Que Akashi le pareciese adorable muy de vez en cuando no significaba que fuese un angelito. Al contrario. Era el maquiavelismo en estado puro.
Tampoco eso significaba que Akashi tuviese mala fe. Que sí, era frío y calculador hasta tal punto que a veces Nijimura se cuestionaba si estaba hablando con un humano o un robot. Pero mal corazón, lo que se decía mal corazón, no lo tenía.
Quizás era la apariencia de Akashi la que confundía la mente de Nijimura. O ni eso. Akashi ya no era aquel niño bajito de ojos grandes y despiertos que lo perseguía de aquí para allá en Teikou. Era, si acaso, un chico guapo.
Guapo. Akashi. ¿Qué diablos le había pasado a Nijimura para que empezase a verle con esos ojos? Que ese crío había sido su capitán.
Suspiró. De nada servía lamentarse y darle vueltas a un asunto que no le iba a traer más que quebraderos de cabeza innecesarios. Tapó a Akashi, sentadito en el sofá como un bendito, y lo tapó con la primera manta que encontró en el armario.
—Y eso que te dije que no te quedaras sopa en el sofá… —murmuró Nijimura acariciándole la cabeza, pasando el pulgar por su mejilla.
No era tan suave como parecía. Por mucho que quisiese verle como un niño, era todo un hombrecito.
Un hombre, vale. Un hombre. No tenía por qué ser suave (a menos que fuese Kise, pero ese era otra historia) ni parecer más tierno que un oso de peluche.
(Pero lo era, he ahí el problema)
—Mierda —masculló con rabia.
Akashi, el bello durmiente por excelencia, ni se inmutó. Seguía con los ojos cerrados, la boca medioabierta, sin decir nada. ¿Se estaría haciendo el dormido?
En tal caso, le estaba haciendo un favor a Nijimura. Porque, la verdad, no sabría reaccionar si Akashi abriese los ojos y lo viese ahí plantado, delante de él, con la mirada de un hombre que era culpable y lo sabía.
¿Qué pensaría Akashi de él? Se creería que Nijimura era un chiste repetido hasta la saciedad y sin gracia. Desde luego, no había que ser un lince para darse cuenta de que Akashi ya no lo tenía en un pedestal.
Aun así, se decía a sí mismo Nijimura, lo invité a cenar y vino. Eso debía de ser una señal de que, como mínimo, un poco de cariño sí le tenía. Eso o nostalgia.
Nijimura suspiró. Una vez más. Se iría a dormir, evitaría que ciertos asuntos revoloteasen como polillas por sus sueños, y esperaría que el mañana le trajese algún tipo de respuesta. Le valía cualquier cosa.
Cualquier cosa.
Ese "cualquier cosa" resultó ser un nada de nada. Vale, que era por la mañana y no hubo oportunidad de que sucediese algo que le revelase la verdad absoluta. Ni siquiera Akashi estaba por la labor de cooperar, teniendo en cuenta que ahí estaba, tirado en el sofá al igual que ayer. Y, al contrario que a Nijimura, no le caía la baba.
—Elegante hasta cuando duerme… —Nijimura sonrió con lástima.
Le daba pena lo dolorido que parecía Akashi en sueños. Debía de ser por cómo su cuello se doblaba como un acordeón en el borde del sofá. Visto lo visto, Nijimura hizo lo más sensato: despertarlo.
—Akashi, eh —le meneó los hombros con suavidad, por si las moscas.
Akashi abrió los ojos despacio.
Vale. Cabe destacar un par de detalles: hasta hacía diez minutos, Akashi era una criatura inmaculaba que iluminaba el salón con su piel de marfil. Ahora, que estaba medio despierto, tenía unas bolsas horripilantes bajo los ojos y una barba incipiente que Nijimura habría jurado que no estaba ahí antes.
—Mmm.
Esas fueron las palabras sabias de Akashi al despertar.
—Menudas pintas… Eh, buenos días, ¿eh? ¿Qué quieres desayunar? ¿Te apetecen unas tostadas?
La ira muda de Akashi cayó de lleno sobre Nijimura. ¿Cómo? Seguía sin saberlo, pero el miedo estaba ahí y no tenía intención de marcharse de buenas a primeras.
—Oye, a mí no me mires así.
Nijimura estaba preparado, tanto física como psicológicamente, para darle una colleja a Akashi que le quitase la tontería de encima. No lo hizo. Más que nada porque a su mano le pareció una buena idea frenarse en seco en la mejilla peluda (¡que ahí antes no había nada!) de Akashi.
Era extraño, pero una parte de Nijimura —una muy ilógica e inquietante— quería saber un poquito más de este Akashi. Un Akashi con barba instantánea, tan perfecto como una mancha de café en una camisa blanca y con la elocuencia de un cangrejo.
Quería conocer todas y cada una de las facetas de un hombre que era un millar de rompecabezas a la vez.
—Quién diría que tendrías mal despertar.
—Mmmm —Akashi el Cromañón, gruñendo, posó su mano sobre la de Nijimura y cerró los ojos.
No se estaba enterando de nada. Pobre diablo. Menos mal que tampoco se estaba dando cuenta de la mirada de Nijimura, que parecía haber entendido lo que su cerebro —o su corazón, la parte más lenta del cuerpo— aún no quería comprender.
La respuesta seguía ahí, ante sus narices. Ya solo faltaba encontrar la pregunta.
