3.
Desde el día en que se fue la última se sus primas, Lincoln y su hija se unieron más que nunca. Se fueron acercando de manera paulatina e inexorable, sin que sus miedos y prejuicios pudieran interponerse en su reencuentro.
Loan estaba encantada de tener a su padre por completo y para ella sola. Desde que salió del hospital, había vuelto a ser el de antes; el que era cuando su madre vivía. El hombre encantador, que era todo sonrisas y cariños. El hombre que la colmaba de mimos y la atendía como lo que siempre debió ser: la persona más importante en su vida.
Lincoln nunca le reprochó lo que había hecho. Jamás la culpó, y no habló de ello hasta que Loan lo hizo por sí misma. Los primeros días, cuando todavía estaba tan débil y la casa ya estaba inusualmente callada, instaló una colchoneta para dormir con ella en su habitación. Durante el día, se hacía cargo de la casa y le contaba sus planes para el futuro. Le pedía perdón, y le juraba que tan pronto como mejorara, organizarían su vida juntos y buscarían la manera más adecuada para ayudarla.
La joven suspiraba y sonreía. No era tanto que confiara en la promesa de su padre, sino que se daba cuenta de que ya estaba recibiendo lo que necesitaba. Ahora que la tristeza por su madre había cedido, ahora que las presiones se habían ido, notaba que su mente funcionaba mejor. De alguna manera intuía que, si su padre seguía demostrándole su amor y ella era cuidadosa con sus medicaciones, todo iba a estar muy bien.
Pronto fue capaz de levantarse y ayudar a su padre con la mayoría de los quehaceres. Con solo dos personas, las labores de la casa se redujeron a su mínima expresión. Tenían las más amplias posibilidades de convivir juntos; y gracias a ello, no pasó mucho tiempo antes de que Loan lograra algo que no pudo hacer durante mucho tiempo: salió de la casa, y dieron un paseo por el barrio. Caminaron unas cuantas cuadras, regresaron, y al final se tendieron sobre el jardín de la casa; para contemplar juntos el atardecer.
No fue sencillo. Loan tenía mucho miedo. Pero gracias a la suave insistencia de su padre, y al hecho de que su vida se había vuelto mucho más tranquila, pudo lograrlo.
Loan terminó disfrutando el paseo. Le encantó sentir el frescor de la brisa sobre la piel de su cara, la sensación del pasto suave y mullido bajo su cuerpo; y el aroma y la calidez de su padre, a unos de ella.
Quizá no era mucho. Pero era un buen comienzo.
Para Lincoln, el intento de suicidio de su hija fue la lección de vida que necesitaba. El acicate para dejar de rehuir sus obligaciones, olvidarse de sí mismo, y confrontar de una buena vez sus sentimientos y temores.
Las primeras noches le fue muy difícil dormir. Se despertaba sobresaltado, mortificado por los sueños en los que su hija no lograba sobrevivir. Lloraba al pensar en lo cerca que había estado de perderla, y en lo increíblemente estúpido y cobarde que había sido durante todos esos años.
¿Cómo se atrevió a abandonar a su hija? ¿Cómo pudo dejarla a merced del nido de víboras en el que se había convertido su casa?
Maldita sea... ¡Debería estar en la cárcel por negligente! Pero no: ni siquiera tenía que pensar en eso. Era otra manera de ser cobarde. Lo que tenía que hacer, era enfrentar la situación. Darle a su hija todo el amor y la atención que siempre necesitó. Ya era hora de que se convirtiera en el padre, el amigo y el guardián que siempre debió ser.
Comenzó inmediatamente. Se esmeró con su hija, le brindó toda la atención y el apoyo que necesitaba, y se aseguró de que estuviera bien, cómoda y le contara todo lo que le producía problemas. Muy pronto notó que Loan comenzaba a mejorar. Ya no parecía tan nerviosa; sonreía con mayor facilidad, y ahora lo buscaba para hacerle cariños y darle de vez en cuando un beso o un abrazo sorpresivo.
Era maravilloso. Ya tenía mucho tiempo que Lincoln no recibía un beso o una caricia sincera.
Por supuesto, conforme mejoraba su salud y su situación mental, el aspecto de Loan también lo hacía. Aunque su cabellera estaba un poco desordenada y maltratada, utilizaba un peinado muy similar al que llevaba Lori cuando tenía su edad. Cada vez que sonreía, sus hermosos ojos azules parecían brillar; y Lincoln sentía que su corazón se derretía. Su hija ya era toda una mujer, muy alta, muy hermosa; y con un cuerpo todavía mejor dotado que el de su madre.
