Conociéndote

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3.- Observándote.

Los días que siguieron a aquel extraño encuentro fueron completamente dentro de los parámetros de la normalidad. Casi ni se veían, pues sus respectivos departamentos estaban en distintas alas del Ministerio, y cuando por casualidad se topaban, educadamente se saludaban con un simple movimiento de cabeza, sin decir nada, sin siquiera detenerse.

Sin embargo, cada uno en su fuero interno repasaba ese episodio singular, en donde un slytherin/sangre limpia y una gryffindor/hija de muggles, pudieron intercambiar palabras civilizadamente y sin insultos de por medio. Bueno, si consideramos que la denominación "hurón" no es propiamente una ofensa.

Por su parte, Hermione esa noche volvió a su casa totalmente desconcertada. Si le hubieran dicho que algún día se tiraría a llorar en los brazos de Draco Malfoy, probablemente se hubiera reído a carcajadas en la cara de la persona y luego lo tildaría de enfermo mental. Pero contra todo pronóstico, eso sucedió, y lo peor de todo era que no estaba arrepentida en lo absoluto.

Dicho abrazo -por cierto, no correspondido- había expulsado inexplicablemente todos sus demonios e inseguridades, dándole nuevas fuerzas para continuar su camino sin ser una hipersensible, histérica y llorona. Pero lo que más la confortó, fueron las palabras -increíblemente racionales y profundas- del rubio.

Así que para relajarse antes de dormir, Hermione se dio un baño con música, dedicándose a cantar mientras soplaba las burbujas como una pequeña niña, mientras tomaba una copa de vino que reposaba al borde de la tina. La diversión duró al menos una hora y decidió salir cuando sus dedos estaban más arrugados que los de una anciana octogenaria. Pero no quiso detenerse ahí, tenía demasiadas energías y quería sentirse viva. Necesitaba sentirse viva. En esos momentos podría haberse lanzado en paracaídas o domado a un cocodrilo, pues su adrenalina estaba al máximo y la llevaba a pensar que era capaz de todo.

Decidió vestirse nuevamente, arreglarse como nunca, y desapareció de un plop de su apartamento, para luego reaparecer en las afueras de una casa muy familiar para ella.

–¿Quién es? –preguntaron cuando llamó a la puerta

–Tu jefa, vengo a despedirte.

Escuchó como se destrababa la puerta y presenció como del otro lado aparecía un hombre alto y fornido, de cabellos café oscuro y ojos verdes, los cuales estaban prácticamente cerrados por el sueño.

–¿Hermione? ¿Qué estás haciendo acá a esta hora? –preguntó, mientras se rascaba la cabeza.

–¿Acaso no puedo visitar a un buen amigo? –contra preguntó, abriéndose paso para entrar–. Por lo demás, tú siempre me dices que soy aburrida y predecible.

Él sonrió y cerró la puerta tras de sí, ofreciéndole asiento con un ademán de manos.

–Bueno, en eso tienes razón –concedió divertido–. Y explícame, ¿a qué se debe este momento de espontaneidad? nunca te había visto con tanto ánimo después de las diez.

Ella frunció el ceño y miró su reloj de pulsera. ¡Quince minutos para la medianoche! tenía que estar bromeando. Jamás se dio cuenta de la hora, sin embargo, eso poco importaba. Su necesidad de seguir en actividad era imperiosa.

–No lo sé –mintió–. Pero ya que estoy acá, ¿Te animas a salir?

–¿Ahora? –replicó extrañado–. Mañana es día de trabajo.

Hermione parpadeó lentamente, sorprendiéndose de no haber reparado en ese pequeño gran detalle. No obstante ello, se negaba a regresar a su casa como un día cualquiera. Ese no era un día cualquiera, necesitaba revivir cual ave fénix y era preciso que fuera en ese instante.

–¿Una serpiente con miedo a romper las reglas? –soltó entonces con sorna.

–¿Una leona tratando de manipular a un manipulador?

Sí. Aunque nadie pudiera creerlo, Hermione Granger tenía un amigo proveniente de la casa de Salazar Slytherin.

Durante la época escolar, jamás reparó en la existencia del muchacho denominado "Theodore Nott". Solo una vez escuchó su nombre, y fue después de haber mandado a su padre, el señor Nott, a Azkaban en quinto año. Quizás, fue por ello que después de que en el Ministerio le ordenaran trabajar codo a codo con él, que casi le vino una parálisis facial. Se imaginó que sería un insufrible arrogante -como toda serpiente- y que, probablemente, la odiaría con toda su alma por ser hija de muggles. Pero no fue así. Resultó ser una persona amable, divertida, algo bipolar y muy directa, que curiosamente le agradecía el gesto de enviar a su padre directo al beso del dementor.

