Hola nuevamente mis amados lectores. ¿Qué ha sido de sus vidas? Su querida autora reaparece en medio del caos de su vida universitaria (aunque exitosa por suerte jajajaja) para actualizar este AU tan peculiar en más de un sentido.

Este capitulo es bastante largo eso sí y verán al menos a gran parte del elenco ahora xD

Y sin más que decir…

¡LEAN!


02- Clases Peculiares

Un extraño sonido que se asemejaba al paulatino caer de una frágil llovizna de primavera se coló por sus oídos, desplazando discretamente al sueño en que yacía sumido. Perezosamente abrió los ojos, encontrándose en la misma posición en la que la noche anterior había logrado conciliar el sueño. Su vista estaba nublada y su cuerpo cansado.

Haciendo uso de sus escasas fuerzas, alejó de un tirón las cobijas de la cama, destapándose de golpe. Era una costumbre adquirida gracias al fastidioso de su padre, quien le descubría del mismo modo en su infancia cuando no quería levantarse. Aun no sabía si agradecer o aborrecer aquel acto reiterado en su pasado, mas no en el presente.

Se irguió con cuidado hasta sentarse en la cama. Se estiró para obligar a sus músculos a despertar y se restregó los ojos con su antebrazo derecho. Al terminar de hacerlo, alzó la mirada sintiéndose algo desubicado. De a poco, rememoró los sucesos del día anterior que lo habían llevado hasta donde se encontraba actualmente. Con sus orbes amatistas con diminutos rasgos carmín, recorrió la habitación donde había dormido, logrando ver con mayor claridad ahora que la luz del día comenzaba a llegar. Volvió a encontrarse con la cama del lado opuesto y la mesita de noche en el centro junto a la pared. Sin embargo, otros detalles nuevos para él fueron descubiertos. Junto al segundo lecho, en la pared, había una puerta de color blanco. No era aquella la que le permitía el acceso a la habitación. Hacía donde conducía aun era un enigma. Al frente de cada cama, había un pequeño armario, claramente disponible para que cada uno guardara sus respectivas pertenencias allí. Las paredes estaban pintadas de una tonalidad blanco crudo y se veían algo desgastadas. La ventana arriba de la mesita de noche carecía de cortinas.

En resumen, lo más similar a un cuarto de hotel barato. O al menos así lo era desde el punto de vista de Atem.

El extraño ruido que lo había despertado en un comienzo no había cesado desde entonces, pero abruptamente se cortó. Su origen parecía provenir desde el otro lado de la puerta blanca junto a la segunda cama. El silencio ocupó lugar, llegando como invitado de último minuto. El joven egipcio no se movió de la cama y permaneció estático, mirando fijamente la puerta susodicha. Quieto. Callado. Como una fiera a punto de atrapar a su presa.

La puerta se abrió lentamente, dejando escapar desde el otro lado una pequeña corriente de vapor, algo que desconcertó al tricolor.

Cuando quedó por completo al descubierto, vislumbró una silueta. Parecía la calcada imagen de un muchacho que se iba acercando. Pronto y con la ayuda de los rayos del sol que ya irradiaban en la habitación, pudo reconocerlo mejor. Era un chico de estatura baja, cuerpo delgado y piel pálida como el mármol. Su rostro tenía facciones algo infantiles, lo que le otorgaba un aspecto inocente. Estaba desnudo y solo una toalla blanca cubría su parte inferior, impidiendo que sus partes nobles estuvieran a la vista. Su cabello… ¡Era exactamente igual al de Atem! De tres colores. Magenta en los bordes, negro en el interior y con unos cuantos mechones rubios que caían por los bordes de su cara. Sus ojos eran de un suave color violeta que inspiraba un aire gentil notable a kilómetros.

Atem se quedó helado e incapaz de poder pronunciar palabra alguna. ¡Ra! El chico era casi exactamente igual a él. Se diferenciaba solo por algunos detalles como la forma de los ojos o el color de la piel.

Desde la otra posición, la reacción fue similar.

- ¿Pero qué…? – una oración incompleta fue lo que escapó de la boca de uno de ellos.

- ¡¿Pero qué demonios?! – exclamó Atem levantándose como un resorte de la cama – ¿Es acaso esto una maldita broma?

- ¿Cómo? – preguntó el otro en tono confundido y a la vez asombrado.

- Lo que me faltaba – el egipcio se llevó una mano al rostro en señal de frustración – Mi compañero de cuarto es un clon mío.

- ¡¿Eeeehhhh?! – ahora fue el turno del contrario de sentirse enojado, o mejor dicho, ofendido – ¡O-Oye, yo debería decir eso!

- ¿Disculpa? – atacó Atem con expresión indignada.

- Yo llevo aquí más tiempo que tú – el otro comenzó a enumerar sus argumentos con los dedos de sus manos – Nunca antes te había visto y además… ¡Con suerte si llevas aquí unas cuantas horas!

El tricolor más alto se dispuso a abrir la boca y rebatir lo dicho por su semejante, pero guardó silencio al percatarse de que no tenía argumento a su favor. Todo lo dicho anteriormente era cierto.

- Lo siento – se disculpó unos segundos después el chico de nívea piel tras restregarse el rostro con las manos, preso de una creciente vergüenza que desplazó al enojo – No debí ser tan brusco. Es que es… muy extraño.

- Con todo lo que me ha sucedido últimamente no me extraña tanto – se sinceró el otro.

- Soy Yugi Muto por cierto – se presentó el desconocido inclinándose levemente en señal de saludo.

- Atem Aranki – respondió el egipcio con desinterés.

