POCIONES Y DESPEDIDAS

Sirius caminó hacia el interior de la Mansión con una sonrisa de felicidad en su rostro. Aunque no le gustaba mucho eso de andar todo el día dándo abrazos y besos a la gente que quería, si que lo sentía. Y le había molestado mucho no poder despedirse de su amiga. Así que en aquellos momentos se sentía feliz. No obstante, en su interior sabía que antes o después se habría vuelto a Francia para despedirse, (¿por algo podía aparecerse, verdad?).

Cuando entró en el interior no se podía creer lo que veía. ¿Qué diablos hacía su primo vestido de aquella manera tan ridicula?, ¿acaso no sabía lo que era la ropa muggle?

-Primito...,-dijo el moreno disupuesto a reirse un rato-. ¿Qué haces vestido con eso?, ¿acaso no sabes que la cortina te ha copiado el traje?

-Esta es una túnica de muy alta calidad, ignorante,-dijo el rubio mientras pasaba sus pálidas manos por lo que parecía tela de terciopelo roja-.

-Calidad..., ¿estamos hablando de manteles?,-dijo riéndose y dispuesto a largarse del lugar, pero entonces recordó algo-. ¿Dónde están las cocinas? Me apretó el hambre...-dijo ante la mirada interrogativa del Malfoy, que le señaló sin demasiado entusiasmo-.

-¿Por cierto, cuándo acaba esta tortura?,-dijo el rubio refiriéndose a convivir con el Black-.

-Cuando le prendas fuego,-dijo el moreno refiriéndose a la túnica de su primo y largándose dirección las cocinas-.

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Mientras Harry andaba como loco, revolviéndose el pelo instintivamente cada dos segundo, Hermione estaba quieta en un silla, mirando a un punto fijo y sin decir ni esta boca es mia.

Cuando Ron entró en la sala de espera, (lugar donde se encontraban los chicos), sus manos estaban llenas de suficiente comida como para alimentar a un hipogrifo hambriento durante una semana entera.

-¿Quereis comer algo?,-dijo el pelirrojo ofreciéndoles ranas de chocolate-.

-¿Cómo puedes pensar en comer, Ron?,-dijo Harry, medio-histérico, medio-enfadado-.

-¿Qué pasa? A mi comer, me desestresa.

-A ti comer te sirve para todo, Ronald,-dijo Hermione con voz colérica y saliéndo del lugar con un gran portazo-.

-¿Y qué le pasa a esta?

-Debe estar en "esos días",-contestó Ron mientras se llevaba una gragea de todos los sabores a la boca y Harry le imitaba-.

Hermione caminó con prisa hacia la salida. Ya no lo soportaba más. ¿Cuánto tiempo podía continuar siendo sólo su amiga? ¿Acaso no entendía que se moría por él? Suspiró con fuerza. Jamás ocurriría. Él no era el chico para ella.

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Mientras, en la Mansión Malfoy, la cena estaba a punto de servirse. Sirius y su recién descubierta familia, se sentaron a la mesa.

El moreno parecía cansado, pues bostezaba perezosamente.

-¿Estás cansado, Sirius? Si quieres puedes retirarte,-dijo Narcisa con voz melosa-.

-No gracias. No me perdería esto por nada del mundo,-añadió en un susurro inaudible-.

-Le harías un gran favor a la humanidad, Black,-le dijo Draco en voz alta-.

-Hijo. Trata mejor a tu primo. Es nuestro invitado.

-Sí, pero eso no quita que sea un prepotente estúpido madre.

-Ya somos dos,-dijo el moreno mientras se señalaba a si mismo y a su primo-.

El rubio se disponía a contestarle, pero su madre le paró los pies.

-Basta Draco. La cena ya ha sido servida. Come que te estás poniendo muy flaco.

-Pero mamá...,-dijo el chico con voz de preescolar-.

-A callar,-dijo la señora Malfoy mientras comenzaba a comer el puré que tenía delante-. ¿No comes Sirius?

-No me gusta el puré, señora...,-dijo el chico con cara de angelito-.

-Bien. No pasa nada. ¡Katsup!

Un pequeño elfo doméstico no tardó en aparecer.

-Traigale otra cosa a Sirius.

-Pero mamá, a mi tampoco me gusta el puré y a mi me haces comérmelo,-dijo el rubio haciendo pucheros-.

