Penúltimo capítulo :3

Capítulo 3
Ondina

La luz del Sol daba de pleno en la ensenada cercana al peligroso Cabo, y daba de lleno en la espalda de la mujer que tomaba el sol a la orilla de la playa.
Lucía una piel pálida y nacarada como la de las féminas del norte de Europa y de su cabeza caían cabellos largos y finos que brillaban con el color del astro rey.

La muchacha elevaba la parte inferior de su cuerpo en un ademán típico femenino, mientras jugaba con la arena entre sus dedos. Pero aquella extremidad posterior no era humana, sino que se trataba de una poderosa aleta caudal, como la de los cetáceos que cruzaban el ancho mar, que partía de su cadera fuerte y brillante con el color de la vívida sangre y que terminaba en una hermosa aleta.

El nombre de aquella criatura resuena con el sabor salino de dos diosas, ambas marinas, ambas grandes y maternales para el pueblo griego.

Thetys la esposa de Océano, la madre de las cincuenta nereidas y la que crió a la augusta Hera, una vez que la diosa hubo visto la luz, liberada de la prisión paterna por su prudente hermano.
Y la otra Thetys, la ninfa, pretendida por dos Crónidas pero entregada a un mortal de ascendencia divina por una afortunada profecía: Será el fruto de tu vientre más poderoso que quien lo engendrase. Y en efecto, fue el Pelida más poderoso que quién lo engendrara. Y detrás de Aquiles estuvo la hija de Nereo apoyándolo en lo que pudo.

Ambas comparten la naturaleza materna, devota, con la ondina que arrastra su cola por las arenas de Sunión.

Thetys levantó la cabeza de repente, alertada por un ruido repentino. Sabía bien que no debía dejar que nadie la viera o correría peligro. Aún no sabía qué era la misteriosa llamada que la había impulsado a dejar las aguas danesas donde había nacido para llegar hasta Grecia.

Aquella llamada era divina y misteriosa, pero lejana, como si quién la emitiera estuviera muy lejos.
¿Acaso sería del gran dios de las aguas de los griegos? ¿Aquel a quién llamaban Poseidón, que también agitaba la tierra?
En ese caso, ¿por qué la afectaba a ella aquella llamada? ¿Acaso era su Destino servirle a aquel dios en alguna forma?

Se sentó sobre la arena mientras acariciaba su cola con ademán distraído.

Sin duda, pese a que ella era, en muchos sentidos, una criatura libre de la moral y las restricciones humanas y podía no comprenderlas a veces, siempre habría una ley mayor que se debía respetar, la ley de la naturaleza, la ley y voluntad de los dioses.
No le quedaba pues, otra cosa más que esperar a ver qué sucedía.
Y luego estaba Kanon.

Aún no entendía tampoco qué la había impulsado a mirar dentro de la celda la primera noche ni porqué se sentía así respecto a aquel joven. Quizás fueran sus instintos de ondina, aún no lo sabía.
Y ahora ya no podía ser libre.

Siempre había escuchado historias acerca de lo que suponía que sucedía si una ondina se enamoraba de un ser humano. No era algo imposible, pero si era algo muy poco común, pues eso significaba que su corazón, que debía ser frío y libre, uno con el mismo mar, se había calentado y añoraba compañía. Y si el amor llegaba a un punto extremo, podría renunciar a su inmortalidad para estar con él.
Pero los cuerpos de los hombres no vivían eternamente, como los suyos. Aunque sus almas sí.
Ahora ella sentía aquel calor en su pecho, cálido y reconfortante, cada vez que pensaba en él. Era algo extraño, a veces sentía que todo su cuerpo temblaba de anticipación y añoranza, como si la compañía de aquel mortal fuera todo lo que deseaba para sentirse completa. Se rió levemente.
Conocía de Amor, de aquel dios caprichoso de los mortales de cuyas certeras flechas no podían escapar ni los mismísimos dioses.
¿Aquellos dulces pesares y sensaciones que estaba sintiendo eran efecto de aquel dios, que había hecho de ella su blanco?
¿Aquella ansia por verlo, y estar a su lado, por besarlo y acariciar su cuerpo?

Se acurrucó en la arena con miedo. Miedo de llegar a la celda aquella noche y no encontrarlo...o de encontrar su cuerpo exánime, su aliento robado por las olas.

Y sin perder más tiempo, se lanzó entre las olas, con la agilidad y la fuerza propia de los delfines. Cuando llegó a aquel peñasco desde el que se podía ver bien la entrada de la gruta se asomó con cuidado. No tardó en verlo, sentado al lado de los barrotes, tratando de limpiar su cabello de restos de arena y sal.

Tan solo la visión fue un bálsamo para ella y suspiró tranquila, sabiendo que Kanon estaba bien. Se quedó un rato detrás del peñasco, hasta que sintió que la marea subía. Se quedó aguardando, con expectación.