- Un placer, Aranki-san – saludó Yugi educadamente una vez más.

- Por cierto – el joven señaló con disimulo la toalla que cubría la parte inferior del otro – ¿No deberías…?

- ¡Ah! ¡Lo siento! – se disculpó el segundo tricolor antes de ir a tropiezos hasta la puerta del armario que se hallaba frente a su cama y abrirlo. Debido a esto, Atem no pudo seguir viéndolo, pues las puertas del mueble le bloqueaban la vista y asumió que el joven se estaba vistiendo.

Efectivamente, transcurridos algunos minutos, el muchacho cerró el armario, hallándose ya vestido para arriba y con boxers abajo. Vestía una camisa blanca desabotonada en el primer ojal y una chaqueta azul marino de apariencia escolar. Esto confundió al egipcio.

- Por cierto – habló Yugi mientras se colocaba unos pantalones de igual color que la chaqueta – Si quieres ducharte, hazlo pronto. Solo nos quedan cuarenta minutos.

- ¿Cuarenta minutos para qué? – inquirió Atem desorientado.

- Al parecer Ishizu-san no te aclaró algunas cosas – respondió el otro tricolor – No te preocupes. Yo también me sentía perdido cuando llegué aquí.

- ¿Y qué se supone que debería hacer ahora? – inquirió el egipcio con impaciencia.

- Verás, a las ocho de la mañana debemos reunirnos en la cafetería para el desayuno – explicó el menor mientras se calzaba unas zapatillas deportivas – Lo mejor es que apenas te levantes te des una ducha para estar más despierto y así mantenerte activo durante la jornada…

- No te pedí un instructivo ¿sí? Solo quería saber para que demonios debo estar listo a las ocho – se exasperó Atem mostrando un mohín de enfado – Supongo que ahora es mi turno.

Fue hasta donde estaba su mochila, buscando un cambio de ropa.

- El uniforme está en tu armario – escuchó hablar a Yugi – Es obligación que lo uses. Todos lo hacemos.

Sin contestar a lo dicho, el chico de tez morena extrajo algo de ropa de su ligero equipaje y se acercó al armario antes mencionado. Abrió la puerta y encontró el uniforme, además de un par de toallas. Sacó ambas cosas y cerró las puertas. Sin voltear a ver a su compañero de nuevo, ingresó al baño.

- Gruñón – masculló Yugi incómodo por el comportamiento tosco del "nuevo". Más que molesto, se sentía dolido por su actitud cortante y nada sociable. Negó con la cabeza y se acercó a su cama para estirar las sábanas. Una vez hecho su trabajo, se sentó sobre la misma, mientras de la mesa de noche cogía una gargantilla y un par de muñequeras, ambas de un peculiar diseño con colores oscuros. Mientras se colocaba dichos accesorios, enfocó su mirada en un cuadro pequeño con una fotografía enmarcada que yacía sobre el mismo mueble.

- Parece que el chico nuevo es algo rudo – le habló a la persona que estaba impresa en la imagen; una mujer de sonrisa gentil – ¿No lo crees, mamá?

Tras unos segundos mirando la foto, el tricolor se levantó de la cama y cogió su toalla húmeda que yacía sobre el cobertor. Aún antes de ir a desayunar debía subir a la azotea y colgarla en el oculto tendedero que yacía allí. Aunque, también era una buena idea esperar a Atem. Después de todo, el chico se hallaba completamente desorientado.

Divagando entre sus opciones, escuchó la puerta del baño abrirse despacio y tras ella, la figura de Atem hizo aparición. Ya se había vestido dentro y su cabello dejaba caer gruesas gotas de agua. En sus brazos llevaba la toalla y el pijama.

- Sales a tiempo – comentó Yugi.

- ¿Por qué lo dices? – preguntó el mayor tallándose un ojo.

- Deben faltar unos veinte minutos para que sean las ocho – respondió el otro – Si nos apresuramos yo podría guiarte hasta…

- Oye, no pedí un guía turístico – se mofó Atem – ¿Qué te hace creer que necesito tu ayuda?

- Porque dudo mucho que sepas a dónde ir o qué hacer en este lugar por t propia cuenta – contestó Yugi con una expresión que indicaba que aquello era lo más obvio del mundo.

Atem gruñó por lo bajo. Pues aunque no lo quisiera admitir, su compañero de habitación tenía razón. Él no tenía la más remota idea de qué hacer en ese lugar. Con suerte llevaba una noche allí.

- Bien – aceptó a regañadientes – Te dejaré que me guíes por este lugar… ¡Pero prométeme que después me dejarás en paz!

- Te ayudaré, pero no creo que lo último pueda cumplirlo – rió Yugi con fingida inocencia – Prácticamente nos veremos las caras las veinticuatro horas del día.

- Haz lo que quieras – el moreno hizo un ademán de desinterés.

- Bien – dijo el menor con pose firme – Toma tus cosas y sígueme. Iremos a la azotea del instituto.

Antes de cumplir con lo ordenado, el egipcio se puso unos zapatos negros con hebillas plateadas y luego cogió la sábana de baño. Siguió a su semejante, saliendo de la habitación.

Llegaron a la escalera que los llevaba al pasillo del primer piso, recorriendo el mismo sector que Atem había pisado la noche anterior junto a Ishizu. La luz externa del sol alumbraba otorgando una visión más clara al mayor. Notó que todas las salas estaban vacías y que eran, efectivamente, salones de clases comunes y corrientes. Tenía la sensación de estar caminando en una escuela fantasma o abandonada, lo cual le causaba cierta inseguridad que conseguía disimular con maestría.