-Pero tú eres mi hijo,-dijo la mujer con gesto serio-. Come y calla, hijo.

-¿Acaso tienes tres añitos?,-escuchó Draco decir a su primo, pero su madre pareció no escuchar nada, así que no tuvo más remedio que tragarse su odio y su puré-.

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Unas horas después Sirius no podía para de reír como un enajenado mental. La risa le venía con más ganas cada vez que recordaba lo que había ocurrido en la mesa.

Unos diez minutos después de que su primo y su prima se tomaran el puré, las pociones que había vertido en su interior habían comenzado a hacer efecto.

El color del pelo de su prima se volvió amarillo fosforito, mientras que a su adorado primito le habían salido unos adorables colmillos, igual que si fuera un vampiro. Tampoco podía olvidar la cola y los cuernos de su prima, o el color verde que se había extendido por toda la piel de Draco.

Lo más gracioso es que ambos creyeron que aquello fue debido a alguna metedura de pata de uno de sus elfos. ¿Cómo podían ser tan ingenuos? Cerca de Sirius nada era coincidencia. Él no atraía a los problemas, (cosa que si que hacía Harry), él los creaba, (don adoptado de su padre, que era el que metía en problemas a toda la panda en la mayoría de las ocasiones).

No obstante suspiró con nostalgia. Echaba de menos a su madre y a todos sus amigos, y sabía que pronto se aburriría de estar allí. Se preguntó cómo podría hacer para largarse del lugar…, y la respuesta estaba en una cama, en un habitación, y en un hospital situado en la Comunidad Mágica.

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Todo el mundo esperaba impaciente a que el tiempo estipulado pasase, y a que determinada paciente saliera adelante cuanto antes mejor.

La sala de espera estaba sumida en un silencio insoportable. Si una aguja hubiera caído en el suelo en aquel instante, probablemente se habría oído, y fue por eso que el sonido de la puerta abriéndose sobresaltó a todos los allí presentes.

-¿Cómo sigue?,-dijo un apuesto chico con cara de preocupación-.

-Bill, cariño…,-dijo su madre corriendo al encuentro de su hijo-. Sabes que el médico te dijo que no te movieras hasta que todas las heridas hubieran acabado de cicatrizar del todo…, podrían quedarte marcas en tu cara, cariño…,-dijo la mujer tocando el rostro de su hijo-.

Bill había conseguido cita en uno de los mejores cirujanos plásticos mágicos de Londres, y había conseguido que apenas se notaran las marcas que el hombre-lobo le había producido. Y con el mero hecho de tomar la poción que llegó tarde para Lupin, (pero afortunadamente a tiempo para él), la maldición había desaparecido como una mota de polvo llevada por una bocanada de aire fresco.

-No me importa, mamá. Sabes que podría estar mucho peor…,-dijo con melancolía-.

-¿No ha venido Fleur?

-Sí…, pero insistió en traerle un ramo de flores a Tonks…,-dijo con una sonrisa de medio lado-. Ya sabes como es…

-Si, todos lo sabemos, por desgracia…,-le dijo Ginny en el oído a Hermione, que rió con malicia, cosa poco habitual en ella-.

-Hola a todos, familia…,-dijo la rubia que acababa de entrar por la puerta-. ¿Cómo están esos ánimos, Lupin?,-dijo acercándose al licántropo-.

-Vamos tirando…,-mintió como un bellaco el ex-gryffindor.

-Así me gusta, porque sabes que debemos tener buenas vibraciones, para que el alma de Tonks consiga captarlas, y sepa que la apoyamos moralmente…

-Últimamente le ha dado por la espiritualidad…,-le explicó Ron a un impactado y extrañado Harry-.

Pasaron las horas, y por fin, la deseada noticia llegó en el hospital…

-Tonks evoluciona favorablemente…

…, y en la Mansión Malfoy…

-Tonks evoluciona favorablemente señora Malfoy, si así lo desea su primo, podrá irse con ella cuanto antes…

Lo curioso fue que cuando Narcisa se dispuso a comunicárselo a Sirius, éste ya tenía las maletas preparada…

-Siempre hay que estar preparado para todo, señora…,-fue toda su explicación…, aunque sería más preciso decir que el chico había husmeado y escuchado tras las puertas, ¿no creéis?-.

