Yu-Gi-Oh! Y Death Note no me pertenecen, pese a mi amor por L y Jōnouchi Katsuya. Ambos pertenecen a sus respectivos creadores: Kazuki Takahashi, Tsugumi Oba y Takeshi Obata
Aclaración gramatical: Es universal el hecho de que los nombres propios se escriben con la primera letra en mayúscula. Para fines del Fanfic, "Mamá" y "Papá", "Madre" y "Padre" estarán escritos con la primera letra mayúscula pese a no ser un nombre propio. ¿Por qué? Porque los japoneses suelen dirigirse a sus padres usando un apelativo de respeto, por ello, la primera letra en mayúscula significará que el personaje se ha dirigido con respeto hacia sus padres.
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Capítulo 1: Precipicio
El miércoles 22 de septiembre del año 2012, Yura Sutori despuntó los ojos con el presagio abrumador de que no era necesario arraigar la superstición de levantarse con el pie izquierdo para predecir que un acontecimiento infausto sería el pan de aquel día. Había recibido el alba con la piel empapada de sudor, obsequio de la pesadilla que le hizo descomponer la cama como sucedía cuando ella y su futuro esposo se entregaban a una pasión desaforada. Por lo mismo buscó refugio en los brazos de su amado, pero las mantas frías debido a la ausencia de su cuerpo fueron su único consuelo.
Adusta, Yura renunció a las sábanas con el humor que entre sus conocidos tenía fama de ser muy peligroso, se cuidó de no desafiar la superstición posando primero el pie derecho, y abandonó la cama con el fastidio de no sólo ser incapaz de recordar la pesadilla, sino de que su futuro esposo, Jōnouchi Katsuya, hubiera olvidado la petición incesante de no partir al trabajo con el estómago vacío. Lo supo ya que acostumbraba a prepararle un desayuno bien cargado durante la noche, antes de acostarse, a sabiendas de que laborar en una empresa destinada a la creación de todo tipo de metales requería un horario puntual y ella no sostenía la impostura de levantarse temprano. Al desaposentar la habitación compartida, acaparó su mirada la lonchera intacta encima de la mesa, e impasible ante la idea de aglutinar en su cuerpo otra migaja de fastidio, prefirió hacer la vista gorda dirigiéndose al baño mientras caía al suelo el camisón negro que desde la mudanza repentina le había servido como pijama.
En tanto el agua de la ducha esfumaba los vestigios del sueño, Yura no conjugó esfuerzos a fin de rememorar la pesadilla, pues a diferencia de su melliza, Yura Sutori era el arquetipo de fémina que agregaba importancia a las cuestiones que, según la mayoría, no lo merecían y le quitaba a las que sí lo ameritaban.
Minutos más tarde, adhirió a su cuerpo la sencillez que irradiaba el pantalón negro combinado a la blusa rosa de mangas largas. Tomó asiento en el sofá verde oscuro no sin antes haber llenado un vaso de jugo e inició la misma rutina que había seguido una vez sufridos los trotes de la mudanza: buscar empleo en los anuncios del periódico.
Con el hueco de la pesadilla en su mente como quien tenía una piedrecita en el zapato.
Por esas horas, o quizás unos minutos después, Kisara se sirvió el último sorbo de jugo para dar término al rito matutino que constituía el desayuno. A su diestra, su hermano Ryo engullía presto la Sopa de Miso, a un lado suyo, su Madre pegaba los labios a la taza del té verde y, al frente, su Padre leía el periódico a la vez que tomaba por el asa una taza de café.
El silencio de los comensales le acordó que faltaba una silla por ocupar. La misma silla que Yura había sustituido por el sofá verde oscuro.
A menudo, Kisara padecía el cólico de vociferar en todos los rincones de la casa cuanto extrañaba a su melliza, pero nunca reunió el valor para esgrimirlo porque con ello llenaría las vísceras de su Madre de una bilis negra. Porque eso era Yura para su Madre: una bilis negra que le revolvía las tripas. Empero, ni acunando tal sentimiento ni en el transcurso del desayuno, la joven de pelo azulado presintió un mal augurio. Por tanto, agradeció la comida, hizo una reverencia corta y subió a su cuarto. Mientras que su melliza transitaba las inmediaciones de un Centro Comercial.