Llegó al final del corredor, esta vez, el otro tricolor lo guió por otro tramo de escaleras que los llevaban al segundo piso. No había gran diferencia con el pasillo anterior. Salvo que esta vez, solo caminaron la mitad del trayecto hasta llegar a una puerta diferente. Yugi se acercó a esta y al abrirla, un nuevo camino construido con escalones hacia arriba se mostró ante ambos.

- ¡¿Cuántas escaleras hay aquí?! – se quejó Atem.

- Marik-san dice lo mismo a diario – se rió Yugi ante esa muestra de comportamiento infantil. Comenzaron a subir peldaño por peldaño y el trayecto fue mucho más largo que el anterior. Al terminar, una nueva puerta se presentó. Yugi la abrió y salió al exterior; la azotea de la "escuela".

- Llegamos – anunció Yugi. Atem salió detrás de él, notando que se trataba de un espacio amplio y cercado por una reja de alambre resistente que rodeaba todo el perímetro. La cerámica del suelo se asemejaba a la de los pasillos y el lugar se hallaba completamente desierto.

- Por aquí – le indicó el menor mientras lo guiaba hacia un tendedero de ropa que pasaba inadvertido a primera vista. Notó que algunas prendas de ropa y toallas ya estaban allí.

- No somos muchos aquí – habló Yugi con naturalidad mientras tendía su sábana de baño y el otro chico lo imitó – pero dado que debemos pasar lo más inadvertidos posible, por ello nos ocultamos en el antiguo internado de Ciudad Domino.

- Aun no comprendo de que hay que ocultarse – inquirió de forma indirecta el adolescente de tez morena. Comprendía que había peligro, pero no le veía sentido a ocultarse dentro de una edificación común y abandonada al parecer.

- Verás…

- ¡Hey!

Una tercera voz a sus espaldas les ocasionó un respingo. Atem se colocó en pose defensiva, al contrario de su compañero, quien reconoció aquella voz en un dos por tres.

- Buenos días, Yugi-chan – habló nuevamente la voz con cierto toque de arrogancia.

- B-Buenos días, Mai-san – saludó el tricolor menor mientras se volteaba a ver a la susodicha. Atem hizo lo mismo y ante su persona, estaba una chica alta, de cabello rubio y largo hasta su cintura. Un cuerpo muy bien formado y un rostro atractivo. Labios cubiertos por un fino tono caqui y ojos color lila de aspecto fiero y atractivo a la vez. Vestía una blusa blanca de mangas cortas con un listón azul desatado en el cuello, una falda que llegaba más arriba de sus rodillas de igual color que el listón. Calzaba unas botas negras de tacón.

Desde una perspectiva propiamente suya, el uniforme no le iba muy bien, pues su aspecto físico se alejaba del de una estudiante de 16 años.

- Veo que despertaste temprano – dijo la chica mientras se acercaba a Yugi y revolvía su cabello en un gesto de hermana mayor, pero muy pronto su atención se desvió hacia el egipcio que no le quitaba los ojos de encima – ¿Y… quién es el clon que te acompaña?

- ¿Perdón? – soltó ofendido Atem frunciendo el ceño y cruzándose de brazos.

- Ah, él es el nuevo – explicó Yugi con expresión nerviosa – Su nombre es Atem Aranki. Llegó anoche.

- Atem Aranki ¿eh? – repitió la rubia escudriñando al aludido con la mirada en una pose reflexiva – ¿Eres egipcio?

- Sí – contestó Atem – ¿Y tú eres…?

- Mai. Kujaku Mai – se presentó la joven mujer mientras estiraba su mano – Es un placer, chico nuevo.

Con algo de escepticismo, el tricolor estrechó la mano de Mai.

- Espero al menos poder tolerarte – bromeó ella mientras le guiñaba el ojo.

- No puedo decir lo mismo – dijo con desagrado Atem volviendo a cruzarse de brazos.

- ¡Hmp! – Mai frunció el ceño, achicó la boca y colocó sus brazos en jarras sobre sus caderas – Y yo que pensaba que tendría que lidiar solo con las subidas de humo de Seto Kaiba ¡Ahora tendré que hacerlo por partida doble!

- Mai-san, por favor – quiso intervenir Yugi al notar el comienzo de una posible pelea.

Una campanada resonó por todo el establecimiento, captando la atención de los tres individuos.

- Hora del desayuno – anunció Mai mientras colgaba una toalla color violeta en el tendedero – ¿Vienes conmigo, Yugi?

- Por supuesto – afirmó el susodicho antes de mirar a Atem – Aranki-san, te llevaré hasta la cafetería de…

- No te molestes lo haré yo solo – dijo el moreno mientras pasaba de largo y se dirigía a las escaleras.

- ¡O-Oye, espera! – alegó el tricolor menor yendo detrás del otro, alegando internamente por tener piernas cortas.

Mai los observó a ambos perderse por las escaleras y una sonrisa coqueta se trazó en sus labios. Aún cuando Atem poseía un carácter de los mil demonios, algo en su mirada le había llamado la atención.

Interesante… simplemente interesante.

Tomó el mismo trayecto que los muchachos. Necesitaba su primera comida del día.

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La cafetería interna también se asemejaba a la de cualquier escuela. Un espacio amplio y lleno de largas mesas con banquillos por ambos lados. Ventanas que daban al patio interno y una zona especifica para escoger la comida y servirse uno mismo.

Aquello no fue precisamente lo que dejó sorprendido a Atem, a quien Yugi había llevado casi a rastras a ese lugar tras alcanzarlo en las escaleras, sino el hecho de que el sitio estaba completamente desierto, pues por las palabras de Ishizu había formulado la hipótesis en su cabeza de que el resto de los guerreros debían numerosos en cantidad, pero estaba completamente equivocado.

