3. El pasado es el pasado.
Aquella simple frase bastó para poner a todo el mundo en guardia. No era la primera vez que los caminantes conseguían acceder a Alexandria desde que estaban allí, pero debían ser cautelosos. La mayoría de los antiguos residentes no estaban acostumbrados a enfrentarse a esos seres y cualquier descuido podía resultar fatal.
–Morgan, Daryl, Michonne, Glenn, Abraham y Rosita, venid conmigo –Rick asumió inmediatamente su papel de líder mientras se levantaba a por su abrigo–. Los demás os quedáis aquí.
–¿Qué? –protestó Carl, disgustado–. ¡Yo también quiero ir, quiero ayudar!
–Y ayudarás… –replicó su padre–, quedándote aquí. Ya sabes, tienes que ser parte del frente de retaguardia. No creo que ocurra, pero si las cosas se tuercen, estaré tranquilo sabiendo que estás con Judith.
–Bufff… siempre haciendo de niñera –Carl resopló con resignación, pero Carol apoyó las manos sobre sus hombros para reconfortarlo.
–Tu padre sabe lo que hay que hacer, cielo. No confía en nadie más que en ti para que protejas a su otro mayor tesoro –El chico esbozó una débil sonrisa, algo más consolado con sus palabras.
–Qué oportuno todo esto… –rezongó Rosita–, con la que está cayendo. Ya podrían haber elegido los caminantes otra noche con mejor tiempo.
–¿Qué habrá pasado? –se preguntó Michonne– Creía que esos muros eran sólidos.
–Y son sólidos –repuso Abraham, muy digno–. A menos que se trate de otra maniobra de sabotaje –y al decir esto, lanzó una mirada hostil hacia el padre Gabriel, quien se encogió ante la indirecta.
–Sea como sea, no tardaremos en averiguarlo –Rick zanjó el tema–. Debemos darnos prisa, antes de que los caminantes lleguen a la zona de las casas.
Los miembros mencionados se apresuraron a ponerse sus abrigos y a tomar sus armas antes de salir precipitadamente de la vivienda. Daryl fue el último. Agarró su inseparable ballesta y antes de salir por la puerta, su mirada se cruzó durante un segundo con la de Carol, comunicándose mil cosas que no hubieran tenido tiempo de decirse con palabras.
"Ten cuidado, por favor", suplicó ella en silencio. Sabía que unos pocos caminantes no representaban un gran peligro para él, pero no podía evitarlo.
Después cerró la puerta tras de él y la atrancó con un suspiro. Qué mala suerte… Seguramente no era una situación que no pudiesen controlar –todos los que habían ido formaban un equipo formidable, y habían salido de cosas peores–, pero eso implicaba que la cita que había acordado con Daryl quedaba cancelada. Una parte de ella casi se sentía aliviada… tal vez se trataba de algún tipo de señal.
Los miembros del grupo que quedaron en la casa –ella, Carl, Maggie, Tara, que aún estaba algo débil, Eugene y el padre Gabriel– se sentaron en los sofás y sillones de la amplia salita a esperar. Ninguno quiso irse a su habitación a dormir, aunque Carl subía de tanto en tanto a comprobar el estado de la pequeña Judith, que era la única de la casa que dormía plácidamente.
Todos se encontraban inmóviles, tensos y en silencio, preocupados por los que habían salido a defenderlos a ellos y al resto de Alexandria. El tictac del reloj era lo único que indicaba el paso del tiempo.
–Estarán bien –sonrió Carol para tranquilizar al resto. Sabía que, de los que se quedaban, ella era quien guardaba el redil, la "líder suplente", y todo el mundo se fiaba de lo que ella decía. Y así, además, ocultaba ante ellos su propia preocupación. Ojalá hubiera sido tan fácil ocultarlo ante sí misma.
Más silencio, y más tictac del reloj. No, mantener el control no era tan fácil como la gente creía, ni siquiera para ella.
El padre Gabriel unió sus manos y empezó a rezar a media voz, con un soniquete monótono que pronto le crispó los nervios.
–Haga el favor de callarse –saltó sin poder evitarlo y sorprendiendo a todos, quienes sólo estaban acostumbrados a tratar con su lado más amable. Maggie puso la mano en el antebrazo del clérigo como para defenderle.
–Carol, no puedes prohibirle que rece.
–No, pero sí puedo pedirle que lo haga en silencio. Ya estamos todos bastante nerviosos.
El sacerdote decidió no meterse en más líos de los que ya estaba y redujo su plegaria a un murmullo casi inaudible. Carol le dedicó una mirada despectiva antes de olvidarse de su existencia. Ella ya no creía en rezos, la última vez que lo hizo no le sirvieron de nada.
Los minutos seguían pasando y, pese a la tensión y la preocupación, el cansancio empezó poco a poco a hacer mella entre los presentes. Eugene fue el primero en caer, reclinó la cabeza en el respaldo del tresillo de dos plazas que compartía con Tara y empezó a roncar, nada discretamente por cierto. Carol intercambió una sonrisa con los demás: un poco de humor en ese momento era bueno, relajaba las cosas.
Eugene no fue el único en dormirse. Todos lo acabaron haciendo: el padre Gabriel, Tara, Maggie… Incluso Carl, que intentaba mantenerse despierto por hacer honor a la fortaleza que todos decían que había heredado de su padre, se quedó adormecido con la cabeza apoyada sobre el hombro de Carol. Ella lo observó con una sonrisa: cuando dormía tenía cara de niño, pero era ya todo un hombre. Quizá si su Sophia hubiese vivido, a estas alturas también habría tenido que asombrarse por sus cambios debidos a la pubertad, pensó.
Sólo quedaba ella despierta en aquella salita. No era de extrañar: la medianoche había llegado y pasado hacía ya tiempo. La supuesta cita secreta que había pactado con Daryl se había quedado en nada, como quedarían todos los asuntos que no fueran estricta y exclusivamente la supervivencia, incluso en Alexandria. En aquel mundo donde vivían, no podía ser de otra manera. Además, a aquellas horas ni ella misma era ya capaz de mantener los ojos abiertos.
Cuando ya faltaban apenas unos minutos para la una de la madrugada y empezaba a cabecear, la puerta vibró ante la fuerza que se ejercía sobre ella para abrirla. Todos despertaron de inmediato de sus respectivos duermevelas, y Carol se apresuró a agarrar su arma. Seguramente serían sus amigos, pero nunca se tomaban demasiadas precauciones.
Por suerte, esta vez no hicieron falta. Pronto oyeron la voz de Rick llamándolos para que les dejaran entrar, y todos corrieron a abrirles la puerta.
–¡Dios mío, Rick! –exclamó Carol al ver el aspecto que traían: estaban empapados y cubiertos de lodo hasta arriba, sobre todo el propio Rick, Morgan, Glenn y Abraham– ¿Estáis bien, hay alguien herido?
–No, tranquila –repuso él, con gesto agotado–, sólo es barro. Todos estamos bien… aunque un poco hechos polvo.
