Día cuatro.

Ayer, después de preguntarme aquello me dijo al oído.

-¿Sabes cómo sé que te conoce? –y sin esperar respuesta continuó- porque es la primera vez que encuentra un comodín en donde yo lo dejo y lo estruja con la mano con un brillo asesino en la mirada…

Y se fue sin decir una sola palabra más.

Hoy no ha venido. Sólo ha venido un muchacho joven, uno de sus "súbditos" a traerme un poco de comida y agua.

-Joker dice que te da miedo –comentó.

-Pues claro que me da miedo –respondí- Joker es un asesino psicópata con algún tipo de trauma infantil no superado, cualquiera que no lo tema es un incauto.

-Entonces Batman es un incauto –sonrió el chico.

-No –respondí yo- Batman controla su miedo. A esos se los llama valientes. Batman es el prototipo de superación de los miedos. Nunca lo controlan a él, siempre los supera; es lo que tiene la valentía.

-Pues a mí no me da miedo –comentó antes de salir de nuevo de la habitación.

[Nota de la publicación: a ese muchacho nunca más se lo volvió a ver].

Día cinco.

No lo entendía. Era una persona tan extraña, tan enigmática. Quería entenderlo; realmente quería comprenderlo, pero no podía. Unas veces estaba tan contento, y de repente se enfadaba. Cambiaba de tema sin razón aparente. Se reía de cosas que a mí me hacían llorar y casi lloraba con las que a mí (en un contexto normal) me habrían hecho gracia…

No lo entendía.

Sin embargo no desistí. Quería comprenderlo; quería entender qué pasaba en su cabeza; como psicóloga clínica que era, sentía curiosidad por qué era lo que lo había llevado a hacer aquello… a convertirse en aquello.

[Nota de la publicación: ¡qué gracioso! Yo a veces pienso lo mismo].

Día seis.

Hoy ha entrado en la habitación preguntándome si quería ver un truco de magia.

-No –respondí asustada (el truco de magia del lápiz había llegado en algún momento a mis oídos; ya no recuerdo cuándo)- no quiero ningún truco de magia.

-Entonces voy a hacer algo para que te rías –continuó (¿a qué venía aquello?)- al fin y al cabo… soy un payaso.

-No me gustan los payasos… nunca me gustaron…

-¿Ah, no? –aquel tema (nadie sabe por qué) captó su atención- ¿por qué no?

Yo me lo tuve que pensar un rato; la verdad es que nunca me había planteado la razón, pero en los circos, lo que menos me gustaba, eran los payasos. Al final recordé algo que había estado comentando con una amiga una vez, cuando todavía creía que el Joker no se fijaría en mí ni de lejos y que estaba a salvo.

-Porque su sonrisa eterna… es falsa…

-Vaya –comentó con aire ausente- …

Pareció que iba a añadir algo más, pero no lo hizo; ahí quedó todo. Se marchó, no sin antes lanzarme una prologada mirada inexplicable con aquellos ojos inteligentes. Ése era Joker, no era un malo cualquiera, era un malo inteligente. Era un psicópata organizado. El problema era que, cuando intentaba analizarlo por los métodos en los que me había especializado en la carrera, no lo conseguía; la mente de Joker, inteligente, organizada, seguía un patrón nunca antes conocido; era su propio universo tergiversado en un extraño galimatías… tan extraño que cualquiera que intentase desenredarlo, se perdería en los inextricables pasadizos de su ordenado desorden.

Día siete.

En realidad han pasado dos días. Es que ayer no pude escribir. Todo sucedió muy rápido. Joker entró en la habitación y me dijo sonriendo que ya era hora de que me diera un poco el aire…

Y menudo aire.

Al sacarme de allí descubrí dónde estaba encerrada; era increíble, nunca lo habría imaginado. Era… [nota de la publicación: esta ubicación no se puede publicar aquí porque es un asunto confidencialmente secreto] …escondido.

Y sí, me dio el aire. Me dio el aire porque de pronto me encontré suspendida en él, colgada de un puente, sobre unas furiosas y embravecidas aguas.

El puente había sido cortado por los súbditos de Joker que amenazaban a todo policía que se acercaba con granadas explosivas. En el centro estaba Batman. A un lado colgaba yo, a cinco segundos de las mortales aguas en cuanto la cuerda se soltara. Al otro lado había un autobús con cuarenta y tres escolares, su profesora y el autobusero, a cinco segundos de las mortales aguas en cuanto las cuerdas se soltaran. El problema era que el puente medía unos cincuenta metros de largo.

-En cuanto muevas un músculo –le decía Joker a Batman- todas las cuerdas se soltarán… to… das… -repitió remarcando cada sílaba- ¡qué pena! Sólo te dará tiempo a sujetar lo que haya a un lado del puente…

En ese momento Batman me miró a los ojos. Y lo reconocí… sí era posible… era él.

El corazón me dio un vuelco y se me aceleró. Alcanzó tal velocidad que creí que estallaría de un momento a otro.

-¿A quién elegirás? –continuaba Joker- ¿a tu preciada amiga? -(pero ¿cómo lo sabía?)- ¿O a los pobrecitos niños del autobús?

Yo sabía perfectamente cuál iba a ser su elección. De hecho, su elección ya estaba tomada. Por mucho que me quisiera, yo era una… ellos, cuarenta y cinco… Una vida, sea la de quien sea, no vale lo que valen cuarenta y cinco, porque en el sentido de la justicia, todas las vidas valen por igual. Y Batman tiene un sentido de la justicia muy alto.

-Ahora me iré, pero recuerda, en cuanto des un paso, to… das… se soltarán. Ja, ja, jo, ji, je, ja... ja...ja…

Y dando un paso atrás desapareció por el borde del puente, su risa resonando aún en el silencio de aquella macabra escena; nadie consiguió ver dónde acabó. Pero… ¿acaso creía que acababa de colocar a Batman en algún gran dilema moral? ¿Acaso no sabía que la balanza se inclinaba definitivamente hacia el autobús con tan poca carga de vida en mi bandeja?... ¿O sí? Entonces lo comprendí todo. Sí lo sabía, de hecho, por eso lo había hecho… sabía que Batman salvaría al autobús, estaba tan seguro de ello desde el principio como yo en aquel momento…

Entonces ¿por qué lo había hecho? ¿No quería acabar con Batman? No… no era eso… no quería acabar con Batman, quería verlo sufrir... yo no era un cebo, era simplemente una ficha, todo eso no era más que un gran juego: el juego del Joker.