"Fuego en las venas y alas en el corazón"
"Sin equipaje"
Capítulo II
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Arrancó el motor y condujo despacio en dirección a los acantilados. Con las ventanillas bajadas, como siempre, y conduciendo con un estilo no demasiado cuidadoso con el vehículo se adentró por una pista forestal mucho más despejada que las de los bosques del Norte y que descendía haciendo zig-zag y volviéndose cada vez más complicada hasta llegar a una zona donde la vegetación era tan densa que continuar en coche era imposible.
Se detuvo a un lateral del camino y bajó del coche. Tristan salió tras él y Diecisiete guardó el vehículo en su cápsula. El viento traía el aroma del mar y el sonido de las olas advertía de la cercanía de los acantilados.
Caminaron un rato por el sendero estrecho, sorteando ramas y raíces. No era un lugar muy transitado por caminantes y por eso era que a Diecisiete le gustaba ir por allí a pasear con Tristan. Pero el camino terminaba en el borde de un risco y continuaba del otro lado de un corto abismo de más de diez metros de profundidad, en cuyo fondo podía ver el agua del mar agitándose. Tristan lloró entonces y Diecisiete alzó las cejas.
—Venga, salta —dijo. Hasta entonces el lobo siempre había sorteado el precipicio dando un fácil salto, pero ese día se sentó frente al borde y emitió un quejido lastimero. Diecisiete bufó y lo alzó en brazos—. Perro viejo, gordo y tonto… —masculló.
Con el lobo en brazos, voló hasta el otro lado y lo depositó en la seguridad del suelo firme. Hecho esto, Tristan ladró feliz y continuó avanzando al trote por el camino que sabía ya no albergaba más peligros.
La senda descendía hasta una playa de rocas y aguas de color turquesa junto a la que había una cueva submarina y cuyo acceso era prácticamente imposible, por lo cual siempre estaba desierta. Un lugar perfecto para que Diecisiete pudiera disfrutar de la soledad.
Estaba tan acostumbrado a ella que en ocasiones, como esa mañana, la necesitaba para recargar energías.
Tristan comenzó a corretear, feliz, inspeccionando todo y ladrándole a las olas, y Diecisiete se sentó en la arena, dispuesto a no pensar en nada y mirar el mar, simplemente.
El brillo del mar. Nunca se cansaba de esa visión.
Era curioso: necesitaba la soledad pero a la vez, todo cuanto veía cuando disfrutaba de ésta le recordaba a Ruby hasta tal punto que había llegado a asociar la soledad con el rostro de su esposa. La veía en cada rincón, en cada forma, en cada tono dorado que el sol del atardecer arrojaba sobre la Isla Russet en la que trabajaba, tiñéndola de rojo. A pesar de estar acostumbrado a su vida solitaria y a las largas ausencias de su casa, Diecisiete añoraba a Ruby más veces de las que estaría dispuesto a admitir. Y cuando se detenía a mirar el destello que la luz arrancaba sobre la superfície del mar, como en aquel momento, veía el brillo de los ojos oscuros de Ruby como si la tuviera delante...
Diecisiete frunció el ceño en un gesto de extrañeza. ¿Qué diablos estaba haciendo? Añorarla en la isla era algo normal para él pero, ¿hacerlo ahora? ¡Ruby trabajaba a cinco minutos de allí! Podía hacerle una visita y molestarla un poco. ¿Cuándo le había importado a él la rigidez del trabajo para hacer lo que le daba la gana?
Miró su reloj y comprobó que sólo faltaba media hora para el almuerzo.
Se levantó, se sacudió la arena y llamó a Tristan. El lobo acudió ipso-facto y juntos regresaron sobre sus pasos sendero arriba.
...
Diecisiete detuvo el 4x4 ante un enorme complejo de edificios de aspecto sostenible, construidos a partir de grandes bloques de hormigón y con las paredes y el techo completamente cubiertos de musgo verde brillante que, por lo visto, contribuía a mantener la temperatura constante en el interior.
Salió del coche, y cuando Tristan saltó al suelo, rescató un collar y una correa de cuero del interior de un compartimento. El lobo lloriqueó con la sola visión de estos objetos y agachó las orejas.
—Esto me duele más a mí que a ti —le aseguró el androide. Guardó el coche en la cápsula y colocó el collar alrededor del cuello del lobo al que enganchó la correa. Tristan se sacudió, molesto, mientras avanzaban de esta guisa hacia la puerta principal de uno de los edificios, sobre la que había un gran letrero que rezaba: "Laboratorio".