–¿Qué había pasado con el muro, papá?, ¿por qué estaban entrando los caminantes? –Carl le aferró el brazo ansiosamente– ¿Nos han atacado, lo han saboteado o qué?
–Nada de eso… esta vez –suspiró el antiguo sheriff–. Lo que ha ocurrido no ha sido más que una desgraciada combinación de meteorología y mala suerte.
Todos los que se habían quedado en la casa lo contemplaron extrañados, mientras Rick relataba los hechos que habían llevado a la mitad de ellos a pasarse toda aquella noche al raso, combatiendo caminantes bajo la lluvia. Tal y como había afirmado Abraham, el muro era sólido, pero los cimientos no lo eran tanto. O más bien, el suelo donde estaban asentados, de naturaleza arcillosa. La excesiva lluvia lo había ablandado, sobre todo en cierta zona donde había un desnivel que hacía que el agua se acumulase justo en la parte del muro. El peso de los rudimentarios cimientos había vencido a la tierra encharcada y todo el conjunto se había hundido por aquella parte, facilitando el paso de los caminantes que se encontraban allí.
Por suerte, Rick y los otros llegaron enseguida. Cubiertos por Sasha desde su puesto de vigilancia y por Rosita desde el suelo; Abraham, Rick, Morgan y Glenn trabajaron para reconstruir la parte del muro que se había derrumbado, aunque de forma provisional, a base de escombros de éste y otros materiales que encontraron por la zona. Mientras, Daryl y Michonne se ocuparon de localizar y eliminar a los caminantes que se le habían escapado a Sasha y que andaban pululando por la zona, dentro de la propia urbanización, aunque por suerte aún lejos de las viviendas.
–¡Yo no tengo experiencia en esto! –se justificó Abraham, molesto ante la idea de que pudiesen hacerle responsable– Sé construir y se me da bien, pero no tengo formación para prever ese tipo de cosas. Hasta ahora, la tierra siempre había aguantado perfectamente los cimientos, incluso con lluvia según me dijo Tobin…
–Nadie te echa la culpa, Abraham –lo tranquilizó Rick–. Puede que estuvieran preparados para un poco de lluvia, pero no para el diluvio que está cayendo ahora. Una pena que Reg Monroe ya no esté aquí, quizá él podría habernos avisado.
–Al menos sólo ha sido un susto, un contratiempo accidental –comentó Carol–. Es decir, que no tenemos que preocuparnos de ataques por parte de grupos externos ni nada por el estilo.
–Por el momento de eso no, pero sí de que esto no se repita –replicó él–. Son detalles tontos, pero cada uno de ellos nos pone en peligro. Mañana avisaremos a Deanna para volver a construir en condiciones la parte derrumbada y veremos cómo podemos solucionar el problema de la tierra blanda en los cimientos. En cuanto a los caminantes que consiguieron entrar… –se dirigió a Michonne.
–Daryl y yo ya nos ocupamos de ellos –le informó ésta.
–Bien, pero por si acaso se os hubiera escapado alguno, mañana habrá que declarar cierta alerta entre los vecinos. Que nadie vaya solo, que se vigile a los niños y a los ancianos en todo momento y que nadie se acerque a la zona del muro si no estamos alguno de nosotros.
–Oye, no se nos escapó ninguno, ¿vale? –protestó Daryl– Michonne y yo peinamos la zona tres veces.
–Ya lo sé amigo, y no es que desconfíe de ti –Rick le palmeó el brazo–, pero las precauciones nos han mantenido vivos hasta llegar aquí, y seguiremos con ellas.
–Pfff, lo que tú digas –el cazador puso los ojos en blanco.
–Y ahora, a dormir todo el mundo –concluyó Rick–. Ya hemos cumplido, hemos demostrado de sobra nuestra utilidad aquí. Que quienes lo necesiten se laven un poco y a la cama. Por hoy, nos hemos ganado un buen descanso.
Todos estaban más que contentos de obedecer aquella orden: los que habían estado fuera estaban realmente molidos, pero los que se habían quedado también tenían sueño por haberse quedado traspuestos durante la prolongada espera y estaban deseando irse a dormir de verdad. Tras desearles las buenas noches, Abraham, Rosita y el resto de los ocupantes de la otra casa abandonaron aquella vivienda afrontando unos últimos segundos de lluvia para llegar a la suya, mientras que los residentes de la primera emprendían el camino hacia la planta de arriba, donde se hallaban situados los dormitorios.
Carol comenzó a subir las escaleras con los demás, pero entonces vio a Daryl de pie en el salón. Era el único que no se había movido de su sitio y la observaba como si la esperase. Entonces se hizo la rezagada hasta que al final todos hubieron subido y sólo quedaron ellos dos en aquella planta.
–Tienes una pinta horrible –tuvo que decirle. Era cierto: al igual que los demás, estaba empapado de pies a cabeza y lleno de barro. Él sonrió, en absoluto ofendido.
–Prueba a matar caminantes bajo una lluvia tan densa que apenas puedas ver algo y sobre lo que parece una maldita pista de patinaje con tanto barro, y después me cuentas.
–Gracias, creo que paso –repuso ella, y lo agarró por el brazo–. Anda, ven. Vamos a adecentarte un poco.
Los dos baños de la planta superior seguramente estaban ocupados por algunos de los demás, pero en la planta baja había un pequeño aseo con lavabo, y allí lo condujo ella.
–Venga, quítate la ropa.
–*–*–*–*–*–
–¿Qué? –Daryl se quedó un poco desconcertado ante la orden, dada sin el menor preámbulo. Aunque la mayor parte de su mente había estado centrada en la caza de caminantes y en el problema que les había surgido en el muro, su subconsciente nunca había dejado de tener en cuenta, en segundo plano, a qué se suponía que iban a dedicar aquella noche antes de que empezase todo ese lío.
–Esa ropa mojada –aclaró ella, revolviendo en el armario de ropa blanca que había junto al aseo–, tienes que quitártela, aunque sea la parte de arriba. Si sigues con ella encima, pescarás una pulmonía.
–Ah… eso.
–Puedes lavarte un poco ahí, y secarte con esto –dijo ella señalando el lavabo y pasándole una toalla. Luego salió y entornó la puerta tras ella para darle privacidad y también espacio, ya que aquel cuarto era bastante pequeño. Él se fue quitando la guerrera, el chaleco y la camisa mojados, dejándolos caer en el suelo. Después abrió el grifo y empezó a restregarse la cara, el cuello y los brazos, las partes que estaban más manchadas de barro; y también las axilas para eliminar el sudor del ejercicio.
–También es mala suerte –comentó mientras lo hacía–, me había duchado esta misma tarde, antes de que llegases.
La oyó reír al otro lado de la puerta.
–Con eso, la lluvia y esto son tres remojones en un solo día –bromeó–. Felicidades, has batido tu récord.
Al acabar se secó un poco –dejando algunos rastros de barro en la inmaculada blancura de la toalla– y salió, poniéndosela sobre los hombros desnudos.