Sí: se daba perfecta cuenta de que su propia hija le inquietaba. Después de lo que ocurrió en su adolescencia, y con todo lo que le dijo Lisa, debía haberlo esperado. Pero ese era problema de él, no de Loan. Era él quien tenía que reprimirse, y lidiar con esos sentimientos y sensaciones prohibidas.
Pasara lo que pasara, jamás permitiría que a Loan le volvieran a faltar su atención y sus cuidados. Si su hija quería abrazarlo o besarlo, pues que lo hiciera. Él estaría encantado de recibir su cariño, y tenía que cuidarse para no equivocarse con lo que sentía. Sabía muy bien que no podría cuidar a Loan para siempre; y en los siguientes años, su trabajo consistiría en hacer que su hija fuera independiente. Que pudiera valerse por sí misma cuando él ya no estuviera.
Y si Loan podía encontrar el amor con un hombre atento, respetuoso, y que comprendiera bien su situación mental; él estaría encantado con ello. Después de todo, Loan era su hija; y no podía ser otra cosa.
Jamás le pasó por la mente que ella pudiera ver las cosas de otra manera.
Todo comenzó el día en que Lincoln le pidió ayuda para limpiar el desván. Era un tarea que no se había hecho en años, y desde temprano ya tenían todo listo para comenzar a trabajar.
Para ese tiempo, Loan ya estaba mucho mejor. Nuevamente se hacía cargo de la casa; Lincoln ya era su propio jefe, y había instalado un sistema de seguridad y comunicación eficaz, para que Loan pudiera estar en contacto directo en caso de emergencia.
Estuvieron trabajando gran parte de la mañana. Hicieron una pausa para tomar unos refrescos, y luego regresaron para revisar el contenido de las últimas cajas. Seguro que había muchos cachivaches inútiles de los que convenía deshacerse.
Lincoln iba revisando caja por caja, asegurándose de que no hubiera insectos, ratones o alguna alimaña por el estilo. Luego, se los pasaba a Loan para que ella desempolvara todo. Al final, decidirían juntos lo que iban a conservar y lo que tirarían.
Al abrir una caja grande, Lincoln se llevó la grata sorpresa de descubrir su vieja guitarra. Hacía muchos años que no la veía; y aparte de tener un poco de polvo, parecía conservarse en muy buen estado.
Cuando la vio, tuvo un sobresalto de tristeza. Su hermana Luna le enseñó a perfeccionar sus técnicas de guitarra cuando cumplió 13 años. Estuvo practicando asiduamente durante toda la primavera de aquel año para sorprender a Lori, y dedicarle todo un recital de sus canciones favoritas. Aquella guitarra fue compañera inseparable durante muchas veladas románticas con su esposa y hermana. Los últimos años, cuando ya tenían a Loan, su tiempo para practicar se redujo considerablemente. Cambiaron la guitarra por el karaoke, y el noble instrumento quedó relegado al desván.
Ahora, Lori ya no estaba; y Luna se negaba a hablarle desde el día en que le regresó a sus hijas. Le daba mucha pena, pero no se arrepentía: su hija estaba antes que todo, y si Luna no podía entenderlo... Pues peor para ella.
Con dedos temblorosos, Lincoln recorrió las cuerdas de nailon. Estaban intactas, y lucían sorprendentemente bien conservadas. Las pulsó, y se sorprendió al descubrir que la guitarra se había quedado afinada.
Loan escucho el sonido, volteó a ver a su padre, y se sorprendió muchísimo cuando lo vio manipulando las clavijas.
- ¡Papá! -gritó- ¡No sabía que tú tocabas la guitarra! ¿De quién es? ¿Por qué nunca te vi tocar?
Loan estaba entusiasmada, y corrió rápido al lado de su padre. Sin preguntar, le arrebató la guitarra y la limpió rápidamente con un paño húmedo. Después se la regresó, y Lincoln continuó afinando las cuerdas.
Pronto, la guitarra estuvo bien afinada. Loan juntó las manos en actitud de ruego, y le pidió a su padre que tocara alguna melodía.
