A la mañana siguiente me levanté bastante temprano. No tenía deberes, ni nada lo suficientemente importante como para hacerlo tan temprano. El ambiente era deliciosamente frío y casi todos en la casa dormían, excepto, seguramente, por Kai, el mayordomo, y por Gerda, la ama de llaves que siempre había hecho mejor el papel de nana para mí. Faltarían un par de horas para que el desayuno estuviese servido a la mesa y, a partir de allí, otra media hora para tener que ir al instituto.

No tenía ganas de estar en mi habitación en ese espléndido día, por lo que vestí con la ropa más cómoda que tenía a mano y salí al jardín trasero de la casa a disfrutar del viento fresco y de la hermosa vista de un cielo pintado con franjas doradas y nubes ligeramente ruborizadas. Pensé que, tal vez, si tuviese una mascota, probablemente disfrutaría de la situación jugando con ella, sacándola a pasear o solo obedeciendo una rutina de sacarla a que cumpliese con sus necesidades biológicas. Pero no tenía mascota, y se suponía que tampoco quería tener una, porque, teóricamente, traían más contras que pros. Cuando la realidad era que había querido una desde que tenía cinco años.

Al no poder hacer nada de éso, fui a sentarme bajo el único árbol que poseía el jardín: un manzano. El resto de la flora eran arbustos con diversos tipos de flores, aunque predominaban las rosas: rojas, blancas y rosas. Era un lugar muy pacífico y adoraba el olor natural combinado con el aire fresco de la mañana, sin nadie alrededor que pudiese arruinar un ameno momento, sin nadie frente a quien tuviese que fingir, llevar el antifaz que me acompañaba eternamente. Solo yo y un árbol bajo el cual sentarme para pasar el tiempo sin tener que preocuparme mucho por nada.

Mirando el jardín, las rosas, en realidad, las blancas, para ser específica; recordé a mamá. Pese a lo mucho que nos mudábamos, en el jardín jamás faltaba un hermoso rosal cuidado con cariño y esmero. Eran sus flores favoritas. Es cierto que es algo muy trillado: las personas, para no pensar demasiado, eligen a las rosas como sus flores favoritas. Pero no mamá. Cuando le pregunté por qué le gustaban tanto, me dijo que era por lo costoso que era tener un rosal hecho y derecho: son plantas que necesitan un cuidado especial, mucha atención y delicadeza a la hora de tratarlas, si se quiere que crezcan con plena belleza; y a ella le encantaba sentir que el trabajo que les dedicaba rendía sus frutos, o sus flores, y le recompenzaban con su bella presencia. También, eran mis flores favoritas. ¿Por qué? Porque me recordaban a ella.

A lo largo de los pasados dos años, aprendí a pensar en ella sin que mis ojos se empañasen, pero no a evadir la punzada de tristeza en el pecho. Mucho menos a que sus últimas palabras no viniesen a mi mente cada vez que lo hacía. No tanto lo del compromiso, pues los días iban debilitando aquella sospecha –o la reforzaban, según como se mirase–. Sino las palabras que, también, solía recitarme noche tras noche antes de irme a dormir.

Las primeras veces que la escuché, me causaron mucha curiosidad esas definiciones y el porqué de que se pudiesen describir de esa manera. Luego, al entender por qué las decía, comenzaron a tener sentido para mí y, probablemente, hizo que les prestase más atención. Pero siempre habían carecido de un significado real para mí. Quiero decir, comprendía lo que llevaba a una persona a sentirse de aquella manera, dependiendo su situación, y lo que acarreaba sentir aquello. Pero no sabía lo que era sentir aquello. Porque jamás había sentido amor. No de esa índole. Pero, aunque estuviese contradiciendo las enseñanzas de mi madre, prefería seguir sin hacerlo. No me sentía preparada para sentir algo así.

Aunque, no es como si yo pudiese controlar, o siquiera decidir, éso.

Como sea que fuese, tenía que ir a arreglarme, mi padre pronto despertaría y de seguro no estaría muy complacido con mi descuidada vestimenta. Una vez lista, con la ropa impecable, el cabello recogido en un peinado parecido al del día anterior, y la máscara nuevamente en el rostro, bajé a desayunar. Mi padre no quiso perder la costumbre de al menos desayunar juntos luego de que murió mamá, pero no podía negar que no era como antes. Fue cuando me di cuenta que, desde que leí aquella carta no enviada para Jackie C., lo único que mantenía una conexión entre mi padre y yo, era ella. Cuando se fue, los desayunos se volvieron silenciosos, con pocas palabras intercambiadas durante la comida, intereses no muy convincentes sobre mi vida escolar o sus negocios, e incluso días donde solo llegábamos a media un corto «Buenos días».

