Capítulo 3: Atrapado.
Eran finales de Octubre. El viento helado que venía de las tierras superiores comenzaba a azotar a Japón con furia y pertinencia. El otoño comenzaba a ceder su lugar como estación templada y las bajas temperaturas hacían más que obvio el cambio de temporada. La hazaña de ir en busca de ropas más abrigadoras comenzaba a ser una prioridad para los habitantes.
A pesar de haberlo negado en un comienzo, Ikki no fue la excepción en la búsqueda de las prendas más calientes que se encontraran en su armario. No dejaba cabida en su cabeza a la sensibilidad al frío y mejor buscaba la forma de que su cuerpo desarrollara la resistencia a este mal de temperatura; aunque, tal como le ocurre con la lluvia, terminó resfriándose.
Ahora, se encontraba en la casa de Mime, como ya era costumbre, postrado en la cama y siendo atendido por el de ojos amatista como si se tratara de un niño pequeño.
—Te lo dije —acotó el mayor con suficiencia, reprendiéndole por no haber tomado las medidas que antes le haya dado—. La próxima vez que pienses en ir a un lago asegúrate que sea en una estación CÁLIDA. Y yo estando cerca para asegurarme de que no cometas una estupidez.
Ikki soltó un bufido en señal de que comprendía la represalia de Mime. Intentó levantarse de la cama pero el termómetro que el otro le haya puesto en la boca se lo impidió. Estuvo a punto de atragantarse con este de no ser porque… bueno. En realidad se atragantó.
Tosió un par de veces y acto seguido la intromisión en su boca fue extraída mientras era checada por el otro.
—39° Celsius —se lamentó observando el instrumento y dejándolo abandonado en la mesita. Se alejó un poco de la cama y fue al lavabo que había en el baño.
Ikki lo observó alejarse, ahora se lamentaba el no haber tenido cuidado de su salud. No por el hecho de enfermarse, sino por los cuidados extremistas que el de cabellos naranjas le ofrecía. Soltó un suspiro en pos de calmarse más la tan necesitada tranquilidad no llegó a su ser, debido a que el aíre no cruzaba con incipiente facilidad sus fosas nasales. Estaba que se lo llevaba el Hades.
Cuando el otro salió del baño, se encontró con Ikki maldiciendo por lo bajo y no pudo sino reír por la escena. El menor se aseguró de asesinarle con la mirada y Mime se acercó a la cama.
—Asegúrate de no saltar a ningún lago mientras me encuentro fuera de la casa —le anunció—, voy a la farmacia a comprar tus medicinas. NO tardo.
Ikki soltó un impropio mientras le observaba alejarse y soltó aíre por la boca. Ya que no podía hacerlo por la nariz probaba suerte por la tráquea.
Mime cerró la puerta tras de sí y caminó con tranquilidad hasta llegar al local en el que se encontraban las medicinas. Cuando llegó a este se acercó y pidió las drogas para su amigo en cama.
Ikki, contrario a lo que el otro le había ordenado, se había fugado de la cama y ahora se encontraba escribiendo un texto en su celular. Al menos en esa ocasión se lo había llevado consigo, pensó al recordar la primera noche habitada en aquella casa.
Y hasta aquel punto de su amistad, se daba cuenta de lo cómodo que se sentía dentro de la estancia; ya no se incomodaba al ser invitado a esta ni mucho menos se proponía negar la invitación. De hecho, ahora sentía aquella más su casa que el departamento que habitaba.
Frunció los labios al saber semejante dato. Se propuso salir de la estancia pero ahora no tenía ninguna intención de provocar los cuidados de Mime, por lo que se regresó a la cama y siguió redactando el mensaje a Shun.
‹‹Me encuentro muy bien, Shun. No tienes de que preocuparte›› Sabía que le mentía y que el otro probablemente no le creería, pero no quería a más personas preocupadas por su estado de salud. Con Mime tenía más que suficiente.
Dejó el celular en la mesa de noche y se cubrió con las sábanas. La calidez de estas terminó meciéndolo y se quedó dormido antes de darse cuenta. Al tiempo que la inconsciencia se apoderaba de su psique, Mime entraba en la casa, con una bolsa en mano checando en el ticket que todo estuviese correcto.
No se esperaba con encontrarse al otro dormido.
Cuando subió al cuarto (del que se había apoderado Ikki, ya no sería más el de invitados) le sorprendió el observar a los brazos de Morfeo sobre su escritor y no pudo sino soltar un suspiro. Necesitaba despertarle, puesto que los medicamentos los necesitaba ingerir en ese momento.
—Ikki. Despierta —susurró con suavidad, el menor hizo un gesto queriendo ignorarle y Mime no tuvo otra alternativa que subir el tono de voz—. Ikki —reprendió.
El aludido pareció despertarse, mas cuando comenzaba a abrir los ojos los cerró y le dio la espalda al editor. Mime llamó a toda su paciencia para no ponerse a zarandearlo por los hombros.
—Ikki, tienes que tomarte la medicina —incitó al otro para que se levantara. Un esfuerzo inútil por supuesto.
Como no tenía otro remedio, lo primero que pensó fue el quitarle la sábana que le cubría de abrupto. Para ver si este así se levantaba para cubrirse.
Pero recordó que Ikki no era alguien friolento. Maldijo por lo bajo. Entonces fue cuando pensó en su teléfono.
—Es cierto —se dijo.
Todas las personas en la actualidad, sin excepción, se habían vuelto muy dependientes del aparato electrónico y sin duda, el menor contaba entre "todas las personas."
Por lo que, sacó su propio teléfono y marcó los dígitos que representaban al moreno. No tardó más de tres segundos en escucharse el tono de timbre de Ikki. Este, fastidiado por el ruido se levantó de su lugar.
