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Un gemido de Damián hizo que se detuviera. El sonido que salía de su garganta no era de placer sino de dolor, tuvo que recordarse la herida en su cabeza, antes de llamarse a sí mismo "maldito idiota" pero lo había decidido. Decirle lo que sentía, demostrarle que lo quería y por la manera en que respondió puede que tal vez, él...
Sus ojos permanecieron cerrados, quizás le dolía demasiado y con besarlo, sólo lo había arruinado, pensó en buscar una aspirina, prepararle un té o quizás prefiriera un baño. Sus mejillas se incendiaron, sus dedos temblaron, sus ojos repasaron la figura de Damián Wayne de arriba abajo. Era apuesto, estaba jodidamente bueno y lo sabía porque él ya lo había visto desnudo. Dudaba que su amigo lo recordara, los primeros meses de su "vida juntos" se tradujeron en una temible batalla contra la desintoxicación. Arrancarle los vestigios de la heroína, cocaína y de los besos y caricias de Emiko Queen.
Ahora sus labios estaban húmedos, enrojecidos y llenos de él.
Unos golpes contra la puerta los hicieron salir de su sopor, Wayne lo miró como preguntando si esperaba a alguien, en sus ojos no había molestia, ni siquiera incomodidad porque él lo hubiera besado. —¿A caso también lo sintió como algo de lo más natural?— Como si lo hicieran a diario, después de los "buenos días" y antes del "que te vaya bien" ¿Podrían tener una nueva rutina ahora? ¿Una relación formal?
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—¡Abre la puerta en este instante jovencito o voy a tirarla!
—¡Por Dios! —Damián se incorporó de inmediato y al hacerlo se mareó, él le sirvió de soporte, lo rodeó por la espalda. El contacto de sus manos, la cercanía de sus cuerpos, la diferencia de estaturas no era tan amplia pero se sentía un poco ridículo estando a su lado.
Tres años los separaban, aunque en un principio, él había sido mucho más alto que aquel.
—Jon…—Damián lo miró a los ojos con intensidad. Fulgor y oscuridad es lo que veía en sus ojos esmeralda, pasó saliva por la seca garganta convencido de que en este momento de sus vidas, lo que le pidiera, se lo daría. —Si de verdad me amas, has que se vaya.
—¡¿Ehhh?! —se había olvidado de la puerta siendo aporreada. ¡Oh genial! Un contacto de sus cuerpos y ya estaba en el quinto nivel del nirvana. —¿¡Tú sabes quién es!?—preguntó mirándolo con descaro. La voz era femenina y entonces su burbuja de amor cayó desplomada. ¿Era otra cita? ¿Las tenía agendadas o en qué momento las llamaba?
Él veló su sueño la noche entera, le abrió y entregó su corazón en bandeja de plata. —¿Y así es cómo se lo pagaba?— Cerró el puño de la mano diestra mientras aquel, iba y venía tratando de adecentar la sala. Misión imposible porque en gran parte era su recámara y entonces había ropa suya tirada por todos lados, libros, revistas, botellas de cerveza vacías, empaques de cigarrillos, ceniceros sucios…
Si Clark y Lois vieran las condiciones en que vivían posiblemente se infartarían, pero tenía la ventaja de diecinueve años de expediente limpio y por tanto le creían que estaba en un departamento digno de la realeza. Volviendo a lo que decía, sintió el impulso de golpearlo, sólo que no se le ocurría dónde. La cabeza estaba prohibida, el estómago también porque era de cobardes pegar ahí.
Igual y le metía el pie ahora que estaba tan apurado y que se terminara de romper el otro lado de la cara.
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—¡Te lo advierto una ultima vez Damián! ¡Voy a tirarla!
—¡Ya estoy abriendo, Talía!
—¡Soy tu madre!
—¡Bien! Ahora todo el edificio lo sabe…—tras escucharlos, se quedó congelado de la cabeza a los pies. Afortunadamente su cerebro reaccionaba rápido y se apresuró a terminar de colocar las cosas en su lugar. Quitar ese zapato de la mesa de centro, levantar la chaqueta que parecía cumplir la función de alfombra. Un segundo. —¿¡Eso tras las Gencianas que le obsequió su abuela era un tubo de lubricante!?— mejor no examinaba nada y lo lanzaba todo como hacía Damián al interior de su recámara.