Al sentarnos al comedor, con él a la cabeza y yo a su izquierda, solo nos saludamos para luego centrarnos en la comida.

– ¿Qué tal el nuevo instituto? –me preguntó en un momento indetermidado. Esperaba que me hiciera esa pregunta.

–Es… interesante. –respondí cortamente, sin saber exactamente de dónde sacaba esa definición. Era como todos los otros institutos en los que había estado, donde los estudiantes se creían superiores por estar en un lugar de prestigio. Bueno, quizá no todos, pero sí la gran mayoría.

– ¿Interesante por sí mismo, o interesante por las personas? –mencionó papá; esa pregunta sí no la preví, era extraño que se interesase por más que solo las generalidades. Me volví a verlo por un segundo, él me observaba, aguardando la respuesta, por lo general, siquiera me veía al preguntarme nada, por lo tanto, podía percibir que esa pregunta traía un trasfondo consigo.

–Supongo que ambas. –contesté vagamente regresando mi atención a mi plato. Vi con el rabillo del ojo que asentía para luego volver a centrarse en la comida. Me pregunté a qué vino la interrogación.

Al tan solo terminar de comer, mi padre se levantó disculpándose conmigo –sus modales seguían siendo tan impecables como cuando mamá estaba con nosotros– y salió apresuradamente diciendo algo sobre una reunión y prometiendo que llegaría a la hora de la cena, lo cual sería un milagro que llegase a pasar. Terminé el desayuno y, aprovechando que mi padre ya se había ido, y que aún seguía siendo bastante temprano; le dije a Sven que iría andando al instituto. El ambiente no había cambiado demasiado desde que me levanté, solo el cielo, que estaba más azul.

El viento que me arañaba suavemente el rostro no me dejaba pensar demasiado en el corto intercambio de palabras con mi padre. Llegué con unos diez minutos de anticipación, tal vez, y me dirigí al salón de física, donde esperaría por Kim, pasando por entre miradas indiscretas y murmuradores descarados. Cruzando por uno de los tantos pasillos, uno de los pocos que estaban desérticos, vi que una chica, junto con sus dos acompañantes, caminaban en dirección contraria a mí. No le fuese dado importancia de no ser porque me di cuenta de que se dirigía a mí, contoneando las caderas con paso vanidoso.

La chica, rubia de ojos cafés, sería ligeramente más baja que yo, portaba una mini falda negra y una blusa roja, junto a un chaleco de mezclilla; se detuvo frente a mí, con una expresión de altanería que logró volver más fría mi mirada; sus escoltas, un chico fornido y una chica con pinta similar a la suya, se detuvieron a sus lados, obligándome así a detenerme. Tal vez la tipa esperaba a que yo dijese algo para verse así más prepotente, pero solo le contrarresté su mirada, socarrona y desdeñosa, con otra, indolente al completo.

–Así que, Elsa Arendelle, ¿cierto? –más que una pregunta, fue una apenas interesada afirmación por parte de la rubia.

–Sí. –no me molestaría en preguntarle quién era, no me interesaba y así le dejaba claro que esperaba que se marchase cuanto antes.

–Eres la nueva de último año. Yo soy Brooke Mandsen. Seguramente no has de tener muchos amigos –el tono altivo de Mandsen lograba irritarme y su forma petulante de hablar, como si lo supiese todo, creaba el único impulso que había sentido jamás de callar a alguien de una bofetada. Por otro lado, su apellido me era familiar, tal vez sería pariente de Jaime Mandsen, uno de los socios de mi padre –. Yo puedo ayudarte con éso. No te conviene estar con mala compañía, ¿sabes? –ofreció tendiéndome su mano.

Esa tal Brooke Mandsen no me agradaba en lo absoluto, pese a que sería un buen partido como amiga según mi padre: su exceso de confianza y su exhuberante ego le convertían en alguien –según él– con quien valía la pena estar, ya que ese tipo de personas no le tienden su mano a cualquiera. Otra persona, quizá, se hubiese intimidado por la mirada desafiante de sus seguidores, pero, yo, que me he entrenado para ser impasible en la más salvaje de las negociaciones y creerme de una clase superior, no estaba ni cerca de sentir nada parecido.

