Capítulo 3

Maldita mi suerte

Elinor atravesó la puerta de su habitación y se plantó en el umbral, impidiéndoles el paso a sus doncellas.

-Solo quiero que entre Camryn, las demás podéis marcharos.

La doncella, una cabeza más baja que Elinor, con la cara pecosa y caderas orondas, se adelantó, colándose por el hueco que le dejaba. Luego la princesa cerró con un fuerte portazo que hizo temblar al resto de las muchachas. Ellas permanecieron unos segundos allí de pie, sin saber muy bien si quedarse a tratar de escuchar a través de la puerta el motivo del enfado de su señora o marcharse como les había pedido.

Dentro de la habitación, Elinor se paseaba pisando con fuerza sobre el suelo desnudo de piedra. No dijo nada durante un buen rato, y la doncella se sentó en un taburete que había junto al lecho, sin quitar sus ojos de ella. Dio un pequeño bostezo, que trató de disimular tapándose la boca con la mano.

La princesa seguía pisoteando el suelo con porte decidido y el ceño fruncido. Tenía los puños cerrados a ambos lados de su cuerpo. Camryn, ante la pocas ganas de comunicarse que tenía su señora, decidió que era una buena idea ponerse a trenzarse el pelo hasta que decidiera hablar. Apenas había empezado cuando Elinor paró en seco, justo en frente de ella, con los brazos en jarras y la ira en el rostro, sobresaltándola.

-¡No es posible!

La joven doncella soltó su pelo, asustada, pensando que había podido ofender a su señora.

-¿Habrá en el mundo alguien más bruto, más torpe y más poco preparado para los actos públicos que ese hombre?

Camryn suspiró, aliviada de que el enfado de su señora no estuviera dirigido hacia ella.

-¿Cómo es posible? ¡Ese hombre va a ser rey! –exclamó mientras levantaba sus brazos en un gesto de exasperación. Resopló, girándose hacia la ventana.

-Mi señora –comenzó a hablar la doncella-, en mi más humilde opinión, y sin ánimo de ofenderla, permítame decirle que eso es normal, ese hombre ha nacido como plebeyo, no se ha criado entre la realeza, pero tenga un poco de paciencia, puede aprender a…

-¡No! –le cortó Elinor volviéndose hacia ella- Por mucho que pueda aprender, no tendrá nada que hacer al lado de una persona refinada, de alguien que sepa de retórica. ¡Es un rey condenado a fracasar en cualquier acontecimiento social! Eso solo para empezar.

Volvió a pisotear el suelo de acá para allá soltando un gruñido disgustado.

-Pero, señora –trató de aplacarla Camryn-, no hay por qué hacer un drama de todo esto. Ese hombre, con vuestra ayuda, podría hacer las cosas bastante bien, y el pueblo lo adora…

-Ya basta, Camryn –la princesa se acercó a ella, mirándola directamente a los ojos-. Yo estaba destinada a un príncipe, ¿no es así? A alguien con sangre real en las venas, alguien distinguido y elegante que gobernara el reino como lo hizo mi padre. Eso es lo que estaba preparado para mí, un noble de alguna corte extranjera si era necesario, y si todo fallaba siempre estaría mi primo Archibald, que por lo menos es de la realeza. ¿Para eso me han enseñado a comportarme y a actuar con elegancia y compostura todos estos años? ¿Para acabar casándome con un bárbaro ignorante?

Un sollozo hizo temblar el pecho de la joven, que se sentó suavemente en la cama. La doncella se acercó, posando su mano en el hombro de su señora para consolarla un poco.

-Pero esto no es tan malo, mi señora. Parece un buen muchacho y no tiene fama de mujeriego ni de borracho, trate de mirar el lado positivo…

Elinor levantó la vista. Su mirada estaba clara y su rostro mostraba una serenidad que Camryn no esperaba después de semejante rabieta.

-No me malinterpretes, que te haya dicho esto no quiere decir que no me vaya a casar con él. Es lo mejor para el reino y para todos. Es mi deber con mi padre y sus súbditos. Sólo es que… -bajó de nuevo la mirada, que por un momento se enturbió con las lágrimas que trataron de asomarse- No me parece justo…

Camryn se sentó a su lado, rodeándola por los hombros.