Cerraron la puerta con doble seguro cuando acabaron y ya parecía que vivían como personas decentes.
Amantes decentes, pues su departamento era de una sola recámara y si su madre preguntaba
—¿Dónde dormía Damián?— Le diría que entre sus sábanas o en la tina del baño como un refugiado. No le pareció que dejarla entrar fuera una buena idea. Sus hermanos no conocían el interior del departamento, se limitaron a dejarlo en la puerta y él llevó a Damián sobre sus hombros hasta recostarlo en el sofá.
El mismo sofá de color chocolate donde se había masturbado hasta correrse pensando en Damián, el que su amigo usaba para atender a sus citas, incluyendo al ultimo chico que se parecía aterradoramente a él. Debería quemarlo o cubrirlo con millón de bolsas de plástico. —¡Santo Dios!— Apenas se daba cuenta de que no vivían como animales, sino en un asqueroso y sucio burdel. —¡Su buena madre no podía sentarse ahí!— Ni siquiera él volvería a hacerlo. ¿En qué pensaba cuando se acostó todo lo largo y ancho que era, leyó su novela erótica y luego se abrió el pantalón y dio rienda suelta a su imaginación. —¡Ahhhhh!— ¿¡Qué tal que se le pegaba algo y tenía que ir al doctor!?
¡NOOOO! ¿Qué le diría a su madre, a su padre, al estúpido de Conner o a su querido y mejor amigo canino Kripto?
—¡JON! ¿Quieres dejar de mirar el sillón como si estuviera en llamas y decirme dónde están tus llaves? —Damián comenzó a zarandearlo, y claro que escuchaba lo que decía, pero en su mente sólo había una cosa que era importante. "Quemarlo todo, todo, TODO"
—Jonathan por favor, no sabes cómo se pone cuando no la obedeces.
—De acuerdo, pero tú abres la puerta. —sacó las llaves de su pantalón y se las arrojó a la cara. Damián las atrapó al vuelo y antes de abrir volvió a detenerlo.
Se quitó la camisa de vestir que llevaba sobre la otra y se la ofreció a él. La suya estaba sucia e impregnada de sangre, sus cabellos alborotados. El chico se cambió rápido, trató de no mirar su torso desnudo —¿Pero a dónde más iba a mirar?— Ya lo había besado y estaba a medio milímetro de él. Le ayudó a peinar su cabello con dedos desnudos, evitando que con las prisas dañara la zona afectada.
El momento íntimo una vez más, mandó a segundo plano la desesperación de su madre.
Algunos vecinos ya estaban clamando que guardara silencio o mejor se largara. No le importó. Ni que estuvieran dando de qué hablar, tener que cambiar los muebles de la sala, esconder a la pobre Genciana donde no pudiera ser profanada, con tal de tenerlo a su lado.
—Deberías esconder eso…—comentó su amigo refiriéndose a la prenda y agradeció que lo hiciera pues si seguían así, lo que tendría que esconder sería su erección. Le dijo que sí con un movimiento de rostro aunque hubiera preferido pararse sobre la punta de sus pies y robarle otro beso.
Desapareció a lo largo del pasillo mientras escuchaba la puerta siendo abierta.
A Talía la conoció en la fiesta de graduación de Damian y de lo que recordaba, era elegante, sofisticada y sumamente sexy. No charlaron demasiado pues al igual que su padre, creía que su hijo desperdiciaba su talento jugueteando a ser artista. Lo acusó entre copas de abandonar las carreras de economía y administración de empresas mucho antes de eso.
¡Él era inteligente, ambicioso! Maldita la hora en que perdió el buen camino.
—¡Esto es lo que quiero! —clamó su amigo con vehemencia, cerrando los puños y golpeando a la mesa. Acto seguido se levantó junto con Emiko y ya no volvió. Colín estaba con Maya, él con su primera y única novia, Katherine. Les desconcertó bastante que los dejara en la mesa pero no podían culparlo.