Horas más tarde, Kisara se perdía en las andanzas de Sakutaro "Saku" Matsumoto y Aki Hirose, protagonistas de "Un grito de amor desde el centro del mundo" (1). A contrapelo de Yura quien se debatía entre los ingredientes más adecuados para una dieta balanceada. No por atender su salud— en vista de que poco le importaba rayar el mediodía con un vacío en la boca del estómago—, sino por Katsuya, quien trabajaba como un burro desde las siete de la mañana hasta las cinco de la tarde. Por mucho que el pago y el suplemento del almuerzo recompensaran el sacrificio.
A las tres de la tarde, sin embargo, asaltó a Kisara el primer celaje de la muerte: Aki Hirose murió de leucemia sin poder llegar al Uluru tomada de la mano por Saku, y ella se colocó en sus zapatos a la par que imaginó a Seto portando los de su amado.
¿Si ese día le tocase morir, dejaría atrás la estela de un sueño incumplido?
El sueño de la joven era, por supuesto, llegar a la vejez con Seto a su lado. Mas la idea de no poder vivirlo aluzó su ingenio con la inventiva de sorprender a su amado con una visita sin anuncio a la Mansión donde residía. Pensando que, si desde aquel día vertía sus facultades en la tarea de conquistar, mediante pequeños detalles, cada día su corazón, en caso de que llegase a morir dejando la estela de un sueño incumplido, al menos iría al sepulcro con la satisfacción de haberlo amado hasta el último minuto.
Decidida, se vistió de azul, el color favorito de su amado, y la lumbre de la tela manifestó en su cuerpo la elegancia de lo casual. Sofocada por la emoción, cruzó la sala con la intención de recurrir a su melliza para embellecer su cabello. Entre el umbral y ella se interpuso de pronto la figura vigorosa de su Madre, en cuyos ojos azules todavía se admiraban los tonos del océano.
— ¿A dónde vas con semejante opulencia, hija mía? ¿A encontrarte con el Señor Kaiba? —Kisara no logró discernir si la pregunta escondía un sarcasmo incisivo o la preocupación que todo ser dador de vida cernía sobre su retoño. Pero por la forma en que su progenitora irguió el pecho e infló de orgullo los poros, supo de inmediato que sabía su respuesta mucho antes de siquiera realizar la pregunta.
El instinto de las madres era, en el sentido más amplio del concepto, aterrador.
—Iré a visitar a mi hermana— contestó asustada, más no arrepentida—. Luego me conduciré a la Mansión.
Yusura Bakura, con evidente desgano, volvió a ocupar el cepillo en sus hebras color humo y, además, decoradas por el peróxido de los años. Se miró en el espejo colgado en la sala, componiendo la postura en la que se hallaba previo a interceptar la salida de su hija.
—Ten mucho cuidado, Kisara. No vayas a dejarte mal influenciar por la rebeldía de tu hermana. Recuerda que tú eres diferente a ella. —La última oración, de modo particular, le pareció bastante irónica: ella y Yura eran tan parecidas que un número muy reducido de personas conseguían distinguirlas. Unido al hecho de que, en muchos sentidos, a ella le hubiese gustado tener en posesión algunas de las cualidades de su melliza. Como, por ejemplo, la osadía de contradecir a su Madre—. Tú eres culta, hermosa, y tienes los pies bien sembrados en la tierra. Sabes lo que te conviene, por ello has tomado la excelente decisión de iniciar una relación con un hombre atractivo, honrado, y que reúne las condiciones para responderte como marido a futuro. No como tu hermana, que se dio a la fuga con un delincuente de primera.
La muchacha quiso blandir un planteamiento a favor de su cuñado e infundir que sus sentimientos hacia Seto no estaban medidos en base a su posición social como lo insinuaba entre líneas. Empero, consideró la iniciativa una imperdonable falta de respeto. Su Madre sabía que así lo diría en su silencio, por tal razón continúo la perorata sin remordimiento alguno.
—No te puedo prohibir que la frecuentes, nada más pido no hacer caso de sus consejos.
Kisara resolvió dedicarle una reverencia efímera.
Irrumpiría en la pequeña vivienda de su hermana faltando media hora para las cuatro de la tarde, tal cual lo había previsto la Emperatriz de los Vivos. No obstante, le concedió el instante de felicidad con que apremiaba a sus víctimas: Yura se apresuró a expresarle cuánto la echaba de menos recibiéndola en sus brazos.
Desmenuzaron sus vivencias en la sala, tras Kisara merendar un trozo del postre que Yura había ideado para combatir el aburrimiento.
—Entonces hoy te tocará estar sola hasta las ocho— dijo, al tiempo en que Yura confeccionaba en su pelo la trenza más hermosa que podían preñar sus dedos.
