Capitulo 3
El melodioso murmullo del agua de la fuente acentuaba dulcemente la frescura vespertina. Durante los dos días que siguieron a su llegada, Bella había tenido muy poco tiempo para dedicarlo a sí misma y se alegró de poder hacerlo aquella tarde.
Sentada en el borde marmóreo de la fuente, se abandonó a relajadas meditaciones mientras admiraba las líneas y ornamentos renacentistas del estanque. El estilo no estaba saturado por inútiles perifollos. Los frisos se reducías a sobrias líneas esculpidas con elegancia que, partiendo del airoso pilón confluían en la estatua centra: una esbelta mujer de aire pensativo, que se escorzaba grácil con los ojos puestos hacía la vaguada donde se asentaba Florencia, a la cual se asomaba el ala oriental de la villa.
Al principio a Bella le desilusionaron un poco los jardines: no había flores, en el clásico estilo al que los americanos están acostumbrados; pero luego, su sensibilidad empezó a captar la delicadeza de aquellos setos de laurel recortados con mimo, el laberinto de macizos podados con cuidado, cuyas geométricas líneas se interrumpían sabiamente de tanto en tanto por hermosos y puntiagudos cipreses. Por occidente el cielo aún estaba teñido de pinceladas escarlata que había dejado tras de sí el atardecer, mientras que por oriente avanzaban inexorables las sombras violáceas de la noche. Empezaron a brillar, como preciosas gemas, las primeras estrellas. Con un lánguido suspiro, Bella metió los dedos en el agua cristalina de la fuente, el murmullo del agua se mezcló con el rumor que en tal movimiento produjo el espectacular traje regional que llevaba, una especie de ronquido que emitieron los cancanes de su enagua. Se colocó los pliegues de la amplia falda de seda roja con bordes ribeteados en encaje azul y miró hacia el jardín. Había salido a escondidas. Agradecía mucho que le hubieran permitido disponer a su antojo del guardarropa familiar, pero en aquel traje típico de la Toscana no se sentía demasiado a gusto. Sin embargo, si Alice había decidido que debía vestirse así, no había ningún motivo para poner inconvenientes y crear problemas.
No estaba acostumbrada a llevar sombreros y aquella especie de cofia roja con lazos azules cayéndole a ambos lados del rostro le limitaba el campo visual. Esperaba no tropezar con la gente durante la fiesta, cosa que le había producido un tremendo apuro, pues era bastante tímida.
Aquellos primeros días habían sido realmente in constante suceder de acontecimientos. Durante la primera jornada habían hecho una excursión a las viñas para asistir a la vendimia. Jasper no había querido acompañarles, por suerte, pero todos los demás, incluida la señora Esme, se habían apuntado con entusiasmo a la iniciativa; la florida patrona de la casa se había instalado bajo un árbol, desde donde impartía sus recomendaciones y charlaba sin parar, abanicándose con el sombrero mientras Ian le iba llevando refrescos, pastelitos y otras golosinas que iba sacando de la nevera portátil que habían dejado en el coche.
Edward, Alice y Bella se habían unido, en cambio, al grupo de trabajadores que recogían los bonitos racimos bermejos. Al principio Bella se había sentido un poco patosa, pero los gestos amables de la gente y sus sonrisas de apoyo la animaban y, al final dominaba perfectamente la técnica del desracime.
Alice llevaba unos pantalones de algodón estilo colonial y una sencilla camiseta. No hacía más que reír y bromear con los vendimiadores, todos parecían quererla y respetarla, aunque algún que otro mozo no renunciaba a hacerle la corte en cuanto veía la ocasión. La chica aceptaba con simpatía los piropos y comentarios maliciosos e incluso alguna mano más larga de la cuenta y respondía con ironía, buen humor y algún que otro empujón. Bella admiraba toda aquella desenvoltura.
Los cabellos, que Bella había recogido en una alta cola de caballo, se le habían despeinado desde hacía mucho rato. Estaba segura de que se le habrían llenado de sarmientos, polvo y pieles de uva. ¡Si la viera Jacob! Con aquella manía suya de la pulcritud total, quería siempre que su mujercita estuviera perfecta, impecable, adecuadamente vestida y bien peinada en todo momento; el buen aspecto de una mujer era, según él, una de las claves del éxito del marido.