Ya sabían que estaba solo en esto de seguir sus sueños, que sus hermanos y padre omitieron la invitación y su madre acudió sólo para humillarlo.
Su padrastro era un auténtico pelmazo, todos los comentarios que hacía eran para forzar a Damián a llamarlo "padre" cosa que no haría por mucho que se hubiera casado con Talía y hasta Colín advirtió a Slade que se estuviera en paz con eso o lo mandaría de un puñetazo a la otra mesa. Su amigo con cabellos de fuego era intimidante cuando estaba molesto, además de que también se tomaba en serio la protección de Damián. Esperaba que el tal Wilson no viniera con ella, es decir. Damian tendría que estar reposando de cara a la almohada y con él lamiendo su herida.
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—Madre…—dejó caer la prenda en el cesto de basura pues su habitación la dejaron cerrada y la llave estaba junto a las que le dio a Damián.
—Ya era hora. —lejos de entrar, la mujer se tomó su tiempo para sujetar la cabeza de su hijo y examinarlo a conciencia.
—¡Auch!
—¡Guarda silencio! Si tienes edad para meterte con porquerías, la tienes para soportar mi escrutinio, ¿Cierto?
—¡Ahh! ¿¡Qué crees que haces, mujer!? —Talía le arrancó la gasa y echó un mejor ojo a la herida en su nuca.
—¡Te dieron tres puntadas! ¿Qué fue esta vez? Una pelea de bar, dime que no has estado cavando más profundo en tu destrucción.
—Cuida tu tono Talía, podría creer que en verdad te preocupas.
—¡Por supuesto que lo hago! —lo empujó hacia adentro y cerró la puerta detrás de sí. Damián se alejó lo más que pudo de su madre, él pensó en dirigirse al baño y tomar el botiquín de primeros auxilios.
—¿Dónde estaba el inútil de tu padre mientras tú desperdiciabas la preciosa vida que te di en las calles?
—Ah, ahí está. El verdadero motivo de tu visita.
—¿Disculpa?—Talía se quitó el abrigo que llevaba a cuestas y lo depositó en el respaldo de la silla donde se sentó.
—Buscas un pretexto para pelear con mi padre.
—¡Como si necesitara más de lo que estoy mirando! ¿¡Por qué vives en este lugar tan…ridículamente pequeño!?
—¡Porque quiero! —respondió en seco tirándose en su sillón chocolate.
—¿Y tú eres…?—preguntó la madre mirándolo a él. Sintió que debía lucir como un insecto de lo más insignificante. Su camisa de cuello redondo azul cielo, los jeans deslavados y desgastados, rotos de las rodillas, los zapatos deportivos rojos, sus cabellos desordenados y las gafas transparentes. Se había acomodado en un banco de madera que usaba para afinar la guitarra acústica. De hecho, el instrumento no estaba demasiado lejos de él y le daban ganas de tocarlo sólo para fingir que estaba ocupado.
—Sabes quién es. —respondió Damián cerrando los ojos como si contara hasta diez.
—¿Su amiguito de juegos? —Talía sonrió con malevolencia, él asintió tímidamente con el rostro y Damián se hundió un poco más en el sillón. No creía que fuera buena idea someterlo a todo este estrés, aún debía estar bajo el efecto de las drogas. —¿Qué habrá probado luego de saber que la mujer de su vida, se casaría con un hombre que conoció en una de sus peleas?— Uno que tomaba el futuro y las oportunidades que él despreció. Dirigir un consorcio multinacional, tener hijos, sentar cabeza.
Que él supiera, Damián estaba peleado con la idea del matrimonio y la familia. No creía en "felices para siempre" pero sí en "juntos por siempre" en las buenas, las malas y las peores.
Creía haberlo acompañado en muchas de esas, sólo era cosa de hacer que él lo reconociera.
