Disclaimer: Hetalia y sus personajes no me pertenecen, son propiedad del señor Himaruya.


Capítulo 3: Ángel de la guarda

Me dolía la cabeza y sentía mi cuerpo tremendamente pesado. Abrí los ojos despacio, todo lo que veía era de color blanco, ¿dónde demonios estaba? ¿Acaso me había muerto? No, qué gilipollez, si me hubiera muerto ni me dolería la cabeza ni sentiría el cuerpo pesado.

―¡Oh, ya se está despertando! ―gritó alguien cerca de mí.

―Procura no atosigarlo ―dijo otra voz―. ¡Y que no se incorpore todavía! Pero que se tome esto poco a poco cuando lo haga.

No conocía las voces de quienes hablaban. Me giré para ver quién estaba a mi lado. Un chico moreno con el pelo desordenado y con unos resplandecientes ojos verdes (¿los que había visto hacía un momento o me lo había imaginado?) me miraba entre preocupado y aliviado dibujando paulatinamente en su cara una hermosa y radiante sonrisa de dientes perfectos (¿he dicho hermosa y radiante? El hambre me hace decir cosas raras).

―¿Qué demonios ha pasado? ―traté de incorporarme sin éxito, un brazo bronceado me lo impidió―. ¿Se puede saber qué mierda haces, bastardo?

―No te puedes levantar todavía ―mi insulto pareció resbalarle―. Te ha dado una lipotimia, si te levantas muy rápido te darán mareos, espera un poco.

Suspiré con resignación, no parecía que el bastardo ese fuera a dejar que me moviera.

―No te imaginas el susto que me he llevado. Iba hacia ti para disculparme por el globo de agua que lanzó uno de mis chicos y que te chocó en la espalda cuando te desmayaste de pronto. Suerte que pude cogerte antes de que llegaras al suelo ―así que lo de los ojos verdes que vi no fue mi imaginación, qué alivio.

―¿Y por qué demonios me tiraron un globo de agua? ¿Es que no había más personas en la maldita playa a las que molestar?

―Lo siento, lo siento. Jugamos a lanzarnos los globos cerca de la fuente para poder llenarlos, pero el que te dio en realidad iba dirigido a mí, aunque demasiado alto y se escapó.

―Vaya mierda de excusa ―le espeté.

―Lo siento ―volvió a disculparse―. Para que me perdones dejaré que te incorpores un poco y te daré este rico zumo de manzana ―con una sonrisa movió el brick de zumo delante de mis ojos, que se abrieron como platos ¡lo quería!

―Vale, vale, vale, ¡te perdono! ―dije con ansia. Me sonrió más si eso podía ser posible y me levantó un poco―. ¡Dame eso! ―quise arrancarle el zumo de las manos, pero lo retiró hacia sí antes de que pudiera cogerlo―. ¡Idiota!

―Tienes que beber despacio ―le introdujo la pajita y me lo acercó despacio a la boca como si fuese un niño pequeño. Noté cómo mis mejillas se encendían, ¡qué vergüenza!―. Jajajaja, pareces un tomatito, ¡qué mono~! ―estuve a punto de atragantarme por culpa de ese comentario, ¡el muy cabrón se estaba riendo de mí! Tosí y el bastardo me retiró aquella deliciosa bebida―. Te he dicho que bebas despacio.

―¡Pero si ha sido culpa tuya, idiota!

―No soy yo el que está bebiendo ―me replicó el muy bastardo, pero volvió a acercarme el zumo―. Por cierto, todavía no sé tu nombre. Yo soy Antonio ―la sonrisa de este tío parece permanente.

―Puff, pues te llamas igual que el bastardo por culpa del que me ha pasado esto.

―¿En serio? ¿Qué te ha hecho ese imbécil para que acabes con una lipotimia en la playa?

―A mí directamente nada, pero sus acciones han acabado repercutiendo en mí.

―No lo entiendo ―dijo rascándose la nuca como si le costara pensar. Es idiota.

―No me extraña.

―¿Me lo explicas? ―me miró implorante. No me pude negar, claro que no le iba a dar todos los detalles.

―Digamos que por culpa de ese idiota acabé teniendo una pelea en casa y me largué de allí sin móvil, sin dinero y sin almorzar.

―¡Por eso te desmayaste! ―gritó emocionado como si acabara de descubrir América―. Pues no te preocupes, que yo te invito a comer en cuanto nos digan que te puedes ir de aquí.

―¿En serio? ―me emocioné, ¡comida gratis!― ¿Me invitas? ¿A lo que yo quiera?