Ambos entraron al edificio, Tristan olisqueando todo y él luciendo un aire especialmente despreocupado. Diecisiete siguió las indicaciones y lo que recordaba de su última visita, hacía cuatro meses, a esas instalaciones, y se movió por los largos pasillos de la sede central del MIR donde trabajaba su esposa. Ahora Ruby estaba en la zona de animales marinos, vigilando la adaptación de los cetáceos al medio salvaje.
Diecisiete pasó por varios corredores y descendió unas escaleras al final de las cuales había una puerta que salía a un gran patio sombreado por varias especies de árboles, al final del cual había una gran piscina comunicada con el mar donde se hallaban los animales que estaban en la última fase de tratamiento. Aquella piscina era el siguiente paso hacia la libertad.
Allí la vio, agachada junto al borde y hablando con una compañera que vestía un traje de neopreno, mientras tecleaba algo en la pantalla táctil de una tablet. Fruncía la nariz y entornaba los ojos en aquella mueca de concentración que siempre había compuesto cuando trabajaba. Ruby se apartó un mechón de la cara y lo colocó tras sus orejas. La cola de caballo en la que había recogido su cabello se movió de forma graciosa.
Diecisiete sonrió y sujetó fuertemente a Tristan al notar el primer tirón, no quería que Ruby se diera cuenta aún de que estaban allí, le encantaba mirarla sin que se diera cuenta. Aquel era uno de sus vicios inconfesos: Diecisiete era una especie de acosador secreto de su propia esposa. Pero no podía hacer nada por evitarlo, siempre le había gustado observarla trabajar e imaginar las absurdas ocurrencias que debían pasar por la aguda mente de su chica frágil y diminuta.
Pero entonces, Tristan ladró de aquella forma suya tan torpe, y Diecisiete rodó los ojos y chasqueó la lengua cuando ella volteó. El ladrido de su lobo era tan peculiar que no podía pasar desapercibido para Ruby.
Desde el borde del tanque les vio a ambos, a Tristan estirando como un loco de la correa y a Diecisiete sujetándolo con mano de hierro y mirándola con una sonrisa maléfica mientras se encogía de hombros en un claro gesto de "me atrapaste".
Ruby sonrió, dejó la tablet sobre una mesa de trabajo y caminó por el borde de la piscina, acercándose rápido hacia él.
—¿Qué hacéis aquí? —preguntó, sin ocultar su sorpresa, antes de posar un corto beso en los labios del androide.
—Pasábamos por aquí… —musitó él.
—Tonto. Has venido a verme expresamente —sentenció ella, sonrojada y feliz, mientras acariciaba las orejas de Tristan.
—Y si ya lo sabes, ¿para qué preguntas?
Ruby rió.
—Estaba a punto de ir a almorzar. ¿Vienes conmigo?
—¿Qué otra cosa iba a hacer, si no? —respondió él, con aire resignado. Ella volvió a reír y se aferró a su brazo. Y juntos pusieron rumbo hacia la cafetería del complejo.
...
Sentados uno frente al otro, con Tristan dormitando apaciblemente debajo de la mesa, se dispusieron a tomar los dos lo que cada uno consideraba un almuerzo: ella un plato de pasta y él un té. Aunque el androide comía siempre que estaba con su familia y en ocasiones lo hacía también en la isla, no tenía ninguna necesidad de hacerlo. Su cuerpo no necesitaba nutrientes debido a su sistema de energía inagotable.
Y aquel fue precisamente el tema central de la conversación.
—El día que deje de funcionar esa célula de energía tuya no sé dónde voy a guardar los tarros de mermelada. ¡Prácticamente es lo único que comes, Diecisiete!
Él sonrió de medio lado y dejó escapar una corta risa forzada.
—Los tarros de mermelada serán el menor de tus problemas, Ruby: el día que deje de funcionar mi célula de energía se acabará Diecisiete —musitó con tranquilidad, e hizo el gesto de rebanarse el cuello con la mano.
Pero ella rió.
—Si algún día pasara eso de verdad, con lo listo que eres no me extrañaría que encontraras la manera de seguir viviendo —admitió, y se llenó la boca de espaguetti.
—Funcionando, querrás decir —la corrigió él.
Ella alzó un dedo y aguardó a tragar antes de puntualizar de nuevo.
—VIVIENDO —repitió, y le miró con intensidad.
Él entornó los ojos y quedó en silencio. Ahí estaba, la mirada oscura que le arrastraba al borde del precipicio y le arrancaba hasta la capacidad de expresarse.
Sonrió levemente y buscó la mano de ella sobre la mesa. Sin decirse nada eran capaces de saber todo; tan sólo con una mirada y un dulce apretón de manos.