Ignorando olímpicamente la presencia de su editor, cortó la llamada y se giró con el propósito de seguir durmiendo.
Mime, harto de aquello simplemente se lanzó contra el otro, haciendo que abriera los ojos de abrupto. Esperando que fuese alguien fuerte su instinto lo había despertado. Pero al ver que era él se permitió bajar la guardia y antes de darse cuenta sus manos estaban sobre su cabeza. Imposibilitadas de movimiento alguno por estar aprisionadas por las del mayor.
— ¡¿Qué crees que haces?! —vociferó observándolo. Mime, divertido se posicionó sobre el otro para captar toda su atención.
—No te despertaste cuando te lo dije por las buenas —acotó con una sonrisa maliciosa—. Ahora te atendrás a las consecuencias. Un minuto así, de castigo.
— ¡Bájate idiota! —Tomó una pausa para seguir maldiciéndole—. ¡Cabrón!
Sin poder evitarlo, las mejillas del menor sufrieron un cambio drástico de color. Pasaron del amapola por la fiebre, al carmesí por la vergüenza. Sentía la entrepierna del otro contra la suya y el pudor se vio reflejado en sus mejillas y mirada. No queriendo parecer incómodo buscó algo a su alrededor para fijar la mirada. El problema yacía en que el cuerpo del mayor ocupaba todo su campo de visión.
Mime, divertido por el reflejo de incomodidad en el otro no pudo evitar sonreír al saber que se encontraba sufriendo. No es que le gustara verlo sufrir, pero todas las personas merecían ser castigadas alguna vez.
Queriendo hacerle sufrir más, recargó más de su peso contra el otro. Ahora se encontraba más cerca de su rostro y le parecía divertida su expresión. Soltando una risa pícara, le sonrió.
— ¿Aprendiste la lección? —Cuestionó divertido. El orgullo de Ikki no le permitía verle a los ojos pero soltó un gruñido que sonó satisfactorio a los oídos del otro—. Bien, me bajaré y tú no te dormirás. Tomarás los medicamentos y después de eso ya puedes hacer lo que se te antoje. ¿Comprendes?
—Sí —respondió molesto. Sólo esperaba que el otro bajase ya, porque el pudor le estaba ganando la batalla.
De forma lenta y tortuosa, el otro dejó su peso a un lado y pasó su derecha sobre las piernas del otro. De forma inconsciente acercó su rostro al del menor, puesto que necesitaba hacerlo para poder bajarse sin soltar sus muñecas.
El rostro de Ikki no cambió de color en ningún momento. Ni siquiera cuando el otro soltaba sus muñecas de forma suave y provocadora. El menor torció la boca por la impaciencia y tuvo un creciente impulso de partear al mayor, para ver si es que este ya se bajaba.
Mime, cerró la puerta tras de sí cuando salió de la estancia, dejando solo a Ikki con las varias medicinas que el comprase hace sólo un cuarto de hora. Sin saber con exactitud cuál tomar optó por dejarlas ahí un rato.
Su rostro no abandonaba el color carmesí que había adquirido y decidió que lo mejor sería mojarse el rostro, para ver si es que de alguna manera lograba tranquilizarse. De la forma más silenciosa que pudo salió de la cama y caminó en dirección al lavabo. Esperando que la madera bajo sus pies no crujiese, tomaba cada paso con la mayor precaución de la que era capaz. Como si su vida dependiese de eso se metió al cuarto y caminó un par de pasos hasta llegar al grifo.
Dejó que sus manos fuesen cubiertas por la sensación de frescura y humedad durante unos cuantos segundos para después lanzar todo aquel líquido que había atrapado entre sus palmas con destino a su rostro. El agua no tardó en impactar y soltó un suspiro de alivio cuando sintió el frío recorrer sus poros.
Se quedó estático durante un par de segundos, preguntándose si es que ya no había ningún sonrojo en su rostro que no fuese propiedad del resfrío que ahora sufría. Abrió los ojos para ver si es que ya no lo hacía.
Pero no había por qué estarse avergonzado, ¿o sí? Y, en el caso de que si lo hubiera, ¿por qué lo hacía? ¿Qué era lo que le había puesto el rostro de aquel modo? ¿El hecho de que el otro hubiese estado encima de él? Probablemente. Pero, ¿qué parte de todo eso? ¿Lo fastidioso que podía llegar a ser? ¡No! ¿La cercanía de sus cuerpos? Tal vez.
Frente a todo eso, ¿por qué se alarmaba tanto? … No supo contestar aquella pregunta a pesar de haberla formulado durante varios minutos en su cabeza.
Salió del baño y sacó de la bolsa las medicinas que el mayor trajo para él. De la mesa de noche también tomó un vaso de agua que acompañaba a las cajas con pastillas entregadas por Mime. Sin darle mucho tiempo a negarse tomó aquellas y con ayuda del líquido pasaron pronto por su garganta.
Después de saber que el otro no le regañaría volvió a meterse en las sábanas. Ahora la cuestión es que el sueño se le había espantado y no podía hacer nada.
Pensó en escribir un poco, pero su editor se lo había prohibido si su salud se interponía de por medio. Bufó fastidiado, sabiendo que ahora no tenía nada que hacer.
Posicionó una de sus manos encima de su cabeza y se dispuso a observar el techo durante lo que le parecerían después horas hasta que se quedó dormido.
Cuando aquello ocurrió, Mime se encontraba subiendo las escaleras, para ver si el otro ya se había tomado los medicamentos.
Al ver el vaso de agua a la mitad y las cajas de las pastillas saqueada confió en que el otro le había obedecido. Por si acaso se acercó para tomarle la temperatura.