Contando en ese momento, sin meter a Yugi ni a él mismo, solo había dos personas; una chica y un chico.

Ella era una joven de contextura delgada, piel clara y tenuemente rosa, cabello corto hasta los hombros de color castaño y unos ojos azules como el océano sereno. Comía en silencio lo que parecía ser un tazón de cereales. El otro era un adolescente de estatura alta – aun estando sentado – también de contextura delgada y tez pálida, cabello corto castaño y ojos azules opacos que enseñaban una chispa de petulancia.

Ambos jóvenes estaban ataviados con uniformes escolares como el que usaba Mai o el de Yugi.

"Extraño" pensó Atem "Incluso más que extraño".

- ¿Le permiten el paso a una dama? – habló una voz detrás suyo.

- ¡Ah! – exclamó Yugi dando un respingo – Me asustaste, Mai-san.

- Ya lo noté, chiquillo – respondió ella con una sonrisa coqueta y tras eso ingresó al lugar y se acercó a la barra para escoger que desayunar.

- Sígueme – le indicó Yugi al egipcio – Te explicaré todo esto.

Atem lo miró de mala gana, pero acató su orden. Ambos entraron y se dirigieron a la barra de comida, el más bajo tomó una bandeja de plástico y el otro imitó su acción. Entre los dos fueron escogiendo que servirse, aunque la variedad no era tampoco la gran cosa. Yugi terminó sirviéndose una caja de leche pequeña y un par de tostadas junto a un tazón de frutas. Atem solo cogió un par de tostadas, pues lo que menos tenía en ese momento era hambre. Esto captó la atención del otro, pero omitió sus comentarios.

El par se alejó de allí y se sentaron en una de las mesas, aunque prácticamente, el egipcio fue obligado a permanecer junto a Yugi, pues deseaba estar solo. Petición que no le fue concedida.

- No deberías estar solo si eres nuevo aquí – comentó el más bajo, sentado frente al otro.

- No soy sociable – respondió Atem recostando la cabeza sobre su mano en un gesto aburrido – No me interesa hablar con alguien de aquí.

- ¡Eso no es bueno, Aranki-san! – se quejó el otro – ¡Así nunca vas a tener amigos!

- No me interesa tener amigos – cortó el egipcio antes de llevarse una tostada a la boca y masticarla con amargura.

- Al parecer, Kaiba-kun ya no es el único asocial aquí – comentó Yugi intentando mantener la conversación.

- ¿Kaiba? – repitió Atem sin entender.

- El chico alto de cabello castaño – señaló el otro tricolor con disimulo al joven descrito anteriormente.

- Como si eso me importara – dijo Atem con indiferencia, causando un pequeño estrago en el menor. Aquel carácter desinteresado y grosero no parecía algo propio del egipcio, aun cuando lo acababa de conocer. Tenía la sensación de que su mal carácter era una especie de antifaz. No dijo nada y siguió comiendo.

- ¡Buenos días, montón de perezosos! – la puerta de la cafetería se abrió de golpe y la voz y presencia de Marik Ishtar se manifestó de forma escandalosa, causándoles un respingo a todos.

- ¡Marik! No actúes como un crío – le regañó Ishizu entrando detrás de este – Me disculpo por la actitud de mi hermano. Buenos días a todos.

De manera descoordinada, los demás respondieron por igual, a excepción de Atem quien se limitó a observar fijo a la mujer.

- ¿No has considerado dejar a tu hermano encadenado a su cama? – bromeó Mai con Ishizu al ver al chico de cabello cenizo pararse frente a la barra de comida y acaparar todo sin escrúpulos, hasta la última migaja de alimento en sus manos y en su boca.

- Lo tendré en consideración – respondió la egipcia en un tono similar de burla antes de coger a su pariente por el cuello de la camisa y obligarlo a sentarse en una mesa vacía con ella a su lado. Poco le faltaba para obligarlo a masticar con la boca cerrada.

- Esto sucede a menudo – comentó Yugi en voz baja a su nuevo compañero, quien solo rodó de ojos.

Transcurrieron unos siete minutos de absoluta calma, cuando la puerta fue abierta una vez más de forma agitada. Esta vez, una chica de baja estatura, cabello rubio lacio, pecas diminutas y anteojos, con el uniforme algo desordenado, entró de forma apresurada.

- Llegaste tarde, Becky – le habló Mai en voz alta desde su puesto – El huracán Marik ya hizo de las suyas.

- ¡Maldición! – exclamó la recién apodada mientras se llevaba las manos al rostro en señal de desesperación y derrota. Se maldijo internamente por haberse quedado dormida.

- Rebecca – la llamó Yugi por su nombre de pila mientras se ponía de pie. La chica miró fijo donde él estaba y se acercó tímidamente.

- ¿Qué pasa? – inquirió.

- Supuse que otra vez te quedarías dormida – explicó el adolescente con un dejo de nerviosismo – Así que te guardé esto – le extendió el tazón de frutas, ganándose una mirada asombrada de parte de la rubia – Supuse que Marik podría volver a llevarse el resto del desayuno antes de que llegaras, así que yo…

- ¡Arigato, Darling! – interrumpió ella mientras cogía el pocillo con notable entusiasmo y alivio – Siempre eres tan considerado.

- N-No es para tanto – rió Yugi con nerviosismo mientras rascaba su nuca.