―¡Claro! Pero con una condición ―eso sonaba mal, ¿qué demonios iba a pedirme ese bastardo?―, ¡tienes que decirme tu nombre! ―¿sólo era eso? Menos mal, no es que yo sea malpensado, es que mi madre nos enseñó a Feliciano y a mí que no hay que fiarse de los extraños… aunque eviten que te caigas al suelo con una lipotimia.

―Me llamo Lovino.

―Encantado ―me tendió la mano y yo la estreché con la mía―. Y dime, ¿qué te apetece comer, Lovi~?

―¿A qué vienen esas confianzas, bastardo? Me llamo Lovino.

―Y yo Antonio, pero no me has respondido.

―¡Pizza!, quiero una pizza. Pero no me valen esas mierdas que ponen en el Solopizza o similares, quiero una pizza italiana de verdad.

―¡Qué chico tan exigente! ―mierda, seguro que ahora se retracta―. Muy bien, conozco un restaurante italiano que queda cerca.

―¿En serio? ¿Y te dejarán entrar con esas pintas? ―no me había fijado hasta el momento, pero Antonio llevaba su contorneado y perfecto torso al desnudo… ¿contorneado y perfecto torso? ¿De dónde demonios han salido esas palabras? ¿Y por qué me he tenido que fijar en cómo tiene el torso? Joder, pues sí que me ha afectado a mí eso de haberme desmayado que ya no sé ni lo que pienso. Me puse rojo de nuevo, el bastardo se rio.

―¡Claro que sí! Tengo mi camiseta y las chanclas en una taquilla aquí mismo y nunca me han puesto pegas por ir con ropa de playa ―¿en qué clase de antro me va a meter? En ningún restaurante que se precie te dejan entrar mal vestido.

En cuanto me tomé todo el zumo, la enfermera, médico o lo que demonios fuera la chica que me atendió me dijo que podía marcharme, pero que por nada del mundo se me ocurriera hacer esfuerzos o estar mucho rato bajo el sol.

Antonio me ayudó a ponerme en pie, aún me sentía un poco débil y mareado. Ni corto ni perezoso al salir de la enfermería el muy bastardo se tomó la libertad de cogerme de la mano, yo me solté de él con violencia y enfadado.

―¿Por qué demonios me agarras?

―Parece que todavía no te encuentras muy bien, no me gustaría que te volvieras a caer en redondo por el camino, así que no quiero que te separes de mi lado ―me tendió la mano. Lo miré frunciendo el ceño―. O eso o te llevo en brazos igual que hace un rato ―hizo un movimiento con los brazos para cogerme.

―¡Idiota! ―me sonrojé, pensar que me había llevado en brazos desmayado y que quería repetir la experiencia pero conmigo despierto, ¡ni hablar! Le di un cabezazo en el estómago, se lo merecía, pero sólo conseguí marearme otra vez. Antonio me sujetó por los hombros hasta que se me pasó.

―¿Estás bien? ―me dijo con lágrimas en los ojos por el golpe que le había dado.

―Sí… ya sí… ―me miraba fijamente y parecía que iba a insistir con la idea de llevarme en brazos hasta el restaurante, así que acepté cogerle de la mano. Él me miró extrañado unos segundos y sonrió ampliamente.

―Así me gusta ― me revolvió el pelo con su mano libre. Volví a sonrojarme.

El restaurante quedaba bastante cerca. La terraza estaba abarrotada de gente, lo que me hizo pensar que nuestro almuerzo tardaría mucho más de lo que me sentía capaz de esperar. Antonio me propuso ir al interior, creo que fue la única idea inteligente que tuvo, dentro no había ni un solo cliente y se estaba fresquito. El lugar era mucho mejor de lo que me esperaba, un genuino restaurante italiano.

Nos atendieron en seguida. Me hubiera gustado pedir un buen vino italiano, pero el bastardo no me lo permitió, según él porque no era buena idea después de mi desmayo, yo creo que no llevaba suficiente dinero encima. En fin, al menos el refresco lo trajeron rápido, junto con una cesta de pan que hizo mis delicias mientras esperábamos nuestras pizzas.

―Y dime, Lovi…

―Lovino ―lo corregí. Él me ignoró.

―… ¿de qué parte de Italia eres?

―Yo no te he dicho que sea de Italia, ¿cómo lo sabes? ―parece que es más listo de lo que aparenta.

―Por tu acento. O eres de Italia o la comparsa de Juan Carlos* te ha afectado demasiado ―no entendí el comentario, pero tampoco me apetecía que me lo explicara.

En ese momento nos trajeron las pizzas, ¡qué rápido!

