lloraba fuerte y trataba de alcanzar a su madre pero Sor Erin la sujetaba fuerte. Phoebe estaba preocupada por su gargantita, temiendo que se le fuera a lastimar, aún mirando la carita de su niña cubriéndose de "gotitas de agua" como ésta solía llamarles.

― ¡Papi!, ¡Papi! ―seguía gritando, sacudiendo sus piernas para tratar de escapar de los brazos de la monja y correr detrás de la imagen de su madre sentada en un bus.

Sor Erin hacía lo mejor posible para mantener a la niña en sus brazos, pero cuando el bus arrancó los gritos se hicieron aún más fuertes. No dejaba de alternar "mamá" y "papá" mientras lo miraba partir. Segundo a segundo, Phoebe podía oír menos y al verse lejos del campo de visión de su bebé, se dio permiso para llorar. Seguía mirando por la ventana, y todavía observaba sus bracitos elevarse en el aire pidiéndole que la tomara entre ellos, que regresara, que no la dejara ahí. En un movimiento abrupto, la pequeña se soltó de los brazos de la monja e intentó correr tras el bus, cayendo al piso en su carrera.

― ¡Patty! ―gritó Phoebe desde el fondo de su corazón, apoyando sus manos en la ventana, tratando de levantarla del suelo con la mirada para asegurarse de que estuviese bien y poder besarla, pero ya no podía hacer eso: ahora era el trabajo de Sor Erin.

La gente junto a ella la miraba con molestia al ser interrumpida por los gritos de la muchacha, pero ésta no los culpaba: ellos jamás entenderían cuando horrible y devastador era, cuán miserable se sentía al dejara la persona que más amaba sin que esta lograra entender por qué.

― Será mejor que me vaya, ―dijo sacudiendo la cabeza, nerviosa y muerta de dolor. No podía hablar con ellas. No podía soportar un segundo más ahí. No podía dejar de escuchar la voz de su hija llámandola tan desesperadamante. Necesitaba irse, necesitaba estar en casa: necesitaba a su bebé y la necesitaba ahora.

― Pero dijo...―trató de decir la monja, preocupada por su cambio de no expresión.

― Sé lo que dije, pero necesito irme ―explicó, tratando de no sonar maleducada pero estaba a punto de colapsar.

Se dio vuelta sobre sus talones, lista para correr y no regresar jamás pero la mujer la tomó de la muñeca gentilmente.

― ¿Qué perturba a tu alma, cariño?

― No importa ―confesó, soltándose de su mano y mirándola a los ojos― no hay nada que podamos hacer al respecto.

La mujer la dejó ir, y Phoebe caminó por el pasillo. Algunos niños se acercaron a la puerta en un intento de llamar su atención y de quizás ser llevados a casa por ella, pero Phoebe no pudo resistir sus miradas por lo que corrió más rápido. Corrió tan rápido como sus piernas le permitieron y se sentó en el auto que, afortunadamente, seguía ahí para volver a casa.

― Estúpida, estúpida, estúpida ―se decía con profunda rabia mientras conducía a gran velocidad, intentando despejar al mismo tiempo su rostro de lágrimas que no le permitían ver demasiado bien el camino.

Llegó en la mitad del tiempo que había tardado en salir y se estacionó. Se aseguró de que su cara no mostrara señales de haber estado llorando, no quería que Jason le preguntara nada. Abrió la puerta y lo encontró teniendo una reunión por internet en el estudio, por lo que se fue directamente a la habitación principal para llorar hasta quedarse dormida. Estaba destruida, solamente quería morir. Se arrepentía una y mil veces de lo que había hecho, necesitaba a su bebé de regreso. Necesitaba sus pequeñas y diminutas manos, su hermoso cabello, su risa y sus balbuceos. Necesitaba que Patty la llamara mamá, necesitaba que le pidiera comida o que jugaran a algo juntas. Necesitaba verla crecer sana y salva...no era nada, absolutamente nada, sin su hija.

En la ciudad de Nueva York, Elizabeth y Cole estaban dando un paseo mientras Sarah estaba en el salón de belleza. La niña estaba feliz, finalmente podía pasar algo de tiempo a solas con su padre después de llevar viviendo un mes con la mujer de los tacones de aguja bajo el mismo techo.

― Papá, ¿Me prestas dinero, por favor? ―preguntó poniendo cara de cachorrito.

― Claro, ¿Pero cómo se supone que me lo vas a devolver? ―bromeó.

