Al final, como que he decidido actualizar los lunes... que es el único día que me entero que existe cuando estoy de vacaciones xD
Pueden tomar este capítulo como un regalito de Nochebuena... o no, eso ya depende de ustedes. Here we go!
Capítulo 3: El cuerpo
— No entres— susurró el oso.
Habían comenzado a viajar juntos, casi como un acuerdo tácito contra la soledad. Matthew no sabía si su acompañante era un espíritu o un animal, nunca se lo dejó en claro, pero el caso es que le veía y hablaba con él. Era un ser amable, y eso para Matthew significaba mucho más de lo que había esperado. En ese instante, sin embargo, sus palabras le confundieron. Estaban a las afueras de una de las aldeas, y a él le gustaba hundirse de vez en cuando en el suave bullicio de la gente trabajando y conversando, a pesar de saber que no pertenecía a ese mundo. A pesar de conocer su obsesivo, insano deseo. ¿Por qué…?
— ¿Por qué no debería entrar?
— La gente va a asustarse— replicó con ese tono sencillo, casi paternal, como regañándole sin regañarlo— Creerán que eres un fantasma.
— Ellos no pueden ver-
— Oh, claro que pueden verte. Como una silueta translúcida, pero pueden verte. Y eso es peor a que fueras un ser enteramente macizo.
Una sensación indefinible, entre el estupor y el miedo, se asentó en su pecho y garganta cuando escuchó aquello. ¿Verle? ¿Es que acaso se estaba materializando? ¿Es que acaso… iba a tener un cuerpo? Después de todo ese tiempo, ¿su deseo se haría realidad? Miró a todos lados, buscando desesperadamente alguna evidencia que confirmara lo dicho por el osezno.
— Tus manos— dijo al aire, sin entender a qué venía tanto revuelo.
El chico entendió, sintiéndose súbitamente torpe. Extendió sus brazos al frente… y pudo verlas. ¡Los contornos borrosos de unas manos! ¡Manos! Y los brazos, ¡oh, los brazos! Vestidos con una holgada prenda celeste. Su rostro. ¿Tendría rostro? Llevó las manos hacia arriba. ¡Suave, era suave! ¡Había algo sólido ahí, blando! Necesitaba verse. Se volvió hacia Kumajirou en un acto casi involuntario, sumergiéndose en su negra mirada. Ahí, pequeñito, estaba el reflejo de un niño de no más de doce años. ¡Qué hermoso, qué… irreal! Se acercó más, fascinado por la figura, el cabello rubio oscuro y su boca abierta en una perfecta "o". ¿Ése era él? Era incapaz de creerlo.
— ¡Kumajirou, soy yo!
— Sí.
— Oh, es tan inesperado. ¿Desde cuándo estoy así?
— Desde que te encontré. Aunque en ese tiempo estabas más borroso.
Matthew no escuchó más. Giraba sobre sí mismo, reía, se echaba a correr con los brazos extendidos. Nunca antes se había sentido con tanta energía. ¡Un cuerpo, un cuerpo! ¡Iba a tener un cuerpo!
Regresó hacia Kumajirou, tomándole la cabeza para verse una vez más. Los ojos azul cielo le devolvieron la mirada. Pero… algo fallaba ahí. Ese rostro se le hacía demasiado familiar. ¿Dónde le había visto? ¿Dónde, aquella sonrisa traviesa? ¿Dónde, las mejillas sonrosadas y rellenas?
La realidad le golpeó unos segundos después.
— Necesito ir— le pidió nuevamente a su compañero.
— Te digo que no es buena idea. Ellos-
— ¡Por favor!
Kumajirou giró su cabeza, cortando el contacto visual. Matthew empezó a temblar. Le daba la impresión que en cualquier momento iba a desaparecer, por eso sentía la eterna necesidad de mirar a los ojos de Kumajirou, buscarse en esos negros espejuelos. Su vida se había llenado de sobresaltos similares. Todas las mañanas debía seguir una rutina que comenzaba con sus manos recorriendo temerosas su cuerpo, y terminaba en la contemplación de su imagen, fuera en los arroyos y lagunas, fuera en los oscuros orbes del osezno. Una rutina que repetía varias veces al día, y que llenaba su ser de alivio cada vez que la completaba. Había cogido la manía de hundir los dedos en su cabello, de enrollarlo un poco con el dedo índice, de llevarse la diestra a los labios para tocarlos ligeramente con las yemas. Kumajirou gruñía cada vez que le veía en tales quehaceres, y desviaba la mirada o cerraba los ojos. Sin embargo, y con el pasar de los días, otro asunto había cobrado vital importancia. Asunto en que su compañero de viaje tampoco quería ceder.
— No me importa así sea de noche, cuando no haya nadie despierto. ¡Pero déjame ir a esa casa! ¡Debo verle!
Un suspiro, un zarpazo contra su mejilla.
— Obstinado.
— Gracias.
Así, dos semanas después que cayera en cuenta que no era más un ser invisible, Matthew ingresó a la aldea donde le había conocido. Recordó la inquietud que había sentido la primera vez que se infiltró en aquella casa, cuando todos dormían y él era un invitado no deseado. Ahora sería peor. Ahora sí que corría el riesgo de ser descubierto. Sus movimientos ahora sí afectaban su entorno. Ya no era más aquel ser que podía atravesar cualquier superficie que tenía enfrente. Se había convertido en un ente más humano, translúcido, pero humano. Y eso le aterraba.
Tal y como la vez anterior, el pequeño estaba arropado en su cama, durmiendo con una expresión dulce en el rostro. ¿Así se vería él mismo cuando dormía? Tal vez, supuso, y se inclinó sobre el chico. Todo parecía estar bien. Su respiración era acompasada, y sus latidos tranquilos. Matthew sintió que todos sus miedos se esfumaban ante aquello. No le había pasado nada a ese niño. Seguía vivo. Y él, él estaba recuperando aquello que siempre debió haber tenido: un cuerpo.
Sonrió antes de alejarse de allí a paso lento.
Y... ¡corten! :D
Espero, como siempre, que haya sido de su agrado. Esta parte fue editada tantas veces que por poco causa que el fic se quedara estancado... pero finalmente me siento "satisfecha" con el resultado. En fin. ¡Cuídense y pasen lindas fiestas!
