Las pocas personas que habíamos sobrevivido a la batalla entre el ejército de Zhu y los Shen Jiéshí, descansábamos y nos curamos nuestras heridas. Era de esperarse que algunos de los heridos no sobrevivieran aquella noche, ya estuvieran desangrándose o agonizando por el dolor. Zhu habló conmigo en privado solo para avisarme sobre mi nuevo deber como ejecutora de los que se nieguen a entrar en el mejorado clan del general Zhu, y como es de esperarse, todos serán ejecutados. Los Shen Jiéshí serán enormes y torpes, pero no son imbéciles; preferirían la muerte que servir a alguien como Zhu, que se esconde tras el sacrificio que hacen sus "súbditos", como le gusta llamarnos.

En fin, estoy a cargo de esta importante labor. Pero hay algo que no me queda muy en claro; ese momento en el que el rostro del Inquebrantable se palideció y me llamaba mientras lo llevaban a rastras lejos de mí. Pensé que estaba volviéndome loca, pero no podía de pensar en ello. Puede que sea una trampa o no, pero de todas formas, estaba decidida a hablar con el… Necesitaba respuestas.

Capítulo III

Era de madrugada, pero no había aún ningún rastro del amanecer todavía. Los heridos morían lentamente en su agonía, y los restantes ayudaban a recoger los cadáveres de sus compañeros caídos en la batalla. Ryu miraba atentamente el filo de su cuchilla, viendo su rostro distorsionado en el acero de su arma sintiendo el calor de la pira que poco a poco comenzaba a sofocarse; se encontraba sentada en el suelo y aun preguntándose sobre por qué el Inquebrantable parecía conocerla. A pesar de que hacía tiempo que había dejado de gritar, aún podía escuchar la voz de ese hombre gritar su nombre con desesperación.

Se pasó una mano por el rostro, para después volver a enfundar su cuchilla. Se puso de pie y se dirigió hacia el bosque. Sabía que aquel lugar donde tenían cautivos a las Montañas estaría siendo resguardado por gente de Zhu, y no estaba dispuesta a dar explicaciones si quería hablar cara a cara con el Inquebrantable, así que se escabulló entre la maleza, de manera silenciosa y atenta a cualquier cosa. Había escuchado, además, que a aquel gigante lo habían separado de los demás de su clan, así que esa era su única oportunidad.

La luna brillaba sobre ellos. Caminaba con lentitud y silencio entre las plantas; miró a los cautivos que parecían enormes bestias amarradas con cadenas a los troncos de los árboles. "Si quisieran, ya habrían roto esas cadenas y hecho pedazos" Ryu pensaba, pero aquellos gigantes parecían dormidos. Soltaban ruidosos ronquidos y quejidos junto con el sonar de las cadenas al moverse. No perdió más tiempo y siguió su camino, buscando con la mirada a ese que gritaba su nombre con desesperación.

Finalmente lo encontró, parecía inconsciente, atado de manos y pies a una roca enorme como si fuese un animal salvaje; no sintió pena ni lástima, tan solo curiosidad. Pasó un momento dentro de su escondite, observándolo con detenimiento a pesar de que no podía ver bien su rostro, pero lo escuchaba respirar de manera pesada y lenta, incluso desde un lugar tan alejado como en el que se encontraba. No supo con exactitud cuánto tiempo permaneció mirándolo, pero le hizo dar un sobresalto el escucharlo hablar tan de repente, escondiéndose detrás de lo primero que encontró: el tronco de un árbol, mucho más ancho que ella.

—¿Qué haces aquí? —decía aquel cautivo con la cabeza gacha. Ryu, aun escondida entre los arbustos, no se atrevió a responder. El inmenso guerrero alzó su cabeza con pesadez y la chica sintió su mirada clavarse sobre ella, como un escalofrío recorriendo su cuerpo.

—Creí que estarías muerta—. La voz ronca y profunda de aquel hombre se escuchó nuevamente.

— ¿Qué quieres decir con eso? —. Dijo Ryu, aun escondida detrás del árbol.