- No seas tan modesto – comentó Rebecca guiñándole un ojo antes de alejarse de él y dirigirse a otra mesa para empezar a comer. El tricolor sonrió por inercia y volvió a sentarse, ignorando que Atem lo escudriñaba con la mirada, curioso por su carácter altruista.

Al pasar otro intervalo de tiempo, una nueva campanada resonó marcando el fin de la hora del desayuno.

- Chicos, vayan a su clase – pidió Ishizu poniéndose de pie y su atención se enfocó en una persona en especifico – Yugi, encárgate de ayudar a Atem para que se oriente en este lugar.

El aludido asintió y el moreno solo enseñó una mueca de disgusto. Quienes se hallaban sentados se levantaron y dejaron lo utilizado junto a la barra de comida ya vacía. Finalmente, todos se retiraron de la cafetería hacia su siguiente destino.

Durante el corto trayecto, los demás no tardaron en empezar cuchichear acerca de la llegada del nuevo. Lo que más les llamaba la atención era la enorme similitud física que tenía con Yugi.

- ¿Es acaso pariente de Yugi o algo así? – inquirió Rebecca a Mai en voz baja.

- Se parecen, pero el nuevo tiene un carácter de mierda – respondió la mayor con una mueca de desagrado – Al parecer a Kaiba le salió competencia en ese aspecto.

- No deberías murmurar a sus espaldas – le regañó la chica castaña quien iba a la par de ambas rubias.

- Él mismo aseguró que le vale madres lo que los demás piensen de su actitud – contradijo Mai – Así que por mí, no he cometido falta, Anzu-chan.

Delante de las chicas que prosiguieron con su charla, Seto Kaiba seguía enseñando la misma expresión imperturbable. Torció la boca ante la idea de un nuevo agregado al grupo, pues eso le significaba un dolor de cabeza extra. Ya tenía suficiente con todos los demás.

Detrás de las chicas, cerrando la marcha, iban Atem y Yugi. El más bajo lucía incómodo y a instantes parecía querer decir algo, pero se arrepentía de inmediato. El egipcio en cambio, parecía indiferente y despreocupado de lo que ocurría a su alrededor. Seguía a los demás por mera inercia que por fuerza de voluntad.

Finalmente, se detuvieron ante las puertas de lo que parecía ser una extensa sala de clases, las cuales fueron abiertas por el castaño que iba primero, para así ingresar uno por uno, siendo Atem el último.

Y a quien vio de pie junto a una extensa pizarra, hizo que la sangre se le congelara en las venas, parpadeó varias veces para comprobar que lo que veía era real y no un juego de su mente.

Un puñado de recuerdos que le significaban entonces una daga incrustada en su corazón, y por ende sepultados en lo más recóndito de su alma, echaban brotes de hiedra venenosa, recorriendo su mente y su corazón.

"Hijo, él es Mahado. Se hará cargo de educarte en mi lugar".

"No tiene por qué poner esa mala cara. No me consideres tu superior, sino tu amigo".

"¡Ustedes dos son lo mejor que me ha pasado!".

"Pase lo que pase, tú no debes dejarme solo ¡Jamás!"

"Lo lamento, no podré seguirlo por más tiempo".

"¡Mentiroso!".

Recuerdos. Olas de recuerdos que lo ahogaban en un mar turbulento de agonía. Sus ojos reflejaban una maraña de sentimientos encontrados y emociones aplastadas.

La otra persona, era un caos similar, pero su mirada denotaba con claridad los sentimientos que resaltaban por encima de los demás: arrepentimiento y culpa.

- Atem – murmuró sin aliento.

- Mahado – dijo el antes nombrado, reconociendo por el nombre a aquel individuo.

Los demás solo miraban con confusión la extraña escena ¿Acaso Mahado conocía de antemano al nuevo?

- Tú… – volvió a hablar Atem tras unos minutos de agónico silencio – ¿Qué haces aquí?

- Creo que la pregunta debería ser para ti – respondió Mahado intentando evadir el tema.

Nuevamente el silencio tensó el momento. El adolescente solo pudo realizar un curioso movimiento con sus dedos, que a los ojos de los demás parecía un típico movimiento nervioso, pero no para Mahado. El egipcio captó de inmediato el lenguaje de señas empleado por el adolescente y lo que intentaba decir.

"Si no vas a darme explicaciones, al menos dime cómo salir de aquí".

El mayor tuvo que reprimir un amago de sonrisa. Al parecer algunas viejas costumbres nunca cambiaban. Le envió una rápida respuesta a través del mismo código.

"Veré cuando lo hago".

Atem arqueó una ceja y sus manos escribieron una última interrogante:

"¿Y cuando será eso?".

Mahado sonrió con discreción y el envió el golpe de gracia y término a la discusión.

"¡Nunca!"

Atem masculló algo entre dientes, probablemente un insulto, y frunció el ceño. ¿Ya cuantas veces le habían visto la cara ese día? ¡Era algo denigrante!

- Eeem, no quiero ser entrometida – habló Anzu con timidez rompiendo el silencio – pero ¿Ustedes se conocen?

- Es un asunto personal, Mazaki-san – contestó Mahado – Pero se podría decir que sí.

Atem ignoró olímpicamente a los demás, ingresó a la sala y buscó un pupitre vacío. Se sentó y adoptó una postura de fastidio, como si deseara huir de ese lugar.

- Bien, supongo que no es necesario hacer presentaciones – resopló Mahado ante el comportamiento de su nuevo alumno.

- Al menos deberíamos explicarle lo que debemos ejercitar con usted, sensei – volvió a hablar Anzu.

- Me parece una excelente observación de su parte, Mazaki-san – respondió el adulto llevando una mano a su mentón en expresión pensativa. Recorrió a los presentes con la mirada y se detuvo en uno de ellos – Muto Yugi.