Puso una de sus manos en la frente del otro. Al contacto con su fría palma el moreno tembló un poco, sin despertarse en ningún momento.
En efecto, ya se le había bajado la fiebre y ahora sólo necesitaba descansar. Se acercó y depositó un beso en la frente del otro, de forma tímida y esperando que no lo despertase. Sonrió al ver que aquello no había ocurrido. Sostuvo su mano durante algunos segundos y después de ello le observó tiernamente; lo único que aquella oscuridad en la habitación parecía no tragarse, era el brillo que emanaba de los ojos de Mime al observarlo.
—
Primero de noviembre e Ikki comenzaba a despertarse de un largo sueño. Pero no le importaba, ya que al abrir los párpados se sentía de maravilla.
Lo primero que hizo fue desperezarse de aquel letargo que dominaba su cuerpo. Después de estirarse un poco sus sentidos comenzaron a recobrar fuerzas y observó a una maraña de cabellos naranjas a la orilla de la cama. Soltó un exhalo de resignación.
No es como si la enfermedad que le había aquejado fuese mortal y tuviera que quedarse todo el día con él. Tampoco es como si fuera un niño pequeño a quien se necesita proteger.
Con aquellos pensamientos en mente, se levantó de la cama e intentó no levantar al mayor. Cosa que difícilmente logró debido a que lo puso en la cama para que descansara al menos un poco.
No sabía que había dormido todo el día, hasta que vio el calendario marcado por el mayor en el cual ya no se encontraba el décimo mes como portada; y ahora su lugar era ocupado por el onceavo mes. Abrió los ojos a más no poder y se quedó viéndole hasta que las pisadas de Mime le hicieron volver a la realidad.
El otro se encontraba bostezando al tiempo que bajaba de forma lenta las escaleras. Con una mirada de cansancio buscaba no tropezarse con los grandes maderos por los que descendía y de forma cautelosa posicionaba los pies sobre los escalones.
—Buenos días —saludó de forma automática. El menor tardó un par de minutos en responderle, cosa que pareció pasar muy rápido para Mime. Quien se estaba muriendo del sueño y ahora se arrepentía de levantarse a esa hora.
—Buenos días —secundó después de siglos Ikki. Observó el trayecto que seguía Mime quieto hasta que se propuso el vigilar que el otro no tropezase con nada en su camino a la cocina.
Cuando entró en esta se propuso el vigilar por la salud del mayor y optó por ayudarle a preparar el desayuno. O decirle que descansara. Ambos eran buenas opciones.
—Mime… —comenzó tomando un par de platos de la alacena. El otro respondió con un sonido intangible, esperado para despistar al menor de su falta de horas de sueño pero siendo fracasado al final—. Creo que necesitas descansar. No se te nota bien.
— ¿Por qué lo dices? —Objetó el otro observándole cansino. Ikki observó el café que el otro tenía en una mano y cuchara en la otra.
—Porque estás tomando sal en vez de azúcar —respondió señalando el contenido de la cuchara. El cual se distinguía fácilmente debido a que el dulce era más cristalino y fino que el cloruro de sodio. Mime, atontado por su falta se levantó de su letargo y despertó.
—Eh… —atinó a tartamudear. No tenía ninguna otra objeción a la represalia que el otro le había dado y menos una razón para excusarse. Puesto que no podía mentirle fácilmente.
Cerró varias veces la boca después de haberla abierto y ver que lo único que salía de esta eran bacterias, que por supuesto no lo daban a entender.
Ikki le observó en silencio durante varios minutos. Enojado probablemente, pero Mime estaba seguro que no cambiaría de idea. Por fin, atreviéndose a responder separó los labios por enésima vez y habló.
—No te preocupes, no es nada de que debas dar prioridad —tomó una pequeña pausa para tomar aíre—. Te lo aseguro.
Ikki suspiró, resignado y dejó el tema de lado. A pesar de que la curiosidad le carcomía demasiado. Y el deseo de hacerle descansar era inevitable.
—
Sin preguntárselo a Ikki, Mime había decidió descansar del libro por al menos una semana. El trabajo era agotador y ya casi estaba completo pero, todavía tenían un gran plazo para entregarlo. Así que prisas por escribirlo no había.
Por lo que había decidido que aquel no tocaría su computadora, menos su propio hogar durante aquella semana. Y tomarían aquel tiempo en una casa de campo perteneciente a la familia del mayor.
— ¿Pero, y mi ropa? ¿Qué hay de mi propio espacio personal? —Cuestionó cuando su amigo le mencionó la idea. Mime pareció pensarlo seriamente durante severos minutos.
—Tomaremos un rato para que realices una maleta, sólo será una semana. No seas un adicto al trabajo —aconsejó con sus orbes amatistas gentiles y risueñas como siempre.
— ¿Y tú? ¿No tienes un trabajo que atender? —Acotó serio. Intentando llevarle la contraria al hombre de cabellos zanahoria frente a él.
—No esta semana. Al menos es lo que nos han dicho a nuestra área —Aseguró diciendo en otras palabras "no te escaparás."
Ikki, no tuvo otra opción que aceptar la propuesta y entrar a su apartamento para tomar varios cambios de ropa y seguir al mayor.
¿Por qué no se negó? Quién sabe.
Seis horas más tarde, Ikki se encontraba durmiendo —incómodamente— en el asiento de copiloto mientras Mime conducía por la larga y desocupada autopista.
Sus manos apenas y se movían en milésimas pero era sólo en contadas ocasiones. La luz que los faros frontales brindaban apenas y era suficiente para alumbrar la carretera en la que transitaban.