—Sal de ahí… sabes que no puedo hacerte nada mientras yo esté así…— El Inquebrantable hablaba entre jadeos, pareciendo apenas que podía mantener la cabeza en alto. Ryu asomó lentamente su cabeza por detrás del árbol, no dejando que la luz de la luna revelara su rostro.

—No me mataste cuando pudiste… ¿Por qué me dejaste vivir? ¿Acaso tantos golpes en la cabeza te afectaron? —Volvió a decir aquella chica, teniendo como respuesta una leve carcajada por parte del hombre atado en esa roca.

—No me refería a eso—. El Shen Jiéshí habló de nuevo; aun en la oscuridad, podía notarse cómo se le formaba una sonrisa distorsionada por los golpes de su rostro. —Aunque no me sorprendería que hayas olvidado todo lo que pasó en Monbetsu...— Eso llamó la atención de la chica, haciéndola salir de su escondite por completo, dejándose ver ante el guerrero con un rostro confundido.

— ¿Cómo es que…?

—Hace años, cuando vimos a unos malditos hijos de perra asesinar a Hayato, ¿lo recuerdas? Ahogándose en su propia sangre después de que intentó protegernos. Después de eso, me golpearon tan fuerte que me dejaron inconsciente… pero no del todo. Pude ver cómo te tomaban entre varios y te levantaban la ropa; los escuché reírse mientras tú gritabas… lo vi todo, Ryu… y no pude hacer nada para defenderte…— La voz de aquel inmenso guerrero se quebraba al tan solo tener que recordarlo —No pude ayudarte, Ryu, no sentía mi cuerpo, no podía gritar… Era como si me hubieran atado mientras me obligaban a mirar. Pero pronto todo se oscureció…— La luz de la luna iluminó a aquel hombre, dejando notar los golpes y las lágrimas ensangrentadas que rodaban por su rostro.

—No pude hacer nada… Cuando desperté y vi tu cuerpecito tirado a un lado mío te veías incluso más pequeña. —Bajó la cabeza para ocultar sus lágrimas. —No sabes cuántas veces pedí perdón ese día. Cuántas veces rogué a los dioses que me hicieran despertar de aquella pesadilla… y aún sigo esperando poder despertar—. Levantó la cabeza de nuevo, dándose cuenta que ahora la chica a quien le hablaba, estaba más cerca de él.

—Ryu… perdóname…— trataba de contener su llanto, mas no podía evitarlo. Fue entonces que sintió una mano delgada y fría tocar su mejilla, obligándolo a levantar la mirada una vez más.

—¿Tora? — La voz de Ryu se escuchó entre un murmullo.

—Lamento haber tenido que hacerte recordar todo eso, así como lamento no haberte protegido de esos bastardos… pero…—

—¿De verdad eres tú?— La chica lo interrumpió, ahora tomándolo del rostro con ambas manos, sintiendo entre ellas la piel dura y rasposa por una barba que apenas comenzaba a crecer; notó su cabello rojizo iluminado por la tenue luz de la luna y sus ojos marrones humedecidos que la miraban con tristeza.

—Aunque sea difícil de creer… lo soy—. Respondió, dejando dibujar en sus labios una leve sonrisa. No pasó ni un segundo cuando se dio cuenta que los brazos de la chica le rodeaban el cuello, con su rostro sumergido en su pecho. Podía escuchar su respiración entrecortada y sus sollozos, cómo se aferraba cada vez más a él. Él también lloraba; de felicidad, por haber encontrado a su hermanita después de tantos años de haberla creído muerta; de ira, por no ser capaz de romper esas cadenas y tenerla entre sus brazos; de tristeza, por todo el tiempo perdido y que jamás volvería.

—Tora… —la escuchaba hablar entre su llanto, no pudiendo evitar recordar a la niña que alguna vez fue Ryu. —…hermano, te encontré…—. Los eslabones de las cadenas que sostenían los brazos y piernas de aquel gigante chocaban entre si al momento que él quiso mover sus brazos para intentar abrazarla en vano, lo cual causó que más lágrimas se derramaran por su rostro. La chica se alejó de él para sostenerlo del rostro una vez más, con el rostro humedecido.