–Por favor –insistió, ya ansiosa.

–¡Pero tengo sueño! –se quejó él, rascándose los ojos–. ¿Por qué no mañana? es viernes.

–Si no lo hago ahora, sabes que me desinflaré para mañana porque soy pésima para estas cosas –aseguró aleteando–. Después, no tendrás derecho a quejarte de lo soporífera que soy.

Él suspiró.

–¿Hablaste con Potter y Weasley?

–Ambos están ocupados y comprometidos –contestó secamente, con un dejo de molestia en la voz–. No hay chance. Es perder el tiempo.

–Es decir, ¿Buscas salir con un soltero? ¿Acaso te me estás declarando, Granger? –bromeó, colocando una teatral cara de sorpresa-. ¡Lo sabía! Nadie puede resistirse a mis encantos. Eventualmente caerías.

Hermione rodó los ojos, aunque no pudo evitar esbozar una sonrisa. ¿Por qué todas las serpientes tenían que ser así de arrogantes?

–Ni en tus sueños más idílicos, querido... Y bien, ¿Te apuntas o debo salir con un extraño?

–Está bien, está bien –accedió resignado–. Pero si vamos a salir, será bajo mis reglas, ¿De acuerdo? así que prepárate Hermione Granger. ¿Querías aventura? te haré comer aventura.

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Al día siguiente, Hermione Granger volvió a aparecer en el Ministerio con grandes ojeras marcadas, pero en esta ocasión, aquellas no habían sido provocadas por el insomnio habitual, sino por haber llegado a altas horas de la noche después de una alocada salida. No recordaba hace cuanto se había reído tanto, hasta el punto en que te comienza a doler el estómago de tanto flexionarlo.

Estaba parada, apoyada en un pilar esbozando un profundo bostezo capaz de tragarse todo el lugar, cuando se dio cuenta que al frente de ella se encontraba nadie más ni nadie menos que el rubio que -sin saberlo- la había alentado en su búsqueda de emociones fuertes. Pensó en gritarle un "gracias", sólo con el afán de molestarlo y dejarlo desconcertado, pero desafortunadamente no se encontraba solo. A su lado, prácticamente colgando de su brazo, reposaba Astoria Greengrass, haciéndole caritas como una niña mimada, probablemente para conseguir algo.

–Lindas ojeras –dijo una voz a sus espaldas, sacándola de sus pensamientos.

–No más lindas que las tuyas, Theodore –contestó con sorna–. ¿Llegando tarde al trabajo otra vez?

–No sé de qué me hablas –replicó él, colocándose unas gafas oscuras–. Por cierto, me debes una. Sólo para fastidiarte, me apareceré en tu casa en la madrugada y te sacaré en pijama a bailar.

–No me tientes que hoy por hoy, encantada voy –aseguró la chica–. Ahora, si me disculpas, algunos tenemos que trabajar. ¡Nos vemos más tarde! –agregó, mientras comenzaba a caminar en dirección a su despacho.

–¡No si arranco primero! –bromeó Theodore, tomando rumbo en sentido contrario.

No supo si fue paranoia o su imaginación enfermiza, pero en ese momento sintió unos orbes grises observándola fijamente durante todo el trayecto, dejándola completamente nerviosa. "Es oficial. Enloquecí" pensó, restándole importancia al asunto.

De esa forma, durante los días siguientes decidió seguir con su afán de hacer cosas nuevas, y como siempre, arrastraba a Theodore Nott en todas sus aventuras. Sus eternos amigos, Harry y Ron, notaron de inmediato el cambio de humor de la muchacha, y se preguntaban cuál sería la razón de su constante felicidad, de su sonrisa de oreja a oreja, y de su falta de tiempo cada vez que trataban de juntarse con ella. Sin embargo, ellos no sospechaban que algo perturbaba a su amiga, y ella jamás de los jamases lo confesaría.

Y es que Hermione Granger no podía quitarse de la mente la imagen del rubio y sus palabras, lo cual empeoraba cuando por casualidad se lo encontraba en algún lugar. Se forzó a ignorarlo olímpicamente y volver a la rutina, después de todo, ¿Para qué rebanarse los sesos con alguien que la despreciaba?

Pero sus planes no fueron completamente ejecutados, es más, era una puesta en escena. Si bien, por fuera lo ignoraba, por dentro estaba atenta a cada uno de sus movimientos, aprendiéndolos, tratando de comprenderlos, como si se tratara de un libro muy interesante asignado en clases. Incluso, llegó a sentirse algo psicópata, ya que no sólo lo vigilaba a él, sino que a todo su entorno. ¡Incluso ya manejaba a la perfección las reacciones de su prometida! Y no, no era porque se sintiera atraída al él, ¡Eso jamás!, sino que el comportamiento del muchacho la había dejado tan intrigada, tan desconcertada, que deseaba conocerlo...