La vez pasada había percibido aquella energía que al parecer acudía para salvar al muchacho de perecer ahogado y se había dado cuenta de que no era una energía común. Sin duda era la de un dios. Pero no era la misma que la llamaba a ella, no tenía aquel carácter profundo e insondable, frío y libre, como el mismo mar.
Sabía vagamente que existían más dioses entre los griegos aparte de Poseidón y de aquel Amor. Pero no los conocía, ni los había visto nunca. ¿Quizás uno de esos dioses acudía a ayudar al muchacho con aquel extraño castigo?

Podía salir cuando quisiera, le había dicho. Pero no quería, también le había explicado. Sin embargo, había aflojado los barrotes sin ayuda de nadie, para engañarla, pero no había escapado. ¿A qué venía aquel deseo de aislamiento?

En los ojos de Kanon había leído muchas cosas. Dolor. Ira. Sed de venganza. Desesperación. Desconfianza. Y ante todo, resignación. Como si supiera que se merecía aquello, pero a la vez supiera que era una injusticia. Y una ambición fluctuante, como si estuviese convencido de que estaba destinado a algo grande, algo más grande que estar encerrado en aquella celda. Y solo esperara una señal.
Una señal...

¿No quería salir o aguardaba una señal de que debía hacerlo?

Movió la cola de un lado a otro. Aquel muchacho había pasado por muchas cosas, quizás había tenido una infancia difícil y sufrido traumas que habían moldeado su carácter hasta convertirlo en el hombre que ahora miraba al mar con la mirada perdida.

Kanon percibió como la ondina lo miraba desde su roca y su mirada se desenfocó al perderse él en sus pensamientos.

Aún no comprendía qué era exactamente lo que sentía por aquella criatura. No estaba acostumbrado a sentir afecto por nadie. Ni siquiera por Saga. Mucho menos por Saga.
Pero su corazón se aceleraba cuando pensaba en Thetys. ¿Por qué? ¿Qué tenía que lo atraía tanto? ¿Quizás que no era humana, y por lo tanto no parecía interesada en censurar el que se encontrara allí? ¿O quizás, el instinto primitivo que era consciente de que ella era una hembra a pesar de la cola de pez?

Resopló de forma perceptible y apoyó la espalda en la pared de piedra concentrándose en la figura de la ondina y en lo que sentía al pensar en ella.

Sintió que el vello del cuerpo se le erizaba al evocar la figura de Thetys. Curiosamente, al mostrar ella su cuerpo tal y como era, no sentía un deseo morboso por descubrir que había debajo de la ropa, sino simplemente, deseo.

Pero las cosas serían más simples si solo sintiera deseo…Estaba bastante seguro que los nervios y las mariposas en el estómago no tenían nada que ver con el deseo sexual.

Sintió que la cara se le ponía roja y se volvió con brusquedad, deseando que ella no hubiera percibido aquello. Soltó un gruñido nervioso y la respiración se le alborotó por un momento

La imposibilidad de saber cómo reaccionar ante aquello lo estaba volviendo loco. No estaba acostumbrado a perder el control de sus sentimientos, ni tampoco a sentirse así. Pero tampoco quería atarse demasiado, porque aún ansiaba vengarse de Saga por encerrarlo y no podría hacerlo si estaba con Thetys, porque ella no podía vivir en la tierra.

Pero parecía que su corazón había tomado las riendas solo y se dedicaba a sentir de manera bastante intensa.

Jadeó y se llevó la mano al pecho, automáticamente. Ahí estaba de nuevo aquel horrible pinchazo, como si tuviera una flecha clavada en medio del corazón. Suspiró, intentando calmarse, mientras se apoyaba más en la pared de piedra y comenzaba a respirar más despacio, intentando atenuar el dolor. Una sonrisa irónica se dibujó en su rostro.

Sus ojos se posaron en la piedra que le servía de lecho, dudando de si recostarse, sabiendo que si lo hacía, no iba a poder dormir.

Comenzó a caminar de un lado al otro de la gruta como un tigre enjaulado ansiando que llegara el atardecer para poder preguntarle personalmente a Thetys las cosas que tenía en mente.

Confiaba en que la ondina acudiera, casi que deseaba que lo hiciera. Como la había visto rondando la celda unas horas antes, le parecía poco probable que no apareciera, sobre todo teniendo en cuenta que había sido ella la que había iniciado aquel juego a las escondidas y que parecía tan interesada en él, como él lo estaba en ella.

Gracias a la ayuda de aquel cosmos, había dejado de temerle a la marea alta y ya solo esperaba ver el rumbo que tomaban sus sentimientos por Thetys para decidir cuándo podría salir de aquella gruta, que ya lo tenía harto. Calculaba que había pasado poco más de una semana desde que estaba ahí encerrado y no creía poder soportarlo más. A pesar de que había decidido guardarse su rabia para sí mismo y ahora no estaba para pensar justo en su venganza, su mente ya había dejado aquel estado errático de los primeros días y hacía planes sin cesar.