Grazie! ―le dije al camarero y me metí el primer trozo en la boca sin importar que estuviera ardiendo, ¡tenía muchísima hambre y la pizza estaba deliciosa!―. Nací en Nápoles, pero he vivido la mayor parte de mi vida en Roma.

―Pues hablas el español muy bien.

―¡Qué remedio! Mi abuela era de aquí y mi padre nos obligó a Feliciano y a mí a tomar clases desde pequeños. Y hablando de pequeños, bastardo ―acababa de recordar cierto detalle que había pasado por alto hasta el momento―, ¿dónde te has dejado a los críos que me empaparon?

―Pues con sus padres, no los iba a llevar a la enfermería, ¿no? Además, mi turno de trabajo acabó a las dos, sólo estaba haciendo tiempo con ellos mientras venían a recogerlos.

―¿Te pagan por entretener a los críos que van a la playa? ―nunca había escuchado que existiera ese tipo de trabajo.

―Sí, básicamente, y por cuidar de ellos. La verdad es que es un trabajo agotador, aunque muy reconfortante. Y lo mejor de todo, ¡me ha permitido conocerte! ―añadió esto último con la mayor sonrisa de felicidad que hubiera visto hasta el momento. Me sonrojé, otra vez, y seguramente mucho más que las veces anteriores, podía notar la gran cantidad de sangre que se agolpaba en mi cara.

―¡Calla, idiota! ―le espeté avergonzado y traté de disimularlo metiéndome otro trozo de pizza en la boca.

―Lo malo es que apenas podré quedarme una hora más contigo ―se notaba cierto deje de tristeza en la voz―, entro a trabajar de nuevo a las cinco. ¿Crees que podrás regresar a tu casa sin problemas? ¿Vives muy lejos?

Me quedé paralizado, me había olvidado por completo de las razones por las que había terminado almorzando en un restaurante italiano con un chaval al que apenas acababa de conocer. ¡Maldición! ¿Qué iba a hacer en cuanto Antonio entrara de nuevo a trabajar? ¿Volver a vagar sin rumbo por las calles de la ciudad? Si ni siquiera sabía dónde estaba en ese momento, ¡cómo para dar con la casa del abuelo!, sería un milagro que la pudiera encontrar. Y para colmo, al no tener el móvil encima no me podía comunicar con él, su número estaba en el teléfono, yo no me lo sabía. Me tapé la cara con las manos.

―¿Qué te pasa? ―Antonio se preocupó―. ¿Te vuelves a sentir mal? ―negué con la cabeza sin apartar las manos de la cara―. ¿Entonces? ¡Ah, ya sé! Te sientes triste porque me tengo que ir con los niños y no puedo quedarme contigo.

―¡No digas tonterías! ―aunque no fuera a admitirlo nunca un poco de razón sí que tenía―. Es por otra cosa…

―¿Qué cosa? ¿Acaso no puedes contármela? ―por entre mis dedos vi que hizo un puchero.

―Pues… es que… no sé… no sé… dónde vivo.

―Pobrecito Lovi…

―¡ES LOVINO!

―… si te has perdido podrías haberlo dicho desde el principio.

―¡No me he perdido! ―dije enfadado―. ¡Es sólo que no sé la dirección donde está la casa en la que vivo!

―¿Y eso no es estar perdido? ― me estaba crispando los nervios.

―¡Joder! Apenas si llegué ayer a este maldito país, no he tenido tiempo de fijarme en la jodida calle en la que se supone que está la maldita casa a la que acabo de mudarme, sólo sé que está en el casco antiguo, así que no me sigas tocando los cojones diciendo eso de que me he perdido, simplemente no conozco mi maldita dirección, pero tengo una ligera idea sobre la zona en la que está, ¿capito?

―Vale, vale, tranquilo ―el bastardo sonreía con nerviosismo―. Yo también vivo en el centro, quizás conozca a tu familia, el casco antiguo no es demasiado grande y no es que haya muchos italianos por allí, al menos que yo sepa ―su duda no me transmitía muchas esperanzas, pero algo es algo.

―Mi abuelo es Rómulo Vargas…

―¿En serio? Sí, ahora que lo dices te le das cierto aire…

―¿Lo conoces?

―Pues claro, si yo… ―compuso una extraña mueca que no sabía lo que podía significar y entonces recuperó su sonrisa―… toda la ciudad sabe quién es, ha hecho muchas cosas interesantes por aquí ―no sé a qué se refería con "interesantes", pero no pude evitar recordar las palabras de mi madre hablando de lo irresponsable y mujeriego que era, quizás en esta ciudad lo conocieran por su faceta de Casanova―. ¿Es con él con quien has discutido?