En el fondo de su corazón Bella estaba muy contenta de que Edward la hubiera arrastrado hasta aquella aventura tan bucólica. Observando los rostros de los campesinos, curtidos por el sol, Bella sintió una especie de alegría ingenua y simple, estaba perfectamente a gusto. A pesar de las diferencias culturales, en ningún momento le pareció estar fuera de lugar entre aquella gente.
Y además, estaba Edward. Bella tenía que obligarse constantemente a no mirarlo, pero era inevitable, al final sus ojos acababan por buscarlo entre la gente, ansiosos hasta que no le descubría entras hileras de viñedos, con su camisa blanca –ya manchada de uvas- abierta sobre el espléndido pecho, mostrando si leve bello oscuro- Cada vez que lo miraba, Bella se quedaba prácticamente sin aliento, sobre todo cuando él se daba cuenta y la miraba a su vez con una luminosa sonrisa.
A mediodía se hacía un descanso para comer. Pan, queso, frutas y vino. Edward se hacía extendido sobre la hierba junto a su huésped americana, con la que había compartido las viandas. El modo en que sus ojos verdes se entretenían en el cuello de cisne de ella, la hacía temblar de los pies a la cabeza. Había intentado incluso evitar todo acercamiento a él, ha blando constantemente con Alice o Ian, pero él conseguía siempre encontrarla, cosa que, por otra parte, ella deseaba fervientemente que hiciera.
Aquel día, en cambio, habñia sido menos agotador porque en vez de ir a los campos y estar todo el día trajinando entre los viñedos, habían ido a la cantina donde estaba la prensa de uvas. A Bella le había encantado el modo de verter cestas y carros llenos de uva en el receptáculo para prensarlas. Edward le había explicado que el mosto de la uva sería trasladado después a una bodega donde lo dejarían fermentar en enormes toneles.
De modo que la acompañó a visitar las bodegas subterráneas, frescas y oscuras, por donde estuvieron paseando largo rato entre descomunales toneles y estanterías llenas de botellas de vino, colocadas horizontalmente y cubiertas de polvo .En aquella atmósfera embriagadora de efluvios de vino, y en aquella intimidad del coloquio con Edward, Bella fue víctima de nuevo de su demoledor magnetismo. Además de la innegable atracción física que ejercía sobre ella, también sentía una profunda admiración por aquel hombre, debida a su encanto, su talento y su sensibilidad. Siempre la escuchaba con gran atención, dijera lo que dijera; nunca era brusco o excesivamente crítico, desde luego no tenía nada que ver con Jacob. En compañía suya, Bella se sentía tranquila y relajada.
-Bella-, le preguntó de pronto una vez, -¿Cómo es que ya no estás casada?-
El idílico grado de comunicación que mantenían aquella tarde se rompió de repente. Bella miró con suspicacia al cantante.
-Preferiría no tocar ese tema, si no te importa-, respondió fríamente.
-Perdona mi indiscreción, pero tu padre me habló de ello y parecía tan preocupado por ti que…, en fin, te lo pregunto porque no logro explicarme cómo un hombre puede ser tan tonto como para dejar escapar a una chica tan maravillosa como tú…-
-Mis problemas privados son…pues eso, cuestiones privadas. No me parece bien que mi padre te haya hablado de mi intimidad a mis espaldas, y además, si me lo permites, nuestra relación profesional no re da derecho a inmiscuirte en mi vida.-
Se había dado la vuelta de golpe y estaba a punto de salir corriendo cuando Edward la agarró por el brazo. Sus ojos verdidorados miraban fijamente a los marrones de ella intentando comunicarle comprensión y calor. –No tengas miedo, chiquilla. No tengo ni la menor intención de torturarte o hacerte recordar fantasmas del pasado que pueden hacerte daño, te lo prometo.- Una Bela más joven e inocente habría deseado abandonarse allí mismo a aquellos brazos, apoyar la cabeza en su espacioso pecho, tan acogedor y dejarse llevar. Pero el divorcio había sido algo tan duro para ella, que había terminado por construirse un muro de hielo alrededor de su corazón, un muro que le impedía tener fe en las personas, sobre todo en los hombres. Optó por forcejear hasta soltarse de aquellos brazos y salir corriendo en busca de Alice.
Con un suspiro Bella sacudió la cabeza y volvió al presente. También allí, en aquel jardín, junto a aquella fuente y bajo aquel cielo cuajado de estrellas, seguía viendo el rostro de Edward, su mirada tierna que intentaba animarla a tener confianza en él, a abrirle su corazón. Se pasó las manos por las sienes, preguntándose por qué acabaría siempre pensando en él. ¿Se estaba enamorando? Volvió a intentar convencerse a sí misma de que no debía juzgar a los hombres a partir de la experiencia negativa con Jacob, pero sabía que era algo instintivo, que no podía evitarlo.