Eso sí, de lejos.

De muy lejos.

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Apenas emergió de aquel caótico despacho, sus pasos se apresuraron a la salida del Ministerio como si estuviera huyendo del mismísimo Señor Oscuro, "¿Por qué me comporto así?" se preguntó frustrado, pues no tenía la más mínima idea. Lo único de lo que tenía certeza era que debía alejarse, y pronto.

Ya en su departamento, aún sentía esa mujer aferrada con fiereza a su cuerpo, y luego, con facilidad podía rememorar sus ojos llenos de gratitud cuando le entregó lo perdido. No, eso sencillamente superaba sus limites personales de melosidad. Tenía que olvidarlo antes de ponerse a vomitar en plena sala de estar, y ensuciar su exclusiva alfombra persa.

Agradeció mentalmente que Astoria no se encontrara ahí, la verdad, no tenía ganas de consentirla, ni mucho menos revolcarse con ella. Quería una noche de tranquilidad, sólo una sin tener que aparentar, ya que lo único que deseaba era poder dormir tranquilo y de corrido. Bufó exasperado cuando sus sueños se vieron interrumpidos por el llamado de la puerta.

–¡¿Por qué no te…?! ah, eres tú, pasa –dijo al ver a su compañero de trabajo y único amigo, Alexander Bleu.

–¿Estás solo? –preguntó él al entrar, mirando alrededor con desconfianza.

–Sí. ¿Por qué?

–Pues la verdad, tu prometida no me cae para nada bien –confesó mientras se dejaba caer en el sillón más cercano–. No sé como te pudiste enamorar de una chica así. ¡No te deja ningún minuto solo! Ya casi ni te veo, eres como mi amigo imaginario, o como el cometa Halley, o como...

–¿Y quién dijo que estaba enamorado? –interrumpió Draco malhumorado, sentándose en el sillón del frente.

–¿Entonces por qué te casas?

–Negocios –respondió el rubio encogiéndose de hombros–. Además, no puedo incumplir ese estúpido pacto que hicieron nuestros padres. Hay una cláusula legal que me amarra, aunque desconozco su contenido. No se los recrimino, padre es muy convencional y era muy común en su época recurrir a esas sandeces para perpetuar la pureza de la sangre. Y en ese sentido, no creo que haya mejor bruja para mí.

Alexander suspiró sonoramente y se pasó las manos por la cara en un gesto cansado.

–A veces se me olvida tu rollo de la sangre. Pero en fin, vine a invitarte a salir. ¿Te animas? Aprovechando que no estás amarrado, ¿o debes pedir permiso? –finalizó burlón.

–¿Salir? –repitió interesado, obviando el comentario–. ¿A dónde?

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Draco volvió a altas horas de la madrugada con unos vasos de whiskey de fuego, que lo tenían con una resaca mortal. Si bien, no se había arrepentido de aquello, le acarreó molestas consecuencias. Al volver a su departamento, se encontró con su prometida hecha un basilisco por haberse marchado sin explicación, y como no tenía ganas de pelear, simplemente se limitó a seducirla, esperando que se olvidara de todo.

Tuvo éxito, pero sólo por el resto de la noche, ya que a la mañana siguiente, Astoria lo siguió durante todo el trayecto hasta el Ministerio, reclamándole el poco tacto de salir como cualquier solterón "¿Y si te hubieran fotografiado de El Profeta? Debes ser más responsable, Draco" le dijo.

Fue en ese instante que la vio entrar. Venía levemente despeinada, con grandes ojeras, pero también con una gran sonrisa. "¿Y qué le pasó a ésta?" Se preguntó extrañado, ya que, mientras ayer lloraba a mares, hoy se reía sola como una loca. "Definitivamente esta mujer está chiflada" concluyó.

Luego, notó que detrás de ella venía un tipo familiar para él. Lo había visto en más de una ocasión en la sala común de Slytherin, pero jamás intercambiaron palabras. No supo porqué, pero en ese momento la voz de Astoria se convirtió en un chirrido de radio mal sintonizada, dirigiendo toda su atención a la conversación de la otra pareja.

"Lindas ojeras"

"No más lindas que las tuyas, Theodore, ¿Llegando tarde al trabajo otra vez?"

"No sé de qué me hablas. Por cierto, me debes una. Sólo para fastidiarte, me apareceré en tu casa en la madrugada y te sacaré en pijama a bailar."

"No me tientes que hoy por hoy, encantada voy. Ahora, si me disculpas, algunos tenemos que trabajar ¡Nos vemos más tarde!"

"¡No si arranco primero!"