Escuchó su teléfono sonar. Se mordió el labio sabiendo que se trataba de Shun, seguramente sería un mensaje preguntando sobre su Nii-san ya que ahora este se encontraba todo el tiempo en su cercanía.
Pero no podía responderle ahora, se encontraba conduciendo y no podía dejar de prestarle atención al camino sólo por hablar con su Kouhai. No podía. Y menos encontrándose tan cerca del destino de viaje.
Sin que se diera cuenta, los ojos de Ikki se abrieron y de forma somnolienta los frotó. Soltó un bostezo para desperezarse y acto seguido observó extrañado al mayor mientras conducía el auto. Pensando que el otro se encontraba pensando en la carretera se sorprendió de que este le hablara.
— ¿Descansaste? —Fue lo primero que salió de la boca de Mime después de varias horas.
—Lo hubiera hecho de no ser por lo incómodo de los asientos —informó reacomodándose un poco sobre su asiento.
—Oh, cuánto lo lamento —respondió sonriéndole al vidrio frente a él. Sin poder evitarlo soltó una ligera risa.
—Suenas como si no lo hicieras —murmuró para sí el menor. Para que el otro no tuviera oportunidad de responder a aquello preguntó—: ¿Ya casi llegamos?
Mime sonrió y con su derecha tomó el freno de mano. Giró la llave del auto y viró su rostro a Ikki.
—Ya hemos llegado —sonrió.
Ikki se esperó a que el otro se bajase del vehículo para ver si en verdad se encontraban en su destino.
— ¿Qué esperas? ¡Sal del auto! —Le gritó Mime abriendo el compartimiento trasero y sacando las maletas. Ikki, perezado por el sueño interrumpido se levantó de su lugar con pocos ánimos y; con la esperanza de terminar aquel día en una cama se acercó al otro.
Mime, se encontraba bajando las maletas del vehículo cuando observó al otro y sus enormes ganas de dormir.
—Ayúdame con las maletas, y después de eso puedes dormir todo lo que a ti te plazca —aseguró entregándole una de las pequeñas. Ya que si le entregaba una grande, el sueño haría que se derrumbara con el peso de esta.
—De acuerdo —respondió somnoliento. Con la mochila en mano, acompañó al otro a la entrada de la casa.
Estaba muy oscuro, por lo que a Ikki poco le interesaba el observar la casa y lo que más pedía su mente era el descanso. Dejó la maleta tocar el piso tan pronto entró en la madera del hall y ahí fue directo a buscar al mayor.
— ¿Dónde se encuentran las habitaciones? —Preguntó al largo pasillo, esperando recibir la respuesta de Mime.
—Hasta el final de la casa —informó el mayor. Ikki resopló fastidiado. Pero apresuró el paso para llegar al lugar indicado por el otro y cuando llegó encendió el foco de la habitación.
Esta se encontraba habitada sólo con muebles básicos: una cama, un armario y una mesa de noche. Mucho más sencilla que la que ocupaba en la casa de Mime. Hasta los colores que adornaban las paredes —gris opaco y algo parecido al blanco cenizo— parecían muy sobrios y faltos de vida. Un pensamiento "positivo" cruzó su mente, el cual no pudo evitar exteriorizar.
—Qué encantador —realizó una mueca. Definitivamente su pasatiempo favorito no era el ser secuestrado por su, ahora mejor amigo y editor a realizar un viaje en el cual se pasaba TODA una semana fuera de la ciudad. Sin aparatos electrónicos más que el teléfono y los extras de la casa.
— ¿Qué? —Preguntó una voz detrás de él.
No supo en qué momento, ni cómo; pero estuvo seguro de que lo vellos de su cuello se tensaron al escucharlo tan cerca de él. Casi pudo jurar que escuchaba como se le movían los hombros al otro al evitar soltar una sonora carcajada, algo tan típico de Mime.
— ¿Qué haces en mi habitación? —Pudo decir después de que la risa se disipara en su voz. El menor, que lo había observado la mayor parte del tiempo sonreír se sentía extraño cuando Mime tenía una expresión de absoluta seriedad y comprensión.
—Me dijiste que las habitaciones se encontraban en el fondo… —intentó explicarse fallidamente Phoenix.
—Ajá. Pero me refería a la más cercana del fondo, no era necesario doblar el pasillo y llegar hasta aquí. —Aclaró Mime gesticulando con sus manos la curva que el otro había seguido para cruzar el pasillo y llegar hasta su habitación—. La habitación de huéspedes, según sé, se encuentra en el cruce del pasillo que da luz a esta habitación y la entrada principal. En el segundo piso se encuentra la habitación de mi hermano y la de mis padres. Aunque ahora yo utilizo la segunda para guardar cosas que ya no necesito.
Ikki sintió como la vergüenza se traslucía en sus mejillas a modo de color rojo, era brillante y encantadora. Mime después de ver aquel gesto relajó las facciones en su mirar y cambió la seriedad en sus labios por su habitual sonrisa.
—Lo lamento. —Se disculpó. Hizo un gesto con las manos y bajó la cabeza sin dejar de sonreír—. Odio que la gente entre en mi habitación y tiendo a decir mil y una excusas para enojarme con ellos que no son las mejores para replicar. —No dejó a Ikki hablar en ningún sólo instante, puesto que continuó hablando—. Soy muy receloso con mis pertenencias y por lo tanto no dejo que las personas se acerquen mucho a ellas.
Ikki entendía aquel sentimiento. No podía decirlo con palabras exactas pero, el mejor ejemplo con vida que tenía en aquel momento era Shun. Cuando su pequeño hermanito no paraba de hablar de un "Senpai" no pudo evitar sentir una ola de celos arrasadora y constante.