La luna se cuela por la boca de la gruta, haciendo juegos fantasmagóricos de luz al contacto con el agua y las paredes pétreas, en el cabello de Kanon, dándole una luz extraña a sus ojos, que solo contemplan la pared con paciencia, esperando…

Cuando oyó el sonido de la cola de Thetys, el corazón le dio un salto feroz dentro del pecho y empezó a galoparle violentamente contra las costillas. Se volvió despacio hacia la entrada de la gruta, tratando de no parecer demasiado ansioso cuando ella zafó los barrotes para entrar.

-Hola...,-saludó, cohibida de repente, dándose cuenta de que no sabía su nombre. ¿Cómo sentía aquellas cosas por un hombre del que ni siquiera sabía el nombre? Qué tonta.

-Kanon,-completó él con una sonrisa.

-Kanon.

-¿Cómo estás tú, Thetys?

-Bien…-el corazón le latía a mil por hora y sentía la cara muy caliente.

-¿Sabes si Poseidón está cerca de aquí?,-la pregunta la sorprendió. Poseidón. ¿Por qué preguntaba acerca de aquel dios?

La pregunta sorprendió a Kanon.

-¿Poseidón?,-balbuceó.- ¿Qué quieres saber acerca del dios del mar?

-Yo…yo he sentido su llamada…pero no sé de donde proviene. No la siento cerca.

Aquello despertó poderosamente el interés de Kanon. ¿Ella podía percibir algo que él no? ¿El ánfora que contenía el alma del dios estaba cerca a pesar de todo?

-Estamos bajo el templo que se le construyó en tiempos antiguos. Athena se enfrentó a él por el patronazgo de Atenas en la Antigüedad y lo derrotó. Se ha enfrentado con él en varias ocasiones y selló su espíritu en un ánfora que se creía que estaba en esta cueva. Pero yo he estado aquí ocho días y no he encontrado nada,-se encogió de hombros.

-Oh…,-movió la cola, algo curiosa.-Hay algo que me mantiene cerca de este lugar. Es casi como si me llamara. La percibí un día en el mar y me condujo hasta aquí.

-¿De dónde eres?,-preguntó él, curioso.

-Del otro lado del continente. De Dinamarca.

Kanon abrió los ojos sorprendido. ¿De tan lejos?

-¿Te sorprende?,-preguntó ella.

-Es bastante lejos, ¿sabes? Sin duda, solo un dios podría haberte atraído desde tan lejos.

Su mente trabajaba a mil por hora. ¿Si el dios estaba encerrado, como era que su energía había podido atraer a Thetys desde tan lejos? ¿Acaso el sello había perdido su fuerza y el agitador de la tierra buscaba nuevos adeptos para enfrentarse nuevamente contra Athena? ¿O acaso su alma vagaba por los océanos buscando un cuerpo que poseer?

Tantas dudas…y ninguna respuesta.

Pronto, aquellas dudas empezaron a ocupar un segundo plano, mientras su corazón tomaba las riendas, latiendo dulcemente y su atención se volvía hacia la ondina. De repente, toda la ansiedad que lo había martirizado todo el día desapareció de repente.

Para Thetys también parecía ser así y lo miraba con curiosidad. Sin saber cómo, se acercó a él hasta que el tacto resbaloso de las escamas rozó la mano de Kanon. Él se tensó, pero se quedó quieto mientras ella se acostaba contra su pecho. De repente sintió mucho calor en el cuello y en el pecho, y un suspiro abandonó sus labios casi sin que lo notara. La vieja herida comenzó a arder de una forma muy distinta esta vez, casi que dulcemente, mientras las mariposas se apropiaban de su estómago, batiendo con fuerza.

Thetys también se sentía algo extraña, protegida y segura. Sin saber por qué, recostó la cabeza en el pecho de él y enrolló la cola alrededor de una de sus piernas. El latido rítmico y la calidez de su pecho la sorprendieron, nunca había sentido algo así.

Sin darse cuenta, ambos se durmieron una en brazos del otro, hasta que el Sol volvió a salir.

La marea no subió aquella noche.

Ay, qué cositos 3

Por supuesto tenía que justificar como fue que Thetys terminó engrosando las filas de don Pose cuando la Toei no se molestó en hacerlo.

El nombre 'Thetys' se deriva de la palabra griega têthê, "la enfermera" o "abuela". Tanto Thetys la nereida, siempre velando por su hijo como la titánide, que produce las aguas que alimentan al mundo y crió a la diosa Hera, hacen honor a ese nombre.

Y por supuesto, la devoción de Thetys por Julian y su sacrificio postrero por salvarlo dan a pensar porqué el viejo la llamó así y le dio la scale que representa a una ondina.

Y Kanon…Kanon sigue ahí, ya pensando en escaparse xD

¡Gracias por los comentarios!

¡Un beso grande!