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No habían pasado ni un par de horas cuando un chico moreno de ojos grises estaba con sus maletas en la puerta principal del hospital, pues supuso que no era necesario esperar a ningún "monigote del Ministerio", (como le había definido el muchacho hacía no tanto).

-Disculpe. ¿La señorita Nymphadora Tonks?,-preguntó el chico con una sonrisa seductora plasmada en su rostro angelical a la recepcionista-.

-Está en la habitación 243,-le contestó con una sonrisa dulce la muchacha, no mucho mayor a Sirius-. Aquí tiene esto,-dijo dándole una nota al moreno-, ¿te importaría entregárselo a Dumbledore? Estará en la sala de espera, si no me equivoco…

El moreno miró el papel que la rubia de ojos verdes le ofrecía. La miró más detenidamente. Delgada pero con curvas, delantera generosa, ojos grandes y labios carnosos… Sonrió nuevamente con intento de seducción.

-Pero aquí falta un papel, dulce…,-dijo sonriendo de medio lado-.

-¿Cuál?,-dijo la chica, extrañada-.

-Tú número de teléfono…

La rubia río con ganas, para, a continuación, apuntar en un papel su nombre, dirección y teléfono…

-Andy Mc Carthy. Bonito nombre…

-¿Y cuál es el tuyo?

-Sirius Black,-dijo el chico besando cortésmente la mano de la joven-. Te llamaré, amor, no dudes que lo haré…,-dijo yéndose del lugar con sonrisa de complacencia-.

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Cuando llegó a la sala de espera, tras dar varias vueltas erróneas por aquel lugar, abrió la puerta, (no sin antes golpearla, pero no obtuvo respuesta). Supuso que no habría nadie, y fue por eso que se sorprendió tanto al ver como varios pares de ojos le observaban como si fuera un zombi.

-¿Dumbledore?,-preguntó el chico con carita de niño bueno-.

-¿Qué se te ofrece?,-contestó el viejo mago con voz cansada-.

-La recepcionista me dijo que te diera esto…,-dijo dándole un papel doblado-.

-Andy Mc Carthy, calle…

-¡No!,-dijo el chico elevando la voz involuntariamente-. Ese no…, me permite…,-dijo arrancándole el papel de las manos. Es este…

-Es de Moody. Tengo que irme…,-dijo el mago desapareciendo con un simple "clac" en mitad de la sala de espera-.

Todos los ojos se fijaron entonces en el recién llegado.

-¿Te llamas Andy?,-le preguntó Fred Weasley con sorna, pues le parecía raro que el chico llevara apuntado su nombre con su dirección en un papel-.

-No…, esa era la dirección de la recepcionis…,-pero no terminó la frase al ver la cara mala uva de una señora pelirroja y rellenita, y de una castaña con pinta de que le hubieran metido un palo por el culo y aún no se lo hubieran sacado-. De otra persona.

-Yo soy Fred…, y este es mi hermano George…

-Creo que nos llevaremos bien…

-¿Cómo te llamas?

-Sirius Black,-dijo sin darse cuenta del terremoto que causaría al decir aquel nombre en aquella habitación. Era hora de dar muchas explicaciones-.

Cuando el bombardeo de preguntas llegó, echó de menos al "monigote del Ministerio".

Cuando por fin acabó de explicar toda aquella historia, pudo descansar tranquilo. Y miró con más detenimiento a la gente que estaba allí con él.

Se fijo en una tropa de pelirrojos, pensó que sólo había una mujer rellenita, pero resultó que también había un chico alto que estaba al lado de la castaña con cara de amargada, otro que llevaba el pelo en una coleta, unos gemelos y una pelirroja explosiva que le dio vuelta la cabeza. Pero si Ginny le dio vuelta la cabeza, cuando vio a Fleur la baba comenzó a caerle, (pero no literalmente, porque eso sería asqueroso).

No pudo evitarlo, y la sonrió seductoramente. La chica le devolvió la sonrisa y le miró con detenimiento. Entonces pareció darse cuenta de algo, y miró al chico de la coleta, al que le plantó un beso en la boca. Algo rápido y fugaz pero que dejaba claro que la chica no estaba libre.

Supo que eso nunca le había supuesto un problema, pero sabía que aquella gente sería como su nueva familia, y no podía robarle la novia a aquel tipo, aunque sólo fuera para una aventura de una noche…, o quizá de dos.