‹‹Senpai esto, Senpai aquello›› y bla, bla, bla. Era como escuchar el parloteo y adulación constante hacía una persona sobrevalorada, algo así como una estrella de rock o un artista. Algún personaje del renacimiento e inclusive un guerrero de la nación… una persona que ha investigado a cualquier ejemplo se comparaba fácilmente con su hermano que sólo sabía hablar de Karimoto-Senpai.
Por al menos cuatro o cinco meses, Ikki se había guardado aquellos sentimientos de celos e ira en lo más profundo de su garganta. Nunca se los había dicho a Shun, sin embargo tampoco se los cayó para él solo.
¿Un psicólogo? Puras pamplinas. Jamás acudiría a algo así. La razón de su mal de ira era algo verdaderamente irracional y sin sentido, sin embargo lo que más le ocurría cuando su hermano lo nombraba era un dolor que le atravesaba el estómago.
Dolor. Una sensación que odiaba con toda su alma y que tampoco podía evitar cuando su hermano hablaba de esa forma de… en realidad de cualquier persona.
—…Tierra llamando a Ikki, tenemos un problema de centralización. ¡Aborten la misión! —Respondió Mime chasqueando los dedos frente a Ikki. Este, quien había tenido la mirada perdida en, probablemente, alguna de las sábanas de la cama de Mime lo observaba extrañado. Al menos hasta que el otro llamó su atención — ¿Me escuchas?
— ¿Perdón? —Susurró sorprendido.
—Te preguntaba si querrías cenar a pesar de ser a esta hora. Fue un viaje agotador y no hicimos paradas por capricho propio —soltó al tiempo que se sentaba en la mullida cama. —Por lo que ¿Cuál es el platillo que usted ordena desear?
Adoptó una reverencia, cosa que hizo a Ikki sonreír un poco. Ganándose una sonrisa cómplice de Mime quien esperaba ansioso por la respuesta.
—Vamos, responde rápido. El piso de mi cuarto siempre ha sido frío y lleno de polvo —apuró observando con molestia al suelo que se encontraba bajo de él.
Ikki dejó de reír.
—No tengo apetito —finalmente respondió —, como dijiste, fue un viaje cansado y el sueño no ha desaparecido de mí desde que me despertaste de mi incómodo y relajador sueño. —la penúltima palabra no la pronuncio muy seguro. Realizó una mueca al sentir como su cuello le corregía. MUY relajador sueño, en realidad.
—De acuerdo —accedió Mime levantándose del suelo y limpiándose las rodillas con simples pasadas de su mano, todo el polvo que estas adquirieron. —Pero si mañana te encuentro durmiendo en el cuarto de mi hermano, te aseguro que no será una semana el tiempo que te quedes aquí encerrado.
Encerrado era una palabra muy fuerte. Hacía a Ikki pensar en un calabozo, sin libertad alguna. Ni siquiera por eso le dejaba de gustar la forma en la que el otro la había utilizado de analogía para su triste realidad.
Pero no se encontraba encerrado. Si él quisiera, hubiera podido rechazar el viaje en primer lugar. Luego, se encontraba la posibilidad de tomar el auto por la noche, manejar por una autopista que no conocía y direccionarse por dónde no sabe. E ir por su computadora y escribir a escondidas de Mime.
—Sin lugar a dudas es un plan perfecto —pensó en voz alta sonando altamente apático. Abrió la puerta frente él y encendió la luz con cautela esperando que aquella fuese la correcta.
Abrió los ojos con sorpresa.
Era idéntica a la que Mime tenía en su propio apartamento.
El mismo modelo de cama, mismo tamaño, cambio de sábanas y las tonalidades de las paredes; tres de color blanco y una de color naranja. A través de esta se podía ver una puerta la cual no dudo ni por un instante, debía de ser el cuarto de baño. Se preguntó si es que en aquella habitación había una compuerta para el cuarto de lavado.
Cuando salió de su asombro, sus hombros se relajaron de inmediato y de una forma extrañamente particular, se sintió en su propia casa. La cual tenía desde hace poco tiempo en realidad.
Caminó de forma lenta en dirección a la suave y voluptuosa cama y se recostó en esta para ver si es que de igual forma se sentía como la que había en la habitación de la casa de Mime.
En efecto, se sentía relajante y sobre todo invitándole a que se recostara sobre esta y durmiera durante varios días seguidos si es que era posible para él hacer tal cosa.
Aquella era una sensación tan familiar para él, y a la vez era tan acogedora. Que resultaba inevitable el revolcarse como gato sobre la tela que cubría el colchón y dejarla igual que un nido.
Se sentía tan bien.
—Tan perfecto —se aseguró a sí mismo abrazando a la almohada y asegurándose que quedara entre sus manos.
Era tan extraño que sólo hubiese pasado seis horas fuera de aquella casa, sin embargo el asiento del auto de Mime era una experiencia traumatizante, y lo que necesitaba en aquel momento era una reparadora siesta en un lugar conocido.
Se levantó, apagó el interruptor de luz y dejó que los brazos de Morfeo le dieran una cálida y cómoda bienvenida al reino de los sueños.
—
A las nueve de la mañana, el sol se encontraba calentando la habitación del chico de cabellos azules. Por una de las ventanas que había abierto daba una brisa deliciosa y el trinar de los pájaros al emitir una dulce melodía incitaban a Ikki a dormirse todo el día.
Al menos hasta que escuchó un sonido estridente, molesto y apausado provenir desde fuera de su habitación. Abrió los ojos con un poco de recelo y soltó un gemido. Intentó golpear a una fuerza invisible llamada pereza y al levantarse casi se cae de la cama.