–¿Mejor? –alzó las manos ante Carol, que seguía esperándolo fuera– Limpio como un bebé después de un baño.
Pero ella alzó la vista, escudriñándolo con ojo crítico.
–De eso nada, amigo. Aún tienes barro en el pelo –Se alzó de puntillas para tomar entre sus dedos un sucio mechón de su flequillo.
–Ya te he dicho que no se veía ni oía nada con la lluvia –se justificó él–. Una de esas cosas me sorprendió por la espalda y me tiró al suelo. Pero enseguida me lo quité de encima –aclaró, al ver que ella abría los ojos con cierta inquietud.
–Pues entonces habrá que agradecer que lo peor que te ha pasado es llenarte de barro –Con un suspiro, lo tomó otra vez del antebrazo y lo llevó de vuelta al aseo con esa cara que ponía a veces, como pensando "si no lo hago yo, no se hace bien"–. Voy a quitártelo del pelo. Si no, mañana se endurecerá y a saber cuánto tiempo eres capaz de dejártelo ahí.
–Sí, "mamá"… –se burló, aunque no se resistió a que lo hiciese entrar en el aseo de nuevo después de la cara de enfado que puso ella ante la broma.
El cuarto era muy pequeño y apenas cabían los dos en él, pero Carol se las arregló para sacar un taburete que había bajo el lavabo y lo plantó junto a éste.
–Siéntate –le pidió–. No, al revés –añadió, al ver que lo hacía de cara al lavabo–, como en las peluquerías.
–En mi vida he estado en una peluquería –Cuando tenían que cortarse el pelo, Merle y él se limitaban a pasarse una maquinilla por la cabeza.
–Se nota –observó ella. Daryl se dio la vuelta y dejó caer la cabeza sobre el extremo saliente del lavabo, apoyando el cuello sobre la toalla; en tanto que Carol rebuscaba algo en los rincones del diminuto baño, sin demasiado éxito.
–Aquí no hay champú –señaló–, con agua tendrá que bastar. Te quitaré el barro más pegado y ya mañana te das otra ducha en condiciones.
Él resopló ruidosamente, como haciéndose el resignado ante la idea de otro remojón. Ella abrió el grifo y seleccionó el agua caliente –algo en lo que él, con el pensamiento ocupado en otras cosas, no había caído–, mezclando temperaturas hasta llenar el lavabo con agua templada. Después le hizo inclinar la cabeza hacia atrás y comenzó a echarle de esa agua con las manos, deslizando con suavidad los dedos mojados entre su pelo para ablandar y deshacer los restos de barro que estuviesen adheridos a él.
Daryl cerró los ojos: la sensación era deliciosa. El agua templada y, sobre todo, aquel suave tacto de los dedos de Carol en su cabeza, lo relajaba haciéndole olvidar el cansancio y la tensión de las últimas dos horas buscando caminantes que matar en la oscuridad lluviosa. Casi le daban ganas de dormirse, pero prefirió abrir los ojos de nuevo para mirar a la persona que lo estaba haciendo sentir así de bien. En toda su vida, nadie lo había tratado con tanta dulzura como ella.
Centrada en limpiarle bien el cabello, Carol no se daba cuenta de que la observaba, lo cual le permitía contemplarla a sus anchas: su mirada azul, llena de bondad y cariño; o sus finos labios, fruncidos en un mohín abstraído. Y aquella manera que tenía de tocarle… había algo especial en ella. Era cálida y… también maternal, no cabía duda, pero a la vez muy sensual. Él comenzó a notar cierto cosquilleo dentro de sus pantalones.
–Qué largo tienes ya el pelo… –murmuró ella sin dejar de acariciarle, ignorante de todas las sensaciones que estaba despertando en él aquel simple roce.
–¿Es que ahora también te vas a meter con mi pelo? –la provocó con una sonrisa fanfarrona, pero ella no cayó en el juego.
–Me encanta tu pelo, pero te tapa la cara… y a mí me gusta verte.
Inmediatamente pareció incómoda por haber dicho eso y retiró las manos de su cabeza, algo que Daryl lamentó.
–Creo que es suficiente.
Se apartó con cierta rigidez y le pasó la toalla de nuevo. Él la tomó mientras se levantaba del pequeño taburete, e inclinando la cabeza hacia abajo comenzó a frotarse con ella para eliminar la mayor parte de humedad de su pelo. Tras unos segundos, cayó en la cuenta de que Carol le contemplaba desde el umbral de la puerta del cuartito, con los brazos cruzados y una extraña fascinación en sus ojos.
Por un momento, fue tan idiota de creerse que lo estaba admirando a él, a su pecho desnudo y a sus músculos. Se sintió tentado a decir alguna estupidez como "¿Te gusta lo que ves?" en plan provocativo, pero por fortuna se mordió la lengua a tiempo al ver que sus ojos no mostraban admiración precisamente. Tampoco estaban fijos en él, sino en el espejo que había sobre el lavabo.
No lo miraba a él, sino a su reflejo en el espejo. Pronto se dio cuenta de que lo que observaba tan atentamente eran sus cicatrices, aquellas señales en su espalda que constituían el recordatorio permanente de una infancia marcada por los abusos y el dolor. No debía ser la primera vez que se las veía, pues recordaba haberse quitado la ropa delante de ella en más de una ocasión, pero siempre se había dado prisa en vestirse después; y si ella había tenido preguntas, había sido lo bastante discreta para no formularlas. Carol sabía que su niñez no había sido un camino de rosas por culpa de su padre, pero él nunca había querido entrar en detalles sobre el tema y ella nunca le había forzado a hacerlo.
Ahora vendría otra vez la compasión. Desvió la mirada con amargura y se apresuró a recoger su camisa del suelo, poniéndosela a toda prisa y casi sin pararse a abotonarla. Aún estaba húmeda, pero no le importó.
–Lo siento –ella apartó la vista también, consciente de que lo había hecho sentir avergonzado.
–Da igual –gruñó él–. Tan sólo, no empieces con chorradas.
–¿Chorradas?
–Gilipolleces paternalistas como que comprendes lo que tuve que pasar o que si hablo de ello me sentiré mejor. Ese tipo de mierdas con las que siempre nos venían los asistentes sociales para quedar bien, aunque no les importásemos un carajo. Ahórratelo.
Ella permaneció en silencio durante tanto tiempo que él se vio obligado a volver de nuevo la vista hacia ella, esperando no haberla ofendido. Pero ella no le miraba con enfado y, como comprobó con alivio, tampoco con lástima. Sus ojos eran insondables al fijarlos en los suyos, y Daryl pensó que renunciaría con gusto hasta a su amada ballesta a cambio de adivinar lo que estaba pensando.
–Venga, vámonos a dormir –decidió ella.
Él recogió el resto de sus ropas mojadas y subieron las escaleras en silencio para no perturbar el descanso de los demás, los cuales seguramente estarían ya dormidos. Recorrieron el pasillo por el ala de sus respectivas habitaciones, estando la de Daryl más cerca de las escaleras y la de Carol dando a la ventana de la fachada principal. Ninguno de los dos habló hasta que llegaron a la puerta del cuarto del primero, cuando Carol se volvió brevemente hacia él para despedirse:
–Descansa, ¿de acuerdo? –le deseó en voz baja– Buenas noches.