- ¿Sí, Mahado-sensei? – el mencionado anteriormente se levantó de una forma apresurada y respondió de la misma manera.

- Pasa adelante y muéstrale a Aranki-san como realizar una invocación espiritual – pidió amablemente el "profesor".

El tricolor asintió con la cabeza y avanzó hasta quedar frente a los demás. Inhaló profundamente, exhaló con la boca y colocó sus manos a la altura de su pecho, formando un arco con ellas. Atem pudo notar que en el espacio que cerraban las manos del pequeño, había un extraño collar con una piedra verde parecida a un cristal colgando de su cuello. Un detalle que antes no había notado y explicaba el porque Yugi realizaba ese movimiento: estaba cercando la piedra que reposaba sobre su pecho.

Yugi cerró los ojos con un semblante sereno y murmuró unas palabras curiosas:

- Ven a mí, Silent Magician. Imploro tu presencia.

El tono empleado en su plegaria era semejante al de un amante cuando se dirige a su enamorada; suave, delicado, amable.

Un aura blanca cubrió el cuerpo del adolescente, quien permaneció calmado e imperturbable. Frente a este, una esfera de luz apareció y fue adquiriendo una silueta del tamaño de un niño pequeño. Poco a poco, la luminiscencia se apagó, dejando frente a todos a una criatura de apariencia infantil y con algunos rasgos humanos, ataviada con ropas blancas con algunos detalles color cielo, el mismo color que sus ojos. Un sombrero con los mismos tonos y un báculo pequeño complementaban el atuendo. Una expresión tímida se leía en la cara de aquel ente. Yugi abrió los ojos y retiró las manos de su pecho, sonrió ante la presencia familiar de Silent Magician, quien se volteó a verlo.

Los demás no cambiaron su semblante al estar habituados a verlo aparecer desde hace ya unos pocos días. Todos, menos Atem. Su rostro enseñaba una mezcla entre asombro ante lo que había visto, pero al mismo tiempo defraudado del débil ser invocado, pues esperaba algo más acorde al asunto.

- ¿A eso le llamas "ente espiritual"? – se mofó viendo de mala gana al pequeño ser, quien se encogió de hombros mirando al suelo.

- Al menos él puede hacerlo – atacó Mai viendo al moreno con burla mientras posaba de forma arrogante – Tú con suerte sabes comunicarte con tu entorno.

El egipcio la miró con expresión asesina, pero ella ni se inmutó por eso.

- No lo escuches Silent Magician – dijo Yugi apoyando una mano sobre la cabeza del más pequeño – Eres un excelente compañero y aliado.

El ser espiritual le sonrió con timidez y se sonrojó hasta parecer una manzana.

- Voy a ignorar tu ofensivo comentario, Aranki-san – habló Mahado con el ceño fruncido – Pero asumo que ya comprendiste como realizar una invocación espiritual.

- ¿Me estás diciendo que a futuro tendré que invocar a una… cosa como esa? – habló el adolescente egipcio con una mueca de desagrado.

- No Aranki-san – negó el contrario – No invocarás a esa "cosa" – hizo comillas con los dedos con notable sarcasmo – A cada senshi le corresponde una criatura espiritual diferente. Pero te hace falta un elemento esencial para lograr invocarlo.

Mahado caminó hasta posicionarse frente al pupitre del nuevo "estudiante" y extrayendo un colgante semejante al que usaba Yugi, lo ató al cuello de Atem.

- Esta piedra preciosa contiene una poderosa energía que deberás complementar con la fuerza de tu alma, emociones y sentimientos – explicó – Con todos estos elementos combinados de la forma correcta, en algún momento podrás invocar al ser espiritual que te corresponde.

- ¿Cómo? – se extrañó Atem – Creí que sería algo inmediato.

- ¡Oye, despacio chico nuevo! – le habló Mai – Invocar estas criaturas no es algo que puedas lograr de la noche a la mañana.

- Es cierto – corroboró Anzu – Yugi logró invocar a su ser espiritual hace apenas cuatro días.

El aludido se sonrojó tenuemente y sonrió nervioso mientras rascaba su mejilla con su dedo índice.

- Tienes un largo camino por recorrer como senshi, Aranki-san – habló Mahado con voz profunda, sintiendo que entre él y el muchacho se había levantado una enorme muralla difícil de atravesar. Se alejó del joven y al volver a su posición original, le pidió a Yugi que regresara a su pupitre y que desvaneciera a su acompañante, ordenes que el tricolor acató de inmediato.

Durante dos horas, el ambiente se asemejó al de una clase ordinaria. Solo que en lugar de matemáticas, una tediosa explicación acerca del vínculo entre los entes espirituales y los habitantes terrenales tomaba lugar. O al menos resultaba aburrido para ciertos oídos. Junto a la explicación, la práctica de invocación era llevada a cabo, siendo Atem el centro de atención al ser el único incapaz de convocar uno. No era extraño ello, considerando que apenas estaba comenzando, pero el constante fracaso le provocaba una ira desbordada que reflejaba mirando de mala gana a todos los que le rodeaban, incluyendo a Mahado.

- Bien – concluyó el sensei al final – Creo que por hoy hemos hecho suficiente. Dejémoslo así por hoy. Asumo que están cansados con el chico nuevo… y yo aún más.

A nadie le extrañó el poco tacto por parte del adulto, pues ese era su carácter general; serio, aunque con pequeños brotes de amabilidad graciosa. Sin embargo, aquello no evitó que una risa oculta y un resoplido pesado por parte de Mai y Kaiba respectivamente, ocasionaran que el delgado hilo de paciencia de Atem se cortara y este saliera del salón dando un portazo.