-¡Bella, pasión de mi vida!-. Era la voz alegre de Edward que aparecía por el sendero, Cada vez que pronunciaba su nombre, a la joven le parecía percibir una profunda nota vibrante y casi musical en su tono de voz. Mientras se levantaba y se arreglaba la falda, Bella se preguntó qué sentiría el día que lo oyera en directo.
-¡Por fin te encuentro! Está tan oscuro que casi no te veía.- La miró con e vidente admiración. Ella estudió la expresión de su rostro en busca de alguna huella de rencor por su comportamiento brusco en las bodegas, pero no lo encontró.
-Es como si una de estas bellísimas estatuas hubiese cobrado vida-, le dijo él.
-No es lo mismo, Edward, las estatuas están desnudas y yo llevo un montón de ropa encima.-
El la miró con cara inocente. –Pues podrías quitártela.-
-¡Ricardo!- Pero no se sentía ofendida; es más, su corazón se había desbocado de nuevo. Se giró hacia la fuente para esconder el tumulto que había en su pecho. –No es la primera vez que te pido me disculpes, pero en cuanto a lo de esta tarde…-, empezó a decir Bella aún de espaldas.
El le tomó el mentón con una mano y la obligó a mirarlo. Luego puso su índice sobre los labios de la muchacha.
-¡Shhh!- Por un momento se quedaron inmóviles. El brazo que Edward le había pasado en torno a la cintura pareció encenderle un fuego en las venas, mientras en dedo posando en sus labios empezó a moverse delicadamente dibujando el contorno de la boca. Bella se alarmó por la reacción que aquel contacto provocaba en su interior y se enrojeció al instante
El percibió su turbación y la dejó inmediatamente dio un paso hacia atrás y dijo: -Los demás han salido con retraso por el paseo. Me he dado cuenta de que tú habías salido antes y he pensado que si te alcazaba tal vez podríamos estar un poco a solas, si te va bien, claro. ¿Te apetece la idea?-
-Sí, claro.- Se enhebró a su brazo y emprendieron el camino hacía la verja media escondida entre la vegetación que cubría el muro. -¿Qué se hace esta noche?-, le preguntó para romper el silencio que se estaba haciendo un tanto abrumador.
-Esta noche es el broche de oro de la fiesta. Se baila y se canta para agradecer al Señor la buena cosecha y rogarle que la del año venidero sea igualmente rica.-
-Por el modo en que describe la fiesta, no me parece una ceremonia estrictamente religiosa. ¿Me equivoco?-, preguntó Bella con una sonrisilla maliciosa.
Edward se echó a reír. -¡Dios mío, no! ¡Para nada! En estos festejos todo se mezcla, lo religioso y lo pagano. En cualquier caso, lo de esta noche no es apto para curas.-
-¿Tan desenfrenada es?-, preguntó ella con una punta de preocupación.
-No se comenten pecados mortales, si es lo que quieres saber, pero la gente se abandona un poco al pacer de la carne.- Sonrió con apuro, tal vez no había estado demasiado tranquilizador.
-¡Hum!, no me convence nada-, respondió Bella, efectivamente insegura.
A lo lejos se oían voces que los llamaban por sus nombres, mezcladas ya con el sonido de algunos instrumentos. Una brisa repentina le trajo el aroma de los alimentos que se estaban cocinando al fuego y a Bella se le hizo la boca aguan. En las bodegas habían tomado más que un aperitivo (excepto la señora Esme que, por supuesto, se había puesto morada) y ya eran más de las ocho.
El sendero que estaban recorriendo se bifurcaba en una última curva, detrás de la cual, se extendía un magnífico prado. A la lontananza, hacia el oeste, se veían brillar las luces de Florencia. A un lado del claro, habían sido encendidos los fuegos para las barbacoas y ya crujían y crepitaban las carnes puestas a asar despidiendo un delicioso olor. Las mujeres, con sus largas faldas cubiertas por delantales blancos, llenaban platos de pasta sin cesar.