Se pasó la mano por la boca pensando en que probablemente había dormido tan relajado… que el haber babeado debió ser inevitable. Para su buena suerte él logró esquivar aquello.
Se pasó la mano por la cabeza, y escondió el rostro entre sus rodillas. No tenía ninguna intención de salir de la habitación, y menos cuando la naturaleza te invitaba a quedarte dormido hasta que llegara un momento en el cual tu cuerpo ya no puede más.
Caminó con lentitud en dirección al cuarto de baño y se lavó el rostro en el lavamanos. Se sorprendió cuando este tenía de diferentes colores el diseño interior pero, al recordar la decisión precipitadamente tomada el día anterior por su amigo logró que ningún sonido fuese emitido por su garganta.
Cerró la puerta del baño detrás de sí y caminó por el largo pasillo del Hall, hasta llegar a una conexión a la cocina.
En esta, se encontraba el mayor licuando algo de consistencia espesa y con un color verde de tonalidad extravagante para Ikki, quien dé sólo verlo, pensaba al instante en vómito.
—Podrías bajar el sonido del ruido —molesto, y resuelto a que el otro le prestara atención, dijo. Alzo sus brazos para intentar estirarlos y lograr atrapar con los brazos alguna energía que le dejase sobrevivir aquella mañana —me despertaste.
Mime paró de repente la licuadora, lo observó confundido y cuando le prestó verdadera atención, más de verlo directamente a los ojos, sonrió.
—Oh, lo lamento. Verás… —se excuso. Rodeó la barra de la cocina y se acercó a Ikki para saludarlo con algo de propiedad— estaba preparando un jugo verde, ¿quieres un poco?
— ¿Jugo verde? —Repitió extrañado.
—Consejo de tu hermano —respondió la pregunta de Ikki—. Me dijo ayer que era algo delicioso y quise intentarlo, al menos para mí desayuno.
Ikki lo pensó durante unos minutos.
—No gracias —asintió seguro de su palabra. Hizo una mueca al pesar en los probables ingredientes de los que estuviere hecho el licuado y no quería arriesgarse a averiguarlo. No al menos de forma empírica.
—En ese caso, ¿Qué gustas para desayunar?
Ikki respondió con apatía.
—Mi computadora no sería una mala idea.
— ¿Es eso un condimento? —Cuestionó con una mano en la barbilla.
—No. Quiero terminar el libro que estaba escribiendo para la editorial. —Respondió con obviedad. Soltó un resoplido de convicción y algo parecido a… ¿Autoridad?
Mime frunció el ceño y puso sus manos en ambas caderas.
— ¿Y cuál crees que era el punto de este viaje? ¿El aprender sobre la vida de campo? ¿El encontrar mi habitación y dejar ahí abandonadas tus cosas? No. El propósito del viaje son unas vacaciones. Tenemos tiempo para tomarlas por lo que deberías considerarte afortunado. Además, te encuentras muy apegado a tu computadora, Ikki.
Se volvió sobre sus pasos, para continuar licuando durante lo que le pareció un minuto y medio. Para cuando cesó, el brebaje que tenía en una taza se encontraba espumando debido a la licuada.
—Al menos me entiendo mejor con ella que contigo —murmuró el menor observando a Mime beber aquel veneno con un vigor extraño.
No dijo nada más y desayunaron en un práctico silencio. Ambos sumergidos en sus pensamientos, uno pensaba en las posibles actividades que podrían realizar en los terrenos de su familia, y también existían un par de caballos por supuesto. Cabalgar se oía como algo antiguo y una práctica en lo absoluto sirviente. Pero cuando se vivía era divertido.
El otro, buscaba una forma de salir de aquella casa —siguiendo el hilo de pensamientos de la noche anterior— y al encontrar las pocas posibilidades que tenía de salir de aquel lugar sin la ayuda de Mime… tuvo que volver a concentrarse en sus huevos revueltos y terminarlos con precocidad.
—
Tres días después, Ikki se encontraba recluido en su habitación —menuda forma de llamarla. Pero tampoco es como si no se hubiese encariñado con ella— haciendo su mayor esfuerzo por ignorar el insistente golpeteo que el de ojos amatista hacía en dirección a la puerta.
La razón de su reclusión era algo simple; el día anterior Mime había propuesto salir a cabalgar y como resultado inevitable de su nulo aprendizaje en el manejo de animales domésticos y la poca convivencia con cualquier tipo de mamífero que no fuesen los humanos y el gatito pequeño de Shun, terminó cayéndose en variadas ocasiones de la bestia.
La primera ocasión, había ocurrido cuando ató mal las correas al no seguir las indicaciones exactas de Mime. Aquel primer encuentro con el animal terminó de encontrarse en su lomo a encontrarse debajo de su abdomen.
Luego, había tomado mal al caballo al tomarlo de los crines en vez de utilizar la cuerda y este se asustó con la fuerza que Ikki utilizaba.
Así y demás oportunidades de besar el suelo tuvo Ikki en aquel día, por no ser groseros.
Debería considerarse afortunado que no se hizo uno con el suelo; o, en el peor de los casos, terminar como los huevos revueltos que había consumido aquella mañana.
Leyendo a Connan Doyle, escuchando a una banda innovadora llamada "The Gazete" e ignorando a Mime; Ikki pasaba su tarde de un día jueves esperando que fuese en verdad rápida.
Apenas haber leído ciento cuarenta y siete páginas y dieciocho canciones de aquella banda —guardadas en su Ipod. Para su suerte Mime no había notado que lo traía en la chaqueta cuando salieron de la ciudad— decidió cerrar su libro, apagar y esconder su Ipod. Para acto seguido abrirle la puerta a Mime.