- ¡Aranki-san, espérame! – le dijo Yugi en voz alta antes de salir a paso veloz tras el chico de tez morena.

- Ese chico Muto sigue con su ridícula manía de jugar con fuego – habló Kaiba con reprobación cruzándose de brazos.

- Más que suerte necesitará paciencia – agregó Mai con expresión extrañada. Mahado solo pudo concordar en silencio con lo dicho por la rubia. Conocía muy bien a Atem y cuando este se hacía el difícil, era todo un reto entrar en su terreno sin salir herido física o emocionalmente.

O al menos así lo era desde aquel fatídico día.

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Con las manos empuñadas, los dientes apretados y la mirada bañada en fuego, Atem caminaba sin destino por el extenso pasillo. Sus pasos hacían un eco estruendoso y la rabia lo ensordecía de a poco.

- ¡Aranki-san! – escuchó apenas desde lejos – ¡Espérame por favor!

Reconoció la voz de su compañero de cuarto, así como su andar en un trote acelerado, acercándose a su persona.

- ¿Qué quieres? – inquirió tras detenerse con brusquedad, causando que por poco el menor chocara con su espalda.

- A-Aranki-san – habló el menor posicionándose al lado del otro, intentando regular su respiración – No le hagas caso a Mahado, así actúa él casi siempre.

- ¡Yo lo conozco mejor que tú! – soltó ofendido el egipcio – Lo dijo frente a todos ¡Nos conocemos de antemano a estar aquí!

- Y si lo conoces tan bien ¿Por qué no le respondiste a todo lo que te dijo? – preguntó Yugi arqueando una ceja.

¡BOOM!

Atem ya había perdido la cuenta de las veces en que lo habían callado en ese lugar ¡Y apenas llevaba un día dentro!

- No tengo porque responder a eso – respondió Atem con el ceño fruncido y alejando la mirada del otro tricolor – Ni que fueras mi confidente personal.

Yugi suspiró pesadamente viendo al suelo, intentando no perder su paciencia, que de por si era demasiada. El carácter indiferente y arrogante de su compañero era algo que lo fastidiaba y consternaba al mismo tiempo.

- En unos minutos más debemos ir al primer piso – habló con timidez – Allí tenemos otro entrenamiento.

- Si es Mahado quien está a cargo, entonces olvídalo – se negó Atem cruzándose de brazos.

- No, Aranki-san – negó el menor con la cabeza – Aquí nos ayuda Hira Kaori-san.

- ¿Kaori-san? – repitió el egipcio.

- No te preocupes, ella es muy gentil – intentó alentarlo Yugi, mas no lo logró al recibir un bufido como respuesta – Solo sígueme – le pidió por último y se dirigió a las escaleras. El egipcio, al no tener otra alternativa o idea, le siguió por donde iba.

Bajaron y recorrieron el primer piso hasta la mitad, donde ingresaron a una sala similar a la anterior, salvo que esta estaba completamente vacía. Sin mesas, ni sillas o pizarra.

- Los demás deberían llegar pronto – asumió el menor y se sentó en el suelo. Atem se quedó de pie a unos tres pasos de él – Kaori-san realiza una labor similar a la que nos enseña Mahado, pero ella se encarga de enseñarnos a mantener el control de las emociones y sentimientos y como esto afecta a nuestras criaturas elegidas.

- ¿Control de las emociones? – repitió el egipcio haciendo un mohín de incomprensión creyendo que se trataba de un mal chiste.

- Para manejar y controlar a un ente espiritual no solo es necesario que te vincules con él – explicó el más bajo – También debes aprender a regular tus emociones o estas perjudicarán a la criatura y a uno mismo.

- Cada vez entiendo menos este lugar – respondió el moreno mirando hacia otro lado, dando por terminada la forzada charla. Yugi volvió a suspirar desganado.

La puerta de la sala se abrió una vez más, dándole el paso a la chica de cabello castaño y corto que Atem había visto en la cafetería.

- ¡Oh, hola Yugi! – saludó ella con entusiasmo mientras se acercaba a los muchachos.

- Hola Anzu – saludó Yugi alegre mientras se ponía de pie. La castaña le sonrió con ternura y luego su atención se desvió hacia el otro chico presente.

- Oh – dijo al verlo y no recordar su nombre – ¿Tú eres…?

- Atem Aranki – dijo el susodicho con neutralidad.

- No había tenido ocasión de presentarme, soy Anzu Mazaki – se presentó la chica con una leve inclinación, acto que el egipcio observó con indiferencia antes de apartarse de ambos.

- ¿Qué le ocurre? – le preguntó Anzu a Yugi.

- No lo sé – contestó el tricolor – Ha actuado así todo el día.

- Es como si no le gustara relacionarse con los demás – comentó la castaña, viendo con cierta tristeza al chico nuevo.

Sin intentar volver a entablar conversación con el chico asocial, los dos adolescentes siguieron hablando entre ellos, dejando correr los minutos, hasta que el resto de los jóvenes guerreros llegó. La ojiazul se fue con Mai y el tricolor se quedó conversando con Rebecca. Seto Kaiba se alejó de los demás y se sentó en el suelo, en una posición semejante a la de la meditación. Atem siguió de pie, escuchando a los lejos las voces de las conversaciones ajenas a su persona.

- ¡Chicos!