Talía advirtió la tortura en el cansado rostro de su hijo y antes de que pudiera agregar más se levantó de su asiento y volvió a revisarlo. Si pudiera describirla, diría que era una amorosa madre, no tan tradicional como Lois pero se preocupaba por su hijo. No por nada lo forzaba a abrir los ojos y veía con decepción que estaban sumamente irritados y perdidos.
Abstinencia.
Habían pasado las horas de satisfacción. Su cuerpo demandaba otra dosis que no iban a darle y entonces, lo mejor para él, sería la bañera.
—¿Otra vez te estás drogando? —preguntó indignada, intentando disfrazar el quiebre de su voz.
—Tus estúpidos hermanos juraron…
—¡¿Así que ellos te mandaron aquí?! Ya se me hacía extraño que supieras dónde encontrarme.
—¡Dijeron que te metiste en problemas y que por poco no la cuentas!
—¡Exageran! Solo tuve una recaída luego de seis meses de estar limpio. —Damián la apartó con un manotazo, Talía le quitó las manos de encima pero no se alejó. Era joven, mucho más que su padre o padrastro, debió tenerlo muy chica. ¿Dieciséis, dieciocho? Todos sus hermanos eran por el lado de Bruce así que una parte de él quería saber ¿Por qué una mujer tan bella no se aventuró a tener mas hijos? ¿Damián habrá sido tan difícil desde temprana edad? ¿O qué sucedió?
—¡¿Esa maldita mujer tuvo la culpa, no es cierto?!—acusó con furia incorporándose de nuevo.
—¡Tiene un nombre! Es Emiko y para tu suerte, se acabó.
—No te creo.
—Va a casarse.
—¡JA! ¿Así que se consiguió a alguien más idiota que tú? —Damián iba a gritar algo pero en su defecto aulló de dolor. Él se levantó de inmediato y fue por el botiquín al baño. Su madre lo acompañó.
—¿Está hablando en serio? ¿Por fin terminó? —la miró a los ojos. Era sincera, en su preocupación y dolor. No podía imaginar lo que sería para un padre ver a su hijo destruirse a sí mismo, así que la tranquilizó contándole lo que sabía.
—¿Está cien por ciento seguro de que no es suyo?
—Dijo que sí y yo le creo. Sé que se la vive actuando como un idiota pero no lo es. —Talía sonrió comentando que hacía una mejor pareja con él, pero era mejor que se apartara de Damián.
—¿Por qué…? —si estaba desvelando su verdadero interés, no importaba. Su madre ya había apelado a la combinación de las camisas que usaban. Sólo las parejas vestían así.
—Mi hijo tiene la tendencia a abandonar todo lo que le importa.
—¿Qué...?
—En parte creo que es lindo, cruel pero lindo. Si te deja, debes importarle demasiado. —había nostalgia en las perfectas facciones de su madre. Así que lo extrañaba. Tras el divorcio de sus padres Damián se "emancipó" y comenzó a vivir por su cuenta, luego conoció a Emiko y se la llevó a su casa.
El departamento del que aparentemente acababa de exiliarse a sí mismo.
—Él cree que es veneno, que contamina a todos y todo lo que toca. No siempre fue así, pero supongo que en su momento, nos ensimismamos tanto en nuestros problemas que Bruce y yo le hicimos creer que nos separábamos por él.
Sus hermanos intentaron acercarse, pero ya era tarde. Prefirió alejarse, intoxicarse, aferrarse a esa pequeña bruja que no hizo más que torturarle. —No era cierto, bueno, no del todo. Damián ya se había apartado antes.
Era un grito que luchaba por ser escuchado, por eso se refugió en las artes. La música, la pintura y escritura. Quería que alguien lo viera, consolara y comprendiera. Lamentablemente, quien lo hizo antes que todos ellos fue Emiko. Talía se abrazó a sí misma, él tenía más urgencia por atender a Damián, su herida no podía estar tanto tiempo expuesta.
—Ve, yo los alcanzo en un momento.
Encontró a su amigo recostado de lado, temblando de frío en el sillón más largo.
—¿Jon…?