—"Hermano" — repitió en grave un murmullo —Siempre recordaba tu voz al escuchar esa palabra, aunque ahora es bastante distinta—. El llanto de Ryu se mezclaba con risa, y no hizo más que juntar su frente contra la de él, cerrando los ojos y dando gracias por saber que no estaba sola en el mundo, después de todo.

—¿Pero, cómo…?— Le preguntó Ryu algo desconcertada, fijando su vista en él.

—¿Sobreviví?— la interrumpió, soltando una carcajada —Pura mala suerte, diría yo. Pero no hay tiempo para eso, Ryu, si se enteran que estuviste aquí…— La expresión de Tora cambió de repente notándose bastante preocupado por su recién encontrada hermana.

—No lo sabrán—. Dijo con apuro —Me aseguré que no me siguieran— El gigante volvió a reír, meneando la cabeza de un lado a otro y alzó la vista hacia ella.

—Debes irte de aquí—. Dijo Tora

—Zhu me escogió como ejecutora de los que no se unan a su clan—. Dijo, ignorando completamente lo que había dicho su viejo amigo. Aquel solo guardó silencio y meditó un momento, moviendo su cabeza bruscamente para apartarse el cabello de la cara.

—¿Así que para eso viniste? ¿Para decirme que nos matarás a todos, si no nos unimos a Zhu? — el Shén Jiéshi arqueaba una ceja.

—No planeaba decírtelo— respondió ella —No sabía ni siquiera quién eras hasta hace solo unos minutos. Pero, supuse que tendrías que saberlo—. El gigante nada más sonreía, como si no le molestara la idea de morir a manos de ella.

—Al menos moriré sabiendo que sigues viva— le decía —prométeme que seguirás así por un tiempo—.

—No te mataré. Ni yo ni nadie más—. La chica lo miraba fijamente a los ojos, decidida, había ideado un plan dentro de su cabeza mientras hablaban de la muerte.

—¿Y qué pasará contigo? — Tora preguntó. Ryu abrió la boca para decir algo, pero de pronto, escuchó el ruido de varios pasos acercándose hacia ellos, y las voces de varios hombres gritando su nombre. Ella maldijo en voz baja. —No morirás hoy—. Le dijo en un susurro, y se alejó de prisa de su amigo, no sin antes darle un último vistazo al rostro del gigante, para después volver a desaparecer entre la maleza.

—¡Ah, ahí está el infame Inquebrantable! — Ella apenas se había alejado de aquel lugar cuando escuchó la voz de Zhu hablar tan orgullosamente, así que detuvo su huida, volviendo de manera lenta y con sigilo hacia donde Tora se encontraba, oculta en el mismo árbol donde se había escondido anteriormente. Asomó su cabeza y, en efecto, ahí estaba Zhu con sus manos en las caderas junto a dos hombres más grandes y fornidos que él, pero al lado de Tora, no eran más que unos enclenques.

—Nos hicieron mucho daño, amigo mío, y no solo hablo de esta noche—. Zhu volvió a hablar; Ryu lo veía pasearse de un lado a otro frente al gigante y luego se detuvo para inclinarse y tener su cara justo frente a él. —¿O es que te has olvidado de lo que pasó? —

—Yo no tuve nada que ver en la batalla de Jiangsu, imbécil—. La voz de Tora se había endurecido, parecía que gruñía al hablar.

—No, claro que no… así como algunos de mi gente no tenían nada que ver en esa guerra y aun así, los tuyos decidieron destruirlos. Pedazo por pedazo… me obligaron a ver a cada miembro de mi familia ser destrozados por Las Montañas. — Zhu se detuvo para mirar con desprecio el rostro de aquel hombre, respiró profundamente y continuó.

—Fueron las malas decisiones de tu familia las que llevaron a tu clan a la extinción—. Tora respondió sin ninguna emoción en su voz o en su rostro.

Zhu sonreía, pretendiendo no haber escuchado lo que el gigante había dicho. —Tú eres inocente, Tora el Inquebrantable, pero tu clan no se libra de los crímenes que cometió hace años—.

Tora se echó a reír tan fuerte que su voz resonó entre los árboles. —¿Y qué harás, eh? Es muy claro que vas a matarme, pero ten en cuenta que mis hermanos no tardarán en venir a buscarte apenas se enteren que me asesinaste. —

—Eres un miembro valioso para los Shen Jiéshí, amigo mío, así como lo serías para mí.