—Así es. Pero al menos le pagarán las horas extras, de lo contrario lo hubiese amarrado a la cama con tal de no permitir que se fatigara de esa manera.
—Debe sentirse horrible permanecer sola tanto tiempo. Quizás podrías...
—¿Considerar la idea de pasar ese tiempo en casa? —Su consanguínea se percibió ofendida—. ¿Para qué? ¿Para que a nuestra Madre se le gaste la úvula escupiéndome a la cara que vivo con un delincuente, que soy la vergüenza de la familia y que espera con ansias el día en que me lluevan las aflicciones sólo para presumir que siempre tuvo la razón? Primero me pudro en estas cuatro paredes.
La joven de piel aterciopelada no pudo revelar en voz alta la tristeza que aquellas palabras le suscitaba. Mas lo dejó impreso con su silencio.
—Lamento si me he dado a mal interpretar— procuró resarcir—. No lo digo por ti, Papá o Ryō, pues muy bien sabes que soy capaz de surcar el cielo, sacudir el mar, mover la tierra y todo lo demás que pueda tomarse en el sentido más literal posible, cuando se trata de mi familia. Pero también sabes muy bien que nuestra Madre me aborrece tanto como si fuera yo un trozo de piel podrida que le hubieran sacado del vientre. —El tono repulsivo del que Yura hizo alarde, sin embargo, le resultó tan irónico como la oración de su Madre: se había escuchado igual a ella. Confirmando la opinión familiar de que, a semejanza con sus nombres, muy pocas cosas distaban a Yura de Yusura. Por tal razón, entre ambas nunca dejó de interponerse una barrera de contención.
Kisara no les concedía ni les quitaba la razón, sino que las complacía en partes iguales con su silencio.
—Listo, ya he terminado la trenza— indicó la propietaria de hebras blancas. Dando, por conveniencia, un giro brusco a la plática.
Su hermana se levantó del sofá, yendo pronto a mirar el resultado final en el cristal del espejo ubicado en la sala estrecha. Y un brillo celestial cubrió de súbito su cuerpo, trayendo de vuelta a las memorias de Yura el candor de la pesadilla.
Volvió a encontrarse de pie frente a un espejo, en lo que parecía ser la fosa de un precipicio. Un haz de luz marchita provenía de un hueco hacia arriba, lo que le permitía observar su reflejo en el cristal. Estaba intacto, pero al mirar sus manos, éstas comenzaron a resquebrajarse como fragmentos del cristal en cuyo interior se apreciaba su reflejo aún inmutable, y ella lanzaba un grito estentóreo mientras se desvanecía en un polvo de estrellas.
— ¿Yura?
En órbita con el tiempo en curso, la susodicha vislumbró a Kisara parada en el umbral, a punto de despedirse, y sintió el impulso aterrador de retenerla. Sin explicación aparente.
—¿Eh?
—Te agradecía por la trenza. Ya es la hora propicia para ir a la Mansión.
—No tienes nada qué agradecer. Eres bienvenida cuantas veces así te apetezca, Kiss— dijo, usando el apodo cariñoso para no transmitir el horror de revivir la pesadilla u arruinar la emoción de reencontrarse con su amado.
—Gracias nueva vez, Yu. Hasta pronto.
—¡Kisara!
Yura la detuvo izando una mano en el aire. Carcomida por un sentimiento repentino que rápido identificó como una secuela de la pesadilla.
—¿Sí?
Por eso bajó la mano, sin saber que con sólo mantenerla en alto por un segundo más, hubiera podido evitar que Kisara le fuese arrebatada por la Emperatriz de los Vivos o, la muerte, como todo mundo le conoce.
—Dile a Seto que todavía sostengo la promesa de castrarlo si se atreve a lastimarte.
Y esa fue la última vez que a Kisara Sutori se le vio sonreír. Pues dos horas y media más tarde, cuando la aguja chica del reloj señaló el número ocho, Yura recibió la primera llamada de su progenitora. Por una cuestión de orgullo no contestó en el primer timbrazo, pero tras un tercero se obligó a fundirlo en sus vísceras.
—Se nos fue, Yura.
La voz lacrimosa de su Madre provocó que Yura se sintiera tan resquebrajada como lo había estado en la pesadilla.
—¿Qué... Qué quieres decir con eso?
—Kisara... Nuestra Kisara se ha suicidado.
— ¡Por fin devuelta en casa! Hoy ha sido un día tan duro que... ¿Yura?
— ¡YURA!
(1) Novela escrita por Kyoichi Katayama.
