Debía de haber una manera de combatir a la enfermedad. O al menos de mantenerlo a raya, evitando la total contaminación del entender. Poniendo barreras, muros débiles pero temporales que retrajeran todo lo posible al virus. Quizás no pensar en ello funcionara, manteniendo la cabeza en asuntos triviales como la llegada del viernes o el resultado del partido. Planeando futuras salidas con amigos o simplemente no pensando. Pero tarde o temprano, hasta la más poderosa distracción se volvía inútil. La Enfermedad era algo que simplemente te consumía estés donde estés, y sea cual sea tu situación. Y lo peor de todo es el no saber…Porque, y siempre era así, la llegada de esta era totalmente inadvertida para el huésped, el infectado. Llegaba con la costumbre, con el conformismo. La enfermedad llegaba con la aceptación de lo estándar, con el punto máximo posible que uno podía alcanzar dentro de la limitación opcional en la que se nos imbuye desde el nacimiento.

La enfermedad nos miente, nos educa. Nos da de comer y nos moldea a su imagen, para luego seguir esparciéndola como los buenos agentes que somos. Todo está premeditado, planeado. Porque la Ciudad no se equivoca. Nunca lo hace. Y nosotros tampoco, porque una vez enfermos, el dolor no desaparece…solo se calma. La enfermedad se queda. Ofuscada bajo una anestesia conformista, pero siempre está.

Y la prueba estaba a la vista de todos. Al alcance de todos. En todas partes y las veinticuatro horas del día…Sacrificios innecesarios por un coche costoso…Perdiendo salud por una "mejor vida"…Gastando horas de sueño por sentir la adrenalina de la noche…

Bah… ¿Qué podría saber yo?...Si solo soy un remedo de alma. Una segunda sombra que solo se dedica a espiar…Tal vez hubiera una cura para la enfermedad…

El problema es que no parecemos ser curados…


Caminaba apresurado, más no por eso sacrificando la cobertura. Debía de ser muy cuidadoso sino quería ser descubierto. Un solo paso en falso…Y es que, por su físico (un maldito hámster, por Dios), no sería recomendable entrar en una pelea. Y menos con su presa de hoy, un pedazo de ejemplar de pastor suizo en comparación, menos que menos. Bueno…al menos era rápido, si servía de consuelo.

Llevaba siguiendo al sujeto por algo así de una hora, más o menos. Pasada ya la medianoche, no parecía que Él (Su presa) fuera a hacer algo que se considerara como "Apropiado"…Bah, casi era asegurado, si es que por algo lo habían contratado para seguirlo…

Saca la cámara y le toma una foto. Solo por las dudas.

Rápidamente la saca, ya revelada (benditas polaroids) y se la guarda en el bolsillo interior del sobretodo luego de agitarlo un poco. Levanta la cabeza nuevamente y lo ve detenerse, por fin, en el medio de un puente, ubicado en un pasaje que desembocaba luego en la Rue de la Dauphine…

París y sus nombres…

Viéndolo quieto en su lugar, el cazador se toma unos momentos para descansar. No es fácil seguir a un tipo, a escondidas y en altas horas de la noche. Se permite levantar la cabeza y observar al cielo, justo en el instante en que unas finas gotas comienzan a caer sobre su cara.

Perfecto, ahora tendría que llegar a casa mojado. Sin mencionar el terrible resfriado que le daría. Al menos su cámara tenía protector…cosa rara, en realidad. Usar protectores en polaroids…Como sea.

Desde su escondite, observa atento a Él (Su presa) y como este da ocasionales miradas a ambos lados del puente. No tiene que esperar mucho, sin embargo. Entrando por su lado puede ver llegar a La Otra, con un caminar firme y determinado…al parecer no le gusta la lluvia. Sin darle mucha importancia, saca la cámara y les toma otra foto en el momento justo en que ambos se tocan y se dan miradas de placer.

Y lo envidia…llevar una vida así…una doble vida, mejor dicho. Al menos una doble vida mejor que la suya, ya que no se basa en seguir a extraños por encargo y tomarles fotografías…Las cosas que uno tiene que ver…

El cazador se levanta y se prepara para salir de su escondite. Él y La Otra ya se están yendo.

¿A dónde irán hoy?


Las fotos fueron saliendo una por una, mientras el desenfrenado acto se llevaba a cabo. La carne era profanada, dictada en un ritual pagano de mentiras color gris…

Gran material, gran posición, gran historia. Y gran escondite, si podía decirlo. Una suerte que el dueño del hotel fuera un extraño mirón y tuviera sus secretos. A cambio de unas simples promesas, el camino estuvo despejado…

Amaba la enfermedad


No es que hubiera tenido muchas visitas a ese departamento, pero sin duda algunas que en todas sus instancias, una fuerte sensación de incomodidad y precaución lo invadía. El desorden, por lo general, no era algo que lo molestara…pero este…era un desorden diferente. Muy diferente. Era un desorden frenético, desquiciado. Era un desorden…mental…se notaba en los ojos de Ella, cada vez que se miraban.

Claro, siempre y cuando no estuvieran desorbitados. Porque cuando eso pasaba…Bueno, no era algo fácil de llevar. Sobre el escritorio de la habitación podía ver una gran cantidad de píldoras, en su mayoría de carácter relajante y anestésicos del tipo que se usan para dormir caballos.

A veces odiaba la enfermedad…

Saca el sobre del bolsillo interior de su saco. Por suerte había podido mantenerse seco. Con la mirada la busca, estaba más callada que lo usual. La ve, recostada sobre la cama. Murmuraba algo de un incendio, seguido de un frío horrible y muchas locuras…y el cazador no podía sentirse menos cómodo.

Deja el sobre en el escritorio, bajo el frasco de píldoras. El pago estaba sobre la mesa, por lo tanto no se quedó a platicar o mínimo a asegurarse de que Ella estuviera bien.

Porque esa Gata definitivamente no estaba bien. Se lo veía en sus ojos…Quizás esta fuera su última noche. No es que le sorprendiera…

Sin hacer mucho ruido, deja la habitación y, posteriormente, el departamento. Cierra la puerta y el mundo que dejo ya no le importa.

Se sentía muy enfermo.


Un voyeurismo de" aficionados", si se lo preguntaban. Volvía a su hogar, volvía a su desorden.

Otra noche, otra aventura que le hubiera gustado vivir. Pero era lo que le había tocado, y no iba a quejarse. Hace tiempo había aprendido a conformarse con lo que le tenía. Era su suerte, y lo único de lo que de verdad se podía afirmar poseía.

Mirar a los demás, contar sus secretos y revelarlos a los otros. Arruinar vidas, matrimonios, familias. Pero no importaba, porque el estaba bien.

Después de todo, la enfermedad era inevitable