— ¿Necesitas algo? —Preguntó de forma inocente.Mime rodó los ojos. Sabía que el otro notaba que se encontraba enojado pero fingía demencia. De la misma forma, aquello no hacía sino enfurecerlo más.
Y hacer que el ojiamatista perdiera sus cabales era casi tan fácil como que Ikki no se resfriara en invierno —considerando las altas y satisfactorias precauciones que le daba a su salud— . O sea, posibilidades casi nulas.
—Necesito que dejes de recluirte en aquella habitación —admitió con sus manos en ambas caderas —si te quedas ahí dentro es lo mismo que si estuvieras en mi departamento en Kitami.
Ikki ni se inmutó.
—Ese es el punto —replicó. Estuvo a punto de volver a cerrarle la puerta a Mime cuando el otro le anunció.
—Pensaba que fuéramos a cenar fuera de la casa, ¿Qué dices?
La mente de Ikki no tuvo que pensar dos veces su respuesta. Cenar fuera equivalía a tomar aíre fresco —no involucrar animales domésticos como los caballos— y por supuesto un no experimento de Mime sobre las cosas que le decía su Otouto.
—Por supuesto que quiero.
—
Los platos de ambos se vaciaron más rápido de lo que pensó Ikki que lo harían. Y es que, entre conversaciones y conversaciones —y hemos de agregar un par de copas de vino— el tiempo pasaba volando.
No es que no platicaran cuando Ikki se recluía en su habitación del departamento de Mime en Kitami. Sino que, cuando se ponía a escribir no le ponía verdadera atención y por ende, el otro se aburría y optaba por corregirle las cosas que se le pasaban.
Pero ahora, que disfrutaban de una cena fuera de la tensión del trabajo, Ikki admitía que se estaba divirtiendo. A pesar de la probable burla que le generaría si es que se lo hacía saber al ojiamatista.
En aquel momento de paz, alegría y, un ligero toque de embriaguez, le hubiese gustado que su hermano menor le acompañara. Le extrañaba demasiado a pesar de no decirlo en frente de Mime. La universidad tomaba mucho más tiempo del razonado por Ikki o al menos del esperado. Desde que había comenzado con el nuevo libro, no había vuelto a ver a su hermano, y con decir que aquello era poco más de tres meses…
— ¿Te ocurre algo? —Preguntó Mime bebiendo un sorbo de su copa. Ikki, se le quedó mirando y negó de forma automática con la cabeza.
—No es nada. Sólo… pensaba.
Mime arqueó una ceja.
— ¿Y para ti la definición de 'pensar' es algo parecido a entristecerse? —Acotó. Sin darle demasiadas opciones a Ikki para responder.
Maldición, se dijo. Había olvidado que a veces logra ser muy perceptivo.
—Suponiendo, todo se trata de saber decirlo correctamente. Malear la definición a tu favor. —señaló. Nervioso, tomó un trago a su copa de vino y quedaron en silencio durante al menos unos cuantos minutos. En momentos como aquel no le gustaba el hecho de no tener señal en un lugar tan alejado de la ciudad. Le gustaría enviarse un texto con su hermano y relajarse un poco.
Minutos después, pagaron la cuenta y Mime se puso de nuevo en el volante. Terminaron todo con un silencio cómodo y ninguno hizo nada para romperlo. El vino los había adormilado tanto, que quizá sólo llegar a la casa de la familia de Mime y ambos se irían arrastrando a sus respectivas habitaciones.
En ocasiones Mime dejaba de ver el camino para observar de reojo a Ikki, quien se encontraba indiferente —eso o que era tan distraído para no notar las disimuladas miradas del mayor en su persona— y esperaba que no se durmiese. Dado que ya pronto llegarían y él no parecía el tipo de personas que cargan a sus amigos hasta sus camas o cuartos, dadas las características de la situación en la que se encontraran.
Estacionó el auto y le dijo con una seña a Ikki que despertara completamente para salir de este, puesto que iría de inmediato a abrir la puerta. El menor, obedeció un poco adormilado y renuente pero aún así lo mejor sería tener energías para caminar por sí sólo hasta la habitación de invitados y partir de allí al mundo onírico. Aquella última opción no parecía una mala idea.
Pero después de unos segundos, el sueño se le había espantado. Oh vaya, esto era algo malo. Si tan sólo no fuese de fuerte resistencia etílica, las cosas serían más sencillas.
De una y otra forma, le hubiese gustado platicar otro rato con Mime. No lo iba a decir pero sentía que la conversación que habían mantenido hace rato no había sido completada, lo cual probablemente fuera cierto.
—Ikki, ¿has visto mi…? —No terminó la frase al ver que lo tenía en la mano.
— ¿Tu qué? —Quiso saber el menor.
—No, nada. —respondió alejándose por el pasillo. Ikki, decidido a continuar la conversación –y llevado por una nueva sensación atraída por el vino- lo siguió.
Sin muchos problemas, cruzo el cuarto del mayor y se recargó en el marco de la puerta. Cuando Mime supo de su presencia en su recámara enarcó una ceja.
— ¿Todo bien? —Dudó. Las mejillas de Ikki se encontraban todavía de un pequeño y visible color rosado que le daban un toque aniñado.
—Sí, eso creo. Pero, mientras aún me encuentro bajo los efectos del alcohol —Mime rió, muy pocas personas en su insano juicio admitirían estar bajo los efectos de tal droga —, me gustaría preguntarte algo que no había hecho antes.
Mime se vio extrañado.
— ¿Qué cosa?
— ¿Quién era exactamente Mía? —Dijo desviando la mirada. Mime se vio aún más confundido.
— ¿Mía? —Repitió Mime extrañado.