–Gracias –repuse con una nota de arrogante solemnidad; Mandsen amplió su sonrisa de zorro –; pero no, gracias. –completé usando mi mano para apartar con sutileza la suya de mi camino. Su expresión, entre consternada y asombrada, fue satisfactoria para mí, aunque no pudiese demostrarlo. Volvió a formar una sonrisa, esta vez forzada, y vi un destello de aversión en sus ojos.

–Muy bien, Ice Queen; suerte para sobrevivir el año –refutó Mandsen, su tono me supo a amenaza, pero permanecí inmutable –. Bienvenida a Northigh –agregó para luego marcharse, golpeándome con su hombro al pasar a mi lado; sus seguidores fueron tras ella –. Ya nos veremos. –le escuché decir a mis espaldas.

Pasaron unos cinco segundos, cuando Kim llegó a mi lado desde mis espaldas con las cejas alzadas, y mirando hacia atrás dijo:

–Veo que has conocido a Brooke.

–Tuvimos un amigable diáolgo. –ironicé retomando el paso junto con ella, sin volverme a ver como Mandsen se alejaba contoneando las caderas con pasos confianzudos.

– ¿Qué te dijo? –se interesó, estaba claro que Brooke Mandsen no significaba nada bueno.

–Quería ayudarme a elegir mis compañías. –dije restándole importancia, con un dejo de fastidio.

– ¿Cómo no? Ella tiene las mejores del instituto. –satirizó ella, su desagrado hacia Mandsen era evidente.

– ¿"Popular"? –realmente no me interesaba, solo quería seguir conversando.

–Y que lo digas –expresó rodando los ojos; me causó cierta gracia su actitud: recordaba que, cuando éramos niñas, hacía ese gesto siempre que algo le molestaba –. A Brooke no le gusta ser rechazada, así que, puede que te acabaras de ganar tu primera enemiga en Northigh. –acotó luego, como algo de lo que debería estar al tanto, aunque era capaz de darme cuenta de que no le caí muy bien a Mandsen por mí misma.

– ¿No está acostumbrada al rechazo? –cuestioné con toda burla; me daba igual cómo le cayese a Mandsen, no afectaba a lo que iba a hacer a ese lugar: estudiar; ¿por qué debería importarme? Kim soltó una carcajada seca, con gracia sarcástica.

–Brooke Mandsen es la segunda persona con más seguidores en Northigh. –informó Kim, como si fuese otra cosa que debía tener en cuenta.

– ¿Quién es la primera? –curioseé para no abandonar la conversación.

La respuesta doblaba un pasillo cuando nosotras pasábamos por la intercepción, haciendo que todas nos frenásemos para no chocar. Stone venía hablando con una chica de larga y ondulada melena azabache, ojos esmeraldas y piel pálida, que vestía una combinación de falda negra, blusa verde y chaqueta corta negra. Ambas nos miraron con ligera sopresa antes de que fuese mi compañera la primera en sonreír.

– ¿Qué tal, Kim; Elsa? ¿Cómo estuvieron las vacaciones? –saludó Stone, amistosa, con una sonrisa ladeada en el rostro.

– ¿Qué onda, Ashley? Nada mal, ha habido cambios. –respondió Kim vagamente, dejando en evidencia que no era de tratar a Stone más allá de un simple «Hola»; yo me limité a devolverle la mirada.

–Me dijeron que terminaste con Ron, debió ser duro. –comentó Stone con un tono que parecía sincero, pero sus ojos seguían vacíos.

–Lo tomó mejor de lo que yo misma pensé. –repuso Kim encogiéndose de hombros. Ronald había sido el mejor amigo de Kim desde el jardín de niños, y a finales de tercero de secundaria se hicieron novios, hacían linda pareja y ambos estaban ilusionados; terminaron durante las vacaciones de verano puesto que las cosas se tornaron incómodas al momento de dar "el paso".

–Pensé que el bufón te había roto el corazón, princess. –comentó, mordaz, la morena que acompañaba a Stone.