Daryl se detuvo ante su puerta y puso la mano sobre el pomo, pero ni siquiera hizo movimiento para abrirla. Cuando giró la cabeza y la vio marchar dirigiéndose a su propio dormitorio, algo lo sacudió. No, aquello no podía quedar así. Si se iba a su habitación, como un jodido buen chico, no podría dormir. Es más, sabía que por muy cansado que estuviese, se quedaría toda la noche despierto, preguntándose por lo que podría haber sido.
Soltó el tirador de la puerta y siguió caminando por el pasillo hasta alcanzarla en la puerta de su propia habitación. Su corazón latía tan deprisa que incluso superaba las pulsaciones que debía haber alcanzado aquella noche, en su momento de mayor actividad mientras cazaba a aquellos caminantes.
Ella frunció el ceño extrañada al verle dirigirse hacia ella.
–¿Pasa algo?
–Sí. Pasa que tú y yo teníamos un trato, algo que acordamos esta tarde –Carol inspiró hondamente, como quedándose petrificada porque se lo hubiese recordado–. No me digas que se te había olvidado –la provocó burlón.
–No, no lo había olvidado –masculló ella, nerviosa–. Pero pensé que después de lo que ha pasado, no querrías… Es decir, es muy tarde y tienes que estar muerto de cansancio, ¿no? Podemos dejarlo para otro día.
Él la contempló de pie ante él: aquel cuerpo casi demasiado frágil para encerrar la gran fortaleza que poseía, su delicado rostro, los cabellos de aquel exótico gris, sus ojos azules de tierna mirada… y sus labios. En más de una ocasión se había preguntado a qué sabrían.
No lo dejaría para otro día. Sería ahora, o no sería nunca.
–No estoy tan cansado.
Ella tragó saliva. Sus ojos lo contemplaron con cierto temor… no era temor hacia él, eso creía, pero ya se había equivocado otras veces.
–…A menos que tengas miedo, claro –añadió. No quería que se sintiera forzada por algo a lo que se hubiera comprometido con él–. Si quieres dejarlo…
–No –La palabra pareció surgir de su boca de forma espontánea–. No quiero dejarlo.
–Yo tampoco.
–Bien –Ella se giró de nuevo hacia su puerta y la abrió con movimientos algo temblorosos. Después se apartó para permitirle el paso–. Entra.
Daryl penetró en el dormitorio con una tranquilidad que no sentía, examinándolo todo a su alrededor. No era la primera vez que estaba allí, pero ahora todo se sentía diferente. Aquella habitación era espaciosa y bien iluminada durante el día, al igual que la suya propia, pero la de ella estaba más arreglada y decorada con mucho mejor gusto. El famoso toque femenino, supuso. La amplia cama tenía una colcha verde claro con florecitas rojas, a juego con las cortinas; y en la pared se veía un espejo de cuerpo entero junto a una cómoda blanca sobre la que había un jarrón con flores.
Carol apartó la colcha de la cama doblándola pulcramente sobre los pies de ésta. Luego se dirigió a la mesilla y encendió la luz de la lamparita de noche, apagando después la principal.
–Para crear un ambiente más "íntimo" –explicó. Luego se volvió hacia él casi con timidez, como la modosa ama de casa que fingía ser durante el día. Él se acercó con pasos lentos y se quedaron de pie junto a la cama observándose mutuamente, atentos a descifrar cualquier reacción del otro. Daryl no sabía muy bien qué hacer, y quiso darse de patadas por ello. Tanto que le había rogado que lo eligiera a él para su "experimento"; y había insistido en que no lo demorasen más y lo hiciesen aquella misma noche… pero ahora que iba a ocurrir, era como si algo lo paralizase.
–Así que… vamos a hacerlo –comentó, un poco estúpidamente, por romper el silencio.
–Bueno… –ella se encogió de hombros–, sólo si tú quieres. No estás obligado a nada, puedes echarte atrás en cualquier momento.
–No tengo intención –Joder, ni aunque le fuera la vida en ello pensaba hacerlo. De pronto se acordó de lo que tenía en el bolsillo trasero de su pantalón vaquero–. He traído… –sacó la caja de condones que había cogido en secreto aquella tarde. Como el resto de urbanizaciones de lujo del pasado, Alexandria tenía su propia farmacia, y aunque los medicamentos con receta estaban almacenados bajo llave en casa de Pete y Jessie, aún quedaba un gran surtido de productos para que cada vecino se abasteciese como quisiera: aspirinas y jarabes para la tos, pero también tampones y preservativos. La caja hurtada había permanecido en su bolsillo trasero todo el tiempo hasta entonces, y era un milagro que no se le hubiese caído durante aquella expedición nocturna contra los caminantes.
Algo sonrojada, Carol se agachó un segundo, abrió el cajón de la mesilla y sacó otra caja idéntica que colocó junto a la lamparita de noche. A ella también se le había ocurrido la misma idea.
–La seguridad ante todo, ¿eh? –bromeó, aunque después bajó la cabeza– Confieso que estoy un poco nerviosa… Ha pasado mucho tiempo desde la última vez que hice esto. Aunque dicen que es como montar en bici, que nunca se olvida. ¿Crees que es cierto?
–No lo sé.
–No te garantizo una experiencia grandiosa –le advirtió ella con una sonrisa un tanto amarga–. En toda mi vida sólo he estado con Ed, y creo que no me enseñó mucho. Nada agradable, por lo menos –añadió, desviando la vista disgustada–. Es por eso que quiero hacer esto. Espero que no pienses que soy una inútil.
–Tranquila, nunca pensaría eso –susurró él, llevando la mano a su mejilla, casi haciendo el gesto de acariciársela… pero sin atreverse todavía a tocarla, aún no.
–¿Tú has estado con muchas mujeres? –preguntó ella, como temerosa de la comparación. Él se limitó a encogerse de hombros.
–Algunas –fue su escueta respuesta. Aunque la mayoría habían sido profesionales, ya que Merle había sido cliente asiduo de prostíbulos y a menudo le insistía para que lo acompañase. Daryl solía resistirse, pues encontraba aquel mundo patético y vacío; pero en más de una ocasión había cedido ante sus presiones y sus burlas con tal de que lo dejase en paz. Pero, por supuesto, eso era algo que jamás le contaría a Carol.
Ella continuaba con la vista pegada a su pecho, como si estuviera tan nerviosa que fuese incapaz de seguir mirándolo a los ojos.
–Daryl, yo… ¿Crees que estamos haciendo bien con todo esto?
–¿Por qué no? Tú eres libre, yo también, y…
–No me refiero a eso.
Sí, ya lo sabía. Pero no tenía respuesta a esa pregunta, y aunque la hubiese tenido seguramente no habría sabido explicarla: las palabras nunca habían sido lo suyo. Sólo sabía una cosa: quería seguir adelante, más que ninguna otra cosa en el mundo.