― Gracioso.

― ¿Para qué quieres dinero?

― Necesito comprar una revista ―le explicó, con todo el sentido del mundo, como si fuera obvio.

― Claro, toma, ―dijo tendiéndole unos dólares de su billetera― pero creo que "necesitar" es un poco exagerado, ¿No?

Elizabeth sonrió y corrió al kisoco a comprar su revista. Él la vigiló todo el tiempo. Había crecido mucho y no se había dado cuenta cuando. Ya no era la pequeña niña que necesitaba ser tomada en brazos y alimentada por él. Ahora, ella podía tomar algo de dinero, cruzar la calle sin que él tuviera que llevarla de la mano y pararse en las puntas de sus pies para alcanzar el mostrador y comprar su revista. Estaba orgulloso, pero estaba creciendo demasiado rápido...no quería que siguiera haciéndolo, no quería que se fuera para vivir su propia vida y quizás casarse algún día: pero sabía que tenía que permitírselo, aunque no podía dejar de extrañarla incluso desde ese momento.

― ¿Lista? ―le preguntó al verla regresar y tomar su mano.

― Sí, gracias papá ―respondió enredando sus deditos en los de su papá― ¿Al banco?

― Banco ―repitió, al menos, aún era su niña quien no se avergonzaba de tomarle la mano en público.

Ambos caminaron dos cuadras y llegaron a su destino. Cole la soltó y se formó en una fila, mientras tanto, ella buscó una silla y se dedicó exclusivamente a leer la revista en la que estaba interesada:

"No me considero una sex symbol".

― Sigues siendo hermosa, ―pensó Elizabeth, leyendo un poco más.

Más tarde, Cole estaba listo y así también su hija. Ambos dejaron el edificio y caminaron de regreso a casa. Tenían un auto, pero estaban cerca y les gustaba compartir esos pequeños momentos en los que disfrutaban de la vista y locura que cada ciudad en las que vivían tenían: por alguna razón, Cole siempre elegía capitales o ciudades grandes, y desde que le había dicho a Elizabeth que el sueño de su madre era vivir en la gran manzana, la idea de mudarse ya no sonaba tan aterradora como antes.

― Te vi muy concentrada, ¿Qué estabas leyendo?, ―le preguntó cuando torcieron en una esquina.

― Una entrevista papá, ―le explicó tomando su revista con más fuerza― ¿Sabías que tiene dislexia, como yo?

― ¿Quién?, ¿Algún artista pop hecho de plástico y dinero?

― ¡No!, ―se quejó― ¿Nunca me escuchas cuando te hablo?, ¡Es una entrevista de la mujer más excepcional de la tierra!, la presentadora del programa número uno en sintonía los miércoles en la noche, ¿Ahora sabes de quién te hablo?

― La verdad no amor, no tengo idea. Sabes que no me gusta ver televisión, ―respondió, distraído al mirar a unos niños jugando en el parque, preguntándose cuándo su hija había dejado de ir a los juegos.

― Oh papá, tengo que explicártelo todo, ―dijo fingiendo una voz decepcionada.

Cole casi rió, era demasiado fresca.

― Te hablo de Phoebe Halliwell, la columnista de "Pregúntale a Phoebe" del Bay Mirror de San Francisco y "Phoebe encontrando el amor" que es el programa de todos los miércoles, ¿Cómo puede ser que no sepas quién es?, ¡Te he hablado de ella todo el mes!

Los ojos de Cole se abrieron de par en par mientras ella seguía hablando. Claro que la había escuchado, siempre lo hacía, aunque nunca había dicho el nombre de esa mujer en voz alta rifiriéndose a ella siempre como "encontrando el amor" o "la columnista", o eso pensaba, por lo general, ante la presencia de Sarah, la niña no hablaba mucho.

― No sé quién es y tampoco me importan las tonterías que ves en la televisión, ―respondió amargamente― y hasta que no mejores tus notas en matemática, todo lo relacionado con la famosa Phoebe se acabó.

― ¡Pero papá!, ¡Va a venir a Nueva York y necesito verla!

― Dije que no Elizabeth. Tus notas son horribles en matemática, no puedes ir.

Cole estaba entrando en pánico, ¿Que iba a ir a Nueva York?, ¿Por qué demonios haría algo así?, ¿Cuándo y cómo se había vuelto tan famosa?