–Hola a ti también, Shego. –fue todo lo que dijo Kim. El nombre de la morena me resultó extraño, más bien me pareció un sobrenombre o algo por el estilo.

– ¿Irán a la fiesta que daré el viernes? –invitó Stone luego. Ay, no.

– ¿Darás una fiesta el viernes? –sorprendentemente, Kim no estaba enterada al respecto – Empiezas temprano este año.

– ¿No te habías enterado? –cuestionó Stone, incrédula.

–Pierdes tu toque, Kimmie. –rió la tal Shego.

–Sí; es el último año, hay que aprovecharlo al máximo. –dijo Stone fijando su mirada en mí, que me mantenía al margen de la conversación.

–En éso tienes razón. Cuenta conmigo. –enunció mi amiga con entusiasmo. Si había algo que gustaba a Kim, era una buena fiesta.

– ¿Qué tal tú, Arendelle? –por un momento, me sorprendió que mi compañera se dirigiese a mí; por otro, que usara mi apellido; luego reaccioné.

–No lo creo. –dije con simplicidad. Stone enarcó una ceja y, por algún motivo, sonrió.

–Vamos, Elsa; tienes que ir. –insitió Kim. Las costumbres por las que me regía no me permitieron mandarle una mirada que dijese «No me ayudes tanto».

–Los eventos de nuestra estimada Ashley son los mejores de todo Maine. –afirmó Shego pasando uno de sus brazos por los hombros de la aludida, siendo unos dos o tres centímetros más baja que ella.

–Lo dices porque me ayudas a organizarlos. –le imputó Stone, más divertida que nada, procediendo a pasar su brazo por la cintura de su, aparentemente, amiga.

–Evidentemente.

–Pero, aun así, es cierto. –sonrió Stone. Cuánta humildad.

–Todo el instituto asistirá. –continuó Kim haciendo una cara de cachorro suplicante, pese a saber que éso, conmigo, no funcionaba.

Realmente me daba igual si esas fiestas eran mejores que un Tomorrowland o los Carnavales en Río de Janeiro; las fiestas nunca habían sido lo mío y, por lo que entendí, sería un evento muy concurrido, lo cual hacía que me agradase menos. Pero era conocedora del poder de la obstinación de Kimberly, y de que, cuando de salirse con la suya se trataba, no cedería hasta que aceptase. Sin saber que no se estaría saliendo con la suya, sino con la de Stone. Y su sonrisa pícara y el brillo en sus ojos lo confirmaban.

De cualquier manera, las tres miradas expectantes sobre mí empezaban a incomodarme. Puede que no estuviese muy entusiasmada con la idea, y de tener algo mejor que hacer, lo haría sin pensar en ese programa. Puede que estuviese yendo por la senda que quería el Lobo. Pero, ¿qué tan mala podría ser esa fiesta? Por lo que decían, no lo sería. A menos que esas cosas no fuesen de tu agrado, como era mi caso. Cómo sea que fuese, preferí quitármelas de encima.

–Lo consideraré. –concedí al cabo, sin mostrar emoción alguna en mi rostro, con voz neutral. Stone sonrió, complacida.

–Te aseguro que no te arrepentirás. –afirmó Stone con su sonrisa ladina en el rostro, un destello fugaz pasó por su rostro.

–No he dicho que iré. –rebatí al comprender el trasfondo de su frase.

–Como digas –dijo encogiéndose de hombros –. No vemos luego, Kim; Arendelle. –sonrió, asintió hacia mi amiga y luego guiñó un ojo hacia mí, para encaminarse por la ruta por donde nosotras vinimos.

–Hasta luego, princess. –dijo Shego con su socarrona actitud, marchándose junto a Stone.

Luego de que se retirasen, retomamos nuestro camino al aula de física, que estaba a unos cinco metros de donde nos detuvimos. El profesor esperaba por los alumnos, sentado detrás del escritorio, tamborileando los dedos en la superficie de éste. Nos sentamos en un pupitre de tres personas a la mitad de la clase. Fue solo el tomar asiento, para que Kim se volviese a mí y espetase:

– ¿Qué fue éso? –parecía exaltada y había cierto reclamo en su tono.

– ¿De qué hablas? –cuestioné, extrañada por su actitud.

–Me dijiste que no estabas en la mira de Stone –replicó haciendo un acopio de concentración para no alzar la voz –. A mí me parece que sí lo estás.

