- Espera. -dijo Regina incapaz de reconocer la voz que salía de su garganta. Más grave de lo normal. Ronca. Profunda. Afectada.
En toda su vida jamás había tenido que reunir tanta fuerza para poder emitir un sonido. El rostro perfecto de Emma Swan se encontraba tan cerca del suyo que al pronunciar la maldita palabra lo rozó levemente con los labios. Notaba cómo ardían allí donde se había producido el contacto. Toda su boca latía, furiosa. Su vientre. Su cuerpo.
- Henry.- logró articular.
La Sheriff apenas se había movido de donde estaba, aunque la mano que hace un instante sujetaba su nuca con firmeza había dejado de ejercer presión y se deslizaba ahora acariciándola involuntariamente en su lenta huída. Cada milímetro de su piel despertaba con el avance de los dedos de la rubia. "Dios". Cerró los ojos un instante y se mordió el labio inferior.
Emma obedecía sú última orden y esperaba. Esperaba muy cerca. Con los ojos verdes clavados en ella ardiendo de deseo. Tenía la boca entreabierta y los labios le brillaban de tal forma que parecían reflejar la cada vez más escasa luz de la estancia. Desde su infierno autoimpuesto particular podía sentir cómo la otra respiraba con dificultad, luchando estoicamente por mantenerse quieta.
- Espera...- susurró Regina sin sentido. Casi como un eco de su memoria reciente. Casi como para sí misma.
Levantó la mano para detener un avance que no se estaba produciendo, pero estaban tan próximas que el intento fue a parar directamente a la cintura de la rubia. "Joder", pensó. Esta vez era Swan quien había cerrado los ojos mientras su frente se posaba delicadamente sobre la de ella. La maldición empezaba a difuminarse junto con el resto del mundo. Lo supo cuando sus dedos ascendieron un par de centímetros por el interior de la camiseta de Emma y sintió cómo los músculos de ésta se tensaban al contacto bajo la suave piel.
- Regina... - musitó en una súplica apenas audible.
La mano de la alcaldesa cambió de dirección y recorrió con las yemas de los dedos la distancia que le separaba de la cintura del pantalón, disfrutando de cada miltímetro de su pequeña expedición. Al alcanzar la tela aumentó la presión y deslizó dos de sus dedos entre la ropa y la piel para atrapar el tejido mientras el dorso de su mano acariciaba la cadera de la Sheriff.
Aquello fue demasiado para Emma. El gemido que había estado ahogando hasta ahora escapó de entre sus labios como un lamento quedo. Como un susurro. Regina se sintió invadida por aquel sonido. Notó cómo todo su cuerpo reaccionaba con una vehemencia arrolladora: un delicioso escalofrío que comenzó en la boca del estómago fue extendiéndose como un reguero de pólvora por cada palmo de su piel para terminar explotando, con toda su intensidad, allí donde se juntaban sus piernas.
Agarró la cintura del pantalón de la rubia con ambas manos como si de unas riendas se tratase y tiró de ella con tanta fuerza que la Salvadora habría perdido el equilibrio de no frenarla la cadera de la alcaldesa. El impacto situó uno de los muslos de Swan entre las piernas de Regina, que jadeó al sentirlo. "Sí. Justo ahí.", se dijo. Su cuerpo respondía al contacto de la otra con tal violencia que por un segundo valoró si podría tratarse de magia. El inicial hormigueo que había invadido su ropa interior latía ahora furiosamente al sentir la presión de la pierna que atrapaba entre las suyas. El deseo por aquella mujer había alcanzado semejante extremo que le nublaba la mente hasta rozar el desmayo. La miró sin que la proximidad de su cara le permitiera enfocar con claridad, el tiempo justo para ver cómo entreabría la boca para poder robarle a la estancia algo de oxígeno.
Fue como el disparo de un revólver antes de empezar la carrera.
Regina recorrió súbitamente la distancia que separaba sus rostros y atrapó los labios de Emma en un beso húmedo. Profundo. Desesperado. Ni siquiera el estrépito del trueno que rompía en el exterior ahogó el sonido de ambas gargantas gimiendo a la vez, al encontrarse.