Elizabeth levantó una ceja con incredulidad, ¿Qué estaba diciendo?, ¿Desde cuándo le prohibía cosas?, ¿Cuándo había empezado a enojarse por sus notas en lugar de darle apoyo para mejorar? Como fuera, decidió insistir.

― ¡Pero papá!, tu jamás me habías amenazado con notas, ¿Por qué empezar ahora?

― A tu profesor no le gustan tus notas y le prometimos a la escuela que ibas a mejorarlas, si no lo haces, vas a perder tu matrícula.

― ¡Pero papá por favor!, ¡Piénsalo!, ―le pidió, dejando de caminar― puedo ir y volver en una hora, como un recreo del estudio, ¡Solamente una hora papá! ―le rogó como una niña pequeñita, poniendo carita de cachorro otra vez.

Él la miró y no pudo evitar enojarse más, esa cara...la manera en que le pedía las cosas, cuan terca era. No podía manejarlo, y se restregó la cara tratando de controlarse: estaba asustado.

― Dije que no, ¿Necesito castigarte para que entiendas?, ―le gritó y la vio dar un paso hacia atrás.

― ¡Por qué la odias tanto! ―gritó de vuelta, ahora estaban haciendo una escena.

― No la odio, no seas ridícula ―le dijo al notar que estaban discutiendo en la calle y la tomó de la muñeca, pero ella no lo dejó.

― ¡Tú eres el ridículo!, ―insistió, ahora ella era la que estaba enojada― ¿Cuánto puede un recreo afectar mis notas?, ¡Soy disléxica por el amor de Dios!, ¡Eso me trae más problemas que conocer a la mujer que más admiro y...!

― ¡Dije que no! ―gritó Cole, tomándola de las muñecas un poco agresivamente, mirándola directamente a los ojos.

La niña estaba llorando, enojada y decepcionada por la actitud de su padre. Él estaba herida, no había querido tomarla así, gritarle, o pretender que no se esforzaba por mejorar en su punto débil del colegio. Ambas miradas chocaron. Cole pudo ver, por un doloroso segundo (como cada vez que ocurría) a la madre de su hija en ella. Los dos cerraron sus ojos. Cole la soltó despacio, ella se dio la vuelta para no mirarlo y fue cuando se dieron cuenta de que estaban en la puerta del edificio en el que vivían.

― Buenas tardes señor, señorita ―dijo el portero sin que nadie le contestara.

Elizabeth tomó las escaleras, Cole el ascensor y Sarah los vio llegar en silencio. La niña corrió a su cuarto tan pronto como puso un pie en la casa, y Cole se restregó el rostro camino al living para tomar un trago, sabiendo que no debía hacerlo en esos casos.

― ¿Qué pasó? ―preguntó Sarah.

― No preguntes.

La mujer frunció el ceño, no demasiado porque no quería arrugas. Era curioso, ella nunca los había visto pelear or estar enojados más de tres veces en cuatro años, algo serio tuvo que haber ocurrido. Se sentó detrás de él con las piernas abiertas, enrolladas en sus caderas y le desarmó la corbata.

― Déjame ayudarte ―le ofreció, masajeándole el cuello.

Cole no le dijo nada y la dejó hacer lo que se le pegara en gana, simplemente se quedó en silencio. Le asustaba toda esa devoción que Elizabeth sentía por Phoebe, pero el hecho de saber que en pocos días la mujer estaría en Nueva York lo aterrorizaba. Él no quería que su hija tuviese la oportunidad de conocerla solamente para decepcionarse: no podía dejar que eso pasara. No iba a dejarla a ir, nunca. Por nada del mundo.

Elizabeth estaba abrazada de su almohada y de paso la estaba mordiendo en su intento de relajarse y dejar de llorar. No sabía por qué pero realmente necesitaba conocerla. Tenía una corazonada, un nudo en el estómago diciéndole que debía hacerlo. Sabía que estaba siendo egoísta y malcriada, pero no podía evitarlo...era un llamado de algo, un sentimiento demasiado fuerte y la cara de Phoebe en la revista la animaba a hacerlo: necesitaba conocer a esa chica, e incluso cuando no tenía razones reales para hacerlo, siempre escuchaba a su corazón.


Lalalala.

Respuesta(s) de review(s) :

DyegoHalliwell: Ja, al menos este Cole te cae bien :D Cole humano era un bombón, no puedes negarlo!

Daniie Armstrong: ¿Quién no la odia a Sarah?, Awww Lizzie de mi corazón! jaja.