Era cierto que ese hecho había sido irrebatible en la escena anterior, y no había pensado antes en que aquello era algo que no podría ocultarle por mucho tiempo a Kim; pero, ¿y éso qué? Puede que estuviese bajo su mira, pero, a menos que consiguiese, de alguna manera, seducirme, lo cual, tenía muy claro, no podía dejar que ocurriese; no había motivo para preocuparse. Caperucita solo se encontró con el Lobo al salirse del camino. Y tenía muy bien definida la ruta que debía utilizar por mi propio bien.

– ¿Éso importa? –repuse con desgano –Porque, a mi parecer, no lo hace. Podrá considerarme una presa, pero no estoy indefensa, y no me interesa. –sentencié con frialdad, la última frase fue un agregado de último momento.

–No conoces a Ashley; intentará seducirte, y es muy buena en éso. –arguyó ella con severidad.

– ¿No confías en mi fuerza de voluntad? –inquirí, indignada.

–Por supuesto que sí. Pero ella siempre ha sabido obtener lo que quiere y a quien quiere.

–Yo, nunca me enredaría con una mala conducta, sin mencionar el hecho de que es mujer; ésa es la primera razón por la cual no tienes de qué preocuparte. Segundo, por lo que dices, se nota que es una insolente que está acostumbrada a acostarse con quien quiere y luego dejarle tirado, y su actitud no dice mucho contra éso. Tercero, y la principal razón por la que no tendría nada con ella, es que no me interesa. –no fui ruda al refutar aquello, pero sí lo suficientemente circunspecta como para resaltar la rigidez de mis palabras.

–Bueno, puede que tengas razón en éso de que, si no quieres nada, no va a pasar nada –concedió luego de un par de segundos viéndome a los ojos, analizando la situación –. Es solo que no quiero que te haga daño.

–No va a hacerme daño, porque no va a pasar nada entre Stone y yo. –aseguré en un tono más suave, respondiendo a su preocupación.

Sin embargo, tal vez no todo lo que dije era verdadero. Era verdad que no pensaba ni remotamente en enredarme con Stone, pero era mentira que no me interesaba. Quizá no de esa manera a la que Kim se refería, de la que Stone quería, que estaba segura que sería más que perjudicial para mí. Mas, por remota que fuese esa atracción que sentía, estaba allí. Por mucho que me costase aceptármelo.

No podía decir que me gustaba, porque no lo hacía. Solo habíamos compartido un par de clases el día anterior –ya que volví a encontrármela en literatura, a última hora–, y apenas una efímera conversación; era muy poco para que alguien pudiese gustarle a otro alguien. Había estado demasiado tiempo encerrada en mí misma, sin dejar entrar absolutamente a nadie, y ahora, Stone, con tan solo una mirada arcana, lograba meterse en mi mente y causarme conflictos. ¿Cómo? ¿Cómo es que alguien a quien apenas conoces puede traerte así? ¿Y cómo no sentir atracción hacia ello?

–Cambiando de tema, ¿irás a la fiesta? –preguntó mi amiga luego de unos segundos de silencio.

–No lo creo. –repuse rotundamente. El tipo de ambiente que prometía esa fiesta no era de mi agrado, y el hecho de tener que convivir más de la cuenta con Stone no me alentaba a ir.

–Oh, vamos; tienes que ir. –insitió Kim.

–Hace un minuto decías que me alejase de Stone. –rebatí.

–El ir a su fiesta no implica que tengas que estar con ella; la casa es lo suficientemente grande para ello –alegó. ¿Quién la entendía? –. Además, ya te he dicho que las fiestas que dá son fenomenales.

–Sabes que esas cosas no son lo mío.

–Elsa, todos los chicos guays del instituto irán –siguió instando. Le dirigí una mirada que decía claramente que no me importaba –. Deberías liberarte un poco.

–Define: liberarte.

–Aflojar las ataduras de tu padre. –argumentó. Tenía un buen punto, de hecho, era un punto clave en lo de tratar de converncerme. No respondí de inmediato.

–No lo sé.

–Vamos, será divertido. Será tu perfecta iniciación en Northigh.

– ¿Iniciación?

–Sí; no todas las nuevas son invitadas personalmente por la persona más popular del instituto a su fiesta.

– ¿No me dejarás hasta que acepte, cierto?