―Ajam…

―¿Y a qué se ha debido la discusión? ―qué cotilla―. Si puede saberse, claro…

―Comida alemana… ―dije casi en un susurro.

―¿Qué? ―aparte de idiota y cotilla, sordo.

―¡Que quería que comiese asquerosa porquería alemana a la que denominan comida, pero que por nada del mundo pienso meterme en la boca! ¡Qué asco!

―No es para tanto…

―¡Sí que lo es! ―le grité enfadado―. ¡Y no te atrevas a decir lo contrario! Ni muerto me meto esa porquería en la boca. Se me revuelve el estómago de sólo pensar en ello ―Antonio no parecía compartir mi opinión sobre la comida alemana, pero no dijo nada. Suspiré―. En fin, el caso es que quería que comiera de "eso", yo me enfadé y le monté un numerito ―me golpeé la cabeza con el puño al sopesar las consecuencias de mis arrebatos―. Ahora me mandará de vuelta a Italia… y mi madre se enfadará por haber dejado solo a Feliciano… y me pondrá de patitas en la calle… y tendré que vivir debajo de un puente… y… y…

Me quedé en silencio. El bastardo de Antonio se estaba riendo, ¿qué tenía de divertido lo que le estaba contando? ¿Acaso mi desgracia es motivo de mofa?

―¡¿De qué demonios te estás riendo, bastardo?!

―¿Cómo puedes ser tan exagerado y negativo? ¿No crees que todo se arreglaría con una simple disculpa?

―¡No pienso disculparme! ―saqué mi orgullo a relucir―. Y mucho menos por eso.

―¿Aunque signifique acabar debajo de un puente como dices?

―Aun así, de modo que no insistas más con lo mismo, pesado.

―Y sólo por curiosidad, ¿qué tiene que ver el tal Antonio ese del que has hablado en todo esto? Porque no le veo relación ninguna.

―Me desperté tarde por su culpa, ¿cómo se puede ser tan idiota para tocar una puta guitarra de madrugada? ¿No sabe que molesta? Y encima resulta que el almuerzo de hoy tenía que hacerlo él, pero el muy idiota le cedió el turno a los alemanes patateros. Ahí lo tienes.

―Ya veo…

Cuando salimos del restaurante era casi la hora de que Antonio regresara al trabajo. Hizo señas a un taxi que se acercaba y se nos paró al lado. En ese momento aprovechó para estrecharme entre sus brazos. Me habría resistido, pero me pilló por sorpresa el muy bastardo.

―Ha sido un placer conocerte, Lovi ―me soltó y me metió dentro del coche.

―¿Qué…? ¿Qué haces, bastardo?

―Mandarte a tu casa ―me respondió tan tranquilo.

―Pe-pero… si no sé la dirección todavía.

―No te preocupes, él sí la sabe ―señaló al conductor―. Espero que volvamos a vernos ―me sonrió. Fue hacia la ventanilla del conductor, le dijo algo y le dio diez euros, el otro asintió. Antonio se apartó y me dijo adiós con la mano.

―E-Espera…

Mientras observaba cómo la figura de Antonio se hacía cada vez más pequeña conforme el taxi se alejaba, me invadió una extraña desazón. ¡Joder! ¿A qué venía ese malestar?

Supongo que el bastardo este me caía simpático, ¡un poco nada más! Al fin y al cabo me había ayudado al desmayarme… y me había invitado a almorzar… y me había pagado el taxi para ir a casa…

¡Maldición! Y encima yo no sabía si quiera si nos volveríamos a ver… ¡Y tampoco le había dado las gracias! ¡Merda! ¡Merda! ¡Merda! Para una persona a la que resulta que le caigo bien (o esa impresión me ha dado) le dejo al azar o a lo que quiera que sea que juega con los destinos de la gente la posibilidad de reencontrarnos.

¡Qué asco!…


Pasé cinco minutos delante del telefonillo de casa del abuelo sin decidirme a pulsar el botón de casa, acercaba el dedo y lo retiraba antes de tocar. El viejo me evitó la molestia, apareció por el gigantesco portón. Le sostuve la mirada, pero ni él ni yo hablamos, él quizás porque esperaba una disculpa que yo por puro orgullo me negaba a darle.

¡Fratello! ―Feliciano se acercó corriendo desde atrás y se lanzó sobre mi espalda con lágrimas en los ojos, ¿es que el muy idiota tiene que llorar por todo? ― ¿Dónde estabas? Llevo toda la tarde buscándote con Ludwig…

El macho patatas se acercaba con tranquilidad a nosotros.