Armándose de valor, se decidió y llevó las manos a ambos lados de su rostro para acercarlo al suyo. Aunque se moría por tocarla, por besarla, sus movimientos eran rígidos y vacilantes pues seguía sin creerse lo que estaba pasando y tampoco estaba muy seguro de qué hacer. Ella había cerrado los ojos y aguardaba con el ceño fruncido en una expresión de anticipación un poco parecida al miedo, como si temiese que la golpease en vez de besarla.
Golpearla en lugar de besarla… con agria tristeza recordó que tenía sus razones para pensar así, y sospechó que, pese a que ella era ahora una mujer fuerte y decidida, y que supiera –o eso esperaba– que él jamás haría nada para herirla, puede que en el fondo siguiera teniendo miedo de los hombres.
La soltó con un suspiro exasperado: joder, así era imposible. Pese a que nada le habría gustado más que demostrarle que no todos los hombres eran como el animal con el que se había casado, era demasiada responsabilidad. ¿Y si la cagaba? Tampoco es que él fuera súper experimentado. Cuando Merle lo arrastraba a aquellos sitios, casi siempre se había limitado a dejarse hacer mientras su mente se evadía a cualquier otra parte. Era algo que tendría que haber pensado aquella tarde, antes de ofrecerse con tanto entusiasmo a algo que con toda seguridad le venía demasiado grande.
Carol abrió los ojos, sorprendida porque él se hubiese detenido.
–¿Pasa algo? –y añadió algo temerosa– ¿Estoy… estoy haciendo algo mal?
–¿Qué? –se extrañó él–. No, claro que no.
Se inclinó sobre ella para tratar de nuevo de besarla, pero coincidió con que ella se había decidido a intentar lo mismo. Al calcular mal el ángulo de inclinación, sus narices se chocaron antes de que pudieran rozar sus labios. Cada uno trató de corregir su posición, pero ambos lo hicieron en la misma dirección con lo que volvieron a tener el mismo problema por segunda vez. Se acercaron para abrazarse, pero ninguno de los dos sabía dónde poner las manos. Todo se sentía forzado e incómodo.
Se separaron algo más que un poco avergonzados. Daryl, sobre todo, estaba cabreadísimo consigo mismo. Tanto tiempo que había estado soñando con besarla, y ni de eso era capaz.
–Todo esto es una pésima idea –suspiró Carol, echándose hacia atrás el corto cabello con la mano–. Ya te lo dije: hemos sido amigos durante demasiado tiempo como para actuar de otra manera; o quizá nos falte química, no lo sé. Lamento haberte metido en esto. Lo mejor será que lo dejemos antes de cometer alguna estupi…
Sin pensar, Daryl la hizo callar pegando sus labios a los de ella. Fue un beso suave, apenas un breve roce, pues seguía sin desprenderse del todo de aquella inseguridad que lo había agobiado al final, pero por fin había conseguido hacerlo. Tomada por sorpresa, ella inspiró y abrió mucho los ojos, pero pronto volvió a cerrarlos para disfrutar la sensación, y llevó una temblorosa mano a su mejilla, acariciándosela. Tras un par de segundos él se separó muy despacio, como de mala gana; y sus labios se despegaron poco a poco de los de ella con un sonido húmedo. Observó a Carol, expectante por averiguar su reacción. Con la respiración acelerada, ella lo miraba como si fuera la primera vez que lo veía en su vida.
–Demasiado tarde… –bromeó él para romper un poco la tensión–, ya hemos cometido una estupidez. ¿Sigues pensando que es mala idea?
–Sí… –asintió ella, pero sus acciones contradijeron esa afirmación pues inmediatamente después fue ella quien se lanzó a besarle, tan sorpresivamente como él pero con mucha más intensidad. Le pasó las manos por detrás del cuello, atrayéndolo hacia ella; y Daryl no tardó ni un segundo en corresponder a aquel segundo beso. Llevó sus manos a su cabeza, deslizando sus dedos por el corto cabello gris en la zona sobre la nuca de la mujer; y saboreó maravillado aquellos labios suaves y receptivos que se abrían como una flor ante el avance de los suyos. Todos sus reparos y su vergüenza parecieron disolverse en la oleada de excitación que lo asaltó al sentir la piel suave de la mujer entre sus dedos y el dulce sabor de su saliva en su boca.
Sin romper el beso, la estrechó con tanta fuerza que creyó que su cuerpo se le desencuadernaría entre los brazos, pero Carol no se quejó: ambos sabían que en el fondo aquella fragilidad era sólo aparente. Por un momento se petrificó al notar el juguetón cosquilleo de la lengua de ella empezando a explorar dentro de su boca, pero pronto reaccionó y las lenguas de ambos se entrelazaron con tanta destreza como si llevaran haciéndolo toda la vida.
En su ímpetu empezó a reclinarla poco a poco hacia atrás y antes de darse cuenta estaban rodando sobre la cama sin parar de acariciarse y besarse salvajemente. Ella soltó de un tirón el par de botones que aún estaban abrochados en la camisa húmeda de Daryl y tiró del cuello de ésta para echársela por detrás, por los hombros, dejando el pecho masculino al descubierto y explorándoselo con labios y manos ansiosas; y él le devolvió sus atenciones deslizando sus manos por sus costados y bordeando sus senos aún cubiertos por la camiseta. A continuación, las bajó por su espalda y terminó posándolas sobre su firme trasero, el cual oprimió con tanta fuerza contra su pelvis que ella pudo sentir sin dificultad la dureza de su creciente excitación incluso a través de la gruesa tela de los jeans de ambos.
¿Que no tenían química, había dicho ella? Eso sí que era una estupidez. Lo que había entre ellos no era química: era fuego, era una puta explosión nuclear. El deseo reprimido de ambos, que se había cristalizado tras años de acumularlo en secreto, empezaba a liberarse con la energía y la violencia de mil soles y con cada beso que se daban, cada centímetro de piel del otro que tocaban, parecían estallar fuegos artificiales.
No tardaron mucho en empezar a forcejear con las hebillas del cinturón del otro para desabrocharlas, y a base de tirones y pataleos se liberaron de sus respectivos pantalones. Daryl no llevaba ropa interior bajo los suyos, y Carol contuvo el aliento al contemplar su virilidad erguida en todo su esplendor: esta vez él sí pudo enorgullecerse de ver auténtica admiración en sus ojos.
La mujer continuó enganchando sus dedos en el elástico de sus braguitas y se las quitó de un tirón, mientras que Daryl, incapaz de esperar inmóvil a que terminase, le levantó la camiseta hacia arriba descubriendo sus pechos, aunque sin llegar a quitársela del todo. Los besó y lamió ávidamente los pezones endurecidos, dejando un rastro de saliva sobre su piel y arrancando de su garganta unos apagados gemidos que convertían su sangre en fuego líquido. Quería besarla, quería acariciarla por todas partes. Lo quería todo de ella. Ya no se sentía inseguro por lo que estuviera haciendo bien o mal, había dejado de pensar y casi de respirar. Se limitaba a sentir, y se guiaba sólo por su instinto.