–No. –sonrió Kim con toda simplicidad; rodé los ojos.

–Está bien, iré a esa fiesta. –cedí resoplando y dirigiendo la mirada al frente.

– ¿Ésa es la fuerza de voluntad en la que debo confiar? –rió ella.

–Créeme, Kim: no te las has visto con mi fuerza de voluntad. –repuse sencillamente, en ese momento, la campana que daba inicio a la jornada de clases vibró y el profesor se levantó para empezar a dar la clase.

Era cierto lo que dije, puesto que la resistencia que opuse a las súplicas de Kim no fueron más que aquellas con las que dejas claro que, si tuvieses algo mejor qué hacer, lo harías. No me importaba qué tan bueno, grande o vistoso fuese aquel evento, no quería estar rodeada de adolescentes ebrios que no recordarían el fabuloso evento al día siguiente; tampoco quería tener que compartir más tiempo del estrictamente necesario con mi compañera de matemáticas.

Pero aquella gran y desconcertante curiosidad hacia el enigma detrás de Stone, de su mirada, me hacía pensar que esa fiesta sería una buena oportunidad de saber algo más de ella sin tener que preguntarle a Kim, y provocar que sacase conclusiones erróneas, o tener que interrogar a Stone misma, y alimentar su ego al hacerle pensar que me interesaba. Sí, me atraía, pero no de la manera en la que cualquiera esperaría. Me era simplemente imposible no sentir curiosidad por una persona tan arcana con mirada inexorable y falsa. Aunque intentase no hacerlo.

La clase transcurrió con normalidad, sin nada digno de mención. El asiento de tres lo compartimos solo nosotras dos, al parecer, ese día había faltado alguien. No me importaba, era mejor así. En la siguiente hora, historia, compartimos la clase con Mandsen quien, al entrar acompañada por su escolta, me dirigió una mirada que osilaba entre el desdén y la altivez, y fue a sentarse hasta el fondo de la clase. Notaba su mirada sobre mí de vez en cuando, y oía risas supuestamente disimuladas, que no lograban su cometido de que me volviese a ver si era de mí de quien se burlaban.

A la hora del descanzo, Kim y yo decidimos comer algo en el patio; ella, porque prefería no tener que escuchar las disputas que solían formarse en la cafetería del instituto por la colisión de dos grupos rivales; yo, porque allí tendría menos miradas sobre mí. Buscamos un lugar tranquilo para pasar el receso, y, según Kim, era mejor sentarse bajo un árbol antes de en una de las mesas tipo camping que se esparcían por el terreno. No me molestaba en absoluto sentarme sobre el pasto y platicar mientras paseaba la mirada por el lugar.

En un momento indeterminado, mis ojos se toparon con Stone, que estaba sentada sobre una de las mesas, junto con su amiga, Shego, que estaba sentada en el lugar que correspondía para ello, y unos tres chicos más a su alrededor, charlando animadamente de temas que seguramente preferiría no saber. Pasaron dos segundos, tal vez, antes de ver como Mandsen se acercaba a la mesa sin escolta, con una mirada felina y su sonrisa de zorro; Stone se volvió a ella un segundo antes de que se echase a sobre ella y, tomándole de la chaqueta, plantase un apasionado beso sobre sus labios.

Desvié la mirada de la escena con disimulo, no me apetecía ver aquello. Pero, por alguna razón más allá de mi entendimiento, solo miré el rostro de Kim, quien relataba una divertida anécdota de fin de curso de segundo año de secundaria, por unos cinco segundos antes de volver a mirar hacia donde estaba Stone. Mandsen estaba sentada sobre la mesa a su lado, sus piernas descanzaban enroscadas sobre las de Stone, se acercaba a ella por momentos y le dirigía miradas demasiado lúbricas como para no ser descarada; me sorprendió que no se relamiese los labios. Stone, por otro lado, se mantenía serena, indiferente bajo las caricias ocasionales y atrevidas de Mandsen y, pese a que parecía regodearse de la mirada que le dirijía, sus ojos no decían lo mismo. Brillaban, sí, pero no era más que apetito venéreo, y era evidente que éste tenía un límite.