Bella se paró a observar a una chica que se pasaba una mano por la frente para secarse el sudor. Un apuesto y robusto joven se le pasó delante de repente, rodeándole la cintura con sus brazos y plantándole un ardiente beso en la mejilla. La piel aceitunada de la chica se encendió de placer y alegría y echándole los brazos al cuello le ofreció sus labios para un beso más íntimo.
Mirando aquella joven, Bella sintió una punzada de melancolía y casi de envidia. Le habría gustado ser como aquella chica. Pensaba que su vida habría sido mucho más fácil, si hubiese tenido un marido simple e hijos a los que dedicarse en cuerpo y alma, en vez de tener que estar siempre preocupándose de interminables y aburridos problemas, la mayor parte de las veces irresolubles.
-Me gustaría poder ayudar. Están trabando muchísimo…-. Se ofreció Bella, intentando distraer su mente de tan deprimentes pensamientos.
-No, no, no esta noche. Esta noche tengo que ser "il padrone" y tanto mis amigos como mi familia estamos aquí para que nos sirvan-
-Pareces recién salido del Medioevo.-
-Este es un pueblo de antiquísimas tradiciones, casi milenarias. El secreto está en saber elegir con buen criterio qué debe cambiarse y qué debe permanecer. La mayor parte de las tradiciones están muy arraigadas y es bonito conservarlas, pero tampoco hay que exagerar y ser demasiado reaccionario. El pasado puede convertirse en un peso terrible ¿sabes? A veces se transforma en una especie de losa cuyo peso te aplasta sin que puedas liberarte.-
Bella lo miró con suspicacia. Pero Edward ya no la veía, se había dado la vuelta hacia un grupo de gente que estaba preparando una mesa. Tiene razón, pensó para sí. Y Jacob era la encarnación de su propia losa.
-¿Estará también el señor Hale esta noche?-, preguntó Bella esperando una respuesta negativa. Se encontraba mucho más en su aire si no veía al alemán.
-No. Es un tipo poco proclive a los festejos populares, incluso diría que lo es a cualquier acto social, en general. No sé si me explico.-
-¿Quieres decir que no le gusta mezclarse con los demás mortales?-, sugirió Bella.
-¿Te cae muy mal, verdad?-, dijo Edward de repente.
Un poco apurada por aquella observación una tanto brusca, la chica vaciló intentando una explicación válida. Decidió decir la verdad. –Sí, ésa es la verdad, Edward. Ese hombre no me gusta. Y no entiendo cómo puedes…- Titubeó aún, insegura de no estar yendo demasiado lejos, pero el rostro de Edward estaba absolutamente tranquilo, sereno y la animaba a seguir. –La verdad es que no sé cómo puedes soportarlo. Es tan frío, polémico y pedante, mientras que tú, en cambio eres...¡en fin! Que ese hombre no tiene nada que ver contigo-, concluyó a media voz.
-Me da el sentido de la disciplina, una cualidad de la que carezco totalmente-, le explicó el tenor. –Me obliga a poner los pies sobre la tierra, a organizar el trabajo, a cumplir con los compromisos aceptados…-
-Pues no tiene ninguna intención de hacerlo con respecto al que estamos organizando nosotros. Odia la idea de una gira por América.-
-Es cierto. Efectivamente, la idea ha sido mía.-
-Tal vez se ha sentido dejado de lado, entonces.-
-Puede ser, pero debe aceptarlo. Y dime si te ha faltado el respeto, Bella, porque si lo ha hecho, hablaré con él. Tal cosa no debe volver a suceder jamás.-
-¡Oh, no, no te preocupes! Me quedaré aquí poco tiempo, mientras que tú y tu manager tendrán que trabajar juntos aún muchos años. No tengo la menor intención de interferir en su relación, es sólo que…- Se interrumpió de repente.
-Vamos, sigue-, le animó Edward. –Debes expresar tus sentimientos, tus sensaciones y corazonadas en todo momento. Tengo la sensación de que son sinceras y acertadas.-
-Por tu bien, Edward, ten cuidado con ese hombre. No estoy del todo segura de que vele exclusivamente por tus intereses.-
El alzó la mano y le acarició en mentón. -¡Te preocupas por mí! Es una cosa que me emociona profundamente, créeme; pero no tienes por qué preocuparte, aunque de todos modos reflexionaré sobre lo que has dicho. ¡Y ahora basta! Es un argumento demasiado serio para la fiesta de esta noche. Lo que tengo que conseguir ahora es hacer que te emborraches para que te olvides de tu trabajo y de que eres una mujer de negocios americana, para que te conviertas en una romántica italiana. Y no se te ocurra protestar.-
Se inclinó hacía ella y le rozó apenas con un suave beso en los labios. Bella sintió que un súbito calor la envolvía, mientras su corazón seguía empeñado en su nueva costumbre de acelerarse como un cohete. Había sido suficiente aquel leve toque de sus labios, aquel ligerísimo soplo cálido contra su boca para hacer que perdiera el control de sí misma.