—¿En serio crees que me uniría a tu patético intento de clan?

—Es probable… si tuvieras una buena razón para quedarte. — Ryu lo veía de espaldas, pero estaba segura que por la forma en que lo dijo, estaba sonriendo de oreja a oreja. —¿Qué sabes de Ryu Aizawa? — preguntó, haciendo que la sonrisa burlona de Tora desapareciera poco a poco.

—¿Quién?

—Ryu. La chica por la que gritabas tan desesperado.

—¿Eso es una chica? — Volvió a reír —Estaba bastante ebrio que apenas podía ver con claridad.

—Entonces ¿Cómo supiste su nombre?

—Cuando vi su rostro pensé que era el de mi hermano menor, Ryuunosuke… desapareció hace años. Creí que se trataba de él.

Fue Zhu el que ahora se reía en su cara. Lentamente se hizo a un lado y levantó su mano para después hacer sonar sus dedos, y fue ahí donde los dos hombres grandes comenzaron a golpear a Tora en el rostro y estómago tantas veces como Zhu lo quisiera, cuyos guantes portaban metales en los nudillos que desgarraban la piel del gigante.

Las manos de Ryu apretaban con fuerza la corteza del árbol donde se escondía al ver a Tora siendo golpeado brutalmente por esos dos hombres; se maldijo en ese momento al recordar que no tenía su arco y flechas a la mano. Quería escapar, correr lejos de ahí pero sabía que era muy arriesgado mientras Zhu estuviera presente; así que solo volteó la vista lejos de esa escena hasta que los golpes cesaron, escuchando solo la pesada respiración de Tora. Fue entonces que volvió a mirar sobre el tronco del árbol una vez más.

—No eres un buen mentiroso— Continuaba Zhu —Y no quieras tomarme por un idiota. La conoces, no me interesa de dónde ni por qué, pero si es tan importante para ti, entonces…— Zhu lo tomó fuertemente por la barbilla y lo obligó a alzar su rostro —Te tengo una propuesta que tal vez te interese—.

Tora escupió sangre en el rostro del hombre que lo sostenía —No aceptaré nada de ti—. Tora hablaba con cierta dificultad pero mantenía su mirada fija en la de él. —¿O es que no te quedó claro? —

Zhu soltó el rostro de Tora y se limpió la sangre del rostro con el dorso de la mano mientras aun sonreía. —No has escuchado lo que tengo que decir…—

—Y no lo haré. No pienso aceptar nada…

—¡Oh, más te vale que lo hagas!— Zhu lo interrumpió en seguida y volvió a tomarlo del rostro, apretándolo con fuerza. —Ya te había mencionado que serías un integrante de mucho valor en mi ejército. Muerto no me sirves. Pero la joven Ryu… ¡Ja! Puedo entrenar a cualquier idiota para ser arquero —.

Desde su escondite, a Ryu no le sorprendía escuchar a Zhu decir que ella no era más que una arquera, pero podía ver el como el temor se reflejaba en el rostro de Tora, aunque pronto ese temor se volvió furia y vio como las cadenas que lo ataban a esa gran roca comenzaron a estremecerse por el intento de aquel gigante por liberarse. Como siempre, fue en vano.

—Si tan solo te atreves a…— El Inquebrantable rugía, apretando los dientes hasta sangrar e intentando romper sus cadenas.

—Yo siempre cumplo con los tratos, ¡oh, poderoso e invencible Inquebrantable! Pero después de todo; es tu palabra la que cuenta aquí, no la mía—. Le dio la espalda, parecía dispuesto a irse de una vez por todas, puesto que avanzaba hacia el mismo camino por donde había llegado. Entonces se detuvo y volvió a hablar —Aceptarás unirte a mi clan y podrás pasar el tiempo que quieras con tu querida amiga…— Zhu lo miró por encima del hombro —Y también intentarás convencer a tus demás hermanos a hacer lo mismo—.

—Ellos nunca aceptarán…— respondió Tora.

—Por eso dije que lo intentaras—. Dijo solamente a la vez que volvía la vista al frente y retomaba su camino hacia el campamento, mientras que sus dos acompañantes caminaban detrás de él.