No entendía por qué estaba viendo aquello, ni por qué me causó irritación la mirada envanecida que me dirigió Mandsen al darse cuenta de que veía hacia ellas, pero me obligué a volver a ver a mi amiga de inmediato. Ahora entendía lo que quiso decir Kim con que tenía las mejores compañías, y el sarcasmo que había acompañado a esa afirmación tenía mucha más carga ahora. Las dos personas más populares del instituto eran pareja; qué cliché. Mientras que Mandsen parecía satisfecha de sí misma por su… conquista, Stone parecía no conformarse con lo que ya tenía, sino que buscaba más presas. Aunque le pongas un collar al cuello a un depredador, seguirá siendo éso: un depredador.

El por qué me causaba cierta contrariedad ser consciente de esa relación estaba mucho más allá de mi entendimiento, o de mi imaginación. Pero no era como si realmente me importase. Tanto Stone como Mandsen podían hacer lo que quisieran con sus vidas amorosas, y, éso, a mí, no me incumbía. Me dediqué a ignorarlas y centrarme en la historia de Kim, que no sabía en qué momento pasó de una fiesta a una batalla de pintura neón. El descanso terminó y fuimos a nuestra siguiente clase: Kim tenía literatura, y yo debía ir al laboratorio de química.

Tomé asiento en la penúltima fila de mesas compartidas, y apenas había ocupado el puesto cuando Stone y Shego cruzaron el umbral de la puerta, y, luego de analizar los puestos disponibles con la mirada, y de que Stone dejase la suya sobre mí un par de segundos más, fueron a sentarse a la mesa detrás de la mía. Ignoré la intensa mirada que me dirigió Stone al pasar a mi lado, me desconcertó la risa baja que soltó a continuación. Un par de chicos se sentaron en la mesa donde yo estaba y obviaron mi presencia olímpicamente; no era como si me importase, era mejor así.

La clase dio inicio y, como era costumbre, me dediqué a escuchar al profesor. Sentía la mirada de Stone de vez en cuando clavada en mi espalda, sin quedarse por demasiado, pero sin que pasase mucho antes de volver notarla. En algún punto de la clase, cuando el profesor estaba sentado detrás del escritorio y mis compañeros preferían conversar antes de hacer los ejercicios que se suponía debían estar haciendo, no pude evitar prestarle atención a un par de voces conocidas.

–Entonces lo tuyo con Brooke va encaminándose. –escuché que decía Shego a mis espaldas en un tono no lo suficientemente discreto.

– ¿Lo mío con Brooke? –rió Stone, aparentemente, le había causado gracia el comentario de su amiga.

–Bueno, estrella Hollywood, lo del descanso fue digno de una película cliché para adolescentes. Tú no dejas que nadie haga éso. –ironizó Shego; me maldije por sentir curiosidad hacia esa conversación.

–Brooke y yo, no somos nada. –afirmó Stone con toda simplicidad – ¿O crees que por no habernos visto por dos semanas ya alguien ha logrado domesticarme?

–Dudo mucho que éso pueda pasar. Aunque creo que ella no ha recibido ese mensaje –expresó la amiga de Stone con su sátira habitual –. Sigo sin entender por qué estás con alguien como ella; hay una buena cantidad de chicas lindas que caerían a tus pies con solo dirigirles la palabra. –dijo luego, entre el remoquete de su voz capté un dejo de contrariedad que seguramente no se le pasó por alto a Stone. Al parecer, yo no era la única a quien no le agradaba Mandsen.

–No pasarían ni dos semanas para que se enamoraran. Son de esas que se creen especiales si pasas más de una noche con ellas. Brooke, pese a lo posesiva que es, es perfectamente consciente de como soy. –repuso Stone con indiferencia; me impresionó la impersonalidad con la que hablaba de ello, aunque no el hecho de que seguramente tendría bastante experiencia con éso.

– ¿Un lobo solitario? –cuestionó Shego, socarrona. Stone soltó una risa en un bufido.

–Es solo diversión, no es mi problema si ella lo entiende o no. –manifestó Stone con una nota de cinismo que dejaba claro que no significaría nada para ella.

Me obligué a dejar de escuchar la conversación. ¿Por qué había empezado a hacerlo, en un principio? Me dije a mí misma que era por el hecho de reconocer un par de voces entre las otras tantas anónimas para mí, y que, por ello, mi aburrido subconsciente les hubo prestado atención. Pese a saber que no era así. Pero tenía suficiente experiencia en la persuación de mi propia mente como para no tener que darle demasiadas vueltas al asunto.