Lincoln pensó por un momento, sin decidir lo que quería tocar. Luego, volteó a ver a su hija. Sus manitas juntas bajo la barbilla le daban un aire encantador, casi virginal; y le recordaban muchísimo a su amada Lori.
Por un momento, fue como si su esposa hubiera vuelto a la vida; y Lincoln ya no tuvo dudas. Tomó la guitarra, se sentó sobre una caja; emitió un rítmico silbido, y comenzó a tocar y cantar.
Desde, el día en que te vi
sentí como que ya te conocía.
Un minuto fue suficiente...
Y ya sentía quererte.
Loan no conocía la melodía. Además, estaba en un idioma del que conocía poco. Pero el ritmo se le pegó enseguida. Comenzó a acompañar a su padre con las palmas, y moviendo su cuerpo al ritmo de la música
Tú eres mi persona favorita.
Y aunque no siempre lo ando diciendo,
es buen momento de decirte que te quiero,
te quiero, te quiero... y siempre así será.
Nunca habían experimentado una comunión semejante. A medida que cantaba y veía a su hija disfrutar la melodía, Lincoln se entusiasmaba y le ponía cada vez más énfasis; mayor sentimiento. A Loan se le pegó la letra del coro, y en la última parte acompañó a su padre con la voz. No pronunciaba muy bien, pero Lincoln la escuchó tan fascinado que estuvo a punto de perder el ritmo. ¡Hacía tantos años que no escuchaba a su hija cantar! Había olvidado lo hermosa que sonaba su voz.
Al terminar la melodía, Loan dio un salto y un gritito de entusiasmo. Corrió para abrazar a su padre, mientras le decía:
- ¡Papi! ¡Tocas y cantas precioso! ¡Como mi tía Luna! ¿Por qué nunca te escuché hacerlo, papi? ¿Por qué nunca tocaste la guitarra para mí?
Lincoln no respondió de inmediato. Sin soltar la guitarra, abrazó fuertemente a su hija y colocó la mejilla contra la suya. Estaba a punto de llorar. ¡De cuántas cosas se había perdido por su negligencia! ¡Cuántos momentos hermosos había dejado ir por su cobardía!
- Mi amor -dijo por fin-. Te juro que desde hoy, me escucharás siempre que tú quieras. Creo que estabas demasiado pequeña, pero llegué a tocar la guitarra algunas veces cuando tenías unos dos años. Y esta canción... Bueno, nunca se la había tocado a nadie que no fuera tu mamá. Pero ahora... Te la dedico a ti, cariño. ¡Te amo tanto, mi amor!
Ambos se consumieron en la emoción del momento. Las lágrimas amenazaban con brotar por sus ojos, y una oleada de adoración por el otro los recorrió de cuerpo entero. Estaban tan emocionados, que de manera natural voltearon su rostro para besarse en la mejilla; con el resultado de que sus labios se encontraron en el momento y el lugar justos para darse un piquito breve y lleno de amor.
Al sentir los labios de su hija, Lincoln se sobresaltó. Así, tan de cerca, Loan era como si fuera Lori. Su aroma era tan parecido, que por un momento tuvo la impresión de estar besando a su esposa fallecida. Pero enseguida se dio cuenta de su error, y apartó la cabeza. Se puso de todos colores. Estaba tan sorprendido como apenado, sobre todo por la expresión que tenía el rostro de su Loan.
Casi la soltó para ofrecerle disculpas. Pero su hija sonrió, y antes de que Lincoln pudiera hacer algo más, lo abrazó con mucha fuerza. Ocultó su rostro contra su pecho, y le dijo en un susurro:
- Qué curioso, papi. Llegué a imaginarlo muchas veces, pero... nunca pensé que tú me darías mi primer beso.
Reviews del capítulo anterior:
kurosakiapu. Nuevamente muchas gracias por tus palabras, amigo. Estamos en este momento más o menos a la mitad de esta historia. Ojalá lo que falta continúe siendo de tu agrado.
viruz pirata. Bueno, pues no tiene muchas opciones para utilizar nuestra querida Lori. Las otras que podría usar son bastante tétricas (pienso en situaciones de abuso, parafilia o altruismo sexual).
Dadas las situaciones en las que has pensado, creo que esta obra será un poco tranquila para ti, amigo. En esta ocasión, evitaremos situaciones demasiado fuertes (como si un intento de suicidio no lo fuera).
Gracias por tu review.