Finalmente se habían marchado. Al ya no escuchar las pisadas de aquellos hombres, levantó la vista; el amanecer ya estaba por llegar, el cielo se hacía cada vez más claro y se escuchaban las voces de varios hombres dando órdenes a lo lejos. La cabeza le daba vueltas; durante ese momento en que Tora y Zhu hablaban sintió que el tiempo se había detenido por completo y aun intentaba digerir toda esa negociación. Ella moriría si Tora no aceptaba quedarse y no estaba del todo segura si él aceptaría quedarse para salvarla; la peor decisión que él podría tomar, ella no se lo permitiría aunque su vida dependía de ello. Pensaba en un millón de posibilidades al ver a Tora, exhausto y encadenado; ella deseaba volver hacia él y decirle que todo estaría bien. Pero entonces escuchó a Zhu llamarla a lo lejos.

[…]

El sol apenas se asomaba por entre las montañas y ya se sentía el aire fresco y húmedo de las mañanas, pero sin el dulce olor a tierra mojada. El olor a sangre y muerte aún se percibía —¡Ah! Ahí estás, preciosa— Dijo aquel hombre de ojos brillantes y prendas coloridas al verla llegar. La chica dio un vistazo a su alrededor, estaban varios Shen Jiéshí heridos y encadenados, y puestos en fila sobre sus rodillas con las cabezas gachas. —Espero y estés lista para algo de diversión— dijo él, engreído y orgulloso por lo que los demás habían hecho.

Ella no dijo nada y miró por entre los árboles de aquel bosque —Falta uno…— Ryu respondió al notar la ausencia de Tora, pero el sonido de varias cadenas, golpes y burlas la hicieron voltear la mirada hacia el bosque. Y ahí estaba, siendo obligado, casi llevado a rastras por varios hombres hacia donde sus hermanos guerreros se encontraban. Lo pateaban e insultaban para que siguiera caminando y Ryu no entendía por qué no se defendía, por qué no rompía sus cadenas y los aplastaba a todos ahora que era más fácil. Fue en eso que pudo ver mejor su rostro, lleno de heridas y con la sangre casi cegándolo. Ya no reconocía ese niño alto y flaco que recordaba de su niñez.

Lo colocaron con los demás, al final de aquella fila de hombres gigantes, heridos y cansados, pateándolo por detrás de las rodillas para hacerlo caer pesadamente sobre ellas. Ryu se tragó el odio que sentía al verlo tan mal, tenía que pensar en algo mientras veía a Zhu dirigirse a sus prisioneros, caminando frente a ellos de principio a fin recitando un discurso que parecía haber practicado muy bien al haber ganado aquella batalla de anoche, presumiendo su victoria y repitiendo "Las montañas están ahora a mis pies".

Ryu seguía observando a Tora mientras Zhu no dejaba de alardear; el gigante mantenía la mirada en el suelo y la sangre goteaba por los mechones de pelo que le caían sobre el rostro; estaba serio y de vez en cuando se tambaleaba por lo agotado que debía estar… o tal vez el discurso de Zhu lo estaba poniendo a dormir.

—Es ahora el momento donde decidirán si viven o no— Dijo Zhu, cruzando los brazos —Abandonen a los Shén Jiéshí y únanse a nosotros. No tendrán que vivir nunca más dentro de una montaña ¡Serán libres! Solo deben decir…—

—¿De verdad crees que nos tragaríamos tu historia de libertad? —Uno de lso cautivos dijo después de carcajearse. —Todos sabemos que tu clan es una mierda, al igual que tú—. Los comentarios de aquel guerrero parecía traer el ánimo de sus otros hermanos de vuelta, las risas no dejaban de escucharse. El rostro de Zhu se enrojeció tanto que creían que iba a explotar en cualquier momento, si algo no toleraba en absoluto eran las burlas hacia su persona. Su boca tembló al abrirse para poder decir algo pero de nuevo varias voces lo interrumpieron.