—¡Doctora Sinclair! ¡Qué suerte que la encuentro!
Ambos alzaron la vista. De pie junto a su mesa estaba el tipo del coche rojo que esa mañana se había detenido a saludar a Ruby, y la sonrisa se borró automáticamente del rostro de Diecisiete.
—Doctora, se me está complicando el tema del análisis de la estimación evolutiva de los opósums —dijo. Frunció el ceño en un gesto de preocupación y Diecisiete supo perfectamente que todo eso era una fachada. Ni opósums ni nada. El androide tenía claro lo que buscaba ese tipo. Pero mantuvo la boca cerrada y aguardó a que su esposa respondiera.
Ruby tragó otro gran bocado de espaguetti y movió el tenedor en gestos circulares antes de hablar.
—De acuerdo. Después le doy una ojeada, Marcus. Ahora estoy comiendo —aclaró, y sonrió amablemente.
El tal Marcus desvió la mirada de ella a Diecisiete que le miraba sin expresión alguna con aquellos ojos de color aguamarina tan perturbadores.
—Ehhh… —balbuceó. Ella miró a su esposo y abrió los ojos al máximo.
—¡Oh! ¡Lo siento! No os he presentado. Este es Marcus Rodrick, un nuevo investigador del departamento. Comenzó a trabajar aquí hace tres meses. Y, Marcus, este es mi esposo, Diecisiete.
—¡Diecisiete! —exclamó el tipo—. ¡Es un honor! He oído muchas cosas sobre ti, ¡eres fabuloso! —añadió, con una sonrisa de dientes resplandecientes.
La quijada del androide se marcó al apretar la mandíbula en un gesto amenazador.
—Ah, ¿sí? Te parezco fabuloso, ¿eh? —dijo con voz grave y aterciopelada—. Parece que no has oído lo que de verdad tienes que oír.
—Diecisiete… —dijo Ruby.
—¿Qué?
—No empieces a jugar con su mente...
—No lo estoy haciendo —aseguró el androide, componiendo la mejor de sus caras de inocencia.
Marcus rió con ganas y tamborileó con los dedos sobre la mesa.
—¡Tienes un gran sentido del humor, Diecisiete! Ya me lo habían dicho. Aunque, a fin de cuentas —musitó Marcus, y el androide divisó un brillo de maldad en sus ojos—, cuando se carece de altura el humor es la clave, ¿verdad? ¡El arma definitiva para llamar la atención! —concluyó, triunfante. Y se apoyó entonces con las dos manos en la mesa inclinándose hacia Ruby con una sonrisa seductora.
Pero la zoóloga no prestaba atención. Tan sólo podía ver a su esposo, cabreado como pocas veces le había visto, temiéndose no ser capaz de detener su ira esa vez.
Diecisiete contenía con dificultad las ganas de hacerle saltar por los aires en aquel preciso instante. "Te voy a dar arma definitiva…", pensó. Pero en lugar de aplastar sus sesos contra la mesa o lanzarle a través de la ventana, chasqueó los dedos.
Lo hizo por debajo de la mesa, y Tristan se levantó como un resorte y emergió de su escondite gruñendo y enseñando los dientes de forma amenazadora, igual que una fiera.
—Oh, Kamisama… Un lobo gris —dijo Marcus con voz temblorosa.
—Sí, un lobo gris. Dime, ¿de él habías oído algo? —canturreó el androide.
—Diecisiete… —musitó Ruby.
—Se come a los investigadores entrometidos enteros… —continuó él, su ceño fruncido al máximo y una sonrisa diabólica en los labios.
—Diecisiete, por favor….
—De un sólo bocado les arranca la tráquea. ¡Fíjate qué tamaño de mandíbulas! Todos los zoólogos quieren estudiarlo, es un ejemplar magnífico… Mmmh… Aunque tiene un poco de hambre, está a dieta, ¿sabes? —dijo en tono amable.
—¡Diecisiete!
—¡Pero no tengas miedo! —continuó el androide, ignorando el tono asustado de Ruby—. Por muy hambriento que esté, si yo no le ordeno que muerda, no lo hará…
Tristan temblaba en medio de sus gruñidos, el pelo del lomo erizado, la saliva derramándose al suelo y las orejas aplastadas contra el cráneo, y Marcus se alejó con precaución de la mesa dándole la espalda a la salida.
—Eso es… tranquilizador. Eh... Doctora Sinclair, luego la veo, más tarde, cuando tenga un momento, ¿vale?