Siguiendo ese mismo instinto, su mano fue descendiendo poco a poco hasta sus piernas, se recreó en la tersura del interior de sus muslos y después subió un poco hasta detenerse en la unión entre ambos. Ella respingó un poco al notar sus dedos en aquella zona pero no protestó, lo cual, suponía, le daba vía libre para seguir explorando; y siguió moviendo los dedos aunque en realidad no tuviera demasiada idea de lo que estaba haciendo.
–Espera… –lo detuvo Carol sujetando su mano. Él contuvo otra maldición: ¿es que no era capaz de hacer nada bien? Pero ella se limitó a cambiarle la mano ligeramente de lugar, colocándosela un poco más arriba de donde la tenía–. Más despacio… y no tan fuerte, como si… tan sólo lo rozases…
–¿Así? –preguntó él mientras cumplía obediente las instrucciones. La respuesta de Carol fue echar la cabeza hacia atrás con un suave ronroneo.
–Sí… –suspiró–, justo así. No pares, Daryl…
¿Que no parase, decía? Estaba dispuesto a continuar así hasta el fin de los tiempos con tal de seguir contemplando hipnotizado el hermoso rostro de una Carol perdida en el placer que le estaba proporcionando. Ver a aquella mujercita de aspecto siempre tan dulce y casi virginal con los ojos cerrados, mordiéndose los labios y agitándose bajo sus caricias era algo que sobrepasaba sus sueños más eróticos.
No pensaba detenerse ahí, quería hacerlo aún mejor. Se apoyó sobre el brazo que tenía libre y comenzó a besarla en los labios, en la cara, donde alcanzase. Cuando llegó al cuello ella se puso a gemir más alto, indicando que aquél era su punto débil… algo que pensaba aprovechar. Besó, lamió y hasta mordisqueó con suavidad la finísima piel de la garganta, notando que se erizaba al menor contacto de sus labios, e incluso se aventuró a bajar con su boca hacia el escote y sobre sus pechos. Los gemidos de Carol se mezclaron con jadeos, y empezó a temblar y a retorcerse como intentando huir, como si el placer fuese tan intenso que le resultase insoportable.
Sin dejar lo que estaba haciendo, intentando mantener exactamente el mismo ritmo y presión, la sostuvo firmemente contra sí y ella se incorporó, sujetándose a sus hombros y volviendo a besarle.
–No pares… –repitió en medio de jadeos contra su boca. Lo que antes había sido una súplica ahora era una orden inflexible, pero por una vez era una orden que él estaba encantado de cumplir. No sólo continuó con sus caricias sino que redobló la intensidad de éstas hasta que ella no lo soportó más.
El clímax la sacudió con una fuerza arrolladora. Consciente, incluso entonces, de que debían mantener silencio a toda costa, Carol hundió la lengua en la boca de él para sofocar los gritos que le era imposible contener de otra forma. Arqueó la columna y prácticamente se colgó del cuerpo de Daryl, convulsionándose contra él y obligándolo a sostenerla con fuerza para que con sus sacudidas no se alejase, rompiendo así aquel mágico contacto del que tanto parecía estar disfrutando. Quería que aquello durase lo más que pudiera, lo enloquecía tenerla totalmente rendida al placer. Ni las profesionales con las que había estado ni las actrices de las películas pornográficas se movían así. Podían hacerlo, por supuesto, si estaban lo bastante motivadas, pero aquello era distinto: el gesto casi era igual al del dolor pero no del todo, parecía más sincero, más genuino. Se dio cuenta de que seguramente era la primera vez que veía a una mujer tener un orgasmo auténtico.
Poco a poco fue pasando, y sus sacudidas y estremecimientos fueron remitiendo hasta detenerse. Por fin la dejó ir, y ella se dejó caer de espaldas sobre el colchón con un largo suspiro, los ojos cerrados y la sonrisa más plácida y satisfecha que él había visto en su vida.
–Ah… –respiró, todavía no acababa de recuperar el aliento– Dios mío, eso ha sido… –se detuvo, sin saber cómo describirlo.
–…Wow –masculló él, aún procesando lo que acababa de hacer. Quizás no era tan inútil después de todo.
–Eso es, ha sido "wow" –asintió ella, mirándolo con ternura–. Gracias.
–Ha sido un placer –él inclinó la cabeza con burlona cortesía, como si sus palabras fueran sólo sarcásticas. Probablemente ella no tenía ni idea de hasta qué punto eran ciertas.
–Nunca me había puesto así… –comentó Carol, llevándose la mano a los labios para contener una risita–, espero no haberte asustado. Como te dije, ha pasado mucho tiempo desde la última vez.
¿Asustado? Ella podría haber estado casada durante años, pero no tenía demasiada idea de cómo funcionaba la mente de los hombres. Tras el espectáculo que acababa de presenciar, un hombre podía sentirse de muchas maneras, pero asustado no era una de ellas. Feliz, sí; orgulloso también. Y excitado hasta el punto de que le empezaba a doler. Por suerte, ella se dio cuenta.
–Habrá que hacer algo contigo ahora… –murmuró con voz sugerente, y alzó los brazos hacia él–. Ven.
Sin querer apartar la vista de la deliciosa visión que era tener a Carol casi desnuda delante de él, alargó la mano hasta la mesilla de noche y tanteó hasta encontrar la caja de condones. En su impaciencia, incluso llegó a derribar al suelo la lamparita de noche, con lo que la habitación quedó sumida en la penumbra.
–Ssshhh –ella le chistó, pidiéndole silencio. No necesitaba que le recordasen que estaban rodeados de gente por todos lados.
–Tranquila… –susurró él para quitarle importancia–. Después de lo de esta noche, estarán todos dormidos como troncos. No creo que se despierten por mucho ruido que hagamos. –Ella sonrió ante la nada velada insinuación.
Cuando por fin consiguió alcanzar la maldita caja, tuvo que pelearse con el precinto de plástico que la envolvía. No estaba para perder el tiempo en sandeces y prácticamente destrozó la caja al abrirla, con lo que las tiras de condones se cayeron desparramándose entre las sábanas. Carol parecía divertida viéndolo tan manazas, lo que le irritaba más aún.
–¿Quieres que lo haga yo? –le ofreció, intentando contener la risa.
–No –gruñó malhumorado. Pescó uno de los preservativos y rasgó el envoltorio con los dientes, escupiendo el trozo de plástico que había arrancado.
Aunque se moría por estar dentro de ella, siguió bajando por su cuerpo, saboreando aquella piel y aquellas curvas con las que había fantaseado por tanto tiempo. Palpó sus pequeños pechos y los besó otra vez con delicadeza. Ella ya había vuelto a recostar la cabeza sobre la almohada y cerrado los ojos. Pasaba las manos por la cabeza de él, enredando de nuevo los dedos en su pelo, y murmuraba su nombre una y otra vez.