—Aquí estoy…—como dijo, los primeros meses de su vida juntos, se iniciaron así. Levantó su cabeza para poder acomodarse debajo y servirle de almohada, aplicó desinfectante que lo hizo sisear de dolor y una nueva gasa.
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Talía preparó el agua de la bañera, no le había tocado verlo, pero no era estúpida.
Sabía que su cuerpo debía doler como si le atravesaran cientos de agujas, que tendría ganas de gritar, vomitar y llorar. Sumergirlo ahí ayudaría a suavizar la sensación, también a disminuir la temperatura que iría en aumento por la necesidad de otra dosis.
Salió del baño cuando lo tuvo listo, contempló a su hijo y a su "amigo" vio las atenciones que con sumo cariño le procuraba. Estaba enamorado de él, eso era un hecho pero a la vez tenía miedo.
¿Dejaba ir a Emiko por lo mucho que la amaba? ¿Para poder velarla a distancia como hacía con ella, sus hermanos y padre? ¿O porque al fin la olvidaba?
¿Lo dejaría a él, después de algún tiempo? ¿O se quedaba porque no le importaba?
¿Lo amaba o no lo amaba?
Jonathan terminó de curarlo y comenzó a animarlo para que se levantara, ahí es dónde ella volvió a la marcha.
—Déjame hacerlo…—Damián se dejó hacer, totalmente ido, absolutamente perdido. Jon, no quiso que lo viera así pero se aferró.
—Sostuvo mis manos cuando dio sus primeros pasos y las volverá a sostener ahora. Su padre, se está encargando de otras cosas pero no creas que no quisiera estar aquí acomodándole una zurra. Tú descansa, también has tenido bastante.
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Los vio desaparecer a lo largo del pasillo y contrario de sus deseos sacó la camisa de Damián del sesto de basura, se abrazó a ella y volvió a acostarse en el sillón. Ahora recordaba porque la sanidad había sido el ultimo de sus pensamientos. Todo eso olía a él y sus hormonas, su corazón, todo lo que era, tenía una inmensa necesidad de él.
Fue quedándose dormido intentando pensar ¿Qué podía ser más importante para su padre que estar ahí? Sabía que como juez siempre estaba ocupado, pero era su hijo, el único sanguíneo pues a los demás los adoptó mucho antes de saber que Damián nacería.
La familia Wayne, aportaba cantidades monstruosas de dinero a asociaciones civiles, casas hogar, fundaciones para madres solteras, prostitutas, enfermos por transmisión sexual, etc. Hubo un momento en que la presión social aumentó de nivel. ¿Si les importaba tanto por qué no apoyaban con algo más que dinero?
Thomas y Martha ya habían engendrado al primero y único de sus hijos. Bruce se casó con Talía pero aún así accedió a adoptar otros niños. De familias rotas o que las habían perdido en circunstancias espantosas. Los padres de Richard fueron muertos en un loco bombardeo extremista, los de Jason fallecieron a consecuencia del tráfico de armas y drogas. Resultaba interesante que cada uno se dedicara a detener lo opuesto.
Como si Dick quisiera asegurarse de que ningún otro niño sufriera lo que Jay y viceversa.
Timothy perdió a su familia por un litigio. Era hijo de un hombre empoderado nacido fuera del matrimonio y aunque en un principio lo reconoció, al tener la mayoría de edad se lo quitó todo, acabó en la calle pero era tan sagaz que Bruce lo adoptó. Sobra decir que se convirtió en un abogado tan temible que no dejaba que tipos como su padre, abusaran de sus hijos.
Ya habían hecho sus vidas, los tres eran francamente impresionantes, no que Damián no lo fuera, pero entendía que entre todo eso, le tocó la menor parte.
¿Quién tenía tiempo para el pequeño niño que nació cuando todos estaban intentando perseguir algo mejor?
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—¿Qué es esto?—preguntó Emiko Queen al otro lado de la City. Bruce Wayne, Stephanie Brown y su esposo Timothy Drake pasaron de ella y se introdujeron al lujoso y amplio departamento.
—Una orden de desalojo señorita Queen, este departamento pertenece a Damián Wayne y dado que ha terminado su relación con él, la queremos fuera. —todo eso lo anunció Bruce, mientras Steph y Tim buscaban por todos lados algo que rápidamente encontraron.