Una nueva voz femenina lo obligó a voltearse. Vio en la entrada de la sala a una chica de más o menos su misma edad, con cabello rojo como la pasión ardiente largo hasta la cintura y ojos escarlata. Vestida con una blusa fucsia y pantalones cortos color azul suave, más unas calcetas que le llegaban hasta las rodillas y unas zapatillas deportivas como calzado. Todo su atuendo era cubierto por una extraña bata blanca que le llegaba a la altura de las caderas, similar en algún punto a la que usaría una enfermera o doctora.

- Lamento la demora – se disculpó – Mahado me detuvo a medio camino y me explicó que había llegado alguien nuevo, así que…

- Descuida preciosa – la interrumpió Mai – No va a llegar el fin del mundo solo porque te retrases un poco.

- Gracias Mai – dijo la chiquilla sonriendo luminosamente. Luego, su mirada escudriño detenidamente a los demás, identificando de inmediato al recién llegado.

- ¿Qué? – soltó Atem con fastidio al sentirse observado por aquella joven.

- Supongo que tú eres el nuevo ¿verdad? – asumió ella antes de acercarse al susodicho – Es un placer Atem Aranki. Mi nombre es Kaori Hira y soy tu maestra espiritual a cargo del control espiritual por medio de las emociones y sentimientos.

- ¿Me estás diciendo que una niña se está haciendo cargo de todo esto? – se mofó el egipcio.

- Tenemos casi la misma edad, así que tú también vendrías siendo un niño – atacó Kaori achicando los ojos y ensanchando su sonrisa con arrogancia.

Atem hizo una mueca de rabia contenida y sus pupilas se encogieron. Una risa disimulada de parte de Mai llegó a sus oídos, enfureciéndolo aún más.

- ¡Vaya niño! Deberías dejar que los adultos se encarguen de esto – la arrogante voz de Seto Kaiba a sus espaldas fue más que suficiente para colmarle la casi inexistente paciencia que le quedaba. Se volteó a verlo y tras fulminarlo con la mirada, contraatacó:

- ¿Y tú de qué cajón de corbatas saliste?

- ¡¿Quién te crees que eres para venir a hablarme así?! – el castaño se puso de pie en actitud de amenaza.

- ¡Alguien que al parecer tiene más dignidad que tú!

- ¡Eres un hijo de…!

El pleito fue cortado inesperadamente cuando en la cabeza de ambos se estampó un libro que Kaori llevaba en las manos, mientras los miraba con reprobación por su comportamiento inmaduro.

- Se supone que es mi deber entrenarlos para que aprendan a convivir y controlar a sus seres espirituales – habló ella como si fuese una lección escolar, aunque era evidente que se trataba de un sermón – Para eso, es necesario mantener el control emocional y retener la impulsividad, algo que al parecer ustedes dos no saben hacer ¡Par de idiotas!

Ambos adolescentes la miraron con expresión disgustada y enfadada por la reciente humillación sufrida, sin embargo se quedaron callados y se sentaron en el suelo, uno lejos del otro, amenazándose cada tanto con la mirada.

- Lamento el teatro de ahora – se disculpó Kaori con los demás – Vamos a proseguir con lo nuestro.

Atem observó con desprecio su entorno, oyendo sin escuchar como la chica pelirroja daba una explicación sobre el afamado ente espiritual y su condición de subordinado de un guerrero. Sinceramente, no estaba dándose la tarea de comprender y poco le importaba hacerlo realmente. Después de todo, siquiera aun tenía la conexión activa con su propio ser espiritual ¿De qué le servía entonces las extensas explicaciones de Mahado y Kaori si no lograba nada al llevarlo a la práctica?

- ¿Estás bien? – escuchó murmurar a sus espaldas, reconociendo la voz de Yugi.

- Sí – respondió fríamente sin voltearse a verlo.

- No es por ofender a alguien – se excusó el menor – pero creo que es la primera vez que Kaori-san se enfada con uno de nosotros, y eso que Kaiba-kun lleva más tiempo aquí.

Nuevamente tuvo que controlar sus deseos de golpear algo o a alguien. Deseó haber escogido la calle a continuar un segundo más en ese lugar lleno de gente entrometida y desagradable, pero no existía forma de oprimir el botón de reversa. Pues en el momento en que aceptó las condiciones dadas por Ishizu, solo le quedaba la alternativa de convertirse, para bien o para mal, en un senshi.


Y este capitulo concluye aquí.

¿Qué les pareció? ¿Se esperaban los personajes aparecidos y sus respectivos roles? ¿Quiénes creen que aparecerán a futuro?

La verdad, me tomó meses realizar este capitulo, pues como ingresé a la universidad solo podía escribir párrafos entre mis descansos de estudio (Que tragedia).

Espero que este capitulo compense en parte mis meses de ausencia con esta historia.

Y antes de desaparecer una vez más:

Ikaros Tolstoi: En verdad muchas gracias por tu apoyo para mi primer AU de Yu-Gi-Oh! Es una alegría para mí que me indiquen mi progreso o mis tropiezos en la escritura y si mi redacción ha mejorado ha sido gracias a mi arduo trabajo y al apoyo incondicional de ustedes mis lectores. ¡Y sí, le atinaste! Yugi es el compañero de habitación de nuestro querido Atem. Pues sí, me inspiré del manga y anime de la serie, junto con muchas otras series anime de acción y sobrenatural. Así que veamos que tanto puede avanzar esta historia. ¡Cuídate, amiga fanficker!

MarBere123: ¡Cielos! No me esperaba verte en uno de mis fics como lectora, pero puedo asegurarte que esta historia te gustará. Vendrán muchas sorpresas cómicas, románticas y trágicas. ¡Atenta!

Y a los demás, los espero en una futura actualización.

¡Nos vemos!