Cada vez más excitado, dejó sus pechos para seguir bajando por su vientre, pero entonces sintió que ella se tensaba, como si acabara de accionar algún tipo de resorte para despertar de nuevo su vergüenza… o puede que su temor.
–Espera… –lo detuvo ella e intentó alejarlo de sí y taparse a la vez. Eso mismo fue lo que le llamó la atención, y al fijarse vio que lo que en todo momento había tomado una sombra en la parte del costado, no era por causa de la iluminación. Pese a los intentos por parte de ella de apartarlo, consiguió llevar la mano allí, comprobando que en esa zona la piel también tenía un tacto diferente.
–¿Qué está pasando aquí? –preguntó en voz alta y se incorporó, encendiendo la luz de la habitación. Carol retrocedió un poco, cubriéndose aquella parte que no quería mostrar, sin que él entendiera por qué. Con suavidad, él le apartó la mano.
La cicatriz era ancha y profunda como las que él tenía en la espalda, pero a diferencia de éstas era casi vertical, comenzando en la parte inferior del costado izquierdo y subiendo en diagonal hasta llegar bajo el seno. Por la zona donde estaba, una herida así podría haber llegado al corazón de haber penetrado un poco más. Ahora entendía la extraña mirada que Carol le había dirigido abajo, en el aseo. ¿Cómo no se había fijado antes, cuando ella llevaba un buen rato prácticamente desnuda? Seguramente fuera porque la habitación había estado casi a oscuras, y además la excitación lo había cegado para casi todo lo demás.
Pero él conocía bien esa clase de cicatrices. No eran del tipo que uno se hace en un accidente de tráfico.
–Fue Ed, ¿verdad? –susurró con amargura, la idea de que ella hubiera tenido que pasar por el mismo infierno que él le ponía enfermo. Carol sacudió la cabeza.
–Daryl, no creo que sea el momento…
–¡¿Fue él?! –bramó, para arrepentirse al instante cuando la vio encogerse atemorizada. Su odio, su rabia, no estaban en absoluto dirigidos a ella.
Con un largo suspiro, ella se incorporó y se sentó en la cama, con las piernas pegadas al pecho. Él, de rodillas, se cruzó de brazos, esperando una explicación, y su libido había caído hasta casi desaparecer. Costaba creer que apenas un momento antes hubieran estado tan entusiasmados el uno con el otro y a punto de hacer el amor. El pasado era una zorra que volvía y te golpeaba en cuanto menos lo esperabas.
–Cuando Sophia tenía seis años, un día se puso enferma –empezó a contar ella–. Sólo era una gripe sin importancia, pero eso bastaba para que le subiese la fiebre a casi cuarenta grados, y estaba tan incómoda y acalorada que no podía dormir. Me pasé la noche a su lado, poniéndole compresas frías para que no le subiese aún más la temperatura y leyéndole una y otra vez "El osito Paddington", su cuento favorito. Dios, no sé cuántas veces llegué a leerle ese dichoso libro… –suspiró con una sonrisa nostálgica.
Daryl escuchaba sin replicar, pero sus ojos se desviaron hacia abajo, hacia la cicatriz de ella, preguntándole qué tenía que ver con aquella historia.
–Ed dependía de mí para que le despertase temprano y le tuviese listo el desayuno, pero aquella mañana estaba agotada tras la noche en vela y… me quedé dormida. En cuanto me desperté me puse a correr, pero era muy tarde e hiciera lo que hiciera, él llegaría tarde al trabajo. Antes de salir de casa me empujó contra la mesa de cristal del recibidor.
–Hijo de puta… –siseó, asqueado y furioso. Esperaba que estuviese ardiendo en el infierno, junto con su padre y todos los sádicos cobardes que encontraban placer maltratando a los que eran más débiles que ellos. Pero ella sacudió la cabeza.
–Ya no importa. Eso pasó hace mucho tiempo, en otra vida. Ed ya no está aquí… ni Sophia tampoco. Ni tu padre, ni tu hermano… –le acarició la mejilla con vehemente intensidad–. Aquí no hay nadie más, sólo estamos tú y yo.
Se incorporó y se puso de rodillas sobre la cama, ante él; y se inclinó hacia delante y lo empujó suavemente hacia atrás. A él se le detuvo el corazón durante un segundo al darse cuenta de lo que pretendía.
–El pasado es el pasado, Daryl… –añadió ella en un susurro–, ya no volverá. Por mucho daño que nos hicieran, por mucho que intentaran hundirnos, aquí estamos, vivos… Y juntos, aunque sólo sea por una noche.
Se colocó a horcajadas sobre él y acabó de quitarse la camiseta, quedando totalmente desnuda ante él. Con tanta seguridad y calma, como torpe nerviosismo había mostrado él antes, tomó el preservativo que habían dejado sobre las sábanas y se lo colocó. Al notar sus delicados dedos manipulándole, él había recuperado de golpe su rigidez y no le costó demasiado.
–Ahora no quiero recordar el dolor… –continuó–. No quiero recordar lo que ya no puedo cambiar. Sólo quiero ser feliz durante una noche sin pensar en el ayer o en el mañana, dar y recibir calor, afecto… Llevamos tanto tiempo actuando como autómatas, sólo pensando en sobrevivir… que hemos olvidado cómo era sentirnos vivos. Y necesito sentir que estoy viva, ¿comprendes?
Daryl quiso contestar, pero no pudo. Las palabras, el aliento y la concentración, todo le abandonó cuando notó que ella se dejaba caer sobre él, recibiéndolo en su interior. Aquel interior tan cálido y acogedor… y aquella postura hacía que la unión fuese aún más profunda e intensa. Cerró los ojos, incapaz de hablar, respirar o cualquier otra cosa que no fuera disfrutar de aquella delicia. Tenía la garganta seca, y sus propios jadeos se mezclaban con los de ella.
Era una visión inolvidablemente erótica tenerla encima de él, subiendo y bajando a un ritmo lento y pausado. Él habría dado cualquier cosa por acelerarlo, su cuerpo le pedía que fuera más rápido, pero por el momento le cedió el control a ella, dejándose llevar. Carol le acarició la cara y el cuello y deslizó sus manos a lo largo de sus hombros y sus brazos. Entrelazó sus dedos con los suyos y fijó sus manos al colchón, apoyándose así; pero pronto le soltó para erguir la espalda y continuó moviéndose sobre él, de una forma tan sensual que Daryl tuvo que reunir toda su resistencia para no estallar en ese mismo momento.
Con las manos ya libres, empezó a acariciarla en cualquier lugar donde llegase: su vientre, sus pechos, sus costados. Al llegar allí, despegó la espalda del colchón y se incorporó un poco para besarla justo en la zona de la cicatriz con toda la ternura que pudo, como si aquello fuera suficiente para hacerla desaparecer. Deseó que hubiera sido así. Él no era nadie y era capaz de soportar el dolor, pero ella merecía algo mejor.
Carol pareció intuir que volvía a perderse en el abismo del pasado y llevó sus manos a sus mejillas, obligándolo a levantar el rostro para encontrarse con sus ojos.