—¡No abandonaremos nuestro clan! — varias voces decían al unísono, pero Zhu no hizo más que fijar la vista en el Inquebrantable, esperando su respuesta, con una ceja arqueada y una leve sonrisa comenzando a formarse en sus labios delgados y agrietados; lentamente comenzó a acercarse al gigante con sus manos y pies encadenados. Se detuvo frente a él, tomándolo por la barbilla y alzándolo para que lo mirara a los ojos —Un trato es un trato… ya sabes qué hacer— le susurraba, mientras que su sonrisa se hacía cada vez más grande, pero la mirada de Tora el Inquebrantable no parecía mostrar ninguna emoción más que el odio por aquel hombre, y era tanto ese odio que Zhu no pudo soportar verlo a los ojos por más tiempo y se apartó rápidamente de él.

—¡Es ahora cuando aceptas tu destino, Tora la Montaña Inquebrantable! —Zhu alzaba la voz para que todos lo escucharan. —¡Es ahora cuando me aceptas como el Hombre que destruyó a las Montañas! ¡Dilo de una vez! ¡DILO!—

Tora volvió a alzar la cabeza y lo tomó por sorpresa ver como Ryu tensaba con fuerza una flecha en su arco y la dejó salir disparada, enterrándose en la espalda de su amo, quien ahogó un grito al sentir el proyectil perforando su cuerpo. Arqueó la espalda y se llevó una mano a la espalda como si intentara retirarse la flecha, pero una más perforó su mano; no le dio tiempo de apreciar aquella última flecha cuando otra se había enterrado en su pierna derecha que fue la que lo hizo caer.

—¡HAGAN ALGO INÚTILES! —les reclamaba desde el suelo, a los dos hombres que lo acompañaron la noche anterior para chantajear a Tora. —¡MATEN A ESA PERRA TRAIDORA! —

—¿Aun seguirán obedeciendo las órdenes de este imbécil? ¡Solo mírenlo! Arrastrándose como el asqueroso gusano que es —Ryu habló antes de que esos dos hombres se aproximaran a ella —Luchamos sus batallas para conseguir la libertad de la que tanto nos hablaba y aquí estamos, siendo aún sus malditos esclavos. Si así estamos ahora, ¿cómo estaremos todos cuando este bastardo tenga un ejército más grande y sea dueño de más tierras? —Dejó caer su arco y se sacó su carcaj, también arrojándolo al suelo. —¿Quieren seguir siendo la mierda bajo sus pies? ¡Adelante! Obedézcanlo y mátenme—.

La mirada de la arquera seguía posada sobre los dos hombres grandes y sirvientes de Zhu, quienes se tomaron un momento para mirarse el uno al otro y de nuevo dirigieron su vista hacia ella.

—¡MATENLA DE UNA VEZ! — Zhu continuaba gritando, sosteniendo su pierna perforada por la flecha. Uno de los hombres se acercó a Zhu y de manera inesperada, le proporcionó una fuerte patada en el rostro y lo dejó aturdido. Unos cuantos dientes habían salido volando. —Ya había querido hacer eso hace mucho tiempo…— dijo aquel sujeto.

Ryu le respondió con tan solo una media sonrisa y después se dirigió lentamente a los Shén Jiéshi. —Ya no serán sacrificados por no querer pertenecer al clan Zhu. Si prometen no matarnos a todos, los dejaremos libres—. Las voces de los otros guerreros y compañeros de ella comenzaron a escucharse a sus espaldas, unos no estaban de acuerdo, no sabían si confiar en aquellos salvajes, entonces Tora tomó la palabra.

—Descuida…— dijo el gigante —Solo quisiera matar a uno— con tan solo ver la expresión en su rostro bastaba para saber quién sería la víctima de aquel hombre. Ryu se dirigió a los dos sirvientes de Zhu y les pidió que lo liberaran. Y eso hicieron; sin replicar ni objetar.

Después de que lo despojaran de sus cadenas, Tora se puso de pie, tambaleándose, pero no pasó mucho tiempo para que se recuperara. Caminó hacia Zhu, quien se encontraba recostado de lado, con sangre saliendo de su nariz y su boca. Lo giró bocarriba lo movió con el pie para asegurarse que estuviera despierto. Tora vio cómo abría poco a poco sus ojos y lo observaba detenidamente, intentando saber lo que le esperaría. De su boca salían algunas palabras sin sentido y uno que otro gemido.