Tristan le había hecho retroceder ya hasta la mitad de la cafetería, y cuando el tipo se marchó a paso vivo y desapareció por el pasillo, se relamió y regresó junto a Diecisiete moviendo la cola, orgulloso de sí mismo y consciente de que había hecho un buen trabajo. El androide le recibió con una enorme sonrisa y una caricia en las orejas.
—Buen perro tonto...
—Diecisiete, ¡deja de hacer eso! —gruñó Ruby. Él la miró con indiferencia— ¡Parece que te divierta asustar a mis colegas del trabajo!
—¿Tus colegas? —rugió el androide—. ¡Ese imbécil te estaba seduciendo! ¡Y delante mío! Ha tenido suerte de que no lo volatilizara…
Ella bufó, pasando por alto la parte de volatilizar.
—¡Por Kami, Diecisiete! ¿Quién diablos va querer seducirme a mí? Con treinta y cuatro años y los ojos llenos de arrugas…
Él entornó los ojos, sin comprender hacia donde estaba derivando la conversación de repente.
—¿Qué coño estás diciendo? ¿Quieres parar con eso?
—En el departamento hay un montón de chicas al menos diez años más jóvenes que yo —continuó Ruby, airada—. Y Marcus tiene… ¿Cuántos? ¿Veintisiete? ¿Veintiocho? ¡Es absurdo! Incluso tú debes haberte fijado en ellas mientras venías al patio…
—¿En quienes? —susurró Diecisiete. Se acababa de perder.
—Ellas sí lo hacen… —prosiguió Ruby, entre dientes—. Están todas como locas con el portentoso ranger de la Isla Russet que aparenta veinte años desde hace siete. ¡Y esta tarde será insoportable después de haberte visto! Parlotearán como gallinas y suspirarán como asmáticas...
—¿Trabaja más gente aquí? —la interrumpió él. Realmente no había visto a nadie mientras cruzaba el edificio hasta el patio—. ¿Es eso lo que intentas decirme ahora?
Ella le miró incrédula y tras unos instantes de silencio, rió.
—Escúchame bien, "Bichóloga" —dijo Diecisiete. Se inclinó hacia delante y atrapó de nuevo la mano de ella—. Yo no tengo ni tendré ojos para nadie más que no seas tú. Ya deberías saberlo —la mirada intensa del color del hielo perpetuo casi paró el corazón de Ruby, y la zoóloga dejó de reír. Diecisiete le hablaba muy seriamente—. El problema es que ese estúpido "ojos de pollo" tampoco los tiene…
Ruby explotó en risas de nuevo. Los celos de Diecisiete podrían ser destructivos pero en realidad eran cómicos. Y además…
—¡"Ojos de pollo"!
El teléfono de Ruby sonó en aquel momento, anunciando la llegada de un mensaje. La mujer lo sacó de uno de los bolsillos de su chaleco de trabajo y compuso una expresión de disgusto.
—Mmmpf… Vaya. Por lo visto hay complicaciones con los delfines. Se está complicando una parte del estudio —chasqueó la lengua y guardó el teléfono—. Tendrás que ir tú a buscar a los niños a la escuela esta tarde.
—Vale —respondió él, sin poner más pegas.
Ruby sonrió levemente y se levantó de su silla procurando que las patas no hicieran ruido. Tristan detectó el cambio y salió de su escondite nuevamente, mirando a su dueña con las orejas alzadas. El androide la imitó, sabiendo que la visita había llegado a su fin. Ruby tenía que regresar al trabajo.
Ser la directora del Laboratorio de Investigación no era una tarea fácil. Muchas veces tenía que salir más tarde para encargarse personalmente de la supervisión de algunos proyectos, aunque siempre le daba tiempo de recoger a los niños en la escuela. Pero cuando Diecisiete estaba en casa, aprovechaba a implicarse más en el trabajo, ya que él podía hacerse cargo de ellos.
Ruby le acompañó hasta la salida del complejo, caminando sin prisas y aferrada a su mano. Y cuando llegaron al exterior se detuvieron uno delante del otro.
—¿Qué te gustaría cenar? —preguntó la zoóloga. Él sonrió de medio lado.
—No es a mí a quien debes preguntar eso, "Bichóloga" —respondió, mirándola con escrutinio.
—Entonces, ¿te parece bien una pizza de mermelada? —preguntó ella. Diecisiete soltó una carcajada.
—¿Qué guarrada es esa? —replicó. Ella rió y rodeó su cuello con los brazos.
—Pediremos pizzas normales, entonces… —besó levemente sus labios y le miró desde aquella distancia tan corta—. Nos vemos luego.