Quien sí se ganó otros minutos de mi interés, fue Stone. Era más descarada de lo que parecía. No solo consideraba a Mandsen una simple presa, tal vez, incluso, solo un trozo de carne; sino que dejaba que ella se creyese que no era del todo así. Aunque no sentía lástima por ella, puesto que, por lo que vi, solo consideraba a Stone un trofeo en su vitrina. Puede que por lo que había resaltado Shego: Stone no dejaba que nadie hiciese lo que ella había hecho en el descanso con tanta confianza y sin ser rechazada, dar una escenita. Mientras que una se sentía poderosa, la otra solo buscaba saciar su apetito.

Más desconcertante que el haber escuchado aquella conversación, era que no hacía que mi curiosidad hacia Stone disminuyese. No obstante, provocaba que la senda que debía utilizar para mantenerme a salvo no solo estuviese mejor definida, sino que se alzasen vallas a los costados para evitar que me desvíe. Stone no era más que otro depredador cualquiera, al que jamás le bastaría con una captura. ¿Cómo podía alguien así llamar tanto mi atención?

No era como si tuviese de qué preocuparme, después de todo, si bien sentía atracción, no era de esa índole. No sería su siguiente presa, me daba igual qué tan implacable fuese su mira o qué tan perspicaz pudiese llegar a ser: no podía permitir que éso sucediese. ¿De qué me preocupaba? No podía acontecer, por el simple hecho de que no podía gustarme Stone. No era tanto por el hecho de ser mujer, aunque ello, también, contribuía –o éso me decía–; no podía dejarle entrar. Ni a Stone, ni a nadie. Éso solo me causaría problemas. Si bien no podía decir que fuese del todo felíz escondiéndome detrás de mi antifaz, no podía negar que mi vida era mucho más sencilla haciéndolo, y continuaría así si seguía con ello. ¿Siempre me había repetido tanto aquello a mí misma? ¿O solo era últimamente, por haberme topado con alguien que mostraba la pericia suficiente para ser rival para mis defensas?

No lo sabía. Pero tampoco quería saberlo. ¿Qué ganaría con ello? ¿Certificar que siempre me he esforzado en ser la Ice Queen –recordando las palabras de Mandsen– que todos ven? ¿O ratificar que había alguien que estaba provocando trastornos en mí? Ninguna de las dos cosas me resultaba útil, sino todo lo contrario. No necesitaba plantarme más dudas, no necesitaba aflojar la máscara. No necesitaba sentir, no debía sentir.

Puede que los sentimientos no fuesen una sujeción, como lo consideraba mi padre, pero no podía eludir el hecho de que, tenerlos, solo me complicaría. Dolor, incertidumbre, desconfianza, tristeza, abandono; ¿de qué me servía sentirlos? Quizá los sentimientos negativos tuviesen un propósito evolutivo, compasivo, o de supervivencia; pero ya había suficientes personas en este mundo con ellos, nada afectaría si yo me alejaba de ellos. Pero, el sentir, no se algo que se pueda decidir. A la larga, los sentimientos terminan llegando a ti. Y, cuando has estado escapando de ellos por demasiado, te golpean más fuerte que al resto.

Black Wolf is in the house!

Hello, my beautiful people of FF. Y aquí está el expectado capítulo 2 de That Means Falling In Love *aplausos*. Me ha costado mucho hacerlo, se me venían ideas a la cabeza, pero ninguna me convencía, lo escribí de mil maneras distintas hasta conseguir éste muy satisfactorio (al menos para mí) resultado. Ya he reescrito el prólogo y el capítulo 1, cambios sutiles, pero, a mi parecer, necesarios.

Ya aclaré que cambié la trama de éste fic, y es que la anterior, si bien era dramática, era demasiado cliché. Aun en la actual hay uno que otro cliché, pero me las arreglé para darle un poco más de carácter. ¿Qué dicen de profundizar en el Kigo? La pareja existirá, pero quiero que me digan si quieren que tengan sus escenas, o que sea implícito.

Estaré actualizando pronto, aún no estoy segura de en cuál fic, pero sabrán de mí dentro de poco. Bueno, no tengo mucho más qué decir, o escribir. Sino que espero que les haya gustado el cap, déjenme saber su opinión en los comentarios. Nos leemos por ahí.

Chau chau.