-Bueno, puede que esperaseis un príncipe o caballero andante, y que penséis que no estáis hechos el uno para el otro, pero tratad de hacer caso de mi intuición y dadle una oportunidad. El joven puede tener muchas buenas cualidades, solo tenéis que dejarle mostrároslas.

Elinor levantó la cabeza y le sonrió.

-Sabía que podrías animarme –le abrazó-. ¿Puedes prepararme un baño? Quiero estar perfecta esta noche.

-Sí, por supuesto, mi señora –la doncella se levantó animadamente-. Lo tendrá en seguida.

Mientras ella se marchaba de la habitación, la princesa suspiró con alivio. Sí, no podía ser tan malo, le había sentado bien ese influjo de la energía positiva que transmitía Camryn. Sino no habría podido sonreír con un mínimo de convicción durante la celebración. Pero por dentro, aunque intentaba no pensar en ello, maldecía su suerte.

Fergus se había reunido con los jefes de los otros clanes antes de bajar. Se encontraba bastante confuso con los acontecimientos, y, ya que lo habían erigido como líder, ellos tendrían que ayudarle.

-Pues sí que es raro, sí –decía Dingwald-. Que te hayan ofrecido la mano de la princesa y que no hayan mencionado nada en esa ceremonia de recibimiento.

-¿No será –intervino MacGuffin- que el emisario se equivocó? ¿O que el rey ha cambiado de opinión?

-No lo creo –añadía MacIntosh-. El rey no diría nada que pudiéramos malinterpretar, y tampoco se atrevería a insultarnos retirando su palabra, le hemos salvado el culo. Yo creo que tan solo están esperando a un momento mejor para anunciarlo.

-Entonces –dijo Fergus, abatido-, ¿qué debería hacer?

-De momento nada, espera a ver qué ficha mueven ellos –le contestó Dingwald.

-¡Ni hablar! Debes actuar, mostrar tus intenciones para que les quede claro que lo que deseas es ese matrimonio –rugió MacIntosh con fiereza.

-No seas estúpido, aquí hay que actuar con cautela, estos nobles tienen costumbres muy raras –le increpó Dingwald.

-Yo creo que deberías cortejarla.

Todos se callaron ante las palabras de MacGuffin, que les pillaron de sorpresa cuando el ambiente empezaba a cargarse con aroma a refriega.

-¿Cortejarla? –le preguntó Fergus.

-Sí –se encogió de hombros-. Así conquisté yo a mi esposa. No creo que nadie se ofenda porque te propongas ser un pretendiente de la princesa, y si vas por buen camino en seguida te dirán que sí.

Sorprendentemente ni Dingwald ni MacIntosh tuvieron nada que objetar, pese a que les había interrumpido el comienzo de unas increpaciones que habrían terminado en una entretenida pelea. Por una vez se calmaron sus ánimos y le dieron la razón a MacGuffin.

Fergus se quedó callado. Vale, eso estaba bien, por lo menos había algo que podía hacer, pero, ¿era necesario casarse con ella? Se veía a la legua que pertenecían a mundos muy distintos y no estaba seguro de cómo debía comportarse cuando ella estuviera cerca. Pero no veía otra salida, los otros jefes parecían muy contentos con ello y sí que parecía que ayudaría con eso de gobernar un reino.

-¿Y cómo debería cortejarla? –les preguntó.

-Intenta ser elegante, como los nobles, habla con ella de temas que le interesen y haz que se sienta escuchada, aunque sea aburrido –dijo Dingwald.

-Regálale flores, a las mujeres les gustan –le aconsejó MacIntosh.

Se giró hacia MacGuffin, esperando que le diera alguna pista que fuera especialmente buena.

-No sabría qué decirte, Fergus –respondió, rascándose la nuca-. Cada mujer es un mundo, y ella es una princesa… trátala bien, échale piropos,… no sé, ve probando.

El recién nombrado líder suspiró. Las costumbres de los nobles le eran totalmente desconocidas y conquistar el corazón de la princesa parecía algo fuera de su alcance. Aunque ella fuera hermosa, maldecía su suerte.