Con la frente apoyada contra la de Ruby, Diecisiete vislumbró una figura asomada a la cristalera del piso superior, mirándoles directamente. Frunció el ceño al reconocer aquel tono bronceado y se dejó llevar por un impulso. Besó a su esposa de manera demandante, atrayéndola hacia él y casi obligándola a abrir los labios.
—¡Mmpf…!
El tórrido beso la hizo cerrar los ojos y él lo profundizó aún más, oyendo únicamente la respiración rápida de Tristan que les observaba con su habitual cara de bobo. Sus manos sujetaban el rostro de Ruby y sus dedos estaban medio enterrados entre los cabellos oscuros. Ella terminó por claudicar y se dejó llevar por la sensualidad de aquel beso. Y cuando éste terminó, con un potente sonido de succión, ella dio varias palmadas en los hombros de Diecisiete tratando de recuperar el aliento.
—¡Qué bestia eres!
—Ya lo sé… —jadeó él junto a su oreja. La mordió y Ruby dejó escapar un gritito.
Diecisiete dirigió una última mirada asesina a la ventana, donde vio la silueta de Marcus escabulléndose hacia el interior de forma ridícula. Luego volteó y comenzó a alejarse del edificio. Y cuando estuvo lo suficientemente lejos del alcance de los oídos de su esposa, hurgó en sus bolsillos en búsqueda de la cápsula de su 4x4 y murmuró:
—Que a estas alturas tenga que marcar mi territorio como un lobo, Tristan… Mejor nos vamos a buscar un buen lugar con suelo blando para excavar una tumba para el "ojos de pollo".
Tristan ladró torpemente como respuesta.
...
Por la tarde, Diecisiete puso rumbo a la escuela de sus hijos, conduciendo un aero-coche esta vez. Había dejado a Tristan en casa ya que a Ruby no le parecía buena idea llevarle para recoger a los niños; los otros padres no miraban con tranquilidad la presencia de un enorme lobo en la puerta de la escuela. Así que emergió de la nave solo y la guardó en la cápsula.
Miró su reloj. Había llegado casi media hora antes de que sonara el timbre de fin de clases. Suspiró y se sentó a esperar, con aire desgarbado, en un banco de madera que había a la sombra de un árbol frondoso de grueso tronco, al otro lado de la calle y algo retirado de la verja de la escuela. Las ramas bajas ocultaban su presencia casi por completo.
El colegio estaba en una zona muy poco transitada, con muchos árboles y zonas con sombra. Era un lugar idóneo para pasear tranquilamente pero, por lo visto, nadie pensaba como él. Ni un alma pasaba por allá a menos que se dirigiera directamente a la escuela. Allí no había tiendas o comercios de ningún tipo, de modo que Diecisiete miró la nada durante un buen rato, inmóvil en aquel banco y oyendo tan sólo el canto de los pájaros y el sonido del viento que mecía las ramas de aquel árbol.
¡Qué lugar tan desolador para situar una escuela! Aunque contara con enormes terrenos al aire libre y diversos edificios espaciosos, lo desértico del lugar lo hacía casi tenebroso.
Por el rabillo del ojo vio dos figuras que caminaban de la mano, muy lentamente, por la vereda de la valla de la escuela. Se detuvieron frente a la verja y se abrazaron amorosamente.
Se besaron. La chica, de piel tostada, rodeó el cuello del muchacho con los brazos y se dejaron ambos envolver en la pasión del momento y la soledad, ignorando la presencia y la mirada helada de Diecisiete. Se acariciaban, deteniendo los besos sólo para mirarse a los ojos.
A Diecisiete nunca le habían interesado ese tipo de cosas, a no ser que él mismo se viera implicado en ellas, con su esposa. Nunca había mirado a nadie que se regalara carantoñas en medio de la vía pública de aquel modo. Pero esa vez no pudo evitarlo.
No podía dejar de mirar aquel muchacho. Y cuando ella se separó de él y se despidió con un último beso antes de correr hacia los terrenos del colegio, Diecisiete no le quitó el ojo de encima a Blake hasta que el chico terminó de abrocharse los botones de la desarreglada camisa y desapareció a través de la verja.
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Nota de la autora:
Bueno, los niños crecen, ¡jajajajaj!
Me he reído mucho escribiendo esto, Diecisiete es el rey de las tribulaciones calladas. ¡Me encanta su mente!
¡Y Tristan! Añoraba demasiado escribir acerca de Tristan, de ellos dos juntos. Añoraba demasiado escribir a Diecisiete.
¡Muchas gracias por leer!
Dragon Ball © Akira Toriyama