-Ricardo-, se sofocó, -estoy por motivos profesionales…-
-Tanto mejor.-
-…mi profesión es agente de viajes. No debemos perder de vista el objetivo de mi estancia aquí.-
-Es un objetivo que tengo en cuenta constantemente, mi dulce Bella.-
Intentó ignorar la expresión ardiente de sus enormes ojos verdes y el tono irónico de su respuesta.
En aquel momento se elevó entre la gente un alegre murmullo y todos se volvieron a mirar el gran Mercedes de los Cullen que avanzaba cautamente por el sendero. Del coche bajaron Ian, Alice y Esme, la cual, enfundada en un trabajadísimo, riquísimo y complicadísimo traje regional era un espectáculo viviente.
-Se estarán preguntado donde estamos-, susurró Edward. –Vamos con ellos.-
Sin pedirle permiso cogió la mano de Bella y la condujo hacía en centro de la explanada. La acogida que la gente le hizo a Edward fue más calurosa que nunca. Todos lo rodeaban para estrecharle la mano, saludarlo y abrazarlo. Inmovilizada entre el gentío, Bella se sintió partícipe de todo aquel calor humano, arrastrada por el entusiasmo general. Una gran sensación de felicidad y satisfacción le llenó el alma, le parecía ser una princesa.
Luego, sin embargo, sin ton ni son, se sintió fuera de lugar. Como si estuviera en medio a toda aquella gente disfrazada de lo que no era: en el fondo no era más que una agente de viajes, y no la mujer de Cullen, ni siquiera miembro de su simpática familia. Era una extraña.
Hizo deslizar su mano de la de Edward y comenzó a echarse a un lado. Tras de sí, una orquestina atacó con una alegre y jaranera melodía. De repente tuvo unas incontenibles ganas de llorar, y lo habría hecho si no fuera porque un brazo fuerte la agarró por el codo. Oyó la voz amable de Edward.
-No te vayas, Bella querida. ¡Mira!- Le indicó una estrella fugaz que en aquel momento atravesaba el cielo de terciopelo azul. –Hasta las estrellas se van, si tú te alejas.-
Sonrió débilmente a aquella romántica ocurrencia, pero luego sacudió la cabeza decidida. –No, no puedo quedarme. No soy parte de todo esto. Mi puesto no está aquí-, susurró.
-Dentro de ti-, dijo Edward, -sabes muy bien que sí lo es. Pero tu cabeza, tu difícil cabecita de buena chica americana, no te permite admitirlo.- Hizo una pausa, con la mano aún agarrándole el codo, casi apoyada sobre el seno. –Por favor, Bella, no te vayas.-
Bella estaba sosteniendo una feroz lucha interior. Por fin la atracción que sentía por aquel hombre venció sobre todo lo demás. Estaba asustada, es más, se sentía aterrorizada de sus propios sentimientos.
Edward leyó en su rostro la incertidumbre y aprovechó la debilidad para cogerla por la cintura y arrastrarla de nuevo al claro. La cabeza de Bella se posó sobre su poderoso hombro y la chica pudo percibir aún más claramente su olor, limpio y viril. Los robustos brazos la sostenían transmitiéndole seguridad y junto a todo ese calor, su propio cuerpo se iba transformando en lenguas de fuego.
-Ahora bailarás conmigo, querida, y luego te emborracharé.-
Alzando el rostro para mirarlo a los ojos, Bella le preguntó: -¿Acaso es un desafío?-
-¡Sí!-
-¡No ganarás!- Le advirtió.
-Mi dulce pequeña, yo gano siempre.-
Un escalofrío la recorrió porque, nunca lo había pensado, le creía ciegamente.
Perdon por haber demorado tanto en actualizar, es que como contaba ayer cuando acutalicé Mi Milagro Personal, este ultimo mes no pude actulizar, más que este fic lo tengo que pasar a mano en Word, entonces lleva tiempo.
Espero que les guste, esto se va poniendo bueno.
Un beso y disfruten.
Giselle