―¡Quita, estúpido! ―le di un empujón para que se apartara de mí―. ¿Quién te pidió que fueras a buscarme? Y menos con ese tío.

―Ve~, pero fratello, es que estaba muy preocupado por ti… como te fuiste sin comer… ―mierda, ¿por qué tenía que sacar el tema tan pronto? El abuelo se mantuvo impasible―… pues pensé que estarías por aquí cerca en algún parque, así que le pedí a Ludwig que me acompañara porque él conoce la ciudad.

―¿Y qué te hizo pensar que yo estaría en un maldito parque?

―Ve~… Me acordé de aquella vez que te enfadaste con mamá y te fuiste de casa, pero te perdiste y no sabías volver y papá te encontró llorando en un parque por allí cerca…

―¡IMBÉCIL!

Sintiendo que la cara me ardía de vergüenza y de furia, me lancé al cuello de Feliciano, ¿cómo demonios se le ocurre contar esa historia tan vergonzosa? Y para colmo delante del patatero musculoso… Es para matarlo.

―¡Cómo te odio!

El abuelo y el alemán se apresuraron en separarnos. Mi hermano se quedó tosiendo junto a su nuevo amigo, mientras que yo seguía rojo de la ira intentando librarme del agarre del abuelo. Me giré hacia el viejo.

―¡Dame las malditas llaves! ―le espeté.

No se hizo de rogar. Se las quité de la mano de un tirón y salí corriendo hacia el interior del edificio. Subir los tres pisos de escaleras hizo que me relajara (y me cansara) un poco, aunque seguía terriblemente enfadado… y lo peor es que ni yo mismo sabía el motivo, supongo que por la mierda de día que había tenido (exceptuando el almuerzo).

Me encerré en mi habitación, no quería ver ni escuchar a nadie. Por suerte, Feliciano y el abuelo optaron por no molestarme en lo que restó de tarde. Quien sí que lo hizo fue el tocapelotas de abajo con su maldita guitarra, tocaba una canción demasiado alegre para disgusto de mi estado de ánimo.

―¡Deja ya la puta guitarrita de los cojones! ―grité pisoteando el suelo con fuerza para que me escuchara y se callara. No me hizo caso.

Feliciano llamó entonces a mi puerta avisándome de la cena. He de decir que el ambiente durante la cena era tan tenso que podría haberse cortado con un cuchillo. Joder, ¿es que ese maldito día no iba a tener fin?

No me molesté en ayudar a recoger la mesa y mucho menos en fregar. Regresé a mi cuarto en cuanto me comí el último bocado de mi plato de pasta. Me eché sobre la cama, estaba terriblemente cansado, el día no podría haber resultado más agotador.

Antes de quedarme dormido se me vino a la mente lo único destacable de ese asqueroso día: Antonio. ¿Por qué pensaba en ese bastardo? Quizás porque además de haberme ayudado desinteresadamente era la única persona que nada más conocerme me había aguantado durante dos horas seguidas sin mandarme a la mierda por mi comportamiento. ¿Se daría la casualidad de que nos volviésemos a encontrar?


―Ve~ fratello, fratello ―Feliciano me zarandeó cuando estaba en la mejor parte de un sueño con la Johanson―, despierta, ve~…

―¿Qué mierda quieres tan temprano? ―porque era temprano todavía, ni las diez de la mañana―. ¿No hay nadie más a quien puedas molestar? ¿A algún alemán patatero y musculoso, por ejemplo? ¡Déjame dormir! ―me di la vuelta para que me dejara en paz y seguir con Scarlett.

―Ve~ pero fratello, el abuelo me ha mandado que te llame… Al parecer el vecino de abajo pregunta por ti y quiere verte.

―¿El tocapelotas de la guitarrita? ―pregunté curioso, ¿para qué querría verme ese tío? ¿Le habrían molestado mis golpes en el suelo? Si así era que se jodiera, a mí me molestaba su maldita guitarra… ¡y su maldita existencia!

―¿Qué guitarrita? ―preguntó mi hermano confundido, si es que a idiota no le gana nadie.

Seguí a Feliciano intrigado. Me froté los ojos por el pasillo, todavía adormilado.

El abuelo charlaba amigablemente con el tipo, que estaba de espaldas a mí vestido con pantalón negro y camisa blanca de mangas largas (ideal para soportar el calor del país, si es que tenía que ser imbécil). Cuando el viejo reparó en mi presencia su semblante se tornó serio y me señaló.

―Ya está aquí.

El otro se giró hacia mí con una sonrisa… esa sonrisa inconfundible y resplandeciente de…

―¡Antonio!