Tora lo miró con asco y con todas sus fuerzas, aplastó su cabeza con el pie, saliendo la sangre y sesos disparados hacia todas direcciones. Lo pisoteó una vez, luego otra y otra más, con los restos del cráneo atorados en sus sandalias y sus pies manchados de sangre. Continuaba así hasta que sintió una mano delgada tomarlo por el brazo

—Murió al primer pisotón— dijo Ryu en voz baja —Con eso fue suficiente—

—No, no lo fue— respondió y le dio un último pisotón al pecho del cadáver de Zhu, destrozándolo. Apartó su pie de aquel agujero ensangrentado y volteó a ver a Ryu con una cruel sonrisa. —Ahora es suficiente—.

Zhu había muerto. Bien muerto que estaba. Ryu les pidió a los otros que liberaran a los demás guerreros Shén Jiéshí cautivos y después de haber terminado, todos serían libres de irse a donde ellos quisieran; con sus familias, a sus pueblos natales o dirigirse a una nueva aventura.

Las Montañas fueron liberadas y los guerreros de Zhu partieron por distintas direcciones hacia algún lugar que quisieran, mientras que los Shén Jieshí caminaron de vuelta a la cima de la montaña, donde se encontraba su guarida. Ryu y Tora fueron los únicos que se quedaron.

—¿Y tú a dónde irás ahora? — Tora le preguntó, quitándose el sudor del rostro.

—A donde quiera que tú vayas— le respondió —Ahora que nos volvimos a encontrar…—

—No—. Replicó Tora con rapidez —Será mejor que vuelvas a Monbetsu, a la cabaña de tu padre—

—No pienso volver si no vienes conmigo.

—No puedo abandonar el clan, Ryu.

—Entonces me uniré a ustedes—. El rostro de Tora palideció con esas palabras

—No es buena idea, Ryu, es mejor que vuelvas a casa— Respondió Tora, titubeante, mientras que la tomaba por los hombros.

—Me quedaré contigo, quieras o no. No pienso dejar a mi hermano ahora que lo encontré después de tantos años creyéndolo muerto— dijo la chica mientras se encaminaba hacia el camino que dirigía hacia la montaña.

—¿Y crees que yo quisiera dejarte después de todo eso? Entiende, alguien como tú no puede entrar a los Shén Jieshí.

Ryu se detuvo, dio media vuelta y se cruzó de brazos —¿Porque soy una chica?

—Sí. Quiero decir, no, es porque…—

—Algunas cosas pueden cambiar, Tora. Y si tengo que convencer a las Montañas de dejarme unírmeles a su clan para estar contigo, entonces lo haré, no me importa si sea una chica—. Ryu se apresuró por el camino, subiendo a la montaña y dirigiéndose a la guarida de los Shén Jieshí.

Tora soltó un bufido y fue tras de ella, llamándola, pidiéndole a gritos que regresara, pero estaba demasiado débil por los golpes y la resaca como para lograr alcanzarla.

Es imbécil de Zhu por fin había muerto. Nunca me imaginé que llegaría el día en que lo vería morir de una forma tan agradable a la vista. Un peso menos de encima. Ahora había encontrado a mi hermano, después de 10 años creyendo que había muerto, creyendo que estaba sola, y al parecer él pensaba lo mismo que yo.

Los Shén Jieshí podrán ser intimidantes, pero yo no les temo a esos hombres. Debo ser firme, hablar con el líder del clan y demostrarle que soy apta para pertenecer a su clan; con mi agilidad y habilidad con las armas, estoy segura que podría ser de utilidad para ellos. Si Tora no puede estar conmigo, entonces lo estaré yo. Desde ahora no pienso dejarlo solo.

[Fin del Capítulo III]

Notas de la Autora: HOLA! Lamento muchísimo la inactividad, pero de verdad cuando me da un bloqueo, es horrible. Ya saben mis excusas, facultad, league of legends, procrastinación, etc. Espero que aun se acuerden de qué va la historia, y si no... vuelvan a leerla! je je je. Prometo estar más activa para subir el capítulo 4 lo más pronto posible. Gracias por esperar!

-Shelly