–Mírame… –le susurró mientras le besaba. "Mírame a mí, no a mi cicatriz", parecía decirle con aquellos besos. "Piensa en mí y no en el dolor que hemos sufrido. Esta noche es nuestra, sólo nuestra… no dejes entrar a nadie más".
Tenía razón, así que se incorporó del todo hasta quedarse sentado y rodeó su cintura con los brazos, respondiendo a sus besos con fogosidad mientras la ayudaba a seguir moviéndose sobre él. Seguía yendo muy despacio y él se moría por aumentar el ritmo, pero se obligó a aguantar. Quería hacerlo durar… quería que no acabase nunca.
En el exterior de la casa, la lluvia caía y caía en la oscuridad de aquella noche sin luna. El monótono repiqueteo del agua resonaba sobre el tejado y en las tarimas de madera del porchecito que estaban al descubierto; y si uno estaba atento, incluso podía distinguir algún trueno ocasional retumbando a lo lejos. Pero dentro de aquella habitación no parecía existir nada más. Sobre el colchón, aquellos amantes de una noche fundían sus cuerpos en uno solo, ajenos al mundo de horrores que los aguardaba fuera.
–*–*–*–*–*–
Eran poco más de las tres de la madrugada cuando Daryl comenzó a vestirse. Sigiloso como sólo él sabía serlo cuando era necesario, salió de la cama y localizó sus jeans tirados en el suelo.
Tras enfundárselos y mientras se abrochaba uno a uno los botones, alzó la vista a través de su flequillo para observar a Carol. Ella se había quedado dormida casi enseguida y ahora respiraba profundamente, abrazada a su almohada y con una expresión de serenidad angelical en su rostro. Él habría dado cualquier cosa por poder quedarse a dormir allí junto a ella, pero era demasiado peligroso. Cada segundo de más que permanecía en aquel cuarto aumentaba el riesgo de ser descubiertos.
Ella le había dicho que no esperase una noche grandiosa, pero lo que habían tenido había superado sus más locas fantasías. En realidad no debería sorprenderle: siempre se habían complementado a la perfección como amigos y como compañeros supervivientes, cada uno tenía lo que al otro le faltaba. ¿Era tan extraño, entonces, que conectasen igual de bien en la cama?
Aunque en cierto modo, casi habría estado mejor sin saberlo. Haber pasado una noche tan increíble con ella para no poder volver a tocarla, era como dar un sorbo de agua fresca mientras uno se estaba muriendo de sed, para que después le retirasen el vaso de los labios. Él ya había cumplido, había prestado el "servicio" para el que se había ofrecido… y por la forma en que ella lo había abrazado al acabar, parecía que había quedado satisfecha. Pero, ¿y él? Al principio había sentido sólo euforia, pero ésta pronto había empezado a enfriarse a medida que calaba en su mente la idea de que ya se había terminado y que no volvería a repetirse nunca.
Entre los muchos infortunados consejos que Merle le había dado en vida, estaba el de no enamorarse jamás, bajo ninguna circunstancia. "Sólo hay algo peor que dejarse liar en serio por una tía, hermanito… y es encoñarse con ella", era una de sus muchas perlas de sabiduría. "Porque enredándote en serio ya le dejas que te tenga cogido por los huevos, pero si encima te encoñas… tío, ahí sí que estás realmente jodido".
Si eso era verdad, si Merle tenía razón… entonces suponía que sí, estaba bien jodido. Era inútil tratar de negarlo, de negárselo a sí mismo… estaba completamente loco por esa mujer. Tiempo atrás ya se había vuelto adicto a ella, a la ternura con que lo trataba, a lo importante que lo hacía sentir; y ahora acababa de hacerse adicto a su piel y a sus besos. Unos besos que ya no volvería a probar.
Estaba tan jodido que se salía de la escala.
Porque era algo que no podía decirle. Era algo que ella no quería saber. Lo había dejado bien claro la tarde anterior: sólo sexo y nada más. Pese a lo ardiente y apasionada que se había mostrado aquella noche, seguramente aún tuviera miedo de involucrarse con nadie. Ese cabrón de Peletier… por un momento deseó que volviera a estar vivo, sólo para poder matarlo con sus propias manos. Destriparlo poco a poco y luego dejar que se convirtiera en caminante, sin rematarlo. Los tipos como él no merecían descansar en paz.
Recogió el resto de su ropa y sus botas y abrió la puerta de la habitación para regresar a la suya, tan cuidadosamente que no hizo el menor ruido ni aun en medio del silencio de la casa. Antes de irse echó un último vistazo anhelante a Carol, la cual seguía durmiendo plácidamente y sin sospechar siquiera que él habría matado por poder quedarse.
Se preguntó cómo habría reaccionado su hermano si hubiese podido verle ahora. Para empezar, si Merle hubiese seguido vivo él no habría estado allí en ese momento, pues si a él mismo le costaba encajar en Alexandria, no quería ni imaginarse Merle. Casi desde el principio se habría largado, o lo habrían echado, y Daryl nunca lo habría abandonado a su suerte, como ya había ocurrido una vez en la prisión.
Pero, ¿y si hubiese estado allí, viéndole suspirar como un puto Romeo? Se habría descojonado, seguro. Le habría llamado débil, nenaza, blando; todos esos calificativos que le encantaba utilizar cuando él hacía cualquier cosa que no respondiera a sus expectativas. O tal vez, sólo habría sacudido la cabeza con esa sonrisilla de desaprobación, mezcla de burla y desprecio, que tanto le desmoralizaba ver en Merle cuando era más joven y sólo podía ver el mundo a través de los ojos de su hermano mayor.
Sin embargo, como Carol había dicho, Merle ya no estaba allí. Ya no podía decirle qué hacer con su vida, ni qué sentir o dejar de sentir.
Y aunque no hubiese sido así, ¿qué coño sabría él?
NA: Bueno. Creo que estoy siendo tremendamente temeraria al hacer lemon en el primer fic que escribo de un fandom, y sin tener del todo dominados a los personajes. Pero como no sé si éste va a ser el único fic que vaya a hacer de TWD, por si acaso me doy el gusto. Ojalá les haya gustado a ustedes también.
Ojalá pudiera escribir con español neutro. En la mayoría de mis fics suelo hacerlo, pero en TWD abundan las palabras malsonantes y eso es algo que tengo que reflejar en la historia, sobre todo cuando se trata de Daryl, tanto en sus líneas de diálogo o en sus monólogos internos como se ha visto al final de este capítulo. Soy consciente que a las lectoras latinoamericanas (que son mayoría) les pueden "rechinar" un poco (o sacar del contexto de la historia) los términos que se utilizan en España, de modo que valoro su comprensión.
Para acabar, muchas gracias a todas las lectoras que están leyendo y apoyando este fic, realmente me da mucha ilusión que les guste y me motiva para seguir. Y como siempre, mi inmenso agradecimiento también a Kikitha2210 por su ayuda y consejos.
Abrazos de zombie y Caryl-On!