—Si no sale ahora. —acusó Steph con satisfacción. —la aprenderemos por uso ilegal de drogas.
—¡Ya no las he usado! ¡Estoy esperando! —gritó la frenética mujer abrazando su vientre plano.
La declaración casi hizo que los tres se murieran ahí mismo. —¡Damián no podía ser tan estúpido!— Jason y Dick les dijeron que habían terminado, que esta vez era definitivo. Eso es lo que Jonathan Kent pregonaba a los cuatro vientos pero no había dado mayor explicación. —¿Huía a consecuencias de un embarazo?— No, jamás lo haría. Les gustara o no, el menor estaba loco por esta mujer, que ahora que la veían en nada más que lencería, no era demasiado bonita, pero tenía lo necesario para engatusar a cualquiera.
Su figura estilizada y perfecta, una silueta de bailarina, un rostro como el de Talía. Sabían que
Damian nunca superó la separación de su madre. El divorcio mas horrible, largo y tortuoso del mundo, pero eventualmente tendría que hacerlo y el primer paso era alejarlo de ella.
—¿Y quién es el afortunado? —preguntó Steph pensando lo mismo que ellos. Si fuera suyo, Damián ya estaría comprando sortijas y reservando el altar.
—No les importa. —respondió furiosa.
—Y a él tampoco porque si fuera así, usted estaría en su casa y no en la de mi hermano. Tiene diez minutos para vestirse y salir de aquí. Si la memoria no me falla, llegó con las manos vacías y es así como se irá. Toda la ropa, las joyas y obsequios se compraron con el dinero de Damián, así que es aquí donde se van a quedar. —Timothy impaciente como el solo iba diciendo todo eso a medida que hurgaba en el armario a rebosar de vestidos. Encontró uno mas o menos decente y se lo arrojó a la cara junto a los zapatos y lo que debía ser su bolso. Estaba lleno de cosas entre ellas, cigarrillos, maquillaje, tarjetas de crédito que le quitó junto a las llaves del departamento. Cambiarían las cerraduras pero de todas formas le producía satisfacción, quitarle algo mas a esa mujer.
Richard estaba como un loco cuando habló de lo cerca que estuvo de matarse esta vez, Jason enfatizó otra clase de escenario que le hizo pensar en su hermano siendo violado, estaba inconsciente y siendo arrebatado de sus ropas cuando lo encontraron. ¿Y todo por qué? ¿Porque esta mujer se embarazó de otro? Cuando lo viera, le rompería la cara.
Bueno, alguien más ya se la había roto, pero estaría bien.
Jon lo cuidaría bien.
Emiko se vistió entre lloriqueos y protestas, amenazó con demandarlos, acusarlos. Aunque terminara con él, Damián no toleraría que la trataran así, afortunadamente el muchacho perdió su teléfono celular y tardaría un rato en conseguir otro. Cuando lo hiciera, se asegurarían de bloquear el teléfono de ella.
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—La segunda hoja que le entregué es una orden de restricción, Señorita Queen. Tiene prohibido volver a acercarse a mi hijo. Ya le hizo suficiente daño por una vida. Así que sugiero busque a su nuevo amante y salga de la ciudad junto con él. Si necesita dinero para el traslado con gusto podemos proporcionárselo, no vaya a pensar que somos unos desalmados.
—¡Lo son! Hablaré con la prensa, todo el mundo sabrá que echaron a la calle a una mujer embarazada.
—Nada de eso. —prosiguió Steph. —Reunimos con su amante a una adicta embarazada. Él estará gustoso de recibirla en su casa, así como usted le recibió en su cama. ¿Cierto?
—¡Jackson también tiene dinero! ¡Los hundiremos!
—Suerte con eso, ahora fuera. —Timothy le abrió la puerta, pensó en empujarla pero sería demasiado. Emiko reunió la poca dignidad que le quedaba y salió con brío. Por supuesto que no buscaría a Hyde, iría con Damián.
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Continuará...