"¡Esperen un momento!" Exclamó mentalmente Draco Malfoy. "¿Eso qué fue? ¿Desde cuándo son amigos? ¿O estaban coqueteándose? ¡Qué es eso de salir en pijamas! ¡Dónde tiene la moral esta mujer!"

Sinceramente no podía creerlo. Esa no era la sabelotodo Granger que ayer lloraba como magdalena en su despacho, aferrándose a su peor enemigo de la infancia. No, esa no era la misma. Algo había mutado. Y ese algo le molestaba.

Un repentino sabor agrio se le instaló en el paladar, mientras la miraba desaparecer. Estaba furioso, muy enojado, y lo que más le emputecía, era no saber porqué lo estaba. ¿Por qué debía importarle?.

No obstante, desde entonces empezó a observarla desde las sombras, sintiéndose estúpido por ello. Sin quererlo, comenzó a aprender muchas anécdotas de la personalidad de Granger, sus gustos, manías y gestos. Incluso observaba a Nott tratando de descifrar cuál era su relación con la chica. "Sólo es una enfermiza curiosidad" se repetía a sí mismo. "Ya se te pasará" agregaba, no muy convencido al respecto.

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Pasaron dos semanas. Dos semanas desde el incidente. Y a pesar de estar pendientes el uno del otro, se ignoraban en apariencia. Bueno, se ignoraron hasta que les fue posible, pues el destino, algo travieso y caprichoso, dispuso lo contrario.

Era día viernes y Hermione lo agradecía de corazón. Su nueva rutina "trabajo / salidas nocturnas" la tenia exhausta, así que decidió pasar el día sábado y domingo en cama, descansando. Probablemente inventaría un resfriado para que nadie la molestara, especialmente el domingo, ya que en su agenda aparecía "almuerzo en la madriguera", y la verdad sea dicha, ella no tenía ninguna intención de compartir con Gabrielle Delacour, y menos aún escuchar los planes de la boda. Aunque había que admitir que era bastante gracioso ver las caras de espanto de Molly, quien no aprobaba a la muchachita al igual que no aprobaba a Fleur en su época.

Estiró cada uno de sus músculos antes de salir de la cama y se duchó por varios minutos, tarareando su canción favorita. Como no alcanzó a revisar la correspondencia, se la llevó al trabajo. Dudaba tener el tiempo para leerla allá también, aunque había un pergamino blanco de bordes dorados que realmente la intrigaba.

Por su parte, Draco madrugó como nunca para ir al trabajo, ya que no le apetecía soportar a Astoria. No sabía porqué, pero últimamente le resultaba muy irritante. ¿Qué podía hacer? Absolutamente nada, solo escabullirse esperando que en la tarde ella no se apareciera por su trabajo a robarle sus preciadas horas personales. Su espacio que tanto valoraba.

Cuando llegó al Ministerio, lo primero que vio fue al objeto de su obsesión parada a mitad del pasillo, sosteniendo entre sus manos un pergamino bastante poco usual. Su expresión facial lo decía todo. Lo que fuera que estuviera leyendo no eran buenas noticias, ya que sus ojos se habían ensombrecido y sus manos temblaban. Verla en ese estado le provocó curiosidad, y más que nada, ansiedad. Debía saber qué había perturbado su buen ánimo.

Se acercó sigilosamente colocándose a su espalda y ella no notó su presencia, ya que estaba demasiado colapsada y ensimismada. Draco sonrió. Aprovechó su altura y su buena vista para leer unas pocas líneas del pergamino, que terminaron por explicar todo.

"Tenemos el agrado de invitarle a la celebración de nuestra unión en sagrado matrimonio, a celebrarse el día 14 de febrero del…"

Algo en su interior se removió y maldijo a la comadreja por su falta de tacto. No había que ser un genio para notar que a la sabelotodo aún le dolía el tema. "¿Cómo se le ocurre casarse tan pronto? ¡Falta menos de un mes!" Pensó, pero aquellas cavilaciones fueron interrumpidas por un llanto silencioso.

–¿Granger? –soltó sin pensar. No sabía porqué le estaba hablando, pero no soportaba verla llorar.

Hermione simplemente se giró, y con la manga derecha de su túnica secó sus lágrimas para poder ver con claridad. Levantó el mentón lentamente, encontrándose con los ojos grises de Draco Malfoy, que la observaba atento.

Sus instintos fueron más potentes que su racionalidad, necesitaba consuelo con urgencia. Así que no pudo evitar lanzarse nuevamente a los brazos del hombre que la enfrentaba, el que otra vez se petrificó de inmediato con el contacto, incapaz de alejarla o de confortarla.

–¿Qué significa esto? –preguntó una voz grave, provocando una abrupta separación entre ambos.

Ella parpadeó varias veces antes de poder enfocar al dueño de ese timbre.

–¿Ron?

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