—La chica de la fotografía en tu departamento en Kitami, aquella que me había dado curiosidad.
El estómago de Mime sufrió un retorquijón. Que le preguntara aquel dato tan enterrado en su memoria le dolía un poco. Es verdad, hace milenios que no pensaba en ella. Pero obviamente no lo haría si es que no había necesidad de pensarla. ¿Verdad?
—Ah —dijo en afán de tranquilizarse. Soltó un poco de aíre y habló—. Ella fue mi novia en la preparatoria.
— ¿Sólo eso? —Preguntó Ikki.
Mime le observó curioso.
— ¿Sólo, eso? —Repitió. Con una ceja arqueada continuó —no le puedes preguntar a una persona "sólo eso" cuando te acaba de decir que salió con ella. No tiene sentido.
Ikki se encogió de hombros.
— ¿Y por qué dejaron de salir? —Cambió de tema para que el otro no siguiera diciéndole de su error.
Mime se recostó en su cama.
—No dejamos de salir. Ella murió.
Un silencio incómodo invadió la estancia. Ni siquiera Ikki estaba seguro de haber querido saber aquello pero, ahora que lo sabía no pudo sino decir.
—Lo lamento. —se fue a sentar al lado de su amigo.
— ¿Por qué habrías de lamentarlo? Ni siquiera la conoces. —Objetó, Ikki se volvió a encoger de hombros.
—Estoy ebrio. Nunca le preguntes a un briago por razones dado que no tendrán nada de raciocinio. Además, a ti sí te conozco y lamento que hayas tenido que pasar por algo tan doloroso como aquello. —Torció la boca al saber que lo que decía no tenía sentido. Se encontraba ebrio, sin embargo hablaba con mucho, pero mucho sentido. Lo cual quería decir que, tan alcoholizado no se encontraba.
Mime se sintió extrañamente agradecido hacía él. Soltó un exhalo y se volteó para quedar frente a frente con Ikki.
—Gracias. —forzó su habitual sonrisa, al menos hasta que vio las mejillas color carmín del otro, rió. Ikki le observó extrañado.
— ¿Qué ocurre? —dijo.
Mime intentó parar de reír.
—Nada. Es sólo que en verdad te encuentras ebrio. Tus mejillas están rojas. —dijo por fin dejando su ataque de manía.
Ikki bufó. Mime sabía lo mucho que le molestaba que se burlara de él, quizá por eso lo hacía. De igual forma, no lo dejaría salirse con la suya.
—Espera. —Anticipó Mime que saldría de la habitación con su habitual enfado. Vio como le sostenía de un brazo y se volvió a sentar en la cama—. No me dijiste la razón por la que querías saber sobre ella.
Ikki pensó por mucho tiempo aquella respuesta.
—Curiosidad. —Vio la poca credibilidad que el otro le daba por lo que agregó—, cuando vi su fotografía tuve ganas de preguntarte sobre ella pero no lo hice.
— ¿Y por qué hacerlo ahora? —Acotó Mime.
—Me encuentro ebrio. Eso me da algo más de valor para preguntarlo.
—O también una excusa. —Supuso Mime. Ikki le observó rodando los ojos. Mime fingió demencia.
—De cualquier forma, —aclaró Ikki. De forma infantil, se sentó en el suelo—, el punto es que es innegable mi estado de ebriedad. —Mime sonrió.
—Completamente de acuerdo. Y es dudoso el mío. —Sentándose al lado de Ikki.
Ikki torció el gesto. De alguna forma aquello le sonaba extraño, sin embargo emitió un leve hipido.
— ¡Hip! —Dijo. Al instante, él y su acompañante proclamaron en fuertes risas, en ocasiones interrumpidas por el hipar del menor. Divertido e infantil.
El menor observó al dueño de la habitación y en sus ojos observó una extraña chispa. Curiosa, campante y por demás acogedora. Sentía como el otro se internaba en sus pensamientos, el cómo parecía escrutar lo que pasaba por su cabeza. Como si no le creyera en estado de ebriedad.
Por primera vez toda su amistad, se dio cuenta del hermoso tono amatista que acomplejaba sus pupilas y la forma en la que sus irises parecían acuarse y hacerlos cristalinos. Aquella chispa que lograba que su mirada pareciera risueña y suelta de casi todo pero a la vez lograba que sus virtudes se lograran bien. Aquella chispa en sus ojos, risueña y cariñosa al mismo tiempo. Encantadora a la vista.
La manera en la que sus cabellos color zanahoria hacían resaltar su piel y hacerla más pálida. Cosa que también ayudaban sus ojos, el color de sus prendas y sobretodo sus labios. Rojos y hermosos.
Tanto que tuvo ganas de probarlos.
Notas Finales: ¡Extraño mi antigua forma de redactar! Siento como si en la actualidad mi dialecto se hubiera reducido a la mitad, ya no puedo escribir de la misma forma en la que solía hacerlo. Y verdaderamente es una lástima, extraño este tipo de redacción. Este documento tiene… si no me equivoco, un poco más de un año de vivir. Y el primer capítulo, ¡oh el primer capítulo! Tardé casi medio año en publicar el primero (08/sep/2015 exactamente) ya que el primer capítulo fue escrito en principios de 2015… un poquito menos. Fue de lo primero que escribí. Y me siento muy orgullosa de esto, ya que originalmente iba a ser un One-Shot.
The Gazette: esto lo puse en el otro foro. Es un banda japonesa y bah blah blah. Es de ritmo contemporáneo, y no coconcuerda con el Ikki (la personalidad de) que me hice en esta historia; pero hace un año no conocía demasiado de bandas japonesas, etc.
¡Cuídense!
—gem—