-Lástima…,-dijo en un susurro, pero Ginny le escuchó-.

-¿Lástima qué?

-Qué no pude despedirme de mi primito. Draco…,-explicó al ver la cara interrogativa de la pelirroja, que parecía que sólo tenía ojos para él-. Supongo que estaría reponiendose de los efectos de MIS pociones,-aclaró a la chica, pero, de repente, Harry, Ron, Fred y George parecieron tomar interés por el tema-.

Y mientras el moreno se lo explicaba con todo lujo de detalles, Hermione no podía creer lo que aquel tipo estaba diciendo. ¿Cómo se atrevía a utilizar magia ilegalmente fuera de Hogwarts?

-Supongo que sabes que está prohibido hacer magia fuera del Colegio. Eres menor de edad…,-le aclaró la chica con un gesto muy a lo Mc Gonagall-.

-Menos mal que me lo has recordado,-dijo el chico con ironía-. Si necesito que me recuerdes mi nombre, ya te llamo, princesa.

-No me llames así.

-De acuerdo… princesa... ¿Qué?,-dijo el moreno con sonrisa picarona en su rostro-. Las reglas están para romperse.

-Tú eres un desubicado…,-dijo la chica con ira contenida y largándose del lugar con prisa-.

-Que mal genio que tiene la princesita…,-dijo mirando por donde se había ido-.

De repente alguien entró en la habitación, y todos se quedaron de piedra, sobre todo cierta mujer pelirroja.

-Percy…,-dijo Molly con los ojos llenos de lágrimas-. ¿Has venido a ver a Tonks?

-Sí,-dijo el chico entrando en la sala-. Pasa, no seas tímida Gabrielle.

Sirius se quedó embobado viendo a la chica que venía de la mano de aquel tipo con cara de tarugo. ¿Cómo había hecho aquel estúpido para estar con un monumento como aquel?

Era una chica espectacular. Rubia, con el pelo liso que le llegaba hasta más de la mitad de la espalda, ojos azules, morena de piel, y con cuerpo de ensueño.

-¿No vas a presentarnos a tu amiga, hijo?,-dijo Molly con voz de ensoñación-.

-Si bueno. Ella es Gabrielle, Molly.

-¿Qué eres, su mascota?,-le preguntó Fred con sorna a su hermano-.

-Es mi novia, estúpido,-dijo con odio Percy-.

-No peleen chicos. Y ahora dime, ¿cómo es que viniste a ver a Tonks?

-Sólo vine para hacer un informe que me pidió el Ministro. Nada más. Pero me equivoqué de Sala, como es lógico,-dijo mirando a su madre con desdén-. Adiós Molly, Arthur-dijo sin siquiera darle un beso a su madre-.

Cuando el chico cerró la puerta los gemelos no pudieron evitar que un par de palabritas malsonantes salieran de sus bocas dirigidas hacia Percy.

Sirius sonrió con ganas.

-Ahora vengo…, dijo yéndose con prisa-. Tengo que ir al baño…,-fue toda su explicación, pero los pasos que siguió fueron otros diferentes a los de los aseos-.

Sabía perfectamente donde se encontraba su prima Tonks, así que se dirigió hacia el lugar. Entonces divisó a una rubia espectacular de ojos azules. Parecía estar afuera, esperando con paso inquieto, de pie.

Se acercó y "tropezó" con ella estrepitosamente, quedando sus brazos alrededor del cuerpo de la chica.

-Perdona,-dijo el moreno usando todas sus artimañas-. ¿Tú no eras la amiga del Percy?

-Si. Soy Gabrielle.

-Un placer,-dijo el moreno besando elegantemente su mano, mientras no perdía de vista los ojos de la rubia-. Y me preguntaba. ¿De dónde os conocéis?, ¿del trabajo?

-No, nada que ver. Yo recién he terminado en el Colegio de Beauxbatons,-dijo la chica con sonrisa tímida-. Pero soy hija de un cargo importante del Ministerio y…, bueno, no quiero aburrirte con el tema…

-No. No aburres… ¿Te apetece ir a tomar un café, amor?

La chica rió tontamente, y miró la puerta tras la que estaba Tonks.

-De acuerdo. Pero sólo uno.

-No necesito más,-le dijo el chico guiñándole un ojo seductoramente-.

FIN